Se acerca el final. No sé exactamente cuántos capis, pero creo que serán tres más y quizás un epílogo. Aún no tengo pensado un final porque la historia ha evolucionado de un modo inesperado y cada día me levanto con un final distinto. En fin.
Aviso que este capítulo no es el más alegre que haya escrito precisamente. El protagonista es casi en exclusiva Ivan (y Anastasia -Nastia-. Pero por varias razones, advierto que no es la Anastasia histórica).
También aprovecho para poner algo que leí en uno de mis libros sobre la Guerra Fría acerca de los rusos, y que me encantó. Lo dijo Charles Chip Bohlen, del lado de los occidentales, y fundador del saber "Kremlinología". Y la cita dice tal que así: "Hay dos cosas que se suelen decir antes de que pase lo irreparable: una es 'el alcohol no me afecta'; la otra es 'comprendo a los rusos'". :)
Para la escritura de Leningrado no he dejado de oír el Lago de los Cisnes, El Cascanueces, y para la parte del sitio de la ciudad, el magnífico Requiem - Kyrie, de Virgin Black, que recomiendo totalmente.
Deseo que os guste. Quejas y lo que sea, en comentarios. ¡Os quiero!
Capítulo 6. Leningrado
La primera vez que Vanya vio a Nastia fue cuando él tan solo contaba con ocho años de edad, y ella apenas seis. Y fue gracias a El Lago de los Cisnes.
A pesar de haber transcurrido tantos años desde entonces, Ivan recordaba con una nitidez asombrosa la dulce calidez que sintió en el corazón al oír aquellos acordes poderosos, que llegaban amortiguados por las paredes de madera hasta el pequeño apartamento comunal en el que vivía con su hermana Yekaterina y junto a otra familia.
En el habitual silencio compartido que reinaba en aquel bloque de apartamentos erigido no muy lejos de la avenida Bolshoi, aquel sonido era como un ensueño maravilloso para el pequeño Ivan, que se escabulló en cuanto su hermana mayor se distrajo concentrada como estaba en la preparación de una sopa de solianka con pescado. Con una fascinación creciente, Ivan se guió por el oído, dejando atrás algunas de las puertas abiertas de sus vecinos, sintiendo aquel hermoso allegro vivace llenar su alma mientras se acercaba a la fuente de aquella música digna de ángeles.
Fue fácil encontrarla.
El niño se asomó al vano de la puerta con los ojos abiertos de par en par y descubrió a una niña menuda sentada en el suelo junto a un aparato extraño, del cual procedía la música y que parecía una enorme flor de metal. Él nunca había visto nada parecido —aún no sabía qué era un gramófono— y, extasiado, se quedó unos instantes allí, en reverencial silencio, oyendo la muerte del cisne y observando la espalda de aquella niña, que se movía leve y rítmicamente al son de los violines. O eso creyó Ivan. Solo al cabo de un rato, cuando hubo un breve diminuendo en el acto final justo antes del apoteósico desenlace, fue capaz de oír los sollozos de la chiquilla.
Ivan entró en el apartamento sin vacilar ni un segundo, y se sentó junto a la pequeña, que, asustada, ahogó un grito de sorpresa al notar la presencia del audaz intruso. Ivan no podía soportar las lágrimas de las mujeres, le partía el corazón ver aquella tristeza desnuda y descarnada, y él mismo era quien acababa siempre trocando las frecuentes lágrimas de Yekaterina en luminosas sonrisas.
"Oh, Ivanushka. Eres mi ángel de la guarda", le decía su hermana, invariablemente, abrazándolo cuando, gracias a la dulzura natural del pequeño, aquella tristeza se esfumaba como por arte de magia. Y aunque no era su hermano de sangre, Ivan se había convertido en lo más importante de su existencia después de que ella hubiera perdido a sus padres en Ucrania y se hubiera trasladado a Leningrado en busca de una vida mejor. Ivan no sabía por qué Yekaterina lloraba tan a menudo, sobre todo por las noches al volver a casa, y se esforzaba al máximo por comportarse bien para no ser una carga para ella. Así, a sus escasos ocho años, era un niño solitario y profundamente reflexivo, que pasaba las horas oyendo hablar a los adultos, tratando de comprender el extraño mundo de las personas mayores cuando no estaba con un libro entre las manos.
No tenían dinero apenas para comer y comprar suficiente ropa de abrigo, pero por suerte podía ir a la biblioteca de la ciudad y leer todo cuanto pudiera caer en su poder y que, claro estaba, hubiera sobrevivido a la criba del partido.
Ivan miró directamente a los ojos enrojecidos de la niña y la paz de aquel inmenso par de amatistas que el recién llegado poseía, cortó de raíz sus sollozos mientras que la sonrisa tranquila que acompañaba a su mirada la terminó de serenar por completo.
El pequeño ruso tenía aquel poder.
—¿Eres un príncipe? —susurró la niña a media voz, admirada, casi con veneración, con las últimas lágrimas aún prendidas sobre sus mejillas.
Ivan sacudió su cabello de oro y se rió ante la absurda sugerencia de ella.
—¿Yo? ¿Un príncipe? Los príncipes son todos malvados, ¿es que no te han enseñado nada?
En los cuentos que tanto le gustaba leer, los príncipes, y también los reyes, eran todos crueles y despóticos y se aprovechaban de los pobres para hacerse aún más ricos a su costa. A veces, incluso los mataban y todo.
—Pero el príncipe Sigfrido no era malo. Amaba a Odette —dijo ella con el ceño bien fruncido, recuperando parte de su aplomo y dignidad al tiempo que se enjugaba las lágrimas con las mangas de su vestido blanco. El largo cabello castaño rojizo le caía en largos bucles hasta la cintura e Ivan pensó, en su vasta y mundana experiencia, que jamás, en toda su vida, había visto a un ser tan hermoso y puro como aquel.
—¿Y quién narices es ese príncipe y esa... Odette? —preguntó sin ocultar su recelo.
—¿No conoces El Lago de los Cisnes? —sus relucientes ojos azules como un cielo de agosto lo escrutaron con un leve destello de animación—. La música que sonaba... era la historia de la princesa cisne y de su príncipe, que muere por amor por ella.
—Qué tontería, morir por amor —opinó Ivan con seriedad—. Pero debo reconocer que la música era preciosa.
Miró el gramófono, que ahora permanecía en silencio, y al fin se percató de la maceta que había justo al lado de aquel extraño aparato cuyo sonido lo había atraído hasta aquella niña. Los dos girasoles destacaban en aquella pequeña sala tanto como el propio gramófono. Casi tanto como la propia ninfa de blanco que ya se debatía entre la sonrisa y el luto.
—Oye, ¿por qué llorabas? —inquirió Ivan un poco incómodo ante la mirada inquisitiva de ella. Al oírla llorar, había pensado que era una frágil damisela en apuros como las de los libros, pero el modo en que ella lo taladraba ahora a través de sus pestañas entornadas desmentía aquellas ideas preconcebidas que albergaba. Debía de haberlo aprendido de las muchachas mayores, a las que imitaba de forma inconsciente. Casi le recordaba al modo en que Yekaterina cambiaba cuando conversaba con todos aquellos hombres jóvenes que la rondaban y le regalaban flores.
Flores...
—¿Es por ese girasol muerto? —se aventuró a preguntar Ivan. Entonces vio cómo un ramalazo instantáneo de dolor volvía a asomar a las facciones de ella.
Uno de los dos girasoles estaba marchito, encogido, ennegrecido, retorcido sobre sí mismo, más allá de toda salvación posible. El otro comenzaba a declinar y casi se apoyaba sobre su compañero, como tratando de evitar, desesperado, lo inevitable.
—Sí —la pequeña asintió, agitando sus bucles rojizos—. ¿No lo ves? El girasol-chica se ha muerto y ahora su novio está llorando porque no puede hacer nada por ella.
Ivan se rió a carcajadas. No pudo evitarlo. Al menos la tristeza de la niña se desvaneció del todo y una sonrisilla vacilante comenzó a aflorar en su rostro.
—¡Pero no te rías!
—Los girasoles no son chicos y chicas. ¡Y no tienen novios! Eso es absurdo.
—¡No es absurdo! Siempre se me muere uno y después el otro. Siempre es así —explicó ella en tono paciente—. El señor Von Stein me prestó su gramófono. Me dijo que si les ponía música a lo mejor sobrevivían. Pero...
—Quizás no les gusta El Lago de los Cisnes —sugirió Ivan con una sonrisa ambigua.
—Eso es imposible —dijo ella, desdeñosa—. A todo el mundo le gusta El Lago de los Cisnes.
La niña se puso en pie y su vestido largo cayó, vaporoso, hasta sus tobillos. Luego, se puso de puntillas y alzó los brazos sobre su cabeza, airosa, guardando precariamente el equilibrio sobre la punta de sus diminutos pies.
—Voy a ser bailarina algún día. Y actuaré en El Bolshoi. Y me regalarán rosas rojas. Y... ¡y seré una princesa!
Estaba tan linda allí con su torpe pose de ballet y su resolución infantil, que a Ivan incluso se le olvidó insistir sobre lo terribles que eran las princesas.
Y justo cuando iba a preguntar por su nombre, un hombre de considerable altura y porte caballeresco, entró en el apartamento y saludó con cordialidad a la niña, haciendo así innecesaria la inminente pregunta de Ivan.
—¡Hola, Nastia! ¿Ha dado buen resultado nuestro pequeño truco?
—No, señor Von Stein. Se mueren —dijo ella con un hilo de voz.
—Vaya... Me temo que todo lo que tengo acaba siempre en tragedia. Libros, música... Los prusianos somos un poco trágicos. Y los rusos ni te cuento. Menuda combinación, ¿verdad?
El hombre reparó entonces en Ivan y le sonrió de inmediato de oreja a oreja, con una tremenda y conmovedora sinceridad.
—Pero ¿a quién tenemos aquí? Si es el pequeño Braginski —le alborotó el pelo a conciencia e Ivan correspondió enseguida a su sonrisa—. Conque por fin has conocido a Nastia.
—Sí, señor.
A Ivan le caía muy bien aquel señor al que de vez en cuando veía entrar y salir del bloque de viviendas, con la cabeza bien alta y con aquel paso firme e imperioso suyo, tan distinto del deambular pausado de los campesinos y los obreros que poblaban la ciudad de Leningrado.
Konrad von Stein era muy diferente a todos los hombres que conocía. Sabía que no era ruso y aunque su aspecto no difería del que tenían los hombres por allí —rubio, de anchas espaldas, de ojos medio verdes, medio grises—, algo en él destacaba sobre la mayoría.
Era como si Von Stein fuera por el mundo sin miedo.
—¿Entonces es usted prusiano?
—Bueno, ahora soy ruso, Braginski. Hace años que soy ciudadano de Leningrado. Pero uno nunca deja de ser prusiano —le aseguró con un guiño cómplice.
Se había casado con una muchacha rusa años atrás, cuando varias divisiones de las limitadas fuerzas armadas alemanas acordaron en secreto hacer unas maniobras militares conjuntas con el Ejército Rojo. En secreto, porque maniobras como aquellas contravenían las disposiciones de Versalles. A los germanos les daba la oportunidad de probar su nuevo armamento y sus novedosas tácticas, y los rusos podían aprovechar para observar de primera mano cómo era aquella tecnología que habían ido desarrollando los alemanes.
A finales de los años 20, Konrad había solicitado la licencia definitiva de la Reichswehr para poder casarse con Svetlana, y al final, enamorado hasta la médula, tanto de su esposa como de su país de acogida, se había acabado por convertir en un ciudadano soviético. Se alegraba del espíritu de cooperación y amistad entre Alemania y Rusia durante la República de Weimar, y consideraba que ambos países podrían conseguir grandes cosas si lograban seguir entendiéndose como hasta ahora.
En el fondo, pensaba, alemanes y rusos no eran tan distintos.
Incluso en el terreno de las ciencias y de la cultura les iba fenomenal. Von Stein aún recordaba la delegación del eminente físico alemán, Max Planck, que allí mismo, en Leningrado, había abogado por la unión y la colaboración. Personas como Planck le hacían sentirse orgulloso de haber formado parte de Alemania.
Corría el año 1929 y aún quedaban cuatro años para que los nazis llegaran al poder.
—Me ha dicho un pajarito que te gusta mucho leer, Braginski. ¿Por qué no te pasas por aquí más a menudo? Podría prestarte algunos de mis libros y tú podrías leerle a Nastia algunas de esas historias. ¿Qué me dices?
A duras penas pudo ocultar Ivan su emoción ante aquella posibilidad. Y no sabía si le gustaba más la perspectiva de tener más libros a su disposición o a la pequeña Anastasia para él solo.
—¡Claro, señor! ¿Puedo venir todos los días?
Von Stein soltó una carcajada franca y estentórea. Tan fuera de lugar en aquella ciudad comedida y melancólica como la propia música de Tchaikovski, apasionada y trágica.
—Por supuesto, muchacho, por supuesto. ¿Tú qué dices, Nastia?
—Yo quiero que venga. Aunque no le guste el Lago de los Cisnes —acusó ella con un mohín de disgusto.
—¡Sí que me gusta! —se apresuró él a contestar rápidamente—. Solo pensé que a los girasoles quizás les gustaría oír una historia alegre, en la que no muera nadie.
—Es posible —concedió von Stein.
—Y en el que no haya estúpidos príncipes —insistió.
—¿Sabes, Braginski? No todos los príncipes son malos. ¿Alguna vez has oído hablar de Federico el Grande? ¿O de Pedro el Grande?
—¿Eran todos grandes?
El prusiano apoyó su manaza sobre el cabello rubio de Ivan, y se la frotó con cariño mientras siguió riendo aún durante un buen rato.
—No, señor, creo que no los conozco.
Esas cosas no se enseñaban en la escuela, claro.
—Bueno, pues yo también te contaré algunas historias si quieres. Pero será nuestro secreto, ¿de acuerdo?
Ivan estaba radiante. No podía esperar para contárselo todo a su hermana.
—¡Claro! —exclamó—. Pero me tengo que ir a cenar ya o mi hermana me reñirá —se volvió hacia su nueva amiga y le preguntó con un leve asomo de nerviosismo—. ¿Podría venir a verte mañana, Nastia?
—Por supuesto —accedió ella, tan resplandeciente como él mismo—. Pero aún no me has dicho tu nombre.
—Oh, es cierto. Me llamo Ivan. Aunque... bueno... mi hermana Katja también me llama Ivanushka.
—Entonces tú serás Vanya para mí —dijo ella con solemnidad, y a continuación le hizo una majestuosa reverencia tomando con las manos a ambos lados de su vestido blanco.
Ivan corrió hasta la puerta, pero justo antes de desaparecer por el pasillo, se giró y le dedicó la sonrisa más dulce y espontánea que jamás había esbozado.
—Y Nastia, voy a evitar que tus girasoles vuelvan a morirse. Ya lo verás. Yo lo conseguiré.
2
Anastasia Nikolaevna era una niña frágil, de salud precaria, y por ello su padre, un obrero de la planta metalúrgica Putilov, le prohibía que saliera a jugar a la calle con los demás niños. Nastia ni siquiera iba a la escuela, pero habían llegado a un acuerdo con el matrimonio Von Stein, que vivían con ellos y no tenían hijos. Svetlana cuidaba de la niña cuando le era posible, y su marido, Konrad, le enseñaba en casa matemáticas, francés, geografía e historia. Que era una historia ligeramente distinta a la que se enseñaba en las escuelas públicas de la Unión Soviética, pero que a Ivan le fascinaba. El ruso había empezado a acudir también a aquellas clases particulares y Von Stein, halagado, le enseñaba todo lo que estaba en su mano y respondía a las miles de preguntas con que el pequeño Braginski lo atosigaba. A veces, incluso no sabía muy bien cómo responder a sus espinosas preguntas. Y es que el crío era muy inteligente. Quizás demasiado para su propio bien.
—¿Qué quieres ser de mayor, Braginski? —le preguntó un día sin molestarse por disimular su interés.
—Me gustaría ser violinista, señor Von Stein.
Un brillo especial iluminó el semblante de aquel ex-oficial de marina de la Reichswehr, amante de la música y del arte. Había observado cómo Ivan se quedaba absorto escuchando las piezas de Tchaikovski de su gramófono, siguiendo el compás con sus pequeños dedos sobre la rodilla, casi sin darse cuenta, comprendiendo de forma natural el lenguaje musical, transportándose a otros mundos con cada acorde, cada nota y cada crescendo. Ivan adoraba El Cascanueces. Cuando Von Stein lo supo, le dijo al chiquillo, todo orgulloso, que aquella historia, en su origen, la había creado un famoso prusiano, de la misma Königsberg: E.T.A. Hoffman. Del mismo modo que el Lago de los Cisnes provenía de un cuento de hadas alemán, "El velo robado".
Por no hablar de otro prusiano aún más importante: Karl Marx.
—¿Ves? Hacemos un buen equipo. Rusia y Alemania —le decía el hombre con enorme satisfacción.
E Ivan lo creía.
Al menos por entonces.
El muchacho, sin duda, tenía una agudeza mental fuera de lo corriente. Si hubiera nacido en Estados Unidos, quizás llegaría muy lejos, aunque, por otra parte, aquel mismo año de 1929, se había desplomado la bolsa de Nueva York y muchos ciudadanos soviéticos se congratulaban por ello. Ahora verían el colapso del sistema capitalista. De hecho, ya lo estaban viendo. Los periódicos de Leningrado no hablaban de otra cosa; de los miles de obreros estadounidenses en paro que se habían quedado en la calle y vivían de parcas raciones. Como en la mismísima Gran Guerra.
—Enséñeme alemán, señor Von Stein.
Aquello le había pedido aquel pequeño ruso con extremada seriedad, casi suplicante, al enterarse de que su composición favorita la había creado un romántico de aquel reino de Prusia del que tanto le había oído hablar a su mentor.
Von Stein pensó que, aunque aquel chiquillo no tuviera padres y no viviera en el país de la supuesta libertad y de las oportunidades, sí era probable que llegara lejos. Desde aquel mismo día empezó a enseñarle alemán cada tarde.
Y tiempo después, cuando Ivan le dijo que quería ser violinista, decidió que podría compartir con el chaval otro de sus secretos. De modo que extrajo un Stradivarius que tenía oculto y a buen recaudo de los ladronzuelos (en aquellos bloques comunales se compartían a veces demasiadas cosas) y se lo entregó con deferencia.
A Ivan casi le dio un ataque cuando se apoyó el violín sobre el cuello y la mejilla y sostuvo el arco con la mano derecha, temblorosa de expectación.
Si Nastia deseaba ser su bailarina, entonces él sería su violinista.
Así transcurrieron los años, la edad dorada, de esplendor y de paz mientras aquellos dos chiquillos entraban en la adolescencia y el mundo que ambos conocían empezaba a resquebrajarse muy lentamente, sin que ellos mismos fueran conscientes de su funesto destino.
Después de 1933, el propio Von Stein había cambiado. Su habitual y contagiosa alegría se había esfumado y ya no ardía en deseos de instruir a Ivan en las maravillas y complejidades alemanas. Adolf Hitler se había hecho con el poder y aunque ellos se encontraban a miles de kilómetros de la capital del Reich, sabía que aquello no auguraba nada bueno. Se habían acabado los intercambios culturales entre Rusia y Alemania, y ahora en la prensa de cada país solo se hablaba de las iniquidades del otro. Los rusos eran todos crueles, propensos a la perfidia y a la doblez de carácter. Eran unos perezosos, desordenados, con tendencia al robo, al engaño y por supuesto, eran todos unos borrachos. Los alemanes, unos militaristas, orgullosos, fascistas, fríos, inhumanos y siempre irascibles.
Y claro, la NKVD, la policía secreta soviética, ya no veía con tan buenos ojos al protegido y hasta ahora mimado ciudadano de origen prusiano que vivía entre ellos.
Un espía. Debían de pensar que era un espía de los nazis. Eso pensaba Von Stein y por ello redoblaba sus esfuerzos por mostrarse más pro-soviético que nunca. No se separaba de su mujer e iba a las reuniones y mítines del partido como el que más.
No sabía hasta qué punto se iban a torcer las cosas en Leningrado.
xxx
Con el fluir del tiempo y los atentos y pacientes cuidados de su amigo, Anastasia se convirtió en una joven delicada, aunque decidida y valiente. En alguna ocasión ella misma había defendido al solitario Ivan de un grupo de matones que se burlaban de sus gustos más bien refinados. Uno de aquellos brutos le había arrebatado el libro que estaba leyendo sentado junto a la ribera del río Neva, y entre risas, y a pesar de las airadas protestas de Nastia, se lo habían arrojado a las aguas del río semihelado que cruzaba Leningrado.
Ivan no se había inmutado, a pesar de que una ira sorda y fría había comenzado a invadirlo, sino que se limitó a observar, inexpresivo, a aquel grupo de idiotas haciendo uso de su mera superioridad numérica para humillar a alguien que era claramente superior a ellos.
—¡Tú, principito! ¿Acaso te crees un puto zar? —gritaba uno, enfadado, al ver que su víctima no reaccionaba como era de esperar— ¡Pues ya sabes lo que hicimos con los últimos!
Los otros rieron, pero sin tanto entusiasmo como habían mostrado en un principio. Ivan Braginski, a sus dieciséis años, era tan alto como un hombre hecho y derecho, y su actitud segura y confiada no hacía otra cosa que confundirlos. Anastasia, ante la manifiesta pasividad de su amigo, se plantó entre ellos e Ivan y señaló a los primeros con un dedo acusador extendido en el aire, sin darse cuenta de que, con su intervención, estaba empeorando las cosas.
—¡Cómo os atrevéis a tirar un libro a las aguas del Neva! ¡Cerdos ignorantes! —gritó indignada—. Gracias a personas como él podremos plantarles cara a esos fascistas europeos. ¡Rusia tiene que oponerse a sus enemigos, y para ello necesitamos combatir la barbarie con inteligencia!
Ivan sonrió muy ligeramente al oír aquellas palabras expresadas con tanta pasión y vehemencia por su preciosa Nastia. Tenía algo de razón, pero en muchas ocasiones la gente simple lo último que desea es escuchar la verdad.
—Oh, ¿te escudas en una mujer? ¿Y dices que personas como él nos van a defender de los fascistas? ¡Si es un maldito cobarde!
Ivan se levantó.
Él era más fuerte, sin duda. Pero eran cinco contra uno.
Detestaba haber perdido uno de los libros de Von Stein. Pero se había librado de una buena, porque aquellos imbéciles o bien no sabían leer el alfabeto latino, o bien ni se habían molestado en fijarse en la cubierta del libro. Se trataba de un libro alemán sobre Alemania, y en los tiempos que corrían, en pleno 1937, solo haber poseído un libro como aquel habría acarreado unas fuertes represalias ante las autoridades.
Pero Ivan debía aprender todo lo que pudiera sobre el enemigo. No sabía cuándo, pero él tenía muy claro que estallaría una guerra. Mas tarde o más temprano. Solo era una cuestión de tiempo.
—Nastia, vete.
—No, no me iré. ¡Nunca me iré de tu lado!
Su resolución fue admirable, eso tuvo que reconocerlo. Pero así y todo no pudo evitar que se enzarzaran en una pelea que apenas duró cinco segundos y que terminó con Ivan en las aguas del Neva, tiritando de frío, resignado. Nastia lo condujo hacia un banco, sin parar de echar pestes sobre aquella panda de cobardes que habían puesto pies en polvorosa, mientras despojaba a Ivan de su abrigo mojado y le cedía el suyo, que apenas alcanzaba a cubrirle un hombro y la mitad de su espalda.
Ivan miró a la muchacha de catorce años que tenía ante sí y un recuerdo de cuando ambos eran aún niños acudió, solícito, a su mente. Imitando a los mayores, imitando lo que habían visto hacer a Yekaterina con sus novios, Ivan y Nastia se habían besado. Y no habían hecho lo demás, porque... bueno, porque eran niños, y porque, desde luego, Nastia no tenía la misma delantera que Katja. Ni siquiera ahora la tenía, pero Ivan se dio cuenta de que a pesar de sus ropas holgadas, las formas femeninas de Nastia se insinuaban nítidamente por debajo de su rubashka de lana.
—Vanya, ¿Estás bien?
Apartó la mirada de ella, turbado, olvidándose por un instante de su enfado, del frío y de la decisión que había tomado en el momento en que aquellos memos lo habían arrojado al río. Deseaba besarla. Deseaba cerrar los ojos y envolverla con sus brazos y tocarla, deshacer su peinado con los dedos y asegurarle que siempre estaría con ella. Siempre.
Pero ahora ya no sería un juego entre chiquillos que jugaran a ser adultos.
—Estoy bien, Nastia.
Ya tenía dieciséis años. Ya era un adulto. Y ser adulto implicaba, ante todo, tomar decisiones, por dolorosas que fueran.
Así que en aquel preciso momento se hicieron añicos todos sus sueños y sus esperanzas infantiles e irrealizables. Se acabó la ilusión de ir a convertirse en violinista y formar parte de la Orquesta Filarmónica de Leningrado. O de trabajar en el museo Hermitage, rodeado de todos aquellos artefactos de otras épocas, de otros mundos.
—Voy a ser policía —dijo al fin, en voz alta, con decisión.
Anastasia se quedó en silencio, sobrecogida. Aquel despliegue de fuerza bruta había terminado por decidirlo. El agua helada del Neva lo había bautizado a su manera: ya no era el pequeño Vanya. Ahora era el Ivan Braginski adulto que debía tomar una decisión.
—Voy a ser un policía del partido, Nastia.
Porque solo llegando a lo más alto podría proteger a todos aquellos a los que amaba, así como defender a su país.
Y ansiaba el maravilloso e indiscutible poder que poseían los miembros de la NKVD.
—¿Te vas a marchar, Vanya? —las lágrimas acudieron de forma irremediable a los límpidos ojos de la muchacha—. Por favor, por favor, no te vayas de mi lado.
—Me inscribiré en la academia de oficiales, y quizás tenga que ir a Moscú. Pero créeme, Nastia, yo tampoco me iré nunca de tu lado. Volveré.
Al oír las palabras que ella misma le había dedicado hacía unos escasos minutos, Nastia emitió un pequeño sollozo y, presa de la emoción, se arrojó a los brazos de Ivan. Y se quedaron allí abrazados, a pesar de la fina lluvia de copos de nieve que comenzaba a caer sobre Leningrado, sobre sus cabellos y sobre ellos mismos.
Y se besaron. Con dulzura, con inocencia, como correspondía, para sellar una promesa futura que debía ser irrompible, temblando ambos de frío, o ante la incertidumbre que se cernía sobre ellos, o por estar simplemente experimentando su primer beso en la ciudad más hermosa y desdichada de Rusia.
Ivan supo que jamás había sido tan feliz, y aún así, hubo de reprimir las lágrimas mientras besaba a la que sería la única mujer de su vida.
xxx
Ivan Braginski no podía haber elegido mejor momento para sumarse a las filas de la NKVD. En 1937, y durante todo el año siguiente, Stalin llevó a cabo una de sus purgas más sangrientas, que afectaron a miles de altos cargos del ejército, del partido, y de la propia policía secreta. Muchos chavales de la edad del propio Ivan se preguntaban cómo era posible que tantos militares que habían trabajado para el Guía desde hacía más de veinte años, de repente fueran todos "enemigos del pueblo". Muchos quedaron decepcionados, muchos perdieron la fe en el comunismo. Pero no Ivan, que vio sus posibilidades de un meteórico ascenso aumentadas de la noche a la mañana debido a la escasez de oficiales tras aquella sangría. Y cuando en 1939 estalló la guerra en Europa pero no en Rusia, ya que Stalin se había aliado con Hitler, Ivan vio reforzada aún más su adherencia incondicional hacia el partido.
Muchos criticaron a Stalin, pero no tenían ni idea de política a largo plazo ni de tácticas bélicas. Lo que fuera antes que enviar a Rusia a otra guerra que muy probablemente no ganaría. Debían prepararse, y eso era lo que pretendía el camarada Stalin. Ganar tiempo. Y de paso, hacerse con media Polonia, los estados bálticos y parte de Finlandia.
Cuando Ivan Braginski regresó a Leningrado tras su estancia en la academia de Moscú y sus prácticas en la prisión de Lubianka, lucía con orgullo sus estrellas y sus galones, y los ciudadanos apartaban su mirada de él con un temor y con un respeto que no habían profesado siquiera hacia los zares de siglos anteriores.
A comienzos de 1941, Ivan ya era teniente coronel y solo tenía veinte años.
3
Gilbert salió del cuarto de baño cubierto tan solo por la toalla, y entró en el dormitorio aún con el cabello húmedo tras la larga ducha que se había dado. Aún no se creía que estuviera allí de nuevo, con él, después de haber vivido durante tantos meses en la otra parte de Berlín. De algún modo parecía que estuviera en mitad de un sueño del que no tardaría en despertar. Se levantaría de la cama, abriría los ojos y entonces se daría cuenta de que Ivan no estaba junto a él. Que estaba solo de nuevo, que volvería a abrazarse a solas a la almohada tratando de evocar su olor, su esencia, su calor. Tratando de recomponer los pedazos que quedaran de su corazón maltrecho.
Pero no era un sueño. Ivan estaba sentado en el borde de la cama. Desnudo. Lo estaba esperando. Y le sonreía tan tímidamente como Gilbert a él.
"Parecemos dos críos, por Dios".
Gilbert se acercó hasta él y se detuvo justo enfrente. Ivan lo miró desde abajo y el prusiano pensó, de forma un tanto absurda, en lo hermoso que era Ivan desde cualquier ángulo posible. Sus pestañas claras destacaban como engarces de oro pálido que rodeaban sus ojos, más valiosos que las piedras preciosas. Y seguía siendo el hombre más bello que conocía, a pesar del cansancio extremo que se adivinaba en su rostro y en las pequeñísimas arrugas que ahora partían de las comisuras de los ojos de Ivan al sonreír. Gilbert no recordaba aquellas pequeñas arrugas pero aquello no hizo sino quererlo aún más.
Evitó mirar su cuerpo desnudo, más delgado también de lo que recordaba, pero se dejó desnudar por él sin oponer resistencia. Ivan se deshizo con facilidad de su toalla, que dejó caer al suelo, pero tampoco quiso detenerse demasiado en su desnudez para no echar a perder el momento de entendimiento mutuo.
Ivan se abrazó a él por la cintura y Gilbert apoyó su mejilla sobre su cabeza, en un silencio compartido y tranquilo, exento de cualquier precipitación.
Ya habría tiempo para aquello.
Las cosas habían cambiado. Pero ahora todo sería mejor. Todo iría mejor, estaba seguro de ello.
—Gilbert...
¡Y cómo había echado de menos hasta su mismísima voz! Le habría pedido que repitiera su nombre una y otra vez si al hacerlo no fuera a parecerle un loco.
—Quiero que me abraces con fuerza —dijo entonces Ivan—. Quiero dormirme abrazado a ti. Por favor, Gilbert.
Un escalofrío recorrió al prusiano de parte a parte al percibir el tono suplicante y honesto del ruso. Creyó que si la felicidad suprema existía de veras, entonces aquel instante era, sin duda, el momento perfecto que llevaba esperando toda su vida.
Gilbert se metió en la cama junto a él y se envolvieron el uno al otro con sus brazos. Ivan apoyó con suavidad su cabeza en el hueco que se formaba entre el hombro y el cuello de su amante, y Gilbert suspiró y hundió su rostro en el sedoso cabello rubio del ruso.
"Dios mío. Jamás había querido a nadie como quiero a este hombre".
Y mientras disfrutaba del calor de su cuerpo desnudo contra el suyo, inocentes como dos meros animalillos, la respiración acompasada y sus almas entrelazadas como sus propios cuerpos y extremidades, supo que aquello era verdad. Que Ivan era más importante para él que sí mismo.
Fue entonces cuando Ivan le empezó a contar con voz queda y suave todo lo que le había sucedido en Leningrado.
4
La primera gran diferencia que se encontró Ivan Braginski, teniente coronel de la NKVD, al regresar desde Moscú aquel marzo de 1941, fue que Konrad Von Stein ya no vivía con Anastasia ni con el padre de esta. Tampoco vio por ningún sitio a la mujer de Von Stein, Svetlana, pero no le dio tiempo a indagar sobre aquellas ausencias, porque una preciosa Nastia de dieciocho años se le enganchó al cuello con un grito de alegría y le cubrió el rostro de besos antes de que pudiera articular un simple "privet".
—¡Te he estado esperando tanto, Vanya! —exclamaba ella, mirándolo arrebolada, atropellándose al hablar, sin decidirse si seguir besándolo o preguntarle cómo le había ido por Moscú o por arrastrarlo fuera de la vivienda para conseguir algo más de intimidad. Lo había echado tanto de menos...
—Tovarich Braginski —dijo el padre de Nastia con un tono de voz que al recién llegado no le gustó demasiado. Como tampoco le gustó la forma en que examinaba, ligeramente reprobador, el flamante uniforme nuevo de color azul que él lucía. Ivan se quitó la gorra en señal de respeto y saludó a su futuro suegro con deferencia, pero este no se conmovió.
—Veo que has ascendido muy rápidamente —comentó mirando sus galones—. ¿Crees que habrá guerra contra los nazis, Braginski? Por toda la ciudad corren rumores de que Stalin nos va a llevar a otra guerra.
Ivan endureció la expresión. Aunque aquel hombre fuera a formar parte de su familia en cuanto Nastia se casara con él, había cosas que no se podían decir en voz alta.
—El camarada Stalin es ahora aliado del imperio más poderoso de Europa. No le interesa quebrar la alianza que tantos beneficios nos ha reportado, así que no, señor. No habrá guerra. Al menos por nuestra parte.
El hombre no se dio por vencido.
—¿Pero cómo se puede aliar un comunista de verdad con un fascista? ¿Me podrías ilustrar, Braginski? Ni por todos los beneficios del mundo se debería traicionar así el legado de Lenin. Pero claro, yo soy solo un pobre obrero ignorante que no sabe nada sobre política.
—Cuidado, señor —advirtió Ivan con la voz acerada, y súbitamente la tensión se electrizó hasta cotas máximas en aquel apartamento demasiado pequeño—. Está cometiendo una traición al pueblo al hablar así y mi deber es evitarlo.
Por fortuna, Anastasia estaba allí para salvar la situación. La chica adoptó uno de sus adorables gestos infantiles que tanto encandilaban al ruso, e intervino al fin con su voz atiplada y dulce:
—¿Pero tenéis que hablar de política incluso ahora? Padre, Vanya ha recorrido tantos kilómetros para vernos...
Aquella fue la oportunidad que Ivan decidió aprovechar. Tomó a la chica del brazo y con una sonrisa de satisfacción que le salió del alma, informó en tono altanero:
—Me llevo a su hija a cenar. Espero que no le importe.
El hombre captó al vuelo las reglas del juego y quién era el obvio ganador.
—Claro, camarada, claro. Pasadlo bien —y rebajando unos grados su orgullo, con voz más cordial y conciliadora, añadió—. Por favor, cuida de mi Nastia.
—Eso no hace falta que me lo diga —y agregó a su vez, con una ligera malicia—. Adiós, padre.
Ivan ya había saboreado las mieles del poder en Moscú. En la "pequeña Lubianka" y también en la prisión de Lefortovo, donde había empezado a mostrar sus dotes de interrogador. Pero le gustaban incluso más las pequeñas victorias. Ahora Nastia era suya y nadie podría oponerse jamás a sus deseos.
En realidad, ni siquiera la propia Nastia podría hacerlo.
La llevó a un restaurante apartado, donde ambos pudieran hablar con tranquilidad y libertad, y Anastasia se quedó con la boca abierta ante la actitud de servilismo que adoptaban los desconocidos en cuanto Ivan —y su uniforme— entraban en su radio de visión. E incluso ella se dio cuenta de que su amado Vanya disfrutaba con ello. Y mucho. Pero estaba demasiado contenta como para detenerse en aquellas cavilaciones.
—¿Has vuelto para quedarte? —preguntó ella una vez que se sentaron a la mesa. Ivan había pedido el mejor vodka que existía. La ocasión bien lo merecía, y, desde luego, con su nuevo sueldo se lo podría permitir. Aún así, el dueño del local en persona salió a servirles el vodka en su más fina y valiosa cristalería y, disimulando el temblor de sus manos al verter la bebida, le informó de que la casa invitaba por los "buenos camaradas que mantenían el orden y el control en la ciudad". Ivan lo despachó con un simple gesto de la mano, como quien espantaba a una mosca.
—Esa es mi intención. Tendría que pasar algo muy grave para que tuviera que irme —le respondió el ruso con una sonrisa que podía ser muchas cosas.
Anastasia lo miró a los ojos y se percató de que algo había cambiado en él. El aura apacible que solía hacer resplandecer sus increíbles ojos violeta había desaparecido, y en su lugar había una mirada cauta, fría, y analítica. Seguía siendo su Vanya, pero ya no era él.
—Si estallara la guerra, tendrías que marcharte de nuevo —dijo ella con tristeza.
—Por eso no deseo que la haya —Ivan extendió su mano sobre la mesa y la posó sobre la de ella al tiempo que le ofrecía una sonrisa tranquilizadora. Una sonrisa casi como las que recordaba.
—¿Pero ahora estás solo de permiso o...? —empezó ella, esperanzada.
—He venido para quedarme en Leningrado. Contigo, Nastia.
No había sido difícil pedir su destino en la antigua capital imperial, porque desde los disturbios y exigencias populares de 1927, la tensión allí seguía siendo muy alta. Se habían creado estados mayores del NKVD en los comités ejecutivos de cada distrito de Leningrado. Allí, la NKVD gozaba de un poder sin parangón. Ivan sabía que una cuarta parte de la población de Leningrado había sido depurada años atrás, entre 1934 y 1935, y que la policía política podía aplicar un procedimiento judicial "acelerado". Siempre en beneficio del pueblo, claro. Todo por el pueblo.
En apenas tres meses, la Wehrmacht rompería su palabra e invadiría los territorios soviéticos, pero eso ellos aún no lo sabían. Más concretamente, sería el 22 de junio de 1941 cuando comenzaría la pesadilla que luego daría lugar a los "900 días" de Leningrado.
Anastasia le devolvió la sonrisa, emocionada. Estaba enamorada del mejor hombre del mundo y sin duda se casarían. Se imaginaba que los niños serían iguales que Vanya mientras que las chicas serían idénticas a ella. Y no vivirían en los bloques comunales. Prefería una isba a las afueras, cerca del Nevsky. O cerca del Palacio de Invierno, ¿por qué no?
Ivan levantó su copa en alto y le hizo un gesto para que ella lo imitara.
—Brindemos, Nastia.
—¡Por nosotros! —se apresuró a decir ella.
—Por Rusia —dijo él. Y se bebió el mejor vodka de Leningrado de un solo trago.
5
Mientras Ivan Braginski caminaba por los pasillos estrechos de la Prisión de las Cruces, se iba ajustando la bufanda roja al cuello con diligencia. Era un tic que solía reproducir cuando estaba nervioso. Y aquella noche lo estaba, y mucho.
Anastasia le había contado al fin qué es lo que había sucedido con el matrimonio Von Stein, y a pesar de todo cuanto había visto ya, y, sobre todo, hecho como miembro de la policía secreta, algo se conmocionó en él al conocer el destino de aquellas dos personas que tanto le habían dado.
Al menos no lo habían fusilado. Con el tiempo, Von Stein se había labrado un buen círculo de eminentes amigos en Leningrado y quizás era eso lo que le había salvado la vida. En el fondo Ivan sabía que a veces habían fusilado a hombres inocentes por el mero hecho de que estaban en el momento y en el lugar inadecuados. O porque estaban casados con una mujer que algún miembro del partido codiciaba.
Mientras entraba en la sala de interrogatorios y esperaba a que trajeran a Konrad Von Stein a su presencia, Ivan pensó en la acusación "oficial" de espionaje con que lo habían encerrado: una mentira clara, porque si fuera cierto a aquellas alturas Von Stein ya estaría muerto. Ahora se mantenía a la espera de que se dignaran a decidir y disponer su condena: lo más probable, una temporada más bien larga en tierras siberianas.
Y eso solo por su origen prusiano.
Cuando lo hicieron entrar y sentarse en la silla, Ivan apenas reconoció a aquel hombre que había sido como un padre para él. Ahora no era más que una sombra de sí mismo; un hombre prematuramente anciano, en los huesos, con la enfermedad del temblor en las manos y al que habían abandonado aquellas inmensas ganas de vivir que siempre lo habían caracterizado.
Ivan esperó a que fuera él que iniciara el intercambio, aunque no tuvo que esperar mucho.
—Braginski, eres tú —su rostro parecía haber recuperado un poco de su animación de antaño—. Oh, mein Gott, pero si estás hecho todo un hombre.
El ruso no le devolvió la sonrisa. No debía flaquear.
—No te han cuidado demasiado bien aquí, por lo que veo —comentó con cínica frialdad.
—Oh, no te creas. En mi celda somos solo seis. Es todo un lujo.
—Me alegra saberlo.
Von Stein pareció encogerse varios centímetros sobre su asiento.
—¿Vas... vas a interrogarme?
—Sí. Pero solo quiero la verdad —dijo Ivan sin variar el tono de voz en ningún momento.
—La verdad es que deseo morir ya, Braginski. ¿Podrías arreglarlo tú?
Y lo había dicho con una serenidad muy convincente. Pero a él no lo engañaba nadie. Dejó transcurrir un par de minutos y por fin formuló la pregunta.
—Dime, ¿qué sucedió en realidad con Svetlana? —inquirió el soviético con mucha más suavidad de la que había planeado en un principio.
Y si al pequeño Vanya no le había gustado nunca ver llorar a las mujeres, al Ivan adulto le partía aún más el corazón ver a un hombre deshecho en lágrimas. Porque si un hombre lloraba, era porque de verdad estaba acabado. Destruido.
Se le hizo un nudo en la garganta. No debía haberse ofrecido a interrogarlo, pero había echado mucho de menos a su mentor y amigo y necesitaba ver con sus propios ojos cómo se encontraba.
—Si digo la verdad me fusilarían —dijo el cautivo en un susurro, con un sollozo solo ahogado a medias. Von Stein llevaba arrastrando aquel dolor demasiado tiempo.
—¿Y no era eso acaso lo que deseabas? —preguntó Ivan con una ceja ligeramente arqueada.
—Soy cristiano. Cuando Svetlana murió, yo mismo me habría matado porque ¿de qué sirve todo un mundo si en él no está la persona a la que amas por encima de todo?
Ivan pensó en cómo se sentiría él si algo le sucediera a Nastia, y una oleada de piedad e inmediata empatía sacudió todo su ser.
—Se te ha acusado de espionaje. ¿Qué tienes que decir a eso?
—Soy culpable de amar a Rusia. Y sobre todo, de amar a mi mujer.
—Konrad... Habla con libertad. Soy prácticamente tu hijo. Puedes confiar en mí.
Sin embargo, a pesar del amistoso ofrecimiento, el miedo asomó a los ojos inyectados en sangre del preso.
—Está implicado un alto cargo. Pero sería su palabra contra la mía y la de mi difunta esposa. ¿Y de qué me serviría a estas alturas, Braginski?
—Nastia me dijo que tu mujer se suicidó. ¿Fue por culpa de ese alto cargo? ¿Se trata de un oficial del Ejército Rojo? ¿Del partido? —hizo una pausa, vacilante—. ¿De la NKVD?
—Ivan, hijo mío, olvídate de este viejo que ya no le es de utilidad a nadie. Lo que más lamento de todo esto es que no podré luchar junto a Rusia contra el nazismo. Porque Rusia es mi patria y por ella habría entregado mi vida.
Ivan sonrió con delicadeza al escucharle decir aquello.
—Una vez me dijiste que uno nunca dejaba de ser prusiano —comentó con cierta ironía.
—Y por eso quería luchar contra ellos. Porque los nazis van a destruir Prusia.
Otro que hablaba de la guerra. ¿Sería cierto? ¿Lucharía la Unión Soviética contra el Reich alemán? Pero aquello era absurdo. Estaban concentrados en combatir a los ingleses, era imposible que se arriesgaran a abrir dos frentes al mismo tiempo. Además, la Unión Soviética proveía a Alemania de materias primas, trigo y petróleo. Sería una locura. Pero claro, los nazis nunca se habían caracterizado por sus actos de cordura.
—Lo siento, Von Stein —dijo entonces rescatando su frialdad profesional—. No puedo indagar sobre un alto cargo por una simple campesina. Espero que lo comprendas.
Las cadenas de las muñecas de aquel hombre tintinearon cuando se ocultó el rostro tras las cadavéricas manos.
—Trataré de mover algunos hilos, pero tengo las manos atadas —prosiguió levantándose—. Soy muy joven aún, tengo que asegurar mi posición. Pero puedo acelerar tu juicio si así lo deseas. O puedes seguir esperando aquí a que te llamen para comunicarte tu condena. ¿Preferirías Kolyma? Quizás me den el mando de algún campo de trabajo. Si llega el caso, me aseguraré de que te trasladen bajo mi autoridad. Auf Wiedersehen, herr Von Stein.
Y dedicándole un expeditivo saludo militar, dio por terminado el reencuentro entre ambos. Ivan no lo reconocería jamás, pero aquella última reunión lo marcaría para el resto de su existencia.
No lo volvió a ver con vida. Pero consiguió sobreponerse de cara al exterior, como debía hacer.
Porque Ivan siempre cumplía con su deber.
xxx
El vodka lo ayudó a superarlo y de hecho, nada más salir de aquel interrogatorio decidió poner a prueba el aguante de su cuerpo. Así que se emborrachó a conciencia, con extremado celo, y bebió una cantidad indecente de alcohol. Y en aquel estado fue a hacer una visita nocturna a Nastia.
Aunque algunos vecinos lo vieron, y la mayoría lo oyeron debido al ruido irresponsable que estaba provocando a aquellas altas horas de la noche, nadie osó salir siquiera de sus apartamentos. Un miembro de la NKVD a aquellas horas solo podía significar una cosa: a la entrada del edificio habrían estacionado uno de los "cuervos" en el que se llevarían a algún desdichado para someterlo a un duro interrogatorio, tras el cual lo más seguro es que jamás volvieran a saber nada de él.
Pero no era más que un hombre, consumido por la tristeza y el remordimiento, que iba a visitar a su novia.
—Vanya, no deberías estar aquí —susurró ella, preocupada, en cuanto vio el estado en que se hallaba su amado. Su padre seguía dormido, pero si seguían montando aquel escándalo, estaba claro que no tardaría en despertar, y ver allí a Ivan ebrio no mejoraría en nada su tirante relación.
—Vengo a honrar a mi futura esposa.
—Pero qué dices, bobo —sonrió ella, tratando de hacerle salir de allí, pero Ivan se opuso y cerró la puerta tras de sí después de entrar en la vivienda. Luego tomó a la muchacha del talle, la acercó hasta él, y la besó en los labios como nunca lo había hecho; con hambre, con necesidad, sin una pizca de caballerosidad. Nastia se debatió inútilmente entre sus brazos unos segundos y terminó por abandonarse a su abrazo con una especie de resignación y una lujuria recién estrenada. Ante la respuesta de ella, Ivan le deshizo la trenza con la que la chica ensortijaba su cabello para dormir, y se deleitó hundiendo los dedos en su pelo. Casi como un niño fascinado por un juguete recién descubierto.
—Oh, Vanya. Has bebido mucho —dijo ella con un leve reproche cuando él comenzó a besar un largo mechón de su cabello con una devoción casi religiosa.
—Te quiero, Nastia.
Pero ni siquiera le dio tiempo para que ella pudiera responderle. Ivan le subió el camisón que ella llevaba hasta dejar al descubierto sus esbeltas piernas. Las protestas de la muchacha, totalmente ruborizada, no sirvieron sino de aliciente para él.
En aquellas viviendas comunales, las parejas solían tener relaciones a la vista de cualquiera. El propio Ivan había visto en ocasiones a Yekaterina con algunos de sus novios, así que ni se planteó buscar un sitio más apartado. Es más, con un leve pensamiento de maligna euforia, se dijo que aunque su padre se despertara, él seguiría adelante. Aunque fuera solo por el placer de someter a otro hombre a su voluntad.
Ivan le quitó el camisón por los brazos y lo arrojó al suelo y enseguida cubrió los pequeños pechos desnudos de la chica con sus manos. Su piel era tan suave y cálida al tacto, que rebajó un poco su ardor antes de proseguir, como recordando —a pesar de todo el alcohol que llevaba en la sangre y nublaba sus sentidos—, que se hallaba ante una mujer, casi niña, inocente, delicada y sobre todo, intacta. Así que la besó de nuevo, con ternura, y solo cuando estuvo seguro de que ella se calmaba, la tomó en brazos con facilidad y la llevó hasta su lecho, donde la recostó con torpeza.
—Pero... pero yo no pensaba que esto fuera a ser así —trataba de decir Nastia entre susurros, mientras él se desabrochaba los pantalones del uniforme y ella lo miraba hacer con una mezcla de terror y ansiedad.
—Nada es como queremos que sea, Nastia —respondió él con gravedad y sin mirarla a los ojos.
—Creo que deberíamos esperar.
—¿Esperar a qué? El mundo podría acabarse mañana. Y yo no quiero desperdiciar ni un solo segundo más de mi vida sin ti.
De alguna manera, y a pesar de su estado, el ruso se las arregló para no hacer demasiado daño a su pequeña, y cuando él le preguntó que por qué lloraba, ella le respondió que era porque se moría de felicidad. Y no sabía si sería verdad o no, pero Ivan quiso creerlo.
A escasos metros de ellos, el padre de Nastia, que había estado fingiendo estar dormido todo el tiempo, emitió un quedo suspiro y cerró los ojos al fin cuando oyó que sus respiraciones volvían a alcanzar un ritmo normal y sus murmullos se acallaban. No era tan terrible, se diría con los labios apretados. Su querida Nastia podía haber vivido algo mucho peor que aquello.
Claro que no sabía lo que estaba apunto de suceder. En junio, los nazis violaron su pacto de no agresión y así dio comienzo a la Gran Guerra Patriótica de Rusia.
6
Una de las cosas que más lamento, Gilbert, y te parecerá absurdo, es que nunca fui capaz de hacer que sus girasoles sobrevivieran. Quizás era la falta de sol, o qué sé yo. Pero se lo había prometido. Le di mi maldita palabra a Nastia de que yo lo conseguiría y fracasé. La traicioné. Es por eso que no soporto la traición, Gilbert. Comprendo que Dante situara la traición en el último círculo de su infierno como el peor de los pecados posibles. Y aún así, la traicioné. Una y otra vez. Y la dejé sola.
Por entonces no sabíamos que avanzaríais tan deprisa. Stalin ni siquiera se creía que hubierais traspasado la frontera de Molotov-Ribbentrop. En mayo Hitler nos declaró la guerra y ya en septiembre tu Grupo de Ejércitos Norte estaba a la puertas de Leningrado. No te diré lo que pasó entonces porque estuviste allí y lo sabes. Y es que os lo pusimos tan fácil... La destrucción de nuestros tanques, todos estúpidamente concentrados en el mismo lugar, al igual que los almacenes de provisiones de la ciudad. Eso fue mucho peor, sin duda, porque todas las reservas de comida de la ciudad se quemaron de una sola vez con vuestras bombas incendiarias. Si tan solo los inútiles de Voroshilov y de Zhdanov hubieran hecho algo bien...
Yo, como miembro del NKVD, y aunque me destinaron al frente, pude enterarme a posteriori de lo que sucedió en el interior de la ciudad. Cuando por fin el Ejército Rojo rompió el cerco, tuve acceso a todos los diarios requisados por la NKVD a los soldados y a los ciudadanos. Porque no podíamos permitir que se supiera lo que allí había pasado. Leningrado era la ciudad heroica, ¡el orgullo de la Unión Soviética! ¿Cómo reconocer los errores del partido a la hora de lidiar con aquellos horrores, lo que tuvo que pasar el pueblo —¡el pueblo, Gilbert!—, mientras el "cerdo gordo" de Zhdanov, como lo llamaban los famélicos ciudadanos, tenía un acceso ilimitado a toda la comida.
Nos obligaron a decir que "solo" hubo 400.000 bajas civiles. Pero yo sé las cifras reales y quién sabe si algún día el mundo las conocerá. Murieron casi dos millones de personas de una ciudad de tres millones de almas. También me enteré más tarde de que Hitler no quería aceptar la rendición de la ciudad. No le interesaba. Solo quería que murieran todos de hambre; mujeres, bebés, soldados heridos, qué más daba. No fue más que otro de sus experimentos humanos a gran escala.
De modo que más adelante tuve acceso a los diarios de los ciudadanos y así me topé con los de Nastia. Fue así como supe de su sufrimiento, de todo cuanto le aconteció. ¿Te imaginas qué shock supuso para mí leer sus pensamientos, expresados con su caligrafía menuda y redondeada, leer su dolor por mi ausencia y el dolor físico y espiritual que ella experimentó cuando todos a su alrededor comenzaron a morir y a enloquecer?
Fue irónico. Nastia hablaba en su diario de Von Stein, y decía que allí, en prisión, se vivía incluso mejor que fuera de ella. Al menos allí tenían las raciones supuestamente aseguradas. En el exterior, los ciudadanos hacían colas de días para después encontrarse que la comida se había acabado o que alguien enloquecido por el hambre les robaba las cartillas. Lo peor era perder la esperanza, porque todos aquellos que se rendían en su interior y no se aferraban a algo, no tardaban en sucumbir. Por eso mi dulce y valiente Nastia sobrevivió un tiempo. Lo hizo por mí. Por mí.
Iba a la Prisión de las Cruces todos los días, y hablaba con Von Stein de cualquier cosa. Como si la vida no se hubiera vuelto del revés. Aquello les daba a ambos algo por lo que resistir, algo por lo que esperar cada día y no tener que acordarse del inmenso cementerio en el que ya vivían.
Vivían entre muertos, entre pilas y pilas de cadáveres congelados de varios metros de altura en las puertas de cada edificio. Familias enteras desaparecían. Y ante el caos que nadie estaba dispuesto a enfrentarse, se formaron grupos organizados que mataban a los más débiles e ilusos para comerciar con su carne. De modo que no podías saber si te estabas comiendo a alguien a quien conocías. Los vecinos robaban a sus vecinos, los líderes abusaban de su poder como nunca. Los hijos de los médicos, no, esos no morían. Los hijos de los políticos, esos no murieron en las evacuaciones como sucedió en la masacre del tren de Lychkovo. Vuestra Luftwaffe, Gilbert, atacó a sabiendas aquel tren repleto de niños: murieron más de 2.000 chiquillos bombardeados por vuestros aviones y vuestra artillería. Cerca de las vías había brazos diminutos colgados de los cables telegráficos, y una mujer aseguró haber visto la pierna de un niño empalada en la rama de un árbol. Los niños que sobrevivieron y que corrían para ponerse a cubierto fueron ametrallados por los aviones, que bajaban en vuelo rasante hacia ellos. Egoístamente ¿sabes?, casi me alegré de que Nastia no hubiese sido evacuada y no hubiese contemplado aquella carnicería.
Pero dentro de la ciudad las cosas iban a peor. Aquello sacó lo mejor y lo peor de cada uno... Aunque deberíamos quedarnos con lo mejor. Con aquellas mujeres que dieron su vida por los otros, por aquellos ancianos que daban sus ridículas raciones de 150 gramos de pan a los niños. Nastia ayudaba a todos los que podía. Yo, antes de partir al frente, le pedí a mi hermana Yekaterina que cuidara de Nastia, pero ella sabía cuidarse sola. Dudo que yo mismo hubiera sido capaz de soportarlo y más con la carga que ella portaba consigo.
Los alemanes dijisteis que el 9 de agosto de 1942 capturaríais la ciudad y celebraríais la victoria en el hotel Astoria. Así que aquella fue la fecha que eligieron los rusos para estrenar la 7ª Sinfonía de Shostakovich. La Sinfonía de Leningrado. ¿Tú la oíste? Leí que habían puesto altavoces y que hasta las primeras lineas de la Wehrmacht pudieron oír aquella bendita sinfonía que simbolizó la resistencia del pueblo ruso. A partir de entonces, la voluntad de los supervivientes se fortaleció.
Yekaterina ya había muerto el invierno anterior, por lo que mi hermana no pudo asistir al mejor concierto que jamás se hubiera llevado a cabo en Leningrado. Nastia se la encontró, congelada como una estatua junto a una carretera, en una fosa común recién excavada y recién profanada. Alguien le había cortado los pechos.
Leer aquello en su diario casi me volvió loco de dolor. Y no sé si por la propia muerte de Katja o porque Nastia fuera testigo de algo tan terrible. Gilbert, nunca me perdonaré el haberla dejado sola. Podría haber movido algunos hilos para quedarme y sufrir el sitio junto a ella. Pero ¿sabes qué hice? Denuncié a su padre y se lo llevaron. Solo porque no aprobaba que yo estuviera con su hija y porque yo podía hacerlo. No sé qué fue de él, solo que con mi decisión, mi egoísmo y mi crueldad, impedí que incluso su padre estuviera a su lado en sus últimos momentos.
Gilbert...
Nastia vio morir a su hijo de hambre.
A nuestro hijo.
Bueno, al menos eso contaba ella en sus diarios, yo ni siquiera supe que ella estaba esperando un hijo antes de marcharme. Y claro, cuando nuestro pequeñín murió, ella se dio por vencida.
Si me hubiera quedado... Si me hubiera quedado, Gilbert, puede que aún estuviéramos juntos los tres. Dmitry tendría ahora diez años.
xxx
Ivan notó las lágrimas silenciosas de Gilbert sobre la mano con la que le estaba acariciando las mejillas, pero el ruso no dijo nada más. Siguieron abrazados muy cerca el uno del otro. Tan cerca como jamás había estado ninguno de otro ser humano. Dejó que el silencio les hiciera compañía un rato hasta que el propio prusiano se serenó como pudo y lo miró a los ojos por fin. Sus pupilas jamás habían sido tan elocuentes como hasta aquel momento.
—Ivan...
—No tienes por qué decir nada, Gilbert. Quería contártelo. En realidad, necesitaba hacerlo.
Gilbert lo tomó de ambos lados de su rostro y le dedicó una mirada tan intensa, poderosa y al mismo tiempo, tan llena de dolor desnudo y sincero, que incluso el ruso hubo de hacer un esfuerzo sobrehumano por no desmoronarse.
—Ivan, quiero pedirte perdón en nombre de todos los alemanes. Te suplico que me perdones —su voz vibraba por la emoción a duras penas contenida, pero debía continuar o moriría—. Perdóname, por favor, por haber estado en el otro bando. Por haber contribuido a ese dolor. A tu dolor. Por favor, Ivan.
Las lágrimas volvían a correr por sus mejillas, pero ni siquiera parecía darse cuenta de ello. Ivan entonces volvió a abrazarlo con fuerza y lo hizo recostarse de nuevo en la cama.
—Ahora estoy contigo, Gilbert.
El pequeño sollozo de su amante, que resonó en la quietud de la habitación, le encogió el corazón en el pecho, así que reanudó sus torpes caricias en la nuca de Gilbert.
—Tranquilo, mi amor.
—Joder... —Gilbert lo estrechó entre sus brazos y le devolvió las caricias, con decisión, hundiendo los dedos en su cabello rubio. Adoraba hacer aquello y estaba seguro de que a Ivan le gustaba que se lo hiciera. El ruso suspiró y se dejó hacer.
—Jamás te voy a dejar, Ivan. ¿Me oyes? Nunca. Nunca. Nunca te dejaré.
Y hasta que el ruso no se durmió entre sus brazos, no dejó de acariciarle con suavidad.
