Sherlock no despertó esa mañana de domingo hasta que su cabeza, colgando lánguidamente a un lado de su cama junto con su brazo derecho, golpeó la orilla cuadrada de su mesa de noche.
El impactó se hizo notar en una punzada de dolor intenso a unos centímetros de su frente. Abrió los ojos lentamente para encontrarse con el techo blancuzco de su habitación. Un minuto exacto después, y el joven se estaba incorporando en su cama.
Llevaba su ropa de siempre; pantalones de trabajo oscuros y una ajustada camisa de botones color vino. La manga izquierda estaba recogida sobre su antebrazo, el cual se encontraba rodeado con uno de sus cinturones de cuero. Se notó descalzo, pero aún con sus calcetas negras puestas. Sus largas piernas colgaban del otro extremo del colchón de la misma forma que su cabeza llena de rizos lo había hecho.
Tardó un par de segundos más en poder mirar sin visiones borrosas y torpemente se puso de pie, casi tropezando con sus propios pies. Apenas y pudo sostenerse de uno de los postes de su cama para no irse de bruces.
Entre gruñidos y gemidos de malestar, Sherlock recorrió todo el camino hasta el baño, en busca de una aspirina para el dolor en su cabeza y para poder meterse a la ducha directamente.
¿Qué había hecho la noche pasada que se sentía tan extraño en esa mañana?
"Quince gramos de heroína y cinco cigarrillos, eso pasó".
El joven Holmes sonrió a la visión de su rostro pálido en el espejo, mientras se desnudaba con dificultad entre tambaleos, chocando constantemente contra la puerta y paredes. La jeringa sucia debía haber caído bajo su cama, así como lo último que recordaba era haberla dejado deslizarse entre sus dedos estando casi completamente sedado por la droga. Después de eso, se desmayó.
Se arrancó el cinturón del brazo y lo arrojó al suelo helado, examinando el doloroso moretón del piquete que comenzaba a formarse sobre su codo. Flexionó el miembro y lo sintió casi entumido. Decidió ignorarlo.
El agua caliente ayudó a aliviar las zonas tensas de su cuerpo por la incómoda posición en la que había estado inconsciente sobre su cama toda la noche. Cepilló sus dientes, lavó su cabello apestoso a tabaco y limpió las manchas de ceniza de sus dedos. Se deslizó fuera de la regadera, cuidando de no resbalar, para envolverse en la afelpada toalla y regresar a su habitación helada.
Todo el vello del cuerpo se le erizó al entrar en contacto su piel mojada con el aire frío del cuarto. Pese a ello, arrojó la toalla lejos, dejando el agua chorrear desde su cabello y hombros hasta la alfombra. Sin ánimos de ponerse encima uno de sus trajes formales, se enfundó en el pantalón de trabajo más sencillo que encontró y una desgastada camisa blanca de manga corta, la cual hace mucho no usaba. Con su acostumbrado abrigo sobre él y un par de zapatos limpios que encontró bajo la cama, Sherlock salió de su habitación, echando el pestillo a la puerta y guardando la llave en uno de sus bolsillos.
Tenía que salir un rato de la casa.
Corriendo escaleras abajo, se topó con la elegante presencia de su madre en medio de la cocina, leyendo el periódico con una taza de café en la mano.
— ¿A dónde vas, Sherlock? —le llamó la mujer, mirándole sobre la orilla del diario.
—Al parque. Necesito aire fresco.
— ¿No piensas desayunar algo?
—Comeré algo en la calle. Adiós.
Salió caminando rápidamente, antes de que su madre pudiera alcanzarle u obligarlo a sentarse a comer ahí. Sherlock sólo quería caminar un rato afuera, había pasado todo el sábado encerrado en casa, con el teléfono celular apagado y completamente drogado. Su cabeza punzaba adolorida, mientras atravesaba las calles y recorría la banqueta paso a paso.
No estaba seguro de a dónde estaba yendo. No llevaba otra cosa encima que su billetera, con unas pocas libras dentro, su teléfono celular, un paquete medio vacío de cigarros y un juego de llaves.
¿Cuándo fue la última vez que una dosis de heroína lo había hecho sentir tan mal y qué había hecho aquella vez?
"Estaba con Stamford, en el laboratorio, y luego… John".
"Oh, cierto".
Apresuró su caminata, hasta llegar exactamente a la calle donde se encontraba la casa de Watson. Solamente se quedó de pie frente a ella, en medio de la acera. Quiso ir a timbrar y llamarle, y obligarlo a cuidar de él mientras el malestar pasaba.
Pero decidió que no era buena idea. Soportar a John Watson sólo le provocaría mayor dolor de cabeza.
Siguió caminando, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, exhalando sólo para apreciar su aliento congelado frente a él. Estaba pensando en que podría hacer ese día para pasar el tiempo. Quizá podría ir a la biblioteca y robar un par de libros, o quizá a la escuela y a pasar el día en el laboratorio, aunque dudaba que esta estuviera abierta en domingo. En todo caso, él se encargaría de colarse al edificio.
Y antes de que pudiera echarse en dirección de la escuela, su atención fue rápidamente captada por un par de patrullas estacionadas frente a una pequeña cafetería. Sherlock echó a correr hacia el otro lado de la calle, dónde veía a los policías entrar y salir del local, así como rodear la zona para evitar el paso de civiles.
Intentó escabullirse entre los autos detenidos, tras las espaldas de los oficiales, y creyendo que no sería visto por ellos, casi entró a la cafetería. Eso, hasta que sintió una mano caliente tomarlo del hombro y jalarle el cuello del abrigo.
— ¿A dónde crees que vas, hijo?
Sherlock trastabilló un poco hacia atrás, por el fuerte tirón que ese hombre le había dado. Un alto sujeto de mediana edad, con rostro serio y una chamarra de cuero encima abierta, dejando a la vista el arma que llevaba en sus pantalones.
—Quiero saber que pasó aquí —respondió sin pena, con la total intención de enterarse de todo —Me interesa.
—Largo de aquí, muchacho, es una escena del crimen. No es sitio para un chico cómo tú.
—Puedo ayudar —Sherlock le miró con expresión imperturbable, pero completamente seguro en sus palabras, incluso ante el gesto poco convencido del policía —Así que déjeme entrar y yo resolveré esto en un par de minutos.
—Si quieres saber que sucedió aquí, míralo en el noticiario de las nueve. Ahora vete de aquí o llamaré a tus padres.
—Pero, yo…
Sherlock no pudo sentir nada más que molestia, así como el robusto hombre la arrastraba fuera del lugar, prácticamente abrazando el cuerpo escuálido del joven Holmes entre sus fuertes extremidades, frente a los ojos de varios policías divertidos por la imagen.
Pataleando violentamente, trató de liberarse del agarre del oficial, hasta que este lo dejó caer en la acera del otro lado de la calle, con la severa advertencia de no volver a meterse. Sherlock se puso de pie, sacudiendo su ropa con molestia. Por lo menos había sacado la billetera del hombro de uno de los bolsillos de su chamara de cuero y prefirió irse corriendo de ahí antes de que el corpulento policía lo notara.
Al final huyó del lugar con doscientas libras en el bolsillo y terminó arrojando la billetera llena de identificaciones y tarjetas de crédito a la basura. Por lo menos ya tenía dinero para comprar más cigarros y heroína.
Ahora era tiempo de robar un par de libros.
La noche estaba helada, pero la calefacción del automóvil los mantenía bastante bien adentro. La chica rubia había arrojado sus tacones debajo del asiento mientras mascullaba sobre lo aliviada que se sentía al poder quitárselos.
—Gracias por la cita de hoy, John —dijo Mary, sonriendo ante el rostro amable de John Watson —Fue un día muy agradable, me divierto mucho contigo. Aunque hubiera deseado que me dejaras pagar por lo menos las entradas al cine.
—No, claro que no, Mary —respondió él, apartando la vista del camino, apenas para mirarle a la cara un poco —Yo te invité, yo lo tenía que pagar. No es problema para mí.
La joven sonrió encantada por la personalidad dulce de John. Dejó caer su delicada mano sobre su hombro, masajeándole sobre el suéter tejido que el chico usaba. Se recargó suavemente en él, aspirando el aroma de su colonia y riéndose al sentir los pequeños vellos ásperos de su mentón contra su frente descubierta. Watson, por su lado, suspiró profundamente, cómodo con la sensación del cabello suave de Mary haciéndole cosquillas en la barbilla y su mano de dedos finos frotando su muslo sobre el pantalón de mezclilla. Ella siempre olía a perfume caro y flores, y el tacto de sus manos siempre era cuidadoso y terso. No quería admitir el hecho de que estaba ligeramente excitado por la situación, esperando a que ella le pidiera que detuviese el auto, quizá para besarla, o que incluso lo dejara pasar a su habitación cuando llegaran a casa y, bueno… sólo podía imaginar que vendría después.
Tragó saliva nervioso, pero sin dejar que Mary notara su estado de expectación. Ella era una chica decente y bonita.
Ella terminó por acomodarse aún más cerca de John, casi sentándose sobre su regazo, aun mientras él conducía. Watson soltó el volante, sólo para rodear los hombros estrechos de su novia y manejar con una mano. El camino a la casa de Mary era una calle recta, sin mucho tráfico o vueltas, no tendría problemas.
No pudo evitar notar que era un vecindario oscuro y feo, lleno de casas viejas y edificios hundidos en la penumbra, la mayoría abandonados y con las ventanas cubiertas con tablones.
—Luce muy solitario por aquí —comentó en voz baja.
—Lo es —respondió Mary, saliendo de su pequeño ensueño para observar el entorno que los rodeaba —Es el camino más corto a mi casa desde el centro de la ciudad, pero nunca me gusta pasar por aquí. Está lleno de vagabundos y junkies, prefiero ir por el camino largo, pero iluminado —soltó una risilla entre dientes, revolviéndose en su lugar bajo el mentón de John —Pero como ahora traes automóvil, no es mucho problema que vayamos por estas calles.
—Claro —murmuró el muchacho. Estaba ocupado observando las paredes llenas de grafitis, las casas que yacían en escombros y los edificios que se miraban totalmente oscuros. Qué asco, se dijo. Debían estar llenas de drogadictos y malvivientes, pobre Mary que tenía que vivir cerca…
— ¿Ese no es tu amigo Sherlock Holmes?
— ¿Qué?
—Por ahí.
John detuvo el auto lentamente, mirando a través de la ventana por la cual Mary señalaba con el dedo índice.
A unos cuantos metros de ellos, un grupo de vagabundos permanecían sentados alrededor de lo que parecía ser una fogata improvisada dentro de un bote de basura. Y efectivamente, entre ellos podía distinguir la presencia alta y calmada de Sherlock, conversando entretenidamente con un joven vago, fumando tranquilamente y comiendo del mismo plato desechable de pescado y patatas fritas.
—Por un demonio… —musitó entre dientes, apretando el volante con molestia.
El chico no le había hablado en todo el fin de semana, y ni siquiera se había tomado la molestia de despedirse de él durante el viernes, el último día que le miró antes de desaparecer esos dos días y no responder sus llamadas.
—Tenemos que llevarlo con nosotros, ya es bastante tarde —la joven rubia giró el rostro para hablar con John —Algo podría pasarle.
—Sí —respondió con voz grave, enojado en realidad —Yo iré por él. Cierra las puertas y espera a que vuelva, ¿está bien?
—Claro, yo estaré aquí.
El joven salió del auto con la mayor precaución posible, preocupado por Mary quedándose sola en el automóvil y por Sherlock rodeado de hombres extraños y probablemente drogados.
Y por él mismo, caminando hacia un montón de vagabundos con Sherlock, sin arma alguna encima.
Recorrió el pequeño tramo desde el coche cerrado hasta el porche de concreto del edificio donde Sherlock se refugiaba.
El joven de cabello rizado elevó la mirada desde el plato de papas medio vacío, y con el cigarro consumiéndose entre sus labios, se encontró con el rostro colérico de John Watson, quien caminaba hacia él con pasos fuertes y las manos cerradas en puños.
—Buenas noches, Watson —masculló enseguida tuvo a su amigo frente a él, apartándose el cigarrillo de la boca y llevándose un trozo de pescado a esta — ¿Qué haces por aquí?
—Yo debería preguntar eso —John volteó a ver a todos los acompañantes de Sherlock esa noche; cinco hombres aparte del muchacho sentado con él.
—Pues estoy pasando la noche, comiendo papas fritas y fumando —hablaba como si fuera cualquier cosa, sonriendo levemente ante la expresión casi furiosa de su amigo — ¿Quieres una?
—Sherlock vámonos de aquí inmediatamente —John se dirigió a él con el tono severo que pocas veces escuchaba venir de él y casi temió que este fuera darle un puñetazo —Sube al auto ya, o me harás arrastrarte hasta allá.
—Cómo sea —el chico se puso de pie, sacudiendo su saco y se metió la mano en el bolsillo —Toma esto Pete, te veo otro día —extendió su mano frente al joven vagabundo, ofreciéndole tres cigarrillos y cinco libras —Hasta luego.
—Hasta luego Sherlock, un placer verte —respondió el muchacho, aparentemente llamado Pete, sonriendo animadamente ante el chico de cabello rizado. John bufó mientras observaba a Sherlock despedirse amistosamente del otro montón de vagos sentados en el piso de concreto.
Sin decir más, los dos caminaron de regreso al auto, donde Mary los veía curiosa. John subió, cerrando la puerta detrás de Sherlock y la suya propia con un golpe seco.
—Hola Sherlock —le saludó ella con una sonrisa, a lo que Holmes apenas contestó con un gesto amable — ¿Cómo estás?
—Bastante bien, un poco helado —el chico se removió en el asiento trasero, acostándose a lo largo de este — ¿Cómo les fue en su cita?
— ¿Cómo sabes que tuvimos una cita?
—Intuición —Sherlock sonrió con cierta burla, aunque la inocente Mary no lo notara. Ella sólo estaba volteada sobre su asiento, mirándole a la cara.
—Fue linda, mucho —ella sonreía con un aire de forma brillante, satisfecha con su noche. Sherlock debía admitir que Mary no le molestaba como otras personas (especialmente desde que era su gran oportunidad para deshacerse de John) — ¿Qué tal tu reunión con… los vagabundos?
—Divertido, cuentan buenas historias —cruzó las manos sobre su regazo, cerrando los ojos y suspirando tranquilamente.
John conducía sin pronunciar palabra, con Mary indicándole el camino entre las casas y Sherlock en silencio en el asiento trasero, revisando los mensajes en su móvil; se decía que debió haberle dado su número telefónico a Victor Trevor. Lo haría en otra ocasión.
Watson detuvo el auto justo frente a la casa de Mary, a quien acompañó hasta la puerta y se despidió con un beso en los labios, disculpándose por haber tenido que parar por Sherlock.
—No es problema, creo que terminó coronando esta noche —ella le dio un segundo beso en la mejilla —Llévalo a casa. Nos vemos mañana en la escuela, buenas noches John.
—Buenas noches, Mary. Te veo mañana igualmente.
La chica abrió la puerta de su casa, despidiéndose a lo lejos de Sherlock y cerrándola tras su espalda. Girando sobre sus talones, John se dio la vuelta y se echó a andar de nuevo a su auto. Sherlock se encontraba muy cómodo, tecleando en su teléfono celular, hasta que John abrió la puerta junto a él —Sube al asiento delantero.
— ¿Por qué?
—Tú hazlo y ya.
Sin más objeción, Holmes salió del auto sólo para dejarse caer de nuevo sobre el asiento del copiloto. John subió, sacudiendo el auto en el proceso, y arrancó para irse de ahí.
Todo el recorrido hasta la casa de Holmes se hizo en silencio, con un Sherlock aburrido que sólo pensaba en llegar a leer los libros que había sacado de la biblioteca, y un John molesto, pero que no se atrevía a decir una cosa.
—No hemos hablado desde el viernes —finalmente pronunció el adolescente rubio. Sherlock no se tomó la molestia de voltear a verle.
—He estado ocupado —dijo sin apartar la mirada de su celular.
— ¿Lo suficiente para no responder mis llamadas?
—Hablas como si no me conocieras.
Watson apretó el volante del auto, deteniéndose en una luz roja. Sherlock podía ponerlo verdaderamente molesto.
— ¿Qué hiciste el viernes después de clases?
—Estaba por ahí —Sherlock había guardado su móvil en un bolsillo, al sentir la punzada de dolor leve que atacó el codo de su brazo izquierdo. El moretón del piquete debía haber crecido y haberse vuelto más doloroso.
—Espero que no te hayas metido en nada peligroso —John extendió los dedos, adoloridos de ser cerrados una y otra vez en puños apretados. El aire frío le congelaba las manos además. Había olvidado encender la calefacción —No deberías andar con vagos, mucho menos en lugares oscuros y alejados de tu casa.
—Ellos no me harán nada.
— ¿Cómo estás tan seguro?
—No lo estoy.
Sherlock sonrió ante la mueca irritada de John. Al joven Holmes le parecían exageradas sus reacciones. Sentía que el chico rubio le trataba como si fuera un niño.
Pero Sherlock era un joven adulto, mucho más listo que la media de cualquier hombre de su edad, mucho más listo que hombres mayores que él. Siempre tendría un plan para evitarse problemas (aunque muchos iniciaban con llamar al teléfono de Watson).
—Deja de preocuparte por nada, Watson —recitaba, palmeando el bolsillo de su abrigo dónde había escondido su paquete de cigarros y las ciento noventa libras que aún le quedaban —Mejor ocúpate de tu novia.
La cara de John se volvió notoriamente roja, pero sin dar muestra de sentirte más tranquilo.
—Eres demasiado imprudente, Sherlock. No puedo estar todo el tiempo tras de ti, cuidando que nadie vaya a apuñalarte o golpearte un día de estos.
—Nadie te pidió que lo hicieras, Watson —respondió Sherlock, rodando los ojos en sus cuencas —Te lo he dicho muchas veces y se vuelve tedioso.
—No necesito que Nadie me lo pida, Sherlock —el auto dio un violento salto, así como pasan por encima de un bache que John no había alcanzado a ver —Lo hago porque soy tu amigo y me importa que te suceda.
—Tu apego por mí no te va a llevar a ningún lado, John Watson —Sherlock se inclinó hacia el frente, apoyando sus codos sobre el tablero hasta casi pegar el rostro al parabrisas del coche. Podía ver que estaban cerca de su casa, a unas cuantas cuadras más —Me he cansado de explicártelo, pero tampoco planeo tomar mayores consideraciones para contigo, colega.
La molestia inicial de John había desaparecido para dar paso a un sincero sentimiento de pena, casi tristeza. No necesitaba que Sherlock le dijera nada más, porque todo eso lo había asimilado hacía muchos años.
—Entiendo todo eso, pero… aun así, tú sabes que yo…
—Ahí está mi casa —señaló fuera del vidrio, echándose hacia atrás para abrir el cinturón de seguridad —Detente aquí, me iré caminando.
John obedeció silenciosamente, parando el coche al mismo tiempo que Sherlock abría la puerta y ponía un primer pie en la calle pavimentada.
—Sherlock, yo…
—Buenas noches, John —mascullaba Holmes, azotando la portezuela detrás de él y alisándose el abrigo sobre su pecho —Y gracias por traerme a casa. Es todo.
John se quedó quieto en el auto, viendo a Sherlock caminar a través de la calle solitaria. Varios minutos después, volvió a casa.
