¡Hola! Muchas gracias a todos los que están leyendo esta historia, a los que dejan y a los que no dejan review; se los agradezco de corazón.
Invasor's Queen: XDDDDDDD Niña, me mató tu review! Aun me parto de risa; XDDDD oye, ¿me vas a dar parte de lo que saques de la subasta? Aunque sea la mitad, que esas fotos se van a vender muy bien XDD Si Rafa se entera mata a Cinna y creo que a ti y a mi por andar de solapadoras XDDD Sip, Leo es un gran shinobi, el único inconveniente que tiene en un lugar como ese es su buen corazón, en cuanto a Belle, bueno, no es guerrera y entiendo porque te cae mal, y creo que luego te va a caer peor, pero ni modo, así lo exige la historia ;) Gracias a ti por dedicar tu tiempo en leer mis loqueras y por tu maravilloso review, y espero que te guste este cap :D
Dragonazabache: XD No, lo de Rafa y Haymitch no era tan malo… dependiendo el punto de vista, si Leo se entera mata a Haymitch XD En serio te recordaron a los krank? XD Yo pensaba más en el monstruo de Star Wars, el episodio VI, cuando a Luke, Han y Lea los van a aventar dentro de una duna… ok, confirmado, soy super nerd XDD eh… creo que el plan no te va a a gustar jeje, pero a ver qué pasa, Recién vi gladiador y me encantó! No la había visto antes,pero a raíz de tu review me puse a buscarla,la vi y quedé fascinada! *.* XDDD Ok, veremos si le puedes mandar eso, lo de los polvos sería una buena idea, por lo menos que lo deje rascándose un rato, eso sería bueno XDD Gracias por tu review. Besos.
I Love Kittens too: XDD Gracias por tu review! Vieras que yo también solía decirle Leito a Leo? Es tierno; aunque no lo había oído antes pero es lindo. Por suerte Leo no es como Bieber (ya ves que ese ya perdió el piso de a feo desde hace rato… ¿decir que Ana Frank sería su fan? Dios! Que ego! Gracias por tu review y espero que te guste el cap ;)
Iurakey: Al contrario! Gracias a ti por leer y por tus comentarios :D En cuanto a tu pregunta… bueno, en los libros no lo dejan claro, de hecho en "En llamas" nos dejan ver que prácticamente todos los vencedores se conocen y son amigos porque cada año se reúnen en el Capitolio al llevar a sus tributos a los juegos, por lo que yo creo que o los rolan (un año uno, otro el que sigue y así) o asignan al más popular, como en el caso del distrito cuatro un chavo llamado Finnick Odair que era super popular por haber ganado a los catorce años y ser guapísimo, además de que se supone que deben ir dos por distrito, un vencedor para el tributo masculino y una vencedora para el femenino; si Leo gana, le tocará ser mentor y ya vería con Haymitch como se acomoda, creo que no me expliqué bien, quizá te dejé más dudas que antes, sorry XD En cuanto a la mochila, pues sí, no hay mucho de donde agarrar, pero lo bueno es que este niño es como Mcgyver, se las sabe arreglar XDDD de hunger games a jersey shore, no? no, no, mejor que se dejen de cosas sexys y se sigan matando. Muchísimas gracias por todo y espero te guste el cap. Besos :D
FortuneLadyStar: Gracias! En serio ibas a hacer un fic así?! Por favor, hazlo! Me encantaría leerlo y siempre es bueno tener variadas versiones de un tema, sería genial ver la tuya :D Gracias por lo que me dices, me halagas demasiado :3 Espero que este cap te guste, y sobre lo de Usagi… habrá que ver jeje. Besos, gracias y anímate a hacerlo! :D
Violeta: Gracias, viniendo de ti lo valoro mucho :D Y como ese ejemplo que pones del capítulo de la serie, hay muchos, por eso Leo es una excelente opción de líder :D Con respecto a lo que me dices de la ortografía… ¡GRACIAS! Me aclaraste una duda que tuve mucho tiempo y nadie me sabía responder y cuando alguien lo intentó se hizo tanto lío el solo que me confundió más; ahora lo he comprendido y por lo tanto procuraré prestar atención al detalle; gracias de nuevo y muchos besos, :D
Megumi-Elric-X: Gracias! Eres de las pocas que notó eso; no te gusta el yaoi? O.o jeje. Y ese es el problema con Leo, es muy bueno como para hacer algo así, pero va a tener que ponerse las pilas si no quiere que lo envuelvan en una cajita y lo manden a casa. XDD Me alegra que te hayas animado a leer el libro, la trilogía es muy buena y bien vale la pena (la película también es buena, pero creo que sólo la comprendemos mejor al haber leído el libro, en ese aspecto tienen algunos fallos) XDD Habría sido bueno ver mutos así jeje ¿Quién fue el malvado que te quemó el final? O.o ¿Ya leíste los otros dos? En verdad son muy buenos :D Gracias por tu review y espero que el cap te guste :D
NekosDream: Gracias! Me está costando deshacerme de mis vicios, pero sigo intentando, espero realmente llegar a mejorarlo :3 te agradezco lo que me dices, en verdad significa mucho para mí :D
Y la cosa se pondrá peor en los juegos, pero mejor dejo que lo leas :D Gracias por lo que dices de Belle, sé que es atorrante en varios aspectos, pero sí, eso es algo que también quería hacer notar, que no todos los tributos van confiados y hay quien de plano no tiene madera para estar ahí, aunque creo que Belle terminara por ser totalmente odiada, pero ni modo… lo dicta la historia (ok, eso sonó raro XD) Que bueno que hallaste los libros! No te vas a arrepentir, en verdad son muy buenos. Besos y gracias. :D
SSMinos: Gracias! Y sí, y aun lo que les falta. Pero no te apures, eso no le va a pasar, la verdad si lo intentaran ahí sí que Leo los mata. Aún faltan varios por caer, espero que este cap te guste y en verdad, no te apures, que por lo menos por ese lado va a salir intacto ;)
Disclaimer: Los juegos del hambre y Teenage Mutant Ninja Turtles, personajes, situaciones y demás pertenecen a sus respectivos autores; Suzanne Collins, Peter Laird y Kevin Eastman.
Gracias a mi beta Haoyoh Asakura, sin ella este fic jamás vería la luz.
Capítulo IX
El sol apareció sobre la arena y al mismo tiempo resonó el cañón.
Leonardo al oírlo se despertó de golpe, desubicado y nervioso; las primeras horas de la noche había dormido en un estado de vigilia; semi consciente, pendiente de cualquier ruido o movimiento que se suscitara a su alrededor, o incluso cualquier cambio en el ambiente; sin embargo, el cansancio por todo lo vivido el día anterior, el esfuerzo físico en la cornucopia y con esa criatura, más la tensión nerviosa, había terminado por vencerle, sumiéndolo en un sueño profundo que pese a todo, no había sido reparador en lo absoluto. Al darse cuenta de que la hojarasca aún se hallaba sobre su cabeza, cubriendo el refugio, se riñó a sí mismo, primero por haber bajado la guardia y luego por lo tonto que había sido, pues por un momento creyó que ese cañón había sonado por él.
Hecho un vistazo hacia afuera y al ver el campo despejado salió de inmediato; guardó la bolsa de dormir dentro de la mochila y cubrió el agujero de nuevo, de modo que pasara desapercibido, pero también que pudiera hallarlo otra vez si lo precisaba. Se aseó las heridas de las manos, estas ya no parecían tan graves gracias a los desinfectantes; cambió las vendas por unas limpias y lavó las otras con algo del agua de su botella.
Tomó un rápido y frugal desayuno basado en agua y corteza; mientras lo hacía, se preguntaba quien habría sido aquel por el que el cañón sonó; volvió a pensar en Usagi y un nudo se le formó en el estómago al imaginar a su amigo, muerto en medio de aquel bosque; aquello le impidió continuar con su comida, pues la angustia de no saber de él no le permitía pasar bocado; también llegó a pensar en Belle, esperaba no ver a ninguno de los dos en el cielo de la arena esa noche.
Guardó de nuevo sus cosas y reemprendió el camino con la idea de intentar de nuevo la caza; tenía la esperanza de no toparse con más conejos regordetes que le impidieran hacerse de suministros decentes ese día. Sin embargo, quizá debía rellenar su botella de agua primero, pues ya se hallaba a menos de la mitad.
Recorrió el camino hecho el día anterior para volver al estanque, pero al dar vuelta a un árbol se encontró de frente con otro tributo; una chica, muto de comadreja, que venía del distrito cinco; su nombre era Finch y venía corriendo a toda velocidad hacia él, sin dar señales de querer detenerse; Leo se puso en guardia, pero rápidamente notó que la chica parecía asustada y que en sus manos no llevaba un arma, sino uno de esos paracaídas con los que los patrocinadores hacían llegar sus regalos. Finch, iba tan rápido que terminó chocando de lleno con él, de modo que ambos cayeron al piso.
Finch, yacía sobre Leo y parecía apurada por salir corriendo de nuevo, por lo que hacía lo posible por ponerse de pie otra vez; pero la tortuga pudo ver que un hacha pequeña venía directamente a su cabeza cruzando el cielo del bosque. Leo se giró quedando sobre la chica, cubriéndola con su cuerpo, de modo que el hacha rebotó en el caparazón de la tortuga.
-¿Estás bien?- El muchacho revisaba con la vista rápidamente a la comadreja, para luego mirar hacia el lugar de donde provino el hacha, procurando estar alerta. Finch asentía nerviosamente con la cabeza, para luego arrastrarse en reversa, alejándose de Leo, aferrando el paracaídas con fuerza.
-¡¿En qué estás pensando, doce?!- Le soltó aun asustada, antes de pararse a toda prisa y retomar su veloz carrera; Leonardo se le quedó mirando sin entender a qué se refería con sus palabras, pero no tuvo tiempo para meditar mucho en ello, pues pronto escuchó pasos que venían de la dirección de donde había venido el hacha. Leo se puso de pie de un salto, sacando el arco de su espalda y montándole una flecha rápidamente.
La chica del distrito siete llegó ante él; tenía los ojos muy abiertos y el rostro desencajado por la furia y la agitación, apretaba con fuerza otra hacha pequeña en una de sus manos y miraba al muchacho con una mezcla de asco, indignación, rabia y alarma.
-Debí imaginarlo… ¡¿Es tu cómplice, verdad?!-Se puso en guardia, sus piernas flexionadas, listas para esquivar un ataque, el hacha en ristre, lista para ser lanzada; sus ojos se movían de Leo hacia el camino tomado por la comadreja y se balanceaba ligeramente de un lado a otro, como no sabiendo qué hacer.
-¿Cómplice? ¿Pero de qué…?-
-¡Era de esperarse, entre mutos se alían para acabar con los humanos!- Siseó la chica con veneno.
-¿Alianza? Ella y yo no tenemos ninguna…- El chico iba a moverse, pero Tyrene, pues ese era el nombre de la joven, volvió a mover su hacha de manera amenazante; Leo volvió a apuntarle con el arco.
Tyrene seguía mirando a Leo y de reojo veía el camino. Quería acabar con él, pero también parecía que no deseaba dejar que la chica comadreja escapara. Empezó a avanzar lentamente en dirección a la otra hacha que había lanzado primero, pero sin quitar los ojos de encima de la tortuga que la seguía con la punta de la flecha lista para ser lanzada. Tyrene tomó su hacha y metiéndose rápidamente entre los árboles, para que estos le protegieran si Leo se decidía a atacarla, se alejó de ahí en la dirección a donde Finch se había ido.
Leo bajó la flecha, mirando hacia donde ambas habían desaparecido.
-No te entiendo, doce.-
Leonardo volvió a levantar el arco, apuntando a la dirección de dónde provino la voz; desde lo alto de un árbol, Finch asomó su cara de comadreja para luego bajar de un salto junto a él. El chico seguía apuntándole.
-Baja eso, ambos sabemos que no vas a usarlo en contra mía.-
-¿Cómo estás tan segura?-
-Por qué simplemente no vas a hacerlo, ¡Duh! Si fueras como los otros no me habrías protegido y habrías matado a esa leñadora loca desde hace rato, le tenías ventaja.-
Y eso era verdad; ¿qué le habría costado dejar que el hacha aterrizara en la cabeza de la comadreja? Tyrene solo tenía un arma para defenderse, a diferencia suya que tenía una flecha lista, apuntando en dirección a su garganta y que llegaría a ella antes de que la chica pudiera siquiera lanzar el hacha; ¿por qué no lo había hecho, teniendo la oportunidad?
-Y te diré por qué, doce.-Siguió la comadreja, como si hubiera leído aquellas preguntas que se le formulaban en la mente.- Porque eres demasiado noble, lo cual no está mal allá afuera… a veces, pero aquí dentro eso te hace presa fácil, ¿eh? Yo por eso solo veo por mí.-
-Ese regalo… era para ella, ¿verdad? se lo robaste.-
-Sí, ya sabes, aquí no hay reglas y cada quien usa sus habilidades como puede; no soy buena peleando…- Se detuvo, arrepentida de haber hablado de más.- Pero soy ágil y sé robar; ya sabes, los míos eran usados en la guerra para robar y sabotear.- Abrió el contenedor que aún se hallaba atado al paracaídas y empezó a sacar el botín; dentro había una bolsa con buenas raciones de cecina, cuatro botellas de agua, cuatro hogazas de pan, dos latas de sopa y una bolsa con golosinas; Finch chasqueó la lengua, riendo luego con sorna.-Esta niña rica está demasiado mimada, esto seguro se lo mandó su papá.- Dijo, sacando lo que parecía ser una fotografía.
Leo comprendía ahora porque aquella chica se veía tan enojada y recordó lo dicho por Usagi; Tyrene era la hija del vencedor de los trigésimo novenos juegos del hambre, y obviamente tenía recursos de sobra para procurarle a su hija regalos diversos; además, se notaba que la había entrenado desde hacía mucho, pues siendo hija de un vencedor no tenía necesidad ni obligación de trabajar como leñadora desde pequeña, como Usagi; sin embargo, se notaba que manejaba bien el hacha y eso solo podía venir de la experiencia de su padre.
Finch se quitó la mochila que traía al hombro y guardó en ella una lata, dos panes y dos botellas; en la bolsa de las golosinas puso algunas tiras de cecina y en la de esta metió algunas golosinas, tras cerrar su mochila se acercó a Leo y le extendió los brazos, llevando en ellos las otras raciones que había separado; el chico la miró con sorpresa.
-Anda, quédatelo, te lo mereces.- Insistió la chica serenamente.
-¿Por qué?- El muchacho no estaba seguro de si debía aceptarlo, aquello pertenecía a la chica del distrito siete y no le parecía correcto por mucho que su padre pudiera financiarla. Finch, nuevamente como si le leyera el pensamiento, rodó los ojos.
-¡Ay, Leo, ya acéptalo!- Gritaba Rafa en la plaza pública, donde veía la transmisión a lado de Casey, Donny y Mickey en el distrito doce, junto con las O'neil hacían lo mismo.
-Olvídenlo, no lo hará.- Dijo Abril, apoyando su codo en la mesa de la cocina y el mentón en la mano.-A Leonardo no le gusta tomar cosas ajenas, ya lo saben.-
-Sí, lo sé, es demasiado honrado… pero ahí debe olvidarse de esas cosas.- Replicó Mickey, con el cuerpo inclinado hacia la pantalla, como si quisiera poder atravesarla para zarandear a su hermano y que así reaccionara y tomara el botín ofrecido por la comadreja.
-Me temo que estoy de acuerdo contigo, Mickey.- Donny se cruzó de brazos mientras recargaba su espalda en el respaldo de la silla. Sabía que en el fondo eso era ceder un poquito a faltar a sus principios, algo que a Leonardo no le gustaba en lo absoluto, pero si lo veían con un poco de frialdad, bueno, Tyrene tenía un padre rico, no tardaría en reponerle aquellas cosas y hasta con creces; en ese aspecto, su hermano bien podía seguir el juego, pues al fin y al cabo la chica del siete no salía tan perjudicada.
-¡Aquí tienes que ver por ti, doce! Además, me salvaste la vida.- Admitió con un suspiro la comadreja.- Y no me gusta tener deudas sin saldar… aunque sé que aun te voy a salir debiendo, pero este es un buen pago para iniciar, ¿no?-
-No te estoy cobrando por eso, yo…-
-¡Ya lo sé, solo tómalo! ¿Quieres? No me hagas sentir mal.-
Leo aun dudó un poco, pero tomó lo que la comadreja le ofrecía; con cierta reticencia comenzó a guardarlo en su mochila.
-Gracias.- Dijo, al terminar de guardar las cosas.
Finch esbozó una media sonrisa y comenzó a caminar; se detuvo y miró a la tortuga.
-En verdad, doce… no sabes usar esa cosa.-Le señaló el arco.- al menos no como se debe aquí dentro. Debes endurecerte un poco si no quieres que alguno de estos gañanes te mande a casa.-
Leo se quedó en silencio. La chica dio un salto a un árbol y se perdió entre las ramas rápidamente.
La tortuga siguió su camino, al tiempo que pensaba lo dicho por Finch; es cierto que él mismo se había mentalizado para hacer lo que tuviera que hacer con tal de salir de aquel horrible lugar, pero ahora se daba cuenta de que, llegada la hora, su corazón le traicionaba y detenía sus manos antes de atacar a muerte a alguien; era obvio que se defendería si le atacaban como pasó con Ace, Danae y Sasha en la cornucopia, y que no podría evitar defender a alguien que lo necesitara, como en ese momento ayudó a Finch o cuando quitó a Belle del camino de Sasha, pero… ¿podría matar solo porque sí? Pues había una gran brecha entre defensa y simple asesinato y no se consentía a cruzarla, pero ¿Habría alguna diferencia llegada la hora? ¿Si llegaba a matar a alguien, habría una diferencia dependiendo de lo que le llevó a ello? ¿El motivo, simple defensa o vil asesinato, le haría sentir mejor o peor al respecto? Y está bien que ahora acababa de faltar a uno de sus principios básicos, robar, pero quizá era inevitable, quizá ya era hora de que realmente echara toda la carne al asador y jugara el juego y ese era el juego, solo que no le gustaba la idea de perderse a sí mismo y acabar siendo lo que el Capitolio quería, una pieza que jugaba según sus normas sin importar nada, ¿Habría una forma de salir de ahí sin perderse, sin quitarle la vida a nadie? Suspiró descorazonado; eso solo lo sabría con el pasar de los días y la verdad, no se le antojaba averiguarlo.
Pensó muy bien sobre qué hacer ahora; es verdad que la intervención de la chica comadreja, aunque se negara al principio, le había ayudado mucho en lo que a reservas de agua y comida se refería, pero aun así no debía fiarse, pues obviamente eso no duraría mucho y aun no sabía cuantos días pasarían ahí dentro. Como la cecina y la sopa durarían algún tiempo, decidió guardarlos como reserva, el pan podría irlo racionando, pues si se endureciera podría suavizarlo con agua, era algo a lo que ya estaba acostumbrado; las golosinas no parecían ser perecederas, por lo que también podría ir consumiéndolas poco a poco según fuera necesario; el agua también podía racionarla, pero lo mejor era rellenar la botella que aun traía consigo, así contaría con tres, lo cual sería suficiente si se alejaba del estanque por un tiempo, por eso retomó su plan inicial; volver al estanque, llenar la botella y luego cazar algo; solo comería sus reservas si no lograba atrapar nada.
Subió a un árbol de un salto, pues se acercaba a la zona del estanque y por ende a la del cenagal del que había escapado, por lo que no quería arriesgarse a toparse con el mismo, otro igual o alguna otra trampa. Comenzó a saltar de rama en rama cuando escuchó un terrible gruñido y luego ruido de pelea.
El gruñido parecía ser de la voz de Danae, el muto de oso; Leo dio la espalda, dispuesto a alejarse de aquel lugar pues lo que menos necesitaba era encontrarse con él, y menos siendo que seguramente Ace estaría por ahí; dado que tenían una alianza, la tortuga no vio razón por la cual no la continuaran y permanecieran en manada, juntos, cazando a los demás. Se preparó para dar un salto, pero en eso escuchó un grito que lo dejó pasmado y le heló la sangre, haciéndole permanecer sobre la rama en la que se hallaba; se giró de golpe hacia el lugar de donde venía el sonido de la batalla.
Aquel grito era de Usagi.
Terriblemente alarmado, Leo se dirigió hacia allá a toda velocidad, aun manteniéndose en lo alto de los árboles, saltando de rama en rama; deseoso de acortar más la distancia a cada salto; el corazón le latía a mil por hora, le asustaba lo que pudiera encontrarse, el no llegar a tiempo.
Tras el follaje del último árbol al que arribó, se encontró con un pequeño claro recubierto de césped seco y rodeado de árboles grandes y con ramas frondosas que apenas dejaban pasar la luz del sol; Usagi se hallaba en el centro de aquel claro, tenía la mano derecha sobre el brazo izquierdo, el cual sangraba un poco; al parecer, Danae había logrado darle un zarpazo en él y quizá era lo más que había podido, pues el oso se veía muy cansado, y el conejo parecía dispuesto a seguir dando pelea. Sin embargo, el chico oso se lanzó de nuevo, usando todo su cuerpo y logró taclear al conejo justo antes de que este pudiera escapar; lo sostuvo entre sus dos garras, aferrándolo de los brazos, tal como hiciera con Leo en la cornucopia, pero quedando frente a frente; levantándolo un poco, comenzó a estrujarlo con todas sus fuerzas.
Leonardo no lo pensó ni un instante; tomó el arco, montó una flecha y apuntando rápidamente, la disparó; esta voló entre las orejas de Usagi y fue a aterrizar en el ojo izquierdo de Danae.
El chico oso soltó a Usagi al tiempo que lanzaba un terrible alarido y se llevaba las manos a la flecha, la cual sacó de un tirón, logrando que un gran borbotón de sangre manara de su cuenca. Encolerizado, con las fauces abiertas y mostrando amenazante sus enormes colmillos, miró hacia el lugar de donde vino la flecha y vio a la tortuga en el árbol; Usagi, aun en el piso, se incorporó un poco y miró a su amigo.
Lanzando otro alarido de rabia y dolor, Danae se fue contra el árbol en el que se hallaba Leo; por instinto, el chico saltó a la rama del que se hallaba detrás de él, para ver con horror como aquel oso, loco por el daño sufrido y la ira desbordada, arrancaba de sus raíces el árbol desde el que había lanzado la flecha, desechándolo de inmediato en cuanto lo vio en el otro. Sin pensarlo más, Leo saltó al siguiente iniciando la huida, Danae iba detrás de él, destrozando cuanto árbol se le ponía enfrente con sus zarpas; ansioso, Leo avanzaba más y más, tratando de mantener una buena distancia con aquel muto rabioso, mirando de vez en vez hacia atrás para cerciorarse de que tan lejos se hallaba y la verdad, no era mucha la distancia, pues la cólera hacía que el oso se sobrepusiera al dolor y le daba fuerzas para correr tras él, como si su único alivio llegara al verlo destrozado por sus manos.
Leo volvió a mirar al frente y abrió los ojos con horror; Ace venía en su dirección, también saltando de árbol en árbol; su nariz se veía inflamada, pero ya no sangraba y daba la impresión de ya no hallarse rota; seguro alguno de sus patrocinadores le había enviado alguna de esas costosas medicinas del Capitolio, capaces de curar huesos rotos en solo unas horas. El león se acercó aún más y cuando estuvo a punto de derribarlo, Leonardo saltó al piso, al que cayó rodando por la velocidad que llevaba; se levantó a toda prisa y continuó su carrera por el suelo, con Danae detrás suyo y Ace detrás de él.
Todo Panem se hallaba al pendiente de aquella persecución, la cual sería con seguridad una de las notas importantes a remarcar en los resúmenes de aquella noche; el chico en llamas, Leonardo Hamato, perseguido por dos profesionales al interior del bosque sin escapatoria alguna. Los que apoyaban a la tortuga se mordían las uñas al ver como aquel oso frenético casi le alcanzaba al estirar sus brazos.
-¡Estás muerto, tortuga! ¡¿Me escuchaste?! ¡Hasta aquí llega el "chico en llamas"!-Gritaba Ace detrás de Danae, corriendo a toda velocidad, con las garras listas para cuando pudiera atraparlo, los ojos inyectados de sangre por la ansiedad y riendo como loco; se notaba a leguas que quería vengarse por lo ocurrido en la cornucopia. Leonardo lo había dejado en ridículo y él se las cobraría destazándolo lentamente, haciéndolo sufrir y suplicar por la muerte enfrente de todo Panem.
Rafael y Casey, se hallaban en silencio, sin despegar los ojos de la pantalla; la respiración de la tortuga era pesada, pausada, se mordía los nudillos de nuevo mientras miraba como su hermano corría por su vida; y aunque sabía que era ágil y veloz, no podía dejar de temer por él, pues si aquel par hallaban la forma de interceptarlo le sobrevendría una pelea muy difícil y si acaso esas criaturas lo vencían... ¡No! ¡Eso no podía pasar, no iba a ocurrir! Leonardo saldría bien de esta… Aunque ahora ya podía imaginarse lo que sus hermanos habían sentido al verlo a él en la plaza pública, aquel día en que lo "ejecutaron".
En el distrito doce, Mickey y Donny seguían la transmisión casi sin respirar; si bien se habían sentido aliviados cuando Finch había repartido su "mal habido" botín con su hermano, ahora estaban más que angustiados viéndolo perseguido por aquel par de bestias que por lo visto, no desistirían hasta matarlo; quizá el ataque al conejo no había sido más que un evento fortuito, algo que no había sido planeado, pero, si Leo lograba salir de esa, idea a la que se aferraban sin importar lo terrible que pintaba la situación, aquellos ya sabrían cuál era su punto débil, su preocupación por los demás (si no es que ya lo habían deducido cuando salvó a Belle), y quizá podrían usarlo en lo venidero para atraerlo a una trampa.
Leo siguió corriendo; escuchaba los pasos de aquel par muy cerca de él. Dio vuelta a un árbol y entró por una vereda dónde los árboles tenían musgo en sus troncos y el piso empezaba a convertirse en barro; Leonardo reconoció el lugar demasiado tarde, ya no podía dar vuelta atrás y tomar otro camino ni tampoco le convenía internarse entre los árboles porque siendo aquella zona, no sabía con qué otra cosa podía toparse.
Tenía que ser cuidadoso, por lo que poco antes de llegar al punto donde había caído el día anterior, tomó impulso y dio un gran salto, salvando el cenagal que se hallaba frente a él y cayendo del otro lado muy apenas, sosteniéndose de una rama baja y moviéndose rápido para alejar sus pies de las orillas del fango, disponiéndose a correr de nuevo. En ese instante un alarido sonó detrás de él; se giró de repente y vio a Danae, que había caído de lleno en el estanque de fango; el oso se movía violentamente por el miedo, mientras gritaba y se hundía con velocidad.
-¡Ayúdame!- gritó el oso a Ace que llegó detrás de él; este se detuvo a tiempo al verlo hundiéndose en medio del fango y, asustado, dio un salto hacia una rama alta desde la cual miró a Leo para luego alejarse rápidamente de ahí, temiendo que la tortuga pudiera tener otra trampa oculta en aquel sitio, pues para él, Leonardo los había guiado hasta ahí a propósito.
-¡Por favor, auxilio... ayúdame... ayúdame!- chillaba el oso con voz ahogada y desesperada. Leo dio media vuelta, quería irse, debía irse… sin embargo, cerró los ojos y se detuvo; ¡no podía hacerlo, no podía irse mientras aquel chico suplicaba por ayuda! Se dio media vuelta y se descolgó la mochila de la espalda.
-¡Espera, voy a sacarte!- Buscó entre sus cosas el rollo de "cable-cuerda" con desesperación. Al hallarlo, lo pasó por encima de la rama que había usado él en su momento para escapar y ató el extremo del cable al tronco.- ¡Toma la cuerda!-
-¡¿Qué está haciendo?!- Exclamó Casey sin poder creer lo que veía, pues ciertamente si él se encontrara como Leonardo, en medio de un área hostil en donde se estuviera jugando la vida y un enemigo le pidiese ayuda, ni de loco se detenía y mucho menos le ayudaba.
Rafael, esbozó una media sonrisa, aunque su rostro no dejaba de reflejar preocupación.
-Solo está siendo Leo.- Murmuró sin dejar de mirar la pantalla.
-¡Este chico quiere matarme!- Gritaba Haymitch, paseándose de un lado a otro del lobby del penthouse, mientras miraba la pantalla y se tiraba del cabello. Effie, Portia y Cinna, se hallaban con él en el mismo lugar, pues habían acordado seguir a sus chicos en los juegos, juntos.
-Bueno… sé qué es casi imposible que lo consiga…- Balbuceaba Effie.-Pero si lo logra podrá crear una alianza con ese muchacho, ¿no lo crees?-
-Aunque no creo que lo haga con ese fin, Miss Trinket.- Replicaba Portia con aparente tranquilidad, aunque por dentro los nervios la consumieran.- Creo que el chico solo sigue su naturaleza… una naturaleza muy bondadosa, si me permiten decirlo.-
-¡¿Sí?! ¡Pues va a ser naturaleza muerta si no se aleja de ahí lo más rápido posible!- Rumiaba el mentor, detrás del gran sofá donde los otros tres se hallaban sentados, sintiéndose impotente por no poder hacer nada para que el chico se alejara de aquel lugar y comenzara a pensar más en sí mismo que en los demás. Pensaba en Rafael, en la promesa que le había hecho de sacarlo de ahí con vida... ¿Cómo cumplirlo cuando aquel muchacho se ponía en riesgo de aquella manera? De buena gana habría atravesado la pantalla para llegar hasta él y propinarle un buen zape en la cabezota.
Haymitch apoyó las manos en el respaldo del mueble y miró a la pantalla, a los titánicos esfuerzos de Leo por sacar a aquel chico del cenagal. En un momento, el peso de Danae y el fango del piso, le hicieron resbalar, de modo que parecía que se iba a ir de bruces contra el pantano, provocando que Haymitch apretara el respaldo con fuerza, Effie y Portia ahogaran un grito, y Cinna se levantara de su lugar de golpe. Rafael por su parte, cerró los puños con fuerza, haciéndose daño aunque aparentemente eso no pareció importarle. Donny, Mickey y las O'neil no decían palabra alguna, pues sentían que si abrían la boca o apartaban la mirada del televisor, Leo caería sin remedio en aquella fosa; sin embargo, el chico logró sostenerse del cable evitando aquel terrible final; todos respiraron aliviados al verlo; Cinna se sentó de nuevo, apoyando los codos sobre sus rodillas y ocultando el mentón y la boca entre sus manos mientras murmuraba "vamos, vete de ahí, por favor, ¡aléjate de ahí!"
El oso con dificultad había conseguido tomar la cuerda y con la ayuda de Leonardo, se esforzaba por salir del fango, pero le era muy difícil con este cubriéndole el pecho y los tentáculos de la criatura aferrándose a su cuerpo; Leo supuso lo que pasaría allá abajo, aquella cosa le estaría impidiendo moverse, tratando de arrastrarlo hacia el fondo como había hecho con él; pensó en lanzarle una flecha para conseguir que lo soltara, pero pronto desistió de la idea, pues no sabía muy bien en que área se encontraba y bien podría errar y herir a Danae; lo único que podía hacer era tirar de la cuerda con todas sus fuerzas. El chico oso se esforzaba por liberarse, hacía gestos provocados por el dolor del ojo herido, el cable que hería sus manos y la compresión que aquella criatura estaba haciendo en su cuerpo, pero se aferraba a la idea de salir de ahí. Leo también luchaba por sacarlo, tirando de la cuerda con energía, y aunque parecía en vano, pues el lodo en el piso seguía haciéndole resbalar y las manos le dolían de nuevo por las heridas del día anterior; el muchacho no cedió, sino que jalaba con mayor fuerza sin siquiera pensar en darse por vencido; pronto sintió que Danae se movía un poco hacia afuera; si podía mantener ese ritmo, pronto estaría libre.
-Ya casi... te tengo...- Gruñía Leo, tirando de la "cuerda- cable" al tiempo que sus manos sangraban de nuevo, pues el esfuerzo estaba abriéndole nuevas heridas. El cuerpo del oso parecía salir de a poco.
Pero la criatura emergió al mismo tiempo que Leo daba otro tirón; al parecer no estaba dispuesta a perder su alimento esta vez; estrujó el cuerpo de Danae con sus tentáculos y lo jaló con violencia al tiempo que lo destrozaba y lo atraía hacia su boca partiéndolo a la mitad; Danae lanzó un desgarrador grito de infinito dolor cuando la piel de su cintura se rasgó, dejando salir todos sus órganos internos; el sonido de su espina partiéndose en dos fue lo bastante audible; la cuerda escapó de sus manos sin fuerzas, regresando de golpe al carrete y haciendo que por la inercia, Leonardo cayera de espaldas. La tortuga, horrorizada, se puso en pie de un salto, tomó el arco, una flecha y la lanzó contra la criatura, luego otra y otra, pero sin resultado alguno, pues el monstruo ya se había sumergido con el cuerpo del oso despedazado en sus fauces; si ver el fango regado con la sangre y las intestinos de Danae no lo habían convencido de que no podía hacer nada más por ayudarle, el sonido del cañón le dejaba claro que ya no había nada qué hacer por él.
Temblando, asqueado y al borde de la desesperación, Leonardo logró reaccionar lo suficiente como para que el instinto de supervivencia lo sacara de ahí; se colgó el arco al hombro, tomó la cuerda, la mochila y salió corriendo de aquel horrible lugar, antes de que la criatura quisiera una segunda presa. Siguió el camino del otro día lo más rápido que pudo, pues sus piernas se hallaban cansadas, temblorosas y sin fuerzas, y llegó nuevamente al valle del estanque; pálido, pasmado, y sin parar de temblar de pies a cabeza; aun podía sentir el aroma del fango y las vísceras del oso, la visión del rostro de Danae, desfigurado por el horror y el dolor no se alejaba de su memoria, lo cual hizo que comenzará a vomitar.
Cuando se detuvieron las arcadas, se sentó en el mismo lugar donde había tallado sus armas, auto abrazándose, agitado, con los ojos muy abiertos y sudando frío, no paraba de temblar y sentía el corazón golpeando contra su pecho de manera violenta. Se llevó las manos a la cabeza, cerró los ojos y respiró profundo; recordaba las lecciones de su padre, sobre la meditación y la respiración zen que siempre ayudaba a mantener la paz de mente y espíritu, quería entrar en ese estado, calmarse por medio de aquellas técnicas, pero le estaba costando trabajo, sus sentidos se mantenían en alerta y le impedían concentrarse.
Rafael sentía una gran angustia en el corazón al ver a su hermano así; con los ojos casi desorbitados por el horror del que había sido testigo, la respiración acelerada y el terror reflejado en su rostro. Apretó nuevamente sus puños, aún más impotente que antes por no poder sacarlo de ahí y evitarle estas consternaciones; deseaba poder ir a la arena y rescatarlo, alejarlo de aquel infierno; se llevó las manos al rostro, pues la desesperación era tanta que sentía que comenzaría a llorar; si antes era consciente de lo cruel que era el gobierno de Panem, ahora que lo experimentaba en carne propia, que les había tocado a ellos ser quienes fueran separados de su hermano para verlo sufrir sin poder evitarlo, su rabia contra Oroku Saki y su gente aumentaba, y sus deseos de derrocarlo, de aplastar con sus propias manos al presidente, los funcionarios y sus familias se incrementaban en su interior con fuerza; y aunque sonara absurdo o extraño, agradecía que su padre no estuviera ahí para sufrir todo aquello, que no hubiese tenido que vivir la terrible experiencia de que le arrebataran a su hijo en la cosecha y tener que verle día a día luchando por su vida, pasando por aquellas experiencias tan traumáticas.
Leo decidió no seguir intentando las técnicas zen; en ese momento y en ese lugar sería inútil; pues no solo no lo conseguía, el problema es que si lo lograba, estar así, ahí, sería la muerte segura; pues si bien él podía mantenerse alerta durante la meditación, tampoco quería confiarse, ya que Ace podía estar aún por los alrededores, hallarlo y verlo como un blanco fácil; tuvo que conformarse con respirar profundamente, esperando que aquello le ayudara a mantener la calma.
Aún algo agitado sacó la botella semi vacía y se enjuagó la boca con lo que le quedaba de agua; ahora debía llenarla de nuevo; tenía las manos torpes por los nervios, por lo que la tapa se le cayó varias veces a lo igual que la botella; cuando por fin pudo estabilizarse un poco, la llenó, le aplicó el desinfectante y cerrándola la guardó otra vez; se quitó las vendas y limpió sus heridas, volviendo a sanearlas con el pequeño kit de emergencias, volviendo a vendarlas, lavando las otras vendas y recogiendo todo lo más rápido posible para luego salir corriendo. Una nueva preocupación se había apoderado de su mente; Usagi, debía buscarlo, él necesitaría asistencia después de la herida que le había hecho Danae, por lo que abandonó aquel pequeño valle, considerando seriamente el jamás volver por ahí sin importar cuanto lo necesitara.
Al salir por otra vereda trató de ubicarse; era obvio que ahora se hallaba muy lejos de dónde había visto a Usagi y de hecho, estando desde ese lado del bosque no lograba encontrar otro camino que pudiera llevarle a aquel claro; la única forma que tenía para ir de manera más o menos directa, sería regresando por la vereda del cenagal, pero de inmediato desechó la idea, pues no quería volver a ver aquel lugar ni volver a respirar el fétido aire del fango mezclado con sangre. Decidió intentar por otro camino, además, existía otro problema, no era seguro que su amigo se mantuviera aún en ese claro, quizá se había ido de ahí, lo cual era lo más natural tomando en cuenta que esa zona era de riesgo con Ace rondándola; de hecho, ahora que lo pensaba, rogaba por que Usagi hubiese optado por alejarse del claro en cuanto tuvo la oportunidad.
Por lo tanto ahora tenía otra prioridad, buscar a su amigo por los alrededores y si encontraba algo que cazar en el trayecto mucho mejor; no descartaba aún la idea del alimento y más ahora que había decidido reunirse con el conejo, pues aquella comida haría falta para los dos. Tomó rumbo hacia el norte, pues más o menos consideraba que el claro se hallaba por esa dirección y si Usagi se había ido de él tal vez se lo toparía en el camino.
Caminó por varias horas, atravesando diferentes rutas que más o menos consideró, podían mantenerlo en la zona en la que el conejo podría encontrarse; aunque por desgracia hasta ahora no había visto señal alguna de él. La noche no tardaría en llegar y quizá tendría que buscar pronto un nuevo refugio, pues se hallaba muy lejos del que había usado la primera vez; tampoco había encontrado ninguna criatura que cazar, lo cual podía ser descorazonador de no ser porque el aroma del fango y las vísceras del oso se hallaba impregnada en su memoria y aún tenía el estómago revuelto, razón por la que las reservas de Finch tampoco se le antojaban.
Al seguir andando escuchó un breve rumor; era como si una suave llovizna cayera no muy lejos de ahí; se detuvo en seco y decidió regresar; no confiaba en nada de lo que pudiera haber en ese lugar y menos ahora después de lo ocurrido a Danae; sin embargo, el mismo rumor comenzó a sonar por el lugar del que había venido; aquello le dio aún más mala espina y decidió tomar el camino a su izquierda.
Empezó a avanzar y pudo escuchar que el ruido se iniciaba en el lugar que acababa de abandonar; asustado, comenzó a correr, pues eso ya no era normal; parecía lluvia, sonaba como lluvia… ¿pero desde cuando la lluvia te persigue a donde quiera que vayas?
-¡Cuidado, doce!- Gritaba una voz femenina que a Leo se le hizo inmediatamente conocida. Finch venía corriendo de frente hacia él, perseguida por aquella extraña y misteriosa lluvia, sin embargo, su piel parecía quemada, del pelo le salía humo y su rostro mostraba algunas deformidades, como si sus facciones comenzaran a derretirse por el contacto de aquellas gotas que caían del cielo.
Leo quiso retroceder, pero a pocos metros detrás de él ya caía aquella lluvia misteriosa y ácida; no había donde correr, no había donde refugiarse. Finch y él iban a morir.
De repente, la chica comadreja le saltó encima, derribándolo al piso y cubriéndolo con su cuerpo lo más que le fue posible; Leo quiso evitarlo, dar la vuelta y ser él quien la protegiera, pero la chica no lo permitió; se sabía perdida, el ácido corroía su cuerpo llegando hasta lo más profundo de su interior, quemándolo todo a su paso; sabía que estaba a punto de morir por lo que ya nada importaba; se aferró con todas las fuerzas que le quedaban para cubrir a la tortuga y evitar que este la resguardara; era su forma de pagar la deuda que según ella había contraído con Leo y no iba a permitir que este le quitara el placer de irse de este mundo sin deberle nada a nadie.
Pronto la lluvia cayó sobre ellos con fuerza; Leonardo pudo escuchar la última exhalación de los labios de Finch, justo en su oído y poco después el cañón que anunciaba su muerte. El olor a carne quemada y ácido penetraba su nariz y la sensación de escozor por las salpicaduras que llegaban a aquellas áreas de su cuerpo que no se encontraban bien cubiertas le hacían sentir dolor. Aún más humo salía del cuerpo de la comadreja, por lo que Leo supo que mientras más tiempo pasaran ahí, este terminaría de derretirse y él sería el siguiente; debía buscar la forma de salir de esa zona.
Miró a los lados y pudo ver que la lluvia se concentraba ahora solo justo sobre ellos, a lo lejos, algunos árboles daban paso a un camino estrecho y oscuro, pero seco; en cualquier otro momento se la habría pensado dos veces antes de internarse en ese lugar, pero en esta ocasión no podía dudar. Tomó por los brazos el cuerpo de Finch y corrió a toda velocidad hacia el camino, llevándola en la espalda; no le agradaba en lo más mínimo seguir usándola como escudo, pero la verdad no tenía otra alternativa.
Llegó hasta los árboles y se detuvo; estos se hallaban muy cerca el uno del otro por lo que la senda solo podría permitir el paso de una persona. Depositó el cuerpo de Finch en el piso y miró el lugar del que había escapado. Pronto la lluvia ácida cesó; del piso solo salía el humo de los últimos residuos de aquella trampa.
Leo acomodó a Finch, acostándola sobre su espalda, cerrándole los ojos y colocando sus manos sobre su vientre, pudo notar que tenía algo aferrado en una de ellas; parecía una fotografía; el muchacho la sacó con algo de trabajo, pues los dedos se hallaban agarrotados; era la foto que le robara a Tyrene.
-Tenías pensado devolvérsela, ¿no es así?- Murmuró con la voz quebrada, mirando a la chica que yacía en el piso, deforme, oliendo a quemado; un cuerpo humeante e inerte que contenía un alma más blanca de la que ella misma sabía que tenía. Leonardo se guardó la foto en el bolsillo del rompevientos y se separó unos pasos del cadáver de Finch.
Un aerodeslizador apareció pronto en el cielo, sobre ellos; de su interior salió disparado un cable con una pinza en su extremo que agarró el cuerpo de la comadreja y lo elevó, guardándolo en el interior de la nave. Leo, con los ojos anegados en lágrimas, llevó sus tres dedos a los labios y elevó la mano hacia el aerodeslizador que se alejaba a toda velocidad; aquello era una muestra de respeto que se brindaba a los seres queridos en los funerales del distrito doce; Leo lo había visto muchas veces, incluso en el funeral de su padre; y ahora quería dedicarlo a aquella joven que, pese a que decía pensar solo en ella, había decidido salvarle la vida.
Cuando el aparato se alejó, Leo se dejó caer sobre las varas secas que cubrían el sendero. A rastras, pues no se sentía con fuerza para ponerse de pie, se internó en él, recargándose en un árbol, sintiendo los brazos y las piernas pesadas, cansadas; su corazón parecía aún más agotado que el resto de su cuerpo y los ojos le ardían por las lágrimas.
El cielo ya estaba oscuro; había anochecido sin que se diera cuenta. El himno de Panem comenzó a resonar por toda la arena y tras aparecer el sello del Capitolio con la palabra "Los Caídos" empezó el desfile de imágenes. Primero apareció Vana, la chica humana del distrito cuatro, era por quien había sonado el cañón al amanecer; luego apareció su compañero, Danae, lo que hizo que Leo se abrazara las rodillas; y después del chico oso, apareció la comadreja, Finch. El himno concluyó al desvanecerse su imagen y todo pareció apacible de repente.
Leonardo ocultó el rostro en su regazo y comenzó a llorar; se sentía triste, cansado y completamente solo; era como estar atrapado en una horrible y eterna pesadilla de la que jamás podría escapar. El cuerpo le dolía demasiado, la cabeza le daba vueltas y parecía que la vida se le iba en cada lágrima. Poco a poco el cansancio fue venciéndole y se quedó ahí, dormido, recargado en aquel tronco, oculto en aquella estrecha y oscura senda.
