DISCLAIMER: The X files y sus personajes pertenecen a Chris Carter y la FOX. El resto de personajes son mios.

No podía despedirme del año sin actualizar este fic, que últimamente me está costando algo más escribirlo porque es importante que todas las piezas encajen en su sitio. Me gustaría escribir esta historia con una mayor velocidad, puesto que me gustaría terminarla enseguida. Aún le quedan un par de capítulos a esta trama. Sólo decir que adoro a Diana Fowley, por si no lo habéis descubierto ya, y estoy tratando de darle el protagonismo que se merecía en la serie.


THE X FILES

CHAPTER 10

THE SHAPE OF THINGS TO COME


Guárdame un trozo de violenta espuma,
guárdame un rifle, guárdame un arado,
y que lo pongan en mi sepultura
con una espiga roja de tu estado,
para que sepan, si hay alguna duda,
que he muerto amándote y que me has amado,
y si no he combatido en tu cintura
dejo en tu honor esta granada oscura,
este canto de amor a Stalingrado.

Pablo Neruda

Acerca de Stalingrado

La verdadera razón que hizo que cambiara el devenir de los acontecimientos de aquella epopeya jamás se estudiaría en los libros de historia. Se hablaría de muchas cosas en los libros y en las tertulias. Unos, achacarían el cambio a la valentía, coraje y determinación de los hombres y mujeres rusos que tomaron parte en la contienda. Se diría que la lucha de guerrillas entre las calles de Stalingrado había sido demasiado dura para el ejército nazi. Otros hablarían de que el factor determinante fue el crudo invierno de aquel año, que frenó en seco el avance de los ejércitos del Eje. Se hablaría de cómo Hitler se hallaba definitivamente inmerso por completo en la senda de la locura y cómo sus acciones estaban llevando a la perdición al frente oriental. También se destacaría la pérdida de confianza de los oficiales alemanes, las contra órdenes del Fuhrer y la pérdida de las posiciones estratégicas. De todo esto se hablaría y en gran parte se estaría diciendo la verdad. Pero lo que nunca se diría, lo que jamás iba a aparecer en los libros de historia era que una acción aparentemente sin trascendencia como fue la muerte de un joven soldado soviético, sucedida en un combate más de aquella sangrienta contienda había cambiado ya el curso de la historia. En los colegios, cuando se estudiara la batalla de Stalingrado, nunca se hablaría de cómo una chica pelirroja había liderado lo poco que quedaba de un ejército descompuesto y se había enfrentado al 6º Ejército Alemán. Los pocos supervivientes de aquella contienda que quedasen hoy con vida la recordarían como la diablo roja.


Extracto de la entrevista realizada a Hans Haushofer (soldado alemán) para el reportaje del cincuenta aniversario de la batalla de Stalingrado.

-¿Puede continuar? –le pregunta el reportero de la BBC.

-Sí –dice Hans, mientras le da un pequeño sorbo a su vaso de agua. –Comprenda que recordar todo esto no es agradable.

-No le estamos juzgando –dice el reportero

-Fue muy duro –contesta Hans mientras mira fijamente a la cámara que le está grabando. –Ya no importaban los motivos de aquella guerra. No importaba si hacíamos los correcto o no, ni a quién servías. Lo único que importaba era sobrevivir. Se luchaba en cada calle. En cada casa. ¿Ha pensado alguna vez en cómo sería el infierno?.

El reportero de la BBC espera a que Hans termine su pausa, sin presionarle. El anciano comienza a verse afectado por su relato.

-¿Quiere que nos tomemos un descanso? –le pregunta el reportero.

-Yo he estado en el infierno. –prosigue Hans Haushofer, cuya mirada empieza a divagar y parece sumido en una especie de trauma. Se apoya con firmeza sobre los reposabrazos de su sillón. –He estado allí y he visto al diablo. Y ahora sé que es mujer.

-¿Mujer? –pregunta el reportero, que hace ademán de levantarse para parar la entrevista y descansar unos minutos.

-Sí –continúa Hans. –Su pelo es del color de la sangre y su alma es la muerte. Acabó con todo nuestro pelotón. Muchachos muy valerosos todos ellos. A mi oficial le disparó en sus dos ojos. Dijo que así vería con mayor claridad lo que habíamos creado. Busqué ayuda –prosigue Hans en su relato, mientras sus ojos se llenan de lágrimas y su pulso se acelera. –pero sólo quedaba yo. Y ella vino a por mi.

- Pero usted sobrevivió. –dice el reportero, tratando de controlar la situación que se ha creado, pero satisfecho porque aquel momento de dramatismo le dará fuerza a su reportaje.

-Yo aferraba mi fusil con fuerza pero mis brazos no respondían. Ella se me acercó y me miró a los ojos con una mirada que... –la frente de Hans está perlada de sudor y su mano derecha comienza a temblar. –Jamás vi una mirada semejante. Estaba seguro de que me iba a matar, pero no lo hizo. Dijo que mi muerte sería una liberación. Que mi castigo sería vivir recordando aquel rostro. Aquel rostro...

-Hagamos un pequeño descanso, señor Haushofer –le dice el reportero, pero Hans hace tiempo que ya no está allí. Su mente está sobre la fría nieve de las calles de Stalingrado, envenenada por sus recuerdos. Su cuerpo está cada vez más rígido.

-Aquel rostro... –repite Hans, mientras se lleva una mano al pecho –El rostro del diablo

Tras decir aquello, Hans Haushofer cae de su sillón al suelo, mientras el reportero de la BBC intenta agarrarle. Alguien grita pidiendo un médico, pero lo que ocurre a continuación no lo podemos ver puesto que alguien pasa corriendo y golpea la cámara que cae al suelo, enfocando una pared. Se oye a gente correr, gritos de angustia y una voz de mujer que grita "¡Está muerto, dios mío!. ¡Está muerto!"


24 de Diciembre de 1942

Stalingrado

La muerte avanzaba hacia el Sur. Y por primera vez, estaba haciendo retroceder a los ejércitos invasores. La muerte tenía forma física que muchos habían visto ya y otros, más afortunados, habían conseguido vivir para contarlo. Se hablaba de un pequeño grupo de soldados, en un principio, muy bien organizado y capacitado para crear auténticos estragos entre las líneas alemanas dispersas por la ciudad. Los supervivientes no se ponían de acuerdo en el número, pero en lo que todos coincidían era en que los soldados soviéticos estaban liderados por una mujer. Se creía que era el demonio rojo que a tantos oficiales había asesinado durante el tiempo que estaba durando el asedio a Stalingrado. Lo que al principio fueron tímidas incursiones entre el frente alemán, pronto se convirtió en una ofensiva en toda regla, ya no protagonizada por unos pocos soviéticos, sino por casi dos centenares. En la fría Nochebuena de 1942, los combates habían amainado desde poco después de la media tarde. Sin embargo, la muerte seguía avanzando hacia el sur...

O Tannenbaum, o Tannenbaum, wie treu sind deine Blätter!

Los muchachos cantaban reunidos junto a una improvisada hoguera, mientras Frank Shulz, recientemente ascendido a teniente y cuya familia, paradojas de la vida, había regentado un restaurante en Francia, les servía un improvisado estofado de pollo que sería recibido como un auténtico manjar aquella noche. Habían caído en una emboscada soviética hacía dos días y habían tenido que huir hacia el sur de Stalingrado, hasta una abandonada fábrica de vagones ferroviarios, donde se habían refugiado. De los setenta hombres que formaban la brigada, apenas quedaban una veintena. Durante las últimas 40 horas no se había producido ningún avistamiento enemigo, e incluso en las últimas horas, apenas habían escuchado el sonido de combates en la lejanía. Parecía que la Navidad había concedido una tregua a aquellas almas errantes que se habían visto envueltas en una guerra que para muchos ya carecía de sentido.

Du grünst nicht nur zur Sommerzeit, Nein, auch im Winter, wenn es schneit

Era nochebuena, y aquellos muchachos de Berlín, Bremen, Hamburgo, Stuttgart, Múnich y alguna que otra ciudad menor se habían olvidado de la guerra y cantaban canciones navideñas como solían hacer en su niñez. Sin embargo, la guerra no se había olvidado de ellos, y al escucharse las primeras detonaciones, comprendieron, muy a su pesar, que probablemente estuvieran ya condenados. Más de la mitad del grupo alemán fue abatido en la primera oleada. Los afortunados que consiguieron librarse de las balas, tuvieron tiempo de ver cómo las sombras se movían y les rodeaban. Una segunda oleada, carente de piedad sesgó la vida de los pocos que quedaban en pie, incluso de aquellos que habían tirado sus armas en señal de rendición. En menos de un minuto, todos habían sido abatidos, a excepción del oficial al mando y un joven soldado. Entonces, las sombras se separaron y una figura se acercó a ellos. Al pasar junto a la hoguera, los dos supervivientes pudieron contemplar al fin el rostro que tanto habían temido. Sus cabellos rojizos se iluminaban como si recibiesen su fuerza de las llamas del mismísimo infierno. El oficial al mando se acercó a aquella mujer, mientras sacaba un pañuelo blanco en señal de rendición. La mujer agarró aquel pañuelo y lo arrojó a las llamas, en donde se desintegró en cuestión de segundos. Acto seguido, desenfundó una pistola de su cinturón y disparó en sus dos ojos al oficial, que aulló de dolor, cayendo de rodillas a sus pies. Ella le observó, sin ningún atisbo de compasión.

-Así verás con mayor claridad lo que habéis creado –le dijo Layla, mientras se dirigía hacia el otro soldado que aún quedaba en pie y en cuyos pantalones comenzaba a extenderse una mancha oscura.

Layla se situó junto a él y enfundó su arma.

- No voy a matarte. Tu muerte sería una liberación –le dijo. Y mientras le penetraba con sus ojos verdes añadió –Recuerda este rostro durante toda tu existencia. El rostro del diablo.

Y el muchacho corrió como nunca había hecho antes hasta desaparecer en la fría noche.

En aquel caldero no había estofado de pollo para todos, eso estaba claro, pero lo juntaron con las raciones de comida que aún les quedaban y los que antes habían sido parte del ejército soviético disfrutaron de una más que aceptable cena de navidad. Layla rehusó su ración y se había retirado, como solía hacer, a su refugio de soledad en la noche. No acostumbraba a fraternizar con sus soldados, sus seguidores o como quisiera que se llamasen. No solía hablar mucho, tan sólo para preparar las emboscadas y las estrategias a seguir. Se sentía vacía por dentro, muerta en vida, pero estaba consiguiendo rellenar ese vacío a base de odio e ira. Enfrascada en sus pensamientos, llevaba cerca de una hora caminando por las inmediaciones de aquella fábrica que les iba a servir de refugio aquella noche. Escuchaba de fondo las canciones navideñas que cantaban sus camaradas. Era bueno que disfrutaran de aquella noche, que volviesen a sentirse humanos por unos instantes, algo que a ella le había sido vetado ya. Levantó la vista hacia el cielo, donde la luna apenas se dejaba ver y sintió los copos de nieve caer sobre su rostro y deshacerse. Contempló desde la altura lo poco que quedaba de Stalingrado. Esqueletos de fachadas donde antes había casas y colegios. Escombros y más escombros, muerte... y entonces la vio a ella. Estaba asomada a la ventana de un edificio. La niña pelirroja que había visto en una ocasión y con la que a veces soñaba. La niña que tanto se parecía a ella la estaba mirando desde la ventana de un edificio semiderruído. Movía sus labios mientras golpeaba al cristal. Trataba de avisarla de algo. Layla creyó ver que la niña la llamaba por su nombre, mientras no paraba de golpear el cristal. Era como si la pequeña estuviera tratando de avisarla de algo. Aquella niña que se llamaba...

¿Alice?

El nombre vino a la mente de Layla seguido de un dolor desgarrador que sintió primero en la espalda y que le atravesó el pecho. Sintió cómo algo la atravesaba y su vientre se volvía cálido y húmedo. El dolor... era insoportable. Se llevó una mano al cuerpo y a pesar de la oscuridad, pudo ver cómo esta se tornaba rojiza. Su pecho estaba lleno de sangre. ¿Su corazón habría estallado al fin de dolor? No. Una bala. Y entonces comprendió. Un francotirador.

Layla sintió cómo sus piernas flaqueaban y caía de rodillas al suelo. Tosió y su boca comenzó a llenarse de sangre. La misma sangre que le manaba del pecho y empapaba sus piernas. Su consciencia comenzaba a desvanecerse e hizo un último esfuerzo para mirar a la ventana donde estaba la niña, pelirroja, tan parecida a ella. Vio su mano resbalar por el cristal, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. Después, Layla Romanova fue engullida por las sombras.


EN LA ACTUALIDAD


11:23 am

Lyndonville

Vermont

A pesar de que el motel Haunty estaba situado a unos 10 Km al norte de Lyndonville, en pleno corazón de Vermont, el sedan gris de Diana Fowley abandonó la interestatal 91 a la altura del Lyndon State College y se internó en las calles de Lyndonville con la intención de despistar a posibles perseguidores. Sabía de sobra que estaban metidos en un asunto extremadamente peligroso, como había podido comprobar hace un par de días, cuando un equipo de asalto paramilitar les había atacado en la residencia Stradfor, en Maine. Dobló en un cruce hacia Center Street y tomó un rumbo aleatorio durante algunos minutos. Pasó de largo Main Street, a la que retomó desviándose en una rotonda un kilómetro más adelante. Finalmente, se dirigió hacia el norte, cuando se cercioró de que ningún vehículo sospechoso la estaba siguiendo.

Condujo sin incidencias y pensativa durante poco más de un cuarto de hora, hasta abandonar la urbe y siguió un rumbo norte, casi paralelo a la interestatal 91, hasta que vislumbró el iluminado cartel del motel Haunty. El Haunty era el típico motel de carretera americano, con la salvedad de que no estaba tan sucio como la mayoría. Estaba ubicado en un paraje yermo, rodeado por árboles tan sólo en su ala oeste, y situado entre la 91 y la vieja carretera comarcal por la que Fowley circulaba y de la cual desconocía su nombre. El complejo estaba dotado de dos bloques de habitaciones formando una L y de una altura de tres pisos. Todas las habitaciones tenían su entrada en el exterior y estaban comunicadas por unas viejas escaleras de emergencias. Fowley no aparcó en el parking del motel, sino que dejó su coche junto a una gasolinera que estaba situada unos 200 m más adelante y rehizo el camino hasta el motel a pie, junto a Mark Holler, de la unidad de psiquiatría de la oficina central del FBI, que le había acompañado desde Washington. Mark vestía de manera informal y en su mano derecha llevaba una enorme maleta de cuero negro, con el instrumental que le habían solicitado para llevar a cabo la locura que se disponían a hacer.

Fowley caminaba a paso ligero, siempre desviando la mirada hacia los lados y atenta a cualquier suceso que pudiera salirse de la normalidad. Mark tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para no quedarse atrás. Se dirigían a la habitación 303, situada en el tercer piso y orientada al norte, desde la cual se podía observar una amplia explanada de terreno abandonado, sin edificar. Estratégicamente era un sitio inmejorable para defenderse de un posible ataque. Fowley golpeó la puerta de madera con sus nudillos tres veces y al cabo de unos instantes se abrió

-¿Os ha seguido alguien? –preguntó Dana Scully, mientras sostenía una taza de café en su mano derecha.

-Nadie –contestó Fowley, mientras Mark y ella entraban a la habitación.

-Agente Scully –le saludó Mark mientras le estrechaba su mano.

-Aún no entiendo cómo se ha dejado convencer para esto –le dijo Scully. –Están en la habitación de al lado.

La habitación 303 y la 304 estaban comunicadas en su interior por una puerta cerrada con llave, que habían solicitado en recepción cuando alquilaron las dos habitaciones. En la 304 dormían Alice y su madre, junto con un agente del FBI que montaba guardia (normalmente Mulder). La otra habitación se destinaba a diversos menesteres tales como reuniones improvisadas y descanso de los agentes. Tras haber sufrido el ataque en Maine, habían decidido que lo mejor era ocultarse en aquel motel, hasta tener pruebas concluyentes de algo que les sirviera para encarrilar su investigación. La idea inicial había sido llevar a Alice a la oficina central de FBI en Washington, pero Mulder se había opuesto a ello rotundamente. Sospechaba que podría haber gente importante implicada en aquel caso, y llevar a Alice a Washington sería como meterla en el ojo del huracán. La única persona que había sido informada de ello era Skinner, quien tras una dura discusión acabó cediendo a que Mulder, Scully y Fowley se ocupasen de la seguridad de Alice. Llevaban ya una semana en aquel motel de Vermont y a pesar de la controversia que había surgido en los últimos días, al final Ellen había accedido a que su hija fuese sometida a hipnosis regresiva.

-Antes de comenzar quiero que sepan que la niña no correrá ningún peligro durante el proceso –les explicó Mark. –Si vemos que surgen complicaciones, pararemos de inmediato.

-Somos conscientes del riesgo –dijo Mulder mientras le daba un vaso de agua a Alice, a quien habían tumbado en un sofá.

-Lo hemos meditado mucho... –dijo Ellen –Y si esto puede servir de ayuda....

-Pero estamos hablando de hurgar en la mente de una niña –objetó Scully. –Su cerebro no está completamente desarrollado aún. Le podríamos provocar un trauma. Como médico, debo oponerme a esto.

-Deberíamos intentarlo. –añadió Fowley. –Si pudiésemos saber más cosas sobre las abducciones...sobre por qué es ella tan importante como para que la persigan mercenarios...

Nadie añadió nada más, y por unos instantes todos tuvieron dudas acerca de lo que se disponían a realizar.

-Yo no tengo miedo –dijo Alice desde el sofá, cargada de inocencia y consiguió arrancar una sonrisa al resto.

Sumergir la mente de Alice en estado de trance fue relativamente sencillo para Mark y lo logró con un viejo péndulo y unas cuantas frases de relajación. Cuando se aseguró de que había entrado en el estadio hipnótico y su respiración era relajada, Mark se dirigió a Mulder.

-Ha entrado en hipnosis de manera satisfactoria. Ahora es su turno.

Mulder agarró una silla y se sentó junto al cuerpo tendido de Alice.

-Alice, ¿puedes oirme?

No hubo respuesta. Mulder repitió la pregunta, pero el resultado fue el mismo. Parecía como si Alice estuviera placenteramente dormida. Cuando Mulder se disponía a preguntar por tercera vez, Alice habló.

-No nos dejan hablar con cualquiera. –dijo Alice. –He tenido que esconderme.

-¿De quién tienes que esconderte? –le preguntó Mulder.

-De ellos –contestó Alice.

-¿Ellos son los que te llevan por la noche?

-No. Esos son los malos. Oigo los gritos de la gente. Les hacen cosas horribles.

-¿Quiénes son los otros, Alice? –prosiguió Mulder.

-Llevan batas blancas. Son médicos. Dicen que soy especial.

A pesar de estar en trance y con sus ojos cerrados, Alice hablaba con total claridad y realmente sentía que estaba viviendo todo aquello que les estaba relatando en aquellos instantes.

-No nos dejan mezclarnos con las otras niñas –continuó Alice. –A muchas no las he vuelto a ver. Creo que ya no las traen aquí.

-¿A dónde os llevan? –preguntó Mulder

-Las paredes son blancas y los techos amplios. Hace frío.

-¿Qué más hay, Alice? ¿Hay algún símbolo o alguna inscripción en las paredes?

-Todo es blanco, con brillo –repitió Alice. –Hay mucha luz

-¿Hay ventanas?

-Sí.

-¿Puedes ver lo que hay al otro lado de la ventana?

-Si me pillan se enfadarán –protestó Alice.

-Alice, es muy importante –dijo Mulder. –Tienes que contarnos qué es lo que ves. Necesitamos alguna pista para sacarte de allí.

-Está bien. –contestó Alice con calma. –Lo intentaré. Hay ventanas en el pasillo.

Mulder esperó con impaciencia a que Alice continuara, pero la niña no decía nada más.

-¿Alice?

-Shhhh. Me verán.

Otra vez se hizo el silencio. Mulder no quería presionar a Alice y su vista se desvió hacia Scully, que tenía el rostro bastante serio. Junto a ella, Ellen parecía estar al borde del llanto. Sentada junto a un escritorio, Fowley escribía todo lo que decía Alice en un cuaderno.

-He llegado a la ventana, agente Mulder. –dijo Alice, rompiendo el silencio.

-¿Puedes ver algo?

-Nada.

-¿Nada? –repitió Mulder.

-No hay nada. Está vacío. Solo hay luz.

-Inténtalo de nuevo, Alice. Prueba por otra ventana.

-No... no puedo. –la voz de Alice había cambiado de tono y denotaba algo de nerviosismo. –Se llevan a Samantha.

Mulder sintió cómo su corazón daba un vuelco y luchaba por salir de su pecho. Apretó con fuerza los nudillos de sus manos hasta que casi se le cortó la circulación.

-¿A dónde se la llevan?

-Va con dos médicos... y con el hombre que fuma. No me gusta ese hombre.

Mulder se levantó de su silla y comenzó a deambular por el cuarto, nervioso y enfadado a la vez. Scully se acercó a él y trató de apoyar su mano sobre su brazo.

-Mulder...

-Estaba seguro de que ese hijo de puta estaba metido en esto –le dijo, casi gritando, y luego agarró a Scully por los hombros y le miró directamente a la cara. –Ahora sé que está detrás de la abducción de mi hermana. Esto prueba que mi hermana está viva y que Alice la ha visto.

-Mulder, esto no prueba nada. –le dijo Scully. –Alice es tan solo una niña que...

-¡Agente Mulder! –gritó Mark Holler, mientras vigilaba el pulso de Alice. –Algo está cambiando.

-¿Qué ocurre? –preguntó Mulder mientras se acercaba a Alice.

-Sus pulsaciones se están acelerando –dijo Mark

-¡Sáquela del estado hipnótico de una vez! –le gritó Scully, mientras a su espalda, Ellen se echaba las manos a la cara y comenzaba a sollozar.

-¡Alice! –le gritó Mulder mientras se arrodillaba a su lado -¿Qué está ocurriendo?

-Frío...hace mucho frío y el humo...

-Alice, tienes que intentar decirnos qué ocurre. ¿Tiene que ver con Samantha?

Alice no contestó. Sus pulsaciones comenzaron a disminuir y Mark Holler respiró aliviado al ver que la niña se tranquilizaba y volvía a la normalidad.

-¿Alice?

-¿Por qué no para de llamarme Alice? –dijo Alice con una voz más pausada y carente de emociones. – Me llamo Layla.

-¿Layla? –preguntó Mulder con asombro, mientras miraba a Scully.

-No fue ese el nombre que Alice gritó cuando... –comenzó a decir Scully, pero Alice la interruumpió.

-He de salir de aquí. Los panzers no tardarán en aparecer.

-¿Panzers? –preguntó Scully.

-Es un modelo de tanque que la alemania nazi usaba en la segunda guerra mundial –comentó orgulloso Mark, que era un fanático del modelismo y las maquetas.

-¿Dónde estás ahora? –le preguntó Mulder a Alice.

-Tengo que llegar a la base cuanto antes. Creo que el oficial de la SS sabía nuestra posición.

-¿De qué demonios está hablando? –preguntó Scully, pero nadie contestó. En la habitación sólo se oía la voz de Alice.

-La Luftwaffe va a bombardear todo el Volga. Tengo que advertirles. –continuó diciendo Alice.

Mulder se dirigió a Ellen, que cada vez estaba más pálida.

-¿Su hija ve mucho la tele?

-Yo... trato de controlar todo lo que ve Alice por televisión –dijo Ellen. –No, nunca la he dejado ver cine bélico...oh dios, mío.

Ellen volvió a echarse las manos a la cara. Aquello estaba siendo realmente duro para ella. Scully estaba a su lado, tratando en vano de consolarla. En otro rincón, Fowley no paraba de escribir en su cuaderno.

-Esto es realmente asombroso –comentó Mark entusiasmado. –Fascinante. Todo eso está en su mente.

-¡No tiene nada de fascinante! –casi le gritó Scully mientras rodeaba con sus brazos a Ellen. –Alice habrá aprendido todo eso de algún libro.

-No –susurró Ellen. –Yo lo sabría...oh dios, ¿por qué tiene que sucedernos esto?

Alice siguió con su relato. Ahora hablaba de cómo los nazis se estaban haciendo fuertes en el oeste de Stalingrado y cómo les habían cortado el aporte de suministros.

-Esta niña es asombrosa –murmuró Mark junto a Mulder. –Está relatando unos sucesos históricos como si realmente los hubiese vivido.

-Interesante –comentó Mulder, y se acercó más a Alice. –Ali... Layla. ¿Puedes oirme?

-Puedo oirle –contestó ella.

-¿Cómo te apellidas? –le preguntó Mulder.

-Eso ya no importa. Aquí ni los nombres tienen ya un significado. Lo único que cuenta es el reloj que te dice cuándo vas a morir.

-A mí sí que me importa –contestó Mulder.

Silencio. Alice no contestó inmediatamente y gracias a ello consiguió intensificar la atmósfera de tensión que se había creado en aquella habitación. Al final, parecía como si lanzase un suspiro de resignación y hablase a desgana.

-Romanova. Me llamo Layla Romanova.

Mulder apuntó el nombre en una hoja del cuaderno de Fowley. Arrancó la hoja y la dobló para que cupiera en el bolsillo de su chaqueta.

-Ya puede despertarla, Mark –le dijo Mulder al psicólogo, y se dirigió hacia la puerta.

-¿A dónde vas? –le preguntó Scully

Mulder agitó la pequeña hoja de papel que tenía entre sus dedos frente al rostro de su compañera.

-He de comprobar una cosa. Me marcho a la Biblioteca del Congreso de Washington.


21:56 pm

Motel Haunty

Vermont

Dana Scully colgó el teléfono enfadada y le lanzó una mirada de resignación a Fowley, que en aquel instante oteaba a través de las cortinas de la habitación 303 del motel Haunty. Mulder acababa de llamar para decirles que iba a pasar la noche en la Biblioteca del Congreso, una de las más grandes del mundo. Dijo que estaba a punto de descubrir algo fascinante y colgó. Scully se acercó silenciosamente al dormitorio donde Alice dormía plácidamente y la agente del FBI se alegró de no haberla despertado durante su discusión con Mulder. Sobre la mesilla de noche había una tarrina de helado Ben and Jerry, que eran los más famosos de Vermont y que a Alice le encantaban. Hacer su turno de guardia con Fowley era algo que no le agradaba en absoluto. Ellen estaba recostada en el viejo sofá, sosteniendo entre sus manos una taza de café que estaba ya frío. La mujer había estado ausente desde que terminó la sesión de hipnosis de Alice y de su boca apenas habían salido un par de palabras para despedirse de Mark Holler, cuando éste volvió a Washington. Scully se acercó a ella y se sentó a su lado.

-Mulder ha llamado.- le dijo a Ellen. –Dice que ha descubierto algo.

-Ella... ella no está bien. Todas esas cosas que dijo...

-Mañana tendremos los resultados de los análisis clínicos de Alice –le contestó Scully.-Entonces se aclarará todo. Pero puedo asegurarte de que tu hija se encuentra perfectamente de salud. La hipnosis no es una ciencia exacta. Estamos aún muy lejos de conocer el funcionamiento de la psique humana y nada de lo que hemos escuchado hoy en esta habitación debería ser tomado como una consigna.

-Ellos le hacen pruebas. –dijo Ellen con voz quebradiza y a punto estuvo de caersele la taza de café de sus manos. Scully se la cogió y la dejó sobre la mesa de madera que había frente al sofá.

-Mañana tendremos los resultados y saldremos de dudas –le dijo Scully. –Entonces sabremos la verdad...

Scully se calló cuando su vista se cruzó con la taza de café que estaba sobre la mesa y vio cómo el oscuro líquido ondulaba en su interior. Sintió cómo los muebles de la habitación comenzaban a vibrar suavemente y también notó esa vibración bajo sus pies, mientras la taza de café comenzaba a desplazarse sobre la mesa. Scully se puso en pie

-¿Qué demonios?

-¡Ya vienen! –gritó Ellen y se levantó del sofá bruscamente para ir l dormitorio en el que dormía Alice, pero Scully la detuvo.

-Sólo es un terremoto –le dijo a Ellen, y mientras pronunciaba esas palabras, la habitación dejó de vibrar. -¿Lo ve?. Ha sido un terremoto.

-Sí, sólo ha sido un terremoto. –dijo Fowley desde la ventana, pero su voz no mostraba la seguridad habitual y Scully se fijó en que Diana tenía su mano derecha apoyada sobre la culata de su pistola.

-Ellen, trate de dormir un poco. –le dijo Scully. –Alice está a salvo. No hay nada por lo que deba preocuparse...

La luz de la habitación se apagó con un ruido seco y Ellen lanzó un grito ahogado.

-El terremoto habrá hecho saltar los diferenciales. –dijo Scully en voz alta para tranquilizarla.

-Hay una linterna en el cajón del escritorio –dijo Fowley mientras avanzaba entre la oscuridad y posteriormente lanzó un juramento cuando se golpeó en la rodilla con el borde de la pata de una cama. Se agarró la rodilla con ambas manos y se la frotó con fuerza. Dolía horrores. Mientras remitía el dolor y temiéndose que le saldría un moretón, se quedó completamente inmóvil y agudizó su oído. –¿Oís eso?

-Yo no oigo nada –contestó Scully. -¿quieres hacer el favor de coger ya la dichosa linterna?

-No, espera. –le contestó Fowley. –Es como un zumbido. A lo lejos.

-¿Le da miedo la oscuridad, agente Fowley? –le dijo Scully con ironía, pero enseguida guardó silencio porque ella también estaba oyendo algo a lo lejos. Un zumbido lejano, que provenía del exterior.

Los ojos de Scully se estaban adaptando ya a la oscuridad y se olvidó por completo de la linterna. Se acercó a una ventana que daba a la parte trasera del motel y trató de ver si había algo en el exterior. El motel estaba completamente a oscuras y fuera apenas podía ver el comienzo del descampado que se extendía a lo largo de un par de kilómetros. Forzó más la vista para tratar de ver algo del exterior, pero fue inútil. El zumbido se oía cada vez más cerca y Scully estaba a punto de perder la paciencia. Fue entonces cuando lo vio, en la lejanía. Una pequeña luz, que se movía de un lado a otro y de una manera extraña para ser un automóvil. Además, en aquella dirección no había carreteras. Tan sólo un yermo paraje que terminaba en un bosque. La luz siguió avanzando, errática, pero Scully vio claramente cómo ésta iba creciendo y su brillo adquiría más intensidad. Se estaba acercando.

Scully se giró para buscar a Fowley, pero ella estaba ya a su lado.

-Está a punto de poner a prueba su fe, agente Scully –le dijo Fowley en voz baja mientras aferraba con fuerza su arma.

En otras circunstancias, Scully se hubiese reído de ella y la hubiese llamado paranoica, pero en aquellos instantes, estaba empezando a dudar si burlarse de ella era la opción más juiciosa. Siguió mirando por la ventana, cómo la luz crecía y acababa por inundarlo todo. El zumbido hacía que las paredes y el suelo vibraran y la habitación estaba completamente iluminada por la dañina luz que venía del exterior. Notó algo en su interior y sintió cómo lo que estaba viviendo hacía que todo aquello en lo que había creído comenzara a desmoronarse. Su vida se estaba viniendo abajo y estaba siendo engullida por el abismo de ¿la Verdad?. Así lo hubiese llamado Mulder. Ahora estaba siendo testigo de todo aquello en lo que él creía. Aquello contra lo que luchaban a ciegas, con tan solo la ayuda de una placa y una pistola. Sus músculos se le agarrotaron y su boca estaba extremadamente seca. Pero Alice... ¡Alice!

Scully era la agente al mando en aquel lugar y estaba allí por una razón. Iban a proteger a aquella niña. Si era verdad que estaba siendo abducida, no permitiría que los episodios continuasen. Se armó de valor y le gritó a Fowley.

-¡No te separes de Alice! –dijo mientras se dirigía hacia la puerta.

-¡¿A dónde va?! -le gritó Fowley -¡¿Se ha vuelto loca?!

-Es muy posible –contestó Scully y abrió la puerta que daba al exterior.

Cuando Scully salió al exterior, apenas pudo ver nada. Se protegió ojos con una mano mientras con la otra sujetaba su arma. Intentó levantar la vista hacia la luz, pero no pudo ver ningún objeto tras aquel mar blanco. Hojas secas revoloteaban a su alrededor y chocaban contra su rostro, que era castigado por aquella fuerza que emanaba de las alturas. El macetero que estaba frente a al puerta había volcado y rodaba por el suelo. Aquello estaba sobre ella y estaba haciendo vibrar todo el edificio. Sin perder un instante, echó a correr por la pasarela exterior, y se dirigió hacia las escaleras que daban acceso a la azotea. Casi chocó contra una pareja que salió repentinamente de una de las habitaciones y Scully les gritó que volviesen a su habitación y se encerrasen allí. Siguió corriendo hasta que encontró las escaleras y subió los peldaños de dos en dos hasta que estuvo en la azotea, junto a los depósitos del agua y las torres de refrigeración. Entonces se paró y miró al cielo. Estaba a punto de ver todo aquello en lo que Mulder creía ciegamente. Se sintió presa de la excitación. Quizás fuese más miedo que excitación. La luz... la luz lo invadía todo. Sintió cómo la engullía...vio algo. Entre la luz había una figura, que al principio no pudo identificar con claridad, pero tenía aspecto humanoide.

Algo rebotó en el depósito que tenía a su lado y Scully se echó instintivamente al suelo. ¿Aquello había sido un disparo? Levantó la vista hacia la luz, que estaba perdiendo intensidad o estaba girando. Vio a la figura que había visto antes. Una figura humana, con un objeto alargado entre sus manos y apoyado en una estructura metálica alargada que terminaba en una cola con un rotor. Scully estaba contemplando cómo un hombre con un rifle le apuntaba desde un helicóptero apache. Se levantó rápidamente mientras una ráfaga de ametralladora barría el suelo donde había estado tendida escasos segundos antes. Se refugió tras el depósito de agua, con su arma pegada al rostro y decidida a abatirles, aunque sabía que era una locura. No iba a dejar que se llevasen a Alice.

Cuando iba a salir de su refugio, Scully sintió cómo algo húmedo descendía por su rostro. Se llevó una mano a la cara y se tiñó de rojo. Tosió sangre y sintió cómo sus piernas flaqueaban y comenzaba a perder el equilibrio. Apoyó su espalda contra el depósito y trató inútilmente de aferrarse a él. Resbaló y su cuerpo se deslizó hasta tocar el suelo. Su pistola rodó por el suelo y se detuvo a un par de metros de ella, que trató de ponerse de rodillas y levantarse. La sangre manaba con fuerza de sus fosas nasales y comenzó a teñir de rojo su camisa blanca. Su vista se nubló y empezó a perder la consciencia. Tendida en el suelo, pudo escuchar ráfagas de ametralladora en la lejanía y gritos, muchos gritos.

-Alice... –murmuró, mientras su ojos se cerraban –Te he fallado... como a Emily.