(N.A: Me he dado cuenta que en realidad no he descrito el Ángel Negro como debería. Así que aquí van unas cuantas explicaciones. La proa es la parte delante del barco (la que tiene forma de ángel) y la popa es la parte trasera. Cuando dicen 'cubierta' se refiere a cada uno de los pisos del barco, en este caso casi siempre nos hemos referido a la cubierta principal, osea la de arriba, por asi decirlo. Cuando dicen 'borda' se refiere al parapeto que rodea al barco. Babor: Izquierda. Estribor: Derecha. El barco tiene tres mástiles (que es donde se sostienen las velas) el mas cercano a la proa es el trinquete, el más grande, en medio, se llama 'mayor' y el más cercano a la popa se llama mesana. (Siempre que diga 'mástil' me refiero al mayor.)

Si han visto Piratas del Caribe, pueden imaginar a Ángel Negro como el Perla Negra, solo que más grande. El Perla tiene dos cubiertas; el Ángel tiene tres. Y, además, el Ángel tiene mejor armamento. Blablá, estoy divagando.

MUCHÍSIMAS gracias a: Saraaa, MaryWayland, Raven Beth Herondale Salvatore, Candelaria, yocel, clarii, mariushaa, Lily Klass, Alada Demon, I wanna dance, Dan, y Haiskell xD. Este capítulo va para ustedes, porque sin sus reviews -que me sacaron más de una sonrisa- creo que ya habría tirado el computador con la ventada cada vez que me estresaba) (Espero me perdonen por no contestar ahora los reviews, pero prometo que en cuanto pueda lo haré) (Mi madre alías señora Weasley, tiene crisis navideña y lamentablemente vuelca su mal humor sobre mí, asi que debo seguir envolviendo estúpidos regalos.) (Ahora no los aburro más y espero disfruten este capítulo) (Los quiero) (Ya sé, soy tan adorable como Mister Pato.)


Nothing goes as planned
Everything will break
People say goodbye
In their own special way
All that you rely on
And all that you could fake
Will leave you in the morning
Come find you in the day
Oh, you're in my veins, and I cannot get you out
Oh, you're all I taste, at night inside of my mouth
Oh, you run away, cause I am not what you found.

In my veins, Andrew Belle.

Capítulo IX. LLuvia de fuego y cenizas.

Los demonios golpearon a Ángel Negro como una inmensa ola negra, haciéndolo sacudirse mientras destrozaban todo a su paso. Jace se agachó cuando las ventanas empezaron a estallar, una tras otra, los cristales volando por todos lados. Una fuerte ventisca cargada de agua y hielo lo golpeó con fiereza en el rostro. Las velas se desgarraron sobre su cabeza y el suelo comenzó a chirriar.

—¡Chico, cuidado! —gritó Jeffrey mientras le daba un violento tirón al timón.

El barco volvió a sacudirse mientras el enorme dragón abría la boca, aspirando aire… y Jace se arrojó a un lado justo cuando una llamarada enorme iluminaba la noche como una antorcha en medio de la oscuridad. Aterrizó en el suelo con un golpe sordo y la cercanía del fuego le hizo sentir el calor en el cuerpo como una bofetada ardiente.

—Pequeño, inútil, tonto Cazador de Sombras —se burló Aim y aspiró otra bocanada.

—Perdón ¿dijiste algo? —Jace sonrió. El demonio gruñó y volutas de humo salieron por su nariz. Comenzó a avanzar hacia él, la madera crujiendo a su paso como huesos rotos—. Creo que me dormí del aburrimiento por un momento.

Aim estrechó sus grandes ojos de reptil.

—Te crees muy gracioso ¿no, chico?

—No me creo. Lo soy. Es un hecho tan comprobable como mi indómita belleza.

El dragón rugió y lanzó otra bola de fuego. Jace soltó una risita y corrió hacia donde estaban un montón de cajas apiladas. Se abalanzó sobre ellas y rodó en el suelo. Las llamas alcanzaron su camisa y el chico se puso de pie entre un sarta de maldiciones.

—Amaba esta camisa —dijo, señalando su camisa negra chamuscada—. Yo, realmente, amaba esta camisa. ¡Bael!

Su cuchillo serafín fue un destello azulado mientras Jace cruzaba como una centella la cubierta en dirección a Aim. El dragón lanzó otra llamarada, pero Jace era más rápido. Se tiró en el suelo y resbaló por debajo del demonio, enterrando su cuchillo serafín en su estómago. Aim soltó un rugido, batió las alas, y se alzó en vuelo, perdiéndose entre la niebla y el cielo oscuro. Jace, cubierto de sangre ácida, maldijo en voz alta mientras veía a su alrededor.

Un camino de fuego cruzaba su barco ahí donde las llamas del dragón lo habían perseguido. Los demonios voladores —que tenían forma de murciélagos gigantes— destrozaban las velas. Otros más estaban ocupados tomando cosas del barco y arrojándolas al mar. Uno de ellos tomó a Jeffrey y lo lanzó por la borda.

—¡Mi barco! —aulló Jace—. ¡No ataquen mi barco, malditos zánganos infernales!

Los piratas comenzaron a salir por detrás de él. Todos lucían sorprendidos y despeinados, como si se hubieran levantado a toda prisa de sus camas, lo cual probablemente había sucedido. Jace alcanzó a ver a Alec, más pálido que de costumbre, a Magnus, con las manos chispeando en fuego azul y a Maia y Jordan, ambos luciendo estupefactos. Los perdió de vista casi de inmediato cuando los demonios voladores se arrojaron hacia ellos entre chillidos y rugidos.

¿Y Clary? ¿Dónde estaba Clary?

Nadie esperó órdenes esa vez. Casi de inmediato, el caos se desató y el barco se convirtió en un campo de batalla. Jace despedazó a un demonio de una patada en la cara y luego se giró justo a tiempo para enterrarle el cuchillo serafín a otro.

—¡Aseguren las velas! —bramó, deseando que no fuera demasiado tarde—. ¡Y alguien tome el timón, maldita sea!

La niebla los rodeaba como un manto helado, haciendo parecer que los demonios surgían de la nada. Jace ni siquiera podía saber cuántos eran. Ni siquiera podía ver la proa. Alguien disparaba flechas de fuego desde algún lugar. Los cuchillos serafín brillaban por todos lados, destellando aquí y allá como estrellas.

Jace alzó la cabeza cuando algo chispeó en el cielo. Era un punto rojo lejano, brillando entre la nubes y la niebla, cada vez más grande a medida que descendía hacia ellos como un meteorito.

Cuando lo comprendió, ya era tarde. La bola de fuego impactó en medio de la cubierta y la fuerza del golpe lo mandó volando hasta las escaleras. Jace rodó y aterrizó con un sonoro golpe contra la pared.

Se puso de pie casi de inmediato, mareado, y volvió a subir entre trompicones. Al llegar a la cubierta casi chocó contra alguien más.

—¿Jace? —Alec, con la cara blanca, estaba parado frente a él con un arco en la mano. Los piratas corrían su alrededor, gritándose los unos a los otros mientras el dragón, riéndose, volaba sobre ellos como si fueran un divertido juguete gigante. —¿Qué estás haciendo?

—Relajándome y disfrutando del espectáculo —dijo Jace con sorna mientras sacaba otro cuchillo—. Me relaja.

Alec pareció confundido. El dragón soltó otro rugido y ambos se arrojaron al piso cuando otra llamarada pasaba sobre sus cabezas. Alec se puso de pie casi de inmediato.

—A este punto arderemos en llamas en unos minutos —dijo con voz sombría.

—Me encanta la gente optimista —dijo Jace alegremente—, me hace sentir tan feliz.

—Cúbreme —le ordenó Alec mientras alzaba el arco, apuntando hacia el dragón. Su ceño se frunció mientras observaba al demonio aparecer y desaparecer entre la niebla, como si fuera un espectro.

Jace despedazó a otros tres demonios antes de que escuchara silbar la flecha en al aire, y la viera desaparecer entre la niebla. Alec bajó el arco y sonrió cuando el rugido de Aim le indicó que había acertado.

Su sonrisa se esfumó cuando el dragón, con un rugido, abalanzó su cola llenas de púas contra el barco. Jace se arrojó sobre Alec y ambos cayeron rodando de nuevo por las escaleras en una confusión de golpes y maldiciones.

— ¡Ay! —Alec, con la cara roja y golpeada, se puso de pie y lo miró acusatoriamente—. ¡Me pateaste!

—Te salvé de caer por la borda, idiota —Jace, malhumorado, sacó otro cuchillo—. Ahora ve y toma el timón.

Alec lo miró como si hubiera pateado a su abuela.

—¿Qué? ¿Qué? ¿QUÉ?

—Que vayas a tomar el timón —dijo Jace, enfatizando cada palabra como si Alec fuera un retrasado mental.

—Yo no sé manejar el timón —dijo Alec, repentinamente asustado.

—Aprende —dijo Jace, indiferente—. Voy por Clary.

Alec lo miró, estupefacto y molesto.

—¡Hay un demonio dragón en la cubierta! —gritó, indignado.

Jace lo miró, molesto.

—¿En serio? —dijo lentamente—. Gracias por el aviso, sin ti probablemente jamás me hubiera dado cuenta.

— ¡No puedes irte así como así!

—Obsérvame —Jace se dio la media vuelta.

—¡Jace!

—¡¿Qué?!

—¡Ve! —era Magnus, observándolos desde arriba de las escaleras. Su cara estaba llena de hollín y lucía extrañamente divertido y fastidiado—. Ve por Clary. Yo me encargo de mi agradable tío mariposa.

Alec abrió la boca.

—Tú… no…

—Cinco minutos —dijo Jace, mirando a Magnus—. ¿Puedes aguantar eso?

Magnus sonrió y sus manos soltaron chispas azules.

—Cuenta con eso, nefilim.


Jace bajó las escaleras a toda prisa, el suelo moviéndose a sus pies, y cruzó como una centella el pasillo. El aire sabía a fuego en sus pulmones. Sobre su cabeza escuchó un estallido y la repentina sacudida lo hizo resbalar mientras cruzaba una esquina. Se levantó de inmediato, con el corazón restallándole en los oídos y corrió hacia la puerta de Clary.

Fuertes ruidos llegaban desde ahí. Jace derrumbó la puerta de una patada. Clary estaba de pie sobre su cama, aún con sus ropas negras de pirata, y tenía un cuchillo en la mano mientras cinco demonios en forma de reptil se arrastraban hacia ella. En cuanto lo vio, sus ojos verdes parecieron encenderse.

—¡Jace!

—Sal de aquí—ordenó él mientras hacía girar el cuchillo serafín en su mano y lo lanzaba hacia el primer demonio, que gritó y se retorció hasta desaparecer en un montón de polvo. Se giró, justo cuando los otros cuatro se le lanzaban encima, y su cuchillo serafín formó una línea de fuego mientras desgarraba a un demonio tras otro. —¡Clary, sal de aquí!

Clary, reaccionando, bajó de la cama y corrió hacia él.

—¡Dame un cuchillo! —exigió.

Jace pateó a un demonio en el hocico, y se volteó hacia ella, malhumorado y oscuramente divertido.

—¿Qué parte de sal de aquí no entiendes?

Clary parecía tener ganas de golpearlo.

—Dame un maldito cuchillo —siseó—. Puedo ayudarte.

—No —Jace lanzó su cuchillo en el aire, rebanando al último demonio, y volvió a enfrentarla—. No puedes.

Clary estaba a punto de replicar, furiosa, cuando un súbito estruendo la hizo callar. Jace, con un gesto de impaciencia, tomó su mano y la jaló hacia afuera. El pasillo estaba mojado y desierto, aunque se podían oír sonidos de platos rotos en la cocina. Jace y Clary corrieron hacia las escaleras.

—¿Qué diablos está pasando?

—Ataque sorpresa —gruñó Jace—. Cortesía de tu maldito pato.

—¿Qué estas dici…?

Clary soltó un grito y ambos retrocedieron cuando una horda de demonios les bloqueó el camino por las escaleras. Jace calculó sus posibilidades mentalmente: podía luchar contra ellos o podía dar media vuelta y correr. Pero luchar significaría perder de vista a Clary.

Con un gruñido, dio media vuelta y empujó a Clary de nuevo por el pasillo.

—¡Corre! —la urgió mientras los demonios rugían por detrás de ellos.

—¡Dame un cuchillo!
—¿Para que te saques un ojo? ¡Ni hablar!

—Eres un… un…

Jace se detuvo de golpe y Clary chocó contra él. De la cocina salieron más demonios. Todos tenían forma de escarabajos gigantes y sus brillantes ojos negros les devolvían una mirada ávida.

—Chicos… —sisearon—, chicos para comer.

Jace aferró con fuerza la mano de Clary, haciéndole daño, y retrocedió… y volvió a retroceder cuando los otros demonios con forma de murciélagos gigantes les cortaron el camino.

—Jace… —dijo Clary, lentamente—. Estamos atrapados.

—¿Enserio? —dijo Jace con los ojos enfebrecidos—. ¿Alguna otra observación inteligente?

Ambos chicos retrocedieron hasta topar con la pared. Los demonios seguían acercándose entre siseos inhumanos.

—Sangre…. Huesos para triturar y saborear…

—Bueno —dijo Jace tranquilamente—, sé que debo ser una comida exquisita. Pero, lamentablemente, no me agrada que me coman. No es nada personal.

Y clavó su cuchillo serafín en el suelo. Clary lo observó atónita mientras Jace volvía a clavarlo otras tres veces antes de que el suelo a sus pies comenzara a crujir y resquebrajarse. Entonces, de golpe, un hoyo se abrió en el suelo y la oscuridad los tragó.


Isabelle pateó la puerta del camarote de Max y entró corriendo con Simon detrás de ella. La luz cegadora de su cuchillo serafín iluminó la pequeña estancia, dejando las esquinas en las sombras. Max estaba acurrucado en su cama aferrando un muñequito de madera en sus manos.

Al verlos, corrió hacia ellos.

—¡Izzy! —dijo con un jadeo aliviado mientras la abrazaba.

Isabelle lo apartó de ella mientras lo tomaba con fuerza por los hombros.

—Max, te vamos a sacar de aquí. Vamos a salir a fuera y tienes que hacerme caso en todo lo que te diga ¿me escuchas? ¡En todo! No importa lo que veas.

—¿Incluso si veo a Magnus en calzoncillos pidiéndome ayuda?

—¡Max!

—¡Esta bien!

—¿Me harás caso?

Max asintió con fuerza. Simon observó que el chico parecía estar luchando por no temblar.

—¡Simon, cárgalo!

Simon tomó a Max en los brazos y los tres salieron corriendo hacia el pasillo.


Clary aterrizó en una nube de polvo y escombros. Jace soltó una maldición a su lado y se puso de pie. Su cuchillo serafín estaba abandonado en el suelo, titilando débilmente, y Clary se arrastró hacia él y lo tomó, alzándolo para iluminar la estancia. La luz azulada se derramó por todos lados, bañando con su luz espectral a una estancia que parecía los dormitorios de la tripulación, un cuarto amplio y lleno de hamacas que colgaban vacías de las columnas de madera. Había barriles, ropas y redes por todos lados. El aire olía a humo mezclado con algo más desagradable que Clary no pudo identificar.

Sobre sus cabezas los demonios rugían, pero no parecían muy dispuestos a tirarse por el hoyo.

Clary se alegró.

Y su alegría duró poco.

—¿Estás bien? —Jace la miró. Sus ojos dorados brillaban, fieros y preocupados—. Ven, salgamos de aqu…

El resto de sus palabras se perdieron cuando a su lado la pared estalló. El mar entró a través de ella como un torrente furioso. Clary observó a Jace gritándole algo desesperadamente mientras corría hacia ella. Trató de ir hacia él, pero cuando sus manos estaban a punto de tocarse el agua la golpeó como un muro de hielo y la sumergió en las aguas negras.

Clary pataleó, desorientada, sin saber dónde era arriba y donde abajo. La oscuridad la rodeaba, un mundo azul oscuro lleno de barriles, cuerdas y pedazos de ropas que flotaban a su alrededor como cuerpos sin vida. El pánico comenzó a dominarla, ardiendo en sus venas, pero se obligó a no abrir la boca. Su mano aferraba con fuerza el cuchillo serafín, lo único brillante en medio de aquélla negrura. Giró a todos lados, desesperada, pero no había nada, nada además de agua y siluetas flotantes… y entonces lo vio, un débil círculo de luz por debajo de ella.

O, más bien, por encima de ella. Era el hoyo que Jace había hecho.


Clary salió a la superficie con un jadeo. El pasillo, por suerte, estaba vacío. Se arrastró y se puso de pie, respirando entrecortadamente. Aún sostenía el cuchillo serafín en su mano, y se sintió ferozmente orgullosa de eso.

Corrió hacia las escaleras, empapada y con el cabello goteado por todos lados. La ropa negra se le pegaba al cuerpo y sus pies chapoteaban en suelo que comenzaba a inundarse rápidamente. Podía escuchar el alboroto allá arriba, y al llegar a las escaleras alcanzó a ver destellos azules mezclados con llamaradas rojas y ardientes. Estaba subiendo a toda prisa cuando un demonio apareció delante de ella, rugiendo.

Clary se detuvo de golpe, sus botas casi resbalando en el suelo mojado. Temblorosa y furiosa, alzó su cuchillo.

—Ven aquí, amigo.

El demonio rugió y se le fue encima. Clary lo esquivó con un grito y resbaló en el suelo mojado. El demonio se giró en el aire y volvió a írsele encima. Clary, actuando por impulso, le dio una patada. El demonio retrocedió, chillando, y ella aprovechó su desconcierto para clavarle el cuchillo en la cabeza.

El demonio estalló en un montón de polvo y ella se quedó ahí tirada, con el corazón latiéndole a toda prisa, sin poder moverse. Entonces escuchó otro estruendo y se puso de pie a toda prisa, corriendo hacia la cubierta.


Salir a la cubierta fue como surgir a un mundo de caos, gritos y fuego. Jace miró a todos lados, frenético. Su tripulación luchaba por donde mirara contra los demonios, sus cuchillos serafín destellando aquí y allá como puntos de luz en medio de la niebla y la noche.

Magnus estaba parado junto a la borda, lanzando sin parar bolas de fuego azul al enorme dragón que volaba en círculos sobre ellos lanzado llamaradas por todos lados. Aim rugió y lanzó una bola de fuego que impactó contra las velas, cubriéndolas en llamas e iluminando los rostros blancos de los piratas.

—¡Están quemando mi barco! —chilló y sacó dos cuchillos serafín de su cinturón—. ¡Cassiel! ¡Uriel!

Jace, rabioso, saltó y rebanó a un demonio para enseguida voltearse y destrozar a otro más de un solo golpe. El tercero lo hizo a un lado de un codazo, casi con desdén, mientras seguían avanzando como un huracán hacia las escaleras.

Clary tenía que estar ahí. No podía pensar otra cosa.

Un repentino estruendo lo hizo levantar el rostro. Magnus había acertado. La enorme bola azul estalló contra el dragón, que soltó un rugido lastimero, se elevó en el aire ardiendo en llamas azules, y cayó en picada hacia el mar.

Todos los demonios chillaron y comenzaron a huir.

Los piratas comenzaron a gritar de júbilo.

Jace no lo hizo.

—¡Alisten los cañones! —ordenó, y todos callaron—. Tomen sus armas y esperen mi señal.

—Pe… pero señor —dijo Bob, sus ojos moviéndose por todos lados—. ¡Se ha ido!¡Los hemos vencido!

—No —dijo Magnus, también serio—, no se ha ido.

—Solo lo hemos hecho enfurecer más. —Jordan, empapado y jadeando, estaba recargado contra uno de los mástiles.

—Estupendo —Maia pateó un barril—. Ahora todos vamos a morir. ¡Urra!

—¡Muévanse! —rugió Jace al ver que todos los piratas se miraban, asustados—. ¡Hagan lo que les digo, malditas cucarachas! ¡Si se hunde mi bebé, más les vale morirse también antes de que yo los mate!

Eso pareció animar a los piratas. Todos gritaron y corrieron a sus posiciones. Jace entonces observó, con una explosión de alivio, como una llameante cabellera roja aparecía subiendo por las escaleras. Clary miró a todos lados, con expresión peligrosa, su mano sosteniendo fieramente su cuchillo serafín.

—Clary —su voz salió como una súplica, un jadeo desesperado —.¡Clary!

Ella se giró hacia él, sobresaltada.

—¡Jace!

—Creo que voy a vomitar —murmuró Maia, acercándose a ellos junto a Jordan. Tenía la cara verde y parecía mantenerse en pie a duras penas.

—¿Estás bien? —Jace se acercó a Clary, ansioso. Ella asintió con fuerza.

—Oh, ¿alguien quiere explicarme qué demonios está pasando? —Isabelle, sucia y con el látigo desenrollado, salió por detrás de Clary acompañada de Simon.

—¿Y Max? —dijo Jace de inmediato—. ¿Dónde está Max?

—A salvo —dijo Simon. Tenía una fea herida en la frente, la boca llena de sangre y estaba vestido de una forma extraña.

—Trajes de ponies —dijo Jace, en cuanto se acercaron a él—. Muy apropiado para la situación.

—Ya sabía yo que te daría envidia —dijo Simon—. Pues bien, no te daré el mío.

Jace rió, socarrón.

—Apuesto que es lo más varonil que has usado.

—Bueno —dijo Jordan—, hay que aceptar que le quedan bien los arcoíris. Armonizan con su lindo rostro afeminado.

Simon los fulminó con la mirada.

—¡Déjenlo en paz! —gruñó Clary.

—Oh, cállense todos—Isabelle se quitó un mechón negro de la frente. —¿Y ahora que se supone que haremos?

—No tenemos mucho tiempo —dijo Magnus, apareciendo a su lado—. Aim puede convertirse en otras cosas, y no se irá hasta que nos destruya.

—Se los dije —Maia se agarró el estómago—. Vamos a morir.

Jordan maldijo por lo bajo.

—Sabía que no deberíamos haber venido.

—Me encanta como mantienen la moral alta —dijo Jace, irónico—. ¿Por qué no mejor hacen de porristas mientras los demás luchamos?

—Dejen de pelear —dijo Clary, exasperada—. Tenemos que planear alg…

El barco se sacudió de repente, convirtiendo sus palabras en un grito. Jace la agarró con fuerza del brazo mientras el barco volvía a sacudirse y comenzaba a inclinarse.

—¿Qué demonios está pasando? —repitió Isabelle mientras se aferraba a un pasamanos.

—¡Eso nos estamos preguntando todos! —escupió Maia.

—¡No me grites!

—Chicas —Jordan alzo las manos—. No es un buen momento para…

—¡Tú cállate! —rugieron las dos al unísono.

—De acuerdo —murmuró Jordan bajando las manos—. Todos muy tranquilos.

—¿Jace? ¿Órdenes? —era Alec, por arriba de ellos, manejando el timón con soberano esfuerzo.

Jace miraba todos lados. Necesitaba saber a qué se enfrentaban, no podía dar órdenes hasta saberlo. Todos sus hombres lo miraban, quietos en sus puestos de combate.

—¿JACE? —dijo Alec, con tono imperioso.

—¡ESPERA UN MINUTO, MALDITA SEA!

Magnus le lanzó una mirada molesta, pero antes de que pudiera decir nada, el barco volvió a sacudirse violentamente y el mar explotó por delante de ellos. Alec se quedó congelado. Clary soltó un chillido mientras Jace observaba, con los dientes apretados, al enorme demonio. Tenía forma de calamar gigante, sus apestosos tentáculos negros chorreaban y era igual de grande que el barco. Tan rápido como salió, volvió a sumergirse, provocando una ola que estalló contra el barco y provocó una ráfaga de lluvia sobre ellos.

—Mierda.

Jordan estaba estático. De hecho, todos parecían haberse congelado en sus lugares.

Una idea oscura y psicópata comenzó a formarse en la mente de Jace.

—Isabelle —dijo con voz grave—. Ve por el fuego fatuo.

—¿Qué cosa? —inquirió Maia, pestañeando.

—¿Estás loco? —explotó Isabelle.

—Pirómano, diría yo —dijo Simon.

—Otra cosa que añadir a su lista de lindas cualidades —terció Magnus.

—¡Ve! —ordenó Jace con fiereza, ignorándolos—. Y llévate a Clary adentro.

Clary puso mala cara.

—Yo no iré a ningún lado.

—Nadie dijo nada de ir —dijo Jace, mirándola enloquecido—. Si es necesario, te arrastrarán. Te daré el lujo de elegir.

—Él tiene razón —se apresuró a decir Simon al ver la expresión furiosa de Clary, para sorpresa de Jace, que lo miró alzando una ceja—. Vamos, Clary.

Genial. El chico rata lo ayudaba. Como se notaba que todos estaban a punto de morir.

—¡Largo! —rugió Jace—. ¡Fuera de aquí!

Isabelle, gruñendo, tomó a Clary y casi la arrastró, con Simon siguiéndoles los talones.

—¡Ahora, perros sarnosos, traten de no hundir mi barco! —le espetó Jace a la tripulación. Maia y Jordan lo miraron, ceñudos. Jace sonrió con dulzura—. Oh, lo siento, no me refería a ustedes.

—¡Si! —rugieron todos—. ¡Muerte!

Maia y Jordan se convirtieron en hombres lobo. Ambos rugieron y se fueron hacia sus posiciones.

—Me encanta como animas a la gente —dijo Magnus.

—Con el solo hecho de verme ya les da un motivo para sobrevivir.

Magnus rodó los ojos.

—¡Alec! —bramó Jace. Su parabatai seguía con cara de traumado, congelado en el timón—. ¡ALEC!

Alec reaccionó con un salto.

—¿Qué?

—Toma tu arco y enciende una flecha —demandó Jace, corriendo hacia el mástil.

—¡No puedo dejar solo el timón! —se indignó Alec—. ¿Y qué demonios estás haciendo?

—¡Pues dáselo a alguien más, idiota! —le espetó Jace al tiempo que comenzaba a subir por el mástil—. ¡Rápido!

—Yo lo tomo —Magnus se acercó al timón y lo agarró. Jace siguió subiendo, el viento era más fuerte allá arriba y le pegaba la ropa mojada al cuerpo. Su cabello se sacudía con violencia. Las velas se agitaban a sus lados como enormes lenguas de fuego.

Por debajo de él, alcanzo a ver la pequeña figura de Alec tomando su arco y encendiendo una flecha con ayuda de Magnus.

—¡Estoy listo! —su voz apenas se escuchaba a través de las ráfagas que golpeaban a Jace, una tras otra, cargadas de agua helada.

—¡Espera mi señal! —gritó Jace a voz de cuello. Iba a la mitad del mástil cuando se detuvo, parándose sobre las velas y agarrándose del mástil. El barco se sacudía de un lado a otro y él apenas podía evitar caerse. Por debajo de él, los piratas eran pequeñas manchas negras moviéndose por todos lados.

Jace se agarró con fuerza y observó a su alrededor. La niebla era tan densa que parecía que estaban atrapados en un túnel de humo blanco. Jace forzó la vista, tratando de ver algo, lo que fuera.

Una leve ondulación en el agua captó su atención. Al principio creyó que estaba alucinando. Entonces la ondulación se convirtió en la ola cada vez más grande que avanzaba a toda velocidad hacia ellos.

—¡Ya viene! —bramó.

El demonio embistió. El casco resonó. Los piratas se cayeron hacia babor, tratando inútilmente de sostenerse antes de caer por la borda.

—¿Jace? —la voz de Alec temblaba, pero sus manos eran firmes mientras sostenía el arco.

El barco se inclinó más. Magnus, maniobrando con el timón, soltó una palabrota.

—Esperen —dijo Jace. ¿Dónde demonios estaba Isabelle? —. Esperen.

Los tentáculos azotaron tan rápido la cubierta que Jace estuvo a punto de caer hacia el mar. Uno golpeó a Alec en el pecho, mandándolo por los aires. Otro tomó a un lobo por la pata, lo alzó, y lo mandó volando por las escaleras. El barco crujió y se inclinó aún más.

—¡Fuego! —rugió Jace.

—¡Fuego! —repitió Magnus.

Los cañones estallaron. Los tentáculos retrocedieron, o al menos eso pareció, porque entonces volvieron a azotar la cubierta, enfurecidos, y provocaron el caos. Alec no aparecía de su caída. El mástil donde estaba Jace comenzó a crujir, como si se fuera a partir por la mitad.

Isabelle salió corriendo de las escaleras. Llevaba un frasco verde en un mano y con la otra sostenía su látigo mientras se abría paso entre la maraña de tentáculos, rebanando todo lo que se encontraba a su paso.

—¡Isabelle! —gritó Jace—. ¡Lánzamelo!

Isabelle miró hacia arriba.

—¡Por el Ángel! ¡¿Estás demente?!

—Probablemente sí —rugió Jace—. Y no me agrada que me lo recuerden. ¡Lánzamelo y toma el arco de Alec!

—¡No sé manejar el arco! —dijo Isabelle, exasperada.

—Pero yo sí —Simon tomó el arco del suelo y lo alzo. La flecha aún seguía ardiendo.

—¡Dense prisa, maldita sea! —bramó Magnus. El brujo no dejaba de mirar preocupado hacia el lugar por donde había caído Alec.

Isabelle alzó la mano, nerviosa… y entonces soltó un grito cuando un tentáculo se enrolló en su pie, la alzó por lo aires, y la arrojó hacia el mar. El frasco cayó de sus manos, rodando haca las escaleras.

—¡No! —bramó Jace, enloquecido—. ¡Va a explot…!

—¡Lo tengo! —Clary, con la cara rasguñada, tomó el frasco.

—¿¡Que haces tú aquí?!
—Luchar —dijo Clary con voz fiera—. ¿No creías que iba quedarme ahí encerrada cuan…?

—¡Clary! —era Simon, sosteniendo el arco—. ¡Cuidado!

Jace sofocó un grito de horror cuando observó como el tentáculo se enrollaba en la cintura de Clary y la alzaba por los aires. Clary gritó y trató de soltarse, aún con el frasco en sus manos, pero era inútil.

—¡Atrápalo! —le gritó cuando paso a su lado como una exhalación. El frasco voló por los aires y Jace lo cogió con un rápido movimiento.

El barco se inclinó aún más a babor y el enorme demonio emergió a la superficie, justo a su lado, con su enorme y asquerosa boca abierta mientras sus tentáculos le arrojaban a los aterrorizados piratas.

—¡Simon! —gritó Jace—. ¡Ahora!

Jace saltó en al aire y arrojó el frasco directo a la boca llena de colmillos. Simon siguió la trayectoria del frasco con el arco, y justo cuando entraba a su boca, lanzó la flecha, que voló como una línea de fuego hasta dar en el blanco.

Y todo explotó.


Lo último que vio Jace fue su barco arder, las llamas alzándose hacia el cielo e iluminando la noche como si fuera el sol rasgando el horizonte. Los pedazos ardientes de tela negra y madera caían a sus lados como una lluvia de fuego y cenizas.

Y entonces se zambulló. El mar lo golpeó como si fuera una pared de hielo, apagando los sonidos y colores, sumergiéndolo en un mundo helado que lo arrastraba hacia el fondo, hacia la oscuridad. Jace se encontró dejándose llevar, su cuerpo lánguido dejando que las sombras lo rodearan en un abrazo que convirtió todo en negrura.

Cerró los ojos lentamente, y entonces algo estalló muy por arriba de él. Fue un sonido distante y profundo, de otro mundo. Hubo un destello a lo lejos, tan lejano como una estrella, que rápidamente se convirtió en una gran mancha roja. A pesar de estar rodeado de aguas heladas, Jace pudo sentir el calor lamer su rostro como una caricia ardiente.

Un último pensamiento pasó por su mente, un último rostro, antes de que la oscuridad se abalanzara sobre él como garras y lo arrastrara hacia las tenebrosas aguas de la inconsciencia.


Clary despertó en un remolino de luz. Parpadeó, molesta por la intensa claridad y se enderezó. La garganta le ardía como si respirara fuego y de inmediato comenzó a toser con violencia, escupiendo chorros de agua salada. Cuando terminó, volteó a todos lados, desorientada.

Estaba en medio de una playa desierta, lo supo de inmediato. La arena blanca resplandecía con la brillante luz de sol y el cielo era de un azul claro, sin rastros de nubes. Las olas rompían suavemente a sus pies y el agua era de un hermoso tono turquesa. Clary se puso de pie y giró en redondo. Por toda la costa había restos de madera rota, cuerdas, restos de tela negra y barriles. A sus espaldas la selva se extendía, oscura y húmeda, hasta perderse de vista en una serie de imponentes montañas.

Y hacía calor, mucho calor. La ropa mojada le escocía.

¿Cómo demonios había llegado ahí?

Estaba quitándose las botas cuando los recuerdos de la noche anterior volvieron como un torrente y, sobresaltada, cayó en la arena. ¡Imposible! Volvió a mirar a todos lados, frenética. ¿Eran esos los restos de Ángel Negro? Tenía que ser una broma…

A lo mejor se había vuelto loca. A lo mejor todo eso eran alucinaciones suyas. Parpadeó, confusa, cuando observó una figura negra en la lejanía. El calor ondulaba su imagen, haciéndola ver borrosa. La figura siguió acercándose y ella distinguió una cabeza rubia.

—¡Mierda! —Jace, furioso, pateaba todo a su paso con salvaje satisfacción. Su camisa estaba desgarrada, dejando ver pedazos de piel dorada—. ¡Mierda!
—¿Tú?

Jace, sorprendido, alzó la cabeza.

—¿Clary? —dijo, parpadeando—. ¡Clary!

—¡Jace!

Jace corrió hacia ella y Clary hizo lo mismo. Él sonrió y abrió sus brazos, pero la chica, al alcanzarlo, le propinó una patada entre las piernas.

—¿Qué demonios te pasa? —gimió Jace, doblándose sobre sí mismo.

—¡Esto es tu culpa! —rugió Clary, furiosa.

—Bueno —dijo Jace, con voz ahogada—. Al menos estás bien. Lo suficiente para golpear a pobres chicos indefensos.

—¿Qué si yo estoy…? —Clary se acercó para darle otra patada, pero él la esquivó—. ¿Dónde está Simon? ¿Y todos los demás?

Jace ahogó una carcajada.

—¿Y cómo quieres que lo sepa? Desperté hace unas horas y comencé a caminar por la playa. Eres la primera persona con la que me encuentro.

—Estupendo —Clary pateó la arena—. Realmente estupendo.

—Lo mismo digo yo —dijo Jace viendo a todos lados con expresión pensativa.

—¿Y ahora? —dijo Clary, siguiendo su mirada—. ¿Qué haremos?

—Yo voy a buscar un coco —dijo Jace, caminando hacia una palmera.

Clary, furiosa, lo siguió.

—¿Qué? ¿Estamos perdidos en medio de la nada y tú vas por un coco?

—Tengo sed —Jace se encogió de hombros. —¿Tú no?

—¡No! —rugió Clary, pero luego dudó—. Bueno, la verdad es que sí…

—Ya lo suponía —Jace se detuvo frente a la palmera y miró hacia arriba, pensativo.

—¿Y ahora? ¿Vas a escalar por ella como un hombre de la selva?

—No —sonrió Jace y sacó su cuchillo —. Voy a ser más práctico —arrojó el cuchillo en el aire y al instante dos cocos cayeron al suelo.

Clary alzó las cejas.

—¿Cómo hiciste eso?

—Así que es cierto —dijo Jace mientras agarraba un coco y le hacía un hoyo—. Las pelirrojas son tontas. Y ciegas, además.

—Son las rubias, idiota —Clary le arrebató el coco y comenzó a beber.

Jace alzó una ceja, pero no dijo nada. Tomó el otro coco, le hizo un hoyo, y bebió.

—Bueno —dijo, limpiándose la boca con la manga destrozada de su camisa—. Estamos atrapados.

—¿Y lo dices tan tranquilamente? —dijo Clary, exasperada—. ¡Tenemos que buscar una forma de salir de aquí!

—O —dijo Jace, sentándose—, podríamos simplemente pasar el resto de nuestras vidas aquí, viendo la puesta de sol cada día, viviendo en una cabaña en la selva, alimentándonos de frutas y amor verdadero.

Clary rodó los ojos.

—De acuerdo, quédate ahí sentando. Yo voy a buscar a los demás.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar. Sus botas levantaban nubes de arena. Jace, con un gruñido, se levantó y se situó a su lado.

—Realmente, no sé qué piensas hacer —dijo él, mirándola—. Ah, no me digas, ¿intentarás hacer una balsa gigante?

—Tal vez. Podríamos usar tus ropas de velas.

—Como siempre —dijo Jace rodando los ojos—, todo el mundo quiere buscar excusas para quitarme la ropa.

—Cállate —le espetó Clary—, que todo esto es tu culpa. Si hubiera sabido que esa cosa era un explosivo nunca te lo hubiera arrojado.

—Y ahora todos estaríamos muy felices en el estómago de Aim —sonrió Jace y entonces, recordando algo, frunció el ceño—. Y, ahora que recuerdo, esto es tú culpa.

—¿Mi culpa? —Clary se detuvo y lo enfrentó.

—¡Te lo dije! —dijo Jace con siniestra diversión, como si hubiera esperado años para decir eso—. ¡Te lo dije!

—¿De qué hablas?

—Tu endemoniado pato —dijo Jace con los ojos entrecerrados—. ¿Recuerdas la cosa llena de tentáculos? Si, ésa. La cosa horrorosa. Bueno, pues era tu adorable e inofensivo patito que te trajiste de Tortuga. ¿Y me echas a mí la culpa?

—Bueno, tú hiciste que el barco explotara —apuntó Clary.

—Lo cual no hubiera pasado si tu mascota no se hubiera convertido en un pulpo gigante asesino y nos hubiera querido comer a todos —contraatacó Jace. La miró de arriba a abajo y sonrió con malicia—. ¿Sabías que estás de puntillas? Y aun así no me llegas ni a la barbilla.

—P…pues ¡Ag! —Clary pateó un montón de arena y se dio la vuelta—. ¡AG!

—Te lo dije —canturreó Jace—. Te lo dije.

—¡Cállate! —bramó Clary, caminando más rápido.

Jace, divertido, la siguió. La playa giraba en una curva por delante de ellos.

—¿Sabes al menos a dónde vas?

—Ni siquiera sé en qué estúpida parte del espacio estamos.

—En la Tierra, obviamente. Ignorante mundana.

—No me digas —Clary rodó los ojos.

Los dos llegaron a la curva. A Clary le pareció escuchar voces que gritaban furiosas. Estrechó los ojos, cautelosa, y entonces creyó ver figuras a lo lejos. Gritó, emocionada, pero Jace, con un rápido movimiento, la tomó por la cintura y la arrastró hacia el interior de la selva.

—¿Qué haces? —chilló, indignada.

—Cállate —siseó Jace—. Y sígueme.

Sin soltarla, la arrastró por entre los árboles. La humedad ahí era casi insoportable. Jace, por delante de ella, se movía como una gacela. Clary, al contrario, daba tropezones a cada poco mientras luchaba contra los mosquitos y las ramas.

Jace se detuvo.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Dime —dijo él, lentamente—. ¿Tienes intención de que nos atrapen? Estás despertando a media selva.

—¿Quién nos va atrapar?

—Shhh —Jace la empujó, sin mucha delicadeza, hacia un arbusto. Clary cayó de rodillas en medio de un montón de ramas. Unos segundos después, Jace entró.

Ambos se revolvieron por un momento en un caos de piernas, manos y cabello.

—¡Au! —se quejó el chico—. Me golpeaste la nariz.

—Eso fue por decirme ignorante allá atrás.

—¿Y la patada ninja qué?

—Bueno, tú me caíste encima.

—Deja de moverte como si tuvieras convulsiones —murmuró Jace, molesto—. Nos van a ver.

—¡¿Ver quién?!

—¡Shhh! —Jace hizo señas con su cabeza—. Mira.

Clary hizo lo que le decía. A través de las ramas y hojas alcanzó a ver a varias figuras. Tardó un momento en reconocerlas, y cuando lo hizo, casi soltaba otro grito.

—¡Son los chicos!

—No grites —siseó Jace.

Había por lo menos cincuenta personas por delante de ellos. Isabelle, Simon, Jordan y Maia estaban amordazados y sujetados cada uno por piratas que vestían ropas blancas. Isabelle estaba gritando enfurecida mientras veía como los piratas golpeaban a Alec, dejándolo inconsciente y comenzaban a amordazarlo. Magnus, que parecía estar cantando una extraña melodía, apenas puso resistencia. Parecía hecho polvo.

—¡Tenemos que ayudarlos! —Clary intentó salir de los arbustos, pero Jace la tomó con fuerza, y volvió a tirarla al suelo.

—¡No seas estúpida! ¡Nos capturarán!

—Pero…

—¡Mira!

Clary, furiosa, se giró de nuevo hacia la playa. Los piratas de blanco estaban haciéndose a un lado, dejando pasar a alguien. Por un momento, Clary creyó que era su hermano. Pero entonces pudo verlo bien y abrió la boca.

—Es Valentine.

—Vaya —musitó Jace—. Y yo que pensé que era una ballena asesina.

—Su cara… —dijo Clary en el mismo tono, sin hacerle caso—. ¿Qué le paso?

Jace negó con la cabeza.

Valentine llevaba puestas ropas tan blancas que parecían brillar con el sol. Su cabello era una aureola plateada sobre su cabeza, cubierto por un gran sombrero pirata color gris con una enorme pluma negra. Al ver a los chicos, su rostro apenas denotó interés.

—Llévense al brujo —dijo con voz helada. Clary vio como Magnus miraba a Alec, preocupado. Solo fue un instante, pero Valentine lo vio. Su rostro deforme se contorsionó en una mueca divertida y cruel—. Y también a los demás.

—¿Entonces no los matamos? —dijo un pirata, decepcionado.

—No, ¿o acaso no escuchas lo que te ordenan?

Clary sintió que le daba un vuelco el corazón. Jonathan, vestido todo de negro –el único en toda la tripulación inmaculada de su padre— apareció entonces. Sus densos ojos negros parecieron acallar al pirata, que bajó su cabeza, avergonzado.

—Jonathan —dijo Valentine—. Encárgate de los prisioneros. Lleva a todos al calabozo… excepto al brujo y al chico Lightwood.

Jace, a su lado, se tensó.

—Como digas, padre.

¿Era Clary o su hermano pareció repentinamente furioso? Valentine se dio la media vuelta y comenzó a caminar hacia su barco. El Estrella del Amanecer estaba anclado un poco más allá, su silueta siendo un destello plateado a lo lejos. Las velas blancas ondeaban en el aire y la bandera de los Morgenstern se agitaba en lo más alto: una estrella fugaz plateada sobre un fondo negro. Clary no recordaba que el Ángel Negro tuviera una bandera. A lo mejor si tuvo, pero nunca se fijó. Se preguntó que hubiera sido. ¿Una calavera? ¿Un pato cruzado por una espada?

El repentino grito la sacó de sus ensoñaciones. Simon e Isabelle habían logrado soltarse de sus captores y trataban inútilmente de luchar contra los piratas. Jonathan, casi con hastío, ordenó algo que Clary no alcanzó a escuchar. Un pirata golpeó entonces a los dos chicos en las cabezas, haciendo que cayeran al suelo, inconsciente.

Clary soltó un débil grito. Jace, a su lado, temblaba de furia. Clary se puso de pie entonces, jadeando, y trató de correr hacia ellos.

—¡Clary, no! —Jace la arrojó de nuevo al suelo y habló en su oído, tratando de tranquilizarla—. ¡No lo hagas!

—¡No podemos quedarnos aquí mientras se los llevan! —murmuró la chica, furiosa. Observó, impotente, como Jonathan y los demás piratas arrastraban a los chicos hacia una barcaza.

—Y supongo que tu genial plan es salir y enfrentarnos a cincuenta piratas, rescatar a todos, y luego huir hacia la selva, solo para que Valentine rodee la isla y no descanse hasta encontrarnos —dijo Jace, sarcástico—. Claro, todo eso sin que nos atrapen primero y nos dejen inconscientes.

—¡Pero no podemos dejarlos!

Jace soltó un suspiro de impaciencia.

—Clary, piensa, si salimos a luchar ahora sería uno contra cincuenta. Ni siquiera yo puedo hacer eso.

—Somos dos —dijo Clary, ofendida.

—Tú no cuentas —dijo Jace—. Como sea, no servirá de nada que nos capturen. Tenemos que estar libres para poder sacarlos de ahí, ¿entiendes?

—¿Y cómo vamos a llegar al barco sin que nos vean?

—¿Tienes tu estela? —dijo Jace a modo de respuesta.

Clary buscó en sus pantalones. Luego suspiró, derrotada.

—No.

—Genial. Entonces estamos jodidos.

Clary lo miró, enfurecida.

—¿Es todo lo que vas a decir?

—No. Voy a buscar otro coco —Jace comenzó a arrastrarse fuera de los arbustos. A lo lejos, la barcaza donde iban sus amigos ya había llegado al barco. —Tal vez me ayude a pensar un poco.

Clary estaba a punto de írsele encima cuando captó un movimiento por el rabillo del ojo. Jonathan, ya a bordo del barco, miraba directo hacia donde estaban ellos. Y Clary supo que él sabía que habían estado ahí todo el tiempo. Y supo entonces también por qué la había ido a ver la noche pasada. Él no había querido que ella estuviera durante el ataque de Aim. Porque él había sabido desde el principio que Mister Pato era un demonio. Recordó como lo había sorprendido hablando con el pato.

Una oleada de furia la recorrió. ¿Qué era lo que quería? ¿Por qué no los había delatado?

—¿Clary? ¿Estás bien?

Clary, ceñuda, salió de los arbustos. El Estrella del Amanecer ya elevaba anclas, preparándose para zarpar. Jace también lo miraba con expresión dura.

—Tengo una idea —dijo mientras sacaba un cuchillo y le hacia otro hoyo a un coco—. Podemos construir una barcaza y esperar al anochecer para seguir…

El coco de Jace cayó al suelo cuando Clary, rabiosa, lo empujó. El chico la miró, medio divertido medio molesto.

—¡Mi coco!

—Al diablo tu coco —Clary se le fue encima de nuevo y Jace, riendo, se hizo a un lado—. ¡Todo esto es tú culpa!

Jace se atragantó con algo parecido a una risa.

—¿A caso fui yo quien decidió llevar ese lindo pato al barco?

Clary chilló, tomó el coco del piso, y se lo arrojó a la cabeza. Jace lo esquivó con un rápido movimiento.

—¿Estás bien? —dijo Jace con voz burlona—. Pareces a punto de explotar.

—¡Cállate! ¿¡Por qué siempre tienes que arruinar todo?!

Clary se le fue encima. Ambos chocaron con fuerza contra un enorme árbol. Clary levantó su puño, pero Jace, más rápido, la tomó por las muñecas con fuerza.

—Me estás lastimando —le espetó Clary.

—Estoy actuando en defensa propia —se excusó Jace con una sonrisa, pero la soltó.

—Si algo le pasa a Simon… o a Isabelle… —los ojos de Clary se llenaron de lágrimas—. ¡Es mi culpa! —golpeó con los puños a Jace en el pecho, aunque a él apenas parecía importarle—. ¡Mi culpa!

El suspiró y dijo algo que sonó como 'mea culpa, mea máxima culpa'.

—Clary—dijo en voz baja—. Clary, no es tu culpa.

Ella solo lo golpeó más fuerte. Tal vez, si hubiera ido con su hermano, tal vez Valentine no los hubiera atacado. Tal vez, tal vez…

—¡Si lo es! ¡Yo hundí tu estúpido barco!

Jace la agarró por las muñecas. Clary, enardecida, trató de soltarse y golpearlo más fuerte, pero él se limitó a asirla con más fuerza.

―Suéltame.

―¿Y dejarás de intentar golpearme?

―Suéltame ―los ojos le picaban y sentía una mezcla de furia y culpa. Casi hubiera preferido que él peleara con ella, que le gritara, que se enojara. Pero Jace permanecía tan tranquilo y fresco como el mar a sus espaldas. La miraba fijamente.

Eso, inexplicablemente, la enfureció aún más.

Jace la atrajo hacia él ―fue un movimiento brusco y rápido, pero extrañamente dulce― y Clary, sorprendida y molesta, chocó contra él. Las ganas de apartarlo de un empujón se desvanecieron como un suspiro en el viento cuando sus brazos la rodearon, cálidos y fuertes. Reparó en lo cerca que estaban el uno del otro, ella recargada contra él, su menudo cuerpo presionando el suyo contra el árbol. Solo sus manos, sus pequeñas manos sobre el pecho de él, se interponían entre los dos. Clary podía sentir su corazón y el de Jace, ambos latiendo con fuerza, como si trataran de salir de sus cuerpos y fundirse en uno solo. Él tenía la camisa destrozada y a través de ella Clary podía sentir su piel ardiente cubierta de marcas negras que se enroscaban como palabras en un diario de páginas doradas. Su pecho subía y bajaba, al ritmo de su irregular respiración.

Jace bajó los ojos hacia ella, lentamente, como si le costara o le doliera hacerlo. Clary se sintió mareada de pronto, como si estuviera a punto de caer a un abismo y solo los brazos de Jace la sostuvieran. Se perdió en él, observando su rostro, observando cada detalle intentando descubrir que era lo que hacía que Jace pareciera brillar, que pareciera un ángel. Observó su mandíbula, fieramente apretada, como si se contuviera de hace algo; el cabello que caía en ondas de oro por su frente; las sombras que formaban sus largas pestañas rubias; el brillo dorado de sus ojos entornados. Ojos que la miraban fijamente, como si ella fuera algo terriblemente deseado, y al mismo tiempo, terriblemente peligroso.

Él alzó su mano y acarició su mejilla, suave como el tacto de una pluma, bajando hasta trazar la línea de sus labios. Clary se estremeció, cada nervio chispeando, como si amenazara con encenderse en llamas

―Clary ―su aliento cayó en su rostro como una brisa fría en medio del desierto. Él se inclinó hacia ella y rozó sus labios contra su cabello. Sus labios descendieron por su mejilla, trazando la línea de su pómulo. Cuando sus labios se tocaron, el mundo pareció derrumbarse a su alrededor, dejándolos solos a ellos dos, y ella se aferró a él para no caer. La besó con delicadeza, sus respiraciones entrecortadas chocando en una melodía de fuego y deseo. Clary le puso los brazos en el cuello y él hundió su mano en su cabello. El aire a su alrededor quemaba, pero Clary podía haber estado en el Infierno, y no le importaría mientras estuviera con Jace. Lo besó con más fuerza, casi con rudeza y Jace gruñó desde el fondo de su garganta. Clary exploró con sus manos su pecho desnudo mientas la mano de él, áspera y firme, la sostenía por la cintura, atrayéndola aún más contra sí...

Y ambos cayeron sobre la hierba, sin dejar de besarse, cada vez más fuerte, como si fueran dos almas prisioneras sin pasado ni futuro, solo teniendo aquel momento. Jace aferró su rostro entre sus manos y ella sintió que le faltaba el aire. Y de repente él la soltó, tenso como la cuerda de un arco, y trató de ponerse de pie al tiempo que Clary escuchaba el sonido de una cuerda al romperse.

―¡Jace!

Hubo otro estruendo y entonces Clary chocó contra Jace en un caos de piernas, brazos y gritos mientras eran elevados en el aire. Clary, aturdida, observó como el suelo se mecía a sus pies... no, eran ellos quiénes se mecían. Estaban aprisionados en una red a casi quince metros del suelo.

Por un momento, todo lo que se escuchó fueron las respiraciones agitadas de ambos en medio de los sonidos de la selva.

―Bueno ―dijo por fin Clary con voz temblorosa―. Creo que ahora si estamos realmente atrapados.

Jace gruñó.

―Y jodidos.


Max se agachó y se ocultó tras el mástil. El día era radiante, la clase de días que a él le encantaría si estuviera a bordo del Ángel Negro. Pero no lo estaba, y ahora mismo deseaba que hiciera una enorme tormenta o que el día se oscureciera y se llenara de niebla, lo que sea que pudiera hacerlo pasar desapercibido.

Los piratas comían despreocupadamente en la cubierta, comentando sobre el buen tiempo y cosas aburridas de mayores. Corría un viento fuerte, decían, llegarían pronto a su destino. Pero ¿cuál era su destino? Max no lo sabía. No veía a Valentine ni Jonathan por ningún lado, y hasta ahora, esas eran las únicas personas que a Max le daban miedo.

"Yo no tengo miedo" se reprendió a sí mismo. "Jace no tendría miedo."

Los piratas le dieron la espalda y Max salió corriendo de su escondite hacia las escaleras. Bajó a toda velocidad, encontrándose de pronto en el segundo nivel del barco, donde estaban los cañones y demás armamento. Había hamacas por todos lados y más piratas, pero apenas lo notaron. Max se abrió paso a través de ellos y bajó por otras escaleras.

Él último nivel era el de los calabozos. Y estaba vigilado.

Max avanzó lentamente por las escaleras. Oía las voces de los guardias al fondo. Y otras voces más: la de su hermana Isabelle, gritando furiosa.

Max comenzó a pensar. ¿Cómo podía distraerlos? Bueno, tal vez no podía luchar contra ellos, pero era listo.

Volvió a subir al segundo nivel y tomó un palo de madera del suelo. Luego volvió a bajar y comenzó a golpear las escaleras con él.

―¿Quién anda ahí? ―dijo un guardia―. Eh, Larry, alguien anda ahí.

―¿Y crees que estoy sordo o qué?

―¡Van a morir, estúpidos idiotas! ―bramaba Isabelle, seguido de varios sonidos de golpes.

―¡Sáquenos de aquí! ―dijo la voz de otra chica que Max identificó como la de Maia, la mujer lobo.

Max volvió a golpear, esta vez con más fuerza. En su interior le rogaba al ángel que nadie lo escuchara arriba.

―Ve tú a ver.

―¡No! ¡Ve tú! ¿Por qué siempre tengo que hacer yo las cosas desagradables? Hace dos días, cuando se te cayó el puré de…

―¡Sáquenos de aquí!

―Ya cállate, iré yo. Inútil.

Max se ocultó a toda velocidad en lo alto de las escaleras cuando escuchó los pasos acercándose. Contuvo la respiración y aferró el palo con fuerza. El guardia siguió subiendo, sus pasos resonando contra la madera, y se detuvo justo a su lado. Casi sin pensarlo, se giró y lo golpeó en la cabeza.

El guardia ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Cayó al suelo, roncando y con una gran mancha morada en la frente.

Max, jadeando, casi soltó el palo cuando escuchó al otro guardia subir las escaleras a toda velocidad. Se ocultó y esperó.

―¿Jacob? ¡Ja...! ―Max lo silenció con un golpe. Soltó el palo, con el corazón latiéndole con fuerza, y bajó las escaleras corriendo.

Ahí abajo la humedad era casi asfixiante. La reducida estancia estaba en penumbras y Max tuvo que forzar la vista para ver a los chicos.

―¿Max? ―Simon, el vampiro, lo miraba sorprendido desde la celda en la esquina. Reconoció a varias figuras más con él; Maia, el chico lobo Jordan y...

―¡Izzy!

―¡Max! ―gritó Isabelle en cuanto lo miró a través de las rejas; sus ojos casi parecieron encenderse―. ¡Max, eres tú! ¡Ven aquí, pequeño héroe!

―Oh, gracias a dios―suspiró Maia a su lado.

―No tengo mucho tiempo ―dijo Max, muy serio a pesar de que los nervios bullían en su sangre como agua hirviendo―. Deje inconscientes a los guardias pero no sé cuánto tiempo durarán así.

―¿Que tú qué? ―dijo Jordan.

Simon soltó un silbido.

―Esas y algunas otras consecuencias de pasar mucho tiempo con Jace.

―Toma las llaves ―lo urgió Isabelle―. ¡Apresúrate, Max!

―¡Ya voy! ―Max tomó las llaves de la destartalada mesa de madera y corrió hacia ellos.

―No, espera ―Simon alzó las manos―. No podemos salir.

―¿Por qué no? ―dijo Isabelle, exasperada―. ¿Quieres quedarte en prisión?

―No, pero…

―¿Pero qué? ―casi gritó Maia.

―Eh, tranquilas ―dijo Jordan―. Simon tiene razón.

―Bueno, podían explicarnos cuál es su razón ―dijo Maia―. Porque yo no le veo ningún sentido.

―Supongamos que salgamos ahora ―dijo Simon―. ¿Qué haremos después?

Isabelle abrió la boca y la volvió a cerrar, como si no se le hubiera ocurrido aquello.

―Exacto ―continuó Simon―. Tenemos que hacer un plan.

―Mientras tanto, no podemos salir de aquí ―apuntó Jordan―. O nos capturarán igual de rápido.

―De acuerdo ―dijo Maia―. Tienen razón.

―Nunca creí que los hombres servirían para algo ―se burló Isabelle.

―¡Hey! ―se quejó Max.

―Tú no, Max. Aún eres un niño.

―¡Hey!

―De acuerdo. Eres un casi hombre.

Max rodó los ojos.

―¿Entonces? ¿Los saco o no? ―comenzaba a ponerse realmente nervioso.

―Haremos un plan ―dijo Isabelle, mirándolo fijamente―. Max, ¿sabes dónde tienen a Magnus y Alec?

Max asintió.

―Vi a los piratas llevarlos al camarote principal de Valentine. Llevan encerrados ahí desde hace horas.

Los chicos intercambiaron miradas preocupadas.

―Muy bien―dijo Simon―. Tenemos que pensar en algo.

―Y rápido ―añadió Jordan.

―Tengo una idea―dijo Isabelle de pronto.

―Oh, no. ―murmuró Simon. ―Ya me imagino que clase de idea.

―Cállate. Ahora, Max ―Isabelle miró a su hermano pequeño a través de los barrotes oxidados―, necesito que nos saques de aquí al anochecer, ¿crees que puedas hacerlo?

Max asintió efusivamente.

―¿Y cuál es el plan?

―Bueno ―dijo Isabelle, sonriendo maliciosa―. Ellos destrozaron nuestro barco ¿no? Les vamos a devolver el detalle.

Simon hundió la cara en las manos.


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