Aqui el decimo capítulo espero y les guste y que no les de mucho calor jejeje.
Capítulo 10
Cuando Edward entro en el recinto de la piscina casi una hora después, encontró a Isabel flotando en el agua en una colchoneta. Tenía los ojos cerrados como si estuviera dormida, y las manos apoyadas en el agua.
Llevaba un traje de baño rojo, que era más insinuante que si se hubiera puesto un pequeño biquini.
Edward sintió que se excitaba con sólo mirarla.
Era hermosa, exquisitamente hermosa, y los cuatro meses de celibato no habían hecho más que acrecentar el deseo por ella.
Edward se quitó la ropa y la tiró al suelo antes de meterse en el agua. Luego nadó hasta donde estaba Isabel, en el extremo profundo de la piscina.
Isabel estaba medio dormida, soñando con Edward... A su sueño acudían imágenes que eran recuerdos de cuando le había hecho el amor, de sus caricias en su cuerpo y en sus pechos…
¡Pero de pronto se dio cuenta de qué no estaba soñando!
Abrió los ojos, alarmada, y se dio cuenta de que la mano que la estaba acariciando era real. Y cuando se giró bruscamente vio a Edward en el agua, a su lado. Su repentino movimiento paro la mano de él.
El brillo en sus ojos era inconfundible, la deseaba.
Era lo mismo que sentía ella.
Deseo.
Caliente deseo.
Ardiente deseo.
Edward vio el deseo en los ojos de Isabel y lo reconoció.
Era una mirada que parecía acariciarlo mientras ella miraba su pecho viril. Hasta que su mano se extendió y lo tocó.
Edward cerró los ojos cuando la sintió. Y luego los volvió a abrir. Ella tomó aire cuando sus dedos se deslizaron y tocaron el vientre de Edward y descubrieron su desnudez.
-¿Edward…? –dijo ella con voz sensual, sobresaltada.
-Ahora no, Isabel –dijo él mientras la levantaba y la estrechaba en sus brazos-. ¡Éste no es el momento de hablar! –dijo él mientras la llevaba hacia la parte baja de la piscina.
Él tenía razón. Aquel momento era demasiado frágil, demasiado inmediato como para que ninguno de los dos pudiera parar.
Edward la puso de pie en el agua y la miró a los ojos mientras le quitaba el traje de baño. Luego la sentó en el borde de la piscina. Él se puso de pie en el agua entre las piernas de ella, y luego la besó con ardor y pasión.
Isabel lo besó con el mismo ardor y la misma pasión, poniendo sus manos en los hombros de él, mientras se seguían besando ardientemente.
La erección de Edward estaba presionando contra el calor húmedo de ella. La sensación era de dureza y seda al mismo tiempo mientras se movía rítmicamente contra ella, pero sin entrar.
Las piernas de Isabel se abrieron más, invitándolo.
Edward le besó el cuello, y sus manos se deslizaron hasta atrapar sus pechos desnudos, mientras Isabel se apretaba contra él. ¡Quería más! ¡Mucho más!
Edward alteró levemente su posición, y bajo la cabeza para apresar uno de sus pezones con la boca. Lo lamio y se detuvo para mirarla.
-¿No vas a decirme que pare Isabel? –murmuró él-. ¿No vas a decirme que no lo haga?
Ella no podía hacerlo, pensó. Estaba totalmente excitada, y su única respuesta fue un gemido mientras volvía a ofrecer el pecho.
Los ojos de Edward brillaban fijos en ella, forzándola a mirar mientras el bajaba nuevamente la cabeza, de forma que pudiera verlo, no sólo que pudiera sentirlo con la punta de su lengua. La deslizó lentamente sobre la punta endurecida de su pezón, y luego se lo metió en la boca una vez más.
Isabel estaba hipnotizada, mirando como él le daba placer. Primero lamiéndola, luego succionando hasta qué ella gimió de placer y él volvió a succionar enérgicamente.
Ella cerró los ojos y se arqueó contra él. Sentía un calor intenso y húmedo entre sus muslos, un deseo incontenible de que él la poseyera. Deseaba la satisfacción que sólo Edward podía darle.
Entonces Edward se echo atrás levemente para deslizar una mano entre sus muslos. Deslizo sus dedos hacia su sexo húmedo separando sus pliegues y presionó levemente con el pulgar el mismo centro de su feminidad. Ese pequeño pero placentero botón… estimulándolo para después introducir dos de sus dedos dentro de ella.
Su calor lo recibió, apretándolo, y él empezó a moverse dentro de ella. Su pezón estaba duro en su boca, más erecto que nunca, mientras ella iba perdiendo el control en una ascendente espiral hacia la cima del placer. Su recompensa eran sus gemidos de placer.
Él levanto la cabeza y quito la mano.
-¿Edward…? –gimió Isabel, en protesta.
Sintió el aire fresco en sus pechos en contraste con el fuego que le quemaba entre las piernas.
Él no podía dejarla así en aquel momento. No podía…
Y no lo hizo.
Edward se arrodilló en la tibieza del agua para besarle el camino hacia su ombligo, y se lo lamio mientras sujetaba sus caderas.
Isabel arqueó la espalda, y apoyo las manos en el suelo de cerámica.
Deseaba tenerlo dentro. Quería que la hiciera suya, que la llevara hasta la cima, que liberase aquella tensión sexual que había ido creciendo en su interior. ¡Se volvería loca si él no entraba en ella pronto!
Estaba desesperada por aquellas duras caricias que los llevarías hasta el éxtasis.
Edward se movió más abajo y sus manos se deslizaron para apartar sus piernas. Isabel gimió sensualmente al sentir su lengua contra ella, húmeda y dura, luego blanda, envolviéndola, llevándola casi hasta la cima.
Empezó a sentirlo dentro de ella, muy dentro, como un movimiento lento, dulce. Mordisqueaba, chupaba, lambia… ella abrió más las piernas y gimió mientras empezaba a convulsionarse contra él. Él seguía acariciándola con la lengua, prolongando y haciendo más profundo el orgasmo, mientras unas lágrimas corrían por las mejillas de ella, que sollozaba de placer.
Isabel sintió que se derrumbaba. Pero uno brazos la sujetaron.
Edward la levantó y la llevó en sus brazos, mientras besaba las lagrimas de sus mejillas antes de dejarla tumbada encima de algo suave y fresco. Enseguida la cubrió con su cuerpo, y aparto sus piernas con la rodilla.
Ella abrió los ojos y vio el salvaje deseo en la cara de Edward. Tenía el pelo despeinado y los ojos turbulentos.
Ella sabía que quería darle lo que él le había dado a ella.
Se retorció debajo de él, empujándolo hacia el enorme cojín de una tumbona que él había llevado hasta allí, moviéndose de manera que ella quedó a horcajadas de él.
-Ahora, Edward –dijo ella sensualmente, mientras se movía contra él, observando su rostro rojo por la excitación.
-¿Quieres que te haga mío? –bromeó ella-. Dime. ¿Quieres estar dentro de mí?
-¡Sabes que sí! –gimió él-. ¡Quiero estar dentro de ti!
-Pronto estarás –le prometió ella mientras se deslizaba hacia abajo.
Se arrodilló entre las piernas de Edward y deslizo su lengua por el pene hinchado de él.
-Muy pronto –le aseguró.
Él gimió de placer cuando el calor de la boca de ella se cerró alrededor de él, chupando, lamiendo mientras sus dedos lo acariciaban como una pluma.
-¡Para, Isabel! –gritó él, minutos más tarde. Extendió las manos y le agarró los hombros-. Para ahora antes de que…
Ella se movió y volvió a ponerse a horcajadas de él.
Edward la miró con ojos implorantes.
-¡Por el amor de Dios, Isabel! –murmuró él
Ella se movió hacia abajo lentamente, sosteniéndole la mirada mientras el entraba en ella. Su cuerpo lo recibió, deseoso de sentirlo, y lo envolvió con sus cálidas, estrechas y húmedas paredes.
-¡Maldita sea! ¡Éstas disfrutando con esto!
-¿Tú no? – lo animó ella, mientras movía sus caderas levemente contra él, sintiéndolo dentro.
-Oh, sí… -admitió él, moviéndose al ritmo del cuerpo de Isabel contra el suyo-. Dame tu pecho Isabel…
Ella se inclinó hacia adelante, agarró su cabeza con ambas manos, y bajó sus pechos hasta poner su pezón en la boca de él, gimiendo al sentirlo dentro. Él se interno en ella al mismo tiempo. El ritmo de sus empujes aumentó, hasta que el placer se hizo insoportable y lo envolvió por completo. Se derritieron de placer dando y recibiendo, hasta que el orgasmo los alcanzo.
Ella se derrumbo débilmente encime del pecho de él. Él la envolvió con sus brazos, mientras su corazón latía fuertemente. Tenían la respiración agitada, y los cuerpos unidos aún.
Siempre había sido fantástico hacer el amor juntos, pero aquello… Aquello había sido…
-¡Ha sido increíble! –murmuró Edward.
¡Ésa era l palabra que ella había estado buscando!
Increíble mucho más que nunca.
¿Podría significar eso que Edward pudiera sentir algo por ella?
-¿Isabel? –preguntó él.
Su respiración casi regular le hizo notar que ella se había recuperado más rápido que él. Y su gesto daba entender que su mente ya estaba pensando.
-¡Isabel, deja de analizar! ¡Acepta esto tal cual es! –exclamó Edward-. ¡No le pongas etiquetas!
Él mismo no sabía muy bien que era. Sólo que lo que acababa de compartir con Isabel había sido diferente a todo lo anterior, con ella o con cualquier otra persona.
El placer había sido tan intenso… Tan íntimo, tan completo…
¿Qué acababa de suceder?
Siempre había deseado a Isabel desesperadamente, pero aquello era distinto…
¡Isabel había llorado de placer!
¿Qué significaba eso?
No significaba nada, se dijo, mientras se apartaba de ella y se ponía de pie para vestirse.
Aquello era lo que había buscado cuando había llevado a Isabel a la cama: sexo. Sólo sexo.
No había sido nada más.
Isabel había estado con otro hombre durante cinco meses, se recordó. Imaginarla en brazos de Black como acababa de estar con él, lo mato.
Sintió rabia.
La satisfacción que había pensado obtener acostándose con Isabel a espaldas de Jacob Black, se evaporó.
-¿Edward?
-Vístete, Isabel. Se ha terminado el tiempo de juego. Me gustaría volver a la casa y comer algo.
Isabel lo miró. ¿Quería comer? ¿Después de lo que acababa de suceder?
Pero ¿qué acababa de suceder?
Al parecer, no había sido lo mismo para él que para ella.
-Ya vez, Isabel, no fue en mi cama siquiera –dijo Edward, interrumpiendo sus pensamientos-. Y como sabemos ambos, ¡no puede decirse que tú no quisieras hacerlo! –se burló.
Ella sintió el calor de las sus lágrimas de humillación antes de sentir la rabia.
Sus ojos le quemaban.
Sin importarle su desnudez, se puso de pie.
Ahora lo que quería era hacerle daño a él.
-Yo no fui la que rogué… ¡Déjame marchar, Edward! –exclamó mientras él tiraba de ella contra él.
Él la miró con frialdad y luego la soltó violentamente.
-Ponte algo de ropa y volvamos a la casa –le dijo-. El fin de semana no se ha terminado.
¡Pero para ella, sí!, pensó Isabel.
Nada de lo que dijera o hiciera Edward la haría cambiar de opinión.
Se vestiría, recogería su bolso y se marcharía.
Isabel se vistió y se arregló todo lo que pudo antes de volver a la casa.
Se sintió aliviada cuando vio que Edward no estaba en la cocina como había esperado.
Pero cuando se dispuso a subir a su habitación a buscar su bolso, pasó por la puerta del salón y desde allí Edward le preguntó:
-¿Quieres una copa? –tenía un coñac en la mano.
Isabel entró en el salón. Era una bonita habitación. El sol de la tarde entraba por el enorme ventanal.
-¿Voy a necesitar una copa? –lo desafío Isabel.
-Probablemente –respondió él, acercándose al bar para servir otra copa de coñac.
Luego la puso encima de la mesa baja, frente al sofá.
O Edward no quería tocarla, o era un movimiento de su parte para obligarla a sentarse en el sofá.
Apostaba a que se trataba de esto último.
Isabel se movió para recoger la copa y luego camino hacia la ventana. Se puso de espaldas a ella.
No había vuelto corriendo a la casa y había tenido de pensar como e iría. Y como tratar con Edward si se lo encontraba.
-Ya te he contado que estos… experimentos… nunca funcionan –le dijo Isabel-. Las estadísticas lo confirman…
Edward la miró, achicando los ojos. Sintió ganas de hacerle daño y de besarla al mismo tiempo.
Hacerle daño porque no soportaba la idea de que hiciera el amor con otro hombre. Y de besarla porque no había sido suficiente.
Pero no hizo ninguna de las dos cosas.
-Evidentemente, no –admitió él.
A ella no le gustó que dijera eso. Bien, a él tampoco le había gustado, pensó Edward.
Él había pensado en aquellos meses que la venganza que había tramado seria dulce. La idea de lo que iba a ocurrir había sido el motor de todas sus acciones.
Pero el único resultado de aquello había sido darse cuenta de la seguía deseando. ¡Maldita fuera!
-¿Estás mejor? –preguntó él cuando Isabel tomó otro sorbo de coñac.
Isabel no respondió como él había predicho. Sus ojos brillaban con rabia y non lágrimas.
-El coñac es excelente –respondió.
Edward la admiraba. Sabía que después de lo que sucedió, Isabel debía sentirse muy insegura, pero ella no lo demostraba en absoluto.
-¿No tienes curiosidad por saber por qué tu novio ha tenido que retrasar su visita a Inglaterra un par de días? –preguntó él.
Isabel se puso tensa. Pero no quiso demostrarle lo disgustada que estaba, después de la humillación por la que la había hecho pasar.
-Si con novio te refieres a Jacob…
-¿Cuántos novios tienes, Isabel? –se burló Edward.
Ella se puso colorada.
-¡Mi matrimonio contigo no me ha dejado muchas ganas de volver a salir con hombres! –lo acusó.
Ella estaba segura de que no se podría decir lo mismo de Edward. Era posible que no creyera en el amor, pero era un hombre muy sensual, y había tenido relaciones con muchas mujeres antes de salir con ella.
-Dudo mucho que ése sea el motivo de que lo hagas, Isabel. ¡Estoy seguro de que Jacob Black tiene tantas ganas de compartirte como yo!
-¿Cuántas veces tengo que decirte que no tengo una aventura con Jacob Black, ni la he tenido nunca? –sus ojos brillaron con rabia.
-Tú eres la que tienes necesidad de decírmelo, Isabel, no yo.
-Y de todos modos, ¿Qué sabes del retraso de Jacob en venir a Inglaterra? –preguntó Isabel, segura de que Edward sabía algo.
Él sonrió relajadamente.
-Resulta que sé un montón.
-¿Y vas a decírmelo?
-Iba a dejar que te lo dijera Black, pero si quieres, ¿Por qué no voy a decírtelo? Hace un par de años Cosméticos Black tuvo dificultades económicas, y Black decidió vender el cuarenta y nueve por ciento de sus acciones en el mercado, y se quedo con el treinta y uno por ciento para sí mismo, y el diez por ciento se lo quedaron sus hermanos, un hermano y una hermana menor.
Isabel los conocía, Seth trabajaba para la empresa, y ella le había caído muy bien. Leah Black no tenía interés en sus hermanos ni en la empresa. Lo único que le interesaba eran las ganancias que sacaba con su parte.
-¿Y? –preguntó Isabel.
-¡Se me ocurre que Black debe de estar tratando de averiguar cómo perdió el control del cincuenta por ciento de las acciones de su empresa!
Observó con satisfacción como Isabel se ponía pálida.
-Tú… ¡Dime que no eres el responsable de eso, Edward! –exclamó ella, sin poder creerlo.
Él sonrió sin humor.
-¿Qué razón tendría para mentirte acerca de algo así, Isabel?
Ella lo miró un momento sin poder creerlo. Luego se sentó en el sofá bruscamente. Le temblaban las manos con la copa de coñac.
-Te he dicho que necesitarías un coñac –dijo Edward.
Isabel estaba en estado de shock. No podía hablar ni moverse. Era increíble pensar que en los últimos meses Edward hubiera estado planeando y manipulando todo aquello.
¡Así que aquel era el plan que tenía que ultimar el miércoles!
Pero, ¿Por qué había hecho aquello? No la amaba.
Nunca la había amado. Entonces, ¿Por qué le molestaba tanto que lo hubiera dejado?
Por orgullo.
Ella había dañado el orgullo de Masen, y Edward se había vengado.
-No puedo creer que hayas hecho esto, Edward –dijo ella.
-¿Todavía tienes dudas de que ahora poseo el cincuenta y uno por ciento de Cosméticos Black? Jacob Black acaba de enterrarse que la empresa ha cambiado de dirección, cuando Leah le ha dicho que vendió su diez por ciento. A mí –concluyó Edward con satisfacción.
Isabel agitó la cabeza.
-Es algo tan despreciable, que no creía que hubiera alguien capaz de hacer algo así, ni tú…
-¿Ni yo? Ten cuidado, Isabel. Por si no te has dado cuenta todavía, mis acciones en Black significan que tu contrato con la empresa ahora me pertenece… -señalo él.
Isabel miró a Edward sin poder creerlo. Todavía no podía creer que Edward hubiera comprado deliberadamente la mayor parte de las acciones de Cosméticos Black. ¡Con la ayuda de Leah! ¡La hermana de Jacob!
Leah nunca había tenido interés más que en las ganancias, y había ayudado a Edward a conseguir la empresa. Estaba segura de que Edward le habría hecho una oferta muy tentadora.
-Jamás trabajare para ti, Edward.
-Entonces tendré que demandarte por incumplimiento de contrato.
-Yo he firmado el contrato con Jacob.
-¡Tu contrato es con Cosméticos Black! –la corrigió-. De la cual ahora soy el mayor accionista.
Le había llevado cuatro meses averiguar quiénes eran los accionistas de Cosméticos Black, y luego convencerlos de que les vendieran las acciones a él. El miércoles le habían confirmado la venta del último diez por ciento, de la hermana de Jacob Black, Leah. Lo que quería decir que ahora Edward tenia control de la empresa anteriormente dirigida por el hombre que había seducido y llevado a la cama a su mujer. Y al mismo tiempo había tomado el control de los ocho meses que le faltaban a Isabel para terminar el contrato con la empresa.
¡Una buena venganza!, pensó él.
Isabel estaba pálida.
-Entonces, me temo que tendrás que demandarme –dijo ella-. ¡Porque jamás trabajare para ti! De hecho… después de lo de hoy… Después de lo que has hecho, ¡no quiero volver a verte!
-¿De verdad?
-¡Sí! ¡De verdad!
-Eso es un poco difícil, Isabel, ahora que voy a ocuparme de todos los asuntos de Cosméticos Black –afirmó Edward.
¿Cómo había podido hacer eso Edward?
Ella había conocido a Edward en diferentes facetas: como al hombre que amaba, como el hombre con quien se había casado, el hombre con quien no podía seguir estando porque era incapaz de corresponderle su amor, y luego como el hombre enfadado que la había desafiado a que lo abandonase.
Pero el Edward que era en aquel momento estaba consumido por el deseo de venganza. Quería vengarse de Jacob Black, de ella, hasta el punto de que se había vengado tratando de arruinarlos a ambos.
Ella no dudaba de qué había arruinado a Jacob.
Y la arruinaría a ella si se negaba a seguir trabajando para Cosméticos Black y la demandaba por incumplimiento de contrato. Y después de aquel día, ¡estaba segura de que sería capaz de hacerlo!
Ella agitó la cabeza, sin poder creerlo.
-Puedo llegar a comprender tu necesidad de vengarte de mí, pero ¿Por qué has sentido la necesidad de arrastrar a Jacob a esta venganza? No lo comprendo.
-Entonces no me conoces, Isabel.
-Empiezo a pensar que no te conozco… -murmuró ella-. Pero hay una cosa que sí sé. Jamás te perdonare esto, Edward. Jamás –le aseguró Isabel, y se alejó.
-¿A dónde vas?
-Lejos de aquí. Lejos de ti.
-¿Y crees que te será tan fácil, Isabel? –la desafió.
Dejarlo la primera vez había sido horroroso, ¡pero abandonar aquel extraño no le resultaba nada difícil!
Pero eso no era lo que Edward había planeado, por supuesto. Si no podía romper el contrato, al menos tendría que seguir trabajando para su empresa ocho meses más.
Isabel lo miró con pena, y preguntó:
-¿Sabes que es lo más triste de esto, Edward? –ella frunció el ceño-. No, por supuesto que no lo sabes –se contestó ella-. Tu comportamiento… lo que has hecho… -ella agitó la cabeza con tristeza-. ¡Oh! No puedo negar que los próximos meses serán difíciles…
-estoy seguro de que no puedes negarlo…
-Pero tú no eres capaz de darte cuenta de lo que has hecho realmente, Edward –suspiró Isabel-. Aunque no lo creas, hasta ahora sólo he tenido una relación profesional con Jacob Black. Pero ahora, después de lo que le has hecho, has conseguido unirnos. Contra ti, por lo menos.
-Eso no es nada nuevo –dijo él, sin darle importancia.
-Siento pena por ti, Edward –susurró ella-. Realmente.
-No gastes tu pena –le advirtió él.
-No, lo haré –ella lo miró con pena.
Edward se quedo de pie mientras oía como ella subía las escaleras. Después de unos minutos volvió a bajar.
Y entonces oyó el golpe de la puerta de entrada cuando ella se marchó.
¡Isabel lo había abandonado por segunda vez!
Él no sintió la satisfacción que había esperado sentir. Ni por haberle hecho el amor del modo que se lo había hecho, ni por decirle que ahora tenía el control de la empresa de Black.
Sólo era capaz de recordar el disgusto en la cara de Isabel.
Su cara de odio.
Isabel realmente lo odiaba, pensó. Y se sirvió otro coñac.
Bueno, había sido lo que él había querido, ¿no?
Entonces, ¿Por qué le pesaba tanto esa venganza servida en plato frío?
¿Por qué le hacía sentir ese malestar en el estómago en lugar de la satisfacción que había esperado sentir?
Capítulo fuerte
Pero que Edward tan "cabron" como se dice en mi tierra
Y tambien que Edward tan cabezota…
Espero y les haya gustado.
Y ya saben comenten plz, espero sus reviews.
Gracias BELLEZAROB.
