DGray man NO ME PERTENECEN sino a su creadora Hoshino Katsura.


Capítulo 9:

La fiebre del sueño

Una brisa fresca nos acompañó mientras avanzábamos lentamente; debo aceptar que nuestra cautela se hacía más grande a cada paso que dábamos y es que el incomprensible silencio era casi tan alarmante como una legión de gritos de dolor. De pronto, el viento trajo algo a mis oídos, algo más imperceptible y, ciertamente, no muy tranquilizador.

—¿Escuchan eso? —cuestioné, asomándome por el callejón que se encontraba al lado de lo que parecía una vieja catedral.

No necesité respuesta para saber que era la única que lo percibía: sus caras de confusión y recelo fueron suficiente contestación.

—¿De qué hablas, Allen? —trató de acercarse Lenalee.

Pero la ignoré y caminé un poco más hacia el callejón, creo que escuché algún gruñido molesto por parte de Kanda, al que, claro, decidí que era mejor no responder.

Entonces, las sombras se volvieron más tenues: una figura comenzó a volverse más y más nítida en aquel lugar. Mis pasos parecían dibujarla con mayor claridad; un paso y pude distinguir que se trataba de un humano, otro y supe que se traba de una jovencita, otro más y pude ver las lágrimas que resbalaban por su rostro.

Sin pensarlo corrí hacia ella, a pesar de que al mismo tiempo Kanda me llamaba por mi nombre, el real, y me decía algo que no pude distinguir hasta muy tarde.

Entonces ella sonrió, sus lágrimas se desvanecieron como si nunca hubieran estado ahí y pude distinguir en su frente, unas marcas que se me figuraron a una tiara de estrellas, tatuada en su piel.

—¿Quieres jugar conmigo? —cuestionó la joven.

—¡Es una trampa! —alguien gritó detrás de mí.

Pero era demasiado tarde, mis amigos se encontraban del otro lado del callejón y antes de que alguno pudiera llegar hasta donde me encontraba, un séquito de akumas les había bloqueado el camino.

—¿Quién eres tú? —le pregunté a la joven.

—Road Kamelot.

—¿Qué le hiciste a la gente de esta aldea? ¿Qué hiciste con ellos?

La joven se rió; la carcajada más estruendosa y horrible que había escuchado en mi vida.

—Necesitaba muchos juguetes para comenzar mi juego. No sabes la cantidad de personas que habían perdido a un ser querido en estos lugares y lo mucho que deseaban que regresara…

Mi Inocencia se activó; mi brazo creció y se transformó en algo grande, tosco y poderoso. Un poco insegura, me acerqué a ella. Una parte de mí todavía se dejaba engañar por su apariencia casi infantil, pero la otra sabía que se trataba de algo cercano a un demonio.

Con un grácil movimiento, se levantó del piso y negó con la cabeza.

—No, todavía no. Primero tengo que prepararte para hacerte la prueba.

Tres akumas aparecieron frente a mí; era como si hubieran estado en las sombras todo el tiempo, como si tuvieran la capacidad para fundirse con la oscuridad en cualquier momento.

Aunque su ataque simultáneo me tomó por sorpresa en un principio, logré esquivar los rayos a tiempo y, tras darme impulso con los pies, salté sobre uno de ellos y caí sobre la parte superior. Los otros dos, en un intento inútil de hacerme daño, dispararon en mi dirección consiguiendo sólo destruir a su congénere.

—Juegas bien, Allen. Me gusta jugar con alguien que sabe lo que hace, es divertido.

Debí adivinar que, desde la mención de mi nombre, ella sólo buscaba crear una distracción. Afortunadamente, logré ignorarla bastante bien, ya que estaba bastante ocupada con otros dos akumas frente a mí. Sé que estaba diciendo mucho más, pero en aquellos momentos yo trataba de partir en dos al akuma que tenía frente a mí, los dedos de mi brazo sirvieron como garras y se enterraron como mantequilla en el cuerpo del akuma… No muy lejos de mí, podía escuchar todos los esfuerzos que hacían mis amigos contra el ejército de akumas que estaba al otro lado del callejón…

—Me pregunto si Cross todavía estará vivo…

Otra distracción; debí esforzarme mucho más e ignorar todo lo que decía, pero era el nombre de mi maestro, al que no había visto en mucho tiempo. E hice lo que nunca debí hacer: giré mi cabeza en su dirección. Road sonrió y aplaudió; el akuma que estaba por ser destruido bajo mi mano y el que se encontraba cerca de dispararme, estallaron en una luminosa explosión que me hizo estrellarme contra una de las paredes frías de la catedral. Recuerdo que mi propio brazo trató de envolverme y librarme de la mayoría de los daños, sin embargo, el golpe contra el cemento fue demasiado fuerte como para lograr debilitarme.

Mi Inocencia se desactivó y mi brazo se redujo a su versión marchita y sin energía.

Road se me acercó y me mostró algo extraño y redondo que colgaba de una cadena.

—¿Sabes qué es esto? Es un atrapasueños, sólo que nosotros lo usamos para provocarlos.

El artilugio se iluminó peligrosamente; traté de quitarme del camino, pero antes de poder intentar moverme un velo negro me envolvió y, de pronto, me sentí cubierta por un profundo sueño…

Me pareció que abrí los ojos demasiado pronto, quizás todavía tenía oportunidad de escapar y tratar de que mi Inocencia se activara de nuevo, sin embargo, cuando elevé mi mano hacia mis ojos y observé algo sorprendente: mi brazo estaba ileso, como si aquella maldición jamás me hubiera golpeado.

—Me gustas más con tu cabello blanco.

Me levanté rápidamente, frente a mí se encontraba Road, sólo que flotaba unos metros sobre el suelo, sentada en lo que parecía ser un sillón bastante cómodo.

—¿De qué hablas? —exigí.

—Además pienso que esa cicatriz en tu ojo te daba un aspecto mucho más atractivo, ahora te ves como una chica común y aburrida.

Desesperada, bajé la mirada y observé mi cabello que lucía igual de largo que lo traía en aquel momento, sólo que había recuperado su color castaño… como si nunca hubiera pasado lo de aquella noche. Confundida, observé a mi alrededor, y comprobé que seguíamos en las calles de la aldea, sólo que nos encontrábamos completamente solas.

—¿Dónde estamos? —le grité.

Ella resopló, como si estuviera observando a un niño ignorante.

—En tu subconsciente.

En el rostro de Road se dibujó una sonrisa perversa.

—¿Sabes que es lo divertido de todo esto?

Por supuesto, no le di la satisfacción de preguntarle "¿qué?".

—Aquí podré encontrar tus peores miedos y revivirlos para ti. Nos vamos a divertir mucho, Allen.

La primera de los exorcistas en darse cuenta que había ocurrido algo extraño con Allen, fue Lenalee; con sus increíbles botas negras, esquivaba ataques del grupo de akumas que intentaban dañarla y los golpeaba con una fuerza que en ocasiones lograba agrietar su estructura. Como todos, trataba de romper la formación para llegar hasta Allen, sin embargo, todo lo que ella podía conseguir era echar un vistazo cada vez que lograba alcanzar una altura superior a la de los akumas. La última vez que sus ojos hicieron contacto con el callejón pudo ver que Allen se las apañaba bien con sus respectivos oponentes, sin embargo, no mucho tiempo después, hubo una explosión que los puso a todos alerta. Desde donde se encontraba, Lenalee podía ver como luchaba Kanda; su expresión era tan concentrada y siniestra que a ella no le quedó duda que, de todos, era el más desesperado por llegar hasta Allen.

Minutos después de la explosión Lenalee trató de escalar sobre el techo de una de las azoteas, pero antes de hacerlo, se dio cuenta de que no había necesidad de ello. Tanto Road como Allen se estaban elevando en el aire; rodeadas por una burbuja de luz aguamarina, sólo que el cuerpo de Allen estaba horizontal, como si fuera presa de un poderoso sueño y Road flotaba a su lado, sosteniendo un extraño collar en su mano derecha.

Fue sólo un segundo de distracción para los exorcistas; hasta Alma, ahora convertido en lobo, había volteado hacia el cielo.

Lo terrible comenzó cuando se escuchó el primer grito.

El lamento cruzó el aire hasta los oídos de Lenalee y atravesaron sus huesos como un cuchillo dolorosamente afilado; la figura de Allen se arqueaba de dolor sobre sus cabezas, mientras la joven extraña, de cabello corto y calcetas rayadas, reía de todo el dolor que le infligía.

La tortura no sólo hizo efecto en Allen, sino en todos sus amigos; mientras trataba de deshacerse de otro akuma, notó que Lavi casi termina fulminado por un rayo de luz emergente de uno de ellos, mientras que Alma se desesperaba y trataba de quitárselos de encima para encontrar una manera de llegar hasta Allen. Kanda, por otro lado, se veía más decidido y furioso que nunca. Si no fuera porque Lenalee no tuviera años de conocerlo tal vez se hubiera dejado engañar por su semblante de aparente concentración, pero lo cierto era que, cada vez que un nuevo grito brotaba de los labios de Allen, la expresión de Kanda tomaba un fugaz tinte de dolor; Lenalee jamás lo había visto así.

—Lavi, Alma: tienen que hacerse cargo de todos los que quedan mientras trato de liberar a Allen, creo que si destruimos el amuleto que trae la chica en la mano, Allen podrá despertar de nuevo.

Definitivamente algo extraño ocurría con Kanda, alcanzó a pensar Lenalee; él jamás trabajaba en equipo y mucho menos lo haría con gusto con Alma a quien detestaba bastante.

Tanto el lobo como Lavi asintieron, y esa fue señal suficiente para Kanda; se giró hacia Lenalee.

—¿Crees que puedas ayudarme a llegar? —Cuestionó Kanda— Sólo necesito un ligero impulso…

Lenalee extendió su mano hacia él y se preparó para saltar.

—Sí.

Pero él no alcanzó a tomársela, porque los akumas parecieron darse cuenta que planeaba cruzar hacia el callejón y dejaron de prestarle atención a los otros dos, se fueron directamente contra ellos.

Y Allen volvió a gritar, aquella vez con la fuerza de todo el aire que habían acumulado sus pulmones. Lentamente su brazo enrojecido por la maldición se levantó como si tuviera vida propia y comenzó a brillar.

Su Inocencia volvió a activarse.

Sin embargo, a pesar de tomar la forma de arma, su exterior se comenzó a resquebrajar, como si el poder que contuviera fuera demasiado para soportarlo. Road se dio cuenta que algo nuevo ocurría, por lo que intentó alejarse, pero algo se lo impedía. Y el brazo de la joven se rompió completamente, como si hubiera destrozado un caparazón; los trozos salieron volando como cristales que dieron a parar en cinco distintos akumas, se enterraron profundamente en ellos y explotaron.

El brazo se alargó y se volvió negro, brillante; su forma era mucho más estilizada que la anterior, los dedos, elegantes; algo bastante cercano al brazo de un esqueleto.

Aquel brazo volvió a hacer un movimiento; en esta ocasión los dedos alargados se aferraron a la garganta de la torturadora: Road abrió los ojos de sorpresa y de miedo y comenzó a empalidecer. La joven de la estirpe de Noé soltó el artefacto de los sueños y el círculo de energía que envolvía a Allen se desvaneció.

Lenalee había terminado con el último akuma restante para el momento en que Allen arrojaba a la joven y esta se perdía entre los escombros y sombras del callejón. Ella, por su parte, estuvo a muy poco de arrojarse a los brazos de su amiga cuando la vio descender hasta el suelo, pero el brazo fuerte de Lavi se lo impidió.

—¿Qué haces? —Le gruñó ella, molesta— Es nuestra amiga.

—No, obsérvala con atención, parece como si aún estuviera inconsciente.

Lenalee hizo lo que Lavi le pedía y miró a Allen; su postura era completamente rígida y su brazo estaba extendido en dirección a ellos, como si quisiera atacarlos y, algo más alarmante, aunque sus ojos estaban abiertos, sus ojos estaban completamente en blanco, como si hubiesen desaparecido las pupilas y el iris.

Por supuesto, ella había escuchado casos así, en los que los exorcistas eran consumidos por su propia Inocencia y se volvían inconsciente de todo lo que les rodeaba y se volvían un instrumento más para el Conde. Era claro lo que se debía hacer con algún compañero que perdiera el control: matarlo. Pero Lenalee se negaba a pensar de esa manera, mucho menos de su amiga.

Kanda se acercó a ella, a pesar de todas las protestas de Lavi. Sin embargo, ella seguía sin moverse, sólo mantenía su mano frente a sí, como si estuviera dispuesta a atacar en cualquier momento.

Por un instante, Lenalee llegó a creer que Kanda la mataría, cuando hizo un movimiento con la mano en la que portaba la katana, pero sólo la arrojó al suelo, lejos de sí. Ella jamás hubiera imaginado que presenciaría el momento en que Kanda quedara voluntariamente desprotegido ante alguien.

—Soy yo… —dijo él, mientras daba otro paso…

Ella se estremeció, como si, al escuchar su voz, estuviera con algo en su interior.

—Kanda, es inútil, se ha consumido —soltó Lavi—, si no la detenemos nos destruirá…

Había fuego negro en los ojos de Kanda cuando giró su cabeza hacia Lavi.

—Tratas de hacerle daño —rugió— y te mato.

Aunque no aprobaba mucho la amenaza que le hizo a Lavi, Lenalee se sintió alegre al saber que Kanda intentaría sacarla de su trance.

Como si no hubiera ocurrido nada, Kanda volvió a girarse hacia Allen; Lenalee jamás había visto la expresión de él tan vulnerable como en ese momento: sus ojos parecían ver a Allen como…

—Allen.

Ella pareció reaccionar a su nombre y a la voz de Kanda, bajó su brazo con brusquedad y, tras unos minutos de tensión, su mano regresó a su color rojo y marchito. Sus ojos se cerraron y se volvieron a abrir para mostrar una mirada humana; el color había regresado a su mirada.

—Kanda —soltó, antes de desplomarse en los brazos de él, porque reaccionó bastante a tiempo como para detener su caída.

Lenalee soltó un suspiro de alivio al saber que su amiga volvía a ser ella misma, sin embargo, su tranquilidad no duró mucho tiempo al verla tan débil en los brazos de Kanda.

Alma había recuperado su forma humana y, afortunadamente, traía unos pantalones puestos (de los cuales Lenalee no tenía idea de dónde los había sacado y, sinceramente, no quería saberlo). Se asomó al callejón, sólo para anunciar que la joven extraña había desaparecido.

—Eso no importa ahora —gruñó Kanda.

Para sorpresa de Lenalee, lo vio presionar los labios contra la frente de Allen.

—Tiene fiebre —anunció, bastante preocupado—, tenemos que sacarla de aquí.

Lenalee no estaba segura si aquel gesto que había visto había sido un efecto de lo que venía sospechando desde hacía algunos días sobre los sentimientos de Kanda, o era, simplemente, porque quería asegurarse que se encontrara bien. Sin embargo, aquello se le borró de la mente al saber que Allen se encontraba enferma y siguió a Kanda y a los demás a la estación de tren. Dudaba que pudieran encontrar un lugar adecuado para atenderla, la aldea parecía acabada y no parecía haber vida en kilómetros, por lo que su mejor opción era llegar a la Orden.


lamento subir el capitulo 9 tan tarde pero el capitulo 10 (el cual intento terminar pero me falta imaginacilina que no se que rayos sea XD) sera mas interesante y lo subiré dentro de quince días o veinte si me lo permite mi cabeza ¬¬. así que esperen y se me olvidaba; gracias por sus reviews y por leer mi grandioso fic. ¡hasta el proximo capitulo!