Los personajes me los presta Stephenie Meyer, la historia es mía y de mi Paris Lover.


Capítulo 9

Fue una larga conversación entre Esme y Edward, en la que Isabella solo está presente, porque Edward no le permite asumir responsabilidad alguna en dicha situación, lo que hace sentir a Esme orgullosa de su sobrino, aunque no se lo hace saber a la pareja. Así mismo esta no se guarda nada y les da una buena reprimenda por sus acciones, nada decorosas y que dejan mucho que decir; de todos modos, ella sabe que aquel par no ha hecho de las suyas, dado que ya se ha dado cuenta de cómo Edward en cuanto piensa que ella se ha dormido corre a la habitación de Isabella, de donde más tarde se oyen susurros y risas, ¿cómo sabe todo eso Esme? Pues ella tampoco ha sido sincera, los ha estado espiando y así se los hace saber al finalizar la conversación. Las caras de sorpresa del par de enamorados es de película, en todo caso les aconseja que sean responsables y que tomen las precauciones convenientes si se les ocurre llegar a hacer algo más que dormir, comentario que hace reír a Edward y avergonzar a Isabella. Esme regresa a la cocina y les da un momento a solas, eso sí, les advierte que quiere a Isabella de vuelta a la cocina en cinco minutos, a lo sumo.

—¡Qué vergüenza! —exclama Isabella en cuanto ve que Esme se adentra en la cocina.

—No pasa nada, amor —le dice Edward abrazándola—. Esme solo está cumpliendo con su misión de mamá postiza —explica.

—Eso dices tú porque eres su sobrino, pero yo soy una extraña —se queja ella.

—¿Una extraña? ¿Tú? —Él le pregunta. Isabella asiente—. Eres la sobrina de su mejor amiga, eso te hace su sobrina, ¿no? Creo que eso está en el código de las mejores amigas —comenta Edward dándole un beso en la sien.

—¿Existe el código de la amistad y tú lo conoces? —le cuestiona Isabella divertida. Edward sonríe pagado de sí mismo—. ¡Qué novio más inteligente tengo! —expresa muerta de risa.

—Así es, hermosa señorita —afirma Edward siguiéndole el juego.

—Entonces, tú y yo somos sobrinos de Esme. —Edward asiente ante la declaración de Isabella—. ¡Tú y yo somos familia! —grita ella a modo de broma y Edward queda pasmado ante tal declaración.

—Ni en mi peor pesadilla —declara él horrorizado.

—¿Tan mal te resulta la idea de que seamos primos o algo así? —inquiere Isabella sonriendo.

—Esa es una pésima idea, si tú y yo fuéramos familia, el mismo ADN… yo no podría hacer esto —dice Edward justo antes de besarla, lenta y pausadamente, como le fascina hacerlo para disfrutar del contacto de sus labios en los de ella; pasados unos segundos Isabella deja escapar un gemido que queda ahogado en el beso mismo, lo que despierta ciertos instintos en Edward, por lo cual, la abraza y acerca más a sí, al tiempo que el beso comienza a cobrar intensidad. Edward mordisquea el labio inferior de Isabella y esta suelta un suspiro, que se pierde entre el sonido de un carraspeo detrás de ellos, por lo que el beso tiene que llegar a su fin.

Edward abre los ojos y se encuentra con Alice de brazos cruzados, mirándoles interrogante.

—Alice, este no es momento para… —trata de decir Edward mientras, de reojo, ve cómo Isabella intenta normalizar su respiración.

—Sí, ya lo sé, estaban disfrutando de su momento y todo eso, pero Esme me envió a recordarles que su tiempo conyugal ha terminado —se burla Alice.

—¿En serio Esme dijo eso? —inquiere Isabella ya más calmada.

—Sí, bueno no, usó otras palabras, pera la idea principal está allí —responde Alice seria.

—Ok —dice Edward luego de unos segundos de completo silencio.

—Bueno, iré a lo mío y tú a lo tuyo —comenta Isabella mirando a Edward, quien la abraza y le da un beso en los labios.

—Te voy a extrañar —declara Edward, haciendo un puchero que hace reír a Isabella.

—¡Por Dios, Edward! ¡Eres completamente ridículo! —expresa Alice—. Isabella estará en esta misma casa a pocos metros de aquí —señala como si él fuera demasiado tonto.

—Arruinas mi romanticismo —se queja Edward.

—Nada de romanticismo, trabaja, esclavo —le ordena Alice, toma de la mano a Isabella y deja a Edward solo en la sala riéndose.

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A la hora de almuerzo todos se tomaron un descanso para devorar un par de emparedados, ensalada y litros de merengada de fresa; nadie habla, solo se dedican a comer para luego a regresar a sus labores. A las cuatro de la tarde todo está listo para celebrar la navidad en casa de Esme, así que todos ellos se dirigen a sus habitaciones con el objeto de tomar una siesta. Edward se cuela en la habitación de Isabella y juntos toman una siesta reparadora.

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A las ocho en punto, Edward camina de un lado a otro, ninguna de las tres mujeres de la casa se ha dignado a bajar, ya ha tocado puerta por puerta en sus respectivas habitaciones y la respuesta de las tres ha sido la misma: "En un momento bajo, ya casi termino"; y allí estaba él, esperándoles y nada. Ya empezaba a fastidiarse cuando Esme hace acto de presencia en la sala.

—Hijo —le llama Esme al verle ir de un lado a otro—, ¿por qué esa cara larga? —pregunta.

—Ustedes, las mujeres, se tardan eones en vestirse, arreglarse y quién sabe cuánta cosa más que se hagan, ¡es desesperante! —contesta, haciendo reír a Esme.

—Eso nunca te ha molestado, Edward. Estás así porque Isabella te sacó de su habitación hace dos horas, porque ella iba a arreglarse —puntualiza Esme.

—Bueno sí —admite—. Pero nunca me había sentido tan atraído y embelesado por una chica —argumenta.

—¿Ni siquiera por Irina Pavlova? —inquiere Esme para picarle un poco.

—¡No! Tía, ¿cómo se te ocurre comparar lo que siento por Isabella con lo que tuve con Irina? —le reclama Edward ofendido.

—Los periódicos lo habían mostrado como algo serio, al igual que las revistas. Tu padre estaba muy molesto —explica ella.

—Lo sé, pero no hablemos más del tema, no vaya a ser que Isabella nos escuche —suplica Edward a Esme.

—¿Cuándo vas a decirle quién eres? —le cuestiona Esme.

—Ella sabe quien soy —responde Edward con suficiencia.

—Sabes perfectamente de qué hablo, Edward —le regaña Esme.

—Se lo diré nuestro paseo, solos —responde él.

—¿Cuándo, Edward? No donde —insiste Esme.

—El 26, tía, ¿sí? —contesta hastiado.

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Después de la conversación con Esme, Alice se les une y finalmente lo hace Isabella, vistiendo un sencillo vestido rosa pálido, por encima de la rodilla, botines negros, poco maquillaje y su cabello recogido en una coleta; sencilla pero hermosa, como a Edward le gusta verle. Una vez están todos, pasan al comedor, donde disponen de fuentes con variadas preparaciones que van desde pavo asado hasta alcachofas rellenas, acompañado de mucho vino, que Edward ha escogido de la variada colección de vinos de Esme.

Mientras disfrutaban de la buena comida charlaban animados sobre diversos temas, pero la mayoría gira en torno a Isabella y cuánto ha disfrutado de su estadía, tema que hace que esta se explaye a sus anchas y de rienda suelta a sus apasionantes comentarios sobre la Ciudad Luz.

Al terminar la cena deciden tomar el postre, una bavaresa de frutos rojos, en la sala, junto al árbol de navidad, mientras en un intento de cantante, Alice se hace la graciosa cantando villancicos.

A media noche, se dan la feliz navidad, entre besos y abrazos, y llega el momento del intercambio de regalos, el cual es iniciado por Esme, quien le regala a Alice un nuevo par de Manolos, a Edward una pijama azul con un estampado en la camiseta que dice: I'm crazy for my girl, a Isabella también le da una pijama rosa que dice: My boy is crazy for me, lo que hace reír al par de enamorados y a la Esme misma.

Después Alice es la encargada de continuar, a Esme le da un hermoso bolso Chanel de la última colección, a Edward una gabardina beige de Burberry, y a Isabella, para su sorpresa y de sus familiares, un diario con cubierta de cuero, aludiendo a que quizá le sirva para escribir en él y dejar volar su imaginación. Isabella es la siguiente. A Esme le obsequia una gargantilla de plata, a Alice el libro It de Alexa Chung, y finalmente, a Edward le regala un álbum con fotos de ellos en sus divertidos momentos en París, regalo que él supo agradecer a Isabella con un beso que hizo enrojecer hasta Esme. Finalmente, Edward, quien regala a Esme un día en un Spa, a Alice un vestido Valentino, y a su hermosa Isabella, un relicario de oro blanco, con sus nombres grabados en la parte trasera y una foto de ellos frente a la Torre Eiffel dentro, la tapa delantera del relicario tiene un corazón que está formado por diminutos diamantes, este regalo hace que Isabella deje escapar un par de lágrimas, producto de la emoción.

Al término de la entrega de regalos se toman un par de coktails que la misma Alice prepara. Ya cansados y cerca de las cuatro de la mañana se proponen ir a dormir. Edward, como niño con juguete nuevo, manifiesta que piensa usar de inmediato la pijama que su tía le ha regalado, Isabella lo secunda y Esme como regalo les deja dormir en la habitación de Edward, que tiene una cama mucho más amplia que la de Isabella.

Ya estando abrazados bajo las cobijas, Edward le cuenta a Isabella de sus planes de pasar el último día de ella en París juntos, en una de las casas que su padre tiene a las afueras de la ciudad.

Isabella acepta gustosa.

Edward piensa en cómo decirle la verdad.

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Hola, lovers.

Mi día ha sido una completa locura, pero aquí estoy.

¿Qué tal les ha parecido la historia? Edward, como siempre, metiéndose bajo las sábanas de Isabella.

Ya solo nos queda un capítulo, el cual no publicaré mañana por cuestiones de tiempo, lo haré el domingo… Será el último capítulo. Mi corazón late a mil.

Mil gracias por la paciencia y el apoyo.

Un besote.

Nos vemos pronto.