Capítulo 9:
Lo primero que Kagome vio cuando abrió los ojos aquella mañana fue su anillo de compromiso. Relucía brillantemente bajo los rayos del sol de la mañana cada vez que ella movía la mano Aquél era el día de su boda. ¡Iba a casarse con Inuyasha Taisho! Aquel pensamiento se abrió paso por su cuerpo con la fuerza de una corriente eléctrica. Todo estaba ocurriendo demasiado deprisa: la confirmación de su embarazo, la boda... Se sentía confusa y desorientada. Se levantó de la cama. Decidió que no podría pasar aquel día si no creía que, al menos, las cosas iban a salir bien.
La noche anterior, cuando se metió en la cama, llamó a su hermana para darle la noticia. Sango se quedó muda durante unos momentos.
–Sólo porque estés embarazada no significa que tengas que casarte —le había dicho su hermana—. Sé que nuestra infancia fue lo peor, pero no puedes dejar que el pasado te influya en las decisiones que afectan a tu futuro.
–Sango, estoy siendo práctica. Criar a un hijo en solitario es muy difícil. Además, mi situación económica no es la más idónea. Sigo pagando una enorme hipoteca por mi piso y Inuyasha más o menos me ha exigido que me case con él. Quiere este niño y es un hombre muy poderoso e influyente.
—¿Quieres decir que te está chantajeando para que te cases con él?
Kagome lo pensó durante un instante mientras se miraba en el espejo. A continuación, miró a su alrededor. En un rincón había una maleta nueva llena de todo lo que podría necesitar para los pocos días que iban a pasar en Grecia. En el armario, había una selección de trajes nuevos para que eligiera entre ellos para la ceremonia de la boda. Todo había estado esperándola la noche anterior cuando regresó al camarote, incluso el camisón que llevaba puesto en aquellos momentos.
No se sentía chantajeada, sino comprada. Era como si Inuyasha la estuviera tratando como si fuera una concubina a la que iba a mantener para su propio placer. Todo se le había escapado de las manos. Ya no controlaba nada.
Inuyasha siempre conseguía lo que quería y la deseaba a ella. Sin embargo, sólo era por el bebé. Así era su realidad. No era demasiado tarde para cambiar de opinión, pero, el problema era que no quería hacerlo. Quería casarse con Inuyasha porque lo amaba.
Así se lo dijo a su hermana durante la conversación de la noche anterior. Sango se relajó inmediatamente.
—¿Por qué no lo has dicho antes? ¡Eso es diferente!
No obstante, no le había dicho a su hermana que los sentimientos no eran correspondidos ni que Inuyasha sólo estaba interesado en el bebé. La verdad era demasiado dolorosa incluso para revelársela a una persona tan querida para ella como su hermana Sango. Kagome tenía su orgullo.
De repente, sintió ganas de vomitar y tuvo que ir precipitadamente al cuarto de baño. ¿Serían las náuseas típicas de las embarazadas o los nervios de una novia en el día de su boda?
¿Estaba haciendo lo correcto? La pregunta le había mantenido despierta gran parte de la noche y seguía molestándola mientras se duchaba y examinaba las ropas que se le habían enviado para que eligiera. Los trajes eran todos sencillos, muy elegantes y de color crema, creaciones de grandes diseñadores.
Se quedó con el primero que se probó porque no tenía ganas de probarse ninguno más y, de todos modos, le sentaba muy bien. La chaqueta tenía un diseño muy mono con cuello en forma de corazón e iba acompañada de un vestido recto que le sentaba muy bien. Resultaba formal, pero no demasiado llamativo, lo que parecía estar en consonancia con la situación.
Alguien llamó a la puerta cuando se estaba terminando de arreglar el cabello y el maquillaje. El pánico se apoderó de ella. ¿Y si era Inuyasha? Aún era temprano. Rápidamente observó el monitor de seguridad y vio que se trataba simplemente de un mozo con un ramo de flores.
Eran muy hermosas. Se trataba de rosas y orquídeas de color rosa que formaban un pequeño ramo de mano. Cuando volvió a cerrar la puerta, leyó la tarjeta que lo acompañaba:
Pensé que deberías tener flores para que acompañen en el altar. Nos vemos a las tres. Inuyasha.
Él ni siquiera había podido mentir y utilizar una palabra afectuosa para terminar la tarjeta. De todos modos, Kagome se dijo que no importaba. Era mejor que fuera sincero. Aspiró el suave perfume de las flores y trató de calmarse los nervios.
Volvieron a llamar a la puerta. La abrió sin mirar, pensando que sería otro mozo que le llevaba alguna otra cosa. En aquella ocasión se trataba de Inuyasha. Estaba muy guapo con un traje oscuro. Cuando él la miró, sintió que se deshacía por dentro.
-¡Llegas pronto! —exclamó ella—. ¡En la tarjeta decía las tres! ¿Acaso has venido a verme por si se me ocurre escaparme? —le preguntó, tratando de que la frase sonara a broma. No lo consiguió.
—¿Es así como te sientes?
–Me siento algo aturdida, si he de serte sincera. Todo está ocurriendo demasiado rápido.
—Si te sirve de algo, yo también me siento un poco así.
—¿Es ésa la razón de que nos estemos casando con tanta precipitación? ¿Por si te arrepientes y cambias de opinión?
—Te aseguro que eso no va a ocurrir, Kagome. Nos vamos a casar tan rápido por nuestro hijo... y porque necesitamos tiempo para estar juntos y para acostumbrarnos a vivir en pareja antes de que nazca el niño. Por cierto, estás preciosa — añadió, mientras la miraba como si la estuviera desnudando con la mirada.
—Gracias.
–Bueno, ¿me vas a dejar entrar o vamos a seguir aquí en el pasillo, hablando de nuestra vida?
—Lo siento —dijo ella, echándose a un lado.
—Hay unos, documentos que tienes que firmar antes de que nos casemos — comentó él al entrar en el camarote. Por primera vez, Bella se dio cuenta de que llevaba una carpeta.
–Pensaba que los documentos se firmaban después de la ceremonia.
–Se trata simplemente de un acuerdo prenupcial —le informó él, como si no tuviera importancia, mientras extendía los papeles sobre la mesa—. Nada muy complicado.
—Entiendo... —susurró ella observándolo fijamente.
—No me mires así, Kagome. Resulta evidente que tenemos que tener un acuerdo de estas características. Es un requisito que los abogados de la empresa ponen para proteger el negocio.
–Y el negocio siempre es lo primero.
—Es un trámite inevitable.
-Por supuesto —dijo ella tratando de sonar como si le importara. Bueno, ¿vas a firmar o no?
–¿Acaso tengo elección?
-No —admitió él cruzándose de brazos—, pero debes leerlo cuidadosamente. Si quieres que algo se cambie, lo hablaremos.
-No hay demasiado tiempo para todo eso, ¿no te parece? —replicó ella mirando el reloj.
-Es un contrato muy sencillo, Kagome. Con los conocimientos que tú tienes, tardarás diez minutos en leerlo.
-Y tú tardarás un minuto en decir que sus términos no se pueden negociar. No olvides que te he visto en acción en muchas negociaciones.
—Nos conocemos muy bien —dijo él con una sonrisa. Cuando vio que ella no respondió, la agarró por los brazos y tiró de ella—. Estoy segura de que todos los términos te resultarán aceptables. Te proporciono una cantidad de dinero más que generosa mientras sigas casada conmigo —añadió mientras no dejaba de acariciarle los brazos con los dedos.
La suavidad de aquel gesto parecía casi insultante mientras hablaba de economía con ella. Sin embargo, para su consternación, aquellas caricias la hacían sentirse viva con una necesidad que no quería, con un deseo que se sentía desesperada por satisfacer.
-Es decir, que se trata de una especie de pago por los servicios prestados, ¿no? —dijo ella levantando la barbilla con un profundo gesto de desafío.
–¿Quién se está mostrando cínica ahora?
-Pero es cierto, ¿no?
–Si quieres verlo así. Yo simplemente creo que lo mejor es que lo dejemos todo bien organizado para que podamos proceder con nuestra boda... y con nuestra vida juntos.
Kagome se apartó de él. Se sentía furiosa consigo misma por su reacción.
—Bien. En ese caso, es mejor que lo lea.
Inuyasha la observó tranquilamente mientras ella pasaba las páginas. La miró de la cabeza a los pies. Tenía una figura espléndida con aquel traje. Se moría de ganas por quitárselo...
– Desgraciadamente, vamos a tener que marcharnos al aeropuerto inmediatamente después de la boda —murmuró—. El vuelo a Atenas es muy largo, por lo que tendremos que pasar nuestra noche de bodas en el avión. Lo bueno es que llegaremos a Atenas a una hora del día muy razonable.
—No sé por qué nos molestamos en ir a Grecia —replicó ella con una voz tan profesional como él —. Me parece absurdo fingir que vamos a disfrutar de una romántica luna de miel. Los dos sabemos que este matrimonio es sólo un acuerdo de conveniencia. Nada más.
—Eso no significa que no podamos divertirnos. Serán sólo unos días, pero creo que es apropiado que los primeros días y noches juntos como marido y mujer los pasemos en Grecia.
Aquellas palabras resultaban muy evocadoras. Ella de repente se preguntó cómo iba a mantener la fría y pragmática apariencia cuando él por fin la reclamara como esposa. El pensamiento la hizo arder de deseo. Si quería quedarse con un poco de dignidad, iba a tener que intentarlo. Trató de encontrar una respuesta adecuada a sus intenciones.
–¿Quieres decir que dónde podemos consumar mejor nuestra unión es en el corazón de tu imperio?
Inuyasha sonrió.
–¡Así es!
Kagome tomó el bolígrafo que él había dejado junto a los papeles, pero dudó durante unos instantes. Al final decidió que no le quedaba elección. Tenía un niño en el que pensar.
Con mano temblorosa, firmó los papeles.
—Ya está. Ya tienes lo que querías.
—No del todo, Kagome, pero casi... —musitó Inuyasha. En los ojos tenía reflejada una promesa que hizo que la sangre de Kagome hirviera hasta convertirse en fuego.
El rugido del motor del avión se acrecentó cuando el piloto hizo que el aparato descendiera para sobrevolar los cielos de Atenas. Estaban listos para aterrizar.
Inuyasha recogió sus papeles y miró a Kagome. Estaba sentada frente a él y llevaba profundamente dormida varias horas. No era de extrañar, después de los muchos acontecimientos ocurridos en las últimas horas. Inuyasha recordaba la vulnerabilidad que había visto reflejada en los ojos de Kagome
cuando él le colocó la alianza de bodas en el dedo. La ceremonia había durado unos veinte minutos, pero Inuyasha no hacía más que recordar ese momento una y otra vez con una insistencia que le resultaba desconcertante.
No sabía por qué no hacía más que pensar en ello. No tenía dudas sobre el matrimonio. Deseaba a aquel niño y estaba convencido de que los niños necesitan tener a su lado a ambos padres. Además, deseaba tener a Kagome en la cama. El matrimonio era la solución perfecta para todo aquello.
De repente, Kagome abrió los ojos y las miradas de ambos se cruzaron.
–Buenas tardes, dormilona —comentó él con una sonrisa.
Durante un instante, ella le devolvió la mirada, pero la apartó enseguida.
–¿Qué hora es? —preguntó Kagome.
–Casi las dos y media hora de Grecia. Estamos esperando que la torre de control nos de permiso para aterrizar.
–¡No me puedo creer que haya dormido tanto!
-Ha sido un vuelo muy largo y, evidentemente, te encontrabas muy cansada.
Kagome asintió. Se sentía emocionalmente agotada. Tragó saliva y recordó su boda. La ceremonia había sido muy rápida. El número de personas presentes la había sorprendido. Todos ellos eran empleados, personas que simplemente querían desearles lo mejor en su nueva vida juntos, personas que creían que los dos estaban locamente enamorados y que no hacían más que decirle que formaban la pareja perfecta.
Kagome notó que parecía que a Inuyasha le divertían mucho todos aquellos comentarios y le había dado vergüenza, en especial cuando él la besó al final de la ceremonia y todos aplaudieron. No podía olvidar aquel beso. Había pensado que cuando se subieran de nuevo al avión él la volvería a besar. No lo había hecho.
-Veo que has estado trabajando -comentó, al ver los papeles sobre la mesa.
–Sí. Pensé que me quitaría del medio algunas cosas para que podamos relajarnos durante los siguientes días y noches.
Inuyasha la observó mientras ella se estiraba el traje con un gesto nervioso. Hasta aquel momento, había tenido que usar todo su autocontrol para no tocarla. Quería que la primera vez que hicieran el amor como marido y mujer fuera en Grecia, para que fuera relajado, especial...
–¿Qué tenemos planeado para el resto del día? -quiso saber ella. Se lamentó de haber hecho la pregunta en cuanto las palabras le salieron de los labios.
–Voy a llevarte a mi casa, te voy a quitar ese bonito traje y te voy a hacer el amor...
Kagome se sonrojó. Inuyasha sonrió.
-Te ruborizas como una virgen, ¿lo sabías?
–Bueno, pues está claro que no lo soy dado mi estado.
-Ah, sí. ¿Cómo está el bebe?
-Bien. Al menos no hace que me sienta mal, lo que es lo mejor considerando cómo me sentí antes de la boda.
–Esperemos que se comporte durante los próximos meses y que te permita relajarte.
–No estoy tan segura de eso. Tengo un montón de documentos que revisar durante estos meses. De hecho, debería haber empezado ya.
Inuyasha se echó a reír.
-No importa. Estás con el jefe. Puedes escaquearte del trabajo con impunidad, al menos durante los próximos días -dijo. Ella sonrió-. Y si no te encuentras con fuerzas para seguir con tu trabajo, Kagome, sólo tienes que decirlo. Encontraré a otra persona para que se haga cargo de tus responsabilidades.
-¡Por supuesto que me encuentro con fuerzas! -exclamó ella. Necesitaba mantenerse ocupada y... mantener también su independencia-. Te aseguro que tengo intención de seguir trabajando incluso después de que nazca nuestro hijo.
-Eso depende de ti, pero te aseguro que no hay necesidad.
-Bueno, yo creo que sí. Creo que es necesario que yo sea completamente independiente de ti económicamente. Ni siquiera quiero esa cantidad que me has asignado. No quiero nada de ti-afirmó, para sorpresa de Inuyasha-. Lo digo en serio. No quiero tu caridad.
-¿Caridad? Kagome, tú eres mi esposa y la madre de mi hijo. La caridad no tiene nada que ver con esto. Quiero que estés bien cubierta.
—¡Yo puedo ocuparme de eso!
Durante un instante, Inuyasha la observó fijamente. asombrado por la fiereza de sus palabras. Si se paraba a pensarlo, siempre había sido muy independiente. ¿Qué había detrás de aquella necesidad que sentía por controlar absolutamente su vida?
–Como tu esposo, quiero protegerte, Kagome, y me lo puedo permitir.
–No es necesario, pero gracias.
Había empezado a preguntarse qué ocurriría si el embarazo iba mal y si ella perdía al bebé. Estaba de muy pocas semanas y podría ocurrir cualquier cosa. Si perdía al niño, ¿le sugeriría él de repente un rápido divorcio? A Kagome no le sorprendería. Todo aquello le parecía razón de más para mantener su independencia.
El silencio cayó entre ellos. Kagome miró por la ventana. Parecía que hacía un hermoso día sobre Grecia. Se preguntó si Inuyasha la llevaría al apartamento que tenía en Atenas.
De repente, la voz del piloto resonó por los altavoces.
–Tenemos permiso para aterrizar, señor Taisho. Diez minutos.
—¿Dónde vamos a alojarnos mientras estemos aquí?
–Tengo una casa cerca de la de mis padres. Pensé que podríamos pasar estos días allí.
–Bien —dijo ella, encogiéndose de hombros.
—Lleva cerrada algún tiempo, pero he hecho que vayan a airearla y a limpiarla. Debería estar lista para cuando lleguemos.
Los motores del avión volvieron a acelerarse. Kagome sintió la típica presión en el estómago mientras el aparato comenzaba a descender. Sin poder evitarlo, comenzó a pensar en la noche que la esperaba...
Les ha gustado? Espero que sí
Gracias por los reviews, alertas y favoritos.
Chicas discúlpenme por la demora, estuve un poco full con la universidad pero ya estoy aquí y subiré los capis rápido para que no hacerlas esperar más.
también quería comentarles que estoy pensando en subir otra adaptación, ya la habían comenzado pero nunca la terminaron, uds que opinan? Yo siempre quise terminar de leer esa historia.
Un beso!
