Fugaku sostenía protectoramente a Mikoto, mientras que Obito se disponía a flanquearlos. A pesar del calor del abrigo, temblaba. Principalmente, por los acontecimientos de la última hora.

A su lado, Fugaku se sacó el abrigo, quedando en una camisa que moldeaba perfectamente sus músculos.

Ella no quería nada más que esconderse en aquel pecho, pero dudó. Aún no estaba segura de que relación tenía con Fugaku. Parecía desconfiar de ella. Así que miró por un lado y esperó la llegada de Madara.

Tendría que ser idiota para no percibir las chispas entre Madara y Kushina, y eso a molestó. Mucho. ¿Fueron amantes? Había más que vago interés ardiendo en aquellos ojos. Entonces recordó su comentario sobre Fugaku y Obito, de que Madara quería Kushina, pero ellos no.

Frunció el ceño y cerró los ojos. Estaba cansada y exhausta mentalmente, y no le gustaban los ardientes celos que sentía.

Apenas se dio cuenta cuando Madara los alcanzó. Él la miró, pero ella no encontró su mirada, no estaba segura de querer ver lo que había en ella. Se sentía demasiado insegura para intentar comprender lo que había entre Madara y Kushina.

Salieron del lugar y comenzaron el viaje. Alejándose de la ciudad.

Empezó a temblar, cuando la realidad de lo que hizo la golpeó. Había puesto en entrever a que se preparara su clan para su boda. Ahora quizá iba a desaparecer aquel terrible miedo.

Una mano caliente le masajeó su cuello. Levantó los ojos y vio a Fugaku, que la observaba fijamente. Buscó en su rostro alguna señal de lo que estaba pensando, pero no encontró ninguna pista.

—Ven aquí —dijo él.

Cerro sus brazos alrededor de su cuello y enterró el rostro en su tórax. Brazos fuertes la envolvieron y una mano flotó su espalda.

—Estoy orgulloso de ti —susurró él.

Lágrimas bajaron por su rostro, mientras que el alivio se derramaba en su interior. Tantas semanas de miedo constante, habían dejado su huella. Ahora estaba libre.

Se enterró más hondo entre los brazos de Fugaku, abrazándolo lo más fuerte que podía.

La siguiente cosa que recordaba, fue que se detuvieron y que el frío aire rozaba su rostro. ¿Se había quedado dormida? Todo lo que sabía era que no tenía ganas de moverse de los brazos de Fugaku. Con reticencia, levantó la cabeza. Llegaron a la cabaña.

Se deslizó de sus brazos, se metió más en el abrigo y se apresuró hacía la puerta, ansiosa para estar dentro, donde había calor.

—Tengo hambre —anunció ella, dándose cuenta que no había comido nada desde el día anterior.

—Ve a calentarte cerca del fuego, prepararé el almuerzo —dijo Obito, empujándola en dirección a la sala.

Madara y Fugaku la siguieron. Madara fue añadir más leña en las agonizantes llamas.

—¿Entonces, qué pasó allí? —preguntó Fugaku.

Madara se paró y se volvió hacia Mikoto, queriendo oír la respuesta.

—Mis protectores estaban allí cuando llegamos a la oficina —comenzó Mikoto.

Madara juró.

—Kushina debía saber que estaban allí, desde el principio.

—En un inicio intentaron que me fuera con ellos inmediatamente, pero rechacé hacerlo. En ese momento se dieron cuenta que no me podían llevar si es que querían preservar mi salud. Entonces les dejé la encomienda de avisar al consejo que hice el ritual de unión, y lo mas seguro es que ya avisaron que estoy muy embarazada.

—¿Hiciste qué? —preguntó Fugaku, y su expresión se oscureció.

—Era la única manera —dijo—. No es que no se me vea en los ojos todo lo que pasó.

—¡Mierda! —dijo Fugaku.

—Sí, mierda —asintió Madara, masajeando su nuca.

Ella les miró sorprendida.

—Pensaba que queríais hacer lo mas pronto posible la destitución de esos viejos.

—Y lo queremos, cariño. —dijo Madara, abrazándola—. Pero te queremos segura, y acabas de decirles a esos bastardos que los vas a sacar de tu vida.

—Rayos, aceleré demasiado las cosas y se expondrán demasiado los miembros de mi clan —dijo ella apesadumbrada.

Madara le acarició los hombros, con ternura.

—No te preocupes, cariño. Vamos a lograrlo, pero lo más importante, es que debes estar lista a matar a ese bastardo.

Obito les llamó de la entrada.

—He preparado unos bocadillos, vengan a comer.

Mikoto se giró y caminó hacia la cocina. ¿Se equivocó al avisar de esa forma? La preocupación volvió a su mente.

Se sentó y Obito le empujó un plato delante. Los hermanos tomaron asiento y empezaron a comer.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó, incapaz de detener la pregunta por más tiempo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Madara.

Ella hesitó, sintiéndose insegura con la entera situación.

—Con relación a mí... a nosotros.

—Vamos a entrenarte, debes de ser capaz de cambiar de una pelea totalmente de taijutsu a una que utilice todas las áreas shinobis. Solo tengo una consulta que hacerte, ¿Dónde instalaremos nuestro domicilio? Porque después de esa batalla iniciaremos nuestras vidas. Juntos.

—Hay un terreno intermedio entre los territorios de ambos clanes, lo único seguro de vida humana allí si me recuerdo bien son los monjes que siguen tratando de purificar a los bijous. Con la ayuda requerida podemos establecernos venciendo al Nanabi que vive allí. Y las reglas las haríamos nosotros de cómo queremos vivir allí.

Volvio a mirar el plato y jugó con el bocadillo. Mil escenarios llenaban su mente y estaba realmente abrumada por todo.

—¿Quieres cabalgar después del almuerzo? —la interrumpió Fugaku.

Ella lo miró aliviada. Aire fresco y una pausa, sonaban muy bien. Asintió, después se dio cuenta.

—¿Quiere decir montar un caballo? Llevo mucho tiempo sin montar.

Fugaku encogió los hombros.

—Me aseguraré de que tengas una buena montura.

—No vayan demasiado lejos —los advirtió Madara—. Habrá una tormenta.

—No necesito una niñera —contestó Fugaku, enfadado.

Mikoto empujó el plato, ya no tenía hambre. Quizá ayudara alejarse un tiempo. Quería relajarse por una vez, sin preocuparse de mirar por encima del hombro.

Fugaku se levantó.

—¿Estás lista?

Ella asintió y se levantó.

—Déjame ponerme algo más caliente.

—Estaré en el granero. Me encuentras allí cuando estás lista.

—Son muy similares, lo sabes.

Madara miró Obito, después de observar a Mikoto dejando el cuarto.

—¿Qué quieres decir?

—Fugaku y Mikoto —contestó—. Conocen el dolor. Lo puedes ver en sus ojos.

Madara apretó los labios. No le gustaba pensar que cualquiera de ellos conociera el dolor, pero sabía que Obito tenía razón. Mikoto y su hermano menor luchaban contra sus demonios. Esperaba que ganaran.

—¿Qué supones que pasó allí? —murmuró Madara.

Obito sacudió la cabeza, con los ojos llenos de pena.

—Me gustaría saberlo. Me gustaría que habláramos sobre ello. Quizá entonces saldría el veneno que tiene dentro. De todos modos, nunca deseé que se uniera al AMBU.

Madara asintió en acuerdo. Pero Fugaku era testarudo, y una vez que había tomado la decisión, nadie podía hacerlo cambiar de opinión. Se fue como un joven engreído y arrogante y regresó pensativo, un alma atormentada.

—Quizá ella es lo que necesita —murmuró Obito—. Quizá ella es lo que todos necesitamos.

—Y quizá nos necesita igual de fuertes —agregó Madara.


Mikoto pasó por la nieve, tiritando mientras que la rozó un frío viento. Caminó por el pequeño declive que llevaba al granero. Delante, la tierra comenzaba a bajar, testimonio a las montañas que había cerca. En el horizonte, cumbres cubiertas de nieve se elevaban hacia el cielo. El mundo era blanco a su alrededor.

Su respiración creaba nubes de humo, mientras daba los últimos pasos hasta la puerta del granero. Entró, disfrutando del calor que la saludaba.

Había ocho caballerizas, de cada lado del granero. Detrás, había una amplia zona abierta, donde había muchas pilas de heno. Fugaku salió de una caballeriza, trayendo un caballo por las riendas.

Miró en su dirección.

—He ensillado el tuyo, coge las riendas mientras ensillo al mío y salimos.

Mikoto se adelantó y tomó las riendas de Fugaku.

Fugaku le señaló.

—Lleva el caballo hasta allí y espérame.

Mikoto se movió y el caballo la siguió obediente. Mientras esperaba a Fugaku, acarició el cuello de la yegua. Era una belleza. Ojos gentiles. La cabeza se le mecía apreciativa, mientras Mikoto le acariciaba las crines.

Unos segundos más tarde, vino Fugaku con su montura.

—¿Estás lista?

Mikoto asintió. Mientras Fugaku caminaba por delante de ella, miró apreciativamente su cuerpo. Maldita sea, el hombre llenaba un par de pantalones como ninguno. Parecía extremadamente masculino con su abrigo y sandalias ninjas. Y su trasero. ¿Qué podía decir sobre un hombre qué tenía un culo qué imploraba ser tocado, acariciado y apretado?

Apretó las piernas y caminó. Estaba llena de hormonas. ¿Pero quién podría culparla después de la noche anterior? Sus mejillas se enrojecieron cuando recordó todo lo que hicieron. No podía esperar a volver a hacerlo.

—¿Necesitas de ayuda para montar? —preguntó Fugaku, cerca de su oreja.

Saltó y miró alrededor. ¡Maldición! Ni siquiera se dio cuenta que salieron. Es difícil darse cuenta del frío, cuando tu cuerpo estaba ardiendo.

Suspiró y miró su yegua. Ella era menuda y había mucho hasta la montura. Echó un vistazo a Fugaku. Él le sonrió ampliamente y en un rápido movimiento, envolvió sus grandes manos alrededor de su cintura y la alzó fácilmente.

—Misty es una buena montura. Me seguirá, así que no tienes que preocuparte. Solo disfruta —dijo Fugaku.

Ella le sonrió. Su mano se demoró en la pierna, a la que apretó antes de de montar su propio caballo.

Escogieron su camino a través de la nieve, por delante de la cabaña. Mikoto miró la cabaña. Estaba totalmente escondida en las montañas, como si los hermanos la hubiera tallado de la propia montaña. La nieve cubría el tejado y salía humo de la chimenea de piedra. Y podía ser su casa.

Su pecho se apretó y ella tuvo el absurdo impulso de reírse como una niña en una tienda de dulces. Casa.

La vida era una extraña cadena de ironías. Lo aprendió bastante rápido. Solamente con la muerte de sus sueños, los encontró.

¿Pero funcionaría?

Una sombra de duda arruinó su alegría. ¿Habrían en esta familia las mismas dificultades que en la de ella? Ella siempre supo que el consejo Hyuga se estaban pasando de todos los niveles al invadir la vida personal de la familia principal y ciertos aspectos de la secundaria. La mejor solución para su clan era el liderazgo con los gemelos Hiashi y Hizashi por su carácter firme y su habilidad, pero al darse cuenta que ellos tenían la segunda versión del sello del pájaro enjaulado se dio cuenta que era imposible. Era cuestión de tiempo para que la destituyeran y se ensañaran con el clan completo. La noche que debieron reclamarla ellos como prometida, la ayudaron a escapar y ella les implantó un contrasello para evitar que los mataran por esa ocasión.

¿Volvía a hacer el mismo error? En este caso no solo lideraría un clan sino a dos, una boda no la salvaría ya que debía ser más fuerte para casarse con ellos y no se creía capaz de ser tan fuerte para ellos. No por nada se les llamaba el clan de la guerra.

Frunció el seño. ¿Dejando de lado el problema con su clan, si no habría necesitado desesperadamente un lugar en donde esconderse, habría conocido a los hermanos Uchiha?

Posiblemente hubiera cambiado algo de haber tenido el carácter de alguno de sus padres, pero casi nada heredó de ellos. Únicamente su capacidad de chackra.

Le dolía la cabeza. Intentaba demasiado analizar su situación. Sabía lo que sentía por los hermanos, pero ¿porqué tenía que ser tan problemático por ser ambas partes lideres de clanes tan extremistas?

¡Mierda!

No era justo para ellos. Querían una matriarca que los pudiese amar a los tres, no una mujer que no podía pensar por sí misma, que era un desastre, una que tomaba malas decisiones.

—Si frunces más el rostro, tu bonita cara va a quedar arrugada para siempre —dijo Fugaku.

Ella le echó un vistazo, y un calor culpable bañaba sus mejillas. No había prestado ninguna atención, a él, a su caballo o a donde iban. Y Fugaku se dio cuenta.

—Discúlpame —dijo bajito—. Estaba pensando.

Fugaku encogió los hombros.

—Fue por eso que te invité a salir un poco. Parecía que necesitabas una pausa. Se volvió en la silla, mirando fijamente hacia delante, y el silencio bajó otra vez entre ellos.

Suspiró. Él no insistía. Le gustaba eso. Pero ninguno de los hermanos insistía demasiado. Madara podía ser exigente. Cualquier idiota podía ver esto, pero no sobrepasaba sus límites.

—Es bonito aquí —comentó ella, enfocando su atención en Fugaku.

Él asintió.

—Ningún lugar en la tierra es más hermoso que las Montañas del país del Fuego.

Amaba aquel lugar. Lo podía decir por como sus ojos se empañaron mientras miraba el paisaje. Algo de su desolación y tormento que llevaba como un permanente tatuaje desapareció, reemplazado por la satisfacción.

—¿Cómo llegaron aquí? —preguntó ella.

Él volvió a encoger los hombros.

—Nunca nos gustó la villa Uchiha pero dentro del territorio teníamos las montañas y nos encantó la idea de tener la casa algo cerca de la villa pero lo suficientemente apartados.

Ella pensó durante un instante. La cabaña en la que vivían era grande. Aunque no comían en el comedor, el cuarto tenía una mesa en la que cabían fácilmente dos docenas de personas. Y había varios cuartos a los que aún no había explorado. Un pensamiento preocupante apareció en su mente.

—¿Cómo líderes les llegan muchas visitas en la cabaña? —preguntó.

La estudió durante un momento, como si hurgara en sus pensamientos.

—¿Estás preocupada sobre el cambio de domicilio? —preguntó, su tono era ligeramente desafiante.

—En cierta medida —dijo honestamente—. Quisiera para mantener de forma neutral la situación un terreno que no pertenezca a ninguno de los clanes y dos casas separadas para asuntos oficiales de los clanes, para no preocuparnos de tan grandes problemas con políticos entrando en la casa principal. Y ¿Cómo me presentarán a otras personas?

—Como nuestra matriarca —respondió él.

Sintió temblar a su estómago. Por un lado, siempre se preparó para las obligaciones de ser una matriarca, pero la idea de que tres hombres tan sexy, la reclamaban como su matriarca, la calentaba en sobremanera.

—Te acostumbrarás —dijo él.

Se sintió que sus mejillas volvían a calentarse mientras se le ocurría otro pensamiento. Uno que no había considerado, pero era posible que se diera por las normas de su clan.

Se tocó la garganta, pensando en como formular la pregunta.

Fugaku suspiró.

—Solo dilo. Cualquier cosa. No te voy a morder.

Ella lo miró, con la mirada melancólica.

—Entre las reglas de mi clan si mis hijos por edad no pueden tomar el liderazgo y yo fallezco... —se paró—. ¿Se arriesgarían a ser aniquilados por los miembros de mi clan?

Sus ojos se oscurecieron y su cara se endureció.

—No me importa tener que cuidarnos de nuestras propias sombras, mataré a cualquiera a quien ose acercarte con el fin de liquidarte.

La respuesta la aliviaba.

Fugaku continuó:

—Si tendremos que vivir en una mansión como la Hyuga, rellena de guardaespaldas de ambas familias con tal de que nos sintamos todos seguros lo haremos. Aunque no sea nuestro estilo.

Ella no podía pararse. Se rió. Entonces se puso seria:

—Espero que no cometan un error.

Él activó su sharingan para mirarla mejor.

—¿Estamos cometiendo un error, Mikoto?

Ella se encogió bajo su franca evaluación.

—No quiero que cometan un error —susurró ella—. No quiero que todo esto sea un error.

—Por lo menos, ya no hay vuelta atras —dijo él— cuéntanos adentro cuanto tiempo contamos para realizar todo.

Aceptó el confort de sus palabras. Ciertamente ya todo estaba hecho, lo único que la apresuraba y era su carta de victoria era su embarazo, si bien se acordaba solo tenía 3 meses para hacer el kaiho, entre mas rápido lo hiciera iba a ser mejor.

Quedó sorprendida al ver que volvía a estar cerca de la cabaña. No se fijó en el paseo, perdida en sus pensamientos.

Fueron por detrás y pararon en el exterior del granero. Fugaku se deslizó de su caballo y la ayudó a bajar. Aterrizó a pocos centímetros de él y el calor de su cuerpo la alcanzó y la envolvió. Olía tan malditamente sexy. Justo como debería un hombre. Madera, cuero y una pizca de salvajismo.

Puso la mano en su pecho, incapaz de resistir la tentación. Su calor le quemó la mano. Fugaku gruñó.

—Vamos a llevar los caballos antes que te joda aquí mismo, en la nieve.

El deseo llenó cada pulgada de su cuerpo. Sus pezones se endurecieron, y rayos de placer ardían entre sus piernas, ante sus explicitas palabras.

Sus manos temblaban y lo siguió en el granero. Lo miró, mientras cepillaba los caballos. Imaginó que eran sus manos por su cuerpo, en vez del caballo. El sudor cubrió sus cejas. Lo quería. Aquí. Ahora. ¿Y si podía reunir el coraje, que la paraba de tomar lo que quería?