Buenos días, ha sido un tiempo desde la última actualización. espero que este fanfic siga teniendo un hueco por aquí. No puedo decir nada en mi defensa más allá de que las cosas no me han ido como quisiera últimamente, pero eso no importa, el tema es que dije que lo acabaría y lo acabaré. ¡Me quiero demasiado a Barry y Harrison! Os lo debo a mis lectores :)


Espero que disfrutéis la continuación, ¡un saludo!Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.

Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.

Día Zella

Detective Joe West

PARTE 2

―Entonces, ¿qué hay de mi esperada cita? ―preguntó Barry a la mañana siguiente, tras haber pasado una más o menos agradable velada sin que Joe le buscara las cosquillas con respecto al tema de Harrison Wells y sus sospechas. El científico ahora considerado un paria por la sociedad solía ser el primero en llegar y aquella vez, aún con el joven velocista enrollado en sus sábanas ronroneando como un gato lastimero ante el pronto despertar, había llegado cuando el Laboratorio todavía no contaba con la presencia de sus otros dos miembros. Barry, con él, no había tardado en situarse a su espalda y rodearlo con los brazos por detrás para poner en bandeja su sugerencia.

Nefasta sugerencia en la humilde, o no tan humilde, opinión de Eobard.

―Tú no piensas en realidad que sea una buena idea, Barry ―dejó caer su cabeza hacia atrás de forma que quedara reposando sobre uno de los hombros del chico, que comenzó a hacer un camino de besos por su cuello. Eobard sonrió levemente―. ¿Esa es tu manera de persuadirme?

―Una de ellas, tengo montones. Como por ejemplo tus palabras del otro día.

―Mm… ―maulló ante una succión especialmente deliciosa en su nuez de Adán―. Permíteme discrepar. Nunca acepté el trato y, por otro lado, el trato era que tendríamos una cita si eras cuidadoso. No entra en mi término de cuidadoso conseguir ser envenenado y casi asesinado.

Barry se encogió de hombros después de apartarse. ―Dualidad de opiniones.

Eobard puso los ojos en blanco en un gesto hastiado. En cuanto a cabezota no había quien le hiciera competencia a Barry Allen, no importaba lo que alguien se esforzara. En el fondo, se encontraba un tanto molesto por haber tenido que arriesgar su tapadera de aquella forma pero, por suerte, las circunstancias no habían sido fatídicas después de todo, y tampoco era enteramente culpa de Barry.

Lo observó alejarse y dejarse caer en una de las sillas contiguas al escritorio que atravesaba la sala frente a la entrada. Un suspiro exhausto escapó de su boca. Eobard hizo girar la silla para enfocarlo directamente y se cruzó de brazos.

―No lo sé ―empezó el chico, tras un breve instante―. Siento como que todo, Central City y mi propia crisis familiar, ha estado agitado últimamente. Por un lado quiero… quisiera centrarme en atrapar al hombre de amarillo y vengar a mi madre, liberar a mi padre. Pero por otro está también esa niña, esos metahumanos dedicándose a asesinar gente a diestra y siniestra.

―Con muy mal gusto, debo decir. Típico de su mentalidad infantil.

Barry soltó un resoplido que pudo haber sido sarcástico. ―Sí…

Parando un momento atención a si se aproximaban pasos por el pasillo, Eobard hizo rodar la silla haciendo fuerza con sus brazos y se situó junto al chico para dedicarle una mirada condescendiente que el otro no tardó en rehusar con un agrio «¿Qué?».

―Nada. ―Desvió la vista mientras trataba de localizar las palabras precisas que decir, luego el contacto visual se reanudó―. Entonces, ¿piensas que salir en una cita conmigo aportaría normalidad a tu vida? Porque déjame decirte que lo nuestro ―Tuvo que morderse interiormente la mejilla ante dicho pronombre posesivo―, no es precisamente algo que la sociedad denominaría normal. Tampoco lo haría tu familia y amigos.

―¿Por qué? ¿Porque somos dos hombres? ¿Por la diferencia de edad? ―Sacudió la cabeza, contrariado.

―Sí, bueno, más por la cosa de la edad que por lo otro, pero sí ―dijo Eobard en un suspiro―. Mira, Barry, esto que… hay entre nosotros…

Pero el joven cortó su pretensión de añadir nada, como si temiera que cualquier cosa que pudiera salir de su boca fuera a ser ofensivo.

―No.

―¿No, qué?

―No ―insistió levantándose y dando una vuelta sobre sí mismo; su mano en la nuca y la expresión contrita en su rostro le daban un aspecto semejante a un ratoncillo arrinconado―. No me voy a echar para atrás contigo, y no permitiré que tú lo hagas. No fácilmente, al menos. Nosotros lo hacemos bien juntos, es… me gustas. Mucho, de verdad.

Los ojos de Barry, de un verde turquesa sincero, le hicieron estremecerse en contra de todos sus principios. Tragar saliva, atravesado por esa mirada y esas palabras justo en la zona del pecho en la que debía encontrarse el corazón. Solo que a él, A Eobard Thawne, no le quedaba de eso… ¿Entonces por qué?

¿Por qué?

Era una pregunta muy frecuente en los últimos días cuando se trataba de Barry Allen. El chico le aguantó la mirada un momento más, pero luego la apartó en un gesto que intentaba sin éxito ocultar la decepción. Eobard le hubiera noqueado en ese momento solo para no seguir aguantándolo, a él y a la presión que ejercía sobre su persona, pero por obvias razones no podía hacer eso. Una lástima.

De repente, una risa suave captó su atención. Sin variar un ápice de su semblante apático, Eobard se percató de que Barry se estaba riendo. La luz blanca de los apliques se derramaba sobre él, dándole unos contrastes de claroscuros perturbantes.

―Y entonces, cada vez que me das a entender que algo está cambiando, que estoy consiguiendo que te abras a mi… Cada vez que lo creo me estampo contra la realidad de que no pareces dispuesto a avanzar con un chaval como yo.

Eobard inspiró hondo y se lamió los labios dispuesto a interrumpir la diatriba del chico, que siguió hablando, asumiendo el rol de "nada me importa" en esta ocasión.

―Pero está bien, lo entiendo. Lo capto, no te preocupes.

―Barry…

―No, en serio, Harrison. Tus aspiraciones para una relación deben ser mucho más maduras que las mías.

―Barry…

―Después de todo, no son cinco años, ni diez, son… ¿cuántos? ¿veinticuatro? ―continuó el chico con su diatriba, sin darse por enterado de que el otro hombre le estaba hablando.

―Barry, ¿quieres salir conmigo en una cita?

―¿Veinticinco? ¿veintiséis? Te conservas tan bien que no sé cuán…

Eobard contuvo un suspiro de frustración y siseó entre dientes: ―Barry, ¿quieres tener una cita conmigo?

―...años debes… ―Se detuvo, perplejo. Eobard dio gracias a cualquier divinidad que hubiera ayudado a las neuronas de Barry a alcanzar la iluminación. El chico parpadeó. Una, dos, tres veces más. Abrió la boca y la cerró antes de articular un agudo―: ¿Cómo?

―Me niego a repetirlo de nuevo. Pero te dije que no eras solo sexo y hablaba en serio.

―¿De verdad?

Eobard enarcó una ceja. Barry salvó la distancia que los separaba y le plantó un beso en los labios que le supo a gloria; el característico olor dulce, a bosque, de Barry le dejó momentáneamente mareado cuando se separaron unos centímetros. Las manos del velocista se apoyaban sobre los reposabrazos de la silla mientras que su cuerpo se inclinaba ligeramente con tal de estar a la misma altura que el científico.

―Solo lo digo para dejar de escucharle, Sr. Allen ―bromeó Eobard, pero lo decía en serio.

―Lo sé, pero eso no significa que lo vaya a desaprovechar.

Esto hizo que Eobard emitiera su primera carcajada sincera y genuina en mucho tiempo. No tiene remedio, pensó. Una voz en su cabeza le contestó: Y tú tampoco. Y no supo que lo horrorizó más, si la naturaleza de ese pensamiento en sí, o la certeza de que ese cariño, desarrollado de forma inaudita por el Flash de aquella época, no había hecho más que incrementar exponencialmente en las últimas dos semanas, desde aquella noche tormentosa en que el chico llegó a su casa dispuesto a poner las cartas sobre la mesa. Dos semanas que parecían contener más historias que un año entero.

Espeluznante, Eobard, se dijo. curiosamente espeluznante.

Pocos minutos más tarde llegaron los miembros restantes de Laboratorios S.T.A.R. No fue uno de aquellos días espléndidos en los que el crimen en Central City permanecía en un entrañable sopor, hubo algún que otro incendio, así como intentos de suicidio y atraco, y Barry realmente no paró quieto. Se permitió un momento, sin embargo, cerca del mediodía para ir a hacerle una visita a Iris con su traje rojo después de mandarle un escueto mensaje de encuentro. No se sentía bien el engañarla de aquella forma, pero si así la ayudaba con su trabajo Barry no podía evitarlo, ni siquiera Wells y su entrecejo fruncido cuando Barry dejó caer a donde iba.

La investigación acerca de las famosas metahumanas dio un paso más allá con el descubrimiento de la identidad de una de ellas gracias a unas muestras del explosivo que flotó en el aire la noche del cementerio y que Cisco sabiamente recogió. La imagen de una niña rubia y de inocentes rizos dorados iluminó el monitor.

―¡Y aquí la tenemos…! ―exclamó Cisco, echándose hacia atrás en la silla, las patas delanteras se alzaron levemente―. Tú la viste mejor, Barry, ¿es nuestra chica?

―Bueno, amigo, digamos que mis recuerdos son tan válidos como los de un ebrio, además llevaba una capucha oscura por encima de la cabeza. ―Se rascó la nuca, pensativo, antes de encogerse de hombros―. Pero se parece.

―Elizabeth Morrington, doce años ―dijo Caitlin―. Según la información registrada nació a las afueras de Starling City, en una familia echada al campo. No tenían mucho dinero. ―Siguió leyendo de su propio ordenador, la luz pálida reflejó la pena en sus ojos cuando agregó―: Huérfana desde los siete años junto a su hermana melliza, Sarah Morrington. Las circunstancias de las muertes de los padres son desconocidas, al parecer.

Eobard, que había permanecido en silencio hasta el momento, levantó la mano en la que tenía la cabeza apoyada. ―Espera, ¿has dicho una hermana melliza?

Caitlin pestañeó.

―Eh, sí… ambas se fueron a vivir al orfanato Tempus Vivins , aquí en Central City, después de la tragedia hasta que hace unos meses… ―Abrió los ojos y volteó hacia los demás―... desaparecieron.

Cisco frunció el ceño. Barry, por su parte, se frotó la sien luciendo cansado.

―Déjame adivinar. Los meses desde su desaparición coinciden con la fecha de la explosión del acelerador de partículas.

La expresión de la chica la delató por sí sola; sus labios fruncidos en una pequeña mueca. Eobard se preguntó por primera vez si no hubiera sido mejor tratar de capturar a aquellas estúpidas niñas, empezaban a ser problemáticas, lo cual podría volverse en su contra.

Cuando se percató de que los otros tres lo miraban como aguardando una respuesta por su parte, se limitó a enarcar la ceja y soltar un resoplido de brazos cruzados.

―Podemos deducir que ambas mellizas están compinchadas. Elizabeth es nuestra chica de los explosivos, Sarah debe tener poder sobre la vegetación.

―¡No…! ―cortó Cisco. Todos le miraron llevarse una mano a la barbilla, meditabundo―. Estoy a punto de hallar los motes idóneos para esas dos.

Hubo una rotación de ojos colectiva.

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Joe ascendió por las escaleras de la estación policial a zancadas, saludando de pasada a algunos de sus compañeros antes de entrar en el despacho, por llamarlo de alguna forma, de su hijo adoptivo. La estancia se encontraba vacía. Las persianas estaban bajadas y la luz de la tarde se filtraba a través de las finísimas rendijas creando irreales saetas de polvo. Parado junto a la puerta, el policía echó una mirada por encima al portátil apagado y al tablón de investigación donde el chico organizaba todo lo referente al asesinato de su madre, cubierto en ese momento por una sábana blanca como un fantasma jorobado.

Sacó un paquete del bolsillo de su cazadora y se metió un chicle en la boca. Masticó, hundiendo sus dientes en la masa dúctil, y un intenso frescor mentolado explotó en su paladar. Había estado llamando a casa a Barry que, para variar, tras la cena de anoche no había encontrado el camino a su cama. Luego lo llamó al móvil una vez, pero no había recibido respuesta alguna. Tampoco tenía noticias de que hubiera ocurrido ningún incidente metahumano, por lo que dudaba de que ese fuera el caso de su "desconexión". Con un reniego por lo bajo, el policía cerró la puerta de la habitación y, tras informar a su jefe de que hoy se iría pronto y despedirse de sus compañeros y de Eddie, condujo hacia casa. El motor hizo un quejido lastimero al detenerse en el aparcamiento, las ruedas rechinaron un poco. Aquel viejo trasto ya había aguantado suficiente, justo como su dueño.

Cuando entró al vestíbulo le recibió una solitaria quietud y la oscuridad. Había querido acercarse a Laboratorios S.T.A.R para hablar con Cisco pero algo le había detenido: el movidito día que habían tenido y la precaución. Tal vez era mejor no arriesgarse a levantar sospechas en el Dr. Wells, en caso de que él fuera el Reverso de Flash ir a buscar a Cisco para hablar con el de asuntos de la policía no parecía lo suficientemente sutil por lo que, aprovechando que estaba solo en casa, se apoltronó en el sofá con el móvil en la mano y un contacto muy claro en su mente.

Se escuchó un pitido. Dos, tres. Finalmente una voz animada contestó al otro lado de la línea: ―«¿Aló?»

―Cisco, soy Joe. No digas mi nombre. Si estás en los Laboratorios S.T.A.R necesito que te escapes un momento a la calle. Hay algo de lo que tenemos que hablar ―dictaminó con calma y seriedad.

Debió notarse que se trataba de un asunto importante porque el chico, generalmente atolondrado y despreocupado, después de una notable pausa, exclamó:

―«Oh, por supuesto, porque yo soy el tipo tonto que siempre tiene que atender a su hermano cuando este así lo requiere. Tendrás que conformarte con cinco minutos, estoy saliendo a la calle»

Bien, ahora… Joe se frotó la barbilla, pensativo, ignorante de las múltiples cámaras instaladas tanto en su casa como en el resto de sitios que frecuentaba.

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Avanzaron relajadamente entre el bullicioso ir y venir de la gente por la travesía del mar. No habían hablado en todo el camino, a penas un par de intercambios de palabras sin importancia, y Barry se había dirigido de forma inconsciente al paseo marítimo en el que habían tenido su primera cita no oficial, aquella en la hamburguesería ' The Fat Cow'. Las tiendas que flanqueaban la amplia avenida se encontraban henchidas de una muchedumbre eufórica e histérica. La luz de las farolas empezaron a encenderse sistemáticamente cuando Barry redirigió sus pasos por una bifurcación anterior a la hamburguesería.

Harrison le miró, curioso.

―Creí que íbamos a reeditar nuestro último encuentro en un local.

―¿Tú estómago se alimenta siquiera de algo que no sean hamburguesas? No te vas a morir por variar tu menú de vez en cuando.

El hombre se atragantó con una risa divertida antes de echar un vistazo al letrero frente al que Barry se había detenido.

―¿Crepería Saint Rimbauld? ―inquirió con una ceja alzada.

―Me apetece algo dulce, pero si quieres podemos ir a otro sitio. Siempre y cuando no sea nada parecido a una hamburguesa, te lo ruego.

―¿Sabes quién era Arthur Rimbauld?

―Estoy seguro de que científico no ―comentó Barry distraído.

―No, un afamado poeta francés. ¿Te conoces de memoria todos los científicos habidos y por haber?

Barry le lanzó una mirada ceñuda antes de plantarle un rápido y sonoro beso en la mejilla que causó una mueca en el hombre de ojos azules.

―Si pudiera ir al futuro los conocería a todos, no tengas duda, pero por ahora conozco al más importante. ―Le guiñó un ojo pícaro.

―¿Era necesario ese beso?

―Siempre es necesario besarte.

Desde fuera lucía como un local tranquilo y luminoso, la puerta era de madera pero unos grandes ventanales permitían ver el interior, decorado con muebles blancos en su mayoría y mesas pequeñas que se desperdigaban en hileras perfectamente cuadradas. Había parterres llenos de flores de variopintos colores que rompían con el monocromatismo predominante. Barry había visto el local de pasada la otra vez que había andado por aquella calle y se hizo una nota mental de pasarse algún día, y aquel parecía tan bueno como cualquier otro. Iba con unas ganas exultantes de aquella cita y de la distracción que esta suponía en contraposición con todo el estrés por atrapar tanto al Reverso de Flash como a las hermanas Morrington, eso sin contar sus problemas personales.

Se sentaron en una de las mesas del final, oculta tras un muro y que permitía un poco más de intimidad que el resto. Aunque sabía que nadie debía sacar conclusiones de verlos en un local tomando algo, prefería no arriesgarse pues, el saber que en realidad eran pareja ―o así se lo había dado a entender Harrison de forma indirecta―, no ayudaba a sosegar su nerviosismo por estar en público. Harrison cogió la carta en silencio y la leyó por encima. Cuando el camarero se acercó a tomar nota, ambos se pusieron de acuerdo en darle una oportunidad a la crepe de plátano, chocolate y almendras, el camarero les aseguró que el plato era uno de los más demandados y que no les iba a decepcionar. Mientras esperaban, Barry no pudo evitar ensimismarse mirando las facciones cuadradas de Harrison, la perfecta curva de sus cejas y la forma en que su cabello oscuro y sedoso se enroscaba por la frente y la nuca en pequeños rizos rebeldes; ponerse a recordar cómo le brillaban los ojos azules cuando se besaban probablemente le haría perder la noción del tiempo y del lugar en el que estaban.

―"La vida es la farsa que todos debemos representar" ―habló el científico de súbito―. ¿Qué opinas?

―Opino que sigues pensando en el nombre de esta crepería.

El hombre alzó ambas cejas, divertido, y se le formaron dos hoyuelos al sonreír, cosa que ya era una victoria para Barry quien adoraba verlos.

―Muy locuaz, Sr. Allen.

―Oh, ¿así que volvemos a las formalidades?

Harrison lo ignoró, a sabiendas de lo fetichista que podía demostrar ser el chico a veces, y apoyó los codos en la mesa cuando el camarero de antes volvía con los platos, los dejaba y se marchaba de nuevo.

―¿Tú no crees que la vida sea una farsa? Si lo piensas todos estamos obligados a caminar sobre ella, la gente no puede volver atrás ―dijo, reflexivo―. Orgullo, vanidad, egoísmo, hipocresía, de una forma u otra la vida nos lleva a través de distintas lacras de la sociedad. La vida es una farsa porque todos buscamos una felicidad basada en las doctrinas que nos enseñan de pequeños, nuestros padres. Una felicidad ilusoria, una falacia.

―Es normal que la gente tenga sus sueños y que los persigan, eso no convierte la vida en una farsa. Si pudiéramos… ―titubeó Barry―... si pudiéramos retroceder en el tiempo todo sería más fácil.

El corazón se le encogió al pensar en su madre, en lo que daría por salvar su vida, por tenerla de vuelta. Notaba el peso aplastante de la mirada zafiro en él, levantó la vista y sus ojos se encontraron. Todo sería tan fácil, si se pudieran enmendar cosas del pasado…

―El mundo se volvería loco, Barry ―lo dijo con suavidad y cierta compasión impropia de él―. La vida misma es una sátira que parece hecha para los humanos, y ellos y sus emociones son lo peor de ésta. Imagina que todo el mundo se pusiera a cambiar las cosas del pasado que no consideran oportunas.

El velocista frunció el ceño, en parte confuso por el tono de voz del científico. Sonaba más oscuro que de costumbre y Barry se encontró pensando en la cantidad de cosas que desconocía de su vida. Nunca habían hablado del pasado de Harrison Wells, nunca habían ido más allá del incidente con acelerador de partículas, la pérdida de su reputación y la muerte de su esposa. ¿Pero que había de su infancia y adolescencia? No tenía la más remota idea de cuáles habían sido los momentos felices de su vida, los que rememoraba con apego y estima, con nostalgia, ni siquiera sabía nada de sus padres aparte de que no le dejaban comer hamburguesas de pequeño. La realización del vacío que había en sus conocimientos acerca del que era su pareja, aunque fuera en secreto, le hizo sentir una pequeña indigestión e inquietud que le dejó momentáneamente pasmado, con el tenedor y el cuchillo en la mano y la vista fija en el científico.

Harrison se dio cuenta y pareció despertar de su propia ensoñación.

―Barry, ¿qué ocurre?

El chico abrió y cerró la boca indeciso, se pasó la lengua por los labios.

―Si yo… ― Me pregunto en qué momento y por qué perdiste toda la fe en la humanidad y en ti mismo, pensó, pero no lo dijo porque allí había demasiada gente y aquel parecía un tema de los que se tratan frente a la chimenea, con una manta y un té caliente; también tuvo que ver el hecho de que una figura inesperada les interrumpió.

―Tomar algo dulce para preparar una noche de desmadre no es lo que yo te aconsejaría, forense.

De pie junto a su mesa, con un semblante indiferente que no ocultaba del todo su curiosidad, se encontraba una chica menuda de larga melena oscura, despampanante en sus tejanos azules y su blusa de seda verde oliva, los zapatos de tacón y un bolso que parecía caro. El reluciente par de ojos azul cielo que poseía fue lo que hizo reaccionar a Barry.

―¡Rena! ¿Qué haces aquí? ―La chica enarcó una ceja, desabrida. Barry rectificó―. Quiero decir… que casualidad encontrarnos de nuevo, yo… si-siento haberme ido de aquella forma la otra noche, tenía que…

―No hace falta que me des excusas, Barry. Solo nos conocimos de unos minutos, no se me rompió el corazón ―se burló mientras cogía una silla de una de las otras mesas y se unía a ellos con naturalidad, como si, de hecho, tuviera con ellos un grado de confianza sólido y de antigüedad. Barry se removió nervioso ante la mirada inquisitiva de Harrison que, después de un instante, sonrió a la recién llegada con frialdad.

―Es usted cortés al sentarse en una mesa sin presentarse primero ―dijo para alarma de Barry―. Soy Harrison Wells, aunque creo…

―Sé quién es usted, ¿hay alguien que no lo sepa? Fue el científico que puso en marcha el acelerador de partículas, debería haber imaginado que tus aspiraciones de friki de la ciencia te daba muchos números para conocer al Dr. Wells ―dijo sonriendo a Barry con aquella coquetería intrínseca de ella. Luego se volvió a dirigir al otro hombre―. Un placer conocerle, Dr. Wells, yo soy Rena Smith. No puedo odiar a nadie más que a mi padre así que puede estar tranquilo.

―Me siento halagado y aliviado, Srta. Smith ―pronunció, lentamente y con una marcada neutralidad―. Vista su relación con su progenitor pondré en mi lista negra su cadena de hoteles, aunque abundan los comentarios acerca de su finura y buen gusto.

Después de esa breve y tensa presentación, Barry casi agradeció que la conversación derivara en una evaluación de la situación actual en Central City, en cómo el crimen se había visto incrementado desde la aparición de los metahumanos, y, especialmente, de los recientes asesinatos. La intención de Barry había sido despejarse de todo asunto turbio y disfrutar con su novio, pero con la llegada de Rena, tenía que admitir que era preferible hablar en un terreno neutral antes que ver el intercambio de pullas punzantes entre ella y Harrison. Por otro lado, le gustó que Rena no idolatrara a Flash. Afirmó tenerle respeto y admiración, empero era una chica moderada y muy segura de sí misma que no parecía capaz de perder la cabeza por ninguna celebridad, impresión que ya había tenido de ella la noche que se conocieron. Rena se pidió un batido con nata y helado, hizo una broma acerca de las calorías y Barry rió diciendo que él tenía, por suerte, una constitución provechosa para comer lo que quisiera y no engordar. Harrison le echó una mirada que hablaba por sí sola causando que el chico tuviera que morderse la parte interior de la mejilla para no romper en carcajadas y que Rena pensara que se cachondeaban de ella.

Por lo demás, el científico permaneció mayormente callado e impertérrito, sonriendo solo cuando Barry trataba de incluirlo en la conversación. Este se sentía apesadumbrado porque su primera cita se hubiera visto malograda por la llegada de la chica; también incómodo debido a que Harrison no lucía especialmente encantado con el cambio de planes, esto, tal vez, hubiera pasado desapercibido para cualquiera que no fuera Barry, quien en los últimos días se había esforzado por ver más allá de esa imagen que el hombre proyectaba a los demás.

―¿'Inmerse yourself in the flash' continúa igual de extravagante? ―preguntó Barry.

―Eh, aunque sea de mi padre he de decir que es un pub precioso. Pero ha perdido un poco con tu ausencia, no te he visto de nuevo por ahí.

Barry forzó una media sonrisa, tratando de no mirar de reojo a Harrison; notaba, no obstante, sus ojos clavados en él, indagadores como las columnas de luz de un faro buscando los secretos del negro mar.

―No he salido mucho últimamente.

―Mmm… ―Una sonrisa ladina se dibujó en el rostro de la joven que los contempló a ambos con interés.

Para ser sincero, a Barry le había hecho ilusión volver a ver a Rena, sobretodo porque era una persona con la que conectó de forma inmediata, con una química poco común. Sin embargo, era inevitable darse cuenta de que la energía entre ella y Harrison no fluía con la misma facilidad. Barry sintió un cosquilleo de placer al pensar que el científico podría sentirse celoso o amenazado ante la presencia de Rena y su aura provocadora, así como de los ademanes coquetos y cautivadores, si bien no tenía motivo alguno para sentirse así.

Seguramente, reflexionó en un momento de quietud, cuando Rena sorbía del batido y Harrison tenía la mirada perdida mientras jugueteaba con sus dedos, sospecha que me enrollé con ella. A lo mejor el bocazas de Cisco le ha dicho algo, pero, de todas formas, entonces no teníamos nada. Trató de hacer contacto visual con él, quiso decirle que todo estaba bien pero solo recibió un muro que ocultaba cualquier emoción.

Rena, que seguía contemplándolos con una media sonrisa, se mordió el labio. Poco tardó en despedirse después de eso, aunque, antes de irse, y para disgusto de Harrison, intercambió números de teléfono con Barry quedando en verse pronto y afirmando que había sido un placer conocer a el famoso Dr. Harrison Wells. Este respondió con la misma educación y, una vez se quedaron solos, Barry se sintió decepcionado al comprobar que el buen ambiente de la cita había decaído, por lo que sugirió volver a casa ―la del científico― dando un paseo en lugar de haciendo uso de la súper velocidad de Barry. Y así lo hicieron, pasearon en un hermético silencio que solo se vio interrumpido por la llamada de Joe, preguntando por el paradero del velocista.

―¿Donde pasarás la noche? ―preguntó Harrison al rato, sorprendiendo a Barry. Ya estaban en el cotizado barrio donde vivía y caminaban por un sendero de piedras que recordaba a las travesías de los antiguos castillos feudales. No debían ser más de las siete y media de la tarde pero la atmósfera invernal había sumido a la ciudad en pinceladas color cobalto, violeta y negro. Los farolillos estaban encendidos y los sonidos de las pisadas de Barry se entrelazaban con el monótono arrastre de la silla de ruedas.

―Antes he quedado con Caitlin y Cisco para salir a cenar, así que dormiré en casa de Joe.

El científico hizo un ruido que pudo significar cualquier cosa. Barry se giró a verlo.

―Vamos, para, ¿que pasa?

―Realmente, no vayas a hacerme un discurso acerca de cómo estoy actuando distinto desde el encuentro con Rena. Me lo conozco.

―¿Qué…? Yo no… ―balbuceó, incrédulo―. ¡Pero es verdad! Sé que te has molestado, no intentes fingir lo contrario o confundirme con tus juegos mentales. ―El hombre puso los ojos en blanco ante lo que Barry soltó un resoplido―. No. Oh, vamos, Harrison. Te dije que quería conocerte y lo dije en serio.

Se habían detenido en medio del camino, junto a una casa que hacía esquina con un pequeño espacio boscoso del que en ese momento salían un dueño con su perro. Harrison se mordía el labio inferior repetitivamente. Parecía pensativo y Barry se preguntó si habría algo que le preocupara más allá de una pequeña molestia.

Después de unos segundos, el científico contestó:

―Sí, supongo que me puse algo… celoso. Lo siento, no puedo dejar de pensar que en realidad te sientes más atraído hacia las chicas por mucho que me dijeras lo contrario ―sonrió, fijando su mirada en el chico, que lo miraba de vuelta―. Y esa chica es… ―silbó con admiración―… una verdadera belleza.

No le creía. No sabía por qué, pero Barry no le creía. Algo, algo en su postura, tal vez en la inclinación de la sonrisa, le dijo que el hombre se estaba callando su verdadera preocupación.

―Me atraes tú ―dijo, sin embargo, a sabiendas de que si no quería hablar, no hablaría.

De forma inconsciente, Barry también notó que justo esa sonrisa que le había puesto era la que Harrison Wells mostraba a todos los demás para ocultar su temperamento, la mayoría de veces a él inclusive, y fingir ser más afable de lo que era en realidad . Era la barrera, la máscara superflua que se iba resquebrajando cuanto más cercanos se volvían, la máscara que apenas estaba descubriendo que el otro hombre vestía, y Barry supo, o lo sabría más adelante, que esa máscara encerraba lo que más amaba de ese hombre.

Pero también lo que más odiaba.

Ensimismado en sus inquietudes, Barry no se dio cuenta de unos orbes verde frío, como la niebla, parapetados tras las frondosas sombras de las encinas. A diferencia de él, Eobard si se percató, si bien fingió no hacerlo. Tenía importantes asuntos que atender aquella noche.

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Iris se ajustó el tirante del sujetador antes de vestir el suave batín de terciopelo mate que acostumbraba a usar para dormir. El espejo vertical le devolvía una imagen completa de ella misma, una imagen que le hizo respirar hondo y cerrar los ojos un momento antes de volver a enfocar aquel reflejo fatigado de su persona. Gracias a su piel oscura no se apreciaba demasiado, pero ella podía notar los cambios de las ojeras bajo sus ojos, así como el sabor ácido de la bilis navegando por su garganta, amenazando con hacerla correr al lavabo para echarlo todo cada cierto tiempo.

El único motivo por el que Eddie, quien en ese preciso momento entraba por la puerta de la habitación matrimonial, no sospechaba nada aún era porque sus vómitos se concentraban a primera hora sobre todo, hora en la que su prometido ya había salido para ir al trabajo.

―Oh, Dios mío, ¿quién será esta preciosidad que ha aparecido en mis aposentos?

Iris sonrió de lado, aunque fue una sonrisa cansada también fue genuina al sentirse rodeada por los brazos de su amado. Giró sobre sus talones para quedar frente a frente, con sus narices apenas rozándose. A Iris le gustaba la altura de Eddie. Era más alto que ella pero no lo suficiente como para que tuviera que ponerse de puntillas si quería sumergirse en la calidez de sus ojos y en la paz que encontraba en su boca.

―La cena está lista ―dijo Eddie.

―¿Algo especial?

―¿Debería haber preparado algo especial? ―preguntó confuso―. Porque parece que tu padre ha empezado a asimilar lo nuestro en las últimas semanas. Fíjate, hoy incluso ha bromeado acerca de ese equipo de béisbol, los…

―Los Yankees.

―Esos deberían ser. Intentaba escucharle, pero estaba demasiado preocupado porque toda esa buena disposición fuera algún tipo de trampa.

Iris puso los ojos en blanco.

―Piensas demasiado.

Eddie sonrió y su sonrisa fue tan brillante como una estrella, una estrella que derramaba la tersa, apacible luz que ella necesitaba. A veces le invadía una ola de reconocimiento cuando se dejaba envolver por el aura que siempre acompañaba a Eddie, como si despertara de un profundo sueño y se percatara de cuánto lo había extrañado antes de haberlo conocido, lo cual no dejaba de ser ilógico pues no era como si alguna vez se hubiera sentido sola en ese aspecto. No había tenido a nadie especial pero nunca le había importado tampoco… hasta que Eddie apareció en su vida, con su expresión jovial y la delicadeza que escondía la primera impresión que daba; se había convertido en aquella parte de ella que no se había dado cuenta de que le faltaba.

El chico ladeó la cabeza ligeramente, y Iris se vio reflejada en sus pupilas bordeadas por un fino hilo de plata luminoso que caía desde la lámpara que colgaba del techo, volviendo sus irises azules en escarcha de luna.

―¿Qué pasa?

El aire se hizo una bola en sus pulmones. Iris parpadeó. De repente, tuvo la imperiosa necesidad de decirle a Eddie lo de su embarazo. Abrió la boca, dubitativa; desvió la vista un momento antes de volverla a enfocar en él. ―Hay algo que deberías saber.

Eddie arrugó el entrecejo pero su sonrisa no mermó.

―Espero que este no sea el momento en el que me rompes el corazón, ha sido un duro camino hasta conseguir este extraño estado de tregua con tu padre.

―En ocasiones pienso que te importa más mi padre que yo.

Los brazos a su alrededor se ciñeron más a ella, y sintió los dedos de Eddie serpentear arriba por su espalda, acariciando su hombro desnudo antes de reposar en su mejilla con una calidez infinita.

―Nada me importa más que tú.

Iris le besó con ternura; su pecho parecía contener decenas de mariposas revueltas que se agitaban al ritmo de su corazón. El contacto fue breve y contenido, y al separarse sus frentes reposaban juntas.

―Dime, Iris, ¿que ocurre? ¿es algo malo?

―No, no es… nada malo. Es solo ―Se pasó la lengua por los labios―. Grande.

Los ojos de Eddie chispearon con sorpresa y se alejó un poco para mirarla mejor.

―Eh… ¿grande? ¿qué quieres decir? No será nada que tenga que ver con ese Flash, ¿verdad? Porque sabes que mi opinión sobre lo que un héroe debería ser discrepa un poco de lo que ese…

Iris sacudió la cabeza, decidiendo ignorar la pulla subrepticia en las palabras del hombre.

―Eddie ―dijo―. Olvida a Flash, tiene que ver con nosotros. Cuando me pediste que nos fuéramos a vivir juntos, ¿lo pensaste bien? Quiero decir, hay muchas parejas que deciden dar pasos importantes en sus relaciones pero que por el motivo que sea acaban dándolo de forma precipitada, y entonces esa precipitación termina por quebrar el amor que… sentían el uno por el otro.

―Iris, no me he arrepentido ni un segundo de pedirte que te mudaras conmigo. Y cada decisión que tomemos la tomaremos juntos. ―Le cogió de la mano con fuerza y ternura a la vez, como queriendo dar énfasis a sus palabras. Su expresión era seria y firme, pero Iris no podía alejar el cosquilleo nervioso que le burbujeaba por dentro. Eddie lo notó―. Eh, cariño, por favor, cuéntame lo que sea.

Inspiró aire pero parecía como si aspirara ceniza candente.

―¿Y si ocurriera algo… si ocurriera algo que escapa de nuestras manos? No siempre se puede decidir cuándo elegir, a veces los sucesos se te echan encima.

―Entonces afrontaremos lo que se nos eche encima juntos. Puedes sostenerte en mi cuando quieras, mientras tú quieras. Aunque todo el mundo explotara, yo voy a ser siempre la roca constante en tu vida, aquella a la que podrás aferrarte pase lo que pase.

Las palabras murieron en su boca antes de siquiera llegar a ella. Sintió un vahído, como una sacudida, una agitación de emociones tan intensas que podrían haber contenido la energía de mil soles; nació en el pecho y ascendió como una cascada invertida hasta agolparse en sus ojos y tuvo que parpadear para no llorar. De repente, se sentía estúpida por no habérselo contado antes, por haber dudado siquiera por una milésima de segundo de la figura de confianza y de apoyo que Eddie estaba dispuesto a ser por ella.

Aprovechó deslizar un mechón de su pelo fuera de la cara para limpiar la humedad de sus ojos. Eddie amplió su sonrisa y le acunó suavemente el rostro. Un sonido irritante hendió la burbuja que se había formado alrededor de ellos; el móvil de Eddie vibraba sobre la superficie de la mesa de noche mientras una de las melodías predeterminadas resonaba en la habitación.

El chico echó un breve vistazo a la pantalla iluminada.

―Es tu padre… ―susurró.

―Cógelo. Puede ser importante.

Eddie la miró, dubitativo. ―¿Estás segura? Podría…

―No, cógelo. Luego hablamos, enserio ―dijo Iris tratando de ocultar su decepción antes de depositar un casto beso en la mejilla a su novio. Hoy por hoy, con los recientes asesinatos de metahumanos sería egoísta por su parte permitir que Eddie no contestara a esa llamada. Lo suyo podía esperar, tal vez no era el momento―. Voy para la cocina.

El hombre asintió y descolgó.

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―«¿Me estás diciendo…? Estoy alucinando, Joe, enserio. Si...»

El salón de su casa estaba a oscuras. La televisión desprendía un tenue halo de luz azulada mientras imágenes mudas transcurrían en la pantalla. Barry seguía sin aparecer, si bien había conseguido contactar con él a media tarde y le constaba que había salido con Caitlin y Cisco a tomar algo. A este último Joe le hubo dejado transparente como el agua que no podía hablarle a Barry acerca del tema de investigar a Wells; el joven compañero de su hijo no había estado de acuerdo con Joe, por supuesto, y aunque había terminado aceptando, se hubo rehusado a ayudarle en un inicio. «El Dr. Wells ha cometido errores, pero es una buena persona y, por si no lo notas, ¡está tullido! ¿cómo piensas que corre? ¿haciendo el pino?» fueron las palabras de Cisco cuando le había dejado caer su hipótesis. Por eso mismo, Joe confiaba en que no le daría la suficiente importancia al tema y mantendría la boca cerrada con Barry, quien, bien dicho se de paso, se mostraba especialmente susceptible a la mínima que se ponía en cuestión el honor del científico. Lo que menos quería Joe era alejarlo y enfriar su relación más de lo que lo habían hecho ya en los últimos días. Aún se encontraba agradecido porque la noche anterior la cena con Iris transcuyera con normalidad, él mordiéndose la lengua más de una vez y Barry actuando como si su discusión no hubiera tenido lugar. También el contactarlo después de todo un día sin verle el pelo hubo calmado sus nervios. Nervios que aparentemente Eddie se había propuesto crispar de nuevo.

―Has dicho que Iris estaba en casa, haz el favor de bajar la voz o no quieres oír lo que haré con vuestra mudanza.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Podía imaginar tras sus párpados cerrados cómo el novio de su hija inspiraba profundamente, el ceño fruncido alternándose con ojos colmados de incredulidad y sorpresa, sentado en la cama ―tal vez― mientras se frotaba el dedo índice con el pulgar, un tic nervioso que Joe le había detectado no hacía mucho.

―«No puedes ocultarle esto a Iris, Joe» ―habló de nuevo, en un tono más comedido―. «¿Lo sabes, verdad? Eres su padre, Barry es como su… ¡como su hermano! Un chaval normal que trabaja como detective forense. Y tú entonces, de repente, me llamas y me dices que… ―Su voz se rompió en una risa que no pareció divertida― me dices que es Flash y que no puedo decirle nada a Iris. Mi novia.»

―Eddie, esto es por su propio bien, para protegerla.

―«No estoy tan seguro, Joe. ¿Sabes lo que significa ocultarle algo como esto?»

―Creeme que lo sé.

―«Se ha estado reuniendo con Flash, hablando con él sin saber que era su mejor amigo. Sabe… sabe que Flash no se va presentando a todos los reporteros, ¿cómo crees que se sentirá cuando descubra la verdad? ¿cuando sepa que el motivo de ser ella la elegida fue simplemente que Flash era su amigo, uno que no tuvo la confianza de decírselo?»

―Eh, Barry quiso decírselo. Yo le pedí que no lo hiciera, igual que te lo estoy pidiendo a ti ahora e. igual que él, tu lo vas a hacer ―señaló el detective. Llevaban rato hablando y la conversación parecía ir en círculos, una y otra vez, como el símbolo de ouroboros , una serpiente que se muerde la cola―. Escucha, Eddie, esto es importante, no se trata solo de sinceridad o de confianza. Ni siquiera de Iris.

―«Un asesino has dicho. El que mató a la madre de Barry.»

Joe asintió aunque sabía que el otro no podía verle. Un ruido le hizo alzar la cabeza de la mesa. Ojo avizor y lentamente, se puso en pie y cogió la pistola que descansaba a su lado, sobre el sofá. Lanzó una mirada circular al salón pero no avistó movimiento. Con la casa entera a oscuras y las cortinas abiertas, no le costaba ver lo que había al otro lado de la ventana ―algún que otro vehículo circulando, ni un solo peatón― donde las sombras se alzaban en su reino nocturno. La lámpara del techo tintineo con un sonido frío. Joe apuntó con el arma pero estaba despejado.

―«¿Joe? ¿Me oyes?»

El hombre chasqueó la lengua y, con pistola y móvil, uno en cada mano, contestó rápido y firme:

―Tengo que dejarte, escúchame bien. El hombre que mató a la madre de Barry es un velocista como el propio Barry. Lo llamamos el Reverso de Flash y es muy peligroso, por eso no puedes decirle a Iris nada de esto. Ella no puede saber nada, Eddie. ―Mientras hablaba se deslizó silenciosamente hasta las escaleras, atento a cualquier señal de que hubiera un intruso en casa. Con la pistola alzada y la espalda pegada a la pared consiguiente a la puerta de salida, continuó―: Tengo mis sospechas acerca de quién puede ser ese tal Reverso y necesito que me ayudes a investigarlo. Tú y Cisco.

―«¿De quién sospechas?»

Joe no contestó de inmediato. Quitó el pestillo de la puerta y echó un vistazo por la mirilla que daba a la calle. El buzón de siempre se erigía junto al camino empedrado, bajo las luces plateadas de los farolillos semejaba un espíritu perdido en medio de la penumbra. Vio automóviles aparcados, los mismos de siempre también; sabía de qué vecino era cada uno con tal de tener todo controlado.

La calle era tan silenciosa como su casa y aún así había algo inquietante, una sensación de alerta que conocía bien debido a su profesión, que no le dejaba tranquilo.

―Harrison Wells. Y estoy bastante seguro ―dijo, pulsando el interruptor de la luz antes de voltearse para volver al comedor.

―«¿Ha…? No es mi persona favorita, por su culpa todos estos metahumanos están por ahí dando problemas, pero le salvó la vida a Barry… »

Joe fue a protestar mas se quedó paralizado en medio del comedor, sus venas convertidas en grutas heladas y la pistola atenazada entre los dedos de su mano derecha. La mirada fija en un único lugar.

―La televisión está apagada.

―«¿Qué dices?»

El policía reaccionó de repente, alzando de nuevo el arma y situándose de forma que tuviese un amplio ángulo de su entorno.

―Está apagada, la dejé encendida. ¿Quién anda ahí? ¡Déjate ver! ―gritó, dirigiéndose al presunto intruso―. O eso se dice siempre pero nunca funciona ―masculló por lo bajo.

De súbito, una quietud que pondría la piel de gallina al más intrépido guerrero se extendió por la sala como una ola, palpable y visible, que olía a sed de sangre y que hizo que un sudor amargo descendiera por la frente de Joe. Parpadeó para enfocar mejor.

―Tengo que colgar ―dijo, pero antes de hacerlo algo borroso y más rápido y letal que un rayo se estrelló en su estómago causando que este se hundiera contra sus costillas. Se oyó el crujido de algo al romperse así como el gemido de dolor que escapó de la boca del detective, quien tosió un chorro de sangre que le manchó los labios y el parquet del salón.

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Había pensado que Joe estaba actuando bastante... muy raro durante toda la conversación. Eddie sabía que Iris le estaba esperando en el comedor, que la cena que él mismo había preparado con entusiasmo se debía haber enfriado ya hasta un punto mediocre y que todo lo que Joe, el padre de su novia, su jefe, le había contado era una completa y absoluta locura. Eddie se había puesto en pie y sentado, puesto en pie y vuelta a sentar más de diez veces tratando de llegar a una solución al problema que tenía entre manos que no fuera a decepcionar ni a Joe ni a Iris ni a sí mismo. Pero no había entendido nada y, al contrario, entendió lo suficiente cuando Joe mencionó el televisor mágicamente apagado y un aullido estrangulado resonó al otro lado de la línea.

Eddie, que estaba en ese momento sentado en la cama, se levantó de un brinco llamando a su suegro ―que sería fantástico emocionarse por ese seudónimo en otro momento― entre el ruido de apaleamiento que se oía y que cesó en menos de dos segundos cuando la línea se cortó.

No…No, si algo le pasaba a Joe…

Incrédulo y con un creciente miedo instalándose en la boca de su estómago, el joven policía masculló un «mierda» por lo bajo al mismo tiempo que salía disparado de la habitación. Pasó por el pasillo y el comedor como un soplo de viento hasta salir a la calle, casi ni notó el frío agrediendo su cuerpo a través del pijama ni los gritos de Iris preguntándole qué pasaba antes de ser ahogados por el rugido del motor al arrancar. Condujo con una mano y con movimientos frenéticos mientras marcaba un número y ponía el manos libres, sacaba la pistola de repuesto de la guantera para tenerla más a mano cuando descolgaron al segundo tono.

―Intrusos de número desconocido en el 15 de la calle Rainmonarch, casa del Detective West. Es una emergencia. ―Le temblaban las manos pero habló con firmeza. Bajo la luz lechosa de la luna el vehículo se deslizó entre calles casi desiertas, indolente por las decenas de semáforos en rojo que decidió ignorar y por el pobre e invisible minino que se escurrió por los pelos fuera de su camino.

En la mente de Eddie había un solo pensamiento: Aguanta, Joe, por favor, aguanta.

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El detective había sido lanzado de pared a pared a lo largo del comedor, sus huesos, algunos fracturados, habían hecho migas con el suelo de la cocina, la mesa de madera ahora estampada contra la estantería de libros caídos y la lámpara de cristal que había reventado ―extinguiendo la iluminación― en una miríada de cristales afilados que desgarraron su camisa y la piel de su espalda.

El detective hacía ya un rato, incontable según su percepción, que sentía un vahído tras sus párpados entrecerrados, un vendaval de imágenes borrosas, confusión y dolor que estallaba en su cabeza para luego palpitar por todos sus miembros y, en el mismo epicentro de todo aquel tormento, el rayo escarlata era tan conocido y temible como el mismo Lucifer.

La saliva mezclada con el espesor de la sangre le hizo atragantarse cuando el hombre de amarillo le cogió de la pechera para luego darle un puñetazo en la cara. Joe escupió en el suelo toda la rabia e impotencia que sentía. Trató de coger su pistola pero a duras penas podía moverse y el otro era mucho más rápido. Fue flagelado hasta casi perder el conocimiento; el sudor anegaba todo su cuerpo, se sentía caliente y supo que las múltiples heridas abiertas y sangrantes probablemente le estaban provocando fiebre. Se preguntó si iba a morir, sintió pánico, porque ¿qué iba a ser de sus niños si él moría? Barry había perdido demasiado, Iris…

De repente, algo tironeó de él, lo tumbó en el suelo sin delicadeza y se subió a horcajadas. El tacto cálido, suave de la alfombra fue como hierba escarchada y áspera como cuchillas mientras las manos del criminal se cerraban en torno a su cuello.

―¿Debería matarte? ―gruñó la voz distorsionada inclinándose hasta tener la cara tan cerca de Joe que este pudo apreciar con precisión el destello carmín de los ojos, como dos pequeños y parpadeantes átomos de luz que vibraban frenéticos.

―No importa ―resolló, falto de oxígeno― si me matas. Eres un asesino. Flash… Flash te encontrará y te detendrá. No vas a ser libre por mucho tiempo. Barry te...

El agarre aumentó tanto en su pescuezo que los dedos fueron como tenazas cortando su presión arterial y conductos respiratorios. Abrió los ojos llorosos, los pulmones le ardían al rojo vivo, demandando su alimento.

―Creo que no te mostrarás tan indiferente si a la que mato es a tu hija ―siseó, había rabia en su voz, una rabia que hubiera dejado a Joe perplejo si las palabras no hubieran sido lo que fueron: una abominación que penetró en sus oídos, atravesó sus tímpanos y le provocó arcadas.

―No… Iris no...Por favor.

Pero la silueta del hombre de amarillo recortada contra la oscuridad de su salón era una sombra perfilada tal cual cenefas del averno, si bien quiso, no pudo hallar tras la máscara vestigios del científico Harrison Wells.

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La antecámara del convite privado del político Igionoll Thawne tenía sus paredes y mobiliarios, de límpido oro, marfil, vidrio y madera de sequoia, manchados de rojo. Sentado frente a la mesa que se extendía a lo largo de habitación se hallaba el Dr. Meurich, del departamento secreto de déficit metamórfico del más célebre sindicato de científicos de entonces; sus hombros estaban hundidos, su cuerpo recogido sobre sí mismo mientras la cabeza, apoyada sobre la superficie de la mesa y retorcida en un ángulo imposible, miraba hacia el proyector de realidad virtual encendido en la pared opuesta. En la habitación había otros dos cuerpos. Uno, inerte sobre el suelo de taquiones, había dejado de verter sangre hacía pocos segundos, tenía el pecho abierto en canal de forma que se apreciaban algunos órganos, y los ojos estaban abiertos de puro horror. El otro cuerpo era más pequeño y delgado y estaba sentado en medio del charco de sangre de su padre, cabizbajo, con los mechones de pelo rubio ocultando su expresión y un cuchillo de cocina entre las piernas. Escuchaba la voz de una mujer aproximarse gritando, y una miscelánea de imágenes se sucedieron tras sus párpados. Tenía calor. Aquel día aprendió que la sangre era caliente, igual que el odio y la ira, aprendió que su propia sangre latía más rápido que la de otros, aprendió que era difícil controlarla y que ese mismo descontrol podía ser más turbio que la sangre más fría.

Vibraba a la vez que jadeaba y no sabía si lloraba. Si lo hacía, sería porque las lágrimas nacían del fuego de la rabia. Goteó líquido escarlata de la esquina de madera, la puerta crujió al abrirse y una mujer entró y chilló, horrorizada por la cruenta escena que se había llevado a cabo en la antecámara de su propia casa.


Mm... ¿que opináis, chicos y chicas? Espero que algo bueno, cualquier sugerencia podéis comentarla (de hecho, os lo agradeceré XD), e intentaré que la espera para el próximo capítulo no sea tan larga, ¡ni mucho menos!