Penúltimo capítulo.

Advertencias múltiples y misteriosas. Lean bajo su propio riesgo *troll face*.

Disclaimer: Por aquí aparece un personaje llamado Hikari, otra invención mía que obedece a propósitos muy específicos dentro de la trama. También Yusura es un personaje original.

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Esa temporada del año

Por: Galdor Ciryatan

10

oOo Algunos meses después: Comienzos de marzo oOo

Itachi recogió sus cosas del escritorio y despidió a los alumnos. El tiempo pasaba rápido cuando daba clases, tanto, que estaba pensando en pedir un puesto estable, no sólo ser suplente. Ayer y hoy había cubierto a un maestro que se encontraba resfriado; de vez en cuando se ponía al frente del salón de clases para suplir a algún shinobi enfermo o que se encontrara ausente. En el mes asistía a la Academia uno días, pero no le molestaría hacer de esto algo más regular.

Los niños le tenían simpatía, algunos hasta lo admiraban. Conocían su historia de manera fragmentada y la mayoría no hilaba las cosas. Sabían que era un Uchiha, que su clan había sufrido una gran tragedia años atrás, que él se convirtió en renegado por mucho tiempo y que regresó a la aldea y se esforzó admirablemente por recuperar la confianza de ésta, no obstante, ignoraban que todas esas cosas estaban entrelazadas y formaban un tapiz que se deshilacharía al remover cualquiera de sus elementos. Los niños más grandes y los más listos, incluso los que escuchaban conversaciones que no deberían oír, estaban al tanto de la verdadera historia de Itachi, es decir, la versión completa e hilada. Ante cualquier signo de desconfianza y suspicacia, la comadreja se acercaba a hablar con ellos. Un genuino interés por saber lo que les azoraba, una de sus sonrisas cálidas y una explicación al nivel de un niño siempre acababan calmándolos y retornando la confianza entre ambos.

A Itachi le encantaban los niños, sobre todo los más pequeños, porque le recordaban a Sasuke. Ver sus progresos y conocer su deseo de mejorar como shinobi era un privilegio muy grande. Participar en esa formación, por más breve que fuese su acto, era un honor y una responsabilidad muy grande.

Salió del salón, se encontró con Umino Iruka y, tras intercambiar algunas palabras cordiales, se dispuso a ir a casa. No obstante, al cruzar la puerta de la Academia vio a una pequeña niña sentada sola en las escaleras. No era alumna de la clase a la que atendió hoy, pero en dos ocasiones le había dado clases y recordaba su nombre.

—Yusura-chan, ¿qué haces aquí sola?

—Mamá no llega todavía —respondió la niña mientras garabateaba con el dedo en el suelo.

Ah, a algunos niños los recogían sus padres luego de la escuela, recordó la comadreja. Él y Sasuke jamás fueron de ese tipo, ellos iban y venían solos porque eran lo suficientemente maduros, además, recogerlos hubiera sido signo de debilidad e innecesario consentimiento para el clan.

Aunque Yusura no se veía demasiado preocupada por la tardanza de su madre, Itachi se sentó a su lado a hacerle compañía. De forma distraída la comadreja pensó que meses atrás, en esa fecha, habría tenido poco tiempo para sentarse, habría estado viajando a Kiri, anhelando llegar, desesperado. Pero no había más Kiri. Tenía tiempo de no hacer ese rutinario viaje y no lo echaba de menos.

—¿Aprendiste algo interesante el día de hoy? —preguntó Uchiha con tal de hacer conversación.

El rostro de la niña se iluminó de pronto y enderezó la espalda. Acababa de recordar algo que quería preguntarle.

—¿Es verdad que eres un héroe, Itachi-sensei?

Uchiha le preguntó a qué se refería y luego le respondió. La madre de Yusura llegó poco después.

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Itachi caminaba con paso despreocupado por la aldea. Algunas personas lo saludaban al verlo pasar, había mujeres que consideraban el sonreírle de manera ilusionada, aunque al final se lo pensaban dos veces y lo daban por perdido.

Al pasar por el mercado se detuvo en algunos de los puestos y examinó con ojo crítico la comida. Podría comprar algo fresco y cocinar para dos; Sasuke se hallaba fuera en una misión. A punto de realizar una compra, cierta presencia familiar se acercó a su lado y le dijo:

—Ya he comprado dos de esos.

Itachi le miró, vio las bolsas de la compra que cargaba y adivinó que se le había adelantado. Conocía sus gustos y en ocasiones era capaz de prever sus deseos. Hoy había comprado justamente lo que Itachi estaba pensado cocinar.

—¿Falta algo más?

—No, tengo todo. Vamos a casa.

La comadreja le quitó una de las bolsas, le ayudó en el innecesario acto de cargarla.

—¿Cómo estuvo tu día en la Academia? —preguntó.

Itachi esbozó una pequeña sonrisa antes de responder.

—Una niña me preguntó sobre el incidente del Sanbi en Kirigakure el año pasado. Según creía, yo había estado ahí y había detenido al Bijuu. —Se rió—. Nada más alejado de la realidad.

—Algunos de esos chicos te admiran bastante, más de que lo estás dispuesto a admitir. ¿Qué hay de raro en que te crean capaz de detener a un Bijuu por una aldea que no es la tuya? Eres un héroe, después de todo.

Itachi negó con la cabeza.

—No, no. Le dije la verdad a Yusura.

—¿Y cuál fue esa verdad? —le preguntó su amante, la misma persona junto a la cual vivía desde hacía algunos meses.

—Que sí viajé en esas fechas a Kiri pero llegué un poco después del ataque del Sanbi y que el verdadero héroe pertenecía al país del agua. Le dije que era un prisionero que, en lugar de huir cuando su celda se desmoronó, peleó contra el Sanbi y salvó a la aldea, en parte por amor a ésta, en parte porque creía que la persona que quería estaba en esos momentos en Kiri.

—¿Le contaste que agarré a un ANBU de los hombros y lo sacudí mientras le gritaba "¡Deshaz el sello de mis manos! ¡Deshazlo o moriremos!"?

—No, sólo le dije que el prisionero fue muy valiente y su nación perdonó su pasado —rió Itachi.

—Mei-sama es una gran Mizukage —reflexionó el mayor mirando al cielo—. Kiri está levantando la cabeza. Por fin.

Aunque él no iba a ver eso en primera fila puesto que no vivía en la nación del agua. Ya no. Konohagakure le gustaba igual. Había gente fuerte y había una persona en particular que amaba. Por uno de esos impulsos bobos e idealistas, tomó de la mano a la comadreja. Ésta no comentó nada, se limitó a sentir las mejillas calientes y entrelazar sus dedos con el mayor.

El día en que Kisame llegó de Kiri en calidad de hombre libre, Uchiha lo recibió en la entrada de la aldea. Él trató de poner su mejor cara de solemne alegría y comportarse con decoro, pero eso se derrumbó cuando Hoshigaki lo abrazó y lo besó enfrente de la comitiva de Kiri, de los shinobi de la hoja que se hallaban ahí y (más alarmante todavía) de Sasuke. Itachi se sintió amedrentado por tal acto de divulgación y, en verdad, todavía le costaba trabajo dejar que el cariño fluyera libremente entre ambos al estar en público. La antigua de regla de dejar todo tras la puerta de la habitación estaba bien arraigada y era difícil de arrancar. Las extraordinarias vivencias previas habían contribuido a disminuir su pudor, pero en la cotidianeidad las cosas eran diferentes. En la cotidianeidad de una aldea y una vida apacible, era la primera vez que Itachi tenía una pareja formal. Esos besos en el porche de su casa fueron los primeros de esta vida, ese pionero "Te amo" se sintió surrealista al no estar empapado en drama y emergencia, esa vez que salieron a comer como pareja le pareció igual a una primera cita, esas frases bobas antes dichas se le antojaban novedosas, ese sexo lento y placentero le recordó a su primera vez.

Se estaba acostumbrando.

—Pronto será tu cumpleaños, ¿ya sabes lo que quieres? —preguntó Uchiha.

Kisame sonrió de esa manera tiburonesca que sólo él podía lograr. Oh, sí tenía en mente un regalo adecuado, aunque no le diera uso precisamente en su cumpleaños. Quería una nota que dijera "Vale por una temporada de apareamiento juntos". La estación era entre su cumpleaños y el de Itachi.

Sin contestar la pregunta de la comadreja en forma directa pero pensando en un tema relacionado, el espadachín dijo:

—¿Recuerdas esa última estación en Akatsuki? Cuántas veces lo hicimos.

Llegaron a casa e Itachi no tuvo necesidad de pedirle discreción, de ordenarle que no tocara ese tema mientras iban caminando por la aldea. Suspiró. Vaya que se acordaba (aunque no tenía claras las cuentas).

—Fueron demasiadas —sentenció quitándose las sandalias.

Kisame hizo una de esas cosas por las cuales lo consideraba extraño: Mencionó el número exacto de veces que hicieron el amor en esa temporada.

—Fue una estación de 7 días. Lo hicimos 20 veces. La primera en el bosque cuando me alcanzaste y más tarde en cuanto llegamos al hotel. —Se despojó de su calzado, se encaminó a la cocina para dejar las compras y continuó enumerando con una suerte de deleite en la voz—. El segundo día fueron otras dos veces; por la mañana cuando tú…

—Espera. ¿Realmente te acuerdas de eso, del total y de cada vez? —le interrumpió el joven. Él perdió la cuenta de las cosas hacia la mitad de la temporada.

—Tenías 20 años y lo hicimos 20 veces, por eso lo recuerdo. Y me acuerdo muy bien de los primeros días.

Uchiha se sintió avergonzado. Él, que era un genio y un observador nato, no tenía tan clara la noción de esa temporada. Dejó la bolsa que cargaba en la mesa y empezó a sacar las cosas, lo hizo de forma distraída, un tanto cabizbajo. Pensaba (su orgullo zarandeado) cómo era posible que Kisame tuviera una mejor memoria al respecto, sobre todo considerando su experiencia sexual. De preguntarle cuándo y dónde perdió la virginidad, quién fue la segunda persona con la que lo hizo y qué hora del día hora, cuál era el nombre del burdel que visitó más veces, cómo lucía la última prostituta a la que contrató y en cuántas ocasiones se había acostado con hombres, ¿recordaría los datos exactos?

Por estar concentrado cavilando, a punto estuvo de meter un paquete de harina en el refrigerador.

"Divago… He dejado que este hombre me cambie" pensó.

En otro tiempo no hubiese tenido un error tan mundo, no se habría permitido tal equivocación tan estúpida. Hoy, cometió y perdonó.

—¿Qué tienes? —habló Kisame al notarlo distraído.

—Es sólo que estaba pensado. ¿Cómo puedes recordar esas cosas que hicimos hace tanto tiempo? Yo no lo recuerdo a detalle.

Sin darle mucho tiempo para reaccionar, Kisame lo tomó de la cintura y lo atrapó entre su cuerpo y el borde de la mesa. Unos rábanos se cayeron al suelo; fueron monumentalmente ignorados. Itachi se descubrió besando al mayor, prestando su boca a un juego bien conocido. Se aferró al cabello corto del tiburón y metió la lengua en su boca para luego recibir una mordida en ella.

—Quizá puedas poner mayor atención la siguiente temporada, quizá lleguemos más allá del número 20 —sugirió Kisame un centímetro debajo de su oído.

—Tendré que ir a Kiri y pedirles que me enseñen ese sello que usaron en ti. —De hecho, así lo hizo y jamás tuvieron que volver a preocuparse por la involuntaria absorción de chakra.

Si pasaron o no de los 20 actos, era historia aparte.

oOo Ese mismo año: Finales de julio oOo

Era mediodía y hacía algo de calor. Para las 12:30 Itachi ya había acabado de dar sus dos horas de las clases de verano en la Academia, iba caminando por la aldea y buscaba el lado de la calle donde los árboles daban sombra. En algún momento se abanicó el rostro con la mano y reflexionó que el calor ambiental no era tan exagerado; la fuente de su temperatura era interna.

El enojo es una emoción caliente.

Sasuke acababa de regresar de una de sus misiones ANBU y se hallaba con un tobillo inflamado, no tan grave para mandarlo al hospital pero sí para tenerlo reposando; había sido una misión de dos semanas con varias complicaciones. No obstante, Itachi no se dirigía a casa. Sus sandalias tenían otro rumbo, sus pantalones oscuros se movían al son de una melodía que no se llamaba hogar.

Cruzó la calle y sacó del bolsillo un juego de llaves. Entretanto abría la puerta del establecimiento, pensó en cómo llegó a enfadarse este día, la manera en la que comenzó su mañana irritado.

La cuestión se remontaba a tiempo atrás…

Kisame fue requerido por Mei para una misión especial. Él tenía poco derecho a negarse, era un ninja de Kiri y, a fin de cuentas, la Mizukage no lo llamaba muy seguido. Eran pocas las misiones en las que participaba, fuesen éstas ordenadas directamente por su aldea o coordinadas por Konoha si el caso lo requería. Así que partió de inmediato. La misión tomaría un mes en ser completada.

Dos semanas luego de despedir a Kisame, Itachi hubo de decirle "Hasta luego" también a su hermano menor.

En ese periodo él no tuvo ninguna misión que lo llevara fuera de Konoha. Era de los mejores shinobi, sólo que odiaba pelear y le pidió a la Hokage que redujera sus misiones y le diera algunas horas estables en la Academia. Tsunade accedió. Mientras hubiera paz no era muy necesario el uso de los ninja élite. El último acontecimiento de gravedad había sido la aparición del Sanbi en Kirigakure, en octubre del año pasado.

Itachi pasaba la mayor parte del tiempo en la aldea, tenía algunas horas de clases a la semana y ahora estaba apoyando con los cursos de verano; por lo demás, se encontraba bastante desocupado.

Se buscó algo para rellenar su tiempo y lo encontró. Fue un insight repentino, le sucedió un día mientras caminaba a casa. Sasuke alcanzó a ser partícipe de la noticia antes de marcharse con la máscara cubriéndole el rostro, pero Kisame no estaba y no pudo darse por enterado. Así había comenzado este embrollo que ahora lo tenía molesto.

La comadreja cruzó el umbral y puso los pies dentro del suelo de madera. Aspiró el olor del lugar y le agradó.

Dos días atrás, Sasuke había regresado a casa con el tobillo lastimado y la máscara cuarteada. Itachi le cambió las vendas la primera noche (sólo porque podía darse ese lujo y porque amaba consentirlo aunque a él le pareciera infantil). Mientras le revisaba la herida, le comentó sobre el café. Sasuke no mostró demasiado entusiasmo y tampoco le desaprobó, sólo le hizo algunas preguntas e indagó si necesitaría su ayuda. Itachi respondió que por el momento no, pero si llegaba a necesitarla se la pediría. El menor no se quejó. Para eso eran familia.

La reacción de Kisame fue bastante distinta. El tiburón llegó a casa anoche, fatigado y hambriento. Se duchó, cenó y se durmió, por lo que Uchiha tuvo poco tiempo para conversar con él. No es que fuera algo de una elevada relevancia; ya le comentaría luego sobre su proyecto. Y en la mañana lo hizo.

Al final Itachi había dicho "¿Me ayudarías si lo necesito?".

"No lo haré. Es una mala idea" fueron las palabras textuales del espadachín esa mañana.

Discutieron. Hubo algunos argumentos mal encauzados, un par de miradas incrédulas y algo de despecho. Itachi se marchó de casa molesto, porque ya era hora de ir a la Academia. Dio sus clases y, al acabar, helo ahí, con los pies plantados en el pequeño local.

A decir verdad, últimamente tenían discusiones sobre temas que, en otro tiempo, hubieran obviado. En sus años de Akatsuki las peleas eran escasas y durante el cautiverio de Kisame, nulas. Ahora que se hallaban viviendo una vida cómoda, confortable y tranquila, tenían tiempo para pelear por nimiedades. Lo del café era una insignificancia, en serio, comparado con la amenaza de Madara o la perspectiva de ser prisionero por el resto de una vida, pero a la luz de la cotidianeidad ambos se daban permiso de reñir al respecto.

A Itachi no le preocupaba mucho que discutieran. Lo consideraba normal, inherente a la convivencia, y al final solían resolverlo en actitud de civilizados adultos. No obstante, en esta minucia del café todavía no llegaba el final.

Poniendo gesto irritado cerró la puerta tras él.

¿Con que una mala idea, eh? ¿Con que no le ayudaría? Bueno, en este momento estaba enfadado por esos comentarios. Las palabras de Kisame le hirieron.

Miró el establecimiento y descubrió algo sobre el mostrador que él no dejó ahí en su última visita. De inicio fue renuente a tomarlo. Perdió el tiempo abriendo las ventanas y moviendo algunas sillas, fue a la parte de atrás para que ver que ninguna otra cosa estuviera fuera de orden y, por fin, cogió el presente de Kisame. Era un ramo de flores: Tulipanes amarillos. La tarjeta estaba en blanco, no obstante, tenía la seguridad de que lo enviaba Hoshigaki. Tonto y simple tiburón, le regalaba flores para apaciguarlo.

Uchiha pasó un rato más en el local. Hizo una lista de las cosas que faltaban y revisó pormenores. Quería que el café abriera dentro de una semana, a ser posible. Daría clases por la mañana y, por la tarde, trabajaría en el café. A saber, que esta bebida le encantaba. Un día sucedió que su tiempo libre y el deseo de hacer algo diferente a cumplir misiones le pusieron los ojos en el letrero de "Se vende", en su mente se formó nítida la imagen de un café y, en menos de un parpadeo, ya estaba hablando con el propietario del local y acordando el precio definitivo.

Si los Yamanaka tenían una tienda de flores, ¿por qué no podía un Uchiha tener un café?

Salió del lugar y cerró con llave. Más tarde que se le pasara el enojo le preguntaría a Kisame por dónde entró a dejar las flores. O tal vez se lo preguntaría en cuanto llegara a casa. Llevaba el ramo bajo el brazo; había sido incapaz de dejarlo ahí a marchitarse en la oscuridad.

oOo

—Estoy en casa —anunció al entrar.

Hoshigaki vio que llevaba sus flores, lo que le hizo sentir esperanzado y lo animó a preguntar:

—¿Hablamos?

Media taza de té después se encontraban sentados conversando. Kisame llevaba las de perder en un juego de poder (Itachi era la figura dominante la mayor parte del tiempo y era el ofendido en este asunto) así que decidió bajar la cabeza desde el inicio y portase complaciente. Si en la mañana se prestó a una discusión fue porque estaba todavía cansado de su reciente misión. Ahora se arrepentía.

—No escribiste nada en la tarjeta —dijo Itachi.

—Pensé que "Lo siento" sonaría simple y, por otro lado, no había suficiente espacio para escribir todo lo que quería decirte… Perdona, Itachi-san. Fue un malentendido.

La comadreja le dio un trago a su té. Aguardó callado a que el otro prosiguiera.

—Lo que te dije en la mañana es verdad, pero no de la manera que crees. Dije que no te ayudaría y que era mala idea porque de verdad lo creo: Es verano y es una mala temporada para el café, además, el negocio que estaba ahí anteriormente quebró. Y si yo te ayudara a atender el lugar…sólo espantaría a la gente. No creo en el café, es una idea terrible. Es increíble que se te haya ocurrido a ti.

Itachi lo miró con ojos bien abiertos e incrédulos. ¿Qué clase de disculpa era ésta? Para el caso, le estaba diciendo lo mismo que le expresó esta mañana antes de salir de casa, sólo que en tono calmado. Eso no era ninguna disculpa, sólo estaba reiterando lo que pensaba y, de ser así, ¿por qué le regaló flores y le dijo que había sido un malentendido? Meneó la cabeza y abrió la boca con ganas de replicar, de pedir una explicación.

Kisame alzó una mano y lo detuvo.

—Déjame terminar, por favor… Creo en ti, Itachi-san, en lo que no creo es en el café. No te pido que abandones la idea, sólo digo que es mala; no puedo hacerte renunciar, sólo digo que tal vez yo no pueda serte de ayuda.

—Tonto. Eso no importa. Me basta con que creas en mí.

oOo Septiembre oOo

Heiwa abría sus puertas por la tarde. Acorde a las predicciones de Kisame el lugar no rebosaba de actividad, en alguna medida por la temporada y por la ubicación del local. A Itachi le tenía sin cuidado. No quería hacerse rico con el café, sino tener un lugar acogedor y tranquilo para sí mismo y ofrecerlo al resto de la gente. En verdad, Heiwa evocaba precisamente lo que Uchiha deseaba. Era un sitio pacífico. Al ser poco frecuentado ofrecía una atmósfera de serenidad y calma que no se logra ni en el más acogedor de los sitios populares.

Hoy era martes y existían tantos clientes como personal en el café. Sasuke e Itachi se hallaban al otro lado del mostrador; Sakura y Naruto estaban sentados en las sillas negras ante una mesa pequeña de color rojo intenso, sus tazas eran blancas al igual que tres de las paredes del local. Extrañamente, esa combinación de contrastes no aminoraba el efecto calmante de Heiwa. Sakura tenía la teoría de que gran parte de la serenidad del local no estaba depositada en su decoración (en los uchiwa que se repartían aquí y allá, en la pintura o en los adornos de las mesas), tampoco en sus bebidas o platillos, sino en la persona que manejaba el café. Ella creía que Itachi tenía una gentileza difícil de ignorar y que con ella aportaba paz a quienes lo rodeaban.

No sería un café muy atendido pero las personas que iban, generalmente, regresaban.

Sakura gustaba de ir a estudiar ahí. Leía enormes volúmenes de medicina y hacía apuntes mientras tomaba una taza de café. En ocasiones se hacía acompañar de Ino o de Naruto sólo para pasar el rato. Sasuke odiaba esas veces.

El menor de los Uchiha iba al local y ayudaba a su hermano (aunque no hubiese mucho en qué ayudar) porque le gustaba pasar tiempo con él; aprovechaba los días libres y los momentos en que no tenía misiones. Sin embargo, aborrecía cuando le tocaba atender a clientes conocidos pues la humildad y el servicio no eran su fuerte. Con los extraños se las apañaba, era sólo que decir "Bienvenido" a Naruto y tomarle la orden era demasiado retorcido, lo ponía por debajo de él y eso le sacaba de quicio. Con ingenio se las arreglaba para ser lo menos cortés posible con Uzumaki; a Sakura y a Ino les daba algo de su usual indiferencia; a las chicas que a veces iban al café sólo para verlo… Bueno, esas ocasiones las sufría. Prefería pedirle a Itachi que las atendiera él. Tener admiradoras era una peste.

La campanilla de la puerta sonó y Sasuke rogó que no se tratara de sus insistentes seguidoras, no hoy que le tocaba atender, ¿era mucho pedir? A su favor, entró un hombre alto que ningún interés tenía en él. Quizá en algún tiempo ese hombre lo odió por arrancarle la vida a Itachi, pero hoy poco existía de eso. Y tal vez en ocasiones Sasuke enviada al hombre por ser el amado cómplice de la comadreja, pero procuraba no mostrarlo. Sasuke y Kisame tenían una relación de cordial indiferencia, a pesar de vivir bajo el mismo techo.

Itachi sonrió al ver a Hoshigaki.

Contrario a sus augurios y a la negativa de ayudarle con el café, Kisame terminó haciéndolo y fue buena idea. Cierto, no era el hombre más guapo y no atraía ocasionales clientas femeninas igual que Sasuke, pero tampoco espantaba a la gente. Su fácil trato, su natural cordialidad y el espíritu de servicio estaban bien arraigados en él. Era un rostro extraño de contemplar y una voz agradable con la cual intercambiar palabras.

Hoy se había quedado solo en casa y decidió ir al café, el cual empezaba a convertirse en un segundo hogar por las tardes. No importaba que no tuvieran mucha gente que atender y superaran en número a los clientes, la presencia de Itachi era suficiente razón para estar ahí.

Más tarde, la proporción entre personal y clientes volvió a cambiar. La puerta se abrió y entró por el umbral una mujer de cabello oscuro que cargaba a una niña pequeña.

—Kurenai-san —le saludó Itachi.

Kurenai frecuentaba el lugar. Como era un sitio tranquilo podía llevar a su hija (que era bastante quisquillosa) sin ningún problema. Saludó a los presentes y, en lugar de parecer una clienta en una tienda, dio la impresión de encontrarse en una pequeña reunión de conocidos. Naruto quiso hacerle caras graciosas a la niña para divertirla, pero ésta reaccionó escondiendo el rostro en el pecho de su madre. Kisame le preguntó de forma cordial a Kurenai cómo iba con sus nuevos alumnos genin. Para cuando la jounin ordenó algo de beber y un bocadillo, ya habían pasados varios minutos de charla.

Rato después se marcharon Sakura y Naruto, Sasuke se fue con ellos.

Kurenai escribía algunos reportes con la niña sentada en el regazo pero ésta, al ver que el chico de las caras aterradoras salía, se sintió animada a explorar el lugar. Se removió y con sus grandes ojos le pidió a su madre que la dejara. Ésta la puso en el suelo, dejó lo que estaba haciendo por un momento y, sin quitarle la vista de encima, la dejó vagar un poco. No era una niña demasiado curiosa y le gustaba dejarla que caminara sola cuando ella lo pedía.

La pequeña se agarró del borde de la mesa (un gesto innecesario, en verdad, que sólo servía para aportarle seguridad en el plano de su pensamiento, aunque no lo requería en el físico). Caminó siguiendo el borde con su manita y entonces apareció en su campo de visión un gigante. Todos eran gigantes para ella mientras no la cargara su madre, pero esta persona era mucho más alta que la mayoría y el color de su piel era extraño. Siempre que iban lo escrutaba con especial interés. Se le quedó mirando con ojos curiosos, el hombre depositó en la mesa algo que ella no vio bien y se marchó. Luego se soltó de su apoyo y caminó con paso seguro hacia el lugar donde desapareció el hombre: Un desconocido sitio detrás de un mostrador. Ella nunca había estado del otro lado, no sabía lo que existía ahí y le generaba curiosidad.

Kurenai llamó a la niña por su nombre, le dijo "Ven aquí" y fue desoída.

—Déjala, está bien — habló Itachi.

Cuando la niña iba a rodear el mostrador se encontró con un hombre que no lucía gigante. Era Itachi, acuclillado y llamándola para que se acercara. Ella dudó, quería ir al otro lado del mostrador, pero esa persona que la llamaba estaba ahí y no era su madre. Volteó hacia atrás, a los ojos de Kurenai, quien contemplaba divertida su pequeño dilema, luego miró otra vez hacia adelante, al desconocido mundo tras el mostrador y al hombre que le sonreía. Sus ojos, antes oscuros, ahora eran carmesí.

La niña se sintió confiada y avanzó hacia Itachi. El pequeño truco de mostrarle el Sharingan no era nuevo. La primera vez que Itachi intentó cargarla, ella se portó más que renuente, pero con el Sharingan activo se volvía bastante dócil. Tal vez era que el doujutsu le recordaba a los ojos de su madre.

Uchiha la levantó en sus brazos y le sonrió. Kurenai volvió a la tarea de escribir su reporte, sorbiendo ocasionalmente un poco de café.

—Tiene los ojos de Kurenai-san —dijo la comadreja mientras le mostraba la niña a Kisame.

Ella volvió a inspeccionar con interés al hombre azul, esta vez a una altura que no le obligaba a doblar el cuello y perder el equilibrio. Curiosamente, el hombre le sonrió.

"Y el tono de piel de Asuma, si mal no recuerdo" pensó Kisame, aunque creyó que sería inapropiado decirlo en voz alta.

La niña era bastante mona, en verdad. Tenía unas mejillas sonrosadas y unos ojos grandes, su cabello era fino y su sonrisa se contagiaba fácil. ¿No eran así la mayoría de los niños?

Kisame se embebió un rato mirando a la chiquilla y, cuando apartó los ojos de ella, descubrió que él era el observado. Itachi lo miraba con una expresión dulce e intensa.

—¿Qué? —espetó Hoshigaki.

—Nada —mintió Itachi.

Antes de devolverle la niña a su madre, le dio un beso en la pequeña frente y volvió a mirar a Kisame con esa expresión amorosa.

oOo Noviembre oOo

Hacía fresco y el café estaba casi lleno. Pronto sería hora de cerrar. Se hallaban atendiendo los tres; Kisame detrás del mostrador, Itachi preparando los pedidos y Sasuke en calidad de mesero. Trabajaban bien juntos. En recientes fechas y tal vez debido a Heiwa, el tiburón y el menor de los Uchiha se llevaban bastante bien. No tenían una inexistente relación como hasta hacía poco y no eran los mejores amigos del mundo, pero ya tenían algo. A veces discutían sobre ninjutsu cuando Sasuke quería saber algo sobre técnicas de agua.

Al pensar en ese par, Itachi sonrió.

Por pura casualidad se acordó de otro par y le dijo a Sasuke que podía retirarse, que entre él y Kisame terminarían la noche. Sasuke se quitó el delantal sin protestar y salió de ahí. Un segundo después, Sakura, quien había estado matando el tiempo, se acercó al mostrador para pagar y se retiró. No era explícito y tampoco se esforzaban mucho en ocultarlo, pero, a saber, que esos dos se traían algo entre manos. Itachi estaba convencido de que salían, razón por la cual despidió a Sasuke temprano. Además, el menor partiría en una misión larga el día de mañana y tal vez querría aprovechar su tiempo con la kunoichi.

Kisame y la comadreja dieron por finalizado el día. Después de irse los clientes, limpiaron, sacaron la basura y cerraron el lugar. Al caminar a casa, Itachi dio vuelta en un lugar inusual y se desvió de la ruta. El tiburón le siguió sin chistar. Le seguiría al otro lado del mundo sin la necesidad de que se lo pidiera.

Era bien entrada la noche y llegaron a un puentecillo iluminado con faroles. Itachi se sentó en el borde, abrazó con las piernas a Kisame y lo besó. Éste se dejó llevar. No era inusual que escaparan por un rato del resto del mundo y se buscaran un rincón tranquilo donde disfrutar el uno del otro.

Kisame le apartó el cabello del rostro, le besó las mejillas con melosa admiración y se inclinó sobre él cuando el menor trató de huir. Le besó la frente y empujó sus labios con deseos de perderlos entre su piel blanca. Itachi se inclinó hacia atrás, en apariencia renuente a los cariños del tiburón y corriendo el riesgo de caer de espaldas en el agua helada. Hoshigaki le agarró la cintura, lo empujó más hacia atrás y mordió su mentón, a su vez, Itachi apretó el abrazo de sus piernas y se reclinó. Si ambos se soltaran, él caería del puente. Si ambos se soltaran, se caería el mundo a pedazos

El tiburón le besó el cuello y se prendió por un momento de la cicatriz que en él portaba. Itachi no la escondía deliberadamente, a veces usaba cuellos altos y a veces cuellos en V. A la gente que le preguntada dónde obtuvo tal herida, él respondía "En una pelea" y Hoshigaki se reía en su fuero interno.

—Kisame —suspiró Itachi rompiendo la resistencia. Se enderezó y se fundieron en un abrazo. Con labios dispuestos y al alcance, se besaron; con manos cariñosas, se dieron confort.

—Te amo, Itachi-san.

La comadreja respondió de manera similar.

Tras un rato de disfrutar ese pedacito de mundo, Itachi puso las cartas sobre la mesa. Tenía algo en la mente y quería comentarlo con el tiburón.

Le besó la frente azul-grisácea y le dijo: —Hay algo de lo que quiero hablar.

Kisame puso sus manos en los muslos de Itachi y le dedicó una atención infinita. Sus ojos estaban fijos en él, sus oídos le pertenecían, su mente estaba en pausa esperando que hablara.

Uchiha se aclaró la garganta antes de decir: —Llevamos casi un año viviendo juntos aquí, en Konoha, sin mencionar el tiempo en Akatsuki. Te amo, me gusta que estemos juntos…

El espadachín arrugó las cejas. Este monumento a la obviedad debería estar dirigido a algo más, pero por alguna razón Itachi estaba rodeando el punto.

—¿Qué necesitas, Itachi-san? Sólo dime.

Uchiha humedeció sus labios.

—¿Has pensado en tener hijos?

La pregunta de la comadreja lo tomó por sorpresa. Hizo un esfuerzo por discernir sus emociones y respondió desde su pecho.

—Bueno, a mí no me gustan demasiado los niños, pero admito que sería divertido tener alguno cerca y verlo crecer —dijo Kisame—. He visto cómo miras a la niña de Kurenai. ¿Es por eso que me lo preguntas?

—Por eso, por el clan, por mí… —suspiró y recompuso sus pensamientos, había ensayado esta conversación por un largo tiempo—. Cuando veo a Kurenai con su niña, me doy cuenta de que quiero algo así. Además, me interesa que el clan continúe, y no sólo por parte de Sasuke; quiero niños que sean mis sobrinos y quiero alguno que sea mío. ¿Lo entiendes?

Kisame esbozó una sonrisa que se vio quebrada por un brote de tristeza. Si existía alguien con el tipo de gentileza adecuada para criar a un niño y si había una persona interesada en tener una familia, era Itachi. La parte de continuar con el clan saltaba a la luz, pero el tiburón sabía que no era el motivo de fondo; para Itachi, traer a un niño al mundo para que llenara un rol en un clan sería monstruoso. No, lo de extender el nombre "Uchiha" era nada más una consecuencia feliz.

—Entiendo…

Y comprendía también que la barrera biológica para tener un hijo entre ambos era obvia.

—¿Qué tienes en mente? —agregó el ninja de Kiri. Descartaba que Itachi estuviera pensando en la adopción ya que esto no propagaría el Sharingan y temía que quisiera usar una madre de alquiler. Se apartó de él un palmo con tal de verle bien el rostro.

Itachi escogió sus palabras con sumo cuidado como hacía siempre en este tipo de conversaciones.

—Hay una persona en el país de los ríos que podría ser de ayuda. Su nombre es Hikari. Al parecer desarrolló un jutsu que permite cambiar el género pero en ningún lugar he encontrado información detallada. Debe ser un henge de efecto prolongado, aunque no estoy seguro… No te alarmes, no me mires con esa cara. Lo único que quiero es ir a investigar. Hablaré con ella, aprenderé más sobre esta técnica y luego lo discutiremos.

Kisame resopló. Esta información era muy repentina, se estaba metiendo en las grietas de su cerebro y creándole imágenes controversiales.

—¿Pretendes hacerte mujer? —dijo el tiburón, luego reflexionó y exclamó: —¿Pretendes hacerme a mujer?

—Basta, no le des más vueltas de las necesarias. Voy a hablar con Hikari primero y después veremos qué hacer. No te mortifiques por ahora. No es necesario decidir nada.

El tiburón se rascó el cuello con dedos ansiosos. Era imposible no darle vueltas y espirales y rodeos y curvas a la idea. ¿Por qué le decía Itachi estas cosas si no quería preocuparlo?

—¿Cuándo quieres que vayamos? —preguntó el mayor.

—Voy a ir solo. Es un viaje de dos días de distancia y asumo que estaré ahí un día entero. Me iré el lunes temprano y regresaré el viernes en la tarde si me apresuro.

—¿Por qué no quieres que te acompañe?

Itachi apoyó su mano en el pecho de Kisame, le sonrió y dijo:

—Ya arreglé lo de mis clases en la Academia…pero no quiero que el café cierre. Sasuke sale mañana en una misión y sólo tú puedes quedarte a atender. Serán los días entre semana así que no estará muy lleno; sé que te las arreglarás bien tú solo. Además, sólo voy a conseguir información. Ni siquiera estoy seguro de que ese jutsu exista y funcione como pienso. No hay información clara. Voy, investigo y regreso. Me tendrás de vuelta el siguiente fin de semana.

—Si eso quieres, está bien. Me quedaré a atender el café.

Por adición, Uchiha le pidió que lo mantuviera en secreto. Como era un proyecto extraño y de dudoso éxito, no deseaba divulgarlo. Ni siquiera Sasuke estaba al tanto de sus ideas.

El domingo, Sasuke salió con la máscara ANBU.

El lunes en la madrugada, Itachi salió con una mochila al hombro. El miércoles llegó a la aldea del país de los ríos donde vivía Hikari. Ésta se encontraba empacando para un viaje; se iría en una misión a una nación lejana que le tomarí años en completar.

Itachi no regresó a casa para el viernes en la tarde.

oOo

Kisame estaba preocupado. Fuerza y habilidad aparte, a Itachi podría haberle ocurrido algo. La gente le preguntaba dónde estaba (Sakura, Naruto, Kurenai y otros clientes regulares); él respondía que estaba en una misión, cosa que no era del todo mentira.

"Ya debería estar de regreso" pensó. Hoy era lunes, tres días después del plazo en el que prometió volver.

Se las arregló para atender el café durante el fin de semana. Hubo bastante gente y tuvo que hacer uso de unos bunshin. No obstante, eso no era nada grave. Lo que le resultaba de cuidado era la ausencia de la comadreja.

Mientras se debatía entre ir a buscarlo inmediatamente o unos minutos después, un cuervo llegó y graznó. Kisame le abrió la ventana, entre aliviado y consternado.

El pájaro le entregó un diminuto rollo que decía:

"Surgió algo, pero estoy bien. Volveré pronto" y debajo de la letra apretada firmaba Itachi.

En definitiva era la escritura de Uchiha, cuestión que sosegó al ninja de Kiri.

El miércoles arribó otro cuervo que decía "Llegaré mañana en la noche. Espero que te hayas encargado bien del café".

Un peso se le cayó de los hombros a Kisame y ese día casi se olvidó de sus preocupaciones. Por fin regresaba Itachi.

oOo

El jueves no era el día más concurrido para Heiwa, tampoco el menos. Kisame decidió hacer sólo un clon y entre ambos se repartieron las tareas. Hubo algunos de los clientes habituales y algunos conocidos, Yamato y Kakashi estaban ahí, también la hermana de Kiba (cuyo nombre Kisame no recordaba), además de algunas personas que desconocía. Faltando media hora para cerrar, la gente ya se había marchado y el tiburón pensó en cerrar temprano e ir a casa a ver si Itachi se encontraba ahí. Limpió apresuradamente y se irritó cuando una mujer entró en el local.

—Perdona, ya vamos a cerrar —dijo enmascarando su urgencia por irse.

La mujer no le hizo caso. Se quedó plantada en la puerta y lo escrutó mientras él terminaba de acomodar las últimas sillas. Ella llevaba una capa azul sobre los hombros, prenda que era nueva, además de otros atributos nuevos que no tenía cuando salió de Konoha. Con la distracción que mostraba el espadachín, no era de extrañar que la confundiera con una mujer cualquiera.

—Kisame, ¿no me reconoces?

Tenía una voz profunda y suave. Quizás hubiera sido una de esas chicas que susurran algo al oído de un hombre y se les convierte en realidad.

El tiburón le dedicó un largo vistazo. Por primera vez miró a la mujer…y la reconoció.

—No es posible.

—Todavía no es hora de cerrar, faltan 10 minutos. Prepárame un café. Uno bien cargado —le dijo la chica.

—¿Itachi-san?

—Anda, obedece.

Con manos distraídas y mirando más a la mujer que lo que estaba haciendo, Kisame preparó dos bebidas. De las tazas blancas salió el vaho del café y de la boca de Hoshigaki, preguntas. Éstas no se hicieron trizas al pasar por entre sus dientes, emergieron completas y en perfecta procesión.

¿Es una broma? ¿Estás bien? ¿Por qué no llegaste antes? ¿Pasó algo? ¿Dónde estuviste? ¿Es temporal la transformación? ¿En verdad eres tú?

Itachi dejó que las preguntas se le resbalaran por los oídos. No contestó ni dijo nada hasta que Kisame puso el café sobre la mesa y él le hubo dado un sorbo. Sabía a hogar, sabía a heiwa. Notó que no se había quitado la capa al sentarse, pero decidió dejarla. Era una prenda amplia, convenientemente holgada.

—Soy yo. Si lo dudas, te mostraré el Sharingan —comenzó por decir Itachi.

El shinobi de Kiri meneó la cabeza, sabía que era él. Tenía esa voz que resultaba familiar, el cabello idéntico, las ojeras, la misma estatura, el ónix profundo alrededor de sus pupilas, el tono de piel igual, la misma vibración apacible de chakra. Claro que también estaban esas otras cosas que lo hacían distinto: Labios llenos, hombros menudos, pestañas tupidas y largas, una configuración facial más delicada, curvaturas sugiriéndose bajo el manto…y un olor peculiar.

Kisame aspiró profundo. Detectó un aroma que no había notado de inicio por el cargado olor a café del establecimiento.

—¿Estás herido? Huelo sangre —habló el tiburón.

Itachi se sonrojó y maldijo el agudizado sentido del olfato que poseía Hoshigaki. Mientras se mordía el labio, cruzó las piernas. Claro, ni siquiera el café cargado pudo enmascarar el tenue aroma a sangre.

—Estoy bien, es que… Te lo contaré desde el principio.

oOo Flash-back oOo

Salió de Konoha un lunes. El miércoles, Itachi llegó a la aldea donde vivía Hikari. Resultó ser una anciana cándida de cabello blanco, facciones arrugadas y trato amable. Las personas de la villa la conocían y no fue difícil encontrar su casa. Lo invitó a pasar de inmediato para luego ofrecerle algo de tomar.

—Disculpa que esté todo revuelto. Es que estoy por salir de viaje. ¿Cuál dijiste que era tu nombre?

—Uchiha Itachi de Konohagakure.

—¿Azúcar?

—Ajá —respondió distraído mirando el lugar.

La casa era pequeña y, en efecto, se encontraba revuelta. Había un par de maletas y unos baúles cuyo contenido era difícil de descifrar. Contrastando con ese caos, la anciana se movía de manera alegre por la cocina y le servía el té; sus facciones simpáticas hacían buen juego con sus ademanes cordiales.

Ambos conversaron por un rato.

A resumidas cuentas, su plática fue algo así: Él le dijo que investigaba un jutsu que cambiaba el género y estaba interesado en saber si conocía sobre tal cosa, había encontrado referencias hacia ella que quería confirmar. ¿En verdad existía una técnica así? Ella le sonrió en forma condescendiente y le preguntó para qué querría un jutsu de esa naturaleza. Quería un hijo, para eso necesitaba el jutsu de transformación. Conversaron superficialmente sobre Kisame y sobre el clan. Hikari le hizo bastantes preguntas y se desvió del punto más de una vez a pesar de los intentos de Itachi por volver a encausarla. Al final, la comadreja se resignó y le habló en detalle, incluso le contó sobre la pequeña niña de Kurenai.

—¿Amas a ese hombre? —dijo Hikari. Itachi asintió sin decir nada—. ¿Más galletas?

Itachi arrugó las cejas, pero respondió que sí. Sí quería más galletas.

—También tengo con arándanos. Ayer hizo un viento horrible, ¿no lo notaste?

Tal vez, sólo tal vez, pensó el joven, era plausible la remota posibilidad de que la anciana estuviese chiflada. Todavía no le confirmaba o negaba nada del jutsu, sólo le estaba sacando conversación. Se puso de puntitas para alcanzar un frasco de galletas encima del refrigerador y falló penosamente en tal misión. Itachi se levantó y le pasó el frasco con una expresión resignada. ¿Era ésta la Hikari que referían los rollos? ¿No se habría equivocado de persona?

—Hikari-san, ¿sabe algo de ese jutsu?

—No siempre he sido así, ¿sabes? Y no me refiero a la vejez —se rió ella—. En un tiempo fui shinobi, desarrollé algunas técnicas. ¿Cómo dijiste que se llamaba tu hombre?

La mente de Itachi respingó ante la etiqueta asignada al tiburón. Su hombre.

—Kisame —respondió—. Sobre el jutsu…

La anciana lo interrumpió, le preguntó algunas cosas sobre Kisame que él respondió de mala gana y al final dijo "¿Más té?". Obviamente la anciana estaba desequilibrada. La siguiente vez que Itachi preguntó por el jutsu de transformación, Hikari comentó lo bonito que estaba el día y salió de la cocina. No volvió en un buen rato. De hecho, no volvió el absoluto. Itachi se sentó ahí y reflexionó. El día estaba bonito, sí, pero también transcurría y él tenía una misión que no había cumplido. Consideró el marcharse y buscar a alguna otra Hikari en el pueblo, pero algo acerca de la anciana no le terminaba de cuadrar, por lo que decidió quedarse otro poco.

—Hikari-san —la llamó mientras subía las estrechas escaleras.

Encontró a la vieja mujer en una habitación, inclinada sobre un baúl. De inmediato ella comenzó a hablar. Itachi notó que su jovialidad no era fingida, sólo que los inconexos temas de conversación que proponía la hacían sonar extraña. Acabó de desvariar y, en lugar de seguir presionando con lo del jutsu, Itachi guardó silencio. Había algo raro en esa anciana.

Hikari sacó un par de rollos del baúl y miró a la comadreja.

—¿Amas a ese hombre? —repitió.

Itachi dijo que sí.

—¿Amarías a sus hijos?

Uchiha asintió.

—¿Amas?

La comadreja era amor.

—La mayoría de las personas, y no es que vengan muchas, desisten rápido. Después de dos tazas de té, se van azorados. Tú no. ¿De verdad quieres saber sobre ese jutsu?

—¿Existe?

—Yo lo desarrollé y lo usé en mí hace muchos años. No siempre he sido así.

Hikari se sentó sobre el borde del baúl y habló claro (por primera vez en el día). Nació siendo hombre y perteneció a una aldea shinobi. Por cuestiones que no refirió y a una edad que tampoco señaló, creó el jutsu, se transformó a sí mismo en mujer y vivió en el país de los ríos a partir de ese momento. Se casó y tuvo tres hijos; uno de ellos murió en la guerra, los otros dos vivían y tenían sus propias familias. Ahora era vieja y su esposo había muerto el año anterior. Su fama de alguna manera alcanzó tierras extrañas y un señor de un país lejano le mandó llamar; tuvo la insistencia de Itachi e incluso más, por lo que Hikari accedió a su petición y estaba a punto de embarcarse en una misión que tomaría años (parte de ese tiempo debido a la distancia y a que su cuerpo no era el de antes).

—Estar años fuera, si es que regreso —dijo la anciana—. Vendrán por mí el viernes. Antes de irme puedo transformarte y enseñarte la manera de deshacer el jutsu, pero no puedo enseñarte la manera de realizarlo. De una u otra forma, los shinobi siempre acaban usando las técnicas para dañar y éste no es un jutsu que yo haya creado para eso; por eso no se lo enseño a nadie.

Itachi se enzarzó en un debate mental. Hoy era miércoles. Hikari se iría el viernes. Eso no le daría tiempo de regresar a Konoha, discutir con Kisame, volver y someterse a la técnica.

—¿En qué nación vas a estar? ¿A través de qué ruta viajarás?

—No te lo puedo decir. Es cosa de discreción. No eres el primero, no eres el único que busca este jutsu. Otros me han pedido este favor y si quieren divulgarlo es elección suya. Yo olvido sus nombres en cuando salen de mi casa.

Esta mencionada discreción podría ser la causa de que las referencias hacia Hikari fuesen vagas. La mujer existía y conocía la técnica, pero los que la habían experimentado optaban por dar pocos detalles y proteger su anonimato. Eso sin mencionar que el jutsu era secreto.

—Uchiha Itachi, ¿qué decides? Queda poco tiempo.

La comadreja supuso que era egoísta responder que sí sin consultar a Kisame…pero no se sintió culpable al hacerlo. Ésa era buena señal, ¿no?

Hikari le dio pormenores al joven, contestó sus preguntas, se preparó y, llegada la noche, usó el jutsu en él. En realidad no se trataba exactamente de un henge de largo efecto, sino de un henge con un sello, siendo la última parte la más difícil (y la que evitaba que la transformación se disipara con una herida o al perder la consciencia). Ella tardó un tiempo considerable en completar el proceso y Uchiha cayó en una pesada inconsciencia después de eso.

Durmió un día entero y se despertó el viernes en la mañana. Escuchó jaleo en la casa.

Unos hombres de facciones extrañas y que ni siquiera hablaban el idioma de las grandes naciones, estaban en la casa. Recogían los baúles y maletas de Hikari y los llevaban afuera para cargarlos en carretas.

Tambaleándose y sintiéndose mareado, Itachi buscó a Hikari. Al verlo, la mujer sonrió y se acercó a él.

—Perdona, han llegado por mí antes de lo que esperaba. Tuve que retrasarlos comportándome algo senil porque temía que no despertaras a tiempo, pero qué bueno que ya te levantaste. ¿Cómo te sientes?

—Extraño —y el sonido de su propia voz también sonó así: Extraño.

—¿Recuerdas todas las cosas que te dije? ¿La manera de liberar el sello y el henge?

Itachi asintió. A su alrededor, hombres con curiosos uniformes se llevaban las cosas de la anciana. No le prestaban ninguna atención a la mujer de cabello oscuro.

—¿Tienes más preguntas?

—Creo que no.

Dos de los desconocidos levantaron un baúl y lo dirigieron a la entrada. Al pasar ante la anciana, ésta exclamó y agarró las cosas que estaban encima del baúl antes de que se las llevaran con él.

—Ten, esto es para ti. El rollo tiene información que te será útil, el manto lo había comprado para el viaje pero creo que te sentará mejor a ti. Oh, y en la bolsa hay algunas galletas.

Itachi le deseó buen viaje. Hikari le deseó suerte.

"Hoy en la tarde debería llegar a Konoha, pero no será muy grave si me retraso un día" pensó el joven.

Se puso en marcha de inmediato, sin embargo, no hizo muy buen tiempo. Su cuerpo se sentía distinto y tuvo que detenerse varias veces a descansar. Conservaba la capacidad de realizar ninjutsu y el Sharingan estaba en buenas condiciones, sólo que se sentía algo torpe al usar esas técnicas. Eso no le alarmó, Hikari había dicho que la torpeza inicial era normal. Al caer la noche encontró una aldea en la que rentó un cuarto de hotel. Descansaría y mañana repondría el tiempo perdido.

Se despertó de madruga, antes de que aclarara, pero no porque planeara comenzar el día tan temprano, sino porque cierta sensación lo alertó. Se removió incómodo y la sensación empezó a cambiar, se transformó en una franca punzada de dolor en el vientre. Itachi se levantó para encender la luz. Se encontró con una mancha de sangre en las sábanas. De entrada se preguntó si estaría herido, si algo habría salido mal con el jutsu y tendría que deshacerlo. Al revisar el lugar en el que sangraba, se dio cuenta de que era normal (al menos normal para las mujeres) y se tranquilizó.

"Si la transformación es exitosa, tendrás el cuerpo de una mujer y éste se comportará como tal, con todas las funciones propias de una mujer" había dicho la anciana.

Hikari había empacado más que galletas en la bolsa.

Después de cambiarse, retirar la sábana sucia y atender apropiadamente este asunto, Itachi trató de dormir otra vez. Se hizo ovillo esperando que el dolor se fuera. Si las mujeres del mundo pasaban por esto cada mes, si las kunoichi hacían misiones en este estado, él podría atravesar este proceso con dignidad (o eso pensó). Se tendió de lado, cosa que no aminoró el horrendo dolor, y se puso boca abajo para descubrir que sus pechos le hacían un tanto incómoda esa posición. Se removió patéticamente hasta que se quedó dormido en una oleada de calma.

Estuvo en cama hasta mediodía y se levantó algo desubicado.

El día siguiente viajó poco y de mala gana. El lunes se sintió mucho mejor aunque no por ello aceleró la marcha, se acordó de Kisame y le envió un cuervo. Mandó otro el miércoles y llegó el jueves, exhausto.

oOo Fin del Flash-back oOo

—Hikari dijo que me sentiría algo extraño los primeros días. En verdad, así fue.

Ahora que lo recordaba, le parecía haber estado en una suerte de genjutsu. Al día de hoy se estaba habituando a su nuevo cuerpo, percibía las cosas de manera más o menos usual y tenía pleno dominio de sí mismo.

Kisame se pasó las manos por el cabello. Tenía la boca abierta y obviamente estaba algo consternado.

—No sé qué decir —pronunció Hoshigaki.

—Entonces no digas nada… No es mi intención presionarte. Si accedí a hacer el cambio en mí fue porque no había tiempo y no quería desperdiciar la oportunidad. Puedo deshacer el henge si eliges que no quieres hijos y puedo conservarlo un tiempo hasta que te decidas.

—¿Cuánto tiempo esperarías?

—El necesario —respondió con expresión triste.

—Pero yo sé lo que quieres —dijo Kisame. Conocía la opinión de Itachi, sabía que deseaba esto. Pero él… ¿Él qué quería?—. Déjame pensarlo.

Se marcharon a casa y cada uno durmió en su lado de la cama.

oOo El lunes siguiente oOo

Itachi le sonrió. A través de esa máscara con rostro de mujer, le sonrió. Kisame había dicho que sí. Su instinto le dictaba que se reprodujera y reproducirse sonaba sensato, algo de ilusión de hizo imaginarse siendo padre, el amor hacia la comadreja le dijo que era natural formar una familia con él, el miedo de hacerlo infeliz le gritó una furiosa advertencia, la paz y la comodidad actuales le indicaron que no había mejor momento que éste para tener un hijo, el orgullo de crear algo —alguien— junto a Uchiha le hizo sentirse feliz. En esto eran un equipo, una pareja, ambos trabajarían juntos y poco podrían hacer sin el otro.

El día de hoy no abrían Heiwa, era su día libre.

Itachi había ido a comprar algo de ropa con asistencia de Sakura. Está de más mencionar que el episodio fue bastante embarazoso, aunque la chica se esforzó en portarse comprensiva con Itachi y serle de utilidad.

—¿Qué compraste? —le dijo Kisame, bajo la cordialidad de la pregunta se escondía un deje de curiosidad. Hasta ese día Itachi había vestido la ropa que tenía y, aprovechando el fresco, se ponía algún manto ligero. Hoshigaki no había visto su cuerpo, sólo se lo imaginaba por las sutiles curvaturas que le sugerían las telas.

Se desilusionó un poco al descubrir que Uchiha compró ropa más o menos igual a la que solía usar. Una parte loca de su mente quería verlo travestido o, para el caso, vestido apropiadamente.

—No voy a ponerme faldas o escotes —le advirtió la comadreja interpretando su semblante desilusionado—. Ni lo pienses, Kisame.

Pero ya lo había pensado.

Evadiendo el tema, Kisame le preguntó otra cosa: Cómo quería que manejaran esto.

—Seguiremos viviendo de la manera usual, no hay por qué cambiar eso. No puedo esconderme por varios meses. Ya he hablado con Hokage-sama, mañana iré a la Academia como normalmente y trataré de reponer las clases perdidas. Seguiré yendo al café... —Se acordó de algo y le reprochó al tiburón con la mirada—. Te dejé solo a cargo del café por menos de dos semanas y estabas cerrando antes de la hora, ¿qué pasaría si te dejo encargado por algunos meses? No, no, en definitiva seguiré atendiendo el café.

Hoshigaki esbozó una sonrisa apenada y se disculpó.

—Perdona… Oh, ¿y qué haremos cuando la gente pregunte?

—Decir la verdad: Soy yo, luzco diferente, pero soy yo. No me molesta que lo sepan. Esto tiene un propósito. No puedo esconderme y de pronto aparecer con un bebé. Si no preguntan hoy por qué transformé mi cuerpo, preguntarán mañana cómo apareció el bebé.

Por un segundo, Kisame admiró la integridad y el valor de Itachi, pero eso se vio interrumpido por otro pensamiento de índole más práctica. ¿Cómo aparecería un bebé si ellos no…? Es decir, Uchiha no mostraba todavía avance en el terreno sexual y Kisame era cuidadoso de no presionarlo, suponía que se estaba habituando a esta forma femenina.

—Itachi-san —pronunció con voz serena. Se aproximó y recibió ese sonrojo que últimamente aparecía en las mejillas de Itachi cada que estaban muy cerca; le daba un color tan agradable a su rostro, resaltaba sus pómulos—, creo que no hemos hecho nada de lo básico para un embarazo. ¿Cuándo…?

—Ya sé, ya sé —interrumpió un Uchiha de rostro acalorado.

Sentía a Kisame muy cerca y, en condiciones usuales, habría alzado el rostro para besarlo. Sin embargo, este cuerpo extraño respondía de maneras misteriosas y provocaba cierto retraimiento en Itachi. La comadreja estaba acostumbrada a ciertas sensaciones en ciertas zonas, pero el patrón había cambiado y él estaba un tanto desubicado. ¿Qué significaba lo que sentía? ¿Era normal? ¿Era por cuestiones hormonales? ¿Era por el henge en sí?

¿Qué tan placentero será cuando lo hagamos?, se preguntaba.

—¿Te gusta este cuerpo? —espetó el joven.

Suponía que Kisame tenía (o tuvo) cierto gusto por el género femenino porque se acostó con varias mujeres a lo largo de sus años en Akatsuki, sólo que deseaba saber si este cuerpo en particular no le resultaba desagradable. Sostener relaciones para concebir un hijo no debía ser una tarea forzada o insípida. Kisame tenía derecho a sus preferencias, a sus gustos. A Itachi le generaba gran curiosidad qué pensaría de este cuerpo; no era la adolescente inseguridad de antaño, ésa con la que preguntó si las proporciones de su cuerpo eran correctas. No, era una actitud inquisitiva pura.

—Desconozco este cuerpo, así que no sé si me gusta —contestó Kisame poniendo sus manos en la cintura del menor. Lo hizo de forma sutil y se mantuvo quieto.

Itachi le agarró las muñecas y las fijó en su sitio, por seguridad. No se había explorado, no sabía cómo le gustaba ser tocado, no sabía si le gustaría en absoluto. Se veía en el espejo y miraba una persona extraña, a la que apenas empezaba a conocer. Titubeante, se puso en las puntas de sus pies y rozó los labios de Kisame; éste no se movió.

Le dio un beso tímido y se retiró apresurado.

oOo

—¿Te gusto así? —preguntó la comadreja, dándole en esta ocasión material que le permitía contestar.

Kisame se mordió el labio. A diferencia de Itachi (que no sentía atracción por las mujeres), él sabía apreciar la belleza de una fémina. A veces miraba mujeres en la calle y las reconocía como atractivas, le sucedía lo mismo con los hombres. Tenía predilección por ciertas zonas o formas, admiraba, deleitaba sus ojos un rato y al final recordaba que amaba a alguien y que esa persona también tenía cosas interesantes que le gustaba contemplar. El lunar al lado del ombligo de Itachi le parecía una delicia y, en su cuerpo de mujer, lo conservaba en su mismo sitio, por lo que se enfocó en él por un rato.

Luego derivó a las otras áreas. Todas las encontró desnudas y a merced de sus ojos.

Itachi tenía un rostro de facciones que cualquiera querría ver en más de una ocasión. Su cabello suelto y largo acentuaba ese aire de feminidad que él no se esforzaba en enfatizar. Tenía unos hombros menudos, uno par de pechos pequeños y erguidos, cintura esbelta y caderas bien llenas. No mostraba ese delicioso hueco entre los muslos que a Kisame volvía loco, pero compensaba dicha carencia con un par de hoyuelos en su espalda baja. Los brazos y las piernas eran los de cualquier shinobi (o kunoichi, más bien), fuertes y bien formados. Sus pies eran un poco más pequeños que antes. Tenía un sello en el vientre con forma triangular. Conservaba la cicatriz del cuello, la del muslo derecho y la del antebrazo izquierdo, entre otras menos notorias.

Hablando con sinceridad, no era el ideal de mujer que Kisame hubiera pedido. Le gustaban los pechos más llenos y el hueco de los muslos, por ejemplo, pero supuso que no tenía caso mencionarlo. De ser así, ¿lo obtendría? Creía que no. Jamás había encontrado en los burdeles mujer u hombre que se ajustara por completo a sus predilecciones. Así aprendió que cada quien está hecho sólo para sí mismo, no para cumplir las expectativas de otros.

En una ocasión encontró una prostituta que tenía cierto entrenamiento de shinobi y podía hacer el henge no jutsu. Ella le dijo que podría transformarse en lo que él quisiera. Kisame la miró con desprecio. Igual se la cogió porque era la estación, pero le repugnó la actitud de ella. Curiosa manera de pensar, viniendo de un hombre que no encontraba muy atractivo su color de piel. Tal vez por eso él no intentaba cambiarlo.

Itachi se aproximó. Se ponía de pie como hombre y caminaba como hombre. No era más delicado o fino en sus movimientos por tener silueta de guitarra.

Kisame le sonrió de forma cálida y le agarró la cintura. Distaba de ser el cuerpo femenino que anhelaba, sin embargo, era Itachi y a Itachi lo amaba. Acostarse con él sería más que un escalón en el proyecto de tener un hijo, sería descubrirlo de una forma diferente y nueva.

Se besaron con lentitud y Kisame empezó a explorar ese cuerpo desconocido. Deslizó su mano al punto que (para él) poseía mayor atractivo, palpó y frotó suavemente. Itachi apretó las rodillas y gimió en la boca del tiburón.

—Me gustas, Itachi-san —Y le gustaba sentirlo mojado. Kisame tenía curiosidad por saber si su excitación era tal o si luego de ducharse habría acariciado su cuerpo, no obstante, se abstuvo de preguntar y se contentó con pasear su dedo entre pliegues húmedos. Lo acarició de adelante hacia atrás y haciendo círculos, amenazó con introducir su dedo sólo para no cumplir, se retiró hasta el vello púbico bien recortado y después volvió a atacar el área de sus afectos.

Itachi apretaba los muslos en la aparente intención de cerrarle el paso a Kisame, cuando en realidad lo que hacía era intensificar las sensaciones. Pronunció el nombre del mayor en un gemido irremediable y tironeó de su yukata negra.

Kisame había sido el primero en darse un baño y esperó impacientemente a que Itachi hiciera lo mismo, cosa que le tomó una eternidad. La comadreja había limpiado su cuerpo concienzudamente, retirado el vello que le pareció meritorio retirar y, entonces, salió desnudo del baño con la dichosa frase pegada en los labios.

¿Te gusto así?

Pronto había descubierto que la respuesta era afirmativa y que a él también le gustaba este cuerpo. Tenía reacciones inusuales y a la fecha continuaba pareciéndole un extraño en algunos aspectos, pero era innegable su capacidad de experimentar placer. El dedo de Kisame resbalando entre sus labios era enloquecedor, los besos tenían la misma delicia de siempre, sus senos suaves apretándose contra ese pecho rígido lo hacían sentirlo distinto, el temblor de sus rodillas era curiosamente placentero.

Le desató la yukata al hombre-tiburón y la dejó caer al suelo. No se sorprendió al ver que debajo llevaba ausencias. Ausencia de ropa, ausencia de pudor. Le echó los brazos al cuello y se colgó de él, su lengua ansiosa se metió entre dientes afilados, un vaivén involuntario le nació en la pelvis y sintió caliente la totalidad de su cuerpo.

Cómo llegó a dudar del disfrute que implicaría este momento, no lo sabía. Cómo concibió que pudiera ser insatisfactorio, lo ignoraba.

Kisame abrazó su delgada cintura y lo jaló hacia la cama. Deseaba verlo ahí tendido, con las piernas abiertas y el rostro acalorado. Se puso sobre él y le besó los pechos, lamió su piel suave y sopló sobre ella para darle escalofríos. Tomó un pezón rosado, erecto, lo chupó con lentitud y lo dejó lleno de caliente saliva. Ante esas atenciones Itachi gemía, lo que le arrancaba a él sonrisas tiburonescas y le gestaba interesantes ideas en la mente. Le gustaban más los hombres, pero de esta mujer en particular no se cansaría rápido.

Le separó las piernas a la comadreja y se quedó de rodillas entre ellas, sus manos agarrando las blancas pantorrillas, sus ojos enganchados en aquel cuerpo femenino. Así lo contempló por un rato y se grabó la imagen en su cabeza. Su cabello lacio le pedía caricias, su boca anhelante jadeaba por besos, sus pechos erguidos subían y bajaban echando de menos el contacto, el lunar del ombligo le recordaba que tenían un historial juntos, el sello de su vientre le miraba con curiosidad, los labios abultados y rosas esperaban por su boca. Se inclinó entre los muslos de Itachi y lo besó.

El joven no le temía a sus dientes de monstruo, sabía que el verdadero peligro era su lengua ávida y bien entrenada. Se arqueó y se removió, buscó una posición para escapar de este placer o para perpetuarlo por siempre y no la encontró. Sintió la mano cálida del otro aplastarle el vientre en un intento por sosegarlo, no obstante, falló en su propósito. La comadreja continuó retorciéndose mientras esa lengua y esos labios azules lo atendieron.

Hoshigaki lamió los labios del otro shinobi, se deleitó al encontrar que eran bastante abultados y descubrió que su sabor le era agradable. Introdujo la punta de su lengua entre ellos y eso le concedió un gemido más un espasmo por parte del joven. Se familiarizó lentamente con esa entrepierna femenina, saboreó sus fluidos y se apropió de su calor.

—Kisame… —jadeó el joven.

El mayor lo ignoró. No sonaba a queja o demanda, así que lo dejó pasar. Con su lengua y con sus labios acarició un pequeño sitio en la intimidad de Itachi, jugueteó amistosamente con su sonrojado clítoris, lo besó en una danza rítmica. Itachi, al sentir aquello, arqueó la espalda, gimió, suspiró. Más que lamerlo, lo estaba sobando y dando pequeños besos y delicados chupetones. La lengua caliente de Kisame se apoyaba en su punto sensible y se movía sin desprenderse, sus labios se cerraban con precisión en torno a ese sitio para luego jalar un poco o chupar.

Sentía que se volvería loco. Tal cantidad de placer concentrado en un lugar tan pequeño y atendido con tanto esmero…le volvería loco. A ese ritmo tardaría poco en venirse. De hecho, comenzó a notar sus sentidos nublados y su juicio opacado por el placer. Sus músculos no le respondían bien, se contorsionaban según su propia voluntad.

Y él todavía no hacía nada por Hoshigaki.

—Kisame… Espera…

Por un instante creyó que su súplica había sido escuchada. El mayor elevó el rostro unos centímetros y se dignó a mirarlo, despidiéndose con ello de su entrepierna. Miró a Itachi justo a los ojos. Se lamió los labios y retomó con sus dedos la tarea abandonada por su boca. Consideró justo, hasta poético, que la primera parte de su cuerpo en sentir la humedad de Itachi fuera la parte que le hiciera correrse. Masajeó el clítoris con las yemas de sus dedos y se concedió breves escapadas hacia los pliegues.

Amaba hacer esto, de esta forma, tocar las fibras sensibles en Itachi y dificultarle los besos en la boca. En esas ocasiones la comadreja se retorcía por la desesperación y, cuando al final ponían sus bocas juntas, se tornaba impetuoso y descontrolado. Que los labios de su rostro le reclamaran más tarde, por el momento le prestaba mayor atención a los que tenía entre las piernas.

Se decidió a explorar un poco más allá y presionó entre sus pliegues húmedos. Buscó la entrada con dedos firmes pero pacientes, los cuales fueron detenidos por una barrera delgada. Obviamente, Itachi era virgen en este cuerpo. El himen no admitió traspasos por parte de ese tacto cariñoso, suave, y Kisame se retiró (de momento), conforme sólo con haber empujado un poco. Estaba decidido a volverlo loco de placer antes de forzar cualquier cosa.

Uchiha apretó los párpados y se abandonó. Se sentía en el borde, tan cerca que ni siquiera pensó en advertir a Kisame. No importaba. En verdad, no importaba que se corriera sin haber atendido a su tiburón.

Su cuerpo se estremeció ante las caricias del otro shinobi. Los músculos le temblaron recorridos por el éxtasis y el Sharingan se posesionó de sus ojos. En ese momento, Kisame se puso encima de él y dirigió su miembro rígido entre sus piernas.

—¿Qué se siente, Itachi-san, ser virgen tres veces y las tres veces entregárselo al mismo hombre? —murmuró cerca de su oído al tiempo que lo penetraba con lentitud y forzaba el himen a rasgarse.

Bien, se sentía condenadamente bien, hubiera respondido Itachi de haber podido. Lo único que le salió de la garganta fueron gemidos que se movían al compás de sus sacudidas.

Para cuando Uchiha recuperó los sentidos, Kisame tenía el glande de su miembro dentro él y empujaba centímetro a centímetro. Itachi abrió más las piernas. No sabía lo que estaba pasando, excepto que le gustaba y que Hoshigaki estaba ahí. Envuelto en el placer del orgasmo, apenas había sentido que el otro rasgaba su virginidad (cuestión que creyó premeditada). Así Kisame evitó el dolor solitario, lo opacó con el éxtasis.

El tiburón se apoyó en los codos y gruñó en los oídos de la comadreja. Tras introducir la mayor parte de su miembro, permaneció quieto un momento. Itachi buscó su rostro para besarlo, quería comerse sus labios y así lo indicó al darle mordidas en ellos. Hoshigaki no se quejó. Su delirio era hacer que Uchiha perdiera los estribos, el sexo que más disfrutaba era cuando el joven se perdía en el acto.

Empezó un vaivén lento.

Un inadvertido punto en el interior de la comadreja recibió los roces de aquel miembro duro. De inicio no hubo nada remarcable, esa zona se fingió estoica. Sin embargo, luego de varios roces, ese punto de su cuerpo le recompensó a él con oleadas de placer y a Kisame, con renovados gemidos.

—Itachi-san… —Le gustaba pronunciar su nombre en estos momentos, honorífico incluido. Le recordaba que era éste el amor de su vida, que compartía la cama y la intimidad y el placer y el sudor con ese hombre al que quería. Hoy, además, le recordaba que su cuerpo no era el de un hombre y que probablemente este breve acto de pasión acabaría convirtiéndose en una criatura.

Hay quienes dicen que el ambiente determina en alguna medida la vida de las personas. Algunos creen que la infancia es, en efecto, gran fuente de determinantes. Otros aseveran que las experiencias desde el vientre de la madre son claves en el desarrollo. Uno o dos locos creen que el orgasmo (o incluso la falta de él) en el momento de la concepción son de relevancia para el futuro del infante. Bien, pensó Kisame al correrse, el suyo iba a ser un niño muy majo.

Uchiha tuvo el segundo orgasmo del día y en secreto bendijo a ese cuerpo femenino.

oOo

Notas finales: ¿Ya puedo dar las advertencias del capítulo? Bien, aquí van: Fem Itachi y lemon heterosexual.

¿Que por qué no lo puse al principio? Porque creo que hubiera arruinado la sorpresa. Supongo que hay algunas advertencias que son necesarias al inicio, pero otras pueden echar a perder la incógnita.

Espero sus comentarios sobre este capítulo. Es un tanto experimental y me gustaría saber qué opinan.