The Second Mutation

Capítulo Diez: En La Pirámide

Charles gemía con angustia, impotencia y miedo. Trataba de tranquilizarse para calmar al bebé pero estaba desesperado. Daría a luz secuestrado por los miembros de la secta de En Sabah Nur, lejos de su familia y sin poder proteger a su hijo. Además, nunca se había planteado el dar a luz de forma natural. Era lógico pensar que si la segunda mutación le posibilitaba gestar, tenía que haberlo adaptado para parir. Pero la sola idea de hacerlo lo aterrorizaba.

Haller estaba expectante y había llamado a los demás, que ahora rodeaban el altar a una distancia prudente. Charles tenía miedo, miedo del parto, miedo de que le ocurriera algo malo al bebé y miedo de que En Sabah Nur consiguiera su objetivo. Sabía que dar a luz era una tarea demandante y él tenía que reservar fuerzas para vencerlo en el plano astral. Trataba de no seguir pensando y trataba de soportar el dolor, que cada vez se hacía más intenso. No quería gritar delante de esa gente pero ya no lo toleraba más y estaba soltando gemidos cada vez más altos. Se sacudía en un intento por liberarse y adoptar una posición más cómoda pero continuaba sujetado con firmeza.

"No tema," la voz suave y consoladora de Jean lo tomó por sorpresa. "Estamos aquí y ya vamos por usted. Estamos a punto de entrar a rescatarlo. Peter, Magneto y yo. Resista."

Charles abrió los ojos. Por el esfuerzo estaba soltando lágrimas. Jamás se le había pasado por la cabeza de que Erik y sus amigos lo abandonarían pero temía que no pudieran encontrarlo a tiempo. Sin embargo, aquí estaban. Erik estaba cerca y a punto de rescatarlo. Otra contracción más fuerte todavía le laceró las entrañas y, esta vez, Charles gritó con ganas.

Haller se acercó. El parto estaba cada vez más cerca.

-Pude comunicarme con él y pienso que conseguí aliviarlo un poco – informó Jean. Con Erik y Peter, estaban refugiados detrás de una roca, aguardando el ataque de sus amigos para crear una distracción y que pudieran entrar -. También pude sentirlo y está sano. El niño también lo está.

Erik soltó un suspiro. Esta noticia le devolvía el alma al cuerpo.

-Peter, con tu velocidad no van a notarnos. Quiero que nos lleves adentro ya mismo.

Peter se ubicó detrás de los dos y los tomó de las nucas para evitar el latigazo. En un parpadeo, los dos no se pudieron explicarse cómo pero ya estaban adentro. Les tomó unos segundos recuperarse, mientras que Peter se dedicó a estudiar los jeroglíficos de las paredes para distraerse. Enseguida Jean se concentró para ubicar la cámara principal.

-Por este camino – señaló.

Su mente seguía conectada a la de Charles y podía sentir su angustia. Varias veces se detuvo para frotarse la frente, aturdida por el dolor que notaba en él. De tanto en tanto, Peter se les adelantaba para asegurarse de que tuvieran el camino despejado y Erik observaba a Jean, preocupado. Solo deseaba que lo rescataran a tiempo.

Llegaron hasta una ventana pequeña, que se conectaba con la cámara. Desde allí observaron a Charles atado al altar, gimiendo, a Haller a su lado, auscultándolo, y los demás miembros arrodillados con las manos extendidas en el suelo. Apenas Erik reconoció a la doctora, estuvo a punto de lanzar una maldición. Así que había sido ella. Recordaba la forma en que miraba a Charles y los celos que le había provocado. Su amante había sido ingenuo al no leerla. Ahora entendía a qué se debía la fascinación que sentía por Charles y que él interpretó erróneamente como enamoramiento.

-No puedo leerlos – murmuró Jean, tan bajo como podía -. Algo me lo impide. Algo me está bloqueando.

-Es En Sabah Nur – reconoció Erik -. Lo mismo hizo con mi mente cuando era su Jinete para bloquear a Charles.

-Entonces, está aquí – dedujo Peter y se puso a mascar una goma para aliviar la tensión.

-No en forma física – respondió su padre -. Necesita al niño nacido para reencarnar.

-¿Cómo vamos a detenerlos? – se angustió Jean -. Pensaba manipularlos pero es imposible.

Erik cerró los ojos para concentrarse.

-Puedo sentir que están llenos de metales: relojes, cadenas, joyas, implantes – abrió los ojos -. Los atacaré con sus propios elementos. Pero debemos encontrar una entrada que no sea la principal. Miren, está custodiada.

-Es la única entrada – contestó Jean.

Mientras tanto, Peter se había recorrido el sitio de punta a punta y estaba observando fascinado una figura en especial: una puerta pequeña entre el montón de jeroglíficos.

-Lo vi en una película de clase B – sonrió -. Esto indica una entrada – apretó la figura con la yema del dedo y esta reveló una pequeña abertura en la pared, cerca de la ventana -. ¿Ven? Se los dije. Después comentan que la televisión no enseña.

Erik y Jean se metieron por la entrada. Peter los siguió sonriendo. Era un pasadizo estrecho y asfixiante, Jean se detuvo algunas veces para buscar aire y Magneto, que estaba más entrenado, administraba sus aspiraciones para no ahogarse. A Peter no le ocurría nada. Llegaron hasta una pared, que les cortaba el paso. A través de ella podían escuchar los cánticos de la secta y los gemidos de Charles.

-Bien, Charles – oyeron la voz de Haller -. Es hora de separarte las piernas.

Erik no necesitó oír más y le ordenó a Peter que abriera la pared. El joven apoyó las manos y con la vibración de sus dedos hizo que la piedra comenzara a deshacerse. Mientras tanto, Magneto cerró los ojos para sentir el metal de la cámara y controlarlo.

Charles trató de dominar el dolor y sintió las mentes de los tres. Erik, Jean y Peter estaban a metros de ellos. Quiso ayudar distrayendo a sus secuestradores.

-¡Por última vez, escuchen todos! – gritó -. En Sabah Nur no les dará ninguna recompensa. Va a acabar con ustedes por ser débiles e inútiles. Cuando consiga lo que quiere, no los necesitará más.

Todos en la cámara comenzaron a doblarse de dolor. Algunos se cubrían las bocas, otros los cuellos, otros se retorcían. Haller tenía un reloj pulsera de oro y cayó de rodillas mientras la muñeca se le cerraba. A Charles no le gustaba que Erik fuera tan violento pero esta vez no se molestó. Quería huir cuánto antes y, en el fondo, deseaba que pagaran lo que le habían hecho a su hijo.

En un santiamén, Peter trasladó a su padre hasta el altar. Con un movimiento de manos, Erik quebró el acero y liberó las muñecas de Charles. Luego lo cargó con cuidado. Charles sintió por un instante que hasta el dolor disminuía al sentirlo y verlo a los ojos.

-Estás a salvo – le susurró Erik, mientras que Peter le apoyaba nuevamente la mano en la nuca para sacarlo de allí.

Atrás dejaban una escena dantesca. La gente aullando mientras se le cortaban las manos, o se asfixiaban por los collares o cintos. Algunos objetos metálicos volaban y los golpeaban, dejándolos inconscientes. Haller luchaba por quitarse el reloj y su muñeca estaba sangrando. De repente, al abandonar Magneto el lugar, los ataques cesaron. A duras penas, Haller se incorporó, mientras se apretaba el brazo para contener la sangre, y observó el lugar. Sus secuaces yacían malheridos algunos, otros inconscientes, y varios ya muertos.

Peter y Erik con Charles salieron de la cámara y se unieron a Jean en un pasillo, detrás de una columna enorme, dentro del inconmensurable laberinto, que era la pirámide. Peter se quitó su chaqueta y se la entregó a su padre para que se la acomodara a Charles a modo de almohada. Con extremo cuidado, Erik lo recostó en el suelo. Charles se retorció y gritó.

-¡Ya viene! ¡Ayuda!

Erik le quitó los zapatos y le bajó los pantalones. Jean corrió detrás de la columna para otear y Peter se preparó para lo que necesitaran.

-Ya viene – gimió Charles desesperado -. ¿Qué voy a hacer?

Erik trató de mantener la calma, mientras lo palpaba. La criatura había descendido lo suficiente. No era la situación que los dos se habían imaginado para el nacimiento pero era con la que tenían que lidiar.

-Lo darás a luz – le contestó con toda la tranquilidad que pudo -. Te ayudaremos en lo que podamos, Charles. Tu cuerpo está preparado para hacerlo. Debes pujar y te iré guiando.

-¿Cuánta experiencia tienes en esto, papá? – preguntó Peter, que trataba de disimular lo alarmado que estaba.

Erik no quiso responderle que la única vez que lidió con un parto fue durante el nacimiento de Nina y su esposa estaba rodeada de enfermeros y un médico eficiente. En cambio, separó las piernas de Charles y lo examinó. La mutación había provocado que se originara un canal y debajo del ano, podía observarse un orificio que se estaba dilatando. Por el tamaño no debía demorarse mucho.

Charles arqueó la espalda con dolor y Peter corrió a sostenerlo. Estaba sudando, y las contracciones y la tensión le estaban quitando las fuerzas, que necesitaría más tarde.

Jean volteó hacia ellos.

-Estoy sintiendo algo – alertó -. Parece que alguien se acerca. Peter, deberías salir a investigar.

Peter ya se preparaba cuando Charles exclamó.

-Yo también lo estoy sintiendo. ¡Es él! En Sabah Nur está aquí.

Por instinto los tres miraron hacia todos lados pero era obvio que no se podía presentar de forma corpórea todavía. Erik se ubicó a la altura de la cabeza de Charles para abrazarlo y consolarlo.

-Escucha, Charles – le susurró al oído -. Debes concentrarme en dar a luz. Ya falta muy poco. Olvida a En Sabah Nur, olvida los problemas, olvida al mundo. Solo piensa en traer al mundo a nuestro hijo. Yo estoy aquí y aquí me quedaré. Estoy preparado para ayudarte y guiarte, ¿de acuerdo?

Charles lo miró a los ojos y asintió. Erik le besó la frente.

Jean cerró los ojos, aturdida.

-El Profesor tiene razón. Es En Sabah Nur. Está en el aire, recorre el interior de esta pirámide. Está aguardando.

-No va a salirse con la suya, te aseguro que no – determinó Erik y regresó a revisar el canal de parto. Luego le masajeó el vientre y sonrió a Charles -. Ya estás listo. Adelante. Con la próxima contracción, comienza a pujar.

-Me parece que necesitaríamos sábanas o algo para envolver al niño, ¿no? – opinó Peter.

Erik se quitó la capa. No era un elemento completamente higiénico pero, de su atuendo, era lo único que no se había ensuciado y parecía una sábana. La sacudió y se la pasó a su hijo. Peter la tomó pero, luego, desapareció y apareció portando un conjunto de toallas limpias, tijeras, guantes, alcohol y demás elementos, requisados de algún hospital. Su padre se calzó los guantes y él se alejó un poco prudentemente.

Charles sintió la contracción y empujó, soltando un grito.

Jean se puso nerviosa, temiendo que alertara a quienes los estarían buscando. Por eso se agazapó más detrás de la columna y utilizó todos sus poderes para seguir espiando.

-¡Otra vez, Charles! – alentó Erik, arrodillado entre sus piernas -. Vas bien.

Charles pujó de cuenta nueva y se arqueó, molesto y dolorido. Estaba perdiendo fuerzas. Erik notó que necesitaba ayuda y apoyó una mano sobre su vientre para apretarlo cuando empujara. Charles sintió otra contracción y volvió a pujar, esta vez con la presión en la barriga de su amante. De a poco, entre pujido y pujido, Erik pudo distinguir la cabeza.

-Ya puedo verlo – se entusiasmó -. Debes seguir así.

Mientras que Erik ayudaba a Charles y Peter observaba, Jean percibió la presencia de siete mentes. Se trataba de siete miembros sobrevivientes con Haller incluida, que habían conseguido erguirse y salir de la cámara para buscarlos. Como En Sabah Nur ahora estaba concentrado esperando el nacimiento, había desbloqueado sus mentes y ella podía sentirlas. Iba a llamar a Peter para que se hiciera cargo pero se dio cuenta de que si tenía acceso a las siete, bien podía ocuparse ella misma. Simplemente se metió en cada una y las controló para que no vieran siquiera la columna.

Pasaron junto a la joven, algunos rengueaban y otros trataban de cubrirse las heridas que los metales les habían provocado. Sin sospechar siquiera, siguieron andando. Jean mantuvo la ilusión mental hasta que estuvieron lo suficientemente lejos para no oírlos.

Entretanto, la cabeza del bebé había salido y Erik lo sostenía con una toalla entre sus manos. Charles ahora luchaba por liberar los hombros.

-Tienes que ayudarme – suplicó, gimiendo -. Por favor, Erik. ¡No puedo pujar solo!

-Yo puedo ayudar – terció Peter, viendo que su padre estaba ocupado sosteniendo la criatura.

Erik asintió a su hijo.

Peter se arrodilló junto a ellos y ubicó su mano sobre el vientre abultado.

-Ahí no, Peter – indicó Erik -. Debes apoyarla aquí. ¿Sientes los pies? Así, al hacer presión, irá moviéndose.

Charles volvió a pujar sin gritos. Ya tenía muy poca energía. Con unos empujones más, el bebé abandonó el cuerpo de su padre, seguido de la placenta. Erik lo sostuvo con delicadeza para que no se fuera a caer, mientras lo envolvía en la toalla. Después le cortó el cordón y lo limpió, y también limpió a Charles. La criatura lloró con fuerza, demostrando la potencia de sus pulmones.

Jean se volvió hacia ellos, emocionada, y vio que Peter y su padre estaban llorando. El bebé estaba sano, todo arrugado, lloraba sin parar y pataleaba y sacudía los bracitos. Conmovido hasta la médula y con una sonrisa que no le cabía en el rostro, Erik lo acomodó junto a su pecho. Lo arrulló con una canción y despacio, el niño se fue calmando. Lleno de orgullo, Magneto volteó hacia Charles.

-¿Charles? – vio con espanto que había caído en una especie de coma -. ¡Charles!

Erik prácticamente se le arrojó encima. Peter observaba con los ojos como platos.

Jean se les acercó y se arrodilló junto a Charles. Erik lo llamaba y sacudía desesperado.

-No va a escucharlo – musitó Jean -. El Profesor entró en el plano astral.

-¿Qué estás diciendo? – preguntó Peter.

Erik la miró extrañado.

-Cuando sintió el llanto del bebé y se dio cuenta de que estaba sano y salvo, trasladó su mente al plano astral para combatir a En Sabah Nur – explicó la joven. Con afecto, le pasó la mano por la frente -. Fue una acción valiente y peligrosa. Quedó con poca energía después del parto y En Sabah Nur es muy poderoso. Pero es la única manera de salvar a su hijo.

Erik parpadeó, conmovido. Eso era exactamente lo que Charles le había dicho que haría: hallar la dimensión donde se encontraba En Sabah Nur para darle batalla. Sin embargo, no habían esperado que diera a luz naturalmente ni, que al hacerlo, tuviera drenadas sus fuerzas. Charles no iba a poder vencerlo solo.

-Escucha, niña – la miró fijo -. Quiero que me lleves con él. Quiero que guíes mi mente hasta el lugar donde Charles se encuentra. No voy a dejar que combata sin mí.

-Veré qué puedo hacer – contestó Jean.

-Peter – ahora Magneto se volvió hacia su hijo -. Quiero que espíes detrás de la columna y nos protejas.

-¡Claro! – respondió el joven e hizo un globo con la goma, que explotó al instante.

El bebé se había quedado dormido. Erik lo depositó con cuidado junto a Charles y le besó la frente. Luego se recostó boca arriba al lado de su amante y cerró los ojos. Jean se le acercó y apoyó los dedos en las sienes de Magneto para ingresar en su mente. Sintió su energía abrumadora, aquella que lo hacía luchar por sus ideales sin flaquear. Luego el amor inmenso que sentía por Charles y el deseo colosal que tenía de proteger al niño. Trasladó su conciencia hasta el sitio donde el telépata esperaba a En Sabah Nur y rogó internamente que entre los dos pudieran vencerlo.