Día 1
"Mis oraciones fueron escuchadas, pero quizá no del modo en que pensé, vino la señora Eleonor, mi tía a partir de hoy, para decirme que me iría a pasar una temporada a la casa de una familia importante, en realidad no me obligó a ello... fue decisión mía aceptar, yo no podía negarme porque si lo hacía ella tendría que anular la adopción.
Aún no puedo evitar sentirme mal con la señora Eleonor, ya que todos los problemas que tiene ahora son producto de mi rebeldía, si hubiese sido obediente nada de esto habría pasado, pero actué mal... así que ahora solamente quiero hacerle caso a todo lo que me diga.
Debo confesarte mi querido diario, que a pesar de ser mi decisión irme a esa casa tengo un mal presentimiento, como un nudo en el estómago, no soy una niña que se asuste fácilmente, no le temo a las alturas, ni a los extraños, ni a la oscuridad, ratones o arañas; sin embargo esta vez tengo miedo.
Pero para ser completamente sincera, a pesar de mis temores tengo el consuelo de que voy a poder decir que tengo una tía, y no es cualquier tía... es la tía más hermosa de todo el mundo.
Bueno ya es tarde y debo dormir, así que hasta mañana.
Candice White Baker (como lo puedes leer... ¡ya tengo apellido materno!)"
La noche había transcurrido rápidamente, tanto así que ya eran las nueve de la mañana en punto y un auto se estacionaba frente al hogar, los pequeños estaban contentos viendo el vehículo, no obstante las religiosas que les cuidaban tenían el corazón en la mano.
- Señorita Ponny acaba de llegar el auto de la familia Leagan - decía una joven que vestía un hábito azul mientras ingresaba al despacho de una mujer mayor.
- Lo sé hermana María - respondía con calma.
- No debemos dejar que Candy se vaya con ellos señorita Ponny - pidió juntando sus manos en el pecho.
- No somos ahora los tutores de Candy recuérdelo - contestó la de cabellos grises suspirando y encaminándose a la ventana.
- Pero la pequeña sufrirá allí, se cuentan historias terribles de Sara Leagan y tenemos que proteger a nuestra niña.
- La protegeremos orando por ella hermana, mírela, ahora mismo la niña está tarareando una canción mientras se arregla para emprender el viaje, está feliz, roguemos para que el corazón de Candy ablande la dureza de los integrantes de ese hogar.
- Está bien - terminó de decir obedientemente al tiempo que veía como Candy enfundada en un bonito vestido blanco se aproximaba a ellas.
- Ya llegaron por mi ¿verdad? - preguntó la niña.
- Así es Candy - dijeron ambas mujeres al unísono.
- Las quiero mucho, siempre serán mis madres, les prometo venir a visitarlas - habló la criatura con alegría y se fundió en un abrazo con cada una de las damas.
- Señoras - intervino Ernest Leagan que en persona había ido a buscar a la pequeña.
- Señor Leagan - saludaron ellas sorprendidas de que no fuese un mayordomo o cualquier otro sirviente.
- Supongo que saben el motivo por el que he venido - informó él sonriendo levemente.
- Así es - dijo la mayor - esta niña que usted ve aquí es Candice.
- Buenos días señor Leagan - saludó la chiquilla con cortesía.
- ¿Así que tu eres la pequeña? ¡Vaya! pues eres muy linda Candice, mi nombre es Ernest Leagan y pasaras unas vacaciones con mi familia ¿Estás de acuerdo? - preguntó acariciando la cabeza de la niña.
- Si señor - respondió sonriente.
- Eso es perfecto - manifestó el caballero.
- Puede llevársela señor Leagan, pero le suplicamos que nos tenga al tanto de ella, la queremos mucho - rogó la hermana María.
- La cuidaremos muy bien, no se preocupe y trataré de mantenerla informada, si me disculpan es hora de ir por el equipaje de Candy, necesito llegar pronto a casa.
- Claro que sí - dijo la señorita Ponny procediendo a acompañarlo hasta la entrada donde estaban ya las maletas esperando ser recogidas.
- "Hoy empieza una nueva vida Candy" - eran los pensamientos de la niña...
Mansión de la familia Andrew en Lakewood
- ¿Puede creerlo tía Elroy? - preguntaba una llorosa Sara Leagan a una mujer mayor.
- Ernest es un hombre intachable Sara, jamás habría sido capaz de engañarte.
- Hoy llevará a casa a su bastarda tía - replicó la mujer.
- Aún no te adelantes hija, recuerda que esa niña no ostenta el apellido así que debes de ignorar tus dudas y acoger a esa chiquilla por unos meses hasta que lleguen por ella, con el pasar de los días verás que no tienes razón para ponerte así.
- ¿Y si lo fuera?
- De ser su bastarda con todo derecho podrás echarla de tu casa, pero claro supongo que está demás decirte que debes mantener todo en reserva, nadie de la familia aparte de nosotras debe saberlo, eso sería una vergüenza para los Andrew, recuerda bien que en nuestra familia siempre hemos mantenido los valores muy en alto y la familia siempre ha sido una sagrada institución.
- Lo sé bien tía, pero debo confesar que yo ya la odio con todo mi corazón, no soporto la idea de que una niña venida de la nada comparta con mis hijos.
- Sara tienes que entender que solamente son unas vacaciones.
- Tía...
- Ve a tu casa y has lo mejor que puedas.
- Está bien tía. - accedió de mala gana pues lo que había buscado era la forma para cerrarle las puertas a la niña que ella consideraba una intrusa.
Mansión Leagan
- Candice estamos ya muy cerca de nuestro destino - señaló el hombre deteniendo el auto - por eso es momento de hablarte de algo importante.
- Digame señor Leagan - habló Candy nerviosa.
- Creo que Eleonor te ha contado cómo son las cosas, pero no sé si te dijo que no debes de decir en ningún momento y bajo ninguna circunstancia debes decir que provienes del hogar de Ponny.
- ¿Porqué debería de ocultarlo? - preguntó la niña.
- Porque la sociedad es muy estricta Candy y hay cosas que es mejor tener como un secreto, además recuerda bien que se supone eres la sobrina biológica de Eleonor, es decir que compartes la misma sangre que ella ¿Comprendes? - preguntó el hombre arrepintiéndose de haber aceptado la propuesta de su amiga.
- Lo siento señor Leagan, pero yo no me avergüenzo de mi pasado, estoy muy orgullosa de mis madres y no las ocultaré.
- Entiende Candy, no es bueno para ti, cuando seas mayor verás como el estigma de ser huérfana no te dejará en paz.
- No tengo la culpa de ser huérfana.
- Tienes que ser obediente Candy, tu eres desde ahora para todos hija de Vincent y Eloysa, su hija entiendes, no simplemente la niña que ellos adoptaron - habló él en tono severo.
- Señor Leagan, perdóneme pero yo soy la hija adoptada de Vincent y Eloysa Baker, si quiere puede llevarme de vuelta al hogar.
- ¿Acaso no quieres agradar a Eleonor? - preguntó el hombre sorprendido del temple de la pequeña.
- Yo quiero mucho a la señora Eleonor, desde que la vi lo primero que pensé fue que ella era un ángel y quisiera ser su hija, yo misma me prometí que haría todo por hacerla feliz y obedecerla - habló mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
- ¿Entonces aceptas? - cuestionó.
- A pesar de eso, yo no puedo aceptar el negar mi pasado, cuando la señora Eleonor me visitó no dijo nada de esto, acepté porque pensé que sería la hija adoptiva de esos señores - contestó la niña secando sus lágrimas.
- ¡Tanto quieres a las señoras que te criaron! - exclamó sorprendido por la actitud de la rubia.
- Mucho señor, la señorita Ponny y la hermana María son las madres de todos los niños del hogar, son quienes siempre me dieron todo su amor y me cuidaron, jamás las negaré ni a ellas ni mis orígenes señor Leagan; además ser huérfana no es un pecado, Dios nos ama a todos por igual - terminó de decir Candy mirando directamente a los ojos color miel del hombre logrando impactarlo más aún.
- Está bien Candy, será así entonces, solo recuerda que tus padres adoptivos están viajando de vacaciones.
- ¡Gracias señor Leagan! - exclamó la niña sorprendiendo al caballero con un tierno beso en la mejilla.
- No es nada Candy, solo espero que no te arrepientas algún día de lo que acabas de decidir.
- No lo haré - afirmó muy segura.
- Entonces vamos - dijo el hombre poniendo en marcha el vehículo.
Minutos más tarde ambos se encontraban en la entrada de la residencia dispuestos a entrar sin notar como en el piso superior dos niños preparaban un recibimiento nada agradable para la pequeña.
- ¡Ahí vienen Neil! ¡Apúrate! ¡Es momento! - exclamaba una niña de ojos castaños.
- La chiquilla no está sola Eliza - decía el chico en voz baja.
- ¡Qué importa con quién esté! seguramente es el chofer, vamos Neil tenemos que aprovechar que no están nuestros padres ¡hazlo ya!- apresuraba la niña.
- Bien... a la cuenta de tres... uno, dos, tres - terminó de contar al tiempo que dos baldes llenos de agua eran vaciados sobre los que estaban en la entrada de la mansión.
"¡Splashhh!" - fue el sonido del agua cayendo siendo acompañado de un grito infantil y las risas de dos niños que felices de su maldad festejaban sin ver las consecuencias de su acción, hasta que de pronto escucharon un grito que por un momento les congeló la sangre.
- ¡Eliza, Neil! ¡Bajen en este mismo instante!- gritó el hombre que estaba tan enojado como mojada estaba su ropa.
- Señor Leagan - susurró Candy totalmente seca, pues en el último minuto se había movido de lugar.
- Tranquila Candy, lamento que conozcas de esta manera a mis hijos.
- Descuide - musitó y a los segundos pudo ver a dos niños, un hombre y una mujer, ambos muy parecidos entre sí y mirándola como si sus enormes ojos marrones fueran dos flechas envenenadas.
- Me pueden explicar que significa esto. - habló en tono grave.
- Padre lo sentimos - dijeron a coro.
- ¿Este era el recibimiento que le tenían planeado a Candy? - preguntó el hombre furioso.
- Solo era una pequeña broma - habló el varón en voz baja.
- Queríamos jugar un poco con ella - se defendió la chica sonriendo con fingida inocencia.
- Pídanle disculpas - ordenó el caballero en voz baja pero peligrosa.
- ¿Porqué habríamos de hacerlo? si te empapamos a ti - preguntó Eliza sorprendida y claramente en desacuerdo.
- Eso estaba destinado hacia ella, así que hagan lo que les ordeno.
- Lo lamento - dijo prontamente el chico que por naturaleza era más cobarde que su hermana.
- Yo no lo haré padre - habló rebelde la hija del hombre.
- Entonces no irás a ver a Anthony por un mes entero - determinó el señor Leagan.
- Estoy segura que no fue su intención lastimarme - intercedió la niña rubia - no te preocupes Eliza.
- ¿Quién te dijo a ti que me ayudes? ¡Eres una mosca muerta! ¿quieres parecer buena? No eres más que una intrusa en esta casa - escupió grosera.
- ¡Eliza estás castigada por dos meses, ve a tu habitación en este momento!- ordenó antes que su hija saliera corriendo rumbo a su habitación - Neil como te disculpaste el castigo para ti será quedarte sin postre por una semana.
- Si padre - habló el chico marchándose rápidamente.
- ¿Que piensas de todo esto? - le preguntó el hombre a la niña.
- Fue una broma que quizás quisieron jugarme - contestó sin querer hacerle daño a los hermanos.
- No... escúchame Candy, tienes que saber que mis hijos no son fáciles de tratar, todo el tiempo han estado acostumbrados a vivir egoístas haciendo lo que se les ha venido en gana, no son malos en realidad.
- No se preocupe señor Leagan - contestó la niña sintiéndose segura al lado del caballero.
- Ahora siéntate en el salón y espera a la doncella que te ayudará mientras yo voy a cambiarme.
- Muy bien - dijo y obedeciendo se adentró a la enorme y lujosa mansión siendo seguida por el hombre que, después de indicarle uno de los sillones, se marchó escaleras arriba.
- Esto se ve muy antiguo y elegante - murmuró Candy viendo todo a su alrededor.
- Lo es señorita - dijo una voz muy suave sorprendiéndola.
- ¿Quién eres tu? - pregunto la rubia levantándose del mueble.
- Mi nombre es Dorothy, la señora Sara antes de irse me indicó que yo debía ayudarla en todo, seré su doncella a partir de hoy.
- ¿Mi doncella? - preguntó Candy sin saber muy bien cuales eran las funciones de una doncella.
- Así es, acompáñeme señorita la llevaré a su habitación - indicó Dorothy sonriente.
- Muy bien - accedió la niña siguiendo a la joven.
- Espero se sienta cómoda - habló dando paso a la niña que admiraba la blanca habitación rincón por rincón.
- Es muy linda.
- Si gusta puedo comenzar a acomodar su equipaje.
- Puedo hacerlo yo misma Dorothy.
- No señorita ese es mi deber.
- ¿Podrías dejarme de decir señorita? - preguntó la niña tomando asiento en una silla.
- No puedo señorita, sería una falta de respeto, entienda que debo conservar mi trabajo - explicó la muchacha ordenando vestido por vestido en el armario.
- ¿Tan grave es?
- Si señorita.
- Entiendo Dorothy, es solo que me gustaría que seas mi amiga y a los amigos no se les puede tratar de ese modo.
- Puedo ser su amiga señorita Candy - dijo sonriendo.
- ¿Puedes decirme Candy cuando estemos a solas? - cuestionó.
- Está bien.
- Dime Dorothy Eliza y Neil son niños muy fastidiosos ¿Cierto?
- Son bastante difíciles Candy, pero debes ser fuerte, aunque tengas ganas de salir corriendo recuerda que siempre habrá la manera de ganar la guerra aunque se pierdan las batallas. - aconsejó con la sabiduría que había heredado de su madre.
- Me asustas, pero descuida yo no me rendiré, estaré aquí hasta que me venga a recoger mi tía Ely, ya verás como ninguno de esos dos logrará vencerme.
- Eso espero con todo el corazón.
- Dorothy mira esto - habló la pequeña corriendo hacia una de sus maletas y sacando el hermoso medallón que había recogido hacía un tiempo - ¿se te hace familiar este broche? - Preguntó curiosa y esperanzada pues había notado que la insignia de los Leagan era bastante parecida.
- Ese broche es, sin duda, de algún miembro de los Andrew, son una familia muy poderosa.
- ¿En serio? - preguntaba la pequeña sorprendida.
- Sí, son mucho más importantes que los Leagan, aunque ambas familias están emparentadas pues la señora Sara proviene de los Andrew..
- ¿Viven cerca?
- Sí.
- Y por casualidad hay un joven rubio, de ojos azules, muy guapo, que toca la gaita y se viste con ropa de Escocia.
- Candy me estás describiendo a Anthony Brower Andrew - señaló Dorothy mirando a la pequeña con tristeza pues sabía que Anthony Brower era cercano a Eliza.
- Pues entonces debo encontrarlo y devolverle su broche ¿No crees Dorothy?
- ¿Conoces al joven Anthony? - cuestionó la joven intrigada.
- Es una linda historia, un día él llego a mi como un príncipe y me calmó cuando estaba triste, ese chico es muy especial - decía la pequeña con ojos soñadores.
- Cuidado Candy, que el príncipe del cual hablas es el favorito de la señorita Eliza y me atrevo a decir que será su futuro esposo.
- ¿Acaso Anthony está enamorado de Eliza?
- No lo sé... es difícil saberlo, pero la señora Sara anhela que se concrete un compromiso, quizás aún más que la propia señorita Eliza.
- Ya veo.. - susurró la rubia decepcionada.
- Anímate ¿si? tu eres muy pequeña y hay muchos chicos guapos que morirán por ti dentro de unos años.
- ¡No digas eso! - exclamó sonrojada antes de reír junto con su acompañante hasta que un leve toque en la puerta interrumpió la plática.
...Continuará...
