Capítulo 9: Noche de bodas 3: George y Lucius
Lucius obligó a George a entrar al cuarto. George trastabilló, pero logró mantener el equilibrio virándose hacia su marido, observándolo con una mezcla entre miedo y desafío. Lucius avanzó un paso hacia él y George retrocedió otro. Lucius avanzó otro paso más y George retrocedió otro más. El rubio arqueó una ceja mirando a su consorte burlonamente.
- ¿Bailamos?
Le preguntó burlón al pelirrojo, quien lo miró mal y retrocedió aún más, hasta llegar al sofá que estaba frente a la chimenea del cuarto, sofá que interpuso, entre su marido y él.
- Eres una rata, nunca te perdonaré lo que obligaste a Fred a hacer.
Le juró George viendo con rabia su mano izquierda, la cual tenía sangre seca. Esa distracción le dio al rubio el tiempo que necesitaba. En menos de lo que uno dice 'esta boca es mía', Lucius había atrapado a George entre sus fuertes brazos. George empezó a patalear y a intentar zafarse del agarre de Lucius, cosa bastante difícil teniendo en cuenta que se había enredado con su larga túnica blanca de boda. Con un grito de frustración, George se quedó quieto.
- Así está mejor, ángel mío. En cuanto a lo de Fred, me interesa muy poco tu perdón. - Le dijo Lucius al oído y, agarrándolo fuertemente, lo obligó a virarse de frente hacia él, enfrentando los ojos azules a los plata. - Pero ¿y Fred se podrá perdonar a sí mismo, cuando mañana acabe el efecto del hechizo y recuerde lo que hizo hoy?
- ¡Bastardo!
Le gritó George furioso debatiéndose, cual fiera, queriendo partirle la cara a Lucius. Lucius sonrió.
- Querido, no te me pongas sentimental.
Se burló el hermoso rubio.
- Peliteñido.
Le insultó George infantilmente. Lucius lo miró como si fuera un espécimen raro unos segundos para, a continuación, echar la cabeza hacia atrás y reírse a carcajadas.
- Nada que ver, mi querido ángel, soy rubio natural, nada de peliteñido. Quién sabe, a lo mejor nuestros hijos también tengan el cabello tan rubio platino como yo.
Bastó la sola mención de hijos, para que George se pusiera como fiera de nuevo, pataleando y retorciéndose.
- Olvídalo, nunca le daré hijos a un ser tan despreciable como tú.
Le gritó el gemelo, ganando por recompensa una dura bofetada.
- Lancelot era más dócil y sumiso, y espero que tú también lo seas ahora que eres mi consorte.
- Yo no soy el tío Lancelot, ni soy tu consorte.
Le gritó George. Lucius lo zarandeó.
- Lo serás si yo quiero.
- Estás delirando. Tú mataste a mi tío Lancelot ¿y ahora pretendes que sea él?
George gritó al sentirse tirado con brusquedad en la cama. Lucius le cayó encima. George se empezó a retorcer desesperado por liberarse. Lucius murmuró algún hechizo sin varita, porque al momento siguiente George sintió como sus manos eran amarradas a los extremos de la cama por cuerdas invisibles.
- ¡No!
Gritó George forcejeando con las cuerdas invisibles pero sin conseguir nada.
- Tranquilo, ángel mío, porque la noche apenas comienza.
Le prometió el rubio maliciosamente. Deleitándose con la mirada de pavor de su pelirrojo consorte. Levantó la mano y el pelirrojo pensando que tal vez le iba a pegar, cerró los ojos con fuerza. Pero el golpe nunca llegó, en su lugar sólo obtuvo una dulce caricia en su mejilla. George abrió los ojos y lo miró confundido.
- Déjame, maldito desgraciado.
Le gritó el gemelo. El hermoso rostro de Lucius se contrajo de furia y le pegó tal bofetón al pobre George, que le rompió el labio. Tomando con fuerza al pelirrojo por el cabello lo hizo volver la cara hacia él y atacó sus labios fuerte y cruelmente, probando el sabor metálico de la sangre. Cuando las manos de su marido empezaron a desgarrar con brusquedad su túnica de boda, George no hizo ningún esfuerzo por contener sus lágrimas de miedo.
- Yo no soy él, por favor, déjame.
Rogaba una y otra vez el gemelo, al borde de la desesperación. Pero Lucius no lo oía. Se había ensañado con el pecho desnudo de su víctima. Lo besaba y mordía con bastante brusquedad, provocándole dolor al más joven. Pero tal vez algo de las lágrimas y de los ruegos del menor entraron en el rubio Slytherin, porque se detuvo.
- Oh, George, lo lamento.
Exclamó al ver cómo había lastimado al joven pelirrojo. Pero George no le creía, sólo lo miraba asustado y tembloroso.
- Shhh, cálmate, ángel mío.
Le pidió Lucius acariciándole la mejilla. El más joven tembló cerrando los ojos fuertemente. Lucius se inclinó sobre el pelirrojo y lo besó con pasión, provocando que el chico abriera los ojos y lo mirara asustado.
- Por favor, por favor, ya basta, no me lastime.
Le rogó el pelirrojo. Lucius lo miró con ternura. Inclinándose sobre su consorte, le dedicó delicados besos y lametones en su lastimado pecho, concentrándose en los pezones, que momentos antes había lastimado cruelmente.
- No, por favor, déjame.
Le rogó George. Pero poco caso le hacía Lucius, quien estaba quitándole el pantalón.
- Maldita sea, déjame.
Le gritó el gemelo. Pero sólo consiguió una bofetada dada con bastante fuerza.
- Bien, George, intenté ser tierno contigo, pero ya veo que contigo las cosas sólo se pueden hacer de una forma, la fuerza. Pues peor para ti, querido.
Le advirtió Lucius. Con un hechizo se deshizo de su ropa y forcejeó por separar las piernas de su consorte, quien las tenía fuertemente cerradas. Golpeó a George con el puño cerrado en la barriga, ocasionando que el gemelo perdiera el aire y se encogiera sobre sí mismo, ocasión que aprovechó el rubio para separarle las piernas a George y situarse entre ellas.
- No, déjame.
Jadeó George tratando de recuperar el aire.
- Te enseñaré lo que te pasará de ahora en adelante siempre que me rechaces, George.
Le juró Lucius, y sin miramientos se clavó de una sola estocada en la cavidad virgen de su consorte.
- ¡¡¡¡¡AHHHHHHH!!!!!
Gritó George con toda la fuerza de sus pulmones al sentir como si fuera invadido por una lanza. Las lágrimas arrasaron sus ojos y George no necesitó verse entre las piernas para saber que lo que corría entre ellas era sangre. Lucius no le dio tiempo a acoplarse a la intromisión cuando ya se estaba moviendo en su interior. El pobre George gemía y gritaba de dolor. Pero Lucius permanecía ajeno a sus quejidos y gemía del placer al sentirse enclaustrado por esas cálidas y estrechas paredes. Con un gemido ronco se vino en el menor, quien volvió a chillar al sentir el ardor que provocaba el semen en su lastimado ano. Lucius salió del interior del pelirrojo sin delicadeza y, dejándose caer junto a este, lo besó en la boca.
Sentándose en la cama, acarició los muslos cubiertos de sangre de su consorte.
- ¿Ves lo que provocaste, ángel mío? - Le preguntó enseñándole los dedos cubiertos de sangre. - Por tu culpa te lastimé tu precioso culito. - Le regañó suavemente tanteando con su dedo la entrada del pelirrojo, quien se contrajo del dolor con un gemido. - ¿Ves lo que provocas? Si no te hubieses portado tan mal, te aseguro que lo hubieses disfrutado mucho. Pero espero que tu actitud cambie, George, no me gustaría tener que volverte a hacer daño - Le aseguró Lucius acariciándole la mejilla y manchándosela de sangre.
>>- Pero te lo haré, George, te lo haré todas las veces que me desafíes hasta que aprendas a respetarme. - Le prometió Lucius, robándole otro beso, y con un chasquido de sus dedos las cuerdas invisibles desaparecieron. George no se atrevió a moverse, y no sólo por miedo a las represalias de su marido sino que también por miedo a intensificar el dolor de su lastimado cuerpo, sobre todo de cierto lugar donde la espalda perdía su santo nombre. Lucius lo abrazó fuertemente y lo obligó a recostar la cabeza en su pecho. George no se movió, aunque las lágrimas seguían saliendo de sus azules ojos seguidas de vez en cuando por algunos sollozos.
- Shh, tranquilo, cariño, ya tu castigo acabó. Y mientras me hagas caso no te volveré a lastimar.
Le dijo Lucius acariciándole la espalda con ternura.
- ¿Entiendes que me obligaste¿Que fue tu culpa?
George asintió suavemente y no porque precisamente estuviera de acuerdo con su sádico marido, sino por miedo a las represalias de este.
- Bien, ahora duérmete, ángel mío.
Le ordenó Lucius suavemente. Cuando George sintió que su marido quedó dormido, intentó zafarse de los brazos de este, pero no pudo. Poco a poco la idea de que tal vez Malfoy tuviera razón y él hubiese tenido la culpa, fue penetrando en el joven pelirrojo. Y al final entre lágrimas, Morfeo se apiadó del pelirrojo y lo arrastró a sus brazos, a un tranquilo descanso.
Continuará...
