N/A: ¡Este es un poco más largo, no me digan que no!
Gracias por sus reviews, favoritos y follows, es muy agradable encontrármelos en mi bandeja de entrada de correo :)

La próxima semana, de nuevo tengo casi seis días de vacaciones y puedo volver a mi ciudad. Eso significa dos cosas; tiempo libre para escribir, e inspiración proveniente del buen humor.

Disclaimer: Los personajes de Harry Potter y su universo son pertenencia de J. K. Rowling. Yo sólo los utilizo para liberar mi imaginación.

OOoOo

Tercera persona, Testigo: McGonagall

8vo Año, Hogwarts.

En el vestíbulo de la entrada del castillo.

Minerva McGonagall estaba muy decepcionada ese día. Se había levantado, temprano a la mañana, con más energía de lo normal y un alto grado de buen humor, sorprendiendo a varios profesores que se cruzó en el desayuno. Hacía tiempo que no se la veía tan viva a la nueva directora de Hogwarts. Pero cuando llegó al aula de transformaciones para la primera clase de ese día, su radiante buen humor se esfumó después de diez minutos allí dentro.

La clase era compartida entre Gryffindor y Slytherin. Con lo que había ocurrido la noche anterior, si bien no esperaba ver a Harry de repente sentado junto a Malfoy y hablando animadamente, sí esperaba una mejor atmósfera entre ellos, una mirada, una sonrisa. Una señal de que Harry había logado algo aquel día. Nada de eso.

Ambos estaban sentados tan alejados como la última vez que los vio, y ni siquiera se miraban. Bueno, Draco no miraba a Harry; porque el moreno prácticamente tenía la vista clavada en él la mayor parte del tiempo. Era casi como verlo suplicar. McGonagall también notó que Hermione vigilaba cada tanto a Harry, tal vez extrañada por la fascinación que parecía darle la nuca pálida de Draco Malfoy.

¿Potter había vuelto a meter la pata?

Dejándose llevar por el mal humor repentino, cargó a su clase con más tarea de la que había pensado darles. Casi todos sus alumnos salieron rezongando y despotricando contra la materia cuando la clase finalizó, pero no pudo importarle menos. Sin intención, envió una mirada de reproche a Harry pero él creyó que era porque había oído el comentario poco cortés que Ron acababa de hacerle respecto a la profesora.

El aula quedó vacía. McGonagall siguió dando vueltas mientras preparaba algunas cosas para la siguiente clase, pero el desconcierto y la duda sobre aquellos dos no dejaba de rondarle la cabeza. Siempre se había considerado a sí misma una profesora responsable, seria y que podía imponer límites al tratar con las personas.

Pero últimamente sólo pensaba en cómo hacer para que Draco Malfoy y Harry Potter continuaran con aquella amistad que más de uno condenaría al fracaso.

La mañana pasó con terrible lentitud para ella. Cuando terminó, al fin, la última clase antes del almuerzo, salió con rapidez hasta su oficina. No sabía cómo deshacerse de esa sensación de frustración, pero tenía que tranquilizarse.

-¡Déjame en paz!

-¡No quiero hacerlo!

Podría hasta haber sonreído cuando escuchó a su favorito par de voces pero el lugar, demasiado visible para cualquiera, en el que se encontraban la ponía un poco nerviosa. Estaban en el vestíbulo, apenas se entraba al colegio. Cualquiera que simplemente pasara caminando por allí como ella podía oírlos a la perfección y no estaba segura de qué tan bueno sería eso. Agradecía que fuera la hora del almuerzo y ya casi todos estuvieran disfrutando de la comida.

Draco incluso había llegado al punto de sacar su varita. Rogaba a Circe, Merlín y quién fuese, que eso no terminara en un duelo improvisado como era costumbre años atrás.

-¿Qué, tienes un nuevo capricho?- Draco le dirigió a Harry una fría mirada- Te dije anoche que no te me acercaras, no quiero hablar contigo.

-Te pedí disculpas por haberte ignorado de esa forma ¿qué más quieres que haga?

-¡Nada!- Comenzaba a desesperarse por la testarudez de Harry-Acepto la disculpa pero no tengo ganas de perdonarte ni mucho menos de preguntarte por qué fue, aunque me hago una idea.

Los tres sabían que esa idea se llamaba Ronald Weasley.

-¿Puedes dejar de hablar y escucharme un minuto?

-¿Y tú puedes dejar de ser tan malditamente terco?

Ambos se miraron a los ojos; uno con reproche y decepción, el otro con arrepentimiento y desesperación. McGonagall podía leerlos como a un libro, a pesar de que ellos no se entendían entre sí.

-¡Bien! No me interesa lo que pienses de mí- Harry le devolvió la misma mirada molesta, pero un toque de suavidad fue palpable en ellos- Sólo quiero que me respondas algo.

Draco rodó los ojos; no podía tener el cinismo de querer pedirle algo. ¡Ese Potter…!

-¿Qué? – Le preguntó de muy mala gana y con brusquedad.

-¿Cómo estás?

La expresión de Draco fue única; miró a Harry como si fuese otra persona, una muy bipolar por lo que veía, y no pudo evitar el abrir y cerrar la boca, sin saber qué decir, tal y como un pez haría.

-¿Ah? – Fue la única expresión que consiguió que saliera de su boca.

Harry se veía serio, sin restos del enojo que había sentido hasta hacía un momento. Anoche, Draco lo había agarrado con la guardia baja al tratarlo de aquella forma fría y violenta cuando él intentó acercársele antes de que llegara a las mazmorras. Pero hoy era historia diferente. Porque no sabía cómo, ni por qué, pero había podido notar algo en aquellos ojos grises y profundos, que habían encendido una ruidosa alarma en su cabeza que aquella noche no lo dejo dormir. Draco estaba mal.

-Sé lo de tu madre…

Draco frunció el ceño, y a pesar de que guardó la varita, la expresión de su rostro no se suavizó para nada. Tomando una postura indiferente habló con sarcasmo.

-¿Qué quieres que diga?

-La verdad.

Estuvo tentado a responderle con la mayor carga de sarcasmo posible en sus palabras, llamarle San Potter y decirle que lo dejara en paz; él no era su nuevo proyecto de caridad. Pero por alguna razón, no pudo hacer nada de eso.

En contraste, bajó la vista derrotado, después de batirse a duelo dentro de su consciencia y que saliera perdiendo su orgullo.

¿Qué podía decirle? ¿Qué se sentía sólo, perdido y desesperado? ¿Qué quien había considerado su modelo a seguir lo había defraudado para siempre, y que la única persona que tal vez lo querría de verdad, estaba agonizando, y muriendo parte de su alma con ella? No. Podía estar abatido y desolado, pero él no era un maldito Hufflepuff.

No podía ir llorando a Harry con sus problemas, no cuando él mismo lo había ignorado más de una semana completa por no saber manejar los reclamos de su mejor amigo. Porque estaba seguro de que esa había sido la causa.

No podía desahogarse con Harry. No podía hablar con Harry.

No podía confiar en Potter.

Lo miró una última vez, y Harry lo supo. Draco Malfoy iba alejarse en ese preciso momento de él, y si no lo detenía, era muy probable que jamás volviese a tener una oportunidad de acercársele.

McGonagall, por su lado, se sentía decidida a rezar algún hechizo para petrificar al rubio en su lugar, o para que Harry reaccionara de una vez para detenerlo.

Enorme fue su sorpresa cuando no se necesitó de ningún encantamiento ni hechizo.

Draco había retrocedido un paso dispuesto a marcharse. Pero Harry había sido mucho más rápido, haciendo gala de sus reflejos, y había tirado de su brazo derecho con fuerza haciéndole trastabillar hacia adelante.

Lejos de caerse, Draco se encontró con el pecho de Harry Potter, quien aún mantenía su brazo apresado, pero para sorpresa de cualquiera que los viera, lo mantenía aferrado a él. Eso, era un abrazo.

Malfoy se quedó congelado en su lugar. Cuando su cerebro reaccionó, quiso zafarse, o golpear a Harry, lo que lograra primero. Sus esfuerzos fueron inútiles.

-Sé que fui un idiota- Se quedó quieto cuando lo oyó susurrar en su oído derecho. McGonagall entrecerró los ojos, como si con eso pudiese escuchar un poco más fuerte lo que decía- Te pido disculpas, de verdad. Yo me ofrecí para ser tu amigo ¿recuerdas? Y en momentos como estos, uno debe estar con sus amigos.

Draco guardó silencio. De hecho, no tenía idea de qué decir, o qué pensar.

-No tienes que decirme tus pensamientos más profundos, ni siquiera llorar frente a mí. Pero, de ahora en adelante, cada vez que necesites buscar fuerzas de algún lado… Voy a estar allí, junto a ti.

Las últimas palabras las había susurrado y Draco apenas las había escuchado. Tal vez porque el mismo Harry se había dado cuenta de lo cursi y extraño que eso sonaba, avergonzándose en el último momento. Pero no alejó a Malfoy.

Tras unos minutos que parecieron interminables, los músculos de Draco dejaron de forcejear con él y finalmente se relajaron un poco. Era extraño; el cuerpo del rubio desprendía un calor muy confortable, a pesar de que podría haber jurado que su piel sería tan helada como pálida era.

Draco no se movió ni un ápice. El único cambio fue que dejó caer su cabeza en el hombro de Harry, ocultando el rostro con ayuda de su despeinado cabello también.

McGonagall vio una pequeña sonrisa de pena y cariño en el rostro de Harry, y pensó que ahora sí lo había visto todo en la vida. Draco Malfoy siendo abrazado, y de alguna forma consolado, por Harry Potter, era algo que su retina guardaría por el resto de su vida.

Harry nunca supo a ciencia cierta si Draco había llorado sobre su hombro en aquel momento o no. Lo único que sabía era que el rubio, varios minutos después, había aferrado disimuladamente una de sus manos a la túnica de Harry y había acercado su rostro más al hueco del cuello del moreno.

Al mismo momento, el Grac Comedor había estado abarrotado de alumnos que hablaban trivialidades y armaban bullicio en el lugar. En la mesa de Slytherin, un preocupado Blaise Zabini miró el lugar vacío junto a él y después dirigió una rápida mirada a la mesa Gryffindor.

Ron y Hermione hacía lo propio con el lugar vacío de Harry.

Ese día, dos alumnos faltaron al almuerzo, y la directora del colegio tampoco se presentó.