Bueno les traigo un nuevo capítulo a todas, espero que les guste y me dejen muchos comentarios. Recuerden que el viernes estaré publicando en el grupo de Facebook adelantos de todas las historias.


Capítulo beteado por Flor Carrizo, Beta de Élite Fanfiction

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¿Una cigüeña en la isla?

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Dulce espera (Marcela Morelo)

Estoy en la dulce espera
quiero acunarte en mis brazos
el brillo de tu inocencia
melodía de tu llanto
no sé si algún día Dios irá a premiarme contigo
contigo renacerá la esperanza, mi fe cobrará sentido
serás el fruto de un gran amor
serás mi sangre y mi vida
late fuerte el corazón
y una canción de cuna te espera en mi voz
late fuerte el corazón
y una canción de cuna te espera en mi voz
con tu luz vendrás y todo, todo, brillará.
Un angelito pequeño
dicen que rondas mi puerta
no hace falta que golpees
puedes entrar cuando quieras
serás el fruto de un gran amor
serás mi sangre y mi vida...
Late fuerte el corazón
y una canción de cuna te espera en mi voz
late fuerte el corazón
y una canción de cuna te espera en mi voz
Dulce espera...
Y una canción de cuna... y una canción de cuna
late fuerte el corazón
y una canción de cuna te espera en mi voz
late fuerte el corazón
y una canción de cuna te espera en mi voz
y late fuerte el corazón...
Late fuerte el corazón
y una canción de cuna te espera en mi voz
con tu luz vendrás y todo, todo, brillará

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Los días fueron pasando, Emmett, poco a poco, fue recuperándose, si bien intentaban que permaneciera quieto la mayoría del tiempo, no lo hacía. Era tanto el aburrimiento que tenía que era siempre el primero en despertarse.

Edward había insistido en que se quedara en el refugio y no bajara a la playa, la arena era muy inestable para su pierna rota y sus improvisadas muletas. Por lo que, al despertar, el médico descendía para intentar pescar algo para el desayuno.

Bella seguía durmiendo, el estado de la castaña era inquietante para el soldado, pero se la veía tan tranquila durmiendo que decidió dejarla un rato más mientras pelaba yaca y coco.

De pronto, escuchó como Bella se levantaba y corría en dirección contraria a donde él estaba. Las arcadas se hicieron presentes por tercera mañana consecutiva. Él, lo más rápido que pudo, corrió a su lado y ella intentó alejarlo, pero fue en vano.

—Bells, ¿te encuentras bien?

—Sí, creo que la iguana de anoche me hizo mal.

—Pero ayer te pasó lo mismo y no habías cenado iguana. Cielo, me preocupas —dijo acariciando su cabello.

—Tranquilo, algo debe haberme caído mal, seguro que no es nada importante.

Ella se recostó otro poco y él le llevó agua de coco para rehidratarla.

Cuando se aseguró de que Bella dormía profundamente, se marchó hacia donde Edward estaba. Este, de inmediato, se percató del ceño fruncido y el semblante de preocupación que reinaba en su amigo.

—¿Qué haces aquí, Emmett?

—Necesito que hablemos —sentenció.

—¿De qué?

—Es Bella, me preocupa que tenga algo malo.

—¿Qué le sucede? —preguntó alarmado.

—Es la tercera mañana consecutiva que se levanta vomitando, está durmiendo mucho, Edward, y me asusta que podamos perderla.

El cobrizo se llevó desesperadamente las manos a su cabello, mientras caminaba de un lado a otro.

Una y otra vez daba vueltas y vueltas en su cabeza a las cosas, y lo único que se le ocurría era lo que más le aterrorizaba.

—Edward, ¿tan grave es? —cuestionó Emmett.

—Verás… hace unos cuantos días descubrí que no habíamos marcado su último periodo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Está con un retraso.

—¿Estás insinuando que puede que esté embarazada?

—Es una posibilidad muy grande, Emmett, no se me ocurre qué otra cosa puede ser que nos den todos esos síntomas. Puede que esté anémica y eso haría que su periodo se retrase y explicaría el sueño, pero no su malestar estomacal.

—¿Un virus? ¿Algo que haya comido en mal estado?

—No lo creo... comemos los tres lo mismo, de ser eso nosotros deberíamos tener algún que otro síntoma.

—Debemos preguntarle a ella, quizás ella sospeche algo y no se atreva a decirnos.

—Ojalá me equivoque, Emmett, porque sino de verdad que estamos jodidos.

Emmett le devolvió una mirada incrédula.

—¿Tan malo sería tener un hijo?

—En esta isla sí. La amo, Emmett, y te juro que no soportaría que le sucediese algo y no poder hacer nada al respecto.

—¿Y tú piensas que yo sí podría soportar eso?

Edward negó.

—Pero si está embarazada tus preocupaciones sólo la harán sentir mal. ¡Diablos!, nunca pensé que diría esto, pero eres un bastardo, puede que nuestra mujer esté embarazada y tú sólo piensas en los problemas que trae y no en lo feliz que te pondría tener un hijo con ella.

Frustrado por la reacción de su amigo, volvió al refugio a cuidar de Bella.

Luego de cerciorarse de que se alimentara correctamente, decidió ir al río a bañarse.

La joven estaba ajena a todas las circunstancias, ella seguía preocupada por hacer una olla para poder cocinar. Esta vez el invento iba a resultar, había construido el recipiente como las veces anteriores, pero en su interior había toda una superficie de hojas de pandano que la recubrían, dándole la impermeabilidad que tanto buscaba.

Cuando Emmett se fue al río y antes de que Edward regresara, decidió probar si había al fin logrado su cometido. Vació unas botellas de agua y lo colocó sobre el fuego, alejado de la llama. Pasó un largo rato y el agua seguía ahí, ¡al fin lo había logrado!

Emmett, desde lo lejos, vio a Bella bailar contenta mientras cantaba una chistosa canción.

—Cielo, ¿qué te puso tan contenta?

—¡Mira lo que logré, amor! —dijo señalando con sus manos como una conductora de tele-compras.

—¡Al fin lo lograste, cariño! —exclamó mientras la observaba con detenimiento, poniendo especial atención en su vientre.

Ella lo rodeó con sus brazos y le dio un apasionado beso.

—Te amo, Emmett.

—Y yo a ti, Bells —dijo acariciando su cintura y rozando levemente su pancita con los pulgares.

Edward, desde lo lejos, vio la escena y, por primera vez, se permitió pensar como el hombre que era, dejando de lado al doctor... Se imaginó que podría ser muy feliz si Bella estaba embarazada; y, con una sonrisa en su rostro, se dirigió hasta el refugio.

Cuando Bella vio a Edward, corrió a sus brazos.

—Te extrañe, amor —dijo mientras enganchaba sus piernas alrededor de la cintura de él.

—Yo también —respondió él.

—¿Cómo te sientes?

—Muy bien, ¿por qué preguntas?

—Un pajarito me contó que vomitaste.

—¡Qué pajarito más entrometido! —respondió mostrándole a Emmett su cara de enfado.

—Sólo me preocupo por ti, Bells —se excusó él.

—Y tiene razón, cariño, no debes ocultarme que te sientes mal —regañó como a una niña pequeña—, y también me dijo que no es la primera vez que sucede.

Bella quiso fulminar a Emmett.

—Sí, es cierto.

—Además de vomitar, ¿notaste algo más que te llamara la atención?

—Tengo mucho sueño y a veces me mareo... creo que la humedad no es mi aliada —explicó ella, recordando los últimos días que estaban siendo sumamente pesados, sobre todo por las tardes, cuando llovía.

—Bella, ¿desde cuándo no tienes tu periodo? —preguntó Edward.

—No lo recuerdo, pero está marcado en el calendario —dijo haciendo memoria—. ¡Hay muchos pajaritos entrometidos en la isla!

—Bella… ¿y si te digo que ese pajarito puede ser una cigüeña? —respondió Emmett.

Ella lo miró angustiada, luego miró a Edward y se sentó de golpe al lado del fuego.

—¡No puede ser! —dijo acongojada.

—Cariño, tranquila —pidió Emmett.

—Cielo, es una posibilidad, no sabremos si es o no así hasta dentro de un tiempo —explicó Edward—, si me permites, intentaré palpar tu útero, no creo que sirva, pero quizás podremos saber si está un poco más grande de lo normal.

Ella asintió aún un poco confundida por lo que sus hombres le acababan de confesar. Edward la tomó de la mano y la guió hasta la improvisada cabaña. Emmett iba tras ellos.

—Cariño, ahora te acostarás —indicó el doctor.

Ella ayudó a Emmett con las muletas antes de hacer lo que le indicaban.

Cuando ella estuvo posicionada, Edward, delicadamente, bajó un poco su ropa interior, dejándola a la altura del pubis, y comenzó a palpar su abdomen. Emmett sostenía la mano de Bella y miraba atento a su mejor amigo.

—¿Y?, ¿notaste algo?

El cobrizo sonrió y besó el vientre de su amada.

—Si no me equivoco, en unos pocos meses, habrá un nuevo habitante en la isla.

—¿Estás seguro?

—Cuando estaba en la universidad, el profesor de obstetricia era un viejo que decía que teníamos que estar capacitados para calcular el embarazo con los elementos que teníamos en el consultorio. Que los análisis no siempre eran posibles y que las ecografías eran algo costoso e innecesario si no se confirmaba la gestación. Fue tanta su obsesión que, como examen práctico, nos hizo diagnosticar embarazos de esta manera.

Con Emmett se miraron asombrados por la confesión del cobrizo.

—Cariño —dijo acercándose a ella—, tu útero está más grande de lo normal, creo que la última menstruación en realidad debe haber sido un sangrado producido por el desprendimiento del dispositivo.

—¿Qué haremos ahora?

—Tú, ahora, comenzarás a alimentarte por dos y a cuidarte mucho —respondió Emmett.

Ella lo miró con los ojos llorosos. Con sus manos tocó los rostros de esos hombres que tanto amaba.

—Tengo miedo —confesó en un susurro.

Emmett la abrazó. Y, luego de limpiar sus lágrimas, mirándola a los ojos, le dijo:

—Todos estamos un poco asustados, amor, pero estamos juntos en esto.

—Te juro, Bella, que haré todo lo que esté en mis manos para que tú y el bebé estén bien —dijo el doctor

—¡Vamos a ser papás! —susurró entre lágrimas, y los tres posaron sus manos en el aún plano vientre de Bella, en ese vientre que cargaba el fruto de un gran amor.


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