El contenedor de todos los absurdos estereotipos.
(Tomando el castillo de Dark Nebula)
Antes de que despuntara el alba, Ginga, Benkei, Kenta y Madoka ya habían llegado a las afueras de la sucursal más cercana de Shining Quasar, aunque ellos creían que era la base principal. Tampoco sabían que Kyouya los había seguido más o menos de cerca, ya que tenía que reclamarle unas cuantas cosas a Doji.
El edificio en cuestión parecía en parte prisión, en parte castillo, en parte internado, en parte mausoleo. En el último piso de la torre más alta estaba el centro de mando de Doji, donde Merci lo ponía al tanto del estado de una persona que, aparentemente, estaba semicomatosa, pero recuperándose rápidamente.
–Ah, y parece que tenemos visitas –agregó Merci, como no queriendo, y mostró las imágenes de las cámaras de seguridad que estaban en la fachada del edificio, donde efectivamente se veía a Ginga y compañía llegando.
–Válgame. ¿Tenemos galletitas?
–No, mi amado señor amo, me parece que no.
–¿Y tenemos bebidas que ofrecerles?
–Agua simple nada más, mi amado señor amo.
–¡Demonios! ¡Rápido, envía a alguien a comprar botanas y refrescos baratos! Ni muerto les daré de mi jugo de naranja importado.
–En seguida, mi amado señor amo.
–¿Está todo apropiadamente sacudido, barrido y trapeado?
–Me temo que no.
–¡Diantres! Entreténlos un rato, en lo que alistamos al menos un cuarto.
–Si me permite, mi amado señor amo, puedo forzar a nuestros invitados a seguir una ruta predeterminada, que no está tan sucia.
–¡Perfecto, Merci, haz eso! Pero de todas formas retrásalos un poco, en lo que llegan las viandas.
–Como usted diga, amado señor amo –canturreó Merci, y alegremente se dispuso a distribuir las órdenes pertinentes.
Ginga y cía. habían llegado a la reja principal, que era bastante alta. Kenta localizó un timbre y lo presionó sin muchos miramientos.
–¡Kenta! ¡Se supone que esto es un ataque sorpresa! –lo regañó Madoka.
–De todas formas no podíamos abrir ni saltar la reja –Kenta se encogió de hombros.
La puerta no se abría, y el intercomunicador no daba señales de vida. Kenta volvió a tocar el timbre.
–¿Será que está descompuesto? –se preguntó Ginga.
Benkei usó su yoblade para golpear los barrotes, produciendo un sonido bastante alto.
–¡HOLA! ¡¿HAY ALGUIEN EN CASA?!
Kenta volvió a tocar el timbre. Esperó unos segundos. Lo presionó siete veces seguidas.
–¿Buenos días? –saludó Merci a través del intercomunicador, con voz de quien acaba de levantarse.
–¡Ah, buenos días! –respondió Kenta. Y sólo dijo eso, pues no había preparado algo más qué decir.
–... ¿se les ofrece algo, niños?
–¡Somos vendedores de cosméticos por catálogo! –intervino Madoka rápidamente–. Venimos a ofrecerle la nueva línea de tratamientos faciales y capilares.
–Oh, ya veo.
Silencio.
–... ¿nos dejará pasar? –preguntó Ginga por fin.
–¿Ah...? ¿Pasar...? ¡Ah, claro, tendrían que pasar! Bien, bien. Les abriré la reja en un momento. Ustedes disculpen, todavía no despierto por completo.
Y diciendo eso, se abrió la reja.
–Sí, cómo no –masculló Ginga–. Podría jurar que era la voz de la computadora que me secuestró el otro día.
–¿Te secuestró una computadora? –se asombró Kenta.
Ginga se le quedó viendo por un rato, y luego recordó que no les había dicho nada al respecto. Se encogió de hombros y siguió caminando hacia la entrada.
Era una puerta enorme y pesada. No parecía que hubiera poder humano capaz de abrirla. Esperaron pacientemente por unos momentos, esperando que se abriera, al igual que se había abierto la reja. Pero no pasó. Ginga se acercó para tocar la puerta, pero la puerta lo tocó a él primero, con un guante de box gigante unido a un resorte.
–¡¿Qué demonios?!
La puerta empezó a soltar una lluvia de puñetazos, que los habrían dejado molidos si se hubieran acercado de frente.
Pero Kyouya se acercó de ladito, y de un certero yobladazo cortó los resortes prácticamente de raíz.
–Siempre necesitan que les salve el pellejo –presumió.
–No es cierto. Nunca nos habías salvado antes –lo cortó Madoka.
–Sí, no eres ni para responder directamente una sencilla pregunta –espetó Ginga, todavía molesto.
–En honor a la verdad, Kyouya, ni siquiera me habías ayudado a mí antes de esto –capituló Benkei.
–Pffft, dije que siempre necesitaban que les salvara el pellejo, no que los hubiera salvado antes.
–Tiene un buen punto –concedió Kenta–. ¿Y ahora qué sigue?
–Supongo que abrir la puerta, antes de que Doji nos ataque con un escuadrón de helicópteros o algo así.
–Pero sería muy absurdo que hiciera eso.
–¿De veras, Madoka? ¿No oyes a un helicóptero acercándose?
–Bueno, sí, pero...
Voltearon hacia arriba y vieron un helicóptero pasar de largo. No era de Shining Quasar, según indicaba la clara falta del logotipo institucional en él. Distraídos como estaban, no notaron que un repartidor se acercaba con un diablito cargado con cuatro cajas, no hasta que llegó junto a ellos y los saludó con una leve inclinación de la cabeza. Tomó aire, carraspeó, y gritó con fuerza sobrenatural "¡ENTREGA DE VÍVERES PARA SHINING QUASAR!".
Las puertas se abrieron, y el repartidor rápidamente desapareció por un pasillo lateral. Nuestros estimados protagonistas corrieron en línea recta a toda velocidad, hasta que llegaron a un recibidor con escaleras enormes.
–Así que éste es el cuartel de Shining Quasar...
–¿Dónde estás, Doji? –clamó Ginga, impaciente.
–Por aquí –dijo una voz que venía del techo–. En el último piso de la torre más alta. Con gusto los recibiré, si es que logran llegar.
Kyouya se volvió hacia su derecha, donde había unas escaleras. No creería Doji que sería tan difícil llegar, ¿o sí?
–¡Ja! –soltó Ginga–. ¡Pero apuesto a que no contabas con que Kyouya estaría de nuestro lado!
–Pues no, la verdad es que no. No es como si hubiera ido a despedirlo con cajas destempladas, ni a lesionarlo seriamente, o algo así.
–¡Pero me dejaste tirado en un lugar terrible! ¡Y tuve que viajar, con una bronquitis endemoniada, de vuelta a la ciudad!
–¿Y para qué fuiste allá? ¿Que no te trajeron de regreso aquí?
–¡No! ¡Me dejaron abandonado a media carretera!
–Bueno, eso explica todo. No te preocupes, Kyouya, no seré particularmente severo contigo por tu deserción. Por favor, disfruten los variados entretenimientos que encontrarán en su camino.
–Ay sí, ay sí; "disfruten los variados entretenimientos" –arremedó Ginga socarronamente, para volverse a Kyouya–. Bueno, bueno, ¡guíanos por la ruta más corta!
–Eeeh... –Kyouya señaló, dubitativo, hacia las escaleras–. ¿Quizás es por ahí?
Benkei asintió enérgicamente y se encaminó hacia allá. Se detuvo tres pasos después, cuando vio que nadie lo seguía.
–¿No estás seguro? –preguntó Madoka.
–Eh, pues no. Estuve casi todo el tiempo en el área de entrenamiento, que estaba en un sótano o algo así.
–¿Pues no que nos ibas a salvar el pellejo? –dijo Ginga con un puchero. Kyouya se encogió de hombros.
–Ah, non. No llegarán con monsieur Doji subiendo par c'escalier.
–¡Merci! –exclamó Ginga.
–Monsieur Ginga! Je suis très jolie. Me recuerda. Bien, bien. Sólo sigan por el pasillo principal. Los guiaré... ¡HACIA EL YO DESAFÍO EXTREMO!
–... ¿Sigues con eso? –preguntó Ginga.
–Oui. Sûrement, sería un éxito televisivo.
–¿Lo conoces, Ginga? –preguntó Kenta.
–Más o menos.
–¿Deberíamos seguir sus indicaciones? –dijo Madoka en voz baja. Ginga lo pensó por dos segundos.
–No, vamos por la escalera.
–Ah, monsieur Ginga! ¡No vaya por ahí!
–Todavía me debes el premio, Merci. No tengo por qué hacerte caso.
–C'est sale par là!
–Sí, sí.
Ignorando las reconvenciones de Merci, cuyo francés se volvía más incomprensible cada segundo, subieron por todo tramo de escalera que encontraron. Para alivio de Doji y Merci, no se fijaron en que no estaba tan reluciente de limpio, y no se estaban incomodando por no recibir refrigerio ni cortesía alguna. Por otro lado, Merci lamentaba amargamente no poder usar los desafíos que había planificado. A menos que...
Decidió limitar las rutas que podían tomar, usando las puertas de aislamiento. Por fin, llegaron a la banda transportadora que había preparado, que les impediría avanzar rápidamente mientras los yoblades que salían del techo intentaban golpearlos.
–¿En serio, Merci? ¡Es lo mismo que la última vez!
–Ah, eso puede parecer aux yeux des profanes, mais vous avons à trouver que va beaucoup plus de rapide.
Pero eso era irrelevante, pues Kenta notó que podían pasar por un ladito, siempre que tuvieran cuidado de pisar bien, sin poner un pie en la banda. Así lo hicieron, y cortaron las cuerdas de los yoblades que bajaban por el techo nada más para añadir insulto a la injuria.
Por fin llegaron a un elevador.
–... de verdad que no quiero subir ahí –dijo Kyouya–. Seguro se descompone y lo dejan caer desde el último piso para matarnos a todos.
–C'est impossible, mon cher Kyouya. Son más útiles vivos que muertos.
–... ok, no entramos ahí ni a pedradas –indicó Ginga–. ¡PORQUE MERCI ES UN MENTIROSO QUE NO CUMPLE LO QUE PROMETE!
Pero tras dar varias vueltas, se encontraron con que no podían ir a otro sitio que no fuera al elevador.
... o a los ductos de ventilación.
Pero Benkei no cabía por los ductos de ventilación.
–Déjenme intentar algo –soltó Madoka de repente, y removió con sus herramientas el botón del elevador–. Pero por supuesto, aquí está.
Tal como Madoka sospechaba, había un puerto USB escondido tras el panel, por motivos inimaginables, a través del cual pudo hackear todo el edificio, venciendo a Merci, una súper inteligencia artificial trilingüe, prácticamente con la mano en la cintura.
–... pero si me muevo de aquí, probablemente recuperen el control de los sistemas y empiecen a cerrarles el paso otra vez. Sigan sin mí.
–Y si te quedas sola –apuntó Benkei–, es probable que manden a alguien a desconectarte por la fuerza. Kenta y yo nos quedaremos a cuidarte.
–¿Y yo porqué? –se indignó Kenta.
–¿Tienes alguna venganza personal contra Doji?
–Pues no, pero...
–Yo tendría una, ya que shanghaió a Kyouya, pero me regaló un yoblade, así que estamos en paz. Por otro lado, Ginga y Kyouya...
–¡Jamás lo perdonaréeeee! –bramó Ginga, nada más de acordarse de la razón por la que detestaba a Doji con todas las fuerzas de su alma. Kyouya se limitó a gruñir peligrosamente.
–¿Ves?
–Está bien... –concedió Kenta.
–Pues dense prisa –aconsejó Madoka, señalando al ascensor–. Los enviaré directo al piso donde está Doji.
Kyouya y Ginga asintieron, y prontamente se vieron transportados hasta un amplio pasillo, donde unos gemelos los esperaban.
–Empezaron el entrenamiento especial de Doji antes que yo, y cuando me fui todavía no llegaban ni a la tercera parte –susurró Kyouya.
–¿Por qué me dices eso?
–Se me acaba de ocurrir que, ya que todo el universo del yoblade parece hacer alusión a constelaciones y esas cosas, probablemente sólo existen para cubrir Géminis o algo así.
–En serio, ¿eso a qué viene?
–¡Podría ser importante! –se exasperó Kyouya por fin–. Pero dado que estás emperrado en no tomar nota de los patrones evidentes, ve y busca a Doji, y yo me encargo de los rellenos glorificados.
–Hey, oímos eso –dijo el Gemelo A, ofendido.
–Ni crean que los dejaremos pasar por esa enorme puerta que está detrás de
–nosotros, que es la del comedor privado de Doji.
–Sí, creo que ya entiendo porqué no han terminado el entrenamiento –asintió Ginga por fin–. Te los encargo.
Y Ginga pasó por un lado de los gemelos sin que acertaran a detenerlo, fuera mediante yoblades o con fuerza bruta y montonerismo.
–¿En serio? ¿No que iban a detenernos y blablabla? –se sorprendió Kyouya.
Los gemelos intercambiaron una mirada adolorida y se quedaron viendo al suelo.
–... no fue muy amable llamarnos rellenos glorificados... –masculló B por fin. A rompió en llanto–. Genial, y ahora, por el estúpido vínculo gemelar, yo... yo v-voy a... ¡BUAAAAAAAAA!
–Eh... esper...
–¡SOMOS TAN RELLENO
–QUE NI SIQUIERA TENEMOS
–FRASES INDEPENDIENTES!
–¡SÓLO EXISTIMOS
–COMO CON-TE-CONTE-
–CONTENEDOR
–DE TODOS LOS ABSURDOS
–ES-T-TEREOTI-TIPOS SOB-BRE
–GEMELOS!
Ginga entró al comedor, abriendo la puerta de una patada, y se dio una palmada en la frente.
–¿Pasa algo, mi estimado Ginga Hagane? –preguntó Doji, con su eterno sonsonete de villano barato.
–¿Esto es tu comedor privado?
–Ah, sí, así es. ¿Te agrada?
–¡ES UN COMEDOR PARA DOSCIENTAS PERSONAS!
–Sí, eso se supone, pero es más cómodo si sólo se sientan ciento ochenta.
Y las malditas botanas nunca llegaron.
Ginga soltó una serie de malas razones que no pueden ser reproducidas en horario familiar. Ni en ningún horario.
–¡... y ahora pagarás por ya-sabes-qué, Doji! –terminó Ginga, lanzando su yoblade contra el aludido.
