Philippe despertó llevando una mano a su frente. La noche anterior había sentido un mareo y al parecer se había desmayado. Abrió los ojos perezosamente y los frotó antes de mirar a su alrededor. Casi se le escapa el corazón del pecho al ver a Arthur a su lado. Un intenso sonrojo atacó sus mejillas al darse cuenta de que el inglés lo observaba con detenimiento.

-Bonjour?-preguntó con voz seca sintiendo que el corazón le golpeaba las costillas sin piedad. De pronto algo le preocupó, podía notar un brillo de tristeza en los hermosos ojos verdes de Inglaterra- ¿Qué ocurre?

-Uhm… nada… good morning…-dijo él y antes de que el francés pudiera decir algo más, el rubio depositó un corto beso en sus labios antes de alejarse. Ese simple roce hizo que Philippe viera estrellas y su corazón saltara dolorosamente de la emoción dejándolo completamente congelado.

Arthur se puso de pie y se estiró. Había pasado toda la noche en vela pensando en una posibilidad que nunca había contemplado: quizás su hechizo no había funcionado del todo, al parecer, había separado la parte de nación con la parte humana que todos tenían. Philippe era la parte de nación de Francis.

Inglaterra comenzaba a pensar que Philippe tenía todas las características que él deseaba de Francis. Deseaba que él fuera atento, amable, afectivo pero no al punto pervertido, que no hiciera comentarios hirientes, que no pelearan por todo, etc. En resumen, el pelinegro que ahora lo observaba completamente embelesado no era más que el Francia perfecto para él.

Philippe era una creación suya. Lo había creado inconscientemente en el momento en que hizo el conjuro e internamente esperaba que Francia se quedara a su lado para siempre. Philippe era su pareja perfecta en todos los sentidos… ¿Entonces por qué no podía enamorarse de él?!

-Uhm… ven, vamos a desayunar…-comentó el menor notando como el francés se levantaba de la cama con una sonrisa resplandeciente y se ofreció a prepararle el desayuno. No porque pensara que Arthur cocinaba mal, sino porque realmente deseaba hacerlo. Inglaterra tomó su mano mientras bajaban las escaleras.

Al poco tiempo, un suave aroma inundó la casa mientras Francia cocinaba alegremente tarareando La vie en rose. El rubio lo observaba detenidamente sintiéndose un poco mal y seguía preguntándose una y otra vez ¿por qué no podía enamorarse de él? ¿Cuál era su defecto? Por más que pensaba no lograba hallar ninguno. Philippe era completamente perfecto, su media naranja, alguien que por fin le daba el cariño que tanto necesitaba y aun así…

-Bon appetit-dijo Philippe colocando el desayuno en la mesa con una amplia sonrisa. Todo se veía delicioso.

-Thanks…-agradeció el inglés y comenzó a comer sumido en sus pensamientos. Después de un par de minutos, no pudo evitar levantar la mirada hacia el francés quien lo observaba con una mirada de ternura. Sabía que él desaparecería. Solo era cuestión de tiempo… por ello decidió darle los mejores últimos momentos de su existencia- uhm… ¿hoy podemos… ir al Arco del Triunfo?

-Claro, excelente idea, Arthur-dijo el pelinegro con una amplia sonrisa.


Francis despertó gritando. Había tenido más sueños de su pasado como país. Su corazón latía con fuerza. Ahora que tenía más recuerdos, había muchas cosas que quería hacer. Quería volver a hablar con sus amigos, con Antonio, con Gilbert… con Arthur...

Una punzada de dolor atacó su mente. Debía hablar con Arthur, debía saber por qué había estado llorando la otra noche… la noche en que se comprometió. El ojiazul suspiró, creía que se quedaría sin recuerdos para siempre. ¿Qué había salido mal? ¿Es que ese inglés es incapaz de hacer buenos conjuros? Sonrió levemente, volver a maldecir al británico en su mente era tan satisfactorio. El rencontrarse con un viejo hábito siempre es bueno.

Sabía que Lisa estaría ocupada en sus cursos de fotografía por lo que tenía gran parte del día libre. Debía encontrar a Arthur, debía hablar con él, era casi un anhelo, una necesidad de volver a ver esos molestos ojos verdes, esas llamativas cejas espesas y ese traje anticuado y obsoleto.

Se levantó de un salto de la cama y se metió a bañar tarareando tranquilamente, tratando de alejarse por un momento de la enredada realidad en la que estaba metido. Una vez que terminó, se puso sus mejores ropas y salió. Pensó que Arthur debería haber regresado a Londres pero… un minuto… hubo algo que no había pensado… ¿Quién era el pelinegro que estaba con él?

Un suave gruñido, producto de los celos, escapó de su boca. ¿Quién era ese francés que había abrazado a Arthur cuando él estaba llorando? Lo había visto antes en la ciudad ¿acaso Inglaterra estaba saliendo con un humano como teóricamente lo hizo él con Lisa? Apretó los puños al imaginar tan horrorosa escena.

Arthur Kirkland en los brazos de un mortal e imperfecto humano. ¡Inconcebible! El único digno de estar con ese inglés malhumorado era él. ¿Qué tal si se habían besado? ¡NO! ¡No estuvo cuidando al condenado cejón por tantos siglos para que un humano de 20 y tantos años de vida se lo arrebatara! ¡Eso si que no!

De pronto una nueva punzada golpeó su cabeza, esta vez era una punzada de culpa. Él no debía estar pensando eso, él estaba comprometido, él ni siquiera estaba enamorado de Inglaterra, él estaba enamorado de Lisa, por eso se había vuelto humano ¿no es así?... ¿no es así?

Estaba confundido. Muy confundido…


Lisa estaba sentada en la banca de un aula escolar, aunque parecía que ella estaba prestando atención a la clase, en realidad estaba meditando. ¿Por qué Francis había actuado tan raro con ese chico rubio? Decía que era su amigo, pero por su reacción, parecían ser algo más… ¿era su ex?... ¿había sido su amante?... ¿aún sentía cosas por él?

Su mente no la dejaba tranquila mientras, inconscientemente, acarició el anillo de compromiso en su dedo anular. Llevaba muchos meses de conocer a Francis, lo había observado y analizado casi por completo, sabía lo que sentía y por eso supo que él estaba celoso…

En su perspectiva, Francis era una persona muy generosa, que siempre veía por el bien de los demás, no por el suyo a pesar de lo mucho que alegara el hecho de ser egoísta. Él era muy cálido y amable… había veces en las que había llegado a pensar que en realidad era un ángel que había venido del cielo y que no tenía forma de volver.

Debía hablar con el rubio de los ojos azules, debía saber qué era lo que sentía por el ojiverde porque definitivamente había una conexión entre ambos, su sexto sentido se lo decía, además… ella había sentido que conocía a ese chico. Era inglés, lo conocía a pesar de que estaba segura de que nunca lo había visto.

La joven se puso de pie y se disculpó alegando que se sentía mal y que prefería irse a su casa. La maestra le deseó que se mejorara y la dejó salir. El pequeño edificio donde ella tomaba clases estaba frente al Arco del Triunfo.


Si Arthur estaba con ese francés mortal, debió quedarse en París, solo debía empezar a buscarlo en los lugares más icónicos hasta encontrarlo y poder hablar con ese cejón de una vez por todas. Francis hizo un mapa mental de los lugares a los que iría: La Torre Eiffel, El Museo de Louvre, El Arco del Triunfo…


-¿Por qué el interés de ir al Arco del Triunfo?-preguntó Philippe mientras caminaban a dicho lugar tomados de la mano.

-No lo sé-repuso Arthur- Siempre me han gustado las esculturas, la Marsellesa, la paz, la resistencia y el triunfo…


Gracias por leer y por sus comentarios, los valoro mucho en verdad.

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