Disclaimer: Todo lo que reconozcan en personajes, nombres, hechizos y lugares es de J. K. Rowling.
Este fic participa en el reto "Long Story 3.0" del foro "La noble y ancestral casa de los Black"
Capítulo 10: Dos corazones
"Perfume de gardenias
tiene tu boca,
perfume de gardenias,
perfume del amor"
Perfume de gardenias, versión de Lila Downs
Potter, Nebraska, 30 de Octubre de 2012
Cuando Kane recuperó el conocimiento se encontró en la misma situación que Alexis. Sin poder hacer nada. Tenía la cabeza adolorida y ni idea de cómo salir ileso de ese lugar. Abrió los ojos y lo deslumbró la luz de la varita de Frida Eizenberg apuntando a Harper, que tenía las manos alzadas. Sin embargo, él aún estaba libre, lo que era una situación bastante mejor que en la que estaba Kane en ese momento.
Alexis estaba justo enfrente de él. No se movía. Sin embargo, Kane pudo ver que no había perdido en conocimiento y que miraba al piso.
―No tenías que hacer eso, ¿sabes? ―dijo Harper. Su acento escocés se notó más que nunca.
―Oh, tenía. Es… ¿cómo dicen? Una garantía.
―¿Una garantía de qué? ―preguntó Harper.
―De que no harás nada estúpido, Fitzwilliam Harper ―respondió Frida Eizenberg―. Tengo a tus amigos a mi merced. No serás un idiota, ¿o sí?
―No responderé ―dijo Harper. Kane notó como su semblante se tensaba un poco, sólo un poco―. Podría sorprenderte… o no. Pero ya que estamos hablando y de momento mis amigos siguen bien, podríamos conocernos un poco… ―Frida avanzó hasta él, apuntándole con la varita y Harper dio un par de pasos hacia atrás hasta chocar contra la pared. La varita de Frida casi le tocó la barbilla―. Podrías responderme un par de preguntas. No sé, ¿no te parece interesante que existan encantamientos para proteger el núcleo mágico de una persona incluso cuando la persona muere?
Frida alzó las cejas.
―¿Y?
―El corazón… como proteger el núcleo mágico del corazón ―aclaró Harper―. A la mejor podrías contarme qué planeabas con él, ¿no?
―Intentas distraerme.
―Júzgalo tú. Tienes a mis amigos a tu merced y dentro de los círculos de cristales la magia no penetra.
―Intentas ganar tiempo.
―Júzgalo tú ―volvió a responder Harper―. Tienes a mis amigos. No tengo varita. ¿Qué puedo hacer? Si te atreviste a desafiar al mejor detective de Estados Unidos, seguro que te consideras lo suficiente inteligente como para ganarle, ¿no?
»Y hasta ahora ―hizo notar Harper― no has perdido.
―Tres preguntas a cambio de tres preguntas ―dijo Frida. Se alejó un poco pero no bajó la varita―. ¿Justo?
―Justo ―dijo Harper. No bajo los brazos. Volteo hacia Kane y le guiñó un ojo―. Las damas primero.
Frida sonrió.
―¿Por qué huiste del Reino Unido, Fitzwilliam Harper? ―preguntó. Podrías haber sido brillante allí, donde seguro te prestarían más atención.
―Sociedad de mierda.
―Mentira.
―La guerra.
―Mentira también. Lo noto en tu rostro, en la inflexión de tu voz, en tu prisa por responder ―le dijo Frida―. No intentes engañarme, lo sabré.
―No quería saber nada de las personas que habían causado la guerra o de las que habían esperado demasiado para actuar ―respondió Harper, finalmente, después de un momento de silencio―. No quería saber nada de las personas que dejaron que un colegio se convirtiera en un campo de batalla.
»No quería vivir en un lugar así.
―¿A quién viste morir?
―Esa es otra pregunta ―dijo Harper―. Me toca a mí. ¿Por qué Alexis?
―¿Alexis?
―Sí, ¿por qué? ―repitió Harper―. Podrías haber usado a cualquier otra persona y no habría sido capaz de rastrearte ni habría tenido la motivación que tengo ahora. ¿Por qué ella?
Frida le dedicó una media sonrisa.
―¿Sabes lo difícil que es encontrar a un metamorfomago? ―fue la pregunta que le dirigió en respuesta―. Ahora a mí. ¿A quién viste morir?
―Dos chicos de once años. No recuerdo sus nombres.
―Mentira; lo noto en tu cara, Fitzwilliam ―espetó Frida, que parecía disfrutar cómo Harper evadía las preguntas―. ¿No quieres contarlo porque es algo que nunca le has contado a nadie? ¿Ni siquiera a tus amigos? Responde la verdad, Fitzwilliam.
―Owen y Francis. No recuerdo sus apellidos. Estaban en Slytherin ―respondió Harper―. Murieron en el fuego cruzado antes de ser capaces de huir. Los vi morir.
Sus puños estaban apretados.
―Te toca ―concedió Frida. Tenía una media sonrisa que no auguraba nada bueno.
Esa vez, sin embargo, Harper se tomó su tiempo para devolverse la pregunta. No desvió la mirada de ella, pero Kane sí que aprovechó para voltear alrededor. No estaban exactamente en una buena posición. Alexis seguía mirando al piso, casi sin moverse. Fruncía las cejas como si estuviera muy ocupada en algo, aunque Kane no podría ver qué.
Él intentó mover las manos. Pero sólo apretó más el nudo e intentó evitar hacer una mueca por la incomodidad.
―Necesitas los genes de un metamorfomago, lo cual es revelador ―empezó Harper―. Oh, no me mires así ―dijo, cuando Frida frunció el ceño―, sólo pienso en voz alta. Sí, la necesitas. Lo cual es revelador en tantas maneras. Porque eso quiere decir que extraer el núcleo mágico de las personas… junto con el corazón, claro, no es suficiente para transferirlo. No. Eso no. Pero los genes de un metamorfomago… fácilmente adaptables. Podrían ayudarte. Por tu cara supondré que estoy en lo correcto, así que la pregunta es la siguiente: ¿Qué demonios esperas conseguir dotando a muggles de magia?
―¿Muggles con magia? ―El sarcasmo en la voz de Frida casi se sentía en la habitación.
―No me digas. ―Harper respondió con el mismo sarcasmo―. Contesta bien, Eizenberg.
―Dedúcelo tú, si los muggles no pueden soportar la magia… ¿cómo lo arreglas? ―se quedó callada un momento, paladeando sus propias palabras―. Por supuesto, con los genes de alguien que se puede adaptar con rapidez.
Harper asintió. Volteó a ver a Alexis, sólo un momento. Kane no notó que su expresión cambiara en lo más mínimo, pero parecía estar esperando algo. Kane se sentía inútil en aquella posición, pero no podía hacer nada más. Sólo era un simple espectador.
―Satisfecho ―dijo Harper―. Tu pregunta.
―¿Por qué murieron? Owen y Francis, los chicos de once años.
Entonces Kane notó algo en la expresión de Harper. Algo que sólo había notado una o dos veces antes: una expresión que se parecía bastante al miedo y una palidez extraña. No sabía describirla. Parecía, simplemente, tensión.
―Una explosión.
Frida alzó las cejas.
―Parece que tengo que obligarte a sacar las respuestas correctas, Fitzwilliam ―dijo―. Sabes que eso no es del todo exacto, ¿no?
―Una explosión ―repitió Harper―. Quedaron aplastados bajo un montón de piedras.
―Aún más exacto, Harper. Podrían haber corrido, ¿no? ―inquirió Frida―. Quizá alguien podría haberles dicho que se movieran. Así que repetiré, una sola vez más: ¿por qué murieron?
―Una explosión… ―se empeñó en decir Harper.
―Ya sabes qué respuesta quiero.
―Quieres que ellos lo oigan ―dijo Harper―. Tú ya lo sabes.
En su cara había un gesto que parecía dar a entender que había comprendido algo. Que todas esas preguntas estaban destinadas a algo, un fin. Algo que Frida quería de Harper, o, más bien, algo que Frida quería que Harper revelara sobre sí mismo.
―Dilo, Fitzwilliam. Quizá tus amigos debieran conocer todos tus secretos, ¿no? ―La sonrisa de Frida se ensanchó. Kane la vio y le pareció maligna, simplemente. No encontró otra palabra para describirla.
―Yo estaba allí ―dijo Harper―. Murieron por una explosión.
―Tú te salvaste ―hizo notar Frida.
―No estaba cerca.
―Harper…, ya sabes que quiero que respondas ―repitió Frida―. ¿Por qué alargas la agonía?
―Porque no tienes derecho a esto, a revelárselo. A obligarme ―respondió Harper―. Tenía los puños cerrados. Si he elegido no decirlo ha sido mi elección. Porque en ese entonces tenía dieciséis años y sólo me quedan muchas ganas de olvidarlo todo. Sobre todo eso.
―Fitzwilliam Harper ―dijo Frida―. Contesta. Tres preguntas por tres preguntas, ese fue el trato. No volveré a decirlo.
―Yo me salvé porque corrí ―dijo Harper, finalmente. Sus ojos se movieron de Frida a Kane y, después de una pausa, siguió hablando, como si le estuviera contando a Kane y no a Frida―: Ignoré sus gritos de ayuda y ellos murieron. Supongo que si lo ves como causa-consecuencia… murieron porque no los ayudé. Porque corrí.
Frida asintió.
―Te toca.
―Oh, pero yo ya sé todo lo que necesitaba ―dijo Harper―. Así que sólo me queda una pregunta. ¿Has oído de los magos que pueden hacer magia sin varita a voluntad?
La cara de Frida no comprendió por un momento. Lo hizo demasiado tarde. Cuando Harper alzó la mano y las dos varitas que Frida tenían en una mano salieron volando directo hacia la mano de Harper.
―¡ALEXIS! ―gritó Harper, al tiempo que alzaba una de las varitas (la suya) y apuntaba directo a la pared de atrás―. ¡Confrigo!
Se oyó una explosión y después todo se volvió confuso para Kane. Apenas tenía movilidad, pero vio a Alexis soltarse las manos. Por eso estaba tan concentrada antes, supuso Kane. Tomó uno de los cristales que la manenían presa con la mano izquierda y, conteniendo una mueca de dolor, lo lazó justo detrás de Kane, que oyó un golpe sordo e intentó darse la vuelta.
Kane intentó darse la vuelta, porque Alexis había roto la barrera, pero no logró nada. Harper le lanzó una de las dos varitas a Alexis, la que Kane distinguió como suya y se acercó hasta él.
―¿Estás bien? ―le preguntó mientras le apuntaba con la varita a las ataduras.
―Sí, creo…
Cuando sintió las manos libres se llevó las manos a la nuca donde aún sentía dolor constante y se dio la vuelta para ver lo que había golpeado Alexis. Era una figura que parecía un espantapájaros. No, se corrigió Kane después de un momento, era un espantapájaros.
Al notar su mirada, Harper se explicó.
―Un sirviente ―dijo―. Puedes crearlos dándoles un poco de tu magia para que sobrevivan un poco.
―Harper… ―se oyó la voz de Alexis en advertencia.
Frida se había incorporado y había recuperado su varita.
―¡Expelliarmus! ―exclamó Harper. Frida desvió el hechizo sin ninguna dificultad―. ¡A la puerta!
Jaló a Kane del brazo quizá demasiado bruscamente, porque el joven no atinaba a reaccionar, no demasiado rápido. Sin embargo, de nuevo, Frida fue más rápida que ellos. Ella estaba en su terreno, ellos no tenían idea de contra qué estaban peleando.
―¡Duro! ―exclamó Frida, convirtiendo la puerta en piedra.
―¡Hacia allá! ―grito Alexis, señalando la puerta que llevaba hacia la cocina, y esa vez Frida no pudo detenerlos.
Kane, sin varita y sin entender realmente gran cosa de lo que estaba pasando, se dejó llevar por la mano de Harper que lo jaló hasta que estuvieron fuera del alcance Frida, al menos por unos segundos.
―¿Estás bien? ―le preguntó Harper a Alexis, que asintió. Sin embargo, Harper se le quedó viendo con el ceño fruncido―. ¿Segura? El cristal debe de haberte quemado como…
Sin embargo, se interrumpió cuando vio a Frida. Alzó la varita y Alexis hizo lo mismo. Kane se quedó exactamente donde estaba, sintiéndose terriblemente inútil, como la damisela en peligro que tenían que salvar.
―Buen truco, Harper ―dijo Frida―. Admito que no lo veía venir.
―¡Expelliarmus! ―exclamó Alexis, intentando tomarla desprevenida. Al igual que Harper, tampoco lo logró.
Frida desvió el hechizo.
―Creí que disparabas a matar ―dijo Frida―. ¿Hace cuánto no lo haces?
Alexis no respondió. Tensó la mandíbula, pero no respondió.
―Ya no estás tan confiada, ¿o sí? ―espetó Harper―. ¡Desmaius!
―¡Protego! ―fue la respuesta de Frida―. Da la casualidad que soy muy rápida y tu estúpido código moral te impide disparar a matar, Fitzwilliam Harper.
―No me convertiré en aquello que persigo ―fue la respuesta de Harper, que volvió a mover la varita, intentando ganarle a Frida. Pero ella muy rápido y parecía haber pensado en todas las alternativas.
Kane, aprovechando que estaba detrás de ambos, se dedicó a mirar alrededor y descubrir que, efectivamente, estaban en una cocina. Estaba sucia y parecía que nadie la usaba. No había ningún plato en ninguna parte. Sin embargo sí había una puerta. Podría ser una huida o simplemente un método para ganar más tiempo.
―No voy a jugar con ustedes ya ―dijo Frida y movió la varita. Salió un gas azul de la varita y Harper abrió mucho los ojos.
Sabía lo que significaba.
―No te atreverías a…
―Claro que sí ―respondió Frida.
―Tenemos que… ―musitó Harper, no terminó la frase. Se había quedado anonadado.
―¡La puerta! ―gritó Kane. Y esa vez fue su turno de jalar a Harper del brazo.
«Por favor que sea una salida al patio trasero», se dijo Kane, «por favor que sea una salida al patio trasero». Pero la suerte no estaba de su lado y no lo era. Era el camino al sótano. De todos modos entraron. No podían arriesgarse a que el humo azul los tocara.
Cerraron la puerta tras de sí y bajaron las escaleras. No se oía ningún ruido. Pero todo estaba completamente a oscuras.
―¡Lumos! ―dijo Alexis. La varita se apagó después de un segundo―. ¡Lumos! ―insistió, obteniendo el mismo resultado. Resopló, molesta―: Creo que no me quiere, Kane. Inténtalo tú.
Le pasó la varita.
―¡Lumos! ―Su varita se encendió.
―Muy poca luz ―se quejó Harper.
―¡Lumos Maxima! ―volvió a intentar Kane. Una pequeña bola de luz se dirigió hasta el centro de la habitación y lo iluminó todo.
―Oh, oh ―musitó Alexis.
―¿Qué? ―preguntó Harper.
―Eso. ―Respondió Alexis, señalando a las siete personas que le devolvían la mirada. O parecía que lo hacían. Todos tenían los ojos blancos en blanco, como si los hubieran volteado al revés.
Kane dio un paso atrás, pero Harper frunció el ceño y se quedó mirándolos con curiosidad. Revisándolos. Había un niño, hasta adelante. Dos jóvenes. Un anciano.
―¡Todo tiene sentido ahora! ―exclamó Harper.
―¡No grites! ―espetó Alexis, también gritando.
―¡Pero todo tiene sentido ahora! Mírenlos. Las edades coinciden ―dijo Harper, como si fuera un niño secreto que acababa de descubrir todos los secretos del universo―. Un niño, adolescente, dos jóvenes. Mediana edad, aquellos dos y un anciano! ¡Coinciden con los muertos!
Alexis bufó.
―Descubrir eso no te servirá de nada en este momento ―respondió―. Se están acercando demasiado. Es como si… ―se quedó parada hasta notar que en realidad no se estaban acercando a ellos, sino que sólo se estaban acercando a ella. Sólo a ella―. Harper… Kane… ―parecía asustada de verdad.
Harper fue quien reaccionó más rápido, jalando a Kane a su lado.
―Ponte detrás de nosotros ―le espetó a Alexis y alzó la varita con la mano izquierda. Buscó la mano izquierda de Kane con su derecha y la apretó―. No tires a matar. Son inocentes.
―Probablemente nos matarían ―rebatió Kane. Aun así, no se sentía capaz de disparar a matar.
―No tires a matar ―repitió Harper.
Kane asintió y alzó la varita. De repente se sentía completamente inútil, como si hubiera olvidado todos los hechizos de defensa que había aprendido en el colegio. Como si se hubiera trabado. Sentía la mano de Harper apretando la suya.
―¡Desmaius! ―exclamó Harper. Kane no vió si había dado en el blanco.
―¡Confrigo! ―Kane apuntó a la pared de atrás, causando ruido, pero nada más.
―Oh, por Morgana, Fitz ―Kane oyó a Alexis desde atrás―. La cicatriz. Es la misma… ―Estaba señalando el pecho visible de uno de los siete―. Sólo que…
Harper frunció el ceño y se quedó viendo el pecho visible del niño, el que estaba más cerca de ellos. Kane, por curiosidad, hizo lo mismo. Y allí estaba, la misma cicatriz que habían visto en todos los cadáveres
―Es el lado incorrecto. El izquierdo ―respondió y después volvió a mover la varita―. ¡Desmaius!
―Por Merlín, Fitz, no creerás que… ―siguió Alexis.
―Oh, sí…
―Por Merlín… ―repitió Alexis.
―Les implantó el núcleo mágico. Dos corazones ―dijo Harper―. ¡Confrigo!
―¡Desmaius! ―exclamó Kane y vio a uno caer. Volvió a blandir la varita en alto cuando oyeron la puerta abrirse y cerrarse y pasos bajar la escalera.
―Veo que ya conocen a mis experimentos… ―dijo la voz de Frida.
Kane se dio la vuelta, soltando la mano de Harper, dejando a Alexis, que no tenía varita, entre los dos. Alzó la varita y contuvo la respiración porque esa mujer le daba miedo. No había visto a nadie que fuera capaz de reaccionar tan rápido. Ni siquiera Harper.
―¡Desmaius! ―exclamó.
Frida se protegió con un escudo.
―No tenías derecho a experimentar con ellos ―espetó Harper―. ¡Desmaius!
―¡Son inferiores! ¡Merecían magia! ―espetó Frida―. ¡Los mejoré!
―¡Desmaius! ―exclamó Kane. Frida desvió el hechizo.
―¡No tenías derecho!
―Kane… Kane. ―El joven oyó, detrás de sí, el murmuro de Alexis, que se aprovechaba de los gritos de Harper para que Frida no la oyera―. ¿Confías en mí?
―¡No tenías derecho! ―repitió Harper―. No sabes lo que…
Kane asintió, de manera apenas perceptible.
―Préstame tu varita ―pidió Alexis.
―Los mejoré, Harper, acéptalo. ¿Cuánto tiempo resistirás hasta que lleguen hasta Alexis y le drenen la sangre? ―preguntó, con la voz tranquila, como si no estuviera en medio de un duelo―. Entonces estarán completos, por fin… Podrán disfrutar de la magia. Me harán caso.
Kane movió la mano apenas un poco y Alexis aprovechó para quitarle la varita de las manos y apuntar a Frida antes de que la mujer notara que estaba pasando. Un par de cuerdas salieron de la varita y se le enredaron entre los brazos antes de que pudiera conjurar un escudo para protegerse, haciéndola perder la varita. Volvió a mover la varita y dos cuerdas más se le enredaron en las piernas haciéndola perder el equilibrio.
―¡Fitz, tenemos que salir de aquí! ―gritó Alexis.
―¡Lo sé, no puedo concentrarme! ―espetó Harper―. ¡Desmaius! ¡Kane, ¿traes reloj?!
Era la pregunta más extraña que le habían hecho jamás en una situación así. En realidad, nunca había estado en esa situación y no esperaba volver a estarlo pronto. ¿Qué le importaba a Harper si traía o no traía reloj?
―Sí…
Sólo sintió a Harper jalándolo del brazo derecho para que se acercara un poco y quitándole el reloj.
Le apuntó con la varita.
―Portus ―musitó―. Agárrate ―le dijo―. ¡Alexis! ¡Agárrate! ―gritó y después volvió a apuntar a las siete personas que apenas si había conseguido mantener a raya y exclamó―: ¡Desmaius!
―Espera… ―pidió Alexis.
―¡Alexis! ¡No hay tiempo!
―¡Espera! ¡Sólo un momento! ―Estiro una mano para agarrarse a Kane. El joven se dio cuenta entonces de la quemadura que tenía en la mano izquierda y recordó su mueca de dolor cuando había agarrado el cristal. La otra mano la usó para agarrar a Frida por los pies.
―¡Alexis!
―¡Listo! ―exclamó Alexis.
Kane sintió que algo le agarraba el estómago, que lo jalaba y le daba vueltas y le dieron ganas de vomitar. Y de repente ya no estaban en el sótano de la granja donde habían encontrado a Alexis, sino directamente en Brooklyn, en el departamento de Harper. Tirados en el piso, con la mano de Harper apretando la suya y Alexis apuntándole con la varita a una indefensa Frida Eizenberg. Kane respiró hondo, sin creer la suerte que tenían.
Inhaló, exhaló. Después escuchó la voz de Harper.
―Alguien llame a Perks. Tenemos un arresto para él.
Estaban vivos. Ilesos. Tenían suerte. Kane tuvo que volver a respirar hondo para acabar de creerse su suerte y poder soltar la mano de Harper, ponerse en pie y llamar a Perks.
Brooklyn, Nueva York, 30 de Octubre de 2012.
Cuando Kane regresó al departamento que ya casi consideraba casa, Harper estaba subido en el sillón, mirando todas las fotografías, los recortes y los papeles. Se había ido muy temprano en la mañana y había dejado a Alexis dormida en un sillón, con la mano mal vendada y a Harper en el otro. Perks se había llevado a Frida poro después de que habían aterrizado allí y Harper le había dicho que probablemente había una granja en Nebraska que tenían que revisar.
La noticia estaba en todos los periódicos. Lo único que faltaba, por supuesto, eran sus nombres. Fitzwilliam Harper, Kane Martínez y Alexis Prince no aparecían en ninguna parte en las noticias. Harper así lo había pedido y Perks se lo había concedido. Era el primer caso en el que Harper no aparecía ni mencionado de pasada.
Probablemente con el tiempo alguien se enteraría. Pero eso sería con el tiempo, se dijo Kane. Él no planeaba abrir la boca.
―Hola ―saludó Kane al entrar.
Harper volteó hacia él.
―Hola ―sonrió―. ¿Todo bien? ―preguntó.
―Sí, creo que sí… ―dijo, soltando la cámara y el portafolio que a veces llevaba al trabajo―. Todo estuvo tranquilo en el trabajo.
―¿De verdad?
Kane asintió.
―¿Y Alexis? ―preguntó.
―En el hospital, necesitaba que le arreglaran la quemadura… ―Harper se señaló la mano izquierda―. Dijo que volvería al rato.
―¿Y tú, todo bien? ―preguntó Kane, acercándose hasta el sillón y subiéndose de un salto junto a Harper.
―Todo bien. Me he vuelto a quedar sin trabajo ―respondió él.
―Pero es bueno, ¿no?
―Sí. ―Harper suspiró. No parecía bueno en lo absoluto―. La División de Aurores ha puesto un dineral en mi cuenta bancaria por «servicios a la nación» o algo igualmente ridículo. ―No sonrió por eso―. Habría sido mejor si hubiera evitado la mitad de los asesinatos.
―No tiene caso que te atormentes por eso ―dijo Kane.
―Puedo atormentarme por otras cosas ―dijo Harper―. Aun quiero saber por qué Frida quería dotar los muggles de magia. Y esa siempre es la parte más complicada. Puedes descubrir el qué, el cómo, pero el por qué… ―Sacudió la cabeza―. Con alguien como Frida, los porqués siempre son difíciles.
―Al menos la detuvimos ―dijo Kane.
Harper sonrió.
―Sí, al menos la detuvimos. ―Parecía de buen humor, a pesar de todo y le pasó un brazo por los hombros a Kane.
―Estás de buenas ―adivinó Kane.
―Estamos vivos, es una buena razón para estar de buenas ―respondió Harper―. También que haya un asesino más entre rejas.
―Sobre lo que te preguntó… ―interrumpió Kane y de inmediato sintió a Harper tensarse―. Lo de los chicos. ¿Por qué lo escondes, Fitz?
―No es algo de lo que se enorgullezca nadie, Kane ―respondió Harper―. Al principio sentía que les debía algo. Para honrar su memoria o esas mierdas porque obviamente nadie los honró como héroes o mierda así. Eran dos nombres más en las listas de muertos. ―Se encogió de hombros―. Después se volvió costumbre. Lo de perseguir a los malos.
»Y ahora… es el único trabajo que quiero tener.
Su sonrisa no parecía del todo feliz, pero Kane sonrió también.
―Está bien que persigas a los malos. Alguien tiene que hacerlo.
Harper asintió. No parecía muy convencido de momento, pero asintió de igual manera y sonrió.
―Frida no será la última, ¿sabes? ―preguntó―. Por si te da miedo o quieres dejar de meterte en esto… Puedo no involucrarte más.
―No importa.
―Eso dices ahora, pero al cabo de un tiempo se vuelve una costumbre ―dijo Harper―. Te acostumbras a la adrenalina. A veces incluso la extrañas.
Kane se encogió de hombros.
―De verdad, no importa.
Harper le sonrió y señaló el muro con la otra mano, la que no estaba en el hombro de Kane.
―Creo que tenemos que limpiar eso ―dijo.
―Sí… ―dijo Kane.
―Aunque antes… Creí que no te dabas cuenta de las cosas… ―musitó Harper―. Ya sabes. Lo que hago. Que creías que era un robot sin sentimientos o algo así.
―No creo eso… ―se quejó Kane.
«Me doy cuenta de algunas cosas», pensó, pero no dijo eso. Esas palabras se quedaron atoradas en su boca.
―La gente tiende a creerlo. Supongo que no eres la gente común ―dijo Harper―. Supongo que me agradas. ―Y se le acercó a milímetros de la cara, tando que Kane sentía su respiración―. Supongo que porque no eres como la gente común.
―Eso fueron un montón de suposiciones en tan poco tiempo ―murmuró Kane. No tenía ni idea de que decir. De repente se sentía torpe y estúpido.
Al menos hasta que Harper le estampó un beso, sin dejarlo pensar o respirar. Y se lo devolvió. Sintió como su cara enrojecía, como si fuera un estudiante estúpido y tuviera quince años.
Se separaron. Harper miró para otro lado, la quitó el brazo de los hombros y señaló al muro.
―Creo que tenemos que limpiarlo ―repitió, aclarándose la garganta de un modo extraño, como si estuviera turbado o algo parecido.
Kane asintió.
―Tenemos que limpiarlo. ―Tampoco sabía que decir.
Harper alzó la mano hasta una de las fotografías y la desprendió con cuidado. Kane hizo lo mismo y con la mano que tenía abajo apretó la de Harper, que le dedicó una media sonrisa. Las fotografías quedaron en el piso, atrás de ellos, como el caso completo. Frida Eizenberg ya no era una amenaza.
(Y sus manos estaban entrelazadas).
¡Hola! Este es el final, c'est fini, la historia ya tiene su punto final, así que si me lo permiten, quiero decirle adiós a mis personajes, aunque sólo sea temporal, porque a veces, sólo a veces, acabo volviendo a ellos. Alexis y Kane son míos (la primera de una partida de RPG, el segundo tiene una versión alterna en «El País de las Pesadillas», que fue de donde saqué la idea de un periodista chicano). Me divertí mucho.
Ahora sí, los agradecimientos de siempre:
1) A Bell, que lee todo y opina y me mantiene en línea, sin dejar que mis historias se vuelvan monstruos incontrolables. Por eso siempre estaré muy agradecida.
2) A mi esposa Tanit a quien puedo molestar con cualquier cosa a las horas que sea sólo para documentarme con una historia.
3) A todos los que han leído y comentado e intentado adivinar lo que había detrás de los asesinatos y que me han aguantado porque es la primera vez que escribo algo «policiaco» (kind of).
Muchísimas gracias por estas aquí. Por leer y por apoyar. Me está entrando el exceso de cursilería, así que lo cortó aquí. Ya nos veremos en la historia que viene.
Andrea Poulain
A 29 de febrero de 2016
