¡Hola! :3

Les traje un nuevo capítulo hoy, no le he dado segunda leída.

En fin, ¡espero que les guste! ;)


Capítulo X

Levi estaba siendo especialmente intimidante en esos momentos, me pregunté si no era algo poco ético para un psiquiatra pero al fin y al cabo él tenía que usar la fuerza si era necesario, Mikasa me lo había advertido antes. Ella misma le había dado esa confianza, le había contado que suele usar fuerza bruta conmigo cuando hago alguna estupidez, que si no era como intentar amarrarme con el hilo menos resistente del mundo, era como dejarme explotar por mí mismo.

—¿Qué hay del catorce? ¿Por qué dijiste que sólo había trece?— preguntó Levi echando el cuerpo hacia adelante. Sus ojos parecían tan molestos que temí por lo que pudiera hacerme.

—Porque sólo trece de ellos son importantes.

—¿En qué? ¿En tu propia novela romántica? Los últimos dos, que me escondiste desde el principio, también son importantes.

Lo miré un tanto ofendido. Probablemente sí, trece de los quince sucesos eran sólo sucesos en los que nuestro amor evolucionó, los otros dos no me gustaban del todo. La lista no tenía un título, pero eran las cosas que habían influido en nosotros de alguna manera. Sin ellas era demasiado probable que jamás hubiéramos terminado así pero amaba tanto a Jean que no podía arrepentirme de nada. No quería hablar del número catorce. Ni siquiera quería pensar en ello. Mikasa prácticamente me estaba obligando a hacerlo. No sabía si enojarme o quererla por ello. Bastante tenía con saber que Jean no estaba en casa, ahora tenía que recordar que en realidad había alguien más ausente en casa desde hace tiempo. Ciertamente mi vida estaba llena de desbarajustes sin arreglo, probablemente mi relación con Jean nunca funcionaría, aunque pudo ser también mi culpa, porque yo estuve inventando cosas color de rosa que jamás pasarían, cosas que nunca podrían ser ni verdad ni del todo mentira. Y ya estaba algo cansado de ello. Lo había estado desde antes de que mi trastorno comenzara, un trastorno que ya parecía que iría para largo. Mis recuerdos regresaban, si, pero en cuanto dejaba de tomar por una vez mis pastillas me convertía en el caos que había llegado por primera vez al consultorio de Levi. El caos que sinceramente sólo conocía los sucesos que quería conocer y desconocía los que quería desconocer.

El número catorce influía en Jean y en mí en gran medida. Algo trágico, para mí podría serlo. Era algo trágico. Algo por lo que lloré años aún después de ello, antes de entrar en mi trastorno. Contrario a lo que yo pensaba al principio, antes de recordar el suceso número trece, Jean no era la principal causa de mi trastorno, al menos no del todo. Él podía vivir tranquilamente en Nueva York. Incluso me hubiera gustado saber que había conseguido una pareja, una familia, en lugar de quedarse con un imbécil trastornado como yo. Y en ése momento, con Levi frente a mí, rogaba porque la noticia llegara y me destruyera ahí mismo. Quizás le daba por apiadarse de mí y así no tendría que contar más de lo necesario. Aunque francamente todo era necesario.

Comencemos por partes: El cariño que yo le tenía a la madre de Jean también Jean se lo tenía a mi madre. ¿Y cuál es el punto de esto? Bueno, que a ambos nos afectó por igual. ¿Qué cosa? Una buena pregunta, que, para explicar todo más rápido, contestaré sin más rodeos de los que estoy usando ahora. Mi madre está muerta. Fue demasiado rápido todo, demasiado sorprendente para todos. Demasiado todo para mí, para Jean, para su madre, para mi padre. En fin, ni siquiera supimos del todo cómo es que logramos procesar todo. A fin de cuentas resultó que en medio de la pelea entre mi padre y los Kirschtein, en la cual ni mi madre ni yo nos metimos por temor a decir algo que echara más leña al fuego, mi madre se desplomó. Así, de la nada. Su cuerpo simplemente cayó inerte sobre el piso. Se suponía que ya se había recuperado de su golpe en la cabeza, que yo me había recuperado de mi descompensación sobre no sé qué que provocó mi desmayo, mas eso no significó nada. El cerebro de mi madre reaccionó de alguna manera extraña ante la presión de la pelea que había en ése momento y sus neuronas, como le conté a Mikasa en su funeral, explotaron.

Así que, en ése momento, me derrumbé. Para mí era como un castigo divino. No podía estar con ninguna de las personas a las que amaba por sobre todas las cosas. Mi padre no me permitiría estar con Jean y ahora mi madre estaba en un maldito ataúd. ¿Qué podía hacer yo? Nada, vivir la vida y ya. En ése momento entré en una depresión terrible. Mi vida prácticamente pendía de un muy delgado y frágil hilo llamado cordura. No pensaba nada más que el poco sentido que tenía la vida si iba a vivir como una marioneta que no podía moverse sin que sus hilos fueran jalados. Eso, además, me convertía en un maldito cobarde. Los siguientes días me dediqué a quedarme en cama, durmiendo mitad del día y llorando la otra mitad. No salí por casi tres meses, la comida que digería la traía Mikasa o Armin, a nadie más dejaba entrar. Jean intentó verme miles de veces y yo simplemente lo hacía irse entre sollozos y gritos. Lo intentaba cada que mi padre estaba lejos en alguna cirugía. Las palabras que me decía eran hermosas, como siempre, pero temía lastimarlo con mi estado.

Entonces Mikasa llegó decidida a sacarme, como la buena amiga casi hermana que ha sido toda la vida. Abrió las cortinas, dejándome ciego. Quitó las cobijas de la cama, y por lo tanto de mí. Tiró el colchón a un lado, llevándome contra el suelo. Recogió la basura que tenía. Me cargó como saco de papas hasta el cuarto de baño, donde me tiró bruscamente a la ducha. Advirtió que si no quería que ella me bañara tendría que hacerlo yo, haciéndome tomar el estropajo y el jabón. Me hizo ponerme ropa limpia, que compró sabiendo que no tenía nada limpio en casa de mis padres. Se encargó de secarme correctamente el cabello, a lo cual no me opuse. Y después de dejarme sentado junto a la ventana donde se colaba la luz del Sol, se fue a lavar toda mi ropa, sábanas, cobijas e incluso recogió mi habitación al cien por ciento, aunque ya no tenía tantas cosas como antes. Yo mientras tanto me quedé dormido con la luz del sol pegando en mi espalda. Estaba demasiado a gusto. Soñé con nada, literalmente, un espacio con nada. Un espacio en el que sólo era yo, en el que ése yo sólo era un simple pensamiento de la nada. Un espacio donde Jean y mi madre nunca existieron así como yo nunca existí. Fue aterrador. Pero entonces un olor impregnó mis sentidos. Un olor que pude sentir como aquél que sentía cuando mi madre me dormía en sus brazos, como cuando se sentaba a mi lado por las noches y me acariciaba el cabello hasta que me quedaba totalmente dormido. Era tan cálida ésa sensación.

Desperté. Mikasa estaba ahí, intentando despertarme con llamados demasiado suaves y caricias que me recordaban a las de mi madre. Lloré, abrazándola. De ser como mi hermana había pasado a ser como mi madre. Como la madre de un chico demasiado problemático. Ella no merecía algo como eso, era demasiado buena. Sus hijos tendrían suerte de tenerla como tal. Jean vendrá a verte mañana mientras tu padre no está. Por favor, escucha lo que tiene que decir. No pude negarme, no tenía el derecho de hacerlo. Siempre estaba ahí para mí y yo sólo buscaba recibir cosas de ella aunque no me di cuenta hasta ése momento. Me pregunté si podría agradecerle en algún momento. Agradecerle en lugar de pedir algo más de ella.

El día siguiente Jean llegó, tal como dijo Mikasa. Ella siempre tenía razón. De nuevo estaba encerrado en mi habitación, pero no de la misma manera que antes. Esta vez estaba sentado en el suelo con la espalda recargada en la cama y un libro en manos. Me había dedicado a leer cada línea con especial cuidado, distrayéndome de lo que tendría que hacer cando Jean llegara. Tocó suavemente la puerta, usando los nudillos de las manos. Lo escuché llamarme con un tono especialmente tranquilo, luego me dijo que no entraría pero que por favor lo escuchara. No contesté pero cerré el libro y caminé hasta la puerta, acomodando la frente sobre la madera pintada de blanco y la mano en el picaporte, sin siquiera pensar en abrirla. Comenzó a hablar de nuevo.

—Eren, sé que todo lo que está pasando es demasiado para ti, así que lo siento por mi estúpido y cursi discurso— hizo una pausa y suspiró—. Realmente te amo, ¿sabes? Siendo sincero te amo desde el día que te saqué de tu castigo después de clases. Sé que lo recuerdas, usé una cerilla para causar un alboroto y terminamos tirados en el pasto totalmente empapados. En ése momento me di cuenta de que sentía algo demasiado fuerte por ti. Antes había sentido cierta atracción, justo el día de la conferencia, cuando dijiste que querías terminar con todos los titanes que atormentaban a la gente en el mundo. Pensé que era una estupidez sentirme atraído por un desconocido, así que te insulté para saber que no eras perfecto como mi corazón palpitante decía pero pasar esa noche en la cárcel contigo sólo me hizo entender que realmente me atraías de alguna manera. Cuando me diste el libro de texto que necesitaba y descubrí donde vivías fui feliz. Un día consideré que era imposible algo contigo, así que coquetee con Mikasa por despecho. Puedes concluir que todas las discusiones que teníamos las provocaba para no besarte cuando estabas cerca, excepto la de los tulipanes. Ésa vez me enfadé porque para mí había sido como un regalo de aniversario y que tú lo olvidaras en el hotel, más que hacerme enojar, me hizo sentir triste. No tiene sentido, lo sé. El día que te besé por primera vez fue como sentir mi mundo siendo lo más perfecto del mundo. El día en el ático, juro que al llegar a mi habitación resbalé por la puerta cerrada para intentar poder respirar de la emoción. Y el día en el que aceptaste ir conmigo a Nueva York, sentí que moriría para resucitar y volver a morir de lo hermoso que fue para mí ése momento.

Entonces se quedó callado, esperé unos segundos, pensando que pudo haberse ido. Quería que dijera un poco más de palabras bonitas como esas. Tomé el picaporte, decidido a abrirlo pero entonces escuché un suspiro y una risita por parte de Jean. Escuché con mucha más atención.

—¿Te digo algo? No sé qué hacer. Yo solo quisiera estar contigo y hacerte feliz por siempre. Sólo quiero pasar mi vida contigo, sea como sea nuestro destino juntos. No me importa si tu padre o el mío se interponen. Me gustaría simplemente vivir para ti y por ti en un mundo de color de rosa si este te incluye a ti— ése maldito Poni realmente sabía usar las palabras correctas para conmoverme. De esa manera, por segunda vez en mi vida, me convenció de pagar la mitad de la renta de nuestra casa.

El día en el que nos fuimos quien nos encubrió no fue mi madre, sino Mikasa. Quien me recibió en casa el día que recogí mis cosas del ático fue Mikasa, porque sabía que sería incómodo que estuviera solo con mi padre cenando. Cuando me quedé dormido ella ya se había ido a su casa. La pregunta era obvia incluso sin mirar la confusión de Levi, porque le había contado que mi madre había hablado conmigo por la mañana. Resultó ser una alucinación más. Cuando me di cuenta recordé todo y entré en una crisis que me llevó a empeorar un poco más. Y ahora sentía un dolor enorme, un vacío parecido al que sentí en aquel sueño en el que mi existencia era nada. Probablemente vagaba en un camino hacia la perdición, y el camino era demasiado solitario, sin importar si mis amigos, Levi o mi padre intentaban apoyarme. Ninguno de ellos me acompañaba en el trayecto. Estaba casi seguro de que Jean me acompañaría, o al menos me llamaría por teléfono mientras ando por aquel largo camino para que fuera tan sólo un poquito más ameno.

El funeral de la madre de Jean sucedió. Fue una alucinación la llamada de mi madre también. En realidad nadie supo cómo me enteré de ello pero Mikasa era quien me había encontrado fuera de la funeraria, había sido yo quien lloró desconsoladamente y fue a Mikasa a quien no la dejé contar lo que tenía que decir sobre lo que ocurrió. Mi padre sí fue. Él se mantuvo cerca del ataúd pero lejano a la vez, hasta que lo hice reaccionar ofreciéndole un café. Me siguió el juego cuando le dije a la nada que si también quería uno e incluso se dedicó a hacer dos cafés para no hacerme sentir mal. Su rencor hacia mí se había desvanecido totalmente después de dos años de la muerte de mi madre, pero él se sentía culpable por ser tan idiota en esos dos años.

—Espera, Eren. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que Jean se fue a Nueva York?— dijo, Levi, interrumpiéndome de pronto en ese momento.

—Casi siete años.

Era triste recordar el tiempo que había pasado sin él. Sólo podía preguntarme si Jean no me odiaba a mí y a mis estúpidas decisiones. Si no hubiera dicho que sí a su propuesta de ir a Nueva York probablemente nada habría pasado. No hubiera muerto mi madre, mi padre nunca se hubiera sentido culpable, Mikasa jamás habría tenido que soportarme y de seguro yo no tendría este estúpido trastorno que sólo me provocaba dolores de cabeza. A mí y a los demás. Todo era mi culpa por ser tan idiota.

Después de mi tosca explicación de las cosas que sucedieron a partir de todo regresé a casa. Aún sentía esa terrible sensación de estar en medio de una existencia sin sentido. El miedo invadía mis pensamientos, debería buscar algo que me distrajera. Quizás sí debí aceptar ese trabajo con caballos. No, espera. Los caballos me recuerdan a la estúpida cara de Jean. Ésa estúpida cara que me moría por ver. Necesitaba verlo una sola vez antes de realmente morir. Podría quizás viajar a Nueva York en algún momento sólo para ver su rostro, de lejos tan siquiera. Recibí una llamada. Contesté sin prestar atención al número y me senté en una banquita de por ahí para hablar, podría distraerme un poco con una llamada de alguien.

—¿Quién habla?

—¿Ni siquiera revisas el identificador de llamadas cuando contestas?

Me reí un poco, no tenía ganas de discutir.

—Es lindo escuchar tu voz— dije en voz baja. Jean se rió también—. Estaba pensando en ti, ¿sabes?

—Que coincidencia, yo estaba pensando justamente en ti— sonreí suspirando un poco, si eso era una alucinación era algo razonable—. El otro día se cortó la llamada, lo siento.

—No importa. Ya no importa.

Guardó silencio por largo rato. Incluso pensé que pudo haber colgado, no lo sé. Sinceramente no importaba del todo si seguía o no al otro lado de la línea. Podría estar simplemente alucinando de nuevo, no sé.

—Eren, ¿puedes cerrar los ojos? Te contaré algo bonito— yo solo suspiré y solté un "ya" cuando lo hice—. Imagínate que lo que más quieres ahora es verme y darme un beso.

—Jean, no es necesario imaginarl…

Un beso. Abrí los ojos en cuanto el pequeño contacto terminó y sentí mi corazón latir fuertemente. Jean estaba ahí, inclinado hacia mí, mirándome con sus bonitos ojos color miel. Me levanté, abrazándolo con fuerza. Necesitaba que no fuera una simple ilusión. Necesitaba saber que él realmente estaba ahí. Toqué su cara con las manos temblorosas y los ojos llorosos, él detuvo mis inquietas manos con las suyas y entonces volvió a besarme.

—Estoy en casa, Eren.

Sonreí, él realmente había vuelto.


¿Qué tal? ¿Les gustó? ¿Sí? ¿No?

¡Espero que sí!

Ahora sí, los sucesos a partir del número trece:

13.- Día 458: La proposición de Jean (Junio 28)

14.- Día ?: La muerte de Carla (? ? ?)

15.- Día ?: Un nuevo vuelo y la decisión final de Eren. (? ? ?)

Los últimos dos sucesos no tienen fechas porque para Eren no están del todo claras aún.

¿Qué creen? Ya no le queda mucho a este fic. Probablemente el siguiente sea el último y haré un epílogo, quién sabe.

En fin, espero que les haya gustado el capítulo.

Mis mejores deseos,

Chicken Brown.