Capítulo 9

El tiempo transcurría rápidamente para algunos y lentamente para otros; el caso era que los rumores aumentaban cada vez más en los pasillos del área de Psicología de la Universidad de Chicago. Tanto recién ingresados como alumnos de otros semestres y profesores habían escuchado que el gran Blaine Anderson estaba impartiendo clases en el campus. Además, todos sabían que el nuevo maestro estaba robando suspiros a su alrededor pero la pregunta seguía en el aire y nadie se atrevía a hacerla, ¿para qué equipo jugaba el maestro?

Había muchas suposiciones después de haberlo visto aquella tarde con el joven Smythe en la cafetería, sin embargo el hecho de que el chico no se hubiera presentado nuevamente en la universidad también llegaba a confundir a unos cuantos. Lo más frustrante para otros era que a pesar de los esfuerzos por conocer un poco más acerca de la vida privada del mayor, ésta seguía siendo como su nombre lo dice: privada. Blaine sabía perfectamente cómo mantener la mayor discreción posible en cuanto a su vida personal y eso le había sido muy útil a lo largo de su carrera. Después de todo, su vida no había sido un cuento de hadas digno de repetir a cuanta gente se le pusiera en frente.

Evidentemente sus alumnos conocían algunas cosas sobre su vida profesional, incluso en esas primeras cuatro semanas les había llegado a platicar un poco sobre su amistad con la señorita Chang y su equipo de trabajo. No obstante, todo había sido meramente profesional y con el fin de alentar a los chicos para que tomasen en serio su carrera; cosa que al parecer había funcionado. Los grupos del señor Anderson eran los que reportaban mayor índice de asistencias en lo que iba del periodo escolar y eso lo hacía quedar frente a los maestros como uno de los mejores a pesar de nunca haber dado clases en su vida.

Esto, aunado a la fama nacional del ojimiel lo hacía el candidato perfecto para ser integrado al comité de maestros y por ello la señorita Holliday se tomó el atrevimiento de postularlo como candidato para ser uno de los miembros. Honestamente esta acción fue halagadora para el moreno pero él respondió que tendría que pensarlo ya que no sabía cuánto podría cargarse el trabajo durante el semestre y ella pareció comprenderlo. La verdadera razón era que Blaine sabía que no iba a durar mucho en la universidad y no le veía el caso a participar en algo por unos meses si pronto los iba a dejar.

No iba a mentir, le gustaba su nuevo trabajo. Le gustaba poder compartir con los chicos sus experiencias y aclarar sus dudas inocentes acerca de la disciplina. El ambiente era naturalmente agradable y él estaba aprendiendo a identificar a los estudiantes que tenían genuino interés en la Psicología. Dentro de este grupo tenía a un número considerable que de acuerdo a su experiencia académico-profesional tenía altas probabilidades de terminar la carrera y ejercerla con éxito. Seguramente se les presentarían algunas dificultades en el camino pero con un poco de perseverancia saldrían adelante.

De estos chicos no todos eran los mejores de la clase, había algunos de quienes apenas y conocía su voz gracias a que tenían que contestar al pasar la lista de asistencia, sin embargo muchos de ellos tenían el potencial necesario para ser tan buenos como los demás. De hecho, ese era el caso de una chica rubia de ojos azules que había llamado la atención de Blaine desde el primer día. En un principio él había pensado que con el tiempo lograría escucharla hablar más porque se notaba que comprendía los textos y además le causaban gracia sus chistes, pero no fue así.

La chica era muy reservada pero siempre cumplía con todas las tareas. El profesor la había escuchado discutir uno de los artículos con uno de sus compañeros afuera del salón pero a la hora de clase ella había permanecido callada las dos horas. Blaine no lograba comprender lo que pasaba porque la joven no podía sostenerle la mirada cada vez que él se dirigía a ella y si llegaba a contestar algo, él podía notar cómo sus mejillas se tornaban rosas inmediatamente después de que terminara de hablar.

Quizá si el nuevo profesor se hubiera concentrado un poco más en todo lo que hacía la chica en su presencia, quizá hubiera descubierto el misterio por sí mismo, pero no lo hizo.

Quien sí se dio cuenta del cambio en el comportamiento de la señorita Pierce fue Marley, ¿qué le pasaba a su mejor amiga en esa clase que no podía hablar tan bien como en las demás? Bastaron tres días de observación para que la señorita Rose pudiera conjeturar una teoría y ese suspiro en medio de la clase del señor Anderson le daba más indicios sobre lo que estaba ocurriendo con su amiga, por eso fue que ese lunes decidió que era un buen día para hablar con ella.

– ¿Podemos ir por un café? – Preguntó al terminar la última clase.

– Claro, hace un poco de frío. – Respondió la ojiazul.

– Sí, está muy fresco el día.

– ¿Quieres ir a la cafetería de la escuela o vamos a un lugar afuera? – Quiso saber su mejor amiga y Marley pareció pensarlo un momento.

– Creo que será mejor que vayamos afuera. – Terminó diciendo y Britt la vio un poco confundida.

– Está bien. – Respondió aun así y ambas se dirigieron hacia la salida entre el mar de estudiantes que las rodeaba.

– ¿Cómo vas con el ensayo del profesor Anderson? – Preguntó la señorita Rose después de un momento de silencio.

– Bien, llevo tres cuartillas. – Contestó la rubia con naturalidad y su amiga abrió exageradamente la boca.

– Ya casi lo terminas, ¿cuál es el secreto? – Dijo divertida.

– No hay secretos, sólo debes sentarte y hacerlo.

– Tú lo dices porque amas esa materia. – Se atrevió a decir la castaña.

– ¿A ti no te gusta? – Preguntó Britt.

– No tanto como a ti… – Respondió la ojimarrón con un tono que le hizo sospechar a la otra que había algo más detrás de esas palabras.

– ¿De qué hablas?

– ¿Has notado que suspiras al menos cuatro veces durante la clase del señor Anderson? – Quiso saber la castaña y su amiga inmediatamente desvió la mirada.

– ¿Qué? Eso no es cierto. – La contradijo rotundamente.

– ¡Lo es! Te he estado viendo estos días y eso es lo que haces. – Explicó Marley.

– No creo que sea así.

– Pues yo te aseguro que lo es y no trates de negarlo porque también he visto cómo lo miras cada vez que comienza a hablar de su experiencia profesional. – Insistió su amiga.

– ¿Y cómo lo veo según tú? – La cuestionó Britt.

– Como una adolescente que tiene enfrente a su artista favorito.

– ¡Eso es ridículo! – Se quejó la rubia.

– Entonces respóndeme algo… – Propuso su mejor amiga.

– ¿Qué?

– ¿Te gusta su clase? – Preguntó la interesada.

– Sí, creo que es de mis favoritas. – Aseguró ella.

– Y… ¿Por qué no participas como en las demás con él? – Comentó divertida la castaña al pensar en la posible respuesta.

– Porque… Porque… No lo sé… – Contestó la señorita Pierce un tanto nerviosa.

– ¿Y no has pensado en ello? – La cuestionó la ojimarrón.

– Lo he intentado pero no logro obtener una respuesta. – Confesó su amiga y una sonrisa apareció en el rostro de Marley.

– Amiga, el profesor Anderson es muy guapo… – Insinuó divertida y Brittany la miró con los ojos muy abiertos.

– ¡No se trata de eso!

– ¿Y entonces de qué? – Quiso saber la castaña.

– No lo sé, quizá debería ir al médico para ver si no he desarrollado asma u otra cosa… – Pretextó la rubia mientras se ruborizaba y un hombre les indicó que entraran al local al que se dirigían.

– ¿En serio? – Casi gritó Marley.

– Nunca he hablado más en serio que ahora. – Respondió intentando sonar segura. – ¿Estás lista para ordenar? – Preguntó para cambiar el tema y su amiga rodó los ojos.

– Sí claro… – Fue lo último que pudo decir Marley antes de que el mesero se acercara a su mesa para ofrecerles el menú.

Definitivamente algo extraño le estaba pasando a su amiga, en todos los años que llevaba a su lado jamás la había visto comportarse de esa manera frente a algún profesor o frente a un chico. ¿Sería posible que su teoría fuera correcta? Sabía que sólo el tiempo le diría la respuesta pero ella no se daría por vencida, si de algo estaba segura era de que la perseverancia era su mejor ventaja sobre cualquiera y esta vez no sería una excepción. De cualquier forma, en eso estaba pensando cuando sin querer dirigió su mirada hacia la puerta y como si alguna fuerza extraña quisiera ayudarla, el profesor Anderson apareció en la entrada buscando al hombre que asignaba las mesas en el lugar.

– No mires hacia atrás pero tu maestro favorito acaba de entrar… – Le advirtió por cortesía a su amiga y ésta casi se ahoga con la bebida que le acababan de entregar.

– ¿El profesor Anderson?

– Sí, el mismo. – Le confirmó divertida al ver su reacción.

– ¿Qué está haciendo? – Quiso saber la ojiazul.

– Pidiendo una mesa supongo. – Respondió Marley automáticamente. – ¡Oh!

– ¿Qué pasa? – Preguntó Britt alarmada por la expresión de su amiga.

– No te muevas, viene para acá. – Le informó la chica y la rubia no tuvo otra opción que hacerle caso.

Con un poco de suerte el señor Anderson no las identificaría, seguramente tenía muchas alumnas como para recordar sus rostros, o al menos eso era lo que Britt quería creer porque el pensar que ambos estaban en el mismo lugar hacía que su corazón bombeara sangre más rápido de lo normal. No quería ni imaginarse qué pasaría si el ojimiel se acercara a su mesa y mucho menos ahora que su mejor amiga estaba insinuando cosas tan insensatas. ¿A quién se le ocurría inventar semejante novela? No cabía duda que sólo su amiga podría utilizar cualquier detalle insignificante para la construcción de una gran obra literaria, sin embargo esta era su vida real y no una novela en la que cosas como las que cruzaban por la cabeza de su amiga ocurrían en realidad.

– Hola chicas. – Fue la voz del profesor la que la hizo regresar a la realidad abruptamente y después de compartir una mirada con su amiga, volteó a verlo sin hacer contacto directo.

– Hola profesor. – Dijeron las chicas al mismo tiempo y el hombre sonrió.

– Se está poniendo difícil el clima, ¿verdad?

– Sí, parece que quiere llover. – Concordó Marley.

– Supongo que es la temporada, cuídense para que no enfermen. – Comentó el ojimiel de forma protectora y el corazón de una de las presentes se encogió en su lugar.

– Sí, gracias. – Respondió Britt mientras miraba al maestro a los ojos por primera vez.

– ¿Viene solo profe? – Preguntó de pronto la señorita Rose y ambos la miraron un tanto extrañados.

– Sí, de hecho tal vez pida algo para llevar porque no traigo el coche hoy. – Contestó el maestro a pesar de que algo le decía que la plática se estaba alargando demasiado.

– O podría sentarse con nosotras y comer algo en lo que se pasa la lluvia. – Sugirió la castaña y los ojos del mayor se abrieron como platos.

– ¿Lluvia? – La cuestionó viendo hacia la entrada y entonces se dio cuenta que sus palabras eran correctas. – ¡Oh Dios, ya está lloviendo! Debo irme chicas, disfruten su tarde. – Dijo cortésmente antes de indicarle al encargado que esta vez no llevaría nada.

– Igualmente profe. – Respondió Marley divertida y él se despidió con una sonrisa mientras se alejaba.

– ¿Se puede saber qué intentabas hacer? – Quiso saber la señorita Pierce.

– Comprobar mi teoría. – Dijo sin más su amiga.

– ¿Qué teoría?

– Te gusta el famoso Blaine Anderson. – Sentenció la ojimarrón y ella abrió mucho los ojos.

– ¡Eso es una locura! – Casi gritó.

– ¿Lo es? – La retó la castaña.

– ¡Sí!

– ¿Entonces por qué te quedas muda cada vez que se acerca a ti? – La cuestionó Marley.

– ¡Eso no significa nada! – Se defendió la rubia.

– ¿Con cuántos maestros te pones así? – Preguntó curiosa la chica.

– No quiero hablar del tema Marley, es una completa locura lo que dices. Sé que me pasa algo extraño en esa clase pero seguramente es un poco de inseguridad y nada más. No tienes que inventar toda una novela romántica con mi vida. – Explicó la ojiazul intentando dar por terminado el tema pero su amiga no pareció creerle nada.

– Sí, claro. Inseguridad… – Comentó burlona.

– Y mejor cambia el tema porque si no voy a dejarte sola en este lugar. – Le advirtió esta vez Brittany y su amiga supo que hasta ahí habían llegado sus avances del día.

– Está bien, tú ganas. Aunque deberías pensarlo bien, quizá sí empiezas a sentir algo por él. – Insistió.

– Admiración quizá, pero nada más.

– Ok, entendido y anotado. – Terminó diciendo Marley mientras el corazón de su amiga intentaba recuperar el compás de sus latidos.

Admiración, definitivamente no podía ser otra cosa lo que estaba experimentando la rubia en aquellos momentos; o al menos eso quería creer ella. La idea de su amiga era muy loca en verdad, ¿cómo iba ella a enamorarse de uno de sus maestros? Eso no era posible, simplemente no podía pasar y claro que no estaba pasando. Sabía que la excusa del asma era ridícula pero en el momento no había sabido qué responder y después de semejante encuentro inesperado con el hombre del que hablaban, su cerebro se encontraba algo atrofiado ante tantas sustancias bioquímicas en su cuerpo como para seguir defendiéndose de los ataques de la señorita Rose, por ello la había detenido.

Por su parte, el maestro llegó algo decepcionado a su departamento ya que le habría gustado pasar tiempo con sus alumnas, desgraciadamente el hecho de recordar que ellas eran precisamente sus estudiantes lo había regresado a la realidad. Él no podía entablar relaciones de amistad con ellas porque eso podría malinterpretarse en la comunidad estudiantil y Blaine no quería problemas en su vida. Sin embargo, algo dentro de su ser anhelaba poder escuchar algunas palabras de la dueña de esos ojos azules que lo intrigaban, no sabía qué pero algo había en la señorita Pierce que llamaba su atención y esperaba averiguarlo antes de que se venciera su contrato.

De cualquier forma, fuese lo que fuese lo que estaban sintiendo, ambos estaban seguros de que no tenía que ver con el otro directamente porque sería sencillamente imposible y además ridículo.


¡Hola! Nuevo capítulo, ojalá les haya gustado. ¡Gracias por leer y comentar! ¡Saluditos! ;)