¡Y aquí estoy con un capítulo más! Ojala y sea de su agrado.
Cuadragésimos octavos Juegos del Hambre: Muerte
La muerte no es divertida. En realidad, la muerte es dolorosa y violenta. Nunca entendí a los suicidas… y mucho menos a los que veían al suicidio como algo "romántico". La muerte es el tipo de cosas que uno quiere que le pase en la vejes, dormida y sin sentir nada. O al menos, esa era la muerte que yo quería.
Pero, desgraciadamente, la vida no suele permitirte decidir cómo quieres que se acabe.
Así que la mía acabo de la forma más frustrante y dolorosa posible. Explote, en cientos de pedazos, el fuego abraso mi piel y mi cuerpo se desmembró tan rápido que mi cerebro no alcanzo a apagarse, el más inmenso dolor me invadió durante un eterno par de segundos y luego todo se oscureció.
Cuando volví a ser consiente de mi misma ya no sentía nada. El dolor había desaparecido completamente, pero su fantasma aun me atormentaba. Era como si el dolor, hubiera sido tan terrible que hubiera logrado sobrepasar el plano físico para incrustarse en mi alma. Hoy, a casi dos meses del terrible suceso, aún me atormenta.
Estar muerta no es como me lo había imaginado, aunque en verdad no es como si nunca hubiera tenido una idea clara de cómo debía ser. Muchos decían que se caminaba por un túnel hasta llegar a una luz, otros que no había nada después y mi mamá aseguraba que te fundías con una gran energía y eras feliz por siempre. Yo desperté en mi habitación en el centro de entrenamiento y tuve que esperar a que mi mentora se subiera en un tren para regresar a mi distrito con ella. Al inicio pensé en quedarme en el Capitolio, pasear por la ciudad y disfrutar de todo eso que nunca habrá en mi distrito, por más favorecido que este sea. ¡ Pero soy un maldito fantasma! No puedo comer nada, no siento el viento contra mi cara y no importa cuántas veces me suba a la montaña rusa, mi estómago no se revuelve ni un poco.
Así que estoy en casa, donde mi hermana mayor, mi padre y todo el resto del distrito se avergüenza de mí. Donde la única que llora mi muerte, y no la forma en la que esta se llevó a cabo, es mi madre.
Mi mejor amiga no me llora porque se siente indignada. Ella pudo haber ido a Los Juegos en mi lugar, y seguramente lo hubiera hecho mejor. Cualquier persona lo hubiera hecho mejor, incluso la niña de doce años del ocho que aún no se había bajado de la plataforma cuando un hacha le partió el pecho lo hizo mejor. Yo era una profesional, la esperanza de todo mi distrito, y me resbale de la plataforma porque sentí vértigo. ¡Jamás en mi vida había sentido vértigo!
Tenía todo para ser la siguiente gran vencedora, las mejores calificaciones en la escuela y los mejores puntajes en la escuela, un buen físico y unos ojos grandes que ayudarían a mi equipo de preparación a hacer maravillas, y nada de eso había servido de algo.
Mi mamá está dormida. Es casi medio día pero ella no puede saberlo, tiene las cortinas más gruesas que hay en la casa corridas para que no entre nada de sol. Mi padre y mi hermana saben que no deben molestar, aunque yo pienso que tendrían que hacerlo. Después del dolor de la muerte en sí, lo peor es ver a mi madre en ese estado, más ahora que sé que es la única que en verdad me ama. Toda la popularidad, todo el apoyo y todos los amigos de los que me creía dueña no eran reales.
Una de las cosas que tiene la muerte, es que te da mucho tiempo libre. Así que he empezado a observar la vida de las personas que antes no me importaban en absoluto, el tipo de chicas y chicos que jamás podrían conseguir un lugar en la academia. Y tienen amigos, gente que los ama y que nunca se avergonzarían por la forma en la que algún día morirán, y que nunca harían la tontería de arriesgar su vida como yo hice con la mía, jamás se sentirían inmunes a la muerte. Ese tipo de personas jamás harán algo grande en su vida, pero sus muertes serán las mejores de todas.
Hoy es viernes por la noche y mi hermana acaba de regresar llorando a casa. Papá la ha ignorado completamente y mamá sigue demasiado deprimida como para descubrirlo. Así que me escabullo dentro de su cuarto y la veo llorar. Es mayor que yo, no es como si fuera mi obligación protegerla Pero ahora, justo ahora me gustaría ser una buena hermana y abrazarla, o al menos ser capaz de preguntarle la causa de su dolor. Pero solo me quedo ahí, escuchándola llorar. Duermo en su habitación, lo más cerca de ella que soy capaz, pero no siento su calor.
A la mañana siguiente se despierta temprano, se arregla lo mejor que puede pero tiene unas grandes ojeras que la delatan. Hace desayuno para dos y por primera vez en muchas semanas entra a la habitación de mamá. Desde mi muerte que mi padre no duerme ahí.
Sonrío como una tonta mientras las veo desayunar juntas, tomarse de la mano y dejar que las lágrimas fluyan en silencio. Cuando terminan le da un beso en la mejilla y sale de la casa.
Yo la sigue y tardo bastante en darme cuenta de que vamos a mi tumba. Ni ella ni yo nos hemos pasado por ahí desde mi funeral, o al menos eso creo. Se sienta enfrente de mi tumba y empieza a decir que la gente es una idiota por decir las cosas que dicen de mí, y que no la dejen vivir su duelo por su hermana, porque sienten que no lo merezco.
Entonces llega mi mejor amiga, y se abrazan y empiezan a hablar de mí, sin vergüenza en sus voces. Entonces, veo una luz.
Creo que el título es terrible, originalmente era mucho mejor pero la idea se fue desarrollando tan distinta a como la plantee al inicio que ya no le quedaba. Espero y les haya gustado.
Los quiere: yo.
