Capitulo 10. Hogsmeade.

La mañana del día de Halloween, David vio como Harry se había despertado muy triste, pero trataba de disimularlo.

- Te traeremos un montón de golosinas de Honeydukes - le dijo Hermione, compadeciéndose de él.

- Sí, montones - dijo Ron. Por fin habían hecho las paces él y Hermione respecto a Scabbers y Crookshanks

- No os preocupéis por mí - dijo Harry con una voz que procuró que le saliera despreocupada.- Ya nos veremos en el banquete. Divertíos.

Los acompañó hasta el vestíbulo, donde Filch, el conserje, de pie en el lado interior de la puerta, señalaba los nombres en una lista, examinando detenida y recelosamente cada rostro y asegurándose de que nadie salía sin permiso.

- ¿Te quedas aquí, Potter? - gritó Malfoy, que estaba en la cola, junto a Crabbe y a Goyle.- ¿No te atreves a cruzarte con los dementores?

- ¡Cállate Malfoy! -replicó Jess tirándole una de las manzanas que había cogido del desayuno. El rubio la esquivó y le asestó una mirada asesina a la chica. - ¡Qué desperdicio de manzana! -dijo decepcionada por su fallo.

El camino que llevaba a Hogsmeade, era el mismo que recorrían los carruajes tirados por los extraños caballos invisibles cuando traían a los alumnos desde la estación de llegada del Expreso de Hogwarts hasta el castillo. El camino era una continua cuesta abajo que bordeaba el lago. A los lados del mismo, crecía descontroladamente todo tipo de vegetación. A pesar de este descontrol, nunca invadía el camino, ahora cubierto con una fina capa de barro a causa de una ligera lluvia la noche anterior. David supuso que se debía a algún hechizo, dato que Hermione le confirmó poco después, usando su inagotable conocimiento extraído de Historia de Hogwarts. Apenas media hora después de haber atravesado las puertas coronadas con cerdos alados del colegio, vieron, a lo lejos, las vías de la estación. David se había retrasado un poco para hablar con Terry, Luna y Eve. Esta última se había echo rápidamente muy amiga de la rubia. Cuando pasaron los cuatro por allí, vieron como un grupo de seis magos con capas de invierno de color amarillo pálido, andaban cerca de las vías agitando sus varitas y levantando en el aire porciones de la misma. Discutían entre ellos mientras observaban por todos los ángulos posibles las piezas de hierro. Uno de ellos, más retrasado que los demás, iba repintándolas de negro y cubriéndolas con una extraña sustancia blanca que extendía con precisión con ayuda de su varita.

- Sé lo que es esto. -dijo un Ravenclaw de sexto que andaba justo delante de ellos.- Mi tío Roger trabaja en el Ministerio, en Mantenimiento de Estructuras Mágicas. Están revisando toda la vía que lleva de King Cross a Hogwarts en busca de desgastes en el material y posibles problemas. Lo hacen un par de veces al año.

- ¿Qué es la sustancia blanca? -preguntó Terry Boot con interés.

- Si no me falla la memoria, creo que es una resina que protege contra el óxido, la lluvia y esas cosas. Lo mas curioso es que es exactamente igual a la que usan los muggles para sus vías de tren. -respondió el chico.

- Creo recordar que existe un hechizo anti-óxido, ¿no? -dijo Eve cuando vinieron a su memoria recuerdos de limpieza mágica con su madre.

- Si, es cierto, pero no son tan efectivos como esto. -respondió el Ravenclaw.

Se quedaron observando, todo el tiempo que el camino transcurría en paralelo a la vía, como los magos trabajan. Finalmente, tras pasar una zona en la que el camino ascendía progresivamente, llegaron a Hogsmeade.

Hogsmeade era un coqueto pueblo de casas de madera negra de dos plantas que se asentaba sobre una colina de roca. La mayoría de ellas se situaban a ambos lados de una ancha calle principal que atravesaba el pueblo de norte a sur, donde acababa el camino que habían recorrido. Justo antes de entrar en el pueblo, una bifurcación del camino guiaba hacia La Casa de los Gritos que se alzaba a las afueras del pueblo. Se notaba desde lejos tanto su pésimo estado de conservación como el aura de respeto y miedo que poseía.

En cuanto se pusieron al abrigo del fuerte viento lateral que soplaba, todos los alumnos se desperdigaron en pequeños grupos que amenazaban con inundar todas las tiendas del pueblo.

David, Jess, Eve, Terry y Luna se separaron de Ron, Hermione, los gemelos y algunos Gryffindors más que fueron directamente a Honeydukes.

- ¿Por qué no podemos ir a Honeydukes? -se quejaba Terry mientras veía como Hermione era la última en entrar en la tienda de golosinas.

- Porque va a estar ahora mismo hasta arriba, Terry. -le explicó con extrema paciencia Jess.-Además, vamos a ir primero a las Tres Escobas, me apetece una cerveza de mantequilla.

- ¿Vosotros habéis probado la cerveza de mantequilla? -preguntó Eve sorprendida.

- Si. -respondió Jess mientras caminaban hacia el pub.- Cuando fuimos con Tonks a comprar nuestras cosas para Hogwarts, la probamos en el Caldero Chorreante.

- ¿Y qué tal? -preguntó Terry interesado.

- Espera a comprobarlo tu mismo. -respondió misteriosamente Jess.

- Esta muy buena y sienta muy bien. -dijo Luna repentinamente.- Mi padre a veces trae alguna botella a casa.

- Luna, eres una aguafiestas. -respondió con buen talante Jess. La rubia la miró con sus clásicos ojos desconcertados. David se rio alegremente. Siempre lo hacía cuando veía a Luna mirar a los ojos a alguien de esa forma.

Entraron en las Tres Escobas. Era un pub un poco oscuro y con algo de humo, el cual flotaba en el aire. Pero, en cuanto te fijabas un poco en él, comprobabas que era un sitio cálido, agradable y muy limpio. Los cinco chicos avanzaron entre la gente que allí se encontraba, una buena proporción de los cuales eran alumnos o profesores de Hogwarts. En un lado de la barra se podía ver a Hagrid, con una enorme jarra de hidromiel, que hablaba animadamente con el profesor Flitwick, la profesora Vector de Aritmancia y la profesora Sprout.

Encontraron una mesa libre cerca de donde estaban los profesores. Eve y Luna se sentaron en un par de sillas para guardarles el sitio, mientras los demás iban a pedir las bebidas. Se apoyaron en la barra mientras esperaban a que la curvilínea propietaria del pub, Madame Rosmerta, se acercara a ellos para tomarles el pedido.

- ¡Hola David! -dijo Hagrid acercándose a ellos con su enorme jarra llena hasta la mitad.

- Hola Hagrid. -respondió el metamorfomago.

- Hola Jess, Terry. No os había visto. -comentó alegre.

- Es normal. -respondió Jess.- Estando David en medio, no me sorprende. ¿Te has fijado que está engordando mucho? -le preguntó haciendo como que el afectado no estaba a su lado.

- No digas eso, Jess. -respondió Hagrid sin darse cuenta de que la chica estaba bromeando.- Yo le veo igual que siempre.

- Hagrid, sigues siendo todo un buenazo. -le dijo la profesora Vector.

- Hola profesora. -saludo Terry tras dar un respingo al oír su voz.

- Hola señor Boot, señorita Quake. ¿Y usted es? -preguntó al posar sus ojos sobre David.

- David Manning. Encantado profesora.

- Ah, usted es el mejor amigo de la señorita Quake, el metamorfomago.

- ¡Vaya! Parece que mi fama me precede. -comentó David sorprendido.

- Si, eso parece. -respondió la profesora Vector sonriendo.

- David es uno de mis mejores alumnos. -intervino Flitwick. Él y la profesora Sprout se habían acercado al ver a Hagrid y a Séptima hablando.

- ¿De verdad Filius? -preguntó la profesora Sprout.

- De verdad, Pomona. Un talento natural para los Encantamientos. -afirmó con voz aflautada el pequeño profesor. David empezaba a sentirse un poco violento al recibir tantos halagos por parte de sus profesores. El sólo hacia lo que se le mandaba y lo hacía lo mejor que podía. No creía que mereciera tantos elogios... era como si le elogiaran por saber andar o por hacer sus necesidades.

Terry le hizo una seña y aprovechó que la profesora Sinistra estaba hablando con Jess de Aritmancia para, disimuladamente, alejarse de allí. Se acercó al Ravenclaw que estaba hablando con Madame Rosmerta.

- ¿Tu primera vez en las Tres Escobas? -pregunto Madame Rosmerta cuando Terry le presentó a David. Este afirmó con la cabeza.

- Lo sabía. -dijo risueña.- Esta memoria mía nunca me falla. Conozco todas las caras de por aquí y se siempre cuando hay alguna nueva.

- Bueno, quizás con David puede que te sorprendas. -dijo maliciosamente Terry.

- ¿Por qué? -pregunto curiosa la camarera.

- Es un metamorfomago. -respondió el chico.- Es posible, que la próxima vez que vengamos, David sea un chico de piel negra y dos metros de alto o una chica de pelo azul brillante.

- ¡Anda! Eres el segundo metamorfomago que entra en las Tres Escobas... por lo menos que yo recuerde. -dijo haciendo un gesto a su ayudante para que la dejara en paz.- La primera fue una maga que se llamaba Nymphadora Tonks, aunque...

- ... odia que la llamen por su nombre. -completó la frase David.

- ¿La conoces? -preguntó asombrada.

- Ella me enseñó a dominar mis poderes. -respondió David.

- Eres toda una caja de sorpresas, David. -reconoció la camarera.- Dime, ¿qué queréis tomar?

- Cinco cervezas de mantequilla. -respondió Terry por el metamorfomago.

- Entendido. ¿Estáis en alguna mesa? Porque os las puedo llevar allí. -ofreció Madame Rosmerta.

- ¡Oh! ¡Gracias! -respondió Terry.- Si, mira estamos allí, en la mesa que está justo detrás de los profesores. Ahora mismo están sentadas en ella un par de amigas nuestras.

- Ya sé donde dices. Ahora os las llevo. -respondió dándose la vuelta.

- ¿Has visto lo mismo que yo? -le preguntó Terry a David.

- Sobresaliente sin duda. -respondió el metamorfomago.

- Ya sabía yo que te fijarías. -dijo el Ravenclaw dándole un golpecito en la espalda.

Salieron de las Tres Escobas con la agradable sensación que la cerveza de mantequilla había dejado en sus cuerpos. Entraron en Dervish y Banges, la tienda donde se vendían y reparaban aparatos mágicos. David sacó el chivatoscopio que le había dejado Harry para que lo arreglara. Se acercó con él en la mano hasta uno de los dependientes.

- Hola. Venía a ver si podrías echarle un ojo a este chivatoscopio. Creo que no funciona del todo bien. -el dependiente lo cogió y se lo llevó a un mostrador que estaba lleno de herramientas desconocidas para David. Puso el chivatoscopio encima de un platillo de madera y se puso una especie de cristal en el ojo. Lo giro como si estuviera enroscándolo y el cristal se fusionó con el propio ojo. Estuvo mirando cuidadosamente el chivatoscopio durante un tiempo.

- ¿Hace cuánto que lo compraste? -preguntó el dependiente sin levantar la vista del chivatoscopio.

- Hoy hace tres meses. -respondió David tras un instante de duda.

- No es de muy buena calidad. -dijo con tono de experto.- El hechizo que tiene incorporado ha empezado a perder su eficacia a marchas forzadas.

- ¿Cuánto costaría arreglarlo? -preguntó David.

- Si te soy sincero, sería más barato que compraras uno nuevo. -dijo el dependiente quitándose la lente y devolviéndole el chivatoscopio.

- De acuerdo, me lo pensaré. Muchas gracias. -dijo educadamente David.

- De nada. -respondió el dependiente antes de salir de detrás del mostrador. David se guardó el chivatoscopio en el bolsillo.

- Le preguntaré a Harry que quiere hacer y en la próxima salida le hago el encargo. -pensó.

Continuó dando vueltas por la tienda mirando los diferentes aparatos que allí estaban expuestos. En uno de los estantes, había un amplio surtido de lentes mágicas que llamó poderosamente su atención. Se fijó concretamente en una. Era idéntica a la que había usado el dependiente para analizar el chivatoscopio.

- ¿Se pueden probar? -preguntó a otro dependiente que andaba cerca.

- Por supuesto que sí. -respondió amablemente. -¿Cuál quieres? -David se la señalo.- ¡Excelente elección! Nuestra lente de más alta gama. Son las que usamos aquí para el análisis y reparación de los artefactos mágicos. -cogió la lente de prueba y se la dio a David. -Tiene función ampliadora, reductora, vista panorámica, visión nocturna, detector de huella mágica y visión a través de los hechizos de ocultación, siempre que estos sean únicos.

- ¿Únicos? -preguntó David sin entender a que se refería.

- Quiero decir que si sobre algo o sobre alguien hay un solo hechizo de ocultación, esta lente te permitirá ver a través de él. A partir de dos o más, no. Obviamente, no funciona con capas invisibles ni hechizos de alto nivel, como el Fidelio.

David se la puso en el ojo derecho y el dependiente la hizo girar. El metamorfomago sintió un leve hormigueo en el ojo.

- No noto nada. -dijo mirándole.

- Eso es porque aun no le has dicho a la lente lo que quieres que haga. -respondió el dependiente.

- ¿Cómo funciona? -pregunto David.

- Igual que tu ojo. La lente espera a que pienses una orden y ella la ejecuta instantáneamente. -le explico. Saco de su túnica un trozo de pergamino en el que había escrito una frase en una letra imposible de leer normalmente. -Prueba a ampliar esto.- David miró hacia el pergamino y pensó: Ampliación.

De repente fue como si las letras se hubieran pegado a su cara. Pudo leer claramente: "Ahora no estás ciego, ¿verdad?"

Estuvo un buen rato haciendo pruebas con las distintas opciones que le daba la lente. Vio un potente hechizo que emanaba de la puerta de la tienda y caía como una niebla sobre la entrada; observo que algo ocupaba, lo que parecía un hueco normal situado entre dos estantes, la niebla blanca que ocupaba ese sitio indicaba que allí había más de un conjuro de ocultación. Por desgracia, no pudo probar la visión nocturna.

- ¿Cómo me la quito? -preguntó el metamorfomago.

- Simplemente piensa: Extracción. -respondió el dependiente. Lo pensó y la lente se separó del ojo y quedó levitando frente al mismo. El dependiente la cogió y la introdujo en un bote con una solución transparente. David se acercó al expositor justo debajo del estante donde estaban las lentes de prueba y se fijó en el precio.

- Creo que no me da. -pensó David.

- ¡Joder que precios! -exclamó Hermione en su cabeza. Sin embargo, había una lente que si se ajustaba más a su economía.

- La mejor de nuestra línea mas económica. -le dijo el dependiente cuando la pidió.- Tiene ampliación, reducción y visión nocturna. Su funcionamiento es idéntico al de la otra.

- Me la llevo. -afirmó David.

- Muy bien, señor. -respondió el dependiente. Cogió la caja donde estaba la lente y le explicó lo necesario para su buen uso y mantenimiento.

Salieron de la tienda y anduvieron hacia la Oficina Postal de Hogsmeade. Por el camino, David hizo la primera prueba con su nueva lente. Gracias a la ampliación pudo ver como Crabbe tropezaba con la única piedra en diez metros a la redonda y caía estruendosamente al suelo.

La Oficina Postal de Hogsmeade parecía más una lechuceria que un oficina postal propiamente dicha. En una rápida ojeada se podían observar del orden de doscientas a trescientas lechuzas, todas descansando en anaqueles y cada una con cartelitos de diferentes colores que marcaba su velocidad.

- ¡Madre mía! ¡Menudo tamaño! -exclamó Eve al ver a las grandes lechuzas grises, especiales para viajes largos. Había una en concreto, que había sido entrenada solo para hacer viajes transatlánticos. El dependiente le comento a Eve que había tenido mucha suerte, ya que acababa de regresar de un viaje desde México D.F.

Mientras Eve observaba a las grandes lechuzas grises, David y Jess examinaban las lechuzas más pequeñas de todas las allí expuestas; bueno más bien la chica, ya que el metamorfomago empezaba a sufrir un notable dolor de cabeza debido a tanto ululeo por todas partes y se había salido de la tienda disimuladamente. Se usaban para entregas dentro del propio pueblo o para mantener comunicación vía carta entre Hogwarts y Hogsmeade. Jess se detuvo delante de una lechuza blanca como la nieve que era idéntica a su Lis.

- Perdone, señor. -dijo acercándose a uno de los dependientes.- Esta lechuza, ¿no tendrá una hermana, por casualidad? -preguntó señalando a la pequeña lechuza blanca que dormitaba ajena a todo. El dependiente se acercó al anaquel, sacó un pequeña libreta de su bolsillo, la agrandó con un movimiento de varita y comprobó el número de identificación de la lechuza.

- ¿Cómo lo has sabido? -preguntó sorprendido a la chica tras comprobar que esta tenia razón. Inmediatamente después de haber formulado la pregunta, la respuesta vino a su mente. -Tu tienes a su hermana, ¿verdad? -la chica afirmó sonriente.- Si no es indiscreción, ¿como la has llamado?

- Lis. -respondió Jess.

- Mis felicitaciones por la elección. -dijo el dependiente.- Un nombre muy acertado. Espero que la cuides mucho.

- Gracias. -respondió Jess halagada.- Por supuesto que si.- el dependiente se alejó mientras la chica seguía examinando las lechuzas.

- ¿Estás bien David? -preguntó una suave voz al lado de él. David se giró hacia el lugar donde provenía la misma. Luna había salido de la oficina postal y le miraba con interés.

- Oh, hola Luna. -respondió el metamorfomago.- Sólo me duele la cabeza. Demasiadas lechuzas juntas hacen demasiado ruido como para que mi loca cabeza lo soporte.

- Tu no estás loco. -dijo con seguridad la chica mientras miraba como el cielo empezaba a cubrirse de negros nubarrones.

- Si Luna, si que lo estoy. Solo que, a veces, lo oculto muy bien. -la chica le miró con un medio gesto de sorpresa y se echo a reír.

- Al final, vas a tener razón. -concluyó la chica risueña. De repente, se oyó el ruido que hace una puerta al abrirse bruscamente y salieron de la tienda Jess, Eve y Terry.

- Veis, os dije que estaban fuera. -dijo Terry a las chicas.

- ¿Se puede saber porque te has salido sin avisar? -pregunto Eve poniéndole un dedo en el pecho.

- ¡Jo! Yo no sabia que fueras mi madre, Eve. -respondió jocosamente el chico.- Además me dolía la cabeza.

- Lo veis chicas. -dijo Terry conciliador.- No pasa nada.- El Ravenclaw se acercó a David y le pregunto:

- ¿Qué las das para que desaparezcas de su vista un rato y te busquen como locas?

- Terry, te he oído. -dijo Eve.- No nos da nada, tarugo. Sencillamente, tiene nuestro dinero.

- Terry, creo que has metido la pata. -le dijo Luna pasando por delante de él. El chico se alzó de hombros y siguió a las chicas que se dirigían hacia Honeydukes. David se les quedó mirando unos segundos con cara de desconcierto, resopló y echo a correr para alcanzarlos.

Honeydukes estaba lleno hasta arriba de alumnos de Hogwarts que examinaban, probaban y pedían todo tipo de golosinas. David se abrió hueco hasta la zona de chocolates y empezó a salivar de manera bastante preocupante.

- ¡Eh Homer deja de babear, que estás mojando el suelo! -dijo Dean Thomas.

- ¡Ummmm! ¡Chocolate a mitad de precio! -exclamó David continuando con la broma. Dean y Jess se echaron a reír al entender a que se refería el metamorfomago.

- Creo que será mejor que dejemos a David aquí. -dijo Jess al notar la mirada vidriosa de su mejor amigo.- Os aseguro que no se moverá de aquí.

Jess y Eve miraban con creciente sorpresa todos los dulces que allí se mostraban y los probaban con una mezcla entre miedo y expectación. Bolas ácidas, ranas, calaveras y calderos de chocolate, bombones explosivos, babosas de gelatina, plumas de azúcar, diablillos de pimienta, sapos de menta...

Compraron un poco de todo y salieron de la tienda, en dirección hacia las afueras del pueblo. Caminaban hacia el punto de reunión para regresar a Hogwarts, cuando se dieron cuenta de que David no iba con ellos.

- ¿Dónde esta David? -preguntó Terry. Los cuatro miraron a los lados y a su espalda, pero el metamorfomago no estaba allí. Se miraron entre ellos desconcertados.

- Nos lo hemos dejado en Honeydukes. -dijo Luna tranquilamente.

Regresaron a la tienda de golosinas y vieron como David estaba pagando algo en la caja. Era un paquete rectangular y de un tamaño considerable que guardó en una bolsa.

- ¿Me estabais esperando? -preguntó David. Los cuatro se miraron entre sí y llegaron a la silenciosa conclusión de no contarle al metamorfomago el detalle de que se les había olvidado que estaba ahí.

- ¡Oh sí! -respondió rápidamente para evitar sospechas.- ¿Nos vamos ya?

- Por mi, cuando queráis. -respondió David.

- Aquí tienes. -dijo Ron.- Hemos traído todos los que pudimos. Un chaparrón de caramelos de brillantes colores cayó sobre las piernas de Harry.

- Gracias -dijo Harry, cogiendo un paquete de pequeños y negros diablillos de pimienta.- ¿Cómo es Hogsmeade? ¿Dónde habéis ido?

- A ver aficionados, dejad paso al maestro. -dijo David haciéndose un hueco entre Hermione y Ron. Sacó el paquete rectangular de la bolsa y se lo dio a Harry, que estuvo apunto de tirarlo al suelo al notar que pesaba más de lo que esperaba.

- ¿Qué es esto? -preguntó el moreno tras colocar el paquete encima de la mesa del Gran Comedor.

- Una tableta de dos kilos de chocolate de Honeydukes. La hemos comprado entre todos. -respondió David. El moreno abrió el envoltorio, destrozándolo por completo.

- Eso si, ten cuidado a la hora de abrirlo, tiene un dibujo arriba junto a una pestaña que indica como abrirlo sin que pierda el encantamiento de conservación. -le explicó el metamorfomago.

- Pues el aviso llega tarde, David. -apuntó Ron mientras señalaba al envoltorio destrozado.

- Muy bien Harry, te acabas de lucir. -dijo sonriendo Hermione.- Habrá que pedirle a algún profesor que renueve el hechizo, porque si no se va a derretir. -Harry no respondió y David dudaba incluso, que hubiera escuchado algo de lo que le habían dicho. En estos momentos, estaba más preocupado por disfrutar el chocolate que por cualquier otra cosa.

- ¿Y tú que has hecho? - le preguntó Hermione.- ¿Has trabajado?

- No - respondió Harry.- Lupin me invitó a un té en su despacho. Y entró Snape... Les contó lo de la copa. Ron se quedó con la boca abierta.

- ¿Y Lupin se la bebió? - exclamó.- ¿Está loco?

- Pero si él..., ya sabéis... - Jess bajó la voz, mirando a su alrededor con cautela.- Si intentara envenenar a Lupin, no lo haría delante de Harry.

- Sí, quizá tengas razón - dijo Harry.

- Además, una muerte por envenenamiento es fácil de detectar y Snape sería el primer sospechoso ya que es el único profesor que tiene acceso a ellos. -dijo David. Hermione afirmó con la cabeza la suposición del metamorfomago.

El banquete terminó con una actuación de los fantasmas de Hogwarts. Saltaron de los muros y de las mesas para llevar a cabo un pequeño vuelo en formación. Nick Casi Decapitado, el fantasma de Gryffindor; cosechó un gran éxito con una representación de su propia desastrosa decapitación.

Harry, Ron, Hermione, Jess y David siguieron al resto de los de su casa por el camino de la torre de Gryffindor, pero cuando llegaron al corredor al final del cual estaba el retrato de la señora gorda, lo encontraron atestado de alumnos.

- ¿Por qué no entran? - preguntó Ron intrigado. Harry miró delante de él, pero no pudo ver nada más que cabezas inquietas.

- David, ¿podrías hacerte más alto y nos cuentas que pasa? -propusó Jess. David cerró los ojos y se transformó creciendo unos quince centímetros.

- El retrato está cerrado, pero no veo el motivo. -dijo David tras destransformarse.

- Dejadme pasar; por favor -dijo la voz de Percy. Se esforzaba por abrirse paso a través de la multitud, dándose importancia.- ¿Qué es lo que ocurre? No es posible que nadie se acuerde de la contraseña. Dejadme pasar, soy el Premio Anual.

La multitud guardó silencio entonces, empezando por los de delante. Fue como si un aire frío se extendiera por el corredor. Oyeron que Percy decía con una voz repentinamente aguda:

- Que alguien vaya a buscar al profesor Dumbledore, rápido. Las cabezas se volvieron. Los de atrás se ponían de puntillas.

- ¿Qué sucede? - preguntó Ginny, que acababa de llegar. Al cabo de un instante hizo su aparición el profesor Dumbledore, dirigiéndose velozmente hacia el retrato. Los alumnos de Gryffindor se apretujaban para dejarle paso; y los cinco chicos se acercaron un poco para ver qué sucedía.

- ¡Anda, mi madr...! - exclamó Hermione, cogiéndose al brazo de Harry.

- ¿Dónde esta la señora gorda? –preguntó Jess.

La señora gorda había desaparecido del retrato, que había sido rajado tan ferozmente que algunas tiras del lienzo habían caído al suelo. Faltaban varios trozos grandes.

Dumbledore dirigió una rápida mirada al retrato estropeado y se volvió. Con ojos entristecidos vio a los profesores McGonagall, Lupin y Snape, que se acercaban a toda prisa.

- Hay que encontrarla - dijo Dumbledore.- Por favor, profesora McGonagall, dígale enseguida al señor Filch que busque a la señora gorda por todos los cuadros del castillo.

- ¡Apañados vais! - dijo una voz socarrona.

Era Peeves, que revoloteaba por encima de la multitud y estaba encantado, como cada vez que veía a los demás preocupados por algún problema.

- ¿Qué quieres decir, Peeves? - le preguntó Dumbledore tranquilamente. La sonrisa de Peeves desapareció. No se atrevía a burlarse de Dumbledore. Adoptó una voz empalagosa que no era mejor que su risa.

- Le da vergüenza, señor director. No quiere que la vean. Es un desastre de mujer. La vi correr por el paisaje, hacia el cuarto piso, señor; esquivando los árboles y gritando algo terrible - dijo con alegría.- Pobrecita - añadió sin convicción.

- ¿Dijo quién lo ha hecho? —preguntó Dumbledore en voz baja.

- Sí, señor director - dijo Peeves, con pinta de estar meciendo una bomba en sus brazos.- Se enfadó con ella porque no le permitió entrar, ¿sabe? - Peeves dio una vuelta de campana y dirigió a Dumbledore una sonrisa por entre sus propias piernas.- Ese Sirius Black tiene un genio insoportable.

Comentarios.

Hola a todos. Este capitulo es un homenaje a Hogsmeade. Siendo el único pueblo totalmente mágico de Inglaterra, me parece una falta grave que JK no escribiera un capitulo solo dedicado al pueblo. Creo que es clara, la referencia a Los Simpsons con la conversación entre David y Dean en Honeydukes. La frase de David es archiconocida. Y ahora los agradecimientos:

- A Ale Franco por su review. Creia que la explicación era lo suficientemente clara, pero parece ser que no es así. Ahí va de nuevo. Los hechizos, para que hagan efecto sobre una persona u objeto, deben golpear a esa persona u objeto. Si no permites que te golpee ningún hechizo, da igual que sea un hechizo de cosquillas o el Avada, no te afectará.

- A Druida por su review de mi fic "Decision".

Un bratzo a todos, xotug.