¡Hola, mis queridos lectores! Antes de que lean el capítulo, quiero avisarles algo. He hecho unas playlists (listas de reproducción) para los personajes más importantes que llevamos hasta ahora en la historia (esto incluye a Ener, Anna, Elsa y Simon) en YouTube. Mi canal es Aggie Suzy, sólo le dan clic en las listas de reproducción y las que digan "Frozen Ever After" son las que pertenecen a esta historia. Lo digo por si les interesa, se pasen por ahí ya que las canciones las seleccioné y algunas de las letras traen pistas de lo que próximamente va a suceder en el fanfic. En fin, eso era todo.

Les agradezco por seguir con esta historia, y de antemano un saludo a Anhiela y xime040403 por sus reviews. ¡Les agradezco mucho, me inspiran a seguir escribiendo!

-Ame (GoldenRose2110)


"I raise my flag and dye my clothes

It's a revolution, I suppose

We're painted red to fit right in

Whoa

I'm breaking in, shaping up, then checking out on the prison bus

This is it, the apocalypse"

-Imagine Dragons, Radioactive

Capítulo X

El crujido del viento y las aguas

Día 1 después del secuestro

Anna despertó, dándose un golpe en la cabeza y sintiendo el frío suelo que yacía debajo de ella. Después de unos segundos esperando a que su vista volviera a la normalidad por el golpe que se había dado, observó el lugar alrededor de ella con el ceño fruncido.

Era un cuarto bastante pequeño: con razón al despertarse su cabeza había chocado contra el techo. Todo estaba hecho de madera, y no había nada. Estaba totalmente encerrada, en un cuarto que podría pasar fácilmente como una caja de cartón grande para los ojos de los trabajadores y pequeña para quien se pusiera dentro de ella.

Era como si fuera un animal.

No recordaba casi nada de lo que había sucedido. ¿Cuánto tiempo había estado dormida? ¿Por qué no estaba en Arendelle con su hermana Elsa? ¿Qué era lo que había pasado?

Sintió una punzada de dolor en la parte baja de su estómago. Cerró los ojos de la intensidad con la que llegó, y unas cuantas lágrimas recorrieron sus mejillas. Colocó su mano izquierda en dónde provenía el dolor, y cuando fue suficientemente fuerte para abrir los párpados, vio como una venda sucia y vieja cubría el área. Alejó su mano unos centímetros y la tela se desprendió un poco, dejando ver su piel enteramente cubierta con sangre seca proveniente de un corte relativamente largo. Soltó un pequeño gemido involuntario al ver la herida. Con cuidado, intentó colocar el pedazo de tela que se había desprendido. Pero era imposible, no era una médica y al parecer la tela no tenía clip alguno. Quién sabe cómo la habían unido.

Entonces, después de unos segundos de meditar, se acercó a la diminuta puerta de madera (la cual fácilmente podría pasar como una ventana) que había en la estancia. Había un pequeño hoyo por el cual ella podía ver todo lo que sucedía afuera. Sin embargo, poco veía. No había más que madera del otro lado de la puerta. Justo cuando iba a intentar abrirla, escuchó unos pasos cada vez más cerca. Se alejó rápidamente de la puerta al momento que un chirrido inundaba el aire y la puerta se abría.

La cara de un hombre con barba negra y cabello del mismo color, con algo que parecía ser vino entre su pelo enmarañado y piel sucia, se asomó por la ventanilla. Anna obviamente lo veía al revés, él tendría que haberse agachado o bajado su cabeza para tener acceso a ese cuarto.

—Vaya, por fin despertaste— su voz era ronca. —El Capitán va a estar feliz. —una sonrisa traviesa se asomó en sus labios a medida que le hacía una seña para que saliera de su escondite.

Anna lentamente se aproximó, pero el hombre la tomó violentamente del antebrazo y con demasiada fuerza la sacó del cuarto. Sin quitar la violencia que usaba, la jaló y llevó por un pasillo oscuro.

Subieron unas escaleras, y Anna no podía hacer mucho para soltarse del hombre. No tenía tiempo para reaccionar, puesto que todavía estaba un poco confundida sobre lo que había pasado y la herida en su estómago la había espantado.

Era la primera vez que veía luz desde hace quién sabe cuánto tiempo, y su vista tardó un rato en acostumbrarse a la luz que la cegó cuando llegaron a la cubierta. No tuvo tiempo de observar todo lo que sucedía alrededor de ella, ya que pronto llegaron a un cuarto grande comparado con lo que ella había tenido los últimos días. Además, la puerta parecía más tallada y bien cuidada, más lujosa que todo lo que había visto hasta ahora. El hombre tocó la puerta, y fue ahí cuando Anna reaccionó. Ese era el camarote del capitán.

Un hombre de edad media, con la piel ligeramente bronceada y cabello negro, con un traje grueso color blanco fue el que apareció al abrir la puerta. Una sonrisa se asomó en sus labios, recorriendo con la mirada el cuerpo de la pelirroja.

Anna le lanzó una mirada llena de furia al notar ese gesto. Trató de abalanzarse sobre él, una acción que su hermana claramente hubiera llamado estúpida, pero que de todas formas ella hizo. Se esforzó por soltarse, o si era necesario, jalar al que la sostenía con ella para golpear a Ener, pero el hombre al lado de ella lo detuvo.

—¡Hey, tranquila! —dijo el guardia apretando su brazo con fuerza, más de la que Anna podía combatir.

—Si me haces algo…—comenzó Anna, pero Ener la interrumpió transformando su sonrisa traviesa a una sádica, maquiavélica con un diente de oro en la parte derecha. Entonces, lo recordó. Las memorias comenzaron a llegar a su mente como flashbacks. Esa sonrisa… Recordó el cuchillo atravesándole el estómago al intentar dar un puñetazo al capitán que estaba en frente de ella, un dolor inmenso llenando sus venas y lágrimas recorriendo sus mejillas, a medida que intentaba dar una patada pero el dolor la cegaba y caía inconsciente a la alfombra del Salón Real de Arendelle.

—Déjanos solos, Wern.

—Sí, mi Capitán. —dijo el que la sostenía, empujándola con precaución hacia Ener, quien se hizo a un lado para que ella entrara. Ya dentro, el hombre la soltó.

—Diviértase, Capitán. —dijo el guardia a medida que cerraba la puerta del camarote detrás de él.

Ya solos, Ener se dirigió a un escritorio tallado, hecho de madera como todo lo que había en el barco.

La estancia era como cualquier otro camarote. El escritorio estaba cubierto con una tela color vino que resplandecía con la luz de las antorchas. Encima de ella había mapas y pergaminos esparcidos por toda el área, platos con fruta para el capitán, estatuas y pequeñas figuras de adorno. Había, también, una botella de vino en una esquina de la mesa. Había dos sillas de madera en frente del escritorio. A los costados de la estancia, había cajas y cofres de oro. Anna pudo observar cómo había otra puerta justo atrás de la mesa de trabajo del capitán.

Ener, sentado atrás del escritorio, notó ese gesto de la pelirroja.

—¿Quieres saber que hay allá? —le preguntó en un tono entre amable y burlón, con una pequeña risa formada en sus labios. Parecía divertido con la situación y Anna lo volteó a ver. —Mi cama, donde duerme el capitán.

Anna se sonrojó intensamente, y enojada le lanzó unos ojos de fuego, levantando el brazo ligeramente en señal de defensa.

Ener soltó una risa.

—No te preocupes, no te voy a hacer nada.

—¿Cómo puedo estar segura? Me enterraste un cuchillo. —dijo Anna en un tono oscuro, lleno de violencia.

Ener soltó un suspiro a medida que dejaba unas cartas sobre la mesa.

—Eso fue porque ofendiste al rey. —contestó casualmente, como si tuviera la menor importancia. Entonces, después de unos segundos, sus ojos se dirigieron hacia ella, esta vez con un tinte oscuro en ellos. Formó una sonrisa casi imperceptible, y el tono carismático-sádico que siempre usaba volvió a él. —Procuremos que no vuelva a pasar, ¿vale?

Anna sintió cómo se le helaba la sangre al escuchar esa voz y un ligero miedo inundó sus ojos, causando que retrocediera medio paso, pero acto seguido dio un paso hacia delante con la mirada recuperada y sus pupilas llenas de determinación y valentía.

—¿Para qué me quiere? No necesita a una princesa en su camarote.

—"No necesita a una princesa en su camarote, Capitán" —dijo Ener citando la frase de la pelirroja, haciendo énfasis en la última palabra.

—No voy a llamar Capitán a alguien como tú. —contestó Anna, sin pensarlo dos veces.

Ener se levantó lentamente de su asiento en una manera amenazadora.

Esta vez, Anna no pudo evitar retroceder un paso.

Ener sonrió al ver los ojos de Anna inundados con miedo y sus brazos temblando. Aunque intentara hacerse la fuerte, no lo conseguiría. Ella lo sabía, él mandaba aquí. A no ser, claro, que ella quisiera terminar en el suelo con sangre. Él no tendría un problema con eso, no, al contrario, sería un espectáculo para sus ojos.

Le pasó el pulgar, acariciándole la mejilla con una delicadeza que estremecería a cualquiera.

Anna no alejó los ojos de Ener, aunque el estuviera muy cerca. No iba a demostrarle el miedo que sentía.

Cuando estuvo a dos centímetros de su rostro y pudo sentir la respiración de Ener contra sus labios, fue cuando decidió hablar.

—Aléjate.— demandó Anna. Su voz sonaba valiente, pero Ener sabía que le estaba costando trabajo hablar de esa manera y darse ese aire de valentía. No retrocedió ni un milímetro.

—Princesa Anna de Arendelle. —dijo en un susurro. —Tus padres… Eres igual que ellos. Tu madre, igual de valiente que tú…

Anna sintió una pizca de curiosidad y tristeza al oír mencionar sus padres. Sin embargo…

—Tú no tienes derecho a hablar de ellos.

—No, tienes razón. No lo tengo. —dijo, volviendo su voz a un tono normal. Después, volvió a bajar el volumen. —Me llamarás Capitán, y me dirás por "usted". Créeme, no quieres desobedecer mis órdenes

—¿Y qué si lo hago?

Una sonrisa iluminó el rostro de Ener mientras retrocedía, por fin, tres pasos atrás.

Anna soltó un suspiro inaudible de alivio.

—No querrás saber. —contestó. Anna no pudo evitar sentir repugnancia en la manera en la que Ener sonreía maquiavélicamente al decir algo como eso. —No querrás saber.

El capitán se dirigió otra vez a su escritorio y tomó lugar en su silla de madera. La sonrisa por fin se había borrado de su cara. Agarró otra vez las cartas que tenía antes de que fuera con Anna, y las comenzó a barajear.

—Sólo para que sepas, vas a dormir en el camarote. —dijo.

Anna frunció el ceño.

—Prefiero dormir en esa pocilga en la que me tenías antes que dormir contigo.

Ener no se vio alterado.

—Considérate afortunada, no muchos prisioneros tienen la misma suerte que tú. Eres la primera mujer a bordo del barco.—una vez más, una sonrisa que Anna esta vez no pudo percibir apareció en su rostro. —Hay que tener buenos modales, ¿no, princesa Anna?

La pelirroja sintió un escalofrío en cada parte de sus huesos al escuchar su nombre pronunciado de esa manera.

—En fin. —suspiró Ener dejando las cartas sobre la mesa. —La tripulación necesita a alguien que limpie el cuarto donde duermen todos, las telas y las camas. Ve a ver qué quieren que hagas.

Anna le lanzó una mirada de fuego.

—¿Qué? No te secuestramos para nada. Corre. Verificaré yo mismo que hayas hecho tu trabajo. No quiero ver polvo cuando llegué ahí mañana. Ya te dije qué pasa cuando desobedeces mis órdenes, ¿o es que acaso quieres probar el sabor de tu propia sangre mientras te abro la piel con un cuchillo?

Anna lo miró con verdadero odio.

—Corre, vete. No te quiero ver aquí en diez segundos. Cinco, cuatro, tres, dos… —dijo, contando con sus dedos.

Anna se mantuvo en su lugar.

—No. —respondió nerviosamente.

Ener cerró los ojos tratando de relajarse a medida que otra sonrisa aparecía en su rostro.

—Te gusta tentar a la gente, ¿no es así? —se volvió a levantar de su asiento. Esta vez, Anna vio como en su mano traía una daga plateada.

—A veces ser valiente te cuesta la vida. —comenzó a reírse, esta vez sin el menor intento de contenerse. Levantó la daga y pasó un dedo sobre ella de manera diabólica.

Anna se alejó a paso lento, chocando contra la puerta.

No traía arma para defenderse. Podría intentar arrancarle la daga de la mano o abrir la puerta y salir corriendo, pero eso solo empeoraría las cosas más de lo que ya estaban, más de lo que ella ya las había empeorado. Tonta Anna…

Ener, una vez más, estaba demasiado cerca de ella. Su respiración chocaba contra su piel, y podía sentir el metal de la daga en su mejilla.

Ener se mantuvo así durante unos segundos, que a Anna le parecieron eternos, respirando en el oído de la pelirroja con la daga en ella sin llegar a cortarla.

—Sal del camarote y haz lo que te digo. —susurró después de unos minutos.

Su mano que estaba libre bajó hasta su cintura, haciendo que Anna se espantara por un momento, pero Ener no la tocó y Anna cayó al suelo cuando la puerta detrás de ella se abrió.

Vio de reojo como Ener guardaba la daga en una bolsa de su traje y con la otra mano le hacía una seña a alguien que seguramente estaba atrás de ella.

—Llévala a los dormitorios de la tripulación y dale una escoba y un trapo. Es hora de que haga algo productivo.

—Sí, mi Capitán. —dijo el hombre que la levantó agarrándola de los brazos nuevamente y la guiaba hacia las mismas escaleras por las que ella había salido antes.

—Ah, y asegúrense de traerla a mi camarote antes de la media noche. —gritó Ener metros atrás.

—Entendido. —gritó el hombre que la sostenía sin voltearlo a ver, adentrándose nuevamente en la oscuridad de los pasillos debajo de la cubierta.

Ener cerró la puerta detrás de sí, y se recargó en la puerta de madera a medida que soltaba una risa.

—Así que esa es la Princesa Anna… —dijo. —Qué bueno que no la maté. Va a ser una buena diversión por un rato…

Sacó la daga que había guardado en su bolsillo, y después de admirar una vez más ese material brillante, hecho de plata con una incrustación de símbolos raros, levantó la palma de su mano libre y deslizó rápidamente el metal sobre su propia piel. Un brote de sangre salió de su herida en diagonal y dirigió su vista al techo mientras no paraba de reír, esta vez nerviosamente y en voz baja.

La imagen de unas trenzas rojas, ojos azules y mejillas llenas de pecas no dejaba de invadir su mente.

La sangre seguía emanando de su mano y él no podía dejar de reír.

Actualidad (tres días después del secuestro)

Medianoche.

Kristoff dio un segundo golpe en la puerta de Elsa.

No hubo respuesta.

—Elsa, sé cómo te sientes, pero…—se detuvo unos segundos, pensando una vez más lo que iba a decir. —Yo no me puedo permitir seguir así. Hoy pediré prestado un barco e iré en busca de Anna.

Silencio.

Kristoff, derrotado, dio media vuelta con la cabeza en bajo y se encaminó por el pasillo. Bajó las escaleras y por fin llegó a la gran puerta. Pidió permiso a los guardias para que la abrieran, y así lo hicieron.

Salió al gran puente de piedra que separaba al castillo de la ciudadela. Justo cuando el salía vio a lo lejos, gracias a la luz de la luna, a un hombre aproximándose hacia donde él estaba.

A medida que la sombra se fue acercando, pudo distinguir su silueta. Tenía cabello negro y ojos azules, con su piel pálida y, aun así, con un ligero toque de bronceado.

Kristoff frunció el ceño y alentaba el paso. Cuando por fin llegó al lado de él, sus miradas se cruzaron por unos segundos, y el rubio pudo ver de reojo que traía algo en las manos que parecía ser papel y traía el uniforme del ejército.

El pelinegro no pareció darle mucha importancia a Kristoff y llegó a la puerta, dando golpes en ella.

Kristoff dudó por unos segundos, pero después retrocedió unos cuantos pasos.

—Vengo a hablar con la reina Elsa. —escuchó decirlo. Su voz era rara, algo que nunca había oído en su vida. Era como si una calma lo llenara de pies a cabeza, lo que hizo a Kristoff fruncir más el ceño y desconfiar del muchacho, fuera quien fuera.

Las puertas se abrieron ligeramente.

—La reina Elsa no está en posición de ver a nadie.

Antes de que pudieran cerrar las puertas, Kristoff vio como el soldado ponía un brazo para impedirlo.

—Acaba de llegar una carta. Por favor, sólo déjenme…

Un guardia suspiró. Parecía que estaba a punto de dejarlo pasar, pero el otro con un semblante más duro, habló.

—Dennos la carta, y enviaremos a alguien, incluso uno de nosotros, a que se la entregue. La reina Elsa no va a salir de su escondite.

El muchacho entreabrió los labios para hablar, pero nada salió de su boca.

—¿Y bien? ¿Nos va a entregar la carta o no?

—Por favor, sólo…—repitió el soldado.

—Bjork— dijo el guardia que hace ratos dudaba— Es mejor dejarlo pasar. Cualquiera que pueda sacar a la reina de su depresión es bienvenido.

—¿Una carta? —intervino Kristoff de repente. No iba a dejar que el muchacho se saliera con la suya. —Creí que sólo el mensajero real se encargaba de entregar los pergaminos.

El soldado lo volteó a ver. Por fin, sus miradas se cruzaron y no se despegaron ni un segundo. La cara del desconocido lo miró con preocupación, y después de unos minutos, volvió a dirigirse a los guardias.

—Por favor.

Los guardias se miraron entre sí, y uno negó con la cabeza.

—Lo siento. —dijo Bjork, a medida que cerraban las puertas en la cara del soldado.

El muchacho golpeó las puertas con furia y luego se dejó caer al suelo de piedra, con el pergamino en mano.

Kristoff lo miró.

—¿Quién eres? —le preguntó.

El hombre lo volteó a ver, sus ojos azules penetrándolo por completo.

—Simon. Simon Strand, soldado de primer nivel.

Kristoff casi dejó salir una risotada, pero se contuvo. Primer nivel.

—Y tú eres el prometido de la princesa Anna. —continuó Simon. Hubo un resplandor en sus ojos a la mención de la pelirroja, y por alguna extraña razón el rubio sintió una punzada en la garganta que hizo sus venas hervir. Apretó ligeramente los puños, pero logró relajarse.

—Algo así. —comentó el rubio. —¿Vas a esperar que salga?

Simon soltó un suspiro y recargó su cabeza en la pared del castillo, viendo al cielo. Ese movimiento hizo entender a Kristoff que la respuesta era afirmativa. Sin embargo, contestó:

—Sí.

—Pues vas a esperar en vano. —le dijo Kristoff —Acabo de volver de su cuarto. No abre la puerta, digas lo que le digas.

Simon bajó su cabeza y se mordió el labio. Después de unos minutos de silencio, habló.

—La reina no se merece pasar por todo esto.

Había cierto tono de tristeza en su voz. Kristoff lo miró, desconcertado, pero, aun así, con cautela.

—¿Qué dice esa carta que traes?

—Es confidencial.

El rubio resopló.

—Así no te puedo ayudar.

Simon guardó silencio. Abrió los labios unos segundos, pero luego los volvió a cerrar.

—Esperaré aquí. Tiene que salir en algún momento, no necesito de tu ayuda.

—Haz lo que quieras. —dijo Kristoff finalmente, y se alejó de Simon, directo hacia las casas del pueblo,

El muchacho volvió a suspirar, y recargó su cabeza nuevamente en la madera de la puerta.

Esta iba a ser una larga noche.


Aclaración: para que no haya confusión, en el capítulo anterior nos quedamos donde Elsa está deprimida y Simon conoce a Allene. Esto sucedió dos días después del secuestro de Anna, lo que significa que aquí cuando Anna despierta, retrocedimos el tiempo al primer día para ver que sucedía en los ojos de nuestra pelirroja. Espero eso haya tenido sentido, ya que este tiempo lo vamos a seguir ocupando en los próximos capítulos. Espero sus reviews, y gracias de nuevo por leer este fic!