CAPITULO 10: DESTINO
En un instante todo cambió de ser perfecto a un caos total. No era como si ver aquello me causara espanto, no lo hacía en realidad, pero el hecho de que fuera alguien conocido lo cambiaba todo. Era como antes, como los años que pasé en el ejército, negando lo que era, un soldado, creyendo que era un médico. Yo ayudaba, sanaba, salvaba, no destruía.
Y sin embargo había disparado mi arma en incontables ocasiones, para abrirme paso, para defenderme, para cortar la vida de otra persona para salvar la que para mí era más importante; la del compañero, la del amigo con el que había estado jugando a la cartas la noche anterior y de quién sabía sólo su nombre y casi ninguna cosa más.
Había días que la vida se extinguía frente a mí, nuestra incapacidad para detener una hemorragia, para mantener los órganos abdominales dentro del cuerpo y no esparcidos en el piso; la imposibilidad de salvar a alguien que tiene una bala dentro del cerebro, la incongruente necesidad de un milagro cuando no éramos capaces de nada similar.
Entonces recordaba lo mucho que agradecía cuando a quién hirieron fue a mí. No era fácil expresarlo, confesar que cuando mi vida estuvo fuera de peligro me alegré que pudiera regresar a casa, alejarme de aquel infierno que ninguno comprendía. El porqué de la guerra, el porqué de enfrentarse con otro ser humano y tener la intención de asesinarlo sin saber nada sobre sus motivaciones, sus creencias, su vida y sólo poder asegurar que su muerte sería terrible y desgraciada.
Las cosas que podía extrañar del ejército, esa sensación de pertenecer, del bien común, de estar haciendo algo por los demás aunque en el exterior pareciera todo lo contrario; todo eso me las daba el hospital, trabajar en urgencias, el no saber con qué me iba a enfrentar cuando alguien entrara por la puerta, la inminencia de mis decisiones sobre la vida de los demás y el tener que trabajar pensando en lo peor y esperando lo mejor.
Ya no era un soldado y eso algo claro para mí y no buscaba volverlo a ser porque era algo que no había disfrutado si lo valoraba en su totalidad. La muerte que había causado a duras penas se compensaba con la vida que había salvado y eso no me dejaba dormir ciertas noches, cuando los rostros de aquellos que murieron por mi causa me atormentaban. No era pesadillas, porque ni siquiera llegaba a soñar, era que al cerrar los ojos estaban ahí, esperándome para recriminarme.
Por lo tanto, cuando Sherlock y yo entramos al cuarto de Irene, cuando su cuerpo sin vida seguía en la cama con la mirada fija en el techo, sus manos enredadas en las sábanas como si hubiera tratado de aferrarse a algo; sentí que todo regresaba a mí, los horrores que había encerrado en algún oscuro lugar de mi mente, la inseguridad de lo que iba a pasar mañana, de si volvería a ver los que me rodeaban o si yo iba a regresar en una pieza.
No quería ser parte de aquello pero me atragante con mis miedos y los empujé lo más abajo que puede, evitando que salieran en forma de un grito que habría sido de lo más inapropiado. Se suponía que yo estaba acostumbrado a esto, a la muerte violenta, era un médico formado en la guerra, era un médico de urgencias, era un cirujano y no podía gritar cuando veía a una mujer muerta en una cama.
Pero era la Dra. Adler, la mujer más perfecta que había tocado la faz de la tierra, excesivamente inteligente, una fuerza de la naturaleza ante la cual no podías permanecer pasivo; provocaba una respuesta, fuera positiva o negativa pero siempre causaba una reacción ante su persona. Esa mujer lo había exasperado, había logrado que él la amenazara ante la insinuación de que quería posar sus manos sobre su Sherlock. Ahora parecía todo tan lejano cuando en realidad no tenía mucho que había sucedido aquello, ahora no tenía importancia porque él estaba vivo y ella había sido asesinada.
Y fue por ese pensamiento que me fijé en el café.
La jarra tirada junto a la cama, prácticamente vacía pero sin que la alfombra estuviera mojada si es que la razón fuera que se derramó. No, el café había sido consumido, una taza blanca estaba rota en múltiples pedacitos junto a la mesa de centro.
Irene había tomado el café. Irene había tomado todo el café de la jarra. Irene se había levantado del sofá y había tratado de poner la taza en la mesa pero esta había caído de su mano y se había roto. Irene se había acercado a la cama y había colapsado sobre ella, probablemente presa de un dolor intenso, por la manera en que sus manos estaban cerradas en puños y la expresión de su cara completamente deformada.
Irene había sido envenenada y el veneno había estado en el café.
Mi mente regresó al momento exacto cuando entré a urgencias la mañana en la que casi muero, me vi abrir las puertas que daban a la entrada de ambulancias y de inmediato el ruido del servicio me envolvió. Ahí estaba Mary a punto de darle un sorbo a su café pero la llamaron para preguntarle algo sobre un paciente. Entonces yo me acerqué y tomé el vaso de café, porque sabía que era casi sagrado para ella, que no funcionaba sin tomar grandes cantidades del mismo por la mañana y que si yo me lo tomaba entonces la haría enfadar. Pero se enfadaría con todos pero conmigo no y eso me provocaba un secreto placer que sabía que no debía sentir. Me fui caminando al almacén de medicamentos para ver lo que se había consumido durante la noche y evaluar las necesidades del turno. Sólo me faltaban dos tragos de café para terminarlo, habrían pasado tal vez unos 20 minutos o menos cuando sentí la explosión en la cabeza y perdí el control de mi cuerpo dejando caer el vaso junto a mí.
Y lo olvidé. Cuando preguntaron qué fue lo último que comí recordé que había pasado por una ensalada con hongos y que la había comido con rapidez antes de entrar al servicio. Dije que había bebido una botella de agua que también había tirado en el bote de basura fuera de la puerta de urgencias. Y en ese lugar encontraron el contenedor de plástico de la ensalada y la botella de agua vacía y al analizarlo el resultado arrojó que el tipo de hongo que había comido era amanita muscaria y eso desató un operativo gigantesco para asegurarse que ningún otro alimento estuviera contaminado con el mismo. Pero no había sido eso, había sido el café, ahora lo sabía. El café que era de Mary y que yo le había quitado.
Y ahora Irene estaba muerta en la habitación que compartía con Mary y la jarra de café que Mary hubiera bebido por completo estaba vacía y Irene la había bebido.
Quise decirlo, quise expresar todas esas conclusiones a las que mi cerebro llegó en un segundo pero no fue necesario. Sherlock me miraba y miraba la jarra de café, Sherlock se acercaba a mí y me estaba abrazando, clavando sus dedos en mi espalda como si quisiera asegurarse de que yo estaba ahí y no fuera un sueño.
Él lo sabía también, que así como Irene había muerto en lugar de Mary, yo puede haber muerto ese día.
No había sido un error, no había sido un intento de asesinato. No había sido dirigido hacía mí pero la intención era clara.
-John –dijo él en un susurro, sus labios tocando mi oreja y quise olvidarme de todo y escapar. Al carajo con todo, tan sólo escapar.
MARY
-Si necesitas hablar, estaré en la habitación de al lado –dijo la mujer rubia que tenía su mano en el brazo de Mary, la sensación cálida de su mano era algo que no quería dejar de sentir; cuando la retiro, sintió de nuevo el dolor intenso en su pecho que no la dejaba respirar.
-No me dejes sola –dijo la enfermera rompiendo por fin el silencio. La mujer rubia suspiró aliviada, pensaba que estaba en un profundo shock y estaba a punto de sugerir que fuera trasladada al hospital.
La mujer rubia se sentó de nuevo al lado de Mary y colocó su mano en su brazo en el mismo lugar dónde había estado previamente.
Los recuerdos de las horas previas iban y venían. La conferencia de John que se alargó, los aplausos, el haber tratado de acercarse a él para felicitarlo pero John había salido corriendo como si hubiera olvidado algo importante. Ella pensó entonces en regresar al lado de Irene pero la distrajo la máquina de café del lobby y un periódico que alguien había dejado olvidado y sentó a tomar la bebida con calma mientras pasaba las páginas con pereza.
Al terminar el vaso de café se levantó y se dirigió al elevador, camino sin prisa hasta la puerta de su habitación y la abrió con la tarjeta.
La muerte es algo que no es ajeno a una enfermera de urgencias, la muerte es algo tan normal que de verdad tenemos que cerrar los ojos para no darnos cuenta de su presencia constante. La muerte es algo que no la asustaba pero jamás esperó encontrarla en lugar de la mujer vibrante que la había hecho replantearse su vida tras unos días de convivencia.
-Tengo miedo –dijo Mary y la mujer rubia a la que jamás había visto en su vida la abrazó con mucho cuidado.
-Tranquila –le respondió ella. La sostuvo en brazos hasta que Mary se quedó dormida. Le costó demasiado mantener los ojos cerrados, cada vez que lo hacía podía verla de nuevo, a Irene, inmóvil. La había tocado, su piel aún cálida, su muerte parecía tan reciente que podría haberla encontrado viva, podría haber hecho algo por ella, si tan solo no hubiera tardado tanto, si no hubiera bajado a la conferencia de John.
Y todos esos pensamientos eran inútiles porque Irene estaba muerta y ella sentía muchas ganas de dejarse llevar por el suave arrullo que la mujer rubia le estaba proporcionando. Nunca supo en qué momento la mujer la dejó acostada sobre la cama y la cubrió con las cobijas pero por fortuna no soñó nada y pudo descansar.
La mujer se levantó cuando la respiración de Mary se volvió regular. En su camino hacia la puerta se detuvo un segundo frente al mini bar, se agachó lo suficiente para abrirlo y ver su interior, su mano hizo el amago de tomar una de las botellas pero se arrepintió y lo cerró.
Salió al pasillo y vio que el detective Lestrade estaba esperando para poder acercarse, ella asintió con la cabeza para indicarle que todo estaba bien. Lo había conocido por la mañana cuando la llamaron al hotel, la persona que había encontrado el cuerpo de la mujer en la habitación estaba en shock y gritaba sin poderse controlar.
-No está en su jurisdicción –le dijo la mujer rubia y el Jefe de Inspectores sonrió casi imperceptiblemente.
-La jurisdicción del Yard es muy amplia –le respondió. La mujer rubia sonrió ampliamente.
-Podrá tomar su declaración cuando despierte, le avisaré en el momento que suceda –dijo ella.
-Perfecto –dijo él y casi dio la media vuelta pero se detuvo y volvió a mirarla- ¿Cuál es su nombre doctora?
-Soy psicóloga –le corrigió ella- y mi nombre es Harriet Watson.
-Mucho gusto –le dijo Lestrade y se alejó por el pasillo dejando que la mujer rubia regresara a la habitación con Mary.
SHERLOCK
El café, todo el tiempo fue la respuesta que buscaba. En el café estaba aquello que se pudo haber llevado a John de su lado cuando tan sólo habían pasado días desde el inicio de lo que fuera que estaban compartiendo. Había sido una larga espera, siempre era tan lejano con él, siempre se apartaba cuando lo veía, cuando sus caminos se cruzaban en el hospital, siempre lo evitaba. Hasta ese maravilloso día cuando entró a Patología y no pudo resistirse más al impulso de estar junto a él.
Y ahora su mundo no podía existir sin John, lo era todo, la razón por la que se levantaba en la mañana y cumplía su horario sin quejarse de lo aburrido que podía ser la mayoría de las veces. La razón por la que volvía a su casa y comía a su lado lo que fuera que John preparara aunque no fuera de su agrado. La razón por la cual dormía junto a él aunque no tuviera sueño y algo dentro de sí gritara que se levantara y dejara aquella actividad irracional de abrazar a una persona para que pudiera conciliar el sueño. No, no tenía nada de irracional si la persona que podía abrazar y proteger y adorar era John.
Victor Trevor lo había invitado a trabajar en su hospital, como lo llamaba, como si le perteneciera por el simple hecho de ser su director. Y Sherlock había sentido curiosidad, esa era la verdad. Había concertado una cita para que Victor le mostrara el hospital y el equipado laboratorio que le daría pero no aceptaría trabajar a su lado, eso era algo que había decidido al recibir su llamada. Pero no espero que sucediera algo tan improbable que de verdad lo tomó por sorpresa.
Había puesto un pie en vestíbulo del hospital y la gente a su alrededor comenzaba a molestarlo, era un lugar bastante concurrido, desagradable según su punto de vista. Pero era un centro quirúrgico y un lugar de referencia para los todos los eventos traumáticos de la ciudad por lo que en teoría tendría bastante material para trabajar en Patología.
Pero eso no le interesaba en lo más mínimo, el lugar era un hervidero de viejos médicos del ejército y servía como hospital escuela para técnicas quirúrgicas por lo cual siempre había soldados. Y los soldados eran aburridos, predecibles, tontos. Eso de seguir órdenes sin chistar era en lo peor que podía pensar y tan sólo de imaginarse rodeado por ellos le daban ganas de largarse del lugar al instante. Y sin embargo tenía una cita con Victor y la iba a cumplir.
Había llegado temprano, por lo que se sentó a ver pasar a la gente normal, iban y venían como si de verdad supieran lo que estaban haciendo. Todos ellos eran tan poco interesantes que Sherlock se vio tentado a irse y olvidar a Victor. Lo cual era algo difícil de hacer, lo venía intentando por años. No debía haber sido tan difícil puesto que Victor lo había rechazado en innumerables ocasiones. Pero ahí estaba de nuevo, sin entender qué poder supremo lo había hecho aceptar venir a este hospital.
Sherlock Holmes no creía en las coincidencias, por lo tanto, la respuesta al porqué estaba ese día, en ese momento en un hospital de ex militares debía estar entrando por la puerta principal. Un hombre, varios centímetros más bajo que él, unos cuántos años más grande, cabello rubio y corto, piel blanca pero bronceada por el sol. Ese hombre había visto años de servicio y no podía dejar ir la costumbre de caminar erguido, pararse con los pies perfectamente juntos y la mirada al frente, aunque fuera para sostener la puerta y dejar salir a un par de enfermeras.
Pasó a su lado y algo lo hizo voltear para mirarlo, fueron unos segundos, pero detuvo su marcha y lo miró como nadie más lo había hecho. Eran desconocidos pero fue como compartir un momento muy íntimo. Entonces lo supo, fue como tener una revelación, fuera dónde fuera, el lugar no importaba, necesitaba estar dónde él estuviera.
Su corazón latía más rápido de lo normal y tuvo que luchar con la necesidad de lanzarse sobre de él para probarlo, aunque era lo que quería hacer. Inventariar el sabor de su boca, de su piel, sí, de cada centímetro de piel que pudiera liberar de la jaula de su ropa.
Aquello no habría estado bien.
A pesar de que él, ese perfecto hombre que había visto cosas horribles y que sentía una terrible ansiedad con tan sólo escuchar alguna referencia sobre el desierto; sentía exactamente lo mismo que él. Sherlock no podía estar más seguro, la manera en que parecía estarlo examinando con minucia, cómo sus ojos no se podían despegar de sus labios más que por unos momentos y cómo parecía tener que controlar sus manos para evitar que se lanzaran a tocarlo, a explorarlo.
Ninguno de los dos hizo nada aquel día. Sherlock lo vio alejarse aunque era lo menos que deseaba, dejarlo irse, no estar con él. Así que en contra de todo lo que pudiera haber pensado previamente, ese breve encuentro decidió su futuro. Aceptó la oferta de Victor y se hizo del mejor laboratorio de Patología que pudiera pedir. Durante dos años convirtió al hospital en un lugar famoso por su mera presencia pero eso no era lo que quería, eso era solamente algo que pasaba sin que él siquiera se esforzara. Diagnósticos que sólo él podía pensar y que sólo él podía probar, artículos, revistas, conferencias, congresos, dinero. Todo carecía de sentido si no se podía acercar a él.
Por esa razón comenzó a hacer guardias. Él las hacía, trabajaba por horas para llegar exhausto a su casa y poder olvidar. Olvidar los fantasmas que lo perseguían día y noche y que solamente de esa manera lograba acallar. Pero había otra manera de hacerlo olvidar, de poblar su mente de otro tipo de recuerdos, de llenarlo de placer en vez de miedo y arrepentimiento.
A veces le daban ganas de arrinconarlo en el elevador y robarle todos los besos que fuera capaz de obtener de su boca. Pero John jamás entraba al elevador.
Cuando se encontraban en los pasillos oscuros tenía toda la intención de llevarlo a la parte más alejada del hospital y despojarlo de sus ropas y arrancarle los sonidos más deliciosos que pudiera provocar el placer. Pero John siempre se daba media vuelta.
Era frustrante la manera en que John Watson parecía huir de Sherlock Holmes.
Hasta ese día en Patología.
Ese maravilloso día cuando no pudo huir.
Y la respuesta era el café. El café había sido el vehículo para matar a Irene y había sido la manera en que el veneno había entrado al cuerpo de John, era muy claro, John lo sabía también por la manera en que miraba la jarra vacía sobre la alfombra. Tan sólo mirarlo Sherlock supo que estaba recordando, algo que no había tenido importancia hasta ese momento, pero sin necesitar preguntar, sabía que John había bebido café justo antes de comenzar a convulsionar junto al almacén de medicamentos.
-Era de Mary –dijo su precioso y frágil John después de unos minutos de sentir el abrazo de Sherlock.
Era de Mary repitió en su mente Sherlock. Y esta vez también era así. Irene lo bebió accidentalmente como John lo había hecho en urgencias.
Era de Mary pero eso no hacía sentir mejor a Sherlock en lo más mínimo.
Gracias por seguir leyendo y sobretodo, gracias por la espera.
simsfans: Es un honor leer lo que comentas, muchas gracias.
Runa: Perdón por el suspenso ... si, el bloqueo es terrible pero al parecer, inevitable.
torredemarfil: Amiga, sobre la escena perdida, siempre quedan los recuerdos jeje pobre Irene u.u
Merenwen: Si, es el hotel de la perdición jajajajaja Gracias amiga querida.
Yao-Yao: Muchas gracias! De verdad, esa review me ha hecho feliz. Nadie se fía de Sebastian, bua. Moriarty, nunca hay que olvidarlo y estoy debiendo más explicaciones sobre mi Mystrade, ya tendrán su momento. Pero de verdad, muchas muchas gracias por todo lo que escribiste.
Ahora, nuevo personaje! Servirá a mis propósitos para explicar, a mi manera, algo que no concibo que suceda en la serie de Sherlock como tal, tal vez alguno me entienda sin necesidad de decir otra cosa, si no es así, pues me tendrán que esperar jejeje.
Bueno, espero que les guste el capítulo y espero saber de ustedes, saben que cualquier comentario, bueno o malo, es bien recibido.
Los quiero mucho, a todos!
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