Bepo estaba de mal humor. Vagaba por el pasillo central del submarino, recorriéndolo de arriba a abajo una y otra vez enfurruñado. No lo podía evitar: odiaba sumergirse con el submarino. Se asfixiaba de calor y el mono naranja se le pegaba al pelaje. Y ninguno de sus compañeros parecía sufrir tanto como él. Además, para terminar de enfadar a Bepo, todo el mundo estaba ocupado trabajando y él no tenía ninguna tarea asignada.

El buque acababa de abandonar la última isla y se había sumergido de madrugada, hacía ya algunas horas. Estaban ya bastante lejos de la costa. El oso se aburría mortalmente. Lo único que podía hacer era dar grandes zancadas por todo el pasillo mascando su propia irritación. Bepo se dejó caer sentado ruidosamente y apoyó la espalda sobre la pared metálica del submarino. Estaba tratando de tranquilizarse y pensar en algún pasatiempo para aquella mañana cuando el ruido de una puerta abriéndose llamó su atención.

Bepo se quedó pasmado.

Del interior de los dormitorios salió uno de los piratas que se ocupaban del submarino durante el turno de noche y que, a esas horas, debería estar durmiendo. Sujetaba por el hombro a una joven que se cubría el cuerpo desnudo con una sábana. Ambos parecían asustados y confundidos y comenzaron a gritarle a Bepo en cuanto lo vieron. Algunos piratas más salieron del dormitorio frotándose los ojos de sueño.

—¿Qué demonios está pasando? —dijo alguien desde dentro—.

Bepo comenzó a tartamudear mirando a la chica y al joven que la acompañaba.

—¿Q-q-quién es esta mujer? —balbuceó el oso—.

El pirata comenzó a gritar.

—¡DICE QUE VINO AL SUBMARINO CON BAN! ¡LE VOY A PEGAR UNA PALIZA A ESE CRÍO! ¡BAN LA INVITÓ AL SUBMARINO! ¡ESTAMOS EN ALTA MAR! ¡HAZ EL FAVOR DE IR CORRIENDO A BUSCAR A BAN! ¡LO VOY A MATAR!

Desde el fondo de la habitación se oyó un débil quejido:

—¿Pero qué hace aquí?

La joven comenzó también a gritar, tratando de hacerse oír por encima de los alaridos del pirata.

—¡He venido con un chico moreno que no sé dónde está! ¡Llevaba una cinta de deporte en el pelo! ¡SUÉLTAME, MASTODONTE! ¡Y PARA DE GRITARME! ¡ME VAS A DEJAR SORDA!

Bepo se levantó de un salto y echó a correr por el pasillo. Con toda seguridad, de no ser un oso, igualmente se hubiera puesto tan pálido como su blanco pelaje.

—¡V-v-voy a buscar a Ban y al capitán! —exclamó antes de desaparecer—.

Ban estaba riéndose despreocupadamente con Penguin y Shachi en la tercera sala de máquinas. La expresión se le ensombreció de inmediato con terror cuando vio entrar a Bepo como una centella. Acababa de darse cuenta de que se le había pasado algo por alto.

—¡Ban! —exclamó el oso, angustiado— ¡te la vas a cargar cuando se entere el capitán de lo que has hecho!

Ban se tapó la boca con las manos, horrorizado.

—¡Se me olvidó por completo! —chilló—. ¡Mierda! ¡No me di cuenta de que seguía allí por la mañana cuando me levanté! ¡Mierda, soy idiota! ¡El capitán me va a matar!

Penguin y Shachi se miraron extrañados.

—¿Qué has hecho? —preguntaron—.

Ban no contestó. No tenía tiempo. Echó a correr detrás de Bepo, que abandonó la sala en dirección a la habitación del capitán.

Los dos piratas entraron como una tromba en el despacho de Law. No le dijeron lo que ocurría.

—¡Es urgente, capitán! —lloriqueó Bepo—. ¡Tienes que venir!

—¡Ha sido culpa mía! —confesó un tembloroso Ban—. ¡Lo siento! ¡Ha sido sin querer!

Los tres piratas se apresuraron por el pasillo en dirección a los dormitorios. Law aminoró la marcha a medida que se fueron acercando al estridente grupo formado por unos once piratas y una mujer joven. El capitán comprendió sin necesidad de hacer ninguna pregunta lo que había ocurrido.

La mujer alzó un dedo señalando a Ban.

—¡Él es el chico que os decía!

—¡Ya lo sabemos!

—¡Pues dejadme en paz de una maldita vez! ¡Me quiero ir a mi casa ya!

Law hizo un esfuerzo para contener un suspiro y habló relajadamente.

—Vístete —le dijo a la joven—. Vas a tardar un rato en llegar a tu casa.

La joven palideció al interpretar las palabras de Law de la peor forma posible. Probablemente había creído que aquellos piratas iban a aprovecharse de ella o a raptarla para pedir un rescate. La siguiente frase de Ban, sin embargo, la tranquilizó.

—¿Vamos a dar media vuelta, capitán? —preguntó el joven moreno, consternado—.

—Exactamente. Y rápido —respondió Law—. Bepo, avisa a la sala de navegación. No tenemos todo el día.

Ban suspiró con angustia. Era el responsable de aquel desaguisado, y el deber lo obligaba a compensar a su capitán por todos los contratiempos. Dando un paso adelante, habló levantando la cabeza, dispuesto a ser tratado con dureza.

—Me disculpo por mi negligencia, capitán —dijo—. ¿Cuál va a ser mi castigo?

—Vuelve al trabajo y no me molestes—respondió Law sin mirarlo—. Y procura no cometer ningún otro error. Bepo vigilará a esta señorita hasta que toquemos tierra de nuevo. Pensaré algo para ti más tarde.

Ban tragó saliva, rezando porque su castigo fuese individual. Si el capitán les prohibía subir a más civiles al submarino, los amigos de Ban se iban a enfadar bastante con él.