Capítulo 10

Caminaron por un campo en ligera cuesta hasta un bosque próximo, mientras el aire frío de la tarde convertía su aliento en vapor. Cuando salieron de la torre, Anna le dio el brazo a Elsa; ambas estaban tan cerca que el calor de sus cuerpos las reconfortaba.

—Ojalá hubiese sido tu amiga entonces —declaró Anna pensando en los crueles días de Elsa en la universidad—. No creo que te hubiera ayudado mucho, pero al menos habrías tenido una amiga en la que apoyarte. ¿Te ha aliviado contármelo?

—Sí. Ojalá te hubiese conocido antes. Creo que habrías sido un excelente antídoto contra el dolor que sufrí — repuso con tristeza, sujetando con fuerza el brazo de Anna como si quisiera subrayar aquella idea.

Las cosas sucedían de forma extraña, pensó Anna, que desde el principio había considerado a Elsa segura de sí y confiada, mientras que ella parecía la más torpe e insegura de las dos. Pero allí estaba Elsa, exhibiendo su aprensión como una tímida chica nueva el primer día de clases. De forma un poco extravagante, aquello dio ánimos a Anna, pues veía que podía aportar algo positivo a su amistad. La había preocupado no estar a la altura de Elsa, pero se daba cuenta de que su fuerza y su apoyo eran tan valiosos para Elsa como la torre, el Land Cruiser y los símbolos financieros en los que se envolvía.

Caminaron casi todo el tiempo en un cómodo silencio, disfrutando de la compañía mutua y de la absoluta maravilla de la ocasión. La primavera revoloteaba sobre el campo, arrojando mantos de colores por todas partes, dorados, rojizos, de tonos limón y una miríada de verdes que vestían la desnudez invernal de los púdicos árboles. Toques de amarillo y morado, de los narcisos tardíos, luchaban con los jacintos por la atención del caminante. «Si hubiera podido embotellar aquellas horas, las habría llamado "Felicidad Pura Sin Adulterar"», reflexionó Anna.

El frío aire campestre extendió su magia y, cuando regresaron a la torre, estaban sonrosadas y de buen humor.

—Quiero prepararte algo de comer. Debes de estar hambrienta —afirmó Elsa—. ¿Te apetece pasta con salsa de setas?

Anna dijo que sí, y Elsa la invitó a explorar la torre si quería. En el suntuoso cuarto de baño de azulejos rosa y grandes y esponjosas toallas examinó los accesorios que usaba Elsa: sus desodorantes, perfumes, las pinzas de depilar y el cepillo de dientes. Hundió la cara en las toallas, cerrando los ojos y absorbiendo los jabonosos olores mientras imaginaba cómo habían acariciado el cuerpo de Elsa. Lugares que deseaba conocer. Abrió botes y destapó frascos, olió todas las fragancias y dejó en sus brazos un rastro de esencias que se prendieron en la memoria. Besó suavemente las púas del cepillo de dientes mientras contemplaba con aire soñador la ducha y la bañera, alegrándose de que en ambas cupiesen dos personas cómodamente si la situación lo exigía.

El descaro de su contemplación la hizo enrojecer. A continuación se dirigió a las estanterías de libros; baños, dormitorios, libros, los fragmentos e indicios de nuestro carácter y nuestra forma de ser, los bytes de nuestro complejo software. Anna deslizó los dedos curiosos sobre los llamativos lomos de colores de los clásicos, los libros de misterio y aventuras, las novelas, los de arte y pintura y, naturalmente, los grandes volúmenes de arquitectura. Las yemas de sus dedos se hundieron en los títulos y observó que en muchos casos sus gustos coincidían: Thomas Hardy, las Brontë, Emily jjDickinson, Elizabeth Browning, Patricia Cornwell, le Carré, Vermeer, Van Eyck, Fragonard e Ingres, nombres que se repetían en su propia librería. La alegró saber que compartían gustos literarios.

No entró en el dormitorio, aunque le apetecía mucho. Era un lugar al que debía ser invitada, una habitación para compartir. Se dirigió en cambio a la cocina para hablar de su interés común por los libros y ver si podía echar una mano. Encontró a Elsa serena, una mujer que controlaba su cocina y los aromas que de ella salían y que a Anna le recordaron ruidosamente el apetito que tenía.

—¿Podrías coger unas copas? Acabo de leer un libro interesantísimo de Joanna Trollope, Dos mujeres. ¿Lo has leído? —Anna confesó que no, el único Trollope que conocía era Anthony Trollope.

—Entonces debes llevártelo. Si nuestros gustos son tan similares, te va a encantar. ¡Vamos a comer!

Subieron al salón y Elsa se ocupó de las luces para crear el ambiente de una cena a la luz de las velas. Consiguió el efecto deseado, aunque Anna estaba convencida de que se habría sentido romántica incluso bajo las luces de neón más refulgentes.

—¿Has encontrado algo interesante en mi casa? —Esbozó una sonrisa perceptiva, como si hubiera observado la veneración de Anna ante sus posesiones.

—¡Ah! Me he presentado a tu casa. Empecé en el cuarto de baño, y luego extendí la cortesía a los libros. —Se alegraba de que la tenue luz ocultase su sonrojo; la colegiala culpable se ruborizaba—. ¿La semana que viene estás muy ocupada? —se apresuró a preguntar, desviando la atención de su incursión en el cuarto de baño.

—¡Hum! Sí. Tengo que ir a Derby mañana y dedicar unos días a supervisar unas obras de reconversión. Seguramente no volveré hasta el jueves por la noche.

La noticia actuó como un trueno sobre el corazón de Anna, quien había supuesto que Elsa siempre estaría allí. Iba a estar a muchos kilómetros de distancia hasta el jueves. Intentó disimular la decepción de su voz.

—Lo siento, no lo sabía. Si tienes que hacer el equipaje, puedes dejarme en la estación después de cenar.

—No seas tonta, Anna. Ya he hecho el equipaje y no saldré hasta media mañana, así que no tengo nada que hacer más que disfrutar de la velada contigo. Me encantará llevarte hasta casa después. No te pongas nerviosa.

«Sí que me pongo nerviosa —clamó su mente—. ¡Durante casi una semana no sabré nada de ti!» Logró esbozar una débil sonrisa y susurrar unas palabras de agradecimiento.

—¿Por qué estás tan desconsolada? —preguntó Elsa—. ¿Te apetece otra copa de vino?

—Por nada... bueno, supongo que estoy triste porque acabamos de conocernos y ya te vas. Me habría gustado volver a verte esta semana. — Hizo un gesto afirmativo ante la botella de vino que le ofrecía Elsa.

—¡Qué encanto! —exclamó Elsa—. Pero, si te sirve de consuelo, a mí también me fastidia desaparecer tan pronto. Esperaba que me dieras tu número de teléfono para mantenernos en contacto mientras estoy fuera.

El corazón de Anna brincó y retozó una vez más. Sin duda echaría de menos a Elsa, pero al menos había pensado en su marcha y expresado su deseo de mantenerse en contacto. Elsa, como si quisiera subrayar su intención, le dio un bolígrafo y un cuaderno.

—No creas que vas a marcharte sin dejar tus datos —bromeó mientras su mano apretaba afectuosamente el hombro de Anna.

Llevándose los platos vacíos, Elsa dijo:

—Espero que te gusten las naranjas. —Y salió del salón. Mientras estaba fuera, Anna anotó su dirección completa y su número de teléfono, y dibujó debajo un florido beso. Desde la cocina llegaron hasta ella los ruidos que hacía Elsa al abrir el frigorífico y las alacenas y aprovechó para coger la copa de su amiga. Contempló la marca de color rojo frambuesa que habían dejado los labios de Elsa en el borde de la copa. «Donde sus labios descansaron, se posan los míos.» Anna, con los ojos cerrados y subyugada por el momento, puso los labios en el mismo lugar y bebió vino de la copa de Elsa. Estaba tan ensimismada que no reparó en que había silencio en la cocina y en que los pasos suaves de Elsa se encaminaban hacia ella.

Bendita Elsa, porque, si se dio cuenta, no dijo nada salvo un tierno:

—Naranjas caramelizadas. Las preparé anoche; espero que aún tengas apetito. —Dejó los dos cuencos de cristal sobre la mesa, y luego cogió su copa, que Anna había intentado poner en su lugar a toda prisa.

Con los ojos clavados en los de Anna, apoyó los labios en el mismo cálido punto en que había estado la boca de Anna, que apretó las piernas con firmeza en un vano intento de contener las punzadas de excitación que brotaban en cascada sobre sus partes íntimas.

Tomó la cuchara con una mano que no era suya... no era suya, pues no reflejaba los agitados y confusos mensajes que emitía su cerebro. Temblando sin remedio probó las naranjas caramelizadas.

—Espera —pidió la voz de Elsa—, deja que te ayude. —Tomó una naranja de su plato con la cuchara y se la ofreció lentamente, con gesto dubitativo, a Anna, que la comió y le devolvió el favor dándole una naranja a Elsa, mientras ambas se reían, tímidamente al principio, pero sin dejar de morder con aire sensual, paladeando los pedazos impregnados de dulzura y seducción.

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Cuídense mucho y nos veremos pronto.

Que La Fuerza Los Acompañe...