Disclaimer: No me pertenece ningún elemento de Hakuouki. Esta historia es escrita por placer y sin ánimo de lucro.

Nota de autor: En vista de que durante el día de hoy (5 de enero de 2018), el sitio estuvo experimentando algunos problemas técnicos con la subida de documentos al "Doc Manager", decidí escribir un nuevo episodio adicional y subirlos a los dos al mismo tiempo.

¡Espero que disfruten de esta doble dosis de "Un amigo como tú"!


Un amigo como tú

Capítulo 10

"Shinsengumi"

Por Lady Yomi


—Chie —le insistió Tani, sujetándola de la manga de forma urgente—. ¿Me ayudarás? Estás aquí por una razón... ¡y deseo creer que es por esto!

—Yo... —se giró hacia Ume, quien los observaba con curiosidad. Ella no terminaba de entender cuál era la relación que unía a Chie y a Tani (más allá de ser amigos de la infancia que se habían distanciado), pero aún así no conseguía evitar que toda la tensión que percibía entre ambos le pusiera la piel de gallina.

—Yo terminaré de hacer las peras por ti, Chie —declaró, tratando de mostrarse amistosa con Tani en un intento por que este no sospechara de sus intenciones de salir a buscar a Heisuke para comunicarle lo sucedido apenas se fueran—. Tú ve y ayuda a Tani-san con lo que sea que lo esté perturbando.

—Gracias, Ume-chan —soltó el susodicho en un tono afable que hizo que a la mujer le diera un escalofrío—. La traeré en un parpadear, perdona la molestia.

Chie se dejó arrastrar al exterior. Inquieta ante el rumbo que estaban tomando los acontecimientos, pero aún así incapaz de negarse al pedido de ayuda de Tani.

La tormenta que se había desatado afuera no era muy fuerte, pero el aguacero era más que imponente; haciendo que las formas de las estructuras se volvieran difusas ante el resplandor blanquecino de la lluvia que caía. La joven se dejó llevar por pasillos que desconocía, sintiendo que su ansiedad crecía más y más con cada paso que era obligada a dar:

—¡T, Tani-san! ¡¿A... a dónde vamos?!

—¡Necesito que le digas que voy en serio!

—¿Q, qué...? ¡¿A quién?! —se esforzó por gritar por encima de la lluvia. Estaba empapada y la garganta le escocía—. ¡T, Tani!

—Ya llegamos —el joven jadeó al detenerse frente a una casucha que estaba a un lado del cuartel. El lugar no tenía ventanas y sólo se veía el resplandor tenue de una vela a través de la puerta de papel.

—¿Por qué estamos aquí? —Chie frunció el ceño, tanto ante lo sospechoso de la actitud de su acompañante como para evitar que el agua que le escurría por la frente se le metiera en los ojos.

Tani la tomó por los hombros, clavando sus ojos en los suyos mientras articulaba las palabras con cuidado:

—Oume-san cree que no soy tan responsable como Serizawa, y por eso se rehúsa a aceptarme. Dijo que no le caigo bien a nadie... y que no está interesada en nada más que una relación casual conmigo —se mordió los labios y apretó el agarre sobre los brazos de Chie hasta que esta empezó a sentir que se le cortaba la circulación—. ¡Tú tienes que hablarle bien de mí! ¡Si le dices que soy una buena persona... lograré que deje a ese tipejo y se venga a vivir conmigo!

El corazón de Chie cayó hasta su estómago y la inundaron las náuseas. No sólo era verdad lo del amorío de Tani con Oume-san... ¿sino que también debería ayudarlos a concretar su relación? Negó con la cabeza, tratando de soltarse del poderoso agarre sin conseguirlo:

—¡T, Tani-san! ¡Yo... no puedo hacer algo como eso!

—¿Cómo que no? —la sacudió levemente, luchando por contener su frustración—. ¡Tú eres... como una hermana para mí! ¡¿Acaso... ni mi propia hermana tiene algo bueno para decir de mí?!

Una hermana.

Chie apretó los labios y agradeció que lloviera a cántaros, dado que de esa manera Tani no podría distinguir las lágrimas que le caían por el rostro.

—¡Chie! —volvió a gritar, empujándola con fuerza al romper el agarre—. ¡¿Es que no puedo contar contigo?!

—Claro... claro que puedes... Tani-san.

—Eso quería oír —sonrió con orgullo, moviéndose rápidamente hasta la puerta de la casucha para llamar a voces a su propietaria—. ¡Oume-san! ¡He traído a alguien con quien no contabas al injuriarme! ¡Sal afuera! ¡Ven a verla!

Pasaron unos minutos que a ambos se les hicieron eternos (a Tani por la ansiedad de ver sus ansias cumplidas, y a Chie por la miseria que la hacía hundirse tan profundo como las gotas de lluvia que salpicaban el fango a su alrededor) hasta que la mujer en cuestión hizo aparición bajo el humilde bajo techo que evitaba que la entrada de su casa se empapara.

Los miró con la sorpresa estampada en su rostro adorable y se apresuró a apartar uno de los mechones de su hermoso cabello dorado (que tenía la tendencia a caer sobre su rostro) antes de hablar:

—Tani-kun... ¿Crees que iba en serio cuándo dije que necesitabas un testigo de tu buena naturaleza? ¿Quién es esta mujer? ¡Están los dos empapados!

—Es mi hermana, Oume-san —le sonrió de forma triunfal—. ¡Y ha venido a dar cuentas de mi excelente personalidad! ¡Si la escuchas sabrás que soy una buena persona!

Oume le dirigió una mirada compasiva a la joven que Tani había traído hasta su puerta. La chica estaba andrajosa, mojada hasta los huesos... y la cubría un aura de angustia que no dejó de notar por los breves segundos donde la contempló en silencio, sin darle a Tani el gusto de pronunciar palabra.

—¡Chie! —siguió Tani de forma casi violenta, tomándola de un brazo y llevándola al frente con él—. ¡Dile a Oume-san todas las cosas que he hecho por ti! ¡Dile sobre los libros que te leía... sobre nuestras anécdotas infantiles! ¡Háblale sobre nuestra amistad!

—Y, yo... —la joven hizo acoplo de todas sus fuerzas para hablar, pero se sentía completamente sometida ante la tremenda fuerza de la depresión que la embargaba. Su incapacidad para expresarse era de una naturaleza muy semejante a aquella inmovilidad que la embargó durante el incendio de la posada Mao. Era como una fobia... pero a su propio pasado.

—¡Ha... habla, mujer! —chilló Tani de forma aguda, sacudiéndola por el brazo hasta que aquella que había sido su amante los separó, caminando a zancadas y cubriendo a la chica con sus brazos a modo de defenderla de la furia de su captor:

—¡¿Es que no ves lo que estás haciendo?! —lo increpó con valor, demostrando toda la fuerza que la vida le había enseñado a tener—. Me acosté una vez contigo porque estaba aburrida y quería divertirme un rato, Tani Sanjuro. No eres el amor de mi vida, ni lo serás jamás. Aunque traigas al mismísimo Emperador para alabarte... yo no cambiaré la opinión que tengo de ti.

Se hizo un silencio de tumba entre los tres. Chie la observaba maravillada, sorprendida en medio de un abrazo que nunca esperó recibir. Mientras que la mirada de Tani no pudo ser más distinta: sus ojos grises echaban chispas detrás de los jirones de su cabello empapado:

—¡¿Y qué?! ¡¿Acaso el maldito Serizawa es lo que quieres de la vida?! —le gritó, perdiendo la compostura por primera vez frente a las dos mujeres.

—Él me brinda la seguridad que necesito y nada más. Desde que mi marido murió no he encontrado un lugar mejor para vivir que este que él me dio. De vez en cuando tengo que acostarme con él... ¿y qué? Es un precio bajo para vivir cómodamente y estoy más que satisfecha con eso.

—Eres una zorra —le escupió con una mezcla de desprecio y angustia—. ¡Yo... creí que entendías todo lo que los demás no hacían!

—Prefiero ser una zorra que un huérfano abusivo y pretencioso que se cree noble sólo por que alguien tuvo la piedad de adoptarlo —entrecerró los ojos mientras se disponía a llevarse a Chie consigo al interior de la casa—. Maldigo el día en que elegí tirarme en el futón contigo, Tani Sanjuro.

—¡Y VAS A MALDECIRLO TODAVÍA MÁS EN EL INFIERNO! —el hombre llevó la mano a la funda de su lanza (que llevaba colgando en la espalda) y de no ser por una katana que se interpuso entre él y las mujeres, le habría dado muerte a su ex-amante en cuestión de un instante.

Ambas se dejaron caer de espaldas sobre la entrada al ver el duelo de voluntades que estaba tomando lugar frente a sus ojos: Toudou Heisuke estaba a tan sólo un momento de cortar la lanza de Tani en dos y era cuestión de un movimiento en falso para que eso pasara.

—¿Qué estás haciendo, Tani-san? —le soltó de forma autoritaria—. Este tipo de cosas no reflejan lo noble que te gusta presumir que eres...

—Apártate, enano —le gruñó, avergonzado al notar que su voz temblaba bajo la presión de enfrentarse a quien era considerado uno de los espadachines más rápidos del Roshigumi.

—Con gusto. Luego de que bajes tu arma.

—No tienes nada que ver en esto —recuperó algo de la confianza al recordar que su oponente se había desgarrado un hombro. No era una amenaza tan grande como había sabido serlo en el pasado—. Y me sentiría culpable asesinando a un inválido.

—Quizá yo no sea rival para ti... pero Hijikata-san sí, y si mal recuerdo no le gustan las riñas dentro del cuartel. No quiero imaginarme como se pondrá si se entera de que estás atacando a mujeres inocentes en su jurisdicción —le echó una mirada de soslayó a Oume y se apresuró a corregir lo último—. Bueno... quizá no-tan-inocentes. Pero mujeres indefensas al fin, y con las que le encantaría tener la chance de coquetear antes de que las rebanes.

—Esto no se va a terminar así... —Tani clavó su mirada furibunda en los ojos de Oume, apretando los dientes hasta casi hacerlos chirriar—. No vas a rechazarme, Oume-san. No tienes el derecho ni la habilidad para vivir sin mí, y ya lo verás. Muy pronto lo entenderás —giró sobre los talones de forma violenta, alejándose a grandes pasos y perdiéndose bajo la lluvia sin decir nada más.

Heisuke lo miró con desidia, fastidiado porque el sujeto acababa de echar por los suelos sus ganas de redimirlo. Había intentado por todos los medios soportar la presencia de Tani Sanjuro en el grupo, pero esto había llegado demasiado lejos. Su mera existencia empezaba a molestarle más de lo que era conveniente, teniendo en cuenta el mal genio que lo caracterizaba.

Había contado con mucha suerte en esa ocasión. La katana temblaba bajo su agarre (dado que sólo la sostenía con una mano y para colmo ni siquiera se trataba de la que acostumbraba a usar) y sabía que no hubiera sido capaz de enfrentar a Tani en semejante desventaja.

Necesitaba solucionar el tema de su brazo inútil si quería proteger a Chie-san, pero la única opción que tenía a mano se le hacía demasiado terrible como para siquiera ponerla en cuestión.

Él jamás se bebería el ochimizu, preferiría morir mil veces antes que darle la razón a su padre acerca de la naturaleza monstruosa que siempre le había acusado de tener.

—Toudou-san —murmuró Oume mientras ayudaba a Chie a ponerse de pie—. Gracias...

—No ha sido nada... —torció los labios, reconociendo que era la primera vez que hablaba con la amante de Serizawa. Definitivamente no era tan mala mujer como pensó en primer lugar. Sus ojos se movieron de forma inconsciente a la figura de Chie, quien tenía la mirada perdida en la lejanía. Sintió que se estaba viendo a sí mismo, años atrás... y eso le fastidió sobremanera.

Tomó aire y se apresuró a esbozar una sonrisa despreocupada, extendiendo la mano hacia la joven mesera.

—Estás temblando, Chie-chan. Ven conmigo... te llevaré de vuelta con Ume.

Chie elevó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Heisuke al oír el nombre de su mejor amiga. La charla que tuvo con ella minutos atrás parecía haber transcurrido hacía décadas.


—No puedo decir que no me esperaba que Tani actuara de esa manera —Sannan Keisuke estaba de pie frente a Heisuke, Ume y Chie (quien estaba cubierta de pies a cabeza con un bonito haori que la buena de Oume le había prestado para mantenerse caliente), después de enterarse de la situación—. Tienen suerte de que ni Hijikata ni Kondou-san estén con tiempo libre en esta semana, o serían interrogados con métodos bastante... inmorales, sobre todo este asuntito del amorío.

—Vamos Sannan-san —soltó Heisuke, ansioso por quitarle importancia al asunto y así evitar que la tarde que las muchachas habían planeado se arruinara. Odiaba la idea de que Tani se saliera con la suya—. Cualquiera pierde la cabeza ante el rechazo. El despecho es una cosa más bien seria y Tani no sería el primero que actuara con violencia al serle negado el favor de una mujer tan guapa como Oume-san...

—Aún así. No hay excusas para ese tipo de actitudes en el Roshigumi —los ojos de Sannan se empequeñecieron por detrás de sus anteojos—. Hasta ahora sólo la cobardía y las riñas entre compañeros son castigadas con seppuku. Pero dentro de poco ese tipo de actos violentos también lo serán... y todos los involucrados —su mirada se posó en Heisuke—, serán castigados de la misma forma. Sean héroes o villanos.

—Que divertido —soltó Heisuke al ver que las palabras de Sannan iban dirigidas a él—. Siempre quise saber de que color eran mis tripas...

—No hables así frente a la jovencita, Toudou-kun —lo remedó el consejero del Roshi—. Ya ha tenido suficientes atropellos por un día... —su mirada se suavizó al encontrarse con los ojos de la susodicha—. Dime, Chie-chan... ¿hay algo que podamos hacer por ti?

—Yo... —su voz se oía fina y rasposa, era seguro que pescaría un resfriado de un momento a otro. Aunque en ese momento poco le importaba su salud—. Yo quisiera volver... a mi casa ahora.

—Ya veo... —Sannan se acomodó los anteojos, mientras sus ojos se paseaban entre los allí presentes—. Yo no diré ni una palabra de lo que pasó y haré como que hoy fue un día apacible y corriente cuando Hijikata-san me pida la orden del día... pero eso es sólo porque lo último que necesitamos son más derramamientos de sangre en el grupo. Nuestra reputación ya está terriblemente mancillada como para añadir más cuencos al cántaro.

Se hizo un silencio en la salita y Heisuke (que era el único que conservaba el apetito suficiente como para seguir disfrutando el postre de peras nashi) lo rompió tras acabar de masticar el bocado que se había llevado a la boca:

—¿Terminamos?

—Quiero que las lleves a sus hogares. Y de ser posible... traten de no regresar —sus ojos entristecieron al captar la mirada suplicante que le dirigían los de Ume. Pero se mantuvo firme en su decisión—. Que tengan un viaje apacible...

—De acuerdo... —Ume se puso de pie, ayudando a que su amiga se pusiera de pie mientras hacía una rápida reverencia—. ¡Gracias por cuidar de nosotras, Sannan-san!.

El pobre hombre no encontró el coraje para responder al saludo.


—No tienes por qué llevarnos de vuelta, Heisuke-kun... —musitó Chie al abandonar la salita tras seguirlo al exterior de la vivienda—. Sabemos el camino de regreso.

—Tonterías, prefiero caminar que tener que escuchar los sermones de Sannan-san.

—No pretendía que nada de esto pasara...

Se volteó a verla sobre el hombro. —¿Quién te está culpando?

—No tienes que hacerlo siquiera. Es obvio que todo esto pasó por mi culpa... —fijó la mirada en el cielo y le sorprendió encontrar que ya no llovía. Las nubes empezaban a dispersarse y unas pocas estrellas eran ya visibles en lo alto del firmamento nocturno.

¿Cuándo había parado de llover?

—¿Te han dicho alguna vez que eres demasiado... melancólica?

La pregunta de su acompañante la tomó por sorpresa. —¿A qué te refieres?

—A que sientes demasiada pena por ti misma —se encogió de hombros, sin dejar de caminar al frente—. Nadie va a respetarte de esa manera, Chie-chan. La gente como Tani encuentra un placer macabro en aplastar a los más débiles.

—A veces... no te queda más que ser aplastado.

—No digas eso... —apretó los labios en una línea, inquieto ante el tono derrotista que escapaba de los labios de la muchacha.

—Quizá algunas amistades no están hechas para durar para siempre...

—Y quizá algunas personas no están hechas para tener amigos.

—Supongo que ese es mi destino.

—Me refiero a Tani, no a ti... —chasqueó la lengua, escondiendo sus manos en el interior de su propio haori—. No soy nadie para aconsejarte, pero... también quise ser su amigo. Me esforcé mucho durante el último mes para conseguir limar todas las asperezas entre él y yo. Y sin embargo... mira como terminó.

—Tani no siempre fue así —Chie frunció el ceño sin notarlo, mientras se esforzaba por caminar más rápido para darle alcance—. Sólo tenemos... que ayudarlo a redimirse. Él... está intentando hacer lo correcto. Quiere enmendar las cosas.

—No. Chie —negó fuertemente con la cabeza antes de continuar—. Ese tipo no tiene redención.

Se hizo un silencio largo entre los dos y la joven se esforzó por contener las lágrimas durante más de una cuadra. Pero de repente y sin previo aviso... enfureció:

—¿Por qué no la tendría, eh? ¡Las personas no son objetos que se descartan apenas empiezan a funcionar mal! ¡¿Acaso yo debería... dejar de hablar contigo porque-

—¿Por qué mi brazo ya no sirve?

—No quise decir eso... lo siento.

—No. Está bien... en mi caso no se aplica —se encogió de hombros—. Pero sí en el de Tani-san. Yo no traté de asesinar a dos mujeres inocentes sólo por un arranque de celos... esa clase de gente es la que no se puede redimir.

—Yo quiero creer que sí —Chie tomó aire, notando que Ume se había quedado unos metros más atrás. Caminaba despacio para permitirles seguir la charla en privado y eso le dio fuerzas para continuar expresando sus enredados sentimientos—. Quiero ayudarlo a ser una persona feliz otr-

—No haces eso, no seas hipócrita —se giró hacia ella, con el ceño fruncido sobre sus ojos verdes—. Estás obsesionada con que Tani Sanjuro recapacite y se enamore de ti. Quieres tener la razón, nada más...

Chie dejó caer la boca un palmo, incapaz por vez primera de entender cuál era su estado de ánimo verdadero. ¿Estaba... ofendida? ¿o quizá sorprendida? No podía precisarlo con exactitud y eso la volvía loca.

—Vi tu cara allá adentro cuando hablábamos de Kohana-chan... —Heisuke disminuyó la velocidad de su marcha, permitiéndole que lo alcanzara—. Te da fastidio no ser guapa y talentosa... pero no porque eso vaya a ayudarte a ser feliz, sino porque sería una manera sencilla para que Tani se fijara en ti.

—Tú no sabes nada de mí —trató por todos los medios de defenderse del poderoso escrutinio que el ronin hacía de su personalidad. Se sentía desnuda y vulnerable, frente a frente con todos los demonios de su vida cuya existencia se empecinaba en negar.

—Mañana pasará algo violento en el cuartel —arqueó las cejas al voltear hacia ella—. Así que no se te ocurra aparecerte por ahí.

—¿Vio... violento? —parpadeó con lentitud, tan sorprendida con la noticia como con el repentino cambio de tema.

—Sí. Es por eso que Sannan ha dejado pasar todo el alboroto que armó tu tonto novio allá atrás...

—No es mi novio —torció los labios en una mueca, incómoda ante el epíteto.

—Bien. Estás progresando... —enseñó los dientes, malicioso, al mismo tiempo que le daba un leve empujón que por poco y la hace caer al suelo—. Debes aprender a caminar por ti misma, Chie-chan. Que seas fea como un renacuajo seco al sol no significa que te resignes a depender de la lástima de los demás.

—¡O, oye! ¡N, no soy... ningún renacuajo!

—Fea como una rana vieja entonces, ¿qué tal esa mejora?

—¡Todavía es horrible! ¡No... no soy ninguna rana!

—Bien. Eso me gusta oír —cruzó ambos brazos sobre el pecho—. Si no piensas todo el tiempo en lo desgraciada que eres... a lo mejor empiezas a caerme mejor.

—Eres... ¡un fastidio! —hizo un mohín, adelantándose a grandes pasos—. ¡Quizá yo podría decirte las cosas que debes cambiar para no ser tan latoso... Toudou Heisuke!

—Adelante —soltó una carcajada—. ¡Soy todo oídos... Chie-chan!

La mujer se limitó a girarse sobre los talones para enseñarle la lengua al mismo tiempo que le hacía un gesto ofensivo con los dedos, retomando nuevamente su poco femenina caminata sin ningún cuidado de evitar meter los pies en el barro al caminar.

A Heisuke la escena se le hizo hilarante, y siguió riendo por un buen rato. Aún lo hacía cuando las perdió de vista a ella y a Ume en el interior de la posada.

Los gritos de Izanagi al verlas llegar (pasada la medianoche), se escucharon en varias cuadras a la redonda. Parecía que las excusas de Sannan-san no habían sido lo suficientemente fuertes como para aplacar los instintos paternos exacerbados del impulsivo cocinero.

El día de Furuwaka Chie terminó tan mal como empezó... pero esa jornada le dejó una lección escondida de la que no fue plenamente consciente sino hasta pasados varios años después.


Otoño, 15 de noviembre de 1864.

Habían transcurrido dieciséis días desde que la muerte de Serizawa Kamo se hizo pública. El shogunato la explicó como una pelea de bar que resultó en el asesinato del segundo Comandante del Roshigumi, a quien se acusó de tratar de seducir a la mujer de su atacante bajo la causa de estar terriblemente ebrio en aquella trágica noche.

Era un final vergonzoso para quien alguna vez fue un valiente integrante del clan Tengu. Serizawa Kamo, hijo de la ilustración y el patriotismo... murió peleando contra sus propios subordinados, pero pasó a la historia como un borracho bueno para nada que desperdició su vida de una forma que era contraria a todos los ideales de los que él había hecho gala antes de contraer su misteriosa enfermedad.

Si existía la vida después de la muerte; el espíritu de Serizawa jamás conocería la paz.

En el mundo de los vivos, Chie recibía una carta de parte de Saito Hajime (Capitán de la tercera división del grupo de ronin) quien se alejó con presteza a retomar sus tareas en las calles de Kyoto sin mediar más palabras de las necesarias con la destinataria del sobre que le habían encomendado entregar.

La joven abrió el pequeño paquete con cuidado, dedicándose a leer la carta con toda la lentitud que su enorme curiosidad le permitía:

«—Estimada señorita Furukawa:

Le saludo con todos mis respetos para anunciarle que nuestro grupo ahora depende directamente del shogunato. Hemos sido nombrados vasallos directos del Shogun y obedecemos a sus órdenes desde el corriente día. Ahora nos llamamos "Shinsengumi" en lugar de "Roshigumi", dado que somos el grupo elegido por su eminencia para hacer que se cumpla la ley en las calles de su jurisdicción. ¿No le parece genial? Yo no podría estar más orgulloso de nuestra suerte.

En unas no tan buenas nuevas, tengo que informarle que la señora Oume ha fallecido. Encontramos su cadáver tan sólo un día después de la muerte de Serizawa-san, su señor. En un principio pensamos que se había quitado la vida tras enterarse del asesinato del antiguo segundo jefe del Roshi, pero los signos de violencia en su cuerpo evidencian que se trató de un homicidio a saña.

Estamos investigando con todas nuestras fuerzas para dar con su asesino. Tengo entendido que ella fue extremadamente amable para con usted y por eso me pareció razonable extenderle mis condolencias junto con estas tristes noticias. A veces las personas a las que conocemos por los tiempos más breves son las que producen los mayores cambios en nuestras vidas.

Atentamente, su servidor; Sannan Keisuke.

Posdata: Heisuke-kun me ha pedido que le diga que preguntó por usted, y que le interesa saber si todo marcha bien con el restaurante. Le he dicho que vaya a cerciorarse por sí mismo... pero usted entenderá lo difícil que se le hace todo últimamente. Es mi pedido que sea paciente con él, ya verá como todo vuelve a su cauce con el paso del tiempo.»

Chie tomó aire despacio mientras trataba de asimilar lo leído. Oume-san había muerto de una forma terrible, y Heisuke continuaba luchando su solitaria batalla contra la depresión. Los asuntos políticos del Roshi... es decir, del Shinsengumi, la tenían sin cuidado y no podrían haberle importado menos. Pero Sannan-san era una persona ilustrada y era obvio que le parecía que todos compartían su afición por la política y los asuntos estatales.

Apretó los labios en una línea cuando se le pasó por la mente el hecho de que Tani debería estarse sintiendo muy mal por el destino que le había acaecido a su amante, y que debía tratar de contactarlo para asegurarse de que estuviera bien. Pero retuvo esos pensamientos mientras meneaba la cabeza con violencia.

No.

Heisuke había estado en lo cierto aquella noche.

Debía dejar de excusarlo y de intentar redimirlo a través de cada una de sus malas decisiones. Tani había sido terrible con Oume-san durante aquella ocasión... ¡es más! ¡había intentado asesinarla mucho antes de que el crimen real tomara lugar! Si no hubiera sido por Heisuke-kun, la pobre mujer hubiera vivido un par de días menos.

Era en Heisuke en quien debía pensar ahora.

Chie estrechó la carta con fuerza entre sus dedos, con la firme resolución de ayudar a su buen amigo a salir del pozo en el que había caído.

Después de todo... él estaba en esa situación (al menos en gran parte) por su causa, y se sentía responsable por lograr que el joven espadachín volviera a sonreír.

Si bien era cierto que la fascinación de Heisuke con Kohana le causó una buena cuota de celos quince días atrás, en ese momento sabía que la maiko era la llave para que él se distendiera y olvidara por un momento los acontecimientos que habían dañado los tendones de su brazo. Kohana era capaz de revivir a los muertos con sus danzas tradicionales y Chie no pretendía dejar pasar la oportunidad de hacer las cosas bien.

Las duras, pero honestas palabras que Toudou Heisuke le había dirigido aquella noche habían encendido la necesidad de demostrarle a él (y a sí misma) que podía pensar en algo más que en su propia miseria.

Furukawa Chie estaba a punto de iniciar un nuevo camino. Uno que la llevaría a un mundo que hasta ahora había pensado, sólo existía en las páginas de su libro favorito.


Nota de autor:

¡Fin del episodio! Y vaya que me ha encantado escribirlo. Tani es un personaje oscuro (y un desgraciado de los peores también XD) cuyas andanzas ni siquiera han empezado. Las cosas (como pueden ver) no hacen sino enmarañarse más y más, ¡y eso que todavía queda mucho por ver!

Respecto a Chie, ha comenzado el largo (y tortuoso) camino que la llevará a aprender a defenderse del abuso al que ha sido sometida durante tantos años. Espero que sigan allí para enterarse de como sigue la historia... ahora, ¡Shinsengumi!