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ஜ۩۞۩ஜ CAPITULO 8 ஜ۩۞۩ஜ
Le temblaban las manos. De milagro había conseguido vestirse y peinarse sin parecer una desquiciada, aunque sus ojos no podían ocultar la verdad. En el espejo, Anny podía observar su gesto desesperado y la intensa desilusión sufrida grabada en sus pupilas azules. Cualquiera que la conociera se daría cuenta del cambio. No era una recién casada feliz, eso era evidente. No... De feliz su nueva vida no tenía nada.
Tony había salido, por suerte. Ella estaba encargada de preparar la comida, pero las manos no dejaban de temblarle y no podía sujetar nada sin derramarlo. Ahogó un sollozo cuando el tarro de la harina cayó a sus pies empolvando todo el suelo de la cocina.
Se arrodilló, presa del llanto, con el cuerpo sacudiéndose por los espasmos de terror.
La pequeña cabaña de madera era un lugar pulcro y recogido. No había desorden ni caos, y por cada rincón la limpieza se manifestaba casi insultante. Al ver el suelo de madera teñido de blanco por su torpeza, Anny no quiso ni maginar lo que ocurriría si su marido regresara en ese momento.
Empezó a recoger sin dejar de llorar. Si la descubría... ¡Oh, cielos! Prefería una paliza a que volviese a tomarla de aquella manera salvaje y ponzoñosa. Se encogió de asco en el suelo de la cocina, haciéndose un ovillo. Se sentía tan sucia, tan miserable y tan pusilánime que no tenía fuerzas para levantarse. Cuando cerraba los ojos, veía el gesto obsceno de la boca de su marido mientras buscaba sus propios labios para morderlos con dolorosa crueldad. Su cuerpo se corrompía con cada una de las arremetidas de aquella bestia. Sentía que Tony tenía algo oscuro en su interior y lo derramaba dentro de ella cada vez que la tomaba. Su propia alma se estaba contagiando de esa oscuridad y sabía que no podría volver a ser la misma. Nunca.
Terminó de recoger la harina y se incorporó. Se asomó a la ventana y vio actividad en el pueblo; algunas de las mujeres que conocía paseaban charlando animosamente.
Las envidió. Envidió sus caras sonrientes y sus ojos chispeantes.
Uno de los hombres se acercó hasta ellas y cuando estuvo al lado de Rose, una jovencita rubia, bajita y alegre, la cogió por la cintura y le plantó un sonoro beso en la mejilla. Ella rió encantada y acarició la cara de su esposo, mirándolo con mucho cariño.
Las entrañas de Anny se retorcieron de dolor cuando reconoció al hombre. Era Samuel Grant, el individuo orondo y amable que había bailado con ella el día de su llegada y que le había parecido muy buena persona. Claro que, su aspecto físico no le gustó nada y por eso lo rechazó.
Una amarga sonrisa se dibujó en su cara y una lágrima solitaria cayó desde sus ojos por su tremenda estupidez. Su marido era guapísimo, el vaquero que siempre soñara. Pero era el diablo. Rose había sido mucho más inteligente, o al menos, mucho más intuitiva. Se alegró por ellos dos y se apartó de la ventana para que su imagen de pareja feliz no le hiciera más daño.
Volvió a la cocina. Tony regresaría en cualquier momento y debía tener su comida preparada. Más le valía, porque no quería defraudarlo y que volviera a utilizar contra ella la furia negra que lo invadía cada vez que lo decepcionaba.
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—¿Qué haces levantada? ¿Pretendes caerte de nuevo y torcerte el pie sano? —la amonestó Terry yendo hacia ella con decisión.
Cuando llegó a su altura la cogió en brazos y enseguida lamentó haberlo hecho. Si ya le resultó excitante sostenerla cuando estaba inconsciente, despierta era mucho peor. Porque ella no se quedó laxa como la vez anterior, sino que le pasó sus delicados brazos alrededor del cuello, consiguiendo que la proximidad fuera mayor. Y notar sus pequeñas manos rozando su nuca lo desconcertó de un modo inimaginable.
De dos zancadas llegó hasta la cama y la turbación que sentía hizo que la lanzara contra el colchón sin ningún cuidado.
—¡Ehhh! —protestó ella.
—Te lo mereces. Y da gracias que no te doy una tunda en el trasero por tu inconsciencia —no hablaba él. La sermoneaba su frustración, el desconcierto que sentía ante sus propias emociones.
—Solo quería averiguar dónde te encontrabas —se defendió, acomodándose en la cama.
—¿Vas a perseguirme cada vez que salga de casa?
Ella se indignó. ¿Así es como iba a ser su nueva vida en común? ¿Cada uno por su lado?
—Por supuesto que no. Pero pensaba que estarías cerca, por lo menos hasta que me recupere. En cuanto pueda valerme por mí misma de nuevo no tendrás que estar pendiente de mí, no te preocupes.
—¿Necesitas algo, mujer?
Candy estrujó las sábanas con las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. ¿Cuándo se aprendería su nombre?
—No... No quiero nada.
—¿Tienes hambre?
—No.
—¿Te duele la cabeza?
—No.
—¿Entonces, por qué te levantas?
Ella alzó la cabeza y le miró con sus ojos verdes esmeralda anegados de tristeza.
—No quería estar sola —susurró. Se quedó pensativa y por unos instantes pareció que su mente se perdía en algún momento del pasado—. Por eso vine aquí. Recorrí tantas millas, pasé por tantas penurias... Solo quería llegar. No me importaba encontrar el amor. Ya sé que eso es imposible, no pretendía tanto. Pero no quería estar sola nunca más.
Terry recordó los delirios de la noche anterior. Ella murmuraba que no la abandonase, que no la dejara sola... ¿quién? Por primera vez, se preguntó a quién le estaría suplicando con tan denodada pasión. Sintió un pinchazo en el pecho, casi imperceptible, pero tan real como la mujer que tenía delante, al imaginar un amante abandonándola a su suerte.
Y en seguida ese sentimiento se vio desplazado por el remordimiento prematuro. Porque él también iba a dejarla sola y tenía que decírselo.
—Bueno, no creo que tengas ningún problema con la soledad. Parece que sabes cuidar muy bien de ti misma.
Ella le fulminó con la mirada antes de sonreír con sarcasmo.
—¿Tú crees?
—Sí.
—No es cierto. Tú crees que soy una inútil que no te servirá para nada. Lo dejaste bien claro el día que Curtis me trajo aquí. Y piensas que debo ser muy tonta como para caerme por un terraplén y abrirme la cabeza justo antes de llegar a mi destino.
Terry tuvo que disimular una sonrisa. Ella era muy perspicaz.
—De acuerdo, pero en mi defensa diré que fue una auténtica sorpresa encontrarme con una esposa en semejante estado. Y, si quieres que cambie de opinión respecto a tu buen juicio, podrías contarme qué ocurrió para que te cayeras por ese terraplén sin que nadie se diera cuenta de ello.
Candy se mordió la lengua. No podía contarle que un hombre había intentado abusar de ella y que había tropezado huyendo de sus asquerosas garras. Aquel relato podía interpretarse de muchas maneras. Con el concepto que tenía de ella, seguramente lo primero que le llamaría sería mentirosa, pues había pasado mucho tiempo desde el ataque; lo más lógico hubiese sido delatar al abusador en cuanto se encontró cara a cara con Curtis Loan. No lo había hecho y ahora era tarde. Nadie la creería, y menos aún su marido, el hombre de hielo.
—¿Y bien? ¿Cómo te caíste? —insistió Terry, dándose cuenta por primera vez que estaba realmente interesado en saberlo.
La demora en la respuesta le intrigó y azuzó su curiosidad.
Pero Candy estaba decidida. Si el hombre horrible que la había atacado no había dicho nada, no sería ella quien confesara que le había clavado un cuchillo en el hombro para deshacerse de él. Conocía las consecuencias que acarreaba un acto así, aunque hubiese sido en defensa propia. Lo había presenciado en otras ocasiones y, por regla general, no solían creer la versión de la mujer, máxime cuando el mayor daño lo había causado ella con la navaja.
—Soy muy torpe. Mi caída no tiene más explicación que mi propia estupidez. Estaba buscando un arbusto de jojoba para... Bueno, sé que esa planta puede servirme para tener un aspecto más femenino y quería que mi futuro marido me encontrase... atractiva —su voz se quebró al llegar a ese punto, avergonzada.
—¿Jojoba? —se extrañó Terry.
—Sí. Mi abuela me enseñó a preparar un ungüento que suaviza la piel y devuelve el brillo al cabello castigado por el sol —sonrió con tristeza y levantó los ojos para buscar los de Terry—. Sé que lo necesito. Que mis labios están agrietados y el tacto de mi piel es rasposo. Sé que mi cabello no es el manto de suavidad que esperabas, ni soy la mujer que querías.
—De hecho, no quería ninguna —susurró él, intentando disimular una sonrisa por el exagerado abatimiento que veía en su rostro.
—Es decir, que me caí por nada —espetó ella con acidez, recobrando parte de su espíritu combativo.
—Me temo que sí, fue una auténtica tontería por tu parte. Así que ahora, dedícate a descansar y a recuperarte. Ya que me ha tocado cargar contigo, al menos, procura reponerte lo antes posible para que me sirvas para algo.
Candy acusó el golpe y estrujó con más fuerza las sábanas que aún retenía con una mano. Ese hombre era insoportable. No tenía ni pizca de delicadeza y se comportaba como un asno sin educación. Necesitaba decirle algo más para borrarle esa expresión confiada de su frío rostro bronceado, necesitaba ver que alguna emoción sacudía esos ojos profundos que la estudiaban indolentes. Recordó el detalle del anillo y decidió sacarlo a relucir para comprobar su reacción.
—No entiendo cómo un hombre tan sumamente indiferente al matrimonio tenía el anillo preparado —le espetó, sin dejar de observarlo.
Pero Terry no se inmutó. Tan solo cambió de postura y su tono sonó menos arrogante que de costumbre cuando contestó.
—Era de mi madre. Es lo único que me queda de ella y pensé que era apropiado que tú lo tuvieras.
Candy se quedó tan descolocada que no supo cómo reaccionar. Tal vez si hubiera dicho aquello con un poco más de sentimiento se habría sentido realmente halagada. Pero, aunque su ausencia de calor no invitara al entusiasmo, tampoco podía permanecer indiferente al hecho de que aquel gesto le había resultado tierno.
Tal vez por eso, en lugar de intentar burlarse, levantó su mano derecha y estudió con sincero aprecio el anillo que lucía en su dedo anular.
—Es muy bonito —afirmó—. Gracias.
Terry la contempló a placer mientras ella miraba los destellos que el sol le arrancaba al anillo cuando lo giraba en su mano.
Realmente, no se trataba de una muchacha bonita. Bueno, para ser justos, tampoco podía aseverarlo. La inflamación de la cara afeaba en extremo su rostro delgado y el aparatoso vendaje comenzaba a darle grima. Lo único que sabía con certeza era que su cuerpo era delicioso. Con eso, por el momento, debía conformarse. Y en vista de cómo había reaccionado su masculinidad al contemplarlo, no dudaba que sería suficiente para poder cumplir con asiduidad sus deberes maritales. Cuando ella estuviera repuesta del todo, por supuesto.
Otro rasgo de la muchacha que le atraía, muy a su pesar, eran sus ojos verdes esmeralda con motas doradas. De hecho, su brillo batallador había sido el artífice de que terminara aceptándola en matrimonio. Había algo muy tentador en ellos y en la forma en que le retaban a cada instante.
—¿Has conseguido dar con mi ropa? —preguntó ella de pronto, como si se hubiera acordado de repente.
—No la he buscado. Pero te puedo asegurar que en la plaza no quedó ninguna bolsa abandonada con las pertenencias de nadie. Tu ropa desapareció —por primera vez, algo parecido a una sonrisa asomó a sus labios—. Es una lástima, no podrás vestirte con tus adorados pantalones.
Ella abrió la boca, sorprendida.
—¡Lo has hecho adrede! ¡No quieres que encuentre mi bolsa porque no te gusta la idea de que luzca una prenda de hombres!
—Esa es una vil acusación —aseveró él, que comenzaba a encontrar muy estimulante provocar el enfado de la joven.
—¿Y qué demonios voy a ponerme? —preguntó ella, que no se había percatado del brillo burlón que bailaba en los ojos zafiros.
Por unos instantes, Terry se imaginó el cuerpo desnudo de su esposa bajo su camisa masculina. Fue un error. Tuvo que inspirar con fuerza y bajar los ojos al suelo para serenarse. ¿Qué le estaba sucediendo con esa mujer, por todos los demonios? ¿Acaso no podía controlarse?
—Te traeré algunas telas para que te hagas los vestidos que necesites —murmuró, con la voz ahogada por el deseo contenido.
Pero Candy no lo notó. Tras sus palabras, desvió la vista y enrojeció. Aquel gesto intrigó a Terry y quiso acercarse para obligarla a que se desahogara. Pero no debía... No podía estar tan cerca, y menos si con solo imaginarla era capaz de reaccionar de aquel modo. Mejor guardar las distancias, por el momento.
—¿Qué ocurre? —quiso saber, de todos modos.
—No sé coser —musitó ella, con un hilo de voz.
Terry contuvo la risa y esta vez tuvo que hacer un esfuerzo supremo. Al parecer su joven esposa carecía de todas las habilidades que un marido hubiese esperado encontrar en ella y se avergonzaba por eso. Ciertamente, no era bonita, era bastante descuidada y su maltrecha integridad física era buena prueba de ello; era rezongona y gruñona, hablaba por los codos y no parecía que tuviera muchas aptitudes para llevar un hogar. ¿Qué mujer no sabía coser?
Y, a pesar de todo eso, a Terry estaba empezando a divertirle.
¿Qué le estaba pasando?
—Eres un dechado de virtudes, niña —dijo, solo para picarla—.No me extraña que tuvieras que atravesar más de tres mil millas para encontrar marido.
Aquello fue demasiado. No lo soportó. Si hubiera estado más cerca, le hubiera sacado los ojos. En lugar de eso, cogió el quinqué que había sobre la mesilla y se lo lanzó a la cabeza con un grito de rabia.
Terry se agachó justo a tiempo para que el objeto no impactara en su cara.
—Estás completamente loca... —logró decir, antes de salir como una exhalación de la habitación.
Candy se quedó mirando la puerta un buen rato, deseando que estallara en mil pedazos con la fuerza furiosa de sus ojos. No le había pasado desapercibido el gesto de asombro y horror de su marido. Y se fijó en que iba mordiéndose el puño, seguramente para no dar rienda suelta a su ira por su terrible atrevimiento. ¡Pero lo volvería a hacer, maldita sea! ¡Ojalá regresara y pudiera arrojarle más cosas a su arrogante cabezota!
Minutos después, más serena, lo pensó mejor. Tal vez se había excedido. Sí, quizás había ido demasiado lejos, puesto que el hombre había tenido que salir corriendo, probablemente, para evitar darle una buena tunda en el trasero. Después de todo, ella estaba aún convaleciente.
Nada más lejos de la realidad.
Terry salió a toda prisa de la casa, aún con los dientes apretando sus nudillos, y se alejó todo lo que pudo. Cuando estuvo seguro de que ella no podía oírle, rompió a reír a carcajadas. Ya no recordaba cuanto tiempo hacía que no se reía de aquella manera y disfrutó del momento, doblándose por la mitad cuando los espasmos de las risotadas le provocaron pinchazos en la tripa.
Cuando se tranquilizó, miró hacia la cabaña con una sonrisa de satisfacción en la cara.
Había estado tanto tiempo entumecido por la pérdida de Huyana, que su estado emocional se asemejaba más al de un cadáver que al de un hombre vivo. Tal vez para su misión era el carácter ideal.
Un hombre frío, sin sentimientos, sin duda llevaría a cabo su tarea con más eficacia. Pero tras la estimulante conversación mantenida con aquella fierecilla, reconocía que prefería sentir la sangre en las venas, el pálpito de su corazón emocionado por algo y el fervor de una buena discusión y unas risas.
Suspiró, rindiéndose a lo evidente. Tendría que ir al pueblo a conseguir unos trajes para Candy antes de marcharse.
Sí, Candy. Era un bonito nombre.
Y sospechaba que, aunque comenzara a llamarla así a partir de ese momento, le costaría Dios y ayuda que lo perdonara por lo que estaba a punto de hacer. Iba a dejarla sola, tal y como ella temía, y ni siquiera el la había prevenido. Pero no se sentía preparado para dar explicaciones ni para excusarse por algo que no sentía.
Le dejaría una nota, resolvió. Y a su vuelta, ya enfrentaría la ira de sus hermosos ojos.
Se acercó a Fuego, que pacía tranquilamente aún ensillado junto al establo. Le palmeó con cariño el cuello antes de montar con agilidad sobre su lomo.
—Vamos, amigo. Tenemos que arreglar unos asuntos antes de partir. Hemos de cuidar de esa fierecilla y proporcionarle lo más básico para que empiece su nueva vida. Espero que lo que consigamos sea de su agrado, porque no quiero terminar con una lámpara estrellada contra mi cabeza, o algo peor —puso rumbo al pueblo, conteniendo de nuevo la risa al recordar la cara crispada de su mujer tras su último comentario. Sus ojos, por un momento, se tornaron soñadores mientras ideaba otra cosa—. Fuego, ¿tú sabes cómo es la jojoba?
CONTINUARA
