El capitolio estaba en plena ebullición. Los capitolinos se paseaban por las calles de un lado al otro, corrían a las rebosantes peluquerías o quedaban con sus estilistas para los últimos retoques. La vencedora estaba aquí i nadie quería dar una mala impresión ante tal evento.
Justo a las dos de la tarde una horda de capitolinos emperifollados hasta arriba. Personas de todas las edades y sexos se acumulaban por las calles a la espera del discurso, aunque solo estuvieran aprovechando una oportunidad más de destacar. Las diversas modas impuestas por los mismos habitantes creaban un collage grotesco.
Cabezas rapadas, con moños imposibles, melenas quilométricas, millones de postizos diferentes… cualquier longitud altura forma o color era viable y admisible. La moda más seguida en esos instantes: Raparse la mitad de la cabeza y rizarse el otro lado creando una especie de tocado que se elevaba inconmensurablemente. Los colores, todos admitidos. Las combinaciones y posibilidades eran infinitas. Algunos optaban por un color mate y "elegante" mientras que otros y otras se teñían sus maltratadas cabelleras con tintes arcoíris.
La ropa era el desmadre total. La moda quedaba muy atrás, ya nadie quería parecerse a nadie. Los conjuntos eran extremadamente meditados e irrepetibles. Los estilistas ideaban maravillas de usar y tirar, sin posibilidad de reciclado.
Madge salió al escenario dando pasos largos y firmes. Se colocó delante de la muchedumbre, que por primera vez aplaudió con ganas. Varias rosas y otros objetos cayeron a sus pies, lanzados por los "seguidores" más atrevidos. Madge se agachó y recogió una de ellas, colocándosela en el pelo junto a su otro tocado. El capitolio estalló de emoción ante el gesto.
El discurso empezó.
A miles de quilómetros, Katniss y Peeta miraban el discurso. Ambos estaban sentados en el mismo sofá roñoso, a poca distancia. Katniss reposaba su cabeza en el hombro de Peeta, mientras que él la abrazaba por los hombros. La madre de Katniss los miraba a corta distancia, preguntándose si debería permitirlo.
Peeta estaba en esa situación por varias razones. La oficial era que su madre estaba tan completamente enloquecida que no quería ni verlo. La señora Mellark le echaba toda la culpa a falta de tener a otro a quien culpar e incordiar. Peeta estaba harto de los insultos y las palizas mientras dormía así que decidió pasar el más tiempo posible alejado de ella.
Él no había olvidado a Andrew. Nadie lo había hecho. La trágica pérdida seguía grabada en su mente, como una roca horrible que no lo dejaba avanzar. Pero tenía que hacerlo. No podía ignorarlo, pero no tenía más remedio. Katniss lo ayudaba a sentirse mejor, aunque ese no fuera el motivo principal por el que estar en su compañía.
Volviendo al capitolio, concretamente a unas cinco manzanas más lejos al lugar escogido para el discurso, una vencedora se dirigía con pasos lentos y pesados al acontecimiento. No era una fan de la nueva vencedora, ni tampoco lo era de los juegos en sí. No era de extrañar.
Caminaba descalza, ya que los quilométricos tacones que le había obligado a ponerse eran excesivamente altos como para caminar sin parecer un pato. Sin embargo, la acera del capitolio estaba vacía e impoluta.
El vestido rojo se le enganchó con una verja. Su ropa interior se descubrió por completo. Se desenganchó el vestido y siguió caminando sin pudor. No se avergonzaba de su cuerpo, había aprendido a no hacerlo.
Llegó rápido al discurso y se mezcló con la muchedumbre. Reusó el sentarse con los vencedores, como siempre. Desde las butacas, algunos de ellos la reconocieron y la saludaron con la mirada. Les dirigió una media sonrisa. Escuchó las palabras de la vencedora y se sorprendió cuando poco a poco estas fueron cobrando un doble sentido.
Habían pasado 12 minutos. El cuádruple de lo que había hablado en los otros distritos. Demasiado para cualquier vencedora. Effie Trinket empezaba a ponerse nerviosa. Haymitch se frotaba las manos. El resto de los vencedores la miraban confusos y expectantes, al igual que el público. Snow? Snow enfurecía.
—Abrid los ojos, ¿qué veis? ¿No es fantástico este lugar? Yo también lo creo. Hay de todo… absolutamente de todo. Puedo… ¡no! ¡Podéis! Podéis pedir cualquier cosa y os la darán en bandeja, con posibilidad de más…
Los vencedores se ponían cada vez más nerviosos, a sabiendas de las consecuencias de semejante discurso. No lo pagaría solo ella, sino que lo que decía repercutiría en todo aquello que estaba en el dominio del Capitolio. La integridad de Panem.
De repente, todo acabó muy deprisa.
El discurso terminó con unas palabras que no hacían más que incitar a la rebelión, no importaba de quien. El público se quedó completamente en silencio, nadie tuvo la osadía de aplaudir tal discurso. Los agentes de la paz que vigilaban el perímetro se pusieron en marcha deprisa, haciendo desaparecer a los capitolinos en cuestión de segundos.
Madge se quedó atónita en el medio de la pista, mirando el caos que se formaba en el público. Cinna y Haymitch actuaron deprisa también, agarrando a la vencedora por los hombros y llevándosela a dentro. Effie la miraba sin decir una palabra, aterrorizada.
En el distrito doce, todos los habitantes miraban a la pantalla, anonadados, sintiéndose secretamente orgullosos de su vencedora.
Gale se dejó caer en una silla, sorprendido que su charla con Madge hubiera surgido real efecto. Hazelle lo miró unos metros más a la derecha, empezando a temerse lo peor.
Sin embargo, no tuvieron tiempo apenas de reaccionar.
Los pacificadores se llevaban a Gale a rastras, dejando que el fuerte gas se esparciera por la pequeña chabola.
La misteriosa vencedora se coló a las estancias de Madge, donde se escuchaban claramente los gritos irados de Effie Trinket, devuelta de su momentáneo shock. El equipo preparativo de Madge junto sus diseñadores estaban allí también, intentando calmar a la guía. Haymitch reía histéricamente en un rincón, acompañado de una botella del alcohol más fuerte que podría haber encontrado.
Portia le hizo una mirada de desdén a la Vencedora infiltrada, y ella no pudo hacer nada más que ruborizarse y bajar la cabeza. Maldita Portia. Desde ese fatídico día de la cosecha que le infundía un gran respeto. El resto de presentes se empezó a dar cuenta de su presencia pronto, una presencia no muy agradecida en ese momento. Al borde del coma etílico, Haymitch exclamó.
—¡Mírala! ¡Ahí va mi prostituta favorita!
N/A: Mil disculpas por la tremenda espera. Espero que el capítulo sea de vuestro agrado, además de la nueva vencedora. Muchas gracias por seguir la historia, ¡nos vemos en el próximo capítulo!
