10. Cartas
Harry empalideció al comprender el porqué de la brusca pausa de Hermione. Ella había recordado que él estaba casado. Con Cho. Rápidamente valoró qué mentira sería más inocua para Ginny.
-Sí, las cartas que le enviaba a mi esposa. - su instinto le decía que los Weasley no serían muy felices si creían que era un hombre divorciado, así que añadió rápidamente, componiendo una voz de tristeza. – Murió poco después de eso, pero conservaba todas las cartas que le envié. ¿Cuántas fueron? ¿Cincuenta? ¿Sesenta?
-Fueron muchas…- Hermione se dejó atrapar por sus recuerdos mientras entraban a La Madriguera.
"-Tengo muchas ganas de abrazarte, amor mío, de envolverte en mis brazos y que tú me rodees con los tuyos y no salir nunca más de esa cárcel, y de que me alimentes con tu boca….".
-Ejem, ejem, Potter, ¿debo recordarte que la enfermera Granger es una señorita y no tiene por qué oír tus desvaríos calenturientos? ¡Un poquito de pudor, cabo! – la voz tonante del capitán Shacklebolt quedó desmentida por su media sonrisa, y fue esta la que hizo sonrojar a Harry y Hermione.
Los tres se encontraban en una larga sala que en su tiempo había sido una escuela pero que el ejército había habilitado como hospital de campaña. Camas y más camas se alineaban contra las paredes y un puñado de enfermeras con impolutos delantales blancos que se iban tiñendo de sangre al avanzar la jornada pululaban entre los heridos a su cargo, rodeadas por gemidos de dolor y el penetrante olor a éter. Hermione, una vez atendido sus pacientes, dedicaba desde hacía rato sus atenciones al joven de pelo revoltoso y gafas torcidas, ya que este, cubierto su torso con un aparatoso vendaje, y con el brazo derecho escayolado, no podía valerse por sí mismo. Llevaba ya un mes convaleciente de sus heridas, y en ese periodo se había encariñado con él por la pasión que desprendían sus palabras y el desvalimiento que veía en sus ojos verdes. Impedido para cualquier actividad, ella había descubierto que la mejor forma de distraerlo era pasar a papel las largas cartas que él le dictaba. De momento, llevaban el ritmo de una al día; en respuesta, el moreno sólo había recibido silencio.
-No se preocupe, capitán.- sonrió Hermione- Las enfermeras ya sabemos como son las cosas de la vida, no me voy a asustar por tan poco.
Los tres rieron ante las pícaras palabras de la joven enfermera. Ella, criada en una familia donde se almorzaba con discusiones sobre apendicitis, úlceras y cesáreas, había descubierto bien pronto que la mejor forma de hacerse respetar por los soldados, heridos o no, que se le insinuaban descaradamente, era ser más descarada que ellos y referirse sin tapujos a las necesidades fisiológicas de cada uno. Como le había dicho Viktor, "consigues quitarle todo el romanticismo a cualquiera". Sin embargo, ni Harry ni el capitán Shacklebolt eran un peligro en ese sentido, así que Hermione disfrutó del suave flirteo.
-Eso espero, enfermera. Pero si este cabezota la molesta, me avisa, ¿de acuerdo?
-¡Capitán, yo soy un hombre casado y formal! – protestó entre risas Harry- La enfermera Granger es como mi hermana.
-Sí, una hermana a la que explotas haciendo que escriba estos novelones – Hermione sacudió los folios que ya llevaba escritos.
-Tal vez ahora Harry pueda hacerte un regalo de agradecimiento. Como van a subirle la paga…
Harry se enderezó lo más que pudo sobre los almohadones.
-¿Y eso? ¿Al presidente le ha tocado la lotería?
-Ojalá fuera eso.- Shacklebolt recuperó su habitual gravedad, y sacó dos cajitas de su bolsillo para ofrecérselas.
Harry abrió la mayor de ellas, y extrajo una medalla dorada con forma de estrella prendida en una cinta azul.
-¿Una condecoración al valor? ¿Para mí?
-Parece ser que alguien lee mis informes, después de todo, y a algun jefazo le pareció que solo un auténtico héroe es capaz de hacer lo que tú hiciste en Saipan.
-Pero… yo solo estaba allí. No hice más que los otros.- el estupor de Harry no era fingido, y a Hermione le pareció que su modestia lo convertía en un auténtico héroe.
-Ya, pero tú tuviste el buen gusto de salir vivo. Si no te gusta la medalla, deja de mirarla raro, empéñala y gástatelo en vino o en algo para tu mujer.- el capitán habló con brusquedad, porque ahora venía la peor parte.
-¿Y la otra? – se atrevió a intervenir Hermione, llena de curiosidad.
-Esta te va a gustar menos, Harry.- Shacklebolt sacó la insignia con los galones de sargento, y Harry lo miró, sorprendido de nuevo.- Ya sé que he dicho mil veces que no quiero a un suicida como tú al mando de un pelotón, pero no he tenido más remedio.
-¿Quién? – Harry tensó la mandíbula. Un ascenso casi siempre era sinónimo de la muerte de un superior.
-El teniente Lupin murió ayer.
-¡No! – Harry saltó entre las sábanas y las lágrimas se agolparon en sus ojos, sin llegar a caer.- ¡Él no!
-¿Teniente Lupin?- la voz de Hermione sonó rajada, como si le faltara aire en los pulmones.
-¿Lo conocías?
-Conocí a un RJ Lupin. Fue profesor mío.
-¿Profesor? Nunca supe a qué se dedicaba antes de la guerra, pero sí, supongo que le encaja.- asumió, pensativo, Shacklebolt, mientras Harry se escoraba con dificultad hacia la mesilla junto a su camastro y rebuscaba algo en una caja metálica.
-¿Era este? – le enseñó a Hermione una foto de una docena de soldados que miraban a la cámara sonrientes y en actitudes relajadas. En el centro, Harry se apartaba el flequillo de la cara y aparecía distraído, mientras en un extremo de la formación, un hombre alto, de pelo entrecano y rostro serio transmitía un extraño aura melancólica.
-Sí…- las lágrimas afloraron de golpe en los ojos de la muchacha, que sintió de pronto que su estómago pesaba mucho. En hombre de la foto aparecía muy envejecido respecto al dinámico profesor que tanto la había fascinado en sus clases.
-Fue mi instructor cuando llegué al ejército. Me trató como un padre.- "Otro padre perdido", no pudo evitar pensar Harry, que también notaba las lágrimas agolpándose en sus párpados.
-Era un buen hombre y un buen soldado. Y ahora me toca a mí enviarle sus efectos personales a la viuda.
-¿La viuda? – inquirió Hermione en tono agudo.
-Era casado y con un hijo.- transmitió con voz monocorde Shacklebolt.
-No lo sabía. Hace mucho que no tenía noticias suyas.- Hermione se sumió en sus pensamientos, recordando el escándalo que hacía años había conmocionado a la pequeña localidad de Las Nubes.
-¿Sabéis, chicos? Odio la guerra.- suspiró el capitán, que a pesar de ser militar de carrera cada vez entendía menos su trabajo.- Así que a ver si te recuperas pronto y acabamos de ganar esta. Nos vemos.- y se marchó, dejando a Harry y Hermione tristes y silenciosos, pero compartiendo su pena con las manos entrelazadas.
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Ginny se despertó tarde. De momento, el único síntoma de su embarazo era ese, un cansancio que había alterado su hábito madrugador. Inmediatamente recordó el cúmulo de acontecimientos del día anterior y pensó que había tenido bien merecido el descanso, sobre todo para tomar fuerzas ante lo que se avecinaba. Pasó la mano por el lado de la cama que había ocupado Harry y lo extrañó. Apenas había estado en su vida durante un día, y él le había devuelto su natural optimismo y confianza en el ser humano en general, y en los hombres en particular. Aunque darle la noticia de su embarazo a su familia no sería fácil, la cobertura de la mentira que habían urdido juntos suavizaría un poco la situación, lo bastante hasta que ella retomara el control de su vida.
Decidida a no prolongar más de lo necesario su mentira, se vistió y bajó al comedor pensando en encontrar a su madre sola. Cual no fue su sorpresa al ver allí reunida a toda la familia, incluyendo a Hermione y a su padre, que apareció con su madre cogida del brazo.
-¡Harry! – Ginny no pudo evitar un ligero gritito de sorpresa al ver a su "marido".- Creí que tenías que irte…
-He pensado comenzar a ofrecer los chocolates por las tiendas del pueblo. ¿Quién sabe? A lo mejor el negocio de mi vida está aquí.- la sonrisa de Harry le pareció deslumbrante, pero algo le indicó en su interior que aquello no estaba bien. Alargar su teatro iba a ser muy complicado.
-Además, resulta que tu marido y Hermione se conocen.- añadió tío Bilius, para sorpresa de casi todos.
-¿Cómo? – Ginny notó que su inquietud aumentaba. De todas las personas que podían notar algo raro entre ella y Harry, probablemente era Hermione la más perceptiva. Aunque también la más discreta. Decidió mentalmente tener una charla urgente con la doctora.
-¡¿Es que nadie va a ayudarme a salir de esta cama? – la voz de George resonó como un trueno desde la planta superior, y todos se miraron sobresaltados. De inmediato, Ron y Hermione se dirigieron a la habitación del inválido, que parecía tener mejor aspecto que en los dos últimos años.
-He pensado, hermanito- se dirigió con voz zumbona a Ron- que al final no era tan mala tu idea. ¡Acerquémonos al pueblo a comprar lo necesario para tener un estupendo castillo de fuegos artificiales! ¿Nos acompañas, Hermione? Hoy podré sobrevivir sin tu masaje.
-Me parece una gran idea, George. Podemos ir de compras y luego comer en El Caldero.
Rápidamente se dispuso el enorme aunque anticuado vehículo que los Weasley poseían desde que se habían convertido en una tan numerosa familia. Entre Harry y Ron acomodaron a George en la parte delantera, más cómoda, y el moreno se sentó en la parte de atrás, flanqueado por las dos chicas.
Los señores Weasley se acercaron antes de que el coche arrancara.
-Pasadlo bien, chicos. – Molly pegó un codazo que todos notaron a su marido para que dejara su actitud, tensa y propiciara el acercamiento con Harry que ella le había pedido.
-Sí, hijos, y … enseñadle a Pot…. a Harry Las Nubes. Os esperamos a la tarde, recordad que Bill está al llegar.
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El trayecto de media hora hasta el pueblo fue ameno, porque George transmitió su buen humor a los demás. Parloteó acerca de las ganas que tenía de ver a sus sobrinas, las hijas de Bill, y de a quiénes podían invitar a compartir la velada del 4 de julio. Realmente, el joven parecía haber recuperado el estado de ánimo que lo había caracterizado hasta la dramática desaparición de su gemelo, y Harry le seguía las bromas con fluidez. Ron, aunque de vez en cuando lanzaba ceñudas miradas a la parte de atrás, en la que Ginny había tomado la mano a su marido, para sonrojo del moreno, sintió que el peso que había en su corazón se aligeraba, y reconoció que desde la llegada de Harry a su casa, se respiraba otro ambiente. Aunque desde luego, un día le ajustaría las cuentas por haberse aprovechado de su hermana, ella parecía feliz. Se preguntó si en el fondo Ginny no habría sido la más lista de todos, haciendo su voluntad sin pensar demasiado en lo que pensaran los demás… Ron se sintió tentado a ser egoísta él también, aun a riesgo de hacer daño a sus seres queridos.
Finalmente, Ron detuvo el coche frente a una tienda en la que un rótulo polvoriento anunciaba "Vendemos cualquier cosa".
-Chicos, mientras vosotros le compráis los fuegos a Fletcher, nosotras vamos a Zonko a mirar los farolillos, guirnaldas y eso.- decidió con seguridad Hermione, agarrando a Ginny del brazo. Esta intuyó que la doctora quería interrogarla, y decidió que antes tenía que hablar con Harry.
-Un momento.- arrastró al muchacho a un lado para tener unas palabras en privado con él mientras Ron y Hermione ayudaban a George a pasar a la silla de ruedas.- Harry, ¿por qué no te has ido?
-¿Quieres que me vaya?
-No quiero que te vayas, pero tendrás que hacerlo antes o después.
-Tu abuelo me entretuvo, y luego llegó Hermione. Ella me conoce, y sabe de Cho. Intenté hacerle creer que ha muerto, pero no estoy segura de si me ha creido.
Ginny suspiró. Para no gustarle mentir, aquello se les estaba yendo de las manos.
-Intentemos fingir un día más. Bill está al llegar, y él me ayudará con papa. Disfrutemos hoy, Harry.
-Si tu hermano Ron no me asesina antes con la mirada.
-Ron es perro ladrador, pero poco mordedor. Cuídate más de George, apuesto algo a que te va a interrogar sobre nosotros.
-Seré creativo- sonrió el moreno ojos verdes, y Ginny se sorprendió de que le gustara tanto esa sonrisa.
-¿Creativo? Me parece que me ha engañado, señor Potter. – la joven se recreó en la mirada de Harry, y parpadeó con coquetería.- Usted no vende chocolate. Apuesto a que todos los directores de Hollywood están llorando la marcha de su mejor guionista. Nadie podría inventarse un matrimonio y una esposa en la forma en la que tú lo has hecho.
-¿Acaso no te gusta? – Harry acercó su rostro al de ella intensificando su mirada. De un momento a otro, cambió la sonrisa por una expresión seria, madura. – Ginny, si todo esto se vuelve demasiado complicado para ti, hablaré con tu padre y me iré de inmediato.
-¡No! – la respuesta le salió del alma, y las manos de Ginny aferraron la chaqueta de Harry. Avergonzada por la demostración de ansiedad, lo soltó mientras escondía la mirada. – Disfrutemos del día de hoy, ¿de acuerdo? Sigamos el plan.
-De acuerdo.- asintió el joven. "Sigamos el plan. Claro que estaría bien saber cual es el plan."
Nada convencido pero incapaz de hacer otra cosa que mirar a Ginny alejándose, Harry se preguntó una vez más en dónde se había metido.
