Surrey, un martes de Julio por la mañana. Violeta, Daniela, Teddy y Victoire llamaron al timbre de aquella casa marrón y blanca que se levantaba ante su vista. Un hombre pelirrojo les abrió la puerta les abrió la puerta.
– ¡Hola chicos! Pasad dentro, vamos.
Los chicos entraron al tiempo que Charlie avisaba a su hija de que sus amigos ya habían llegado. El padre había dejado el trabajo en Rumania para trabajar a distancia en investigaciones con los dragones, y así poder cuidar de su hija cuando su mujer murió 16 años atrás. Más tarde, la familia se completó con la llegada de Martha. Charlie siempre había querido tener dos hijas. Además de que pensaba que a Rebecca le iría bien tener una hermana pequeña con quien jugar y, más tarde, compartir experiencias. Así, una tarde de invierno les llegó la suerte, por así decirlo…
Un hombre pelirrojo estaba sentado en su sillón tranquilo y relajado. Había sido un día muy duro. Había tenido que desaparecerse a diversos lugares por motivos de trabajo, además de tener que cuidar de su hija de cuatro añitos como podía.
Ahora ya estaba solo, disfrutando del silencio. Su pequeña ya estaba profundamente dormida. Sin darse ni siquiera cuenta, se durmió ahí mismo. Pero un ruido, como de llamar a la puerta, le sacó de las manos de Morfeo. Miró hacia entrada que daba al exterior. "Habrán sido imaginaciones", pensó. Pero volvió a escuchar lo mismo. Convencido, esta vez, de que había sido verdad, y no producto de su agotamiento, se levantó en dirección a la puerta. Cogió con firmeza el pomo, y lo giró con cuidado y alerta de lo que pudiera haber al otro lado. Abrió, pero al frente no había nadie. Salió a la calle, miró a los lados. Nada, nadie había allí. Se dispuso a entrar en casa otra vez, pues se notaba el frío que llegaba en esas fechas. Pero sus pies tocaron un pequeño bulto que había en el suelo. Miró y se quedó asombrado de lo que sus ojos captaban. El bulto se movía. Es más, lloraba. Se agachó, y ahí estaba esa pequeña niña, de apenas seguramente 2 meses. Nada más verla le cautivó, le enamoró. Sentía una cierta debilidad por ella, y no sentía algo así desde que había nacido su primogénita.
La pequeña rubia lloraba desconsoladamente.
– No te preocupes –decía Charlie abrazándola bajo sus cálidas manos y metiéndola en casa, resguardándola del tiempo que hacía –yo te protegeré de ahora en adelante. Ahora la familia estará completa.
Vio entre las sábanas una pequeña nota.
Por favor, cuide de la niña, yo no puedo.
Sé que con usted será más feliz.
Se llama Martha
Su cumpleaños es el 3 de noviembre.
Gracias, de verdad.
La pelirroja fue en seguida a recibirles. Llevaba un vestido blanco cortito con vuelos y unas bailarinas del mismo color. Se había peinado con un pequeño recogido pero que dejara sus ondas sueltas. Éstas saltaron al compás al que ella bajaba por las escaleras.
– ¡Ey! ¡Qué bien que ya estéis por aquí! Sólo faltabais vosotros.
Los aludidos se sonrojaron. Efectivamente, habían llegado un poco tarde por culpa de alguien. Todos miraron a Violeta, quien estaba embobada mirando a la cumpleañera y no se daba cuenta de que estaba quedando en evidencia.
– ¡Eh, reacciona! Le dijo Ted chasqueando un dedo delante de su cara. Ella se sobresaltó.
–Bien, vamos al jardín y os presento a mi familia, para los que aun no los conozcáis.
Allí llegaron y Rebecca fue presentándolos poco a poco a los miembros de su familia. En seguida, Daniela, y Violeta conocieron a los primos y tíos que habían acudido. Entre ellos se encontraban Harry Potter y su mujer Ginny con sus hijos: James, de nueve años, Albus, de ocho y Lily de seis. También estaban Ron Weasley con su mujer Hermione Granger con los niños también: Rose, de la edad de Albus y Hugo, de la edad de Lily. Por supuesto también estaban los abuelos paternos de Rebe, Molly y Arthur Weasley, quien en seguida empezó a bombardear a Daniela con preguntas de tipo muggle cuando se enteró de que ella siempre había vivido una vida no-mágica. Y por último, Victoire con sus padres, Bill y Fleur Weasley y los hermanos, Dominique y Louis.
La mañana transcurría tranquilamente. La gente estaba dispersa, hablando de sus cosas. Dani hablaba con Lily Potter. Se había encariñado de esa pequeña criatura.
– Así que te llamas Lily Luna, ¿eh?
– Sí –respondió alegre la niña. –Me lo pusieron por la mamá de mi papá y por una amiga de mis papis. ¡Mira, ven conmigo, te los voy a presentar!
Daniela se acercó tímida. No sabía por qué, pero ese hombre de pelo negro y ojos verdes le imponía cierto respeto. Tal vez porque a él le debía su vida, la vida de su madre y la salvación de su familia. Y más importante aún: la paz que se había roto en el mundo. No obstante, se acercó con la niña estirándole de la mano. Así, estaba decidida a darle las gracias a ese hombre y a su amigo pelirrojo; ya que aún no había tenido la ocasión de hacerlo.
– ¡Papá! –Lily llamaba a su padre, pero él no hacía caso; estaba metido en otra conversación. La niña frunció el ceño al ver ese caso omiso, pero no desistió – ¡Papá, papá, papááááá! –sus coletas daban saltos a la vez que toda ella en la lucha por la atención de su padre.
El aludido se dio la vuelta.
– ¿Qué quieres, cariño? Estoy hablando con el tío Ron.
– Te quiero presentar a una nueva amiga. Ella es Daniela –dijo señalando a la muchacha. –Es amiga de la prima Rebecca. –se giró a la joven –Daniela, él es Harry Potter, es mi papá, y de mis hermanos James y Albus. Y también es el padrino de Teddy Lupin.
El hombre alzó la cabeza y vio a la morena allí de pie. En seguida supo quien era. La había visto en Hogwarts en dos ocasiones, no muy agradables a decir verdad.
– Señor Potter…quería decirle que le agradezco todo lo que ha hecho por mi familia. Sin usted no estaríamos aquí, me temo.
– Daniela, no hace ninguna falta que me lo agradezcas. Yo estoy para eso, solo quiero ayudar. Y por favor, llámame Harry.
Ella le dedicó una sonrisa y le dio un abrazo como agradecimiento una vez más.
De pronto las luces del jardín se apagaron, quedando medio en penumbra, y de la casa salieron Charlie y Martha con una bonita y sabrosa tarta de chocolate y nata, de dos pisos y dieciséis velas encendidas en su superficie. Mientras Rebecca se emocionaba, pues no tenía ni idea de esa sorpresita, todos los invitados cantaban "Cumpleaños feliz" alegremente (y unos más afinados que otros). Seguidamente, entregaron los regalos a la anfitriona, que se dispuso a abrirlos agitadamente.
Encontró entre ellos un álbum de fotos, de Ted, un diario mágico de Daniela, y más cosas que le encantaron. Lo que jamás podía esperar, era el regalo de la familia Potter. James, Albus y Lily le hicieron entrega de un paquete alargado, como una caja. La chica, en seguida empezó a abrirla. Cual fue su sorpresa al ver una Cola de Snidget.
– ¡No puede ser! –las lágrimas de la chica saltaban de la emoción. –Me habéis comprado una escoba. No solo una escoba; la escoba con la que llevo soñando tanto tiempo. Muchísimas gracias, de verdad.
Tíos y primos se fundieron en un abrazo.
– Ahora ya podré presentarme de nuevo al equipo del colegio, que tendré la mejor escoba. –decía orgullosa exhibiéndola.
– Ah, pero… ¿este año no has estado en el equipo? –preguntó Daniela.
– No, ¿no te fijaste cuando volviste a clase? Este año no me apetecía mucho, la verdad.
Después de acabar este acto, la fiesta continuó con toda tranquilidad. Todo el mundo estaba entretenido en algo, y nadie tenía intención de irse en las próximas horas.
Rebecca estaba hablando con Victoire. La rubia le comentaba como iba su relación con Ted.
– Lo que pasa es que últimamente está un poco…raro, diría yo. Está mucho más pegado a mí que de costumbre. No se porqué, la verdad. Lo cierto es que me da la sensación de que me oculta algo.
– No te preocupes, seguro que no es nada. No te comas mucho la cabeza con eso.
Estaban hablando cuando llegó Violeta.
– Rebecca, ¿puedes venir conmigo? Necesito…comentarte una cosa. –dijo guiñándole un ojo y una sonrisa pícara.
– Sí, claro. Luego vuelvo –añadió dirigiéndose a su prima.
Entraron en la casa y subieron a la habitación de Rebe. Violeta cerró la puerta.
– Voy a darte tu regalo –decía suavemente Violeta.
– ¿Y por qué no me lo diste abajo? –Rebecca estaba confundida.
– Verás…es algo muy especial. Demasiado que necesito dártelo en privado. –la castaña se estaba acercando cada vez más a la pelirroja. –Necesito que cierres los ojos…
La aludida sonrió y los cerró. Violeta se acercó más, hasta que sus labios casi tocaron. Pero en seguida se separó.
– Lo siento. Es una locura. –y se sentó en el suelo, escondiendo la cabeza entre las piernas. La vergüenza le podía.
Cinco segundos pasaron para que ella levantara la cabeza y atreverse a ver como había reaccionado su amiga. Pero en vez de encontrarla pasmada o asustada, e incluso enfadada, la encontró a pocos centímetros de ella.
– No pasa nada. –dijo simplemente. Y el encuentro fue inevitable.
Una niña pelirroja iba escaleras arriba, explorando por la casa que ya conocía de otras veces. Ya en el piso de arriba, fue abriendo alguna que otra habitación. Se paró en una concreta; una blanca con un cartel en el centro.
- Pro-hi-bi-do en-trar. –leyó Lily, orgullosa de si misma porque ya sabía leer casi perfectamente. Ese cartel le llamó la atención. La niña tendía a saltarse de vez en cuando las normas. Tenía de quien aprender en su familia. Abrió una rendija. Pero la curiosidad le pudo por completo y la abrió del todo. Comprobó, entonces, que era la habitación de su prima Rebecca.
La cumpleañera se giró, alertada por el ruido de las bisagras, descubriendo a una petrificada Lily en el umbral.
