8. Encuentran el espejo
— ¡Ustedes otra vez! ¿Por qué insisten en molestarme? — Gruñó la bestia.
—Cueva de las Maravillas. — Pronunció el Príncipe Anders dando unas palmadas al hocico de su caballo. Irguió la espalda y adoptó un tono y timbre de voz aún más formales de lo que acostumbraba, como si recitara un poema frente a una audiencia:
— Sabes bien que hemos venido desde muy lejos buscando aquello que tan celosamente ocultan tus entrañas. Sé que dudas de nosotros y nuestras intenciones, y aunque siento de corazón que te equivocas, no deseo discutir contigo. Pues bien, si no dejas entrar a estos cansados viajeros, recibe por favor a éste humilde hombre en tu seno. — Y señaló al anciano, quien se mantenía de pie, paralizado de espanto. —Ten por seguro que es un hombre bueno y no tomará más allá de lo que busca.
El Príncipe Hans bajó de su caballo, agarró al prisionero y a punta de empujones lo acercó a las fauces de la Cueva. En un acto impulsivo, el anciano cometió la imprudencia de mirar al tigre a los ojos y éste arrugó su hocico, de modo que adquirió un aspecto aún más feroz. Al pobre hombre le comenzaron a temblar piernas y manos, junto a cada paso que daba se sentía desfallecer.
Anna se horrorizó por la maldad de aquellos hombres, insensibles al sufrimiento de un viejo, y temió que la Cueva se lo tragara de un bocado apenas posara un pie en su hocico.
—Tenemos que hacer algo o lo van a matar. — Susurró a Kristoff y a Elsa.
—Nos descubrirán— Reprendió él.
Pero Elsa no le hizo caso, tendió las manos, respiró hondo e hizo soplar un viento fuertísimo. Segundos después, pequeños pedazos de hielo duro y afilado comenzaron a caer desde lo alto, de manera que los príncipes y sus soldados pronto tuvieron que cubrirse sus cabezas.
— ¡Cómo graniza! —Aulló el Príncipe Hans. — ¿Qué está pasando?
—El desierto es traicionero, mi amigo extranjero. — Repuso el Príncipe Ahmed, riendo. —Jamás se deben confiar de él. —Y aunque se cubrió la cara con una pañoleta, notaron que en su rostro se dibujaba una sonrisa siniestra.
Pero poco le duró el gusto. Tras sólo unos instantes, príncipes, soldados y caballos se removían del dolor. Apurados se protegían con los brazos de la arena y el granizo: pero parecía como si el cielo quisiera apedrearlos. Pronto los caballos comenzaron a relinchar y a patear el suelo con fuerza, de modo que sus jinetes lidiaban por no perder el control. El Príncipe Anders rápidamente tomó al prisionero del brazo y lo trepó de nuevo en la montura. Oculta, Elsa vio que sus enemigos se retiraban y aquello le dio energías para soplar aún más fuerte. El príncipe heredero se acercó a su hermano y le exclamó al oído:
—Si esperamos a este hombre afuera, éste granizo terminará por sacarnos un ojo. Debemos regresar. Lo intentaremos mañana.
El Príncipe Hans apretó los dientes, frunció el ceño y miró a su alrededor. Pero cuando el granizo se volvió más recio se vio obligado a darse por vencido. Volvieron a montar y a la orden del Príncipe Anders, se alejaron velozmente entre espoleos desesperados, el galope de los cascos y quejidos tanto humanos como equinos.
Tan pronto se perdieron de vista, la Reina de las Nieves se incorporó en el montículo de arena y la tempestad cesó. Anna y Kristoff la siguieron y descubrieron que la Cueva de las Maravillas seguía ahí, grandiosa e impasible. Sus ojos aún centelleaban cual hogueras en la oscuridad y alzaba su cabeza con la misma majestad de un castillo después de la tormenta.
Temblorosos, los tres jóvenes se tomaron de las manos y se acercaron con cuidado. La Cueva volvió pesadamente su cabeza hacia ellos e involuntariamente dieron unos pasos atrás. Se apretaron las manos para darse valor, y entre todos Anna apretó más fuerte, pues el monstruo fijó sus ojos directamente sobre ella. Después de unos momentos que a la princesa le parecieron eternos, abrió su hocico y habló:
—Tú, muchacha. Muchas personas han avenido ante mí con la intención de llevarse un tesoro. Pero tú eres la primera en traer uno de vuelta.
Al principio Anna se quedó aturdida, no sabía de qué hablaba; se llevó la mano al pecho y palpó una superficie pequeña y dura, entonces recordó que aún traía el anillo de rubí consigo. Esculcó entre su vestido y en cuanto sacó el objeto, la bestia inclinó la cabeza en gesto de afirmación. La princesa reflexionó unos instantes y se dijo a sí misma: "Tal vez si le digo la verdad, se dará cuenta que puede confiar en mí"
—Seré sincera contigo: No vine a devolverte esto, pero por favor, escúchame. —Dijo con la suavidad de un ruego. Entonces le explicó que su reino había sido hechizado por el espejo que escondía en sus profundidades y le solicitó permiso para sacar unos pedazos, los suficientes para hallar una forma de romper el encantamiento. Con la voz entrecortada, pidió: — Por favor, sólo quiero regresar a casa.
La Cueva alzó el mentón y contestó:
—Bien, pueden pasar, pero devolverán el anillo y solamente tomarán lo que buscan. Si toman, aunque sea sólo un poco más de lo que necesitan, se quedarán aquí para siempre.
Abrió sus enormes fauces y la princesa se estremeció. Miró a su hermana y a su novio, en cuyos rostros se reflejaba el resplandor de los ojos del tigre. Elsa insistió en entrar primero: dio un paso al frente, luego otro y, finalmente los tres se introdujeron en la Cueva.
Al principio no hubo más que oscuridad y quietud; de tal forma que si tú hubieras estado ahí, no habrías podido ver la propia palma de tu mano. Con las manos extendidas, se abrieron paso a tientas entre la negrura y el sordo eco de sus pisadas.
— ¿No traerán un cerillo por ahí? ¿No? Creo que ahora extrañamos al sujeto del fuego ¿Tú qué dices, Elsa? ¡Ay! —Bromeó Kristoff. Pero a la reina no le hizo gracia el comentario y le asestó un pisotón. Sin embargo, aunque odiaba admitirlo, pensó que en ese momento Tárek hubiera sido de mucha ayuda.
Palpaban las paredes con los dedos y conforme avanzaban, notaron que el techo se hacía cada vez más bajo hasta llegar a un punto donde tuvieron que agacharse y seguir a gatas. Hacía un frío horrible allá dentro y todos menos Elsa empezaron a temblar. Después de un tramo, distinguieron una tenue luz a la distancia que se hacía más intensa en cuanto se acercaban. Llegaron al final del túnel y se hallaron en una sala amplísima alumbrada por luz amarillenta.
Ésta no era una cueva llena de piedras húmedas y resbalosas goteando entre las paredes. Sino una sala de muros cubiertos enteramente de oro y plata con hermosas incrustaciones de piedras preciosas. Del suelo hasta la bóveda se formaban figuras de hombres y criaturas fantásticas que representaban historias olvidadas muchos siglos atrás.
Había infinidad monedas de oro, plata y cobre apiladas en gigantescas columnas, algunas llegaban hasta el techo o se desbordaban formando auténticos cerros por los que se podía escalar y donde se asomaban esculturas que parecían vivas: viejos reyes, héroes, bestias y dioses que eran más bien impresionantes que agradables de ver. Kristoff nunca se había considerado amante del dinero, pero al ver tantas monedas apiladas, sintió curiosidad y quiso tomar algunas con la mano, La Princesa Anna lo descubrió en el acto y le dio un leve manotazo.
— ¡Recuerda que sólo venimos por el espejo! No toques nada. — Le reprendió.
El joven no respondió. Continuaron a otra sala, luego a otra. Pues la Cueva de las Maravillas tiene centenares de ellas: Aunque sólo basta una para hacer parecer al rey más rico sobre la Tierra como un limosnero. Dinero que jamás sería gastado, perlas que nunca adornarían el cuello de una dama o piezas de arte que ya jamás fascinarían a nadie. Sin embargo, la Cueva sabía muy bien que, de haber dejado entrar a cualquiera, hace muchos siglos que la hubieran vaciado. De todas formas, aunque todos los rincones resplandecían de riqueza, en realidad a nuestros viajeros se les antojaron fríos y vacíos.
Caminaron por debajo de un precioso arco tallado y entraron a una sala completamente distinta. Estaba vacía, extensa y tan alta que daba vértigo con mirar hacia arriba ¡Y se ponía peor cuando se veía hacia abajo! Cuando Anna echó un vistazo, palideció del susto y soltó un grito ahogado. Debajo de ella se abría un abismo gigantesco, profundo y con piedras afiladas. Muy por encima, un rostro flotaba y la observó atentamente. Tardó un par de segundos para darse cuenta que se trataba de su propio reflejo y lo que parecía un acantilado era en realidad el techo.
Los tres alzaron los ojos y descubrieron un lago de cristal que se extendía por toda la sala. Fragmentado en miles de pedazos, pero cada uno tan idéntico, simétrico y perfectamente ordenado que aquello pareciera una auténtica obra de arte.
Anna siguió observándose en el espejo: Descubrió en el azul de sus ojos un brillo cautivador, le fascinó la arruga que se formaba en sus mejillas al sonreír y el contraste de cada peca que, junto la blancura de su rostro, le daba un semblante enteramente encantador. La princesa sintió entonces que nunca en su vida se había visto más hermosa; era perfecta.
Kristoff atinó a ver en una orilla algunas piezas desordenadas, vestigio de que ya otros habían estado allí. Después de un camino tan largo, finalmente habían encontrado lo que habían venido a buscar: El espejo que enredaba discordias y sembraba temores entre los hombres para que no pudiesen vivir en paz. Aquel que deformaba la visión más bella y creaba palabras imprudentes, todo para daño y corrupción.
Al centro, un trono blanco y transparente se elevaba sobre una pila de cristal. Elsa se acercó sin decir palabra y lo miró detenidamente, rosó la fría superficie con sus dedos y le pareció nunca haber visto un objeto más precioso. Entonces vinieron a su cabeza las palabras de las gentes en su reino, las injurias y conspiraciones de sus enemigos. Y todo lo que recordó fue malo y cruel.
—Muy bien, a lo que vinimos— Dijo Kristoff. —Me estoy congelando y este no es un lugar que pueda aguantarse mucho tiempo.
Se agachó y se puso a recoger, con gran esfuerzo y mucho cuidado de no cortarse, algunos pedazos del espejo. Los apiló y comenzó a guardarlos en un saquito que traía consigo. Tan pronto la princesa volvió en sí, dejó el anillo en un rincón y se dispuso a ayudar a su novio. Los acomodaron y guardaron hasta que no cupiera un fragmento más. Entonces se incorporaron y Anna resopló:
— Bien, creo que con esto bastará. — Hizo una pausa y meditó unos instantes. Pues aunque el Sultán le había dicho que sólo ella podía romper el hechizo, aún ignoraba cómo. "Creo que se le olvidó ese detalle", Pensó un tanto molesta, "Ya tendrá que decirme cuando lo vuelva a ver." — ¡Elsa, vámonos! — Dijo a su hermana. — ¡Es hora de regresar a casa!
Pero la Reina de las Nieves permaneció en el mismo lugar, con la mirada clavada en el asiento y semblante inexpresivo. Como si no la hubiera escuchado, se sentó sobre el trono y esbozó una sonrisa fría. Anna le repitió que era hora de irse. Pero la Reina de las Nieves alzó al frente, la miró fijamente y contestó con un tajante: "No".
— ¿Qué dices? Vámonos. — Insistió la princesa.
—No. — Repitió Elsa. —Yo me quedaré aquí.
—No estamos para bromas, Elsa— Dijo Kristoff.
— Yo tampoco. — Interrumpió ella, parándose violentamente con una voz que resonó por toda la sala e hizo a Anna y a Kristoff retroceder. Recorrió la bóveda con la mirada y murmuró — Si, este parece un buen lugar.
Alzó los brazos y a sus pies se formó una capa transparente y resbaladiza. La temperatura en el ambiente bajó de golpe y pronto Anna y Kristoff lo resintieron. A los costados se alzaron gruesos muros de hielo que se unieron en lo alto hasta formar una bóveda. Pero no era aquel hielo limpio y cristalino que tanto ennoblecía las virtudes de Elsa. En su lugar crecieron paredes blanquecinas, pálidas y amorfas como témpanos de los mares árticos. Aquellos que son suficientes para inspirar en los marineros un horror sin nombre, como monumentos fúnebres que amenazan con hundirles al abismo.
Y cubrió la estructura con grandes y agudas estalagmitas que salían en todas direcciones como lanzas y espadas de hielo. De modo que, lejos de ser un palacio, lo que Elsa había creado era una tosca fortaleza que asemejaba un oso de pelos erizados o un erizo monstruoso.
La reina volvió a sentarse en su trono y se contentó con su nuevo hogar. Volteó hacia su hermana y abrió los brazos diciendo:
— ¡Anna, ven! Aquí podemos ser felices, nosotras solas. Prometo que no te faltará nada y te daré todo lo que me pidas… si te quedas conmigo.
Kristoff resintió lo que aquellas palabras querían significar y detuvo a Anna por el brazo. La princesa se quedó quieta:
— ¿Elsa, te sientes bien? — Preguntó Anna, atónita por la actitud repentina de su hermana. Entonces la Reina de las Nieves se alzó en su porte y expuso impacientada:
— ¿Acaso no lo entiendes? Yo estaba tranquila allá en el reino, salía al pueblo y por primera vez en años me sentí querida entre los míos. Creí en su cariño y procuré su felicidad. Pero fui una tonta y no quise ver cómo es la gente en realidad: lo único que aman es hacer la guerra, sienten envidia, odio, mienten y a la primera oportunidad se aprovechan unos de otros. Quise ser buena y usar mi magia para su bien; pero el día en que bajé la guardia, se armaron con lo que tenían a la mano y sin más fueron a matarme.
En ese momento Anna se advirtió que su novio comenzaba canturrear una letanía: "Demente es la gente, no siente y te miente, nadie es bueno en verdad.¡Ja! En eso tiene razón", se mofó. Y la princesa se sorprendió de escuchar a Kristoff decir algo tan espantoso.
— Sabes que están bajo un hechizo, ellos no son así realmente. Todos te queremos allá. —Repuso Anna.
—Ellos me dicen bruja, monstruo. —Continuó Elsa, ignorándola. — ¡Por mí pueden hacer lo que quieran! Y si otro quiere ocupar el trono de Arendelle, allá él. ¡Un rey malvado les vendrá bien a toda esa gente malvada! Yo siempre seré mejor que ellos. Me quedaré aquí, y si alguien se atreve a buscarme; voy a pelear y me voy a defender. Nunca nadie se atreverá a hacerme daño: Sólo aquí podré vivir en mi libertad. ¡Quédate conmigo, Anna! Solo así podremos vivir felices y en paz.
Pero aquellas palabras no hicieron más que asustar a Anna. Por un instante, se imaginó cómo sería vivir durante años en una cueva, apartada de todo el mundo exterior, de modo que el susto pronto se transformó en coraje:
— ¡No!— Contestó, cortante. — No puedo quedarme aquí y pasarme la vida entre paredes. Ya pasé muchos años en un castillo sin poder salir. Tú también estabas ahí, pero me rechazaste como a todos los demás sólo porque les tenías miedo ¡Deberías estar avergonzada! —Gritó. — Lo peor fue que me hiciste pensar que valía la pena llegar hasta aquí porque quería ayudarte, yo quería que volvieras a ser feliz. Pues bien, ya sé lo que es estar apartada del mundo y no pienso vivir así. Si quieres quedarte aquí, quédate, pero yo no te acompaño.
—Entonces vete y no regreses. — Ratificó la Reina de las Nieves y se sentó en su trono.
Anna se puso roja y echó una mirada rabiosa a su hermana. Una explosión de carcajadas estalló por la sala. Se trataba de Kristoff, quien aplaudía fuertemente y daba pisotones en el suelo.
— ¡Bravo, Bravo! — Exclamó el joven. — Después de todo, ésta es la Reina de las Nieves: La poderosa, la temible ¡Qué fraude! Lo único que veo es una muchachita llorona que le tiene miedo a todo el mundo: incluso a ella misma. ¿Sabes lo que eres, Elsa? Eres una cobarde, ¡Sí! ¡Tan cobarde que está bien que sufras!
— ¡Oye, cállate!— Sentenció Anna y lanzó a su hermana un gesto de desprecio. —Ella puede hacer lo que se le dé la gana.
— ¡Y claro, la dulce Anna no deja de defenderla! —Se burló su novio. — Sabes, a veces quisiera ser igual de tonto que tú: Vivir en mi mundo de fantasía donde todo es bueno y maravilloso. ¡Despierta, Anna! De no ser por ella no estaríamos en este hoyo en primer lugar. Es más, si yo no las hubiera conocido, mi vida nunca se hubiera echado a perder.
Aquel comentario lastimó a Anna en el alma, como si le hubiesen clavado un puñal en el corazón. Se le subieron los colores al rostro y fue como agua hirviente que le quemaba el pecho.
—Si te parezco tan tonta ¿Por qué no te vas a platicar con tu reno? —Gritó indignada.
—Apuesto a que lo haré, prefiero hablar con un animal que con ustedes.
Los tres se arrojaron palabras humillantes, dirigidas a herir sus fibras más sensibles. Y no es que hubiesen dejado de quererse, pero habían estado mucho tiempo bajo el espejo y sin darse cuenta habían sucumbido a su hechizo: En ese momento, creían estar diciendo solamente la verdad. Se intercambiaron insultos, palabras y acusaciones tan feas y malas que de otra forma jamás hubieran salido de sus bocas y si yo te las dijera, viajera, temo que tú también te pararías ofendida y no me dejarías terminar esta historia.
Lo que sí debes saber es que la Reina de las Nieves terminó por echar a su familia del castillo. Tomó rabia y rencor hacia su hermana, pues las palabras que más nos hacen daño son aquellas provenientes de los seres que más amamos. Le ardía el pecho y le quemaba el rostro. Tan pronto se alejaron, dio un pisotón en el suelo y otra capa de hielo se esparció por el fuerte hasta sellarlo por competo: ninguna ventana quedó abierta, ningún nicho para asomarse o puerta sin cerrar.
Se observó a sí misma, sola en el inmenso salón de hielo blanco y vacío. Escuchó de nuevo en su cabeza los gritos, amenazas y maldiciones de la gente, imaginó cómo se burlaban de ella a sus espaldas; y fue en su alma como metal al rojo vivo. Sintió furia y odio hacia la humanidad y volvió más duro su corazón. A partir de ese momento ya nunca sería perseguida y acosada por los tontos: allí en su fortaleza no sucedería nada que ella no quisiera. La Reina de las Nieves respiró satisfecha, se acomodó en el trono y se dejó caer en un profundo sueño.
En cuanto a Anna y a Kristoff, tan pronto dejaron la sala del espejo atrás se separaron el uno del otro. No se dijeron ni una palabra, tampoco se miraron: sus malos sentimientos se asomaban a sus ojos sin abrir sus bocas. Hacía un frío terrible: temblaban, y si no hubiesen estado tan furiosos el uno con el otro, hubieran recordado que era una soberana estupidez separarse en una cueva.
La princesa se frotó los brazos, intentando darse calor, pero la magia de Elsa pronto alcanzó toda la cueva y fue inútil. Miró a la izquierda, luego a la derecha y no encontró rastros de Kristoff en ningún lado: "Debe de haberse ido a buscar la salida por su cuenta ¡Vaya! ¿Ahora quién es el tonto? Él las da de sabelotodo, pero veamos cómo le va después de esto.", se dijo a sí misma.
Tuvieron que pasar un par de horas para aceptar que ella también estaba perdida. Muerta de frío y tiritando, caminó penosamente sobre monedas de metal duro y helado: "No aguantaré así mucho tiempo", pensó. Trató de acordarse por dónde había venido, pero hace unos momentos se encontraba tan enojada que no se había fijado y caminó a la deriva.
Así siguió durante varias horas hasta que decidió sentarse a descansar. ¡Cómo temblaba la joven! El abrigo que llevaba puesto no le servía de nada. Lo peor fue cuando empezó a morder el hambre y las tripas se le revolvieron. Anna se dio cuenta que si no salía pronto de la cueva, lo más seguro sería que no saldría jamás; de modo que se levantó y, aunque los brazos y piernas comenzaban a entumecérseles, resolvió en seguir adelante.
Vagó y caminó, mientras tanto repasaba en su cabeza la encendida discusión que había tenido con su familia esa noche. Aún le dolía lo que había escuchado de Elsa y Kristoff, pero se sorprendió aún más por las frases horribles que habían salido de su propia boca. En esos momentos creyó haber sido muy sabia al insultar y burlarse de los demás. Pero ahora entendía que sólo había hablado su enojo y de ninguna manera se habría separado de ellos de no haber estado bajo el hechizo del espejo. Entonces se arrepintió de todo corazón por lo que había hecho ¿Y si intentaba regresar con Elsa? ¿O buscar a Kristoff y decirle cuánto le quería? ¿Qué no quería volver a pelear con él? Tal vez él ya había encontrado una salida.
— ¡Elsa, Kristoff! — Gritó, pero nadie respondió.
La temperatura descendió aún más, al grado que oro y joyas crujían bajo sus pies y formaron una resbalosa capa de aguanieve. El aire, aunque quieto, le quemaba la cara como pequeñas agujas ensartadas. Se encontró de nuevo con la fortaleza de Elsa, asentada sobre los cristales malditos; en ese momento entendió que había estado caminando en círculos. Murmuró el nombre de su hermana y se acercó trabajosamente a la puerta. La tanteó con los dedos y dio unos golpecitos con la mano.
— ¡Elsa! — Exclamó y se tumbó sobre el cristal. En aquel momento le pareció que sus fuerzas la abandonaban de golpe. Sus manos estaban heladas y si movía los dedos le causaban dolores terribles. Se acurrucó sobre su lecho y se recargó en la puerta, tratando de abrigar en vano sus pies con el calor de su cuerpo
— ¿Qué quieres? — Respondió secamente su hermana desde adentro. —Déjame en paz.
—Perdona, Elsa— Dijo la princesa en un grito ahogado que terminó en suspiro. —Te quiero.
—Vete de aquí. — Contestó la Reina.
Pero la princesa no podía apartarse, y aunque hubiera sido capaz, tampoco lo hubiera hecho. Así que repitió sus palabras: "Elsa, te quiero."
Al escuchar el tono de su hermana, la Reina adivinó que algo no marchaba bien. Se paró de su asiento, posó su mejilla contra la puerta y preguntó:
—Anna, ¿Qué tienes?
—No importa—Respondió, temblorosa y débil. — Quiero que sepas que te amo así como eres, y todo el viaje habrá valido la pena si tú vuelves a ser feliz.
— ¿Qué pasa? Espera, voy a abrir. —Dijo la reina. Posó su palma sobre la puerta e intentó deshacerla. Pero Elsa perdía el control de sus poderes cuando se angustiaba demasiado, y en ese instante se asustó tanto que el hielo retrocedió con demasiada lentitud.
"Espérame, Anna, por favor", dijo en su cabeza: "Todo esto es mi culpa, debí de llevarnos a la casa del bosque y dejar el reino para siempre. Nunca quise ser reina y si algo le pasa a Anna jamás me lo perdonaré."
Recargada, inmóvil y ya sin esperanzas de salir, la Princesa Anna recordó el día del funeral de sus padres: Era una tarde brumosa y los asistentes pasaban como negros fantasmas que no hacían justicia al cariño y calidez que le habían provisto en vida. Ese día, frente a sus lápidas, se prometió que trataría de ser siempre buena, de modo que un día se reuniría con ellos en el cielo.
Había buscado el consuelo de Elsa y corrido a su habitación, pero sólo encontró una puerta cerrada y las frías palabras de su hermana diciéndole: "Vete de aquí" ¡y pensar que ahora se hallaba en una situación tan parecida! Ella, la única persona que siempre había amado con todo su corazón, de nuevo le daba la espalda.
Una lágrima se deslizó en su mejilla, rodó a su pecho aún tibio, y se estrelló contra el suelo de cristal. Se compadeció de Elsa y se lamentó de no haberse quedado con ella. En esta ocasión, decidió que por nada del mundo se apartaría de su hermana. Pero aunque su espíritu se probó invencible, su cuerpo perdió fuerza con rapidez. Llegó el momento cuando alzó la mirada y decidió que era hora de hacer las paces con el Creador. Con los labios temblorosos, murmuró con voz apenas audible:
—Hice todo lo que pude, perdona si no fue suficiente. ¡Señor, si esta es mi última hora, por favor, no abandones a Elsa!
La princesa entonces cerró los ojos y su espíritu se abrió hacia lo desconocido; donde no sentiría ya frío, ni dolor, ni la crueldad de las personas.
La reina logró echar abajo la puerta y se arrojó sobre su hermana. Lloraba lágrimas de dolor; no liberaban, quemaban y el hielo del erizo no hizo más que engrosarse. Se oyó un fuerte ruido, un enorme crujido que resonó en toda la habitación, como si algo se hubiera roto en miles de pedazos. Elsa advirtió dos cosas: una, que la cueva estaba un poco menos oscura que antes y otra, que los cristales estaban cambiado de lugar en un movimiento apenas perceptible, ¿Pero qué le importaba?
Sollozaba mientras acariciaba el rostro frío de Anna, y si alguna vez has tenido la desgracia de llorar hasta que se te acaben las lágrimas, sabrás que después viene una especie de calma. Finalmente observó que los cristales subían y la llevaban con ellos. Una luz anaranjada iluminó el rostro de Elsa y notó que comenzaba a hacer calor. Entonces observó el Sol ascendiendo en el este y su fortaleza de hielo hecha añicos.
Ya no estaba en una cueva, pero tampoco en un desierto desolado, sino en un oasis de largos pastos verdes, frescas palmeras y árboles con frutas tan sabrosas que bastaba con apretarlas un poco para que el jugo se le escurriera entre los dedos. "¿Qué es esto?", preguntó la reina. "¿Es magia?"
¡Sí, era más magia! Verás, viajera: La última lágrima de una niña derramada por alguien más contenía el amor más puro y concentrado de todos. Suficiente para acabar con el hechizo del espejo y reducirlo a polvo. Porque sólo el amor puede matar el miedo, el odio y el rencor. Incluso poco puede la muerte en un corazón donde hay amor; tanto así que, en raras ocasiones; así como la muerte vence a la vida, el amor puede vencer a la muerte.
De modo que cuando la princesa abrió los ojos y sacudió la cabeza, únicamente atinó a preguntar qué sucedía. Se sorprendió mucho de hallar a su hermana abrazándola, empapada en lágrimas, pero esta vez de inmensa alegría. Elsa la cubrió de besos y la apretó fuertemente.
— ¿Dónde estamos? — Preguntó Anna, aún débil.
En una arboleda a sus espaldas un pájaro emitió un gorgoreo. Todo había estado tan silencioso durante horas que el sonido las sobresaltó. Atrás apareció Kristoff con Maximus y Sven de las riendas. Se arrojó sobre ellas y al principio intentó, sin mucho éxito, disculparse por todo lo que había dicho anoche, pues estaba tan apenado que tartamudeaba. Elsa se recargó levemente sobre su hombro y Anna lo besó en la boca. Entonces supo que lo habían perdonado.
Al centro brotaba un estanque de agua fresca y cristalina que era una delicia de ver y daban unas ganas enormes de meterse en ella. Los rayos del Sol causaron que Anna sintiera repentinamente una oleada de calor que la cubrió de la cabeza a los pies, de modo que tuvo una sensación de alivio que le ayudó a recuperar energía con rapidez. Se paró y fue al agua para beber.
— ¡Ven Elsa, tienes que ver esto! — Exclamó la princesa con severidad.
La reina se acercó, tratando de adivinar si había algo extraño en el agua. Pero cuando estuvo lo suficientemente cerca para ver lo que Anna señalaba, recibió un salpicón que la dejó empapada. Anna y Kristoff soltaron una carcajada y la princesa volvió a arrojarle agua con la mano. Elsa se agachó e hizo lo mismo, de modo que los tres se corretearon, jugaron y chapotearon hasta quedar exhaustos. Las dos chicas se quedaron tumbadas en la orilla mientras Kristoff fue a recoger unos frutos y preparar los animales para el regreso.
Hermana y hermana se tomaron de la mano y se miraron mutuamente. Se quedaron calladas, pero cada una reconoció que ya no eran las mismas que cuando entraron en la Cueva. Aquella había sido una experiencia dolorosa, habían descubierto aspectos de ellas mismas que no les habían gustado en absoluto. Pero en ese momento, acostadas sobre la hierba, sintieron una graciosa ligereza que nacía de su pecho y se esparcía hasta la punta de sus dedos. Elsa fue la primera en romper el silencio:
—Lo lograste: Llegaste al espejo y rompiste el hechizo.
—No, lo logramos todos. —Corrigió la princesa. —No lo hubiera hecho sin ustedes. — Hizo una pausa y preguntó. — ¿Y ahora qué haremos?
— ¿Ahora qué? — Suspiró la reina con una beata sonrisa. — Nos vamos a casa.
—Sí… Me temo que eso no se va a poder. —Interrumpió una voz suave y varonil que a las chicas les pareció familiar. Observaron así al Príncipe Hans, quien con siniestra expresión en el rostro, presionaba con placer el cañón de una pistola contra la sien de Kristoff. Detrás de él los príncipes Ahmed y Anders las miraban ufanos y su pelotón de soldados sudislandeses les apuntaban con sus fusiles.
