Capítulo X
Obi-Wan contemplaba la pira funeraria con serena tristeza. A su lado, la luz procedente de las lenguas de fuego que, poco a poco pero de un modo implacable, sumían en la nada a todas las bajas de ambos Clanes, cubría a Anakin con un velo amenazador. Podía sentir el inmenso dolor y la rabia que, quien fue su padawan no hacía tanto tiempo, alimentaba en su interior, sin duda recordando otra pérdida infinitamente más dolorosa para él y también muy reciente. No pudo evitar preocuparse por ello.
Al otro lado de las llamas, la figura regia de Linara presidía el funeral. Su semblante era estoico y firme. Pero las profundas ojeras, que apenas podía disimular con un discreto maquillaje, decían al Jedi mucho más que aquel semblante acostumbrado a soportar sobre sus hombros todo el peso del sufrimiento de su Clan. A pesar de que ella, una y otra vez, se empeñaba en negar cualquier síntoma de agotamiento o de enfermedad por el que él le preguntaba, Obi-Wan podía sentir que si no era aquello lo que a ella le sucedía, algo la trastornaba. Por un momento, no pudo evitar preguntarse si él era el motivo de aquel trastorno.
Desechando ambas preocupaciones de su mente, contempló cómo los rescoldos del potente fuego se llevaban con ellos, al irse apagando, el último hálito de existencia de las víctimas incineradas. Era momento de fijar la vista en el complicado futuro que aguardaba a todos los presentes, no en el pasado.
—No malinterpretes mis palabras, ha sido providencial para toda esta gente que tú estés aquí. Pero, ¿la República sabe que lo estás? —Obi-Wan preguntó a Anakin, aún sin salir de su sorpresa.
—Todos estos clones y la cañonera donde hemos venido son propiedad suya. Y te prometo que me los ha asignado muy gustosamente.
—Ya. ¿Para ir a dónde? ¿No estará Oona implicada en esto?
—¡Serás desagradecido! ¡Será que no te hacían falta!
—Como el aire que respiro, Anakin. Pero este planeta está muy alejado del meollo de la guerra y lo sabes. Y ni tan sólo forma parte de la República. En teoría, posee muy poco por lo que esta deba preocuparse en estos momentos.
—Tú lo has dicho: en teoría. Pero no después de que, de camino hacia Kashyyyk para ayudar al Maestro Yoda, yo haya interceptado un carguero de la Federación de Comercio repleto hasta los topes de cristales adeganos que incluyen un elemento hasta ahora nunca visto, capaz de casi duplicar la potencia y rapidez de las naves y del armamento donde se instala componentes creados con estos. ¿Y adivina de dónde venía? El capitán de la nave, un cobarde, se ha meado en los pantalones en cuanto he comenzado a presionarle. La República quiere para sí misma esos cristales y la ventaja que confieren a las naves y a las armas. Así que, aquí estoy —concluyó con cierto orgullo y arrogancia.
—¿Ayudar al Maestro Yoda?
—Eso parece.
Obi-Wan se calló el pensamiento que le vino a la mente: "Eso parece, sí. Pero lo que en verdad quiere el Maestro Yoda no es tu ayuda, pues no la necesita. Sino tenerte bien controlado, al menos por el momento. La ira que fluye dentro de ti no augura nada bueno."
—Bienvenido seas, entonces. Tengo muchas cosas que contarte. Y por lo visto, tú también a mí. Pero dejémoslo para otro momento. Lo imprescindible ahora es dar asistencia a los heridos y ejecutar la desagradable tarea de enterrar a los muertos.
Tras esa primera conversación que había mantenido con Anakin, el tema de de la Federación de Comercio y de los malditos cristales adeganos especiales —que habían llevado a la muerte a toda aquella buena gente— quedó pospuesto. Pero había llegado el momento de retomarlo.
Una Consejera de la Reina se acercó a esta y le susurró algo al oído, que logró sacarle una leve expresión de alarma y preocupación. Al marcharse la Consejera, Linara caminó hasta Obi-Wan y buscó su mirada.
—Ahsra Jonk se está muriendo —anunció—. Ella sigue consciente, pero no pasarán muchas horas antes de que exhale su último aliento. Las heridas que ha recibido han dañado demasiados puntos vitales y no hay modo de lograr que se recupere.
Obi-Wan asintió, pensativo.
—¿Sabes algo de Oona? —preguntó a Anakin.
—Que yo sepa, ella sigue en la luna de Lok. ¿Vas a ponerte en contacto con ella?
—Sí. Ha llegado el momento de que tome una decisión definitiva sobre su futuro. No puede servir correctamente a la Orden Jedi con el corazón dividido en dos mitades —declaró con voz severa.
Al escucharle, Linara supo, una vez más, que ella siempre sería secundaria en su vida. Y una vez más lo aceptó. Él jamás le había mentido sobre ello y lo único que tenía que hacer era aceptar que ella tampoco le mentía al afirmar que sabría ser la esposa de un Jedi, si él le daba la oportunidad de poder llegar a serlo. Aunque lo más seguro era que eso ya no llegaría a pasar jamás, ya que los mareos se sucedían cada vez con más frecuencia y ya no le cabía duda alguna de su origen, pues no podía haberla. Seguramente, él marcharía pronto de aquel planeta y ella no iba a ofrecerle una mujer enferma o moribunda como compañera de vida. Así que no iba a confesarle nada sobre su dolencia —no estaba dispuesta a cargar sobre sus hombros una nueva preocupación— y cuando la superase, si es que llegaba a hacerlo, le ofrecería de nuevo ser su esposa. Pero no antes.
—Traeme a Norden de las garras de esas cabezas hueca o juro que las bajas entre ellas se contarán por decenas.
—Yo lo traeré —Anakin se ofreció.
—No. Yo lo haré. Ya ha habido bastantes muertes en este planeta, tanto suyas como vuestras. Hoy por hoy, el único enemigo real que ambas tenéis es el Ejército Separatista. Así que no veáis fantasmas donde no los hay —Obi-Wan negó, rotundo.
—Hazlo como quieras. Pero como mi hermano no regrese sano y salvo, alguien lo va a pagar muy caro.
—¿Me estás amenazando?
—No, Obi-Wan. Lo siento. —Le acarició una mejilla con ternura, gesto que Anakin observó, suspicaz—. Es que temer por su vida me pone de los nervios.
—No adelantemos acontecimientos, Linn. —Había usado el diminutivo con que se refería a ella en privado, para que supiera que no existía problema entre ellos —. Las Damas Rage que han quedado en sus asentamientos, a pesar de que están convencidas de que habéis sido vosotras, y no la Federación de Comercio, quienes les habéis causado tantas bajas, no son tontas y no matarán a Norden pudiendo sacar más partido de él estando vivo. En cuanto nos aseguremos de que es razonablemente seguro que sus compañeras puedan regresar a sus dominios sin recibir un ataque por el camino y las acompañemos de vuelta, ellas mismas se encargarán de asegurarles que vosotras no habéis tenido nada que ver en su desgracia, sino que vuestro Clan ha sido tan víctima como el suyo. He de reconocer, sin embargo, que la muerte de Ahsra va a suponer una dificultad añadida para el buen entendimiento con ellas.
—La Princesa Oona debe asumir las riendas de su Clan.
—O permanecer fiel al compromiso que adquirió con la Orden Jedi. Esa es la cuestión que tan sólo ella puede resolver —él respondió con dureza—. Sea como sea, tiene derecho a conocer la gravedad de su madre. ¿Puedes hablar con ella, Anakin? Quisiera hacerlo yo, pero debo traer de vuelta a Norden cuanto antes para evitar un conflicto mayor y totalmente innecesario.
Este asintió a regañadientes.
—Si esa mina es tan importante para los Separatistas como afirmas, debemos organizarnos para resistir nuevos ataques. Y mientras, extraeremos de ella todo el material que podamos hasta agotarla si eso es posible, para que la Federación de Comercio ya no tenga motivo alguno con el que martirizar a los habitantes de este planeta. Hablaremos de todo ello cuando vuelva.
—Una cosa más, Obi-Wan. Tu anillo de hiper impulsión ha sido destruido.
—Lo imaginaba. Ya resolveremos ese problema cuando sea necesario. Regresaré tan pronto como me sea posible.
Sin añadir nada más, se marchó dejando a ambos al frente de la situación.
Recorrió rápidamente la distancia que separaba los principales emplazamientos de ambos Clanes, amparado en la Fuerza para mantenerse oculto. Y al llegar al asentamiento del Clan de las Damas Rage, se encontró con un panorama que no había previsto: Los track-nor, algunos de ellos montados a lomos de monstruosos arknor, estaban arrasando el poblado por completo. A pesar de no haber tomado por sorpresa a las Damas Rage que habían quedado para defender el lugar, estas no eran más que o las más jóvenes e inexpertas, las menos dotadas para la batalla, o las más mayores y lentas por lo que, a pesar de la experiencia de estas últimas, la brutal fuerza de los arknor dirigida por la brutalidad de sus dueños, estaba causando una auténtica matanza. Sin duda, la arrogancia y excesiva confianza derivada de ella que este Clan guerrero poseía, le había llevado al desastre en última instancia. Inmediatamente, Obi-Wan detectó la presencia de la Fuerza más oscura en todo ello. Y se prometió para sí que ya era hora de apresar al adepto a la Fuerza, que tantos problemas estaba causando, para sacarlo de escena de una vez y para siempre. Y, por supuesto, para eliminar el vínculo evidente que mantenía con el Ejército Separatista. Con él fuera de combate, no tendrían más remedio que dar la cara de una vez. Y cuando eso sucediese, él sabía cómo partírsela.
Enarboló su sable láser y se unió a la batalla. Su prioridad era descabalgar a los track-nor que montaban a los arknor, pues estaba seguro de que estos animales, sin guía para dirigirlos y a pesar de su aparente fiereza, regresarían a la seguridad de su entorno natural. Y con todos ellos fuera de la ecuación, dejar fuera de combate a los track-nor restantes resultaría muchísimo más fácil.
Así lo hizo. Fue de uno en uno eliminando a los jinetes de arknor hasta que todos los animales, desorientados, emprendieron la huida hacia la seguridad del bosque más profundo. Cuando descabalgó al último jinete su animal, repentinamente asustado, dio un giro de ciento ochenta grados y Obi-Wan no tuvo tiempo de esquivar un golpe de su potente cola —pues se había centrado ya en eliminar a varios track-nor que se habían abalanzado sobre él para intentar acabar con su vida—, que envió a todo aquello que pilló por delante a varios metros de distancia, haciéndole chocar con la pared de una de las casas. Respirando con dificultad, el intenso dolor que sintió en su pecho le hizo saber que llevaba, al menos, una costilla rota. Recurrió a la Fuerza para tomar su mente bajo control, y el hecho de que no vomitase sangre le ayudó a serenarse, pues indicaba que ningún órgano vital había sido perforado, al menos por el momento. Obviando el intenso dolor que sentía, apartó de su camino a cualquier oponente que se le pusiera por delante, hasta que una voz atrajo su atención.
—¡Obi-Wan! ¡Aquí!
Reconoció la voz de Norden, que le llamaba a gritos. Miró a su alrededor, concentrándose en su origen, y pronto localizó al hombre tras la puerta del edificio que debía hacer las funciones de cárcel. De un fuerte mandoble, su sable láser hizo trizas la rústica madera que retenía al cautivo y este salió corriendo de un minúsculo cubículo que olía a rayos. Sin duda, si no hubiese sido por la pequeñísima ventana que tenía el cuarto y que había servido para que Norden le viera, el hombre habría sucumbido presa de los hedores de su propia inmundicia. Un rápido vistazo mostró a Obi-Wan que no sólo ese había sido el maltrato que el hombre había sufrido, sino que las palizas no habían brillado por su ausencia. Norden mostraba un ojo totalmente hinchado y amoratado, y un brazo le colgaba exánime —sin duda tenía un hueso roto, o algo peor, ya que la sangre se había coagulado sobre una herida de aspecto preocupante—. También cojeaba de una pierna levemente.
—¿Podrás marcharte conmigo? —el Jedi le preguntó, casi sin resuello, cuando él lo alcanzó.
—Tú no estás mejor que yo —respondió, dándose cuenta de que algo mermaba las fuerzas de su liberador con rapidez.
—Lo sé. No podemos seguir ayudando a esta gente ahora. Larguémonos, si no queremos que la cosa se complique.
Norden asintió mientras cogía un blaster de las manos de una Dama Rage muerta y ambos, acabando con los track-nor que aún se cruzaron en su camino —a pesar de que las Damas Rage que quedaban en pie, una vez la amenaza de los arknor hubo desaparecido, parecían haber tomado control de la situación—, emprendieron una carrera lenta pero constante de vuelta al palacio del Clan del Aura Boos.
Les llevó más tiempo del deseado llegar a su destino, pero al menos no se encontraron en su camino con ningún contratiempo que dificultase aún más su regreso. Los centinelas clon que Obi-Wan había apostado en lugares estratégicos del muro que rodeaba el palacio antes de marcharse, al verles llegar, se apresuraron a abrir las puertas para franquearles el paso. La noticia de su regreso corrió como la pólvora y cuando ambos traspasaron las puertas del palacio ya Linara, varias de sus Consejeras y Anakin, estaban aguardándoles.
—Misión cumplida —Obi-Wan afirmó—. Anakin, debemos disponer una fuerza de ataque para…
No pudo acabar la frase, ya que las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, desplomado.
—¡Obi-Wan! —Linara gritó con desesperación mientras se dejaba caer junto a él—. ¡Llamad a la médico! ¡Ahora!
—¿A dónde puedo llevarle? —Anakin preguntó, cogiéndole en brazos con cuidado.
—Seguidme a sus aposentos —la Reina ordenó tras ponerse en pie para guiarle.
Media hora después, Obi-Wan descansaba en la cama, su pecho fuertemente vendado. Aún no había recuperado el conocimiento, pero parecía descansar sin problemas.
—No dispongo de medios para poder hacer más por él —la doctora se lamentó—. ¡Por todos los arknor! ¿De qué está hecho este hombre? Con varias costillas totalmente fracturadas y ha sido capaz de volver aquí corriendo sin morir en el intento —no pudo evitar preguntarse, admirada.
La Reina le devolvió una sonrisa comprensiva, pero no respondió.
—Permitidle descansar, Majestad. El Caballero Jedi Skywalker asegura que el poder de la Fuerza se encargará de hacer el resto. Sea lo que sea eso —añadió, poco convencida.
Linara asintió y ambas mujeres salieron del cuarto.
—Las heridas de vuestro hermano no revisten gravedad. No así con la fractura de su brazo izquierdo, pues también han sido seccionados algunos músculos —la doctora habló de nuevo, mirando a Linara con preocupación—. Mi ayudante y yo hemos hecho todo lo que hemos podido por ese brazo. Pero realmente no sé si podrá recuperar el movimiento en él.
—¿Va a perderlo?
—No lo creo así. Aunque todo depende de que la herida no se complique. Hace al menos un día que se la produjeron y durante todo ese tiempo no ha sido tratada.
—No os preocupéis por mí —Linara escuchó a su espalda y se sobresaltó. Rápidamente se giró al encuentro de su hermano. Él llevaba un brazo en cabestrillo, totalmente inmovilizado. Y las heridas de su rostro y de su pierna ya habían sido tratadas también convenientemente.
—¿Qué demonios haces tú aquí? ¿No deberías estar descansando? —lo reprendió.
—El Capitán de la Guardia de la Reina no descansa. ¿Cómo está él?
—Yo me marcho, Majestad —la médico interrumpió a ambos, sintiendo la tensión que se palpaba en el ambiente—. Si precisáis mi ayuda de nuevo, no tenéis más que enviar a alguien a por mí. Si no, regresaré en un par de horas para revisar el estado del Maestro Kenobi. —Y caminó hacia las escaleras con rapidez, dejándolos a solas.
—Descansando. Lo mismo que deberías estar haciendo tú. ¡Y tutéame de una vez! ¡Maldita sea!
—Esto último puedo hacerlo. Lo otro, no, hasta que enviemos ayuda a las Damas Rage.
—¿A esas sádicas descerebradas? ¡Un buen escarmiento es lo que merecen por lo que os han hecho!
—Conmigo se han pasado, lo reconozco. Pero me pillaron fisgoneando en sus dominios. Y eso que Obi-Wan me pidió expresamente que no llegase tan lejos, sino que recorriese la mayoría del camino hasta allí, dando tiempo a que el adepto a la Fuerza picase el anzuelo y decidiese lanzaros el ataque, y que luego me ocultase y me marchase de regreso al palacio. ¿Qué habrías hecho tú? Recuerdo que, en otros tiempos, el espionaje se castigaba con una visita pagada a los dominios de los track-nor. Por supuesto, sin regreso.
—¡Yo no soy nuestra madre! ¡Jamás lo olvides! —Encaró su mirada con furia desatada.
—Lo sé. Lo sé… Perdóname, hermana. Ya no sé lo que digo.
—Deberías descansar —insistió suavizando el tono de su voz.
—Lo haré. Pero por favor, autoriza al Caballero Jedi Skywalker para que se persone en la aldea principal del Clan de las Damas Rage con una partida de soldados Clon. Necesitan toda la ayuda que les podamos prestar. Eso sin tener en cuenta qué habrá sucedido en las demás aldeas menores. Aunque somos capaces de imaginarlo. Mientras tú cuidabas de Obi-Wan, yo ya le he puesto en antecedentes de lo que ha sucedido allí.
—¿Realmente no han sido ellas quienes han enviado a los track-nor contra vosotros? —quiso saber, mirándolo con suspicacia.
Él negó con la cabeza.
—En estos momentos, no tengo ni idea de cuántas de ellas quedarán en pie después del ataque tan brutal que han recibido. Obi-Wan las ayudó mientras pudo, aprovechando que había acudido allí para liberarme. Y si no hubiera sido por él, ahora mismo no quedaría en pie ni una sola. Te lo puedo asegurar, dado cómo estaba evolucionando la situación hasta que él ha hecho acto de presencia. El ataque las ha pillado en sus horas más bajas, y lo sabes. Queden las que queden, debemos hacerles entender que este es el único lugar donde estarán protegidas a partir de ahora.
Por un momento, Linara quedó pensativa.
—Acompáñame en su busca —le pidió, finalmente—. Y en cuanto este tema quede zanjado, descansarás. ¿Me has oído bien?
—Alto y claro. —Le ofreció una sonrisa conciliadora, que ella le devolvió con cariño.
COMENTARIOS DE LA AUTORA.
Hola a todos.
Antes que nada, deseo agradecer a Pangoo el review que me ha dejado al capítulo anterior. Ya sé que todo el mundo anda muy liado (yo también, jeje) y que es complicado dejar reviews cuando vamos leyendo un fic. A mí también me pasa. Pero siempre que, como escritora, recibo uno, me llega un pequeño empujoncito que me da fuerzas y me anima a seguir. Siento que este es el primer fic que estoy escribiendo que, realmente, no depende de la cantidad de comentarios recibidos, pues lo escribiría aún si no hubiese recibido comentario alguno —escribirlo me llena de un modo que nunca había sentido antes— y agradezco a todo el mundo por igual que esté leyendo este relato: los que me lo han comentado a través de su reviews, los que no, los que lo han añadido a su favoritos y/o a sus alertas y los que no... Pero ese estallido de alegría que me produce recibir un comentario que un lector me ha dejado, siempre será muy especial.
La historia va avanzando. Los acontecimientos se están precipitando y aunque todavía faltan varios capítulos para que llegue el final, este ya no queda muy lejos. Sé exactamente cómo acaba (o cómo quiero que acabe) este relato y deseo desde lo más hondo de mi corazón que no decepcione a sus lectores, aunque creo que va a ser polémico.
Sin nada más que comentaros por el momento, me despido hasta el próximo capítulo.
Gracias por estar ahí.
Rose.
