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CAPÍTULO IX
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Incluso a través de las botas, notaba las irregularidades del terreno.
Era extraño; estaba seguro de que antes le había molestado precisamente lo contrario, no ser capaz de sentir dónde pisaba. Las suelas debían de haberse desgastado, supuso. No bajó la mirada para comprobarlo. Temía tropezar y caer. Tampoco se detuvo. Dudaba que pudiera seguir caminando después de hacer una parada. De todas formas, eso era bueno. Significaba que había caminado mucho, y por tanto que se había alejado de Lonaria.
Había puesto rumbo al sur al salir de la ciudad, sabiendo que era la ruta que debía tomar si quería escapar de las garras de la Condesa cuanto antes, pero tenía la impresión de que se había desviado. No podía saberlo, sin embargo; era noche cerrada y hacía tanto frío que el aliento casi se le congelaba al escapar entre sus labios, y prefería mirar hacia adelante que mirar hacia arriba.
Rin no recordaba cuánto tiempo llevaba andando. Había despertado al atardecer y había escapado de las murallas de Lonaria al caer la noche, temeroso de que alguien lo viera y lo llevase al castillo, y había caminado. Había dormido unas pocas horas al alba, acurrucado entre un lecho de enebros, y tras atiborrarse de bellotas amargas había continuado su marcha, intentando distraerse cuando la noche había traído de nuevo ese frío infernal.
Esa rutina había continuado… ¿Dos días? ¿Tres? Le costaba separar eventos. Los escasos frutos que iba encontrando eran insuficientes y el frío, si bien le permitía casi ignorar que tenía un brazo roto, empezaba a embotarlo también, las garras heladas de la humedad arañando bajo su ropa. Rin tenía en mente su destino mientras seguía el camino, escondiéndose entre los árboles en las pocas ocasiones en que alguien más pasaba, pero no sabía cuánto le quedaba para llegar.
No sabía si se había desviado y había salido del borde del mapa.
No sabía si ya había llegado y en su obsesión por no detenerse había pasado de largo.
Quizá fuera eso lo que había ocurrido, pensó cuando escuchó el inconfundible traqueteo de un grupo de personas que se acercaban por el camino, en la misma dirección que él, y continuó caminando en lugar de detenerse para esconderse. Era consciente de que algo en su instinto de supervivencia estaba fallando, pero no fue hasta que el sonido se hizo más claro y al girar la cabeza vio a los primeros componentes asomar por la curva que el mecanismo se puso en marcha; retrocedió hasta los árboles, tropezando con los matorrales y mordiéndose el labio para evitar gritar cuando cometió el error de amortiguar la caída con el brazo roto.
Para entonces, sólo le quedaba encogerse tras las encinas achaparradas y rezar para que no lo encontraran. Se aovilló y se pegó el brazo herido al pecho, apretando los dientes a la espera de que el insoportable pinchazo se marchase. Y pensó en Haruka, sus músculos relajándose un poco al recordar que el joven era aún menos resistente al frío que él al tiempo que una diminuta sonrisa se dibujaba en su rostro.
Sonrisa que desapareció con el destello de una espada en su cuello.
Lo poco de Rin que no estaba aturdido o congelado hizo arder la poca calma que el joven había logrado acumular. Se echó hacia atrás, deseando alejarse del frío metal, pero no pudo retroceder más de lo que las hojas espinadas le permitieron.
—Y… tú eres… —Rin alzó la mirada para encontrarse a dos hombres. Le llamó la atención el enorme lunar, del tamaño de las gemas engarzadas en los collares típicos de Al-Dimah, que tenía en la ceja el que no estaba amenazándolo con la espada.
—No tiene pinta de ser atiense, y eso que es pelirrojo —dijo el otro, paseando la punta del arma por la mejilla de Rin—. ¿O acaso eres de aquí? ¿Dónde están los papeles que lo certifiquen?
En mitad del terror que se extendía por su cuerpo a más velocidad que el frío, a Rin se le ocurrió que ese comportamiento sería más propio de Haruka; pero no se le ocurría qué responder y además dudaba que fuese capaz de hablar en ese momento.
—¿Es mudo? —gruñó el del lunar, agachándose para que su rostro quedase a la altura de la de Rin.
—Creo que está helado —señaló el de la espada—. Y a punto de mearse encima del miedo… porque eres un extranjero, ¿verdad? —sonrió, y Rin sacudió la cabeza, sin saber siquiera si estaba asintiendo o negando. Sólo quería librarse de ese embotamiento, pensar, poder escapar…
—Maldita sea —escupió su compañero, que observaba a Rin de arriba abajo—. Nos pagarán menos por él, mírale el brazo.
El hombre suspiró.
—Menos es nada. ¿Crees que puedes llevarlo tú solo?
Rin oyó un resoplido cuando el filo de la espada se apartó de su cuello, pero fueron las manos agarrándole los brazos para levantarlo lo que le hizo reaccionar. Acertó un puñetazo en el lunar del hombre y logró aunar suficiente fuerza en las piernas para alejarse dos pasos, antes de que un golpe en el estómago lo hiciera caer. Gritó cuando alguien le retorció el brazo herido y lo inmovilizó en su espalda, tratando sin éxito de liberarse.
—No me esperaba esto —comentó una voz a su derecha. Rin alzó la cabeza lo justo para ver la sangre que resbalaba por el rostro del tipo del lunar—. Éste será difícil de adiestrar.
En esta ocasión, Rin no pudo hacer nada para evitar que lo arrastrasen al camino. No tuvo tiempo para apreciar la enorme jaula en la que los rehenes –esclavos, le informó una vocecilla que sólo contribuyó a alarmarlo más– estaban hacinados antes de ser lanzado al interior sin cuidado; tuvo la suerte de amortiguar la caída con su brazo sano, pero antes de que pudiera incorporarse escuchó la puerta cerrarse tras él.
Sólo logró retroceder hasta apoyarse en los barrotes. Era consciente de las miradas clavadas en él –curiosas, intrigadas–, pero por una vez no le importaban. Tampoco le preocupaba en exceso el dolor creciente de su brazo, ni las arcadas que le provocó cuando llegó a un punto que le hizo marearse.
Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que temblaba.
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Cuando Rei, con ayuda de un compañero, echó abajo la puerta de los aposentos de la Condesa, después de llamar y advertir en repetidas ocasiones lo que ocurriría si la mujer no abría, la encontró vacía.
Ambos se miraron, sin saber qué hacer. Registraron el dormitorio principal, el baño y una habitación que parecía un armario gigante, comparable al de la Sultana, pero no encontraron a la mujer por ningún sitio. Absolutamente perplejo, Rei se disponía a regresar a la habitación de la joven para explicarle lo ocurrido –suponía que, aunque fuese madrugada, la Sultana no se había quedado dormida aún–, pero antes de que avanzase dos pasillos un guardia se acercó corriendo hacia él, deteniéndose en seco a dos metros.
—No queda nadie en el castillo, señor —le informó.
Rei entornó los ojos.
—¿Cómo que no queda nadie?
El hombre tomó aire varias veces, como para armarse de valor.
—Ninguno de los esclavos está. Sólo quedan los guardias que deberían sustituir a los que estaban… bueno, de guardia esta noche.
Imposible. Rei calculaba que la cantidad de gente desaparecida era de al menos cien personas. No podía ser que se hubiesen marchado sin que nadie se diese cuenta; por los Dioses, había apostado a algunos de sus propios hombres en las salidas del castillo precisamente para asegurarse de que nadie saliera ni entrara sin su conocimiento.
—¿Habéis registrado bien? —insistió.
—Sera se ha tomado la libertad de movilizar a unos cuantos más de los nuestros, y a falta de algunas torres… sí, señor —respondió su compañero, y su voz sonó casi como una disculpa.
Rei se subió las gafas.
—Seguid registrando —ordenó—. E interrogad a los guardias que quedan… sin violencia —sabía que a la Sultana no le haría la menor gracia que se continuasen las esperpénticas tradiciones de la Familia Real.
Lo cual no significaba que Rei no temiese la reacción de la joven cuando le dijese que la Condesa se les había escapado como agua entre los dedos.
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—No puedo creerlo —exhaló Gou por enésima vez.
Era consciente de la mirada preocupada de Nagisa siguiendo sus idas y venidas por la habitación, pero en ese momento le importaba bien poco. Estaba más furiosa de lo que había estado en mucho tiempo; no sabía si le molestaba más haber sido engañada o que la Condesa se hubiese escapado en sus mismísimas narices.
—Lo siento —murmuró el joven—. Lo único que no entiendo es… ¿cómo ha sabido que íbamos a detenerla? Has dado la orden hace apenas un par de horas.
Gou se encogió de hombros, dejándose caer a su lado en el sofá.
—Quizá lo tuviese planeado… O puede que te oyera cuando viniste… ella o alguno de sus hombres —era consciente de la otra opción, pero no quería considerarla. Rei había elegido personalmente a la comitiva que la acompañaría de entre todos los guardias, y había enviado a ocultarse en Nil a aquellos cuya lealtad no tenía clara—. Al menos sabemos que no tiene a mi hermano.
Nagisa sonrió. Se aventuró a tomar su mano.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Gou enarcó una ceja.
—¿"Vamos"? ¿Estás dispuesto a seguir ayudándonos?
—Claro.
Gou no supo qué decir. Pese a la frustración, la furia y la impotencia, notaba las llamaradas cálidas que recorrían sus venas, comenzando por la mano que Nagisa tenía entre las suyas. Cuando el joven le cogió la otra, con cautela, la joven se permitió suspirar, pero lo que en realidad brotó de sus labios fue algo parecido a un sollozo. La única prueba de que Nagisa lo había oído fue el leve incremento en la fuerza de sus dedos.
—Me alegro de que estés aquí —admitió la joven, bajando la mirada—. Es decir… más allá de lo oficial. Sé que te arriesgaste para averiguar lo que la Condesa está haciendo con los no atienses, teniendo que venir aquí pese a que también cogió a tus amigos… y aunque no la hayamos cogido esta noche, lo haremos… —Gou sacudió la cabeza; no quería divagar—. Pero no es por eso.
—Lo sé —replicó él—. Porque por eso quiero ir contigo.
La Sultana sintió sus mejillas encenderse. El hecho de que no ocurriese nada, sin embargo, convirtió su rostro en una mueca de exasperación.
—Creía que eras tú quien sabía de cuentos —comentó.
—¿Eh? —Nagisa parpadeó, desorientado. Gou puso los ojos en blanco.
—¿Qué vendría ahora si tú estuvieses contando esta historia? —lo picó.
Nagisa, que parecía haber comprendido, fingió pensarlo durante unos instantes.
—Hay un incendio. El castillo se viene abajo entre llamas hijas del mismísimo Dios Sol. No hay supervivientes.
La joven se echó a reír. No debía; no tenía la menor idea de dónde –ni cómo– estaba su hermano y la gobernante de una de las regiones más productivas de su reino se había dado a la fuga, burlándose de ella en su cara. Pero estaba Nagisa, el titiritero que a pesar de las lunas no dejaba de hacerla sonreír.
—¿Y no hay beso de despedida?
Nagisa hinchó los carrillos.
—¡No puedo contar una historia y actuar al mismo tiempo, Alteza!
Al parecer sí podía, pensó Gou cuando, por fin, probó de nuevo los únicos labios que conocía. Y ah, hubiese dado cualquier cosa para que ese momento en el que el único mundo que existía era Nagisa durase para siempre; pero, aunque no fue a causa de un incendio, el instante tuvo que terminar.
—¿Qué hago ahora? —preguntó Gou, escondiendo el rostro en el hombro de Nagisa. No esperaba respuesta, pero aun así sonrió a su pesar cuando notó los brazos del joven, cautelosos, rodear su espalda.
—Es mejor que lo pienses mañana —dijo finalmente el titiritero—. Es muy tarde y mañana probablemente sea un día largo.
Gou asintió, maldiciendo su agotado cerebro cuando no se le ocurrió nada que decirles al resto de guardias, los que llegarían por la tarde con Sousuke y el resto de amigos de Rin. Supuso que, pese a que no quisiera dormir, Nagisa tenía razón; era lo mejor que podía hacer durante las horas que faltaban para el amanecer.
Se separó de él y se dirigió a la cama arrastrando los pies, sin molestarse siquiera en desvestirse antes de meterse bajo las sábanas. Observó a Nagisa, que se había levantado del sofá y la miraba con una cautela inusual.
—¿Si te pido que te quedes aquí seguiré siendo doncella por la mañana? —murmuró, sonriendo cuando la pregunta hizo sonrojar al joven—. Ven —ordenó; sabía que estaba siendo imprudente y que su madre la mataría si supiera lo que iba a hacer, pero Nagisa nunca le había dado motivos para desconfiar de él. El joven llegó a la cama en dos pasos y se sentó en el borde. Gou sacó una mano de entre las mantas para tomar la suya—. Buenas noches —murmuró.
No escuchó nada más que su respiración y la de Nagisa hasta que, rozando las puertas de la inconsciencia, el joven empezó a roncar.
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Rin no estaba en Lonaria.
Objetivamente, Haruka lo sabía desde que el mensajero de la Sultana había llegado a Nil a entregarles la misiva y había ordenado a sus hombres que se movilizaran.
Esa realidad, sin embargo, no caló en su interior ni siquiera después de recorrer él mismo todo el castillo sin encontrar al joven, tal y como informaba la carta. Ni siquiera se había molestado en ir a escuchar el discurso preparado por la hermana de Rin; él no estaba allí, y Haruka quería encontrarlo. Aunque, a fin de cuentas, hubiese dado lo mismo. Por mucho que Haruka anhelase verlo, el joven seguía en paradero desconocido.
Recorrió al menos tres veces el castillo, de arriba abajo, pasando por todas las habitaciones. La mayoría estaban vacías y en otras había guardias, pero en ninguna estaba Rin. Cuando, tras casi dos horas, Haruka se dio por vencido, se apoyó en la pared, sin saber hacia quién dirigir su ira. Pese a que la opción más fácil era, precisamente, Rin, el joven estaba demasiado preocupado para enfadarse con él; no tenía sentido guardar rencor a alguien que no estaba ahí.
Cuando vio a Sousuke acercarse por el pasillo, Haruka se planteó seriamente la posibilidad de que los Dioses estuviesen, por una vez en su vida, dispuestos a hacerle alguna tarea sencilla.
—¿Es que tienes la manía de esconderte cada vez que vas a un castillo? —Haruka lo fulminó con la mirada—. Tienes que venir.
—Estoy bien aquí —replicó Haruka, sin molestarse en seguir observándolo. Escuchó el resoplido del joven.
—Mira, yo tampoco quiero verte más de lo necesario, pero…
—¡Haru! —tanto Haruka como Sousuke se giraron para ver a Makoto, que llegó sin resuello hasta donde estaban—. Tienes que venir.
—¿Tú también?
—Sousuke ha dicho que podrías ayudar.
Haruka ni siquiera miró al joven. Enarcó una ceja, sin comprender, pero Makoto no parecía tener ganas de perder el tiempo; le agarró el codo y tiró de él, con demasiada fuerza para permitirle resistirse. Haruka no opuso resistencia, más porque intuía que debía de ser realmente importante que porque le apeteciera seguirlo.
Tras bajar dos pisos y recorrer un laberinto de pasillos, llegaron a una sala que parecía irradiar oscuridad; pese a que en la pared abundaban las antorchas y aún no había oscurecido, era imposible purgar el ambiente lúgubre de ese lugar. Sin embargo, Haruka prestó más atención a la gente que había allí congregada: la Sultana, Nagisa, el guardia que había seguido a Rin por todo el desierto un año antes, otros guardias a los que no conocía, sus propios compañeros y…
—¿Hana? —Haruka no fue consciente de que Makoto lo soltaba; le sorprendió demasiado ver a la niña esclava ahí. Había oído que la Condesa se había llevado a todos sus esclavos. Se acercó a la chiquilla, que parecía temer a todas las personas que había en la estancia y se había encogido en un rincón, sin poder reprimir sollozos inarticulados que hacían la atmósfera aún más deprimente. Hana alzó la mirada un poco, sin embargo, al escuchar su nombre
—Estaba escondida en las cocinas —explicó Rei—. Además de los pocos guardias que quedaban, estaba ella. Hemos intentado interrogarla, pero es muy asustadiza.
—Además de que no se les ha ocurrido pensar que no puede hablar —agregó Sousuke, exasperado.
—Sousuke ha dicho que tú estuviste hablando con ella —intervino la Sultana—, así que…
Dejó la frase en el aire, y Haruka contuvo un bufido antes de volver a mirar a Hana, que se había limpiado las lágrimas y se sorbía la nariz, aparentemente atenta a la conversación. Al menos, pensó, no era sorda.
Tuvo claro mientras se agachaba para quedar a su altura, sin embargo, que no lo estaba haciendo por ellos. Algo en la forma en que la niña se movía, en sus ojos abiertos y llenos de miedo, le resultaba demasiado familiar para poder ignorarlo.
Se quedó observándola un rato, sin querer acercarse más para no asustarla, preguntándose cómo cogerla sin producirle un ataque de pánico.
—Aunque griten mucho, no hacen nada —le confió finalmente. Hana parpadeó y Haruka se giró para señalar a Makoto, que se había quedado quieto cerca de la entrada—. Él quien menos.
Hana no parecía convencida. Haruka tuvo que admitir que Makoto era demasiado corpulento para que la primera impresión que uno tenía de él fuese la de alguien no amenazante. Extendió el brazo hacia la niña con cautela; estaba a más distancia de la que le permitiría tocarla, pero aun así Hana observó el movimiento con desconfianza.
—Yo tampoco hago nada, lo sabes.
La niña ladeó la cabeza, su pelo corto bailando con el movimiento. Sin embargo, sus brazos ya no estaban tensos; y parte del miedo de su mirada había sido reemplazado por curiosidad. Lentamente, con los labios fruncidos en un gesto de aprensión, se puso en pie y dio unos pasos vacilantes hacia Haruka.
—¿Dónde están los demás? —preguntó él, sin hacer el menor amago de tocarla. Dejó caer el brazo.
Hana señaló hacia la ventana.
—Supongo que eso significa que aquí no —masculló Kisumi.
Haruka se puso en pie también, comprendiendo que sería difícil comunicarse con Hana.
—Oye, ¿no te escribió su nombre? —inquirió Sousuke, como si le hubiese leído el pensamiento con una precisión digna de Makoto.
Haruka la miró.
—¿Sabes escribir, Hana?
—Si escribió su nombre… —empezó Sousuke, impaciente, pero se interrumpió cuando la niña negó con la cabeza.
—Seguramente sólo le hayan enseñado su nombre —aportó Nagisa—. Es bastante común —agregó al sentir las miradas sorprendidas de Sousuke y la Sultana clavadas en él, como para justificarse.
La Sultana bufó.
—¿Cómo, entonces, se supone que va a decirnos algo útil? —se exasperó, pasándose una mano por el lacio cabello rojo.
Haruka dio un respingo cuando Hana tiró de su muñeca. Al bajar la mirada, descubrió a la niña señalando hacia la puerta y tratando de llevarlo con ella.
Por segunda vez en menos de una hora, Haruka se dejó arrastrar por el castillo; escuchó a los demás seguirlos a cierta distancia, como si no estuviesen seguros de que Hana fuese a mostrar al joven lo que quiera que quisiera enseñarle si traía compañía. Pero la niña no parecía prestar atención; guio a Haruka escaleras abajo, descendiendo hasta que llegaron a las mazmorras, bajo el nivel del suelo.
El joven no dijo una palabra cuando llegaron al nivel más profundo de mazmorras; cogió una antorcha del soporte en la pared antes de entrar en un pasillo en el que no había absolutamente nada de luz. Sin embargo, cuando Hana lo guio hasta el final del corredor, en el que no había nada más que una pared, y señaló los ladrillos, dudó que pudiese comprender lo que la niña quería decir sin ayuda.
—¿Qué es esto? —le preguntó. Hana lo observaba con expectación, como esperando a que dijese algo—. ¿Una pared? —la pequeña negó con la cabeza—. ¿Mazmorras? —tampoco era eso; Hana apoyó la mano en uno de los ladrillos—. ¿Piedra?
Definitivamente, Haruka prefería a los niños que hablaban. Hana parecía aún más frustrada que él cuando alzó los brazos en un gesto universal. El joven dejó la antorcha en un soporte cercano y la cogió, acercándose de nuevo a la pared desnuda.
Hana pasó las manos por los ladrillos; daba palmaditas en la piedra y parecía estar siguiendo algún tipo de patrón desconocido para Haruka, pero que definitivamente, comprendió el joven cuando la niña soltó una risita, tenía sentido.
Un segundo después, sin embargo, el estruendo ensordecedor que estremeció el pasillo le hizo dar un salto hacia atrás, alarmado. Quiso echar a correr, temiendo que el castillo entero se les viniese encima, pero se quedó congelado al comprobar el origen del sonido.
El muro se hundía. No desmoronándose, sino más bien deslizándose hacia abajo, en un hueco que Haruka no hubiese sabido que existía de no ser por Hana. La niña se aferraba a su ropa, alarmada por el ruido, aunque no parecía asustada; no debía de ser la primera vez que lo veía. Cuando terminó de desaparecer, el monstruoso mecanismo que había activado Hana se detuvo, dejando tras de sí un denso silencio y un túnel que debía de tener varios siglos.
—Vaya con la Condesa.
Haruka descubrió al séquito que los había seguido en la entrada del pasillo; se había olvidado por completo de ellos. Dejó a Hana en el suelo mientras se acercaban al túnel de piedra para curiosear, apartándose de su camino cuando se dio cuenta de que la niña trataba de esconderse de ellos tras él.
—¿Adónde lleva esto? —preguntó Momotarou a nadie en particular—. ¡Quiero verlo! —anunció, echando a andar con decisión hasta que Aiichiro lo agarró de un brazo para detenerlo.
—Fuera de Lonaria, eso es seguro —razonó la Sultana—. Rei, busca a un par de hombres y explorad el pasadizo —el guardia asintió—. Sólo falta… —buscó a Hana con la mirada; se acercó a ella, pero la chiquilla retrocedió, y la joven se detuvo para no asustarla—. Te llamas Hana, ¿no?
Haruka la miró. Todo en su postura hablaba de desconfianza. Sin embargo, tras unos segundos asintió secamente.
—Yo soy Gou —se presentó la Sultana—. Y si nos echas una mano, no tendrás que ser esclava más.
Era obvio que la niña no se lo creía; no obstante, alzó la mirada hacia Haruka en busca de su opinión.
—Seguramente lo haga —murmuró él; la hostilidad de Hana hacia la Sultana no tenía pinta de haber disminuido un ápice, pero la niña se tomó la molestia de volver a mirarla.
—¿Sabes adónde ha ido la Condesa? Aunque no puedas escribirlo; ¿has oído adónde quería llegar?
Hana se aferró a Haruka con más fuerza antes de asentir.
