Disclaimer: Este fic es una adaptación de un libro llamado " Tristan e Isolda" de Joseph Bedier
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EL ERMITAÑO BUNTA
Al cabo de tres días, habiendo seguido Minato largo rato la pista de un ciervo herido, le sorprendió la noche y bajo el bosque oscuro se puso a pensar:
«No, no es por miedo que el rey nos ha perdonado. Había cogido mi espada, yo dormía, estaba a su merced, podía herirme: ¿para qué los refuerzos? Y si quería cogerme vivo, ¿por qué, desarmado ya, me hubiera dado su propia espada? ¡Ah! Te he reconocido, padre. No por temor, sino por ternura y por piedad, has querido perdonarnos. ¿Perdonarnos? ¿Quién podría, sin envilecerse, perdonar tal iniquidad? No, no ha perdonado, pero ha comprendido. Ha conocido que en la hoguera, en el salto de la capilla, en la emboscada contra los leprosos, Dios nos había acogido bajo su salvaguardia. Entonces se ha acordado del niño que antaño tocaba el arpa a sus pies, y de mi tierra de Kaminari abandonada por él, y del venablo de Takuma, y de la sangre derramada por su honor. Ha recordado que no había yo reconocido mi culpa sino reclamado, en vano, juicio, derecho y batalla. Y la nobleza de su corazón le ha inclinado a comprender las cosas que no comprenden los hombres que le rodean; no creo que sepa ni jamás pueda saber la verdad de nuestro amor; pero duda, espera, siente que no he dicho mentira, desea que mediante juicio pruebe mi razón. ¡Ah! ¡Mi buen tío! ¡Vencer en batalla con la ayuda de Dios, alcanzar vuestra paz y por vos revestir otra vez la coraza y el yelmo! ¿Qué he pensado? Tomaría de nuevo a Kushina: ¿se la entregaría yo? ¡Ojalá me hubiera degollado mientras dormía! Antes, perseguido por él, podía odiarle y olvidarle; había abandonado a Kushina a los enfermos. Ya no era suya; era mía. He aquí que con su compasión ha hecho renacer mi ternura y ha reconquistado a la reina. ¿La reina? Ella era reina a su lado y en este bosque vive como una sierva. ¿Qué he hecho de su juventud? En lugar de su cámara tapizada de telas de seda, le doy este bosque salvaje; una choza en lugar de sus bellas cortinas; y es por mi amor que ella sigue este duro camino. A Dios Nuestro Señor, rey del mundo, pido gracia y le suplico que me dé fuerzas para devolver Kushina al rey Hashirama. ¿No es su mujer, desposada según la ley de Roma, ante todos los gentilhombres de su tierra?»
Minato se apoya en su arco y se lamenta largamente bajo la noche.
En la espesura cercada de zarzas que les servía de albergue, Kushina la Pelirroja esperaba la vuelta de Minato . A la claridad de un rayo de luna vio brillar el anillo de oro que Hashirama había deslizado en su dedo. Y pensó:
«El que por bella cortesía me ha dado este anillo de oro no es el hombre irritado que me entregaba a los leprosos. No; es el señor compasivo que desde mi llegada a esta tierra me dio acogida y protección. ¡Cuánto amaba a Minato ! Pero he venido yo y ¿qué he hecho? ¿Minato no debería vivir, por ventura, en el palacio del rey rodeado por cien donceles que formarían su mesnada y podrían ser armados caballeros? ¿No debería recorrer cortes y baronías en busca de soldados y aventuras? ¡Pero por mi amor olvida toda caballería, desterrado de la corte, acosado en este bosque, arrostrando una vida salvaje!»
Entonces, sobre las hojas y las ramas muertas, oyó los pasos de Minato que se acercaba. Fue a su encuentro, como de costumbre, para cogerle las armas. Quitóle de las manos el arco infalible y sus flechas y desató las correas de la espada:
—Amiga —dijo Minato —, es la espada del rey Hashirama. Debía degollarnos y nos ha perdonado.
Kushina cogió la espada, besó la empuñadura de oro y Minato vio que lloraba.
—Amiga —dijo—, ¡si yo pudiera reconciliarme con el rey Hashirama! Si me permitiera sostener en batalla que nunca, ni de hecho ni de palabra, os he amado con amor culpable, todo caballero de su reino, que osara contradecirme, me hallaría armado en campo cerrado. Después, si el rey consentía en guardarme en su mesnada, le serviría con gran honor como a señor y padre mío. Y si prefiriera alejarme y reteneros a vos, yo pasaría con Jiraiya por único compañero. Pero donde quiera que fuere, reina, y siempre, yo sería vuestro. Kushina, yo no pensaría en esta separación si no fuera por la dura miseria que sufrís por mí hace tanto tiempo, hermosa, en esta tierra desierta.
—Minato , acordaos del ermitaño Bunta. ¡Volvamos hacia él y ojalá podamos implorar favor al poderoso rey celestial, Minato amigo!
Despertaron a Jiraiya; Kushina montó el caballo que Minato conducía por el freno y toda la noche, atravesando por última vez los bosques amados, caminaron sin decir palabra.
A la mañana se tomaron un descanso; luego caminaron todavía, hasta que alcanzaron la ermita. En el umbral de su capilla, Bunta leía un libro. Les vio y de lejos les gritó enternecido:
—¡Amigos! ¡Cómo os empuja Amor de miseria en miseria! ¿Cuánto durará vuestra locura? ¡Valor! ¡Arrepentios de una vez!
Minato le dijo:
—Escuchad, micer Bunta, ayudadnos para ofrecer un acuerdo al rey. Yo le devolveré a la reina. Después marcharía lejos, a Hurashiki o a Frisia y otro día, si el rey quisiera soportarme a su lado, volvería y le serviría de buena gana.
Inclinada a los pies del ermitaño, Kushina dijo a su vez, quejumbrosa:
—Yo no viviré más así. No digo que me arrepienta de haber amado y de amar a Minato , ahora y siempre; pero nuestros cuerpos, por lo menos, estarán en adelante separados.
El ermitaño lloró y adoró a Dios:
—¡Dios, hermoso Rey todopoderoso! Os doy las gracias por haberme dejado vivir suficiente tiempo para socorrer a estos desgraciados.
Les aconsejó sabiamente, después cogió tinta y pergamino y escribió un mensaje, en el cual Minato ofrecía un ajuste al rey. Cuando hubo escrito todas las palabras que Minato le dictó, sellólas éste con su anillo.
—¿Quién llevará este mensaje? —preguntó el ermitaño.
—Lo llevaré yo mismo.
—No, caballero Minato , no intentaréis tan azarosa caminata; iré yo por vos; conozco bien a los habitantes del castillo.
—Dejad, buen micer Bunta; la reina quedará en vuestra ermita; al anochecer iré yo con mi escudero, que me guardará el caballo.
Cuando la oscuridad descendió por la selva, Minato se puso en camino con Jiraiya. A las puertas de Meiji, le dejó solo. Sobre los muros los vigías tocaron sus trompas. Se deslizó por el foso y atravesó la villa con peligro de su vida. Atravesó como otras veces las empalizadas agudas del jardín, volvió a ver la gradería de mármol, la fuente y el gran pino y se aproximó a la ventana tras la cual el rey dormía. Le llamó suavemente. Hashirama despertó.
—¿Quién eres tú que me llamas en la noche, a tales horas?
—Señor, soy Minato , os traigo un mensaje; aquí os lo dejo en el alféizar de esta ventana. Haced prender vuestra respuesta en un brazo de la Cruz Encarnada.
—¡Por amor de Dios, buen sobrino, espérame!
Cruzó el umbral y, por tres veces, gritó en la noche:
—¡Minato ! ¡Minato ! ¡Minato ! ¡Hijo mío!
Pero Minato había huido. Fue al encuentro de su escudero y de un salto rápido montó en la silla.
—¡Loco! —dijo Jiraiya—, ¡date prisa! Huyamos por este camino.
Llegaron finalmente a la ermita donde encontraron, esperándoles, al ermitaño que rogaba y a Kushina deshecha en llanto.
Bye!
