Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.
-Capítulo 9-
– ¿De verdad que no te ha molestado que haya invitado a tus padres sin pedirte permiso? –me preguntó Alice después de cenar, mientras recogíamos la cocina entre los dos.
–En absoluto. Me ha parecido estupendo, sinceramente.
Alice sonrió ampliamente, terminando de secar un vaso con un trapo.
–Me alegro, entonces. ¿Qué has hecho esta tarde?
–Leer y estar con mi madre. Se ha sorprendido mucho al enterarse de que ahora vivimos juntos.
– ¿Sí?
–Sí, ella también cree que…–me encogí de hombros con una leve sonrisa. –Que estamos juntos.
Alice se echó a reír entre dientes y negó con la cabeza.
–Estas madres… Me da la sensación de que tu madre y la mía serían grandes amigas si se conocieran.
–Eso ni lo dudes. Se llevarían de maravilla –le respondí riéndome yo también. – ¿Y a ti qué tal te ha ido?
–Muy bien, cada día mejor. Las niñas no se cansan en ningún momento y están llenas de energía. Espero que cuando hagan la representación en el colegio vayas a verlas.
– ¿Bailarás tú con ellas?
–Tal vez, pero aún no lo sé. Los padres quieren ver a sus hijas, no a la profesora.
–Bueno, si voy yo querré verte bailar a ti.
Alice sonrió tímidamente, guardando el vaso en su repisa y dejando el trapo sobre la encimera.
– ¿Así que quieres verme bailar?
–Claro. Hace mucho tiempo que no lo hacemos –se me detuvo el corazón al darme cuenta de la burrada que acababa de decir. –Q-Quiero decir que hace tiempo que tú no bailas y que yo no te miro –intenté arreglarlo sin que Alice se diera cuenta de lo nervioso que acababa de ponerme, pero fue inútil. Habían comenzado a arderme las mejillas y Alice había vuelto a reírse entre dientes.
–Tienes razón. ¿Te apetece que… lo hagamos ahora?
Parpadeé seguidamente, nervioso perdido, por lo que simplemente pude asentir lentamente con la cabeza. Alice salió de la cocina seguida por mí, y me pidió que la esperara en el salón. No tardó más de dos minutos en regresar vestida con sus pantalones negros de deporte, una camiseta blanca sin mangas y con su cabello recogido en una coleta. En su mano llevaba un cd donde supuse que guardaba su música de baile, y así fue. Cuando lo puso en el reproductor comenzó a sonar una canción lenta y sin letra que no reconocí. Mis ojos se dirigieron implacablemente hacia Alice, que había apartado un poco el sofá y se había colocado en el centro del salón. Había cerrado los ojos, y al cabo de unos segundos en los que permaneció inmóvil, comenzó a moverse. Alzó los brazos lentamente y empezó a bailar como solía hacerlo antes, ajena a todo lo que la rodeaba. Fue entonces cuando supe que se había olvidado de mí y de dónde estaba, pero no me importó. Me encantaba verla moverse de ese modo tan liberador, pues aquélla era su forma de declararse libre ante todos, y yo me sentía feliz porque sabía que así se sentía ella. Dio una vuelta sin abrir los ojos, y después alzó de nuevo los brazos al cielo para luego soltarse el cabello, que se desparramó alrededor de sus hombros como un halo.
Tragué saliva cuando un nudo de tristeza se instaló en mi garganta sin motivo aparente. Pero sí que lo había, y yo era plenamente consciente de él. Se debía a que yo jamás podría acompañarla en ninguno de sus bailes, jamás podría guiarla y jamás podría dejarme llevar por ella. Ése honor le sería entregado a otro hombre que la mereciera más que yo, a un hombre que pudiera hacerla feliz de verdad.
Abrí los ojos al darme cuenta de que los había cerrado, y me encontré a Alice parada en el mismo lugar que antes, sólo que ahora respiraba agitadamente y me miraba preocupada. Se acercó a mí con mucha rapidez, con la angustia marcada en el rostro.
– ¿Estás bien? –me preguntó respirando aún entrecortadamente.
–Sí, claro que sí. No sé qué me ha pasado –mentí agachando la cabeza.
– ¿Te encuentras mal? ¿Quieres que llame a alguien? –se ofreció tomándome de las manos y arrodillándose frente a mí.
–No. Estoy perfectamente, de verdad. Siento… haber interrumpido tu baile.
–No lo has hecho. Nunca lo has hecho –me aseguró mirándome intensamente a los ojos. Fue entonces cuando percibí que estos estaban húmedos, y me apresuré a secármelos antes de que Alice se diera cuenta. Pero ya era tarde para eso. – ¿Qué te ocurre?
–Nada, no es nada –le respondí carraspeando e inclinando la cabeza de nuevo.
Me sobresalté cuando sentí la mano de Alice acariciándome suavemente la mejilla, y alcé la vista de nuevo, topándome de lleno con su intensa mirada. Se me paralizó el corazón cuando sus ojos se pasearon por mi rostro lentamente y se detuvieron en mis labios un segundo antes de hacer el ademán para inclinarse a besarlos. Ardía en deseos de corresponderle, pero sabía que si lo hacía ya jamás podría apartarme de ella, y como no quería condenarla a vivir mi vida, me eché un poco hacia atrás con los puños apretados. No obstante, aquello no detuvo a Alice, que no me dejó alejarme, pero aún así respetó mi decisión. Se limitó a cubrir mis puños aún cerrados con sus manos y a unir su frente con la mía.
– ¿Por qué no me dejas acercarme a ti? –susurró con los ojos cerrados y con la voz temblorosa.
Yo sabía que no hablaba literalmente, pero aún así no supe qué responderle.
–Lo siento, Alice, pero no puedo. Simplemente no puedo.
Lentamente alejó su rostro del mío, y cuando abrió los ojos pude ver que en aquel momento eran los suyos los que brillaban con las lágrimas que aún no había derramado. Asintió en silencio y, sin decir nada más y dedicándome una sonrisa triste, se separó de mí y se marchó a su habitación después de apagar el reproductor de música que había continuado sonando. Yo, por mi parte, permanecí mucho tiempo en el salón, dejando que la noche y el silencio se llevaran mi tristeza.
El resto de la semana pasó sin más importancia. Alice y yo no hablamos en ningún momento de lo sucedido la noche del martes, simplemente nos limitamos a fingir que nada había pasado y continuamos tratándonos exactamente igual que antes. El miércoles pasé el día haciendo rehabilitación con Alice y acostumbrándome a sus masajes, al igual que el jueves por la mañana. Por la tarde, mi madre se pasó por casa otra vez para limpiar lo que no le había dado tiempo el martes, y también ultimamos detalles para la cena del sábado. El viernes me tocó ir al hospital otra vez, y por la tarde Alice me pidió que la acompañara a la librería porque quería comprarse algunos libros sobre fisioterapia. El sábado por la mañana, tanto Alice como yo nos permitimos levantarnos más tarde de lo habitual, y después fuimos al centro a comprar la cena para la noche. Estaba seguro de que mi madre traería algún postre o como mínimo una botella de vino, pero aún así Alice se empeñó en que comprásemos una tarta de crema, que "eso siempre queda bien", me repitió por lo menos tres veces.
Por la tarde, a eso de las siete, ya estaba más que nervioso y no comprendía el porqué. No era como si fuera a presentarles a mi novia formal a mis padres, pero era exactamente así como me sentía. Me encontraba en mi habitación terminando de vestirme, pues nuestros invitados llegarían en poco menos de una hora, y Alice casi me había ordenado que me arreglara. Así que allí estaba yo, poniéndome una de las camisas más formales que tenía y peinándome el cabello intentando que quedara mínimamente presentable. Unos golpecitos en la puerta me hicieron dejar el peine sobre el mueble y darle la vuelta a mi silla.
–Adelante.
Un segundo después Alice entró en mi habitación ataviada con un vestido de color rosa palo que dejaba sus hombros y parte de sus brazos al descubierto, y que terminaba justo por encima de sus rodillas. Se había colocado una diadema muy fina en el cabello del mismo color que el vestido y se había maquillado un poco más que de costumbre. Miré sus pies y me fijé en que aún llevaba puestas sus zapatillas de estar por casa, ésas que tenían forma de conejito con orejas incluidas, por lo que no pude evitar reírme entre dientes.
– ¿Ya estás listo? –me preguntó acercándose a mí.
–Sí, creo que no me falta nada más.
–Veamos –me analizó detenidamente y dejé que me toqueteara el cabello hasta que se dio cuenta de que arreglarlo era imposible, y optó por dejarlo como estaba. Entonces se inclinó hacia mí hasta que su nariz tocó el sensible lugar que se encontraba bajo mi oreja, por lo que casi salté de su lado al sentir su roce.
– ¿Qué haces? –le pregunté, poniéndome más nervioso que antes.
–No te has puesto colonia –vertió en sus manos un poco de loción de la que solía ponerme diariamente, y después me las pasó por el cuello y por el lugar donde latía desbocado mi pulso bajo mi oreja. Después, hizo el mismo ritual consigo misma, importándole poco que estuviera poniéndose colonia de hombre, y me sonrió satisfecha.
–Ahora sí que estamos listos los dos.
Observé detenidamente sus pies y volví a sonreír.
– ¿Tus zapatillas de conejito también han sido invitadas a la fiesta? –bromeé, consiguiendo que me sacara la lengua al percatarse de a qué me refería.
–Tal vez –me siguió el juego con una amplia sonrisa. Después dio una pequeña vuelta y me preguntó: – ¿Te gusta mi vestido?
–Te queda estupendamente.
– ¿No es demasiado formal para una cena con tus padres?
–Tú sabrás, has sido tú quien ha querido que nos vistamos como si fuésemos a una boda.
–Qué poco sentido de la moda que tienes, Jazz –murmuró achicando los ojos.
Un rato después escuchamos el timbre, y Alice se levantó de un salto del sofá en el que había estado sentada como si éste tuviera un resorte.
–Abre tú, he de cambiarme de zapatos –me pidió, haciéndome reír de nuevo.
Moví mi silla hasta la puerta, y una vez me encontré delante de ella, la abrí para recibir a mis padres. Mi madre me dio un largo abrazo seguido de un beso en la mejilla, y mi padre se inclinó para abrazarme suavemente.
– ¿Cómo estás, hijo?
–Contento de que hayáis venido. ¿Y vosotros?
–Contentos de que nos hayas invitado –respondió mi padre con una sonrisa muy parecida a la mía.
–En realidad fue idea de Alice –comenté avergonzado.
–Eso es cierto –intervino mi madre. –Que por cierto, ¿dónde está?
Escuché que se abría una puerta, y supuse que la aludida estaba a punto de reunirse con nosotros. No me equivoqué:
– ¡Aquí! Siento el retraso –abrazó a mi madre, que le quitó importancia a su tardanza, y después le tendió la mano a mi padre con una sonrisa de oreja a oreja.
–Así que tú eres la famosa Alice –respondió mi padre a su gesto.
–Bueno, no sé si famosa, pero sí que soy Alice.
–Me alegro mucho de conocerte al fin. Jasper nos ha hablado muchísimo de ti.
Le dediqué a mi padre una mirada fulminante, pero no pude evitar sonrojarme hasta la raíz del pelo. No era necesario que fuera tan obvio.
– ¿De veras? –preguntó ella mirándome con fingido reproche. –Espero que les haya dicho cosas buenas sobre mí.
Le dirigí una sonrisa algo forzada, deseando que aquella presentación se terminara ya. No era necesario alargarla más, por lo que en cuanto tuve la ocasión intervine para decir que la cena ya estaba lista. Mi madre se empeñó en ayudar a Alice a llevar los platos a la mesa, así que cuando estuvo todo listo y estuvimos todos sentados, comenzamos a comer. No me extrañó que Alice terminara encandilando a mi padre del mismo modo que lo había hecho con mi madre, así que me mantuve callado, disfrutando de la fluida conversación y del buen ambiente que se respiraba en mi casa. Alice les habló de los ejercicios que hacíamos por las tardes y también les explicó detalladamente el problema que había tenido en su piso, motivo por el cual en aquellos momentos vivía conmigo. Fui totalmente consciente de la mirada interesada que mi padre me dedicó al tocar aquel tema, pero la ignoré olímpicamente, no queriendo volver a pasar otro momento incómodo.
Después de cenar y de tomar el postre que, evidentemente nos había traído mi madre, mis padres y Alice se sentaron en el sofá y yo permanecí a su lado charlando de todo y de nada. Más tarde, Alice y mi madre se fueron a la cocina a buscar una botella de anís, pero se quedaron allí hablando y riéndose como si fueran dos amigas de toda la vida. Mi padre se excusó para ir al cuarto de baño, y cuando regresó permaneció parado al lado de la puerta principal observando detenidamente la foto de Peter. Me acerqué lentamente a él, y cuando estuve a su lado pude ver cómo sostenía la fotografía entre sus manos, como si quisiera aferrarse a ella para que mi hermano regresara. En aquel momento me sentí terriblemente miserable, pues yo estaba allí y mi hermano pequeño estaba muerto.
–Lo siento, papá –susurré cuando estuve lo bastante cerca de él como para que me oyera.
Se volteó lentamente y me miró con los ojos muy abiertos, como si no hubiera esperado verme allí. A continuación dejó la fotografía donde la había encontrado y me colocó una mano en el hombro.
–Sabes que no tienes que disculparte por nada, Jasper.
–Te equivocas. Lo que sucedió fue culpa mía, y…
–No, hijo. No te culpes más, por favor.
Agaché la cabeza, notando que acababa de formárseme un nudo de amarga tristeza en la garganta. Me mordí con fuerza el labio inferior para evitar que me temblara y que eso diera paso a las lágrimas. Cuando mi padre se agachó delante de mí pestañeé seguidamente para que no viera mis ojos húmedos.
–Ya va siendo hora de que te perdones a ti mismo.
–No podré hacerlo jamás. Tendría que haber muerto yo en vez de Peter.
–No digas eso, hijo. Ni siquiera lo pienses, por favor. Ni tu madre ni yo soportaríamos haberte perdido, igual que en su momento no soportamos haber perdido a Peter. Y… a pesar de que me duele, tu hermano murió hace años, y estoy seguro de que esté donde esté querrá que dejes de culparte de este modo.
Alcé de nuevo la cabeza y miré a mi padre a los ojos. En ellos sólo vi comprensión y un inmenso cariño que pocas veces había expresado delante de mí.
–Antes de perdonarme a mí mismo he de saber si me has perdonado tú –susurré con la voz ronca y algo temblorosa.
–Por supuesto que sí, Jasper. Por supuesto que sí –mi padre se echó hacia delante y me rodeó con sus brazos con mucha fuerza, consiguiendo que una lágrima me rodara por la mejilla.
Sin poder evitarlo escondí mi rostro en su hombro como solía hacer cuando era niño y necesitaba que me consolaran, y me dejé llevar por lo que sentía, notando cómo desaparecía un gran peso de mis hombros. Un peso que hasta entonces no había sabido que se encontraba ahí. Noté los brazos de mi padre a mi alrededor, que me abrazaban con fuerza y que me confortaban en silencio, dándome tiempo a que me recuperara. Cuando lo hice y me separé de él minutos después, me sequé las lágrimas que permanecían en mis ojos con la manga de mi camisa, para darme cuenta después de que mi madre y Alice se encontraban de pie en el salón observando detenidamente la escena. Mi madre lloraba en silencio y con las manos temblorosas, y Alice tenía los ojos llenos de lágrimas. La primera se acercó a mi padre y a mí y nos abrazó a los dos con fuerza, permitiendo que ambos le devolviéramos el abrazo.
No sé cuánto tiempo pasamos así, abrazados los tres como hacía tiempo que no sucedía, pero cuando nos separamos nos dimos cuenta de que Alice había regresado a la cocina; para darnos intimidad, supuse. Poco tiempo después mis padres se marcharon alegando que era tarde, pero prometiéndome que llamarían al día siguiente. Sabía que debíamos hablar largo y tendido de todo lo que nos había pasado por la cabeza hacía cuatro años, después de la muerte de Peter, y también en aquel momento. Pero todo a su debido tiempo, me aconsejé a mí mismo. Tendríamos tiempo de arreglar las cosas, por descontado.
Mis padres se despidieron de Alice con cariño, y cuando hubieron cerrado la puerta a sus espaldas me permití respirar hondo. Le di la vuelta a la silla y me encontré a Alice sentada en el sofá observándome de forma extraña. Sonreía, pero parecía preocupada. Me tendió la mano y la tomé cuando estuve lo bastante cerca de ella como para hacerlo.
–Me alegra mucho que hayas arreglado las cosas con tus padres –me dijo en voz baja, como si temiera que al alzar la voz fuera a explotar aquella burbuja de confianza de que nos rodeaba.
–A mí también. Sólo que… no esperaba que sucediera nunca, la verdad.
Ladeó la cabeza, formando en su rostro una sonrisa algo triste.
–Jazz, tus padres te quieren muchísimo.
Asentí brevemente.
–Y yo a ellos, pero, sinceramente, pensaba que habían dejado de hacerlo. Después de lo de Peter… –me callé abruptamente cuando recordé que no le había explicado nada a Alice. No aún. No obstante, ella pareció no darse cuenta:
–Eso no significa que dejaras de ser su hijo. Y después de haber visto lo que ha sucedido esta noche, y después de conocerte como he empezado a hacerlo, sé que es imposible dejar de quererte.
Parpadeé, anonadado, al escucharla, y justo cuando iba a responderle, Alice se levantó del sofá, me dio un beso en la mejilla y, después de darme las buenas noches, se encerró en su habitación.
¡Hola! Aquí estamos otro viernes. No os quejaréis, que han pasado varias cositas en este capítulo. Quizá no las cositas que todas queremos que pasen, pero tiempo al tiempo, que ya veis que todo avanza ;P Lento pero seguro, y Jasper está comenzando a abrirse con todos sus seres queridos.
Espero que os haya gustado el capítulo de hoy y que me lo digáis con muchos reviews de esos que tanto me alegran la tarde :)
¡Hasta la semana que viene! Xo
