Capítulo 10: Invasión arácnida
.
—Mira, mira, ahí viene... —susurró alguien que le sonaba familiar que arrastraba las palabras.
Merlina se devolvió y miró por la puerta del aula de donde provenía la voz. Resopló por la nariz como una yegua furiosa y entró decidida.
— ¿Qué están tramando?
Draco la miró con cara de perro arrepentido y sus dos gorilones lo imitaron.
—Te he hecho una pregunta —insistió Merlina mirándole los brazos que los tenía detrás de su espalda.
—No estamos tramando nada, tía Merlina —contestó Draco como si no matara a una mosca, lo que daba más para sospechar
—Yo diría que sí. Además, son las nueve y media —miró a cada uno, exasperada —. Deberían estar en sus salas comunes. Y no me hace gracia lo de "tía". No soy tu tía —añadió con disgusto.
—No teníamos sueño —contestó Goyle con voz de idiota.
—Miren ustedes tres —refunfuñó moviendo mucho las manos para aplacar la ira —, ya estoy cansada de sus estupideces. Yo no les hecho nada y no veo el porqué de estar ayudando a Snape con sus bromas pesadas...
—Nosotros actuamos por cuenta propia —se le adelantó Draco —. No nos gustan las sangres sucias como tú.
— A ver, ¿perdón? Soy una autoridad, ¿con quién crees que hablas, enclenque?
—Con nadie —dijo Draco desafiante.
—Pásame lo que tienes en la mano —dijo Merlina arrejuntando paciencia y estirando la mano y agarrando con firmeza la varita.
—No quiero.
—Entrégame eso, si no quieres salir perjudicado.
— Oh, vamos —se burló Draco cansinamente —, aquí el único que saldrá perjudicado eres tú.
— Una vez más —respiró hondo —, pásame lo que tienes en la mano.
— ¿En serio quieres lo que tengo aquí?
—Sí, ahora, ¡ya!
— ¡Perfecto! —gritó Draco.
Alargó la mano. Allí tenía una especie de revólver de color rojo. Apretó el gatillo y disparó.
— ¿Qué...?
No, una bala no salió, así que no hubo cabeza reventada ni tórax atravesado. Lo que sí salió fue un hilillo negro muy fino, que a medida que era expulsado, se expandía por todos lados. Cuando estuvo a medio metro de Merlina se abrió y resultó ser una malla, la cual le cayó encima, y de una manera u otra logró envolverla. Y todo esto ocurrió en una fracción de segundos.
— ¡Eh, Malfoy! ¿Qué estás...? ¡Aaaaah!
Uno de los hilos se había ido hacia el techo, y por arte de magia, se adhirió allí. Luego se encogió y dejó a Merlina a dos metros del suelo, atrapada en la red.
— ¡Después de todos, los hermanos de Weasley no son unos idiotas! Su tienda de chascos es perfecta cuando utilizas las cosas contra sangre sucias —dijo Draco entre risas, coreado por sus amigos.
— ¡Bájame de inmediato! —gritó Merlina sacando el brazo por un espacio y apuntándolo con la varita.
— Mm... No lo creo —negó Draco — ¡Accio varita! —invocó.
La varita de Merlina se le fue de la mano y fue a parar a la de Draco.
—Creo que pasará la noche aquí, señorita Morgan —susurró, irónicamente, y dejó la varita a los pies de ella —. Dulces sueños.
Y se fue.
—No... —gimió Merlina, agarrándose de la red y apoyando la cabeza en ella —. No puede ser... esto es injusto... No me puede estar sucediendo…
Se sentó como pudo, y al final terminó acomodada como en una hamaca. La luz de la antorcha del aula iluminaba poco y amenazaba con apagarse. Donde no se movía, le estaba entrando frío. Tenía que salir de allí. ¿Pero cómo? Y al otro día era el partido de Quidditch de Hufflepuff contra Ravenclaw. Tenía que ir, ¡era el partido contra su casa!, no se podía quedar toda la noche allí. Se paró y empezó a saltar. La cuerda rechinaba y rebotaba muy poco porque prácticamente no era elástica. Saltó, saltó, saltó. Brincó durante media hora, sin parar, un record mundial para ella que jamás en su vida había hecho ejercicios. Se terminó por rendir y se volvió a acostar. Se quedó mirando el techo por un montón de tiempo pensando en que hace unos cuantos meses estaba contentísima por regresar a Hogwarts, jurando que no tendría problemas de ningún tipo, que sería amiga de todos los alumnos, los profesores... El sueño ya se estaba comenzando a desvanecer. No... No se podía quedar dormida tampoco, tenía que...
—Lalari, lalara, a la vieja tonta le gusta por... ¡Ooooh! ¿Qué es eso? ¿Una mosquita atrapada en una telaraña?
— ¡Peeves! —Merlina se sintió más despierta y se acomodó. Se acarró de la malla y trató de sacar la cabeza. Miró al poltergeist que había llegado al aula, y había tomado una tiza para escribir en la pizarra —Ayúdame por favor, Peeves.
— ¡Nooo! —hizo una fuerte pedorreta y empezó a cantar.
.
La mosquita muerta pide ayuda
Pero a Peeves le cae mal
Todos le aconsejan que huya
Porque yo la puedo maltratar
Gime y gime la mosca
Muerta de miedo
Pidiendo misericordia
Mostrándome el dedo…
.
— ¡Peeves, por favor! —Le espetó Merlina — Por lo que más quieras... dejaré que mañana le hagas lo que sea a los Slytherin, pero por favor, sácame de aquí.
El poltergeist echó la tiza al cubo de la basura y se aproximó dando tumbos en el aire. La miró con sus pequeños y traviesos ojos.
—En serio, mañana si quieres haces picadillos a los de Slytherin.
— ¿A los de Slytherin? ¿Por qué mejor no a todos los estudiantes?
—No, a los de Slytherin —insistió ella.
—Entonces, no te ayudo —decidió y le dio la espalda.
— ¡Está bien, está bien! A los que quieras, pero sácame de aquí... Pero despacio, por favor —rogó.
Peeves ascendió, tomó el hilo del que colgaba la red y lo tiró con fuerza. Merlina ya estaba preparada para darse contra el suelo, pero Peeves la bajó hasta él con relativo cuidado.
—Si me has dicho una mentirilla, te prometo que quedarás hecha tortilla —la amenazó Peeves con los ojos entrecerrados.
Merlina recogió su varita que estaba en el suelo y le sonrió, abrumada.
—Mañana harás lo que quieras... no intervendré...
El poltergeist se fue del aula y Merlina salió de allí no mucho después.
Suspiró. En el problema que se había metido: todo tenía un costo. La mañana siguiente iba a ser un día guerrillero. Si Peeves comenzaba a hacer desorden, la culpa la tendría ella y quizá esta vez no podría escabullirse del castigo. Y lo peor era que no serían unos pocos... sino que los de todas las casas. Aunque a primera hora tenían el partido, quizá se salvaran, pero en la tarde... No quería ni imaginárselo. Miró la hora: eran las tres de la mañana. Eso significaba que había estado un montón de tiempo en la malla. Maldito Malfoy. No sabía a quién odiaba más: a Snape o a ese bastardo. Al principio todo resultaba muy gracioso, sí, cuando la lucha era entre Snape y ella, pero ahora con la ensalada de serpientes y leones, la cuestión era complicada. Quizá debiera...
De pronto escuchó un leve ruido, cuando había llegado al pasillo de su oficina.
—Lumos —dijo y apuntó hacia el fondo— ¿Hay alguien ahí? —No se veía nada y nadie respondió. Solo las armaduras rechinaban, los cuadros dormían. Pero no había sido ese el ruido que había oído. Se encogió de hombros, al momento que le rugía el estómago.
Decidió bajar a las cocinas para ver si podía conseguir algo de comer.
.
Su capa hacía demasiado ruido, pero eso no le impidió escuchar los pasos de Morgan. Se escondió en un hueco de la pared. No mucho después una franja de luz alumbró en esa dirección.
— ¿Hay alguien ahí?
Sí, era Morgan. Intentó no respirar, hasta que sus pasos se alejaron. Salió de allí y fue a su despacho. Entró con cuidado y por suerte no tenía ninguna de sus puertas con llave. ¡Qué descuidada era! Pensaba que él no cobraría venganza, que jamás entraría a su despacho...
Se internó en su habitación y luego al cuarto de baño. Era de mármol blanco, mucho más bien cuidado y elegante que el de él. Prendió las luces y buscó en el aparador la botella de champú. Lo tomó y vació todo su contenido por el drenaje de la tina que era más grande, y lo que quedaba lo limpió con magia. De su túnica extrajo el frasco de poción Alucinatoria y lo vertió todo. Pesaba mucho menos que con el champú, pero Morgan era tan tonta que no sospecharía por eso.
Cerró la botella y la dejó donde estaba. Se guardó el frasco en el bolsillo nuevamente, apagó las luces y salió de allí rápidamente.
Finalmente, se acostó en su cama muy contento porque de día Merlina tendría pesadillas.
.
Cuando llegó a la cocina, se dio cuenta que estaba más hambrienta de lo normal, así que estuvo unas cuantas horas probando los bocados que los elfos le ofrecían muy amablemente y con toda devoción. Sabía que no debía estar allí sentada y disfrutando, pero se lo merecía por tener a medio mundo en contra de ella. A final de cuentas, cuando volvió, cerca de las seis a dar sus vueltas y a realizar una que otra limpieza, se dio cuenta que todo estaba en orden. A las ocho todos estaban ya levantando, dirigiéndose a desayunar, ya que a las nueve comenzaba el partido. Ella ya no tenía hambre —con todo lo que ya había comido —, así que se iba a ir a su despacho, pero antes de dar un paso hacia esa dirección, Harry, Ron y Hermione la alcanzaron. Iban corriendo.
— ¡Hola! ¿Cómo están?
— Muy bien, aunque tuvimos que esquivar a Peeves, que estaba lanzando babosas por el aire—contestó Ron.
— Y desenroscando una de las lámparas —agregó Harry.
— Y tirando las alfombras para que los estudiantes caigan mientras caminan sobre ella ¿Quieres desayunar con nosotros, Merlina? —invitó Hermione.
—Mmm... Ya comí, pero les haré compañía unos minutos.
Entró con ellos al Gran comedor y se sentó intentando pasar desapercibida en la mesa de Gryffindor.
— ¿Por qué Snape te mira con tanta atención? —indagó Harry —. Parece enojado.
Merlina prefirió no dirigir sus ojos hacia allá.
— Harry —dijo —, ¿desde cuándo Snape me mira con ojos de ternura? Siempre está enojado. Y quizá lo esté por lo que me pasó anoche.
— ¿Qué cosa?
—Bueno, ni se lo imaginan: Draco me tendió una trampa —y explicó lo ocurrido con su banda y con Peeves —. Así que es mi culpa que Peeves esté haciendo de las suyas. Pero estoy segura que Snape está detrás de todo eso, no sé, maneja como quiere a los de Slytherin, y quizá esperaba que me quedara atrapada en la red para siempre.
— ¿Y qué hiciste respecto a Malfoy?
— Nada, ¿qué saco con hacer algo ahora? Da igual, Hermione —dijo Merlina abatida —. Esto va a seguir así hasta fin de año. Menos mal que no falta tanto. ¿Qué hora es?
Hermione miró su reloj de pulsera.
—Son quince para las nueve.
— ¡Oh! Es mejor que me vaya, quiero darme un baño antes de bajar a ver el partido —se puso en pie —. ¡Los veo en las gradas!
Corrió hasta su oficina. No quería perderse detalle. Ya había visto los partidos anteriores, pero más le emocionaba que jugara Ravenclaw.
Entró al baño y mientras se desvestía llenaba la tina con agua tibia. Se metió y se remojó un par de minutos. Tomó la botella de champú.
—Vaya... —susurró —. Pensé que me quedaba más.
Lo destapó, cerró los ojos —por costumbre, para que no le entrara a los globos oculares —, y puso la botella boca abajo y vació el contenido, que se fue de golpe a la cabeza.
¡A esta cosa le entró agua!, pensó porque sintió que estaba más que líquida. Se puso las manos en la cabeza y se comenzó a restregar, pero algo no marchaba bien: no hacía espuma. Sin abrir los ojos todavía, se sumergió en el agua y se sacó lo que tenía en la cabeza. Volvió a salir a superficie y abrió los ojos.
Ni siquiera tuvo el ánimo de gritar. Lo que veía era tan espantoso, que se le fueron todas las fuerzas. Su ritmo cardíaco había ascendido en una fracción de segundos. El agua estaba llena de arañas muertas, y algunas no tan muertas que pataleaban. Se paró, casi desmayada, y salió de la tina, resbalando. Sintió que sus pies pisaban más arañas. Su respiración se entrecortaba. Agarró la toalla blanca sin mirarla para no comprobar si tenía de estos bichejos, y se la envolvió en el cuerpo. Miró las paredes. Todas tenían telarañas llenas de arañas repugnantes, peludas...
—Auxilio... —susurró, sintiendo que sus piernas flaqueaban.
Tenía que buscar ayuda. Tenía que irse de allí. Salió del cuarto de baño, y fue peor. Su cama estaba repleta de más arañas y el suelo también, en realidad todo. Se echó hacia atrás, chocando con la pared, con ganas de llorar, pero lágrimas no le salían. En su espalda se reventaron unas cuantas.
— ¡Aaaah! —gritó con un poco más de fuerza y se despegó de allí, sintiendo que en cualquier momento le daría una taquicardia.
Corrió con los pies descalzos, traspasando la puerta de su habitación y la de su oficina, de la que pudo rescatar que estaba tan llena de arañas como los otros lugares.
Los pasillos... No, eso debía ser una pesadilla. Era imposible estar en un lugar tan repleto de arañas. Tenía que ser pesadilla, pero de las peores que había tenido. De todas maneras, se dedicó a seguir corriendo, tenía que llegar a algún lado donde recibiera ayuda, o despertar.
Tropezó tres veces, quedando llena de arañas que le picaban el cuerpo. Sus rodillas estaban llenas de sangre producto los rasmillones, y su respiración era entrecortada; su cerebro no estaba recibiendo suficiente oxígeno. Se puso en pie y siguió corriendo.
De pronto sintió un ruido de pinzas. Miró hacia arriba y vio una araña gigante que volaba. ¿Volaba? Eso era ridículo, pero esa cosa estaba chasqueando las pinzas y se acercaba hacia ella.
—No..., vete... —susurró casi sin voz.
Llegó al vestíbulo, bajó las escaleras, y abrió la puerta de roble como pudo. Los terrenos, ¡todo! lleno de arañas.
—No, por favor... quiero despertar... —dijo al aire con la cara desfigurada por el terror.
Si eso era un sueño, daba lo mismo lo que hiciera. Ni siquiera sentía el frío que hacía y solo la toalla la tapaba, pero sus hombros estaban desnudos. Todavía sentía que le caminaban éstas por su cuerpo.
Volvió a correr hacia el estadio, donde se escuchaban... Se escuchaban... No, no podía ser. Corrió, desesperada, sintiendo como las plantas de sus pies pisaban arañas, tropezando por cuarta vez y volviendo a incorporarse, rogando para que ninguna le picara.
Llegó al estadio, entró por la puerta y corrió hacia la cancha. Y esa sí que fue la peor visión de su vida. Qué pesadilla más espantosa. No se había equivocado, eran ruidos de pinzas los que había escuchado. Cada asiento de las gradas estaba ocupado por acromántulas y todas se movían con brío chasqueando las patas, las pinzas, todo. Sus ojos rojos se dirigían hacia ella, enfurecidos. Miró hacia el cielo. Catorce arañas sobre escobas, que se pasaban una araña más pequeña de un lado a otro y la metían por un aro de gol. Pero pronto dejaron de jugar y la araña-quaffle cayó a su lado. Las arañas estaban excitadas, se movían desesperadas... Y ella ya no dio más. Se cayó al suelo, quedando inconsciente.
Todos en el estadio estaban gritando cosas, riéndose de Merlina que había aparecido de la nada, con el pelo estilando, y envuelta en una toalla, con cara de terror y más blanca que un papel. Todos se burlaban, excepto el trío amigos de Gryffindor y los profesores. Hermione se cubría la boca, horrorizada, y junto con Ron y Harry bajaban a su encuentro. Dumbledore, junto con Severus —a quien le temblaba un labio y estaba extrañamente pálido— y Minerva, también descendían rápidamente por las escaleras.
— ¡Merlina, Merlina! —gritaron los chicos, llegando antes que los docentes. Hermione apartó la quaffle que estaba a su lado y la zarandeó del hombro, pero Merlina no despertaba.
—Permítame, Señorita Granger —dijo Dumbledore agachándose a su lado y tomándole el pulso. Estaba viva, pero parecía más débil que nunca. Los labios los tenía morados.
Los jugadores habían descendido de sus escobas, y todos miraban con atención, formando un círculo alrededor del grupo. Los demás estudiantes y profesores bajaban de las gradas, también hacia allá.
— ¿Qué le ha ocurrido, Albus? —preguntó McGonagall, con los labios tensos.
— No lo sé —susurró, abriéndole los párpados para verle los ojos.
—Quizá haya sido hechizada —sugirió Snape —, o simplemente haya llegado acá para llamar la atención, en estas condiciones, semidesnuda...
— Merlina no haría algo así —dijo Minerva con rotundidad, mirando ceñuda a Snape.
—Bueno, últimamente ha cambiado bastante, Minerva —dijo con ironía.
—Basta —espetó Albus —. Eso lo veremos después. Ahora hay que llevarla a enfermería, tiene la temperatura baja. Severus, hazme el favor de prestarme tu capa.
Snape se sacó la túnica sin vacilar y se la entregó. Dumbledore, con un movimiento de la varita se la puso a Merlina, y con otro movimiento de varita hizo aparecer una camilla y la subió allí.
—Minerva, llévala a enfermería, por favor —ordenó—. Severus, impón orden y reanuda el partido. Pide ayuda a Rolanda. Yo iré a averiguar qué le ocurrió.
Los tres partieron en diferentes direcciones. Snape se puso a hablar con Madame Hooch y luego ambos empezaron a dirigir a los jugadores y a los espectadores para que recuperaran sus puestos.
Minerva se separó de Dumbledore en el castillo. Ella llevó a Merlina hasta la torre de enfermería y él se dirigió al despacho de la joven.
Minerva depositó a Merlina sobre la camilla y llamó a Poppy, quien la atendió de inmediato.
.
Lentamente abrió los ojos. Alguien caminaba de aquí allá. Luego le tomaban la mano. Después le tocaban el cuello y le abrían la boca. Le echaron tres gotas de algo muy dulce. Se las tragó al momento que le abrían el párpado. Movió el ojo distinguiendo una figura femenina ante ella.
—Por fin despertaste —dijo la voz de Madam Pomfrey. Merlina abrió los dos ojos.
Merlina abrió la boca, pero se dio cuenta que no podía hablar.
—Sí, es mejor que no hables. Llevas aquí una semana.
— ¿Q-Qué? —tartamudeó, apenas, sentándose en la cama y juntando saliva para remojar su boca.
—Sí, lo que oyes. Por lo que me dijo Dumbledore, algún gracioso te puso una poción Alucinatoria extremadamente fuerte en la botella del champú —narró —. Eso es peligrosísimo —añadió —, tanto el hacer la poción como la reacción en la persona. El que hizo la poción tuvo suerte de no equivocarse al mezclar los ingredientes, porque podrías haber quedado con secuelas o simplemente haber muerto. Y te podría haber dado, de todas maneras, un ataque al corazón. Y por eso has estado aquí tanto tiempo, porque sufriste un cansancio mental y físico en muy poco tiempo. A tu corazón le tardó tomar su ritmo normal. Además que estuviste a punto de resfriarte.
"El que hizo la poción tuvo suerte de no equivocarse al mezclar los ingredientes". Snape. Él había sido. Merlina cerró los ojos con fuerza, evitando estallar allí para no gastar más fuerza. El corazón estaba golpeando con fuerza, y se había puesto colorada.
— ¿Qué ocurre? Dios mío, creo que te ha subido la presión.
Pomfrey le hizo beber agua y una poción para no tener pesadillas. Luego, la obligó a recostarse otra vez.
—Es mejor que descanses. De aquí no saldrás hasta que estés sana, señorita Morgan —dijo la enfermera con severidad —. Dumbledore querrá que vuelvas a tu trabajo en buenas condiciones.
Merlina asintió, exasperada, pero en seguida se quedó dormida, olvidándose momentáneamente del asunto.
.
La joven salió de la enfermería cuatro días después de haber despertado, completamente sana. En definitiva se había perdido las vacaciones de Semana Santa y mayo había hecho su llegada con una temperatura un poco más agradable. Todavía andaba un poco paranoica y miraba el suelo y paredes con recelo. Y cuando se había vestido con su propia ropa, también la había revisado meticulosamente. Todavía le picaba la piel. Pero sabía que jamás había sido real. Ni siquiera un sueño, pero era un trauma tremendo. Y tampoco sabía si enfrentar a Snape o no. Era indescriptible la ira que sentía contra él.
— ¡Merlina! —dijeron unas voces cuando iba camino a ningún lugar en especial. Miró hacia atrás. Los chicos corrían hacia ella.
—Fuimos a buscarte a enfermería, y Madam Pomfrey nos dijo que ya habías salido —avisó Hermione.
—Sí..., ya era hora. ¿Qué tal las vacaciones?
—Buenas —respondió Harry.
—Las pasamos en mi casa —contó Ron.
—Fantástico. Bueno, muchachos, es mejor que comience mi trabajo, así que... —comenzó a decir desganada.
—No —intervino Harry —. En realidad estamos aquí porque Dumbledore te mandó a llamar.
— ¿Ah así? —indagó, arqueando las cejas.
—Sí —corroboró Ron —. Se veía preocupado...
—Bien. Entonces, voy para allá.
Les dedicó un gesto con la mano y cruzó hacia el otro extremo del castillo para ir al despacho de Dumbledore.
—Bombones de menta —le dijo a la gárgola con voz desganada, quien le hizo el paso por la escalera de caracol.
Subió y tocó la puerta.
—Adelante.
Merlina entró y estuvo a punto de devolverse, pero Dumbledore le volvió a hablar.
—Quiero que te sientes, por favor —insistió.
Merlina caminó alicaída evitando mirar a Snape que estaba en el asiento contiguo al que iba a ocupar ella, al frente del de Dumbledore. Ambos parecían incómodos. Dumbledore estaba relajado, aunque algo serio.
—Bien. Supongo que saben porque están aquí.
—Señor director, si me permitiera... —comenzó Severus, dándose aires de superioridad.
—Severus —dijo Albus, en tono de advertencia. Snape se calló.
Merlina miró al director, pero no contestó.
—Vamos, que alguien comience —alentó Dumbledore —. No quiero quedarme hasta la noche intentando sonsacarle alguna información.
—Snape empezó todo —se adelantó Merlina en voz baja.
—Eso es mentira.
—Es verdad, ese día en la lechucería, cuando yo...
—No tiene nada que ver eso, tú empezaste cuando entraste a mi cuarto para teñirme de verde y...
—Pero tú no tienes pruebas de nada...
—Y tú tampoco, ya...
—Escúchenme los dos —indicó Dumbledore enérgicamente, incorporándose —. Ahora no sacamos nada con discutir quién comenzó primero todo esto. Lo quiero dejarles en claro es que deben dejar estas mañas. Realmente es decepcionante la conducta que han tenido, y han formado muchos revuelos en el colegio. Tú, Merlina, tuviste a Peeves una semana haciéndoles daño a los estudiantes, sacando en cara que tú le habías dicho que "mañana podría hacer lo que quisiera". Y tú, Severus —hizo una pausa y Snape miró a Dumbledore con una rara expresión de debilidad —, casi matas a Merlina.
Ninguno de los dos dijo nada.
—Al principio fue todo gracioso, pero han llegado demasiado lejos. Hay que comenzar de cero, y no le estoy diciendo que dejen atrás su enemistad, sino que dejen congelado lo demás e intenten llevar una relación decente. Dense la mano, por favor.
Merlina se paró de golpe.
—Yo no voy a darle la mano a él —alegó señalándolo con desprecio.
—Lo harás, Merlina —dijo Albus con suavidad, pero en sus ojos se vio un destello.
La muchacha puso los ojos en blanco y miró hacia Severus que permanecía sentado. Merlina estiró el brazo y el hombre le cogió la mano. Un segundo duró el apretón, o más bien el roce de manos. Eso no impidió que surgiera una sutil corriente… eléctrica para ambos.
—Bien. Pueden retirarse.
