Ya, mis queridos amigos, se viene el final! Estos días he estado como loca viendo los últimos detalles de mi matrimonio así que no he tenido tiempo de escribir. Pero hoy me senté y terminé el primer episodio de esta serie de capítulos. Son casi las tres de la mañana y me voy a dormir feliz porque al fin terminé esta historia! Déjenme sus posts y cuéntenme qué les ha parecido!
Annie había muerto.
Ya no volvería a verla jamás. Nunca más podría montar a Ajax ni ayudar a Hipo a escribir nuevos pasajes en el libro de dragones. No la despertaría por las mañanas para ir a volar, ni vería su carita de sueño y enojo oculta bajo la manta con la que salía a regañarlo por hacerla levantar tan temprano. No escucharía su risa, ni su dulce voz cantando trovas de épicas batallas vikingas. Se habían acabado las tardes de historias frente a improvisadas fogatas y las pescas que solían disfrutar sentados en el barranco frente al mar, aún cuando sus redes volviesen al pueblo completamente vacías. Sus ojos verde-miel se habían cerrado para siempre y no tendría la oportunidad de ver otro hermoso amanecer en Berk.
Le dolía tanto pensar en que no volvería a verla sentada en la orilla de la playa, abrazando sus rodillas y con su cabellos cobrizos alborotados por el viento, esperándolo luego de regresar de sus viajes por el océano. Nunca había querido acompañarlo porque le temía al mar. Qué paradoja. Ahora descansaba para siempre en el fondo de esas heladas aguas, perdida entre corales y arropada por las oscuras arenas abisales…
El mar y la oscuridad. Qué tristeza. Sus miedos más grandes ahora la tenían cautiva.
Lamentó haber sido un cobarde por tanto tiempo y jamás haberla invitado a bailar en las festividades de su pueblo. Siempre pensaba que ya tendría ocasión para hacerlo, que no importaba demasiado porque vendrían muchas otras en las que sería lo suficientemente valiente como para arriesgarse. Se conformaba con verla de lejos, danzando con algún otro muchacho más seguro de sí mismo, que sí había tenido las agallas de pedirle su compañía.
Había perdido tantas oportunidades…
Y la que más dolía…
Nunca sabría lo que era besarla en los labios.
Hipo corría sin rumbo en medio de la noche, como si de esa forma pudiera escapar de lo que estaba sucediendo. Ni siquiera se había percatado que Chimuelo lo seguía de cerca en su loca carrera. La noche ya comenzaba a despedirse y la oscuridad se disipaba lentamente sobre el cielo de Berk.
El vikingo se detuvo por un instante, extenuado por la pena y el esfuerzo. Se dobló hacia delante y descansó unos momentos apoyando las manos sobre las rodillas. Respiraba agitado y sentía un fuerte dolor en el pecho, producto del aire congelado que entraba a su cuerpo con cada bocanada. Cuando se levantó y miró a su alrededor, experimentó una sensación que jamás antes había conocido. Estaba desorientado, perdido en medio del bosque. No tenía idea de dónde podía encontrarse. Conocía la isla de punta a cabo, pero en ese momento habría jurado que estaba en un lugar completamente diferente al que recordaba en su mente.
Sería porque, a partir de esa noche, nada sería lo mismo.
Chimuelo se acercó a su dueño y le dio un leve empujón en la nuca con su hocico. Hipo se volvió sobresaltado. Al ver a su dragón frente a él, sintió un ligero alivio.
Chimuelo… - Dijo mirándolo desolado.
El animal dio unos pasos hacia su jinete y resopló sobre la cara del muchacho cariñosamente. Hipo se abrazó a su cuello y permaneció en silencio durante un largo rato. Sentía cómo las lágrimas se deslizaban por sus mejillas una tras otra, bañando su rostro congestionado por la pena. Chimuelo se mantuvo ahí, quieto y tranquilo junto a su amigo, como si tratara de hacerle entender que estaría con él todo el tiempo que necesitase.
Inesperadamente, Hipo montó a su dragón y se aferró a su lomo como un niño pequeño lo haría a su madre en busca de consuelo. No necesitó dar ninguna instrucción para que el animal desplegara sus alas y lo sacara de ese lugar. Intuitivo, voló lentamente y con suavidad hasta la hondonada, en donde aterrizaron cerca de la laguna.
Hipo se bajó de la silla de montar, caminó hasta la orilla y se arrodilló. Se vio reflejado en el espejo de agua y quiso lavar su cara, pero en el primer intento, dejó las manos sobre el rostro y comenzó a sollozar de nuevo, en silencio al principio, y luego sacando toda la angustia que le estaba acompañando. No importaba, nadie lo vería allí. Podía desahogarse sin vergüenza alguna.
Su Annie…
¿Cómo haría para olvidar lo que había sucedido? ¿Qué pasaría ahora? ¿Podría algún día dejar de sentir el dolor que lo embargaba o tendría que aprender a vivir con el corazón oprimido hasta el punto de ahogarlo por el resto de sus días? Se había enamorado por primera vez y por primera vez sabía lo que era sufrir por no poder estar junto a la mujer que quería.
La amaba tanto… tanto tanto, y no podría volver a decírselo.
Se quedó un rato ahí, de rodillas frente a la laguna, tiritando de frío y pensando en cómo sería su vida a partir de ahora.
Fue en ese instante cuando sintió el aleteo de un dragón acercándose a la hondonada.
Volteó cansado esperando ver a su padre montado sobre Tornado. De seguro que le había estado buscando para poder acompañarlo y consolarlo.
En efecto, era Tornado, pero quien lo montaba no era otro sino Marcus.
Hipo se puso de pié con tal rapidez que Chimuelo, que no se había movido del lado de su amo, retrocedió asustado. El muchacho sintió un acceso incontrolable de ira al ver al romano aterrizando a unos pasos de donde él se encontraba. Marcus se mantuvo montado sobre el dragón.
Vengo a hablar contigo, Hipo.-
Tenía tanto coraje que no pudo siquiera articular una sola palabra. Sólo se acercó a él lentamente, penetrándolo con la mirada. Si lo hubiese matado en el duelo… si no hubiera confiado en él, tal vez Annie ahora estaría viva.
Dijiste que la sacarías del barco…- dijo finalmente- …dijiste que la rescatarías…-
Primero vas a escucharme.-
¿Qué haces montado sobre el dragón de mi padre?-
Se lo pedí para venir a buscarte. Ahora ponme atención.-
Hipo lo miró asqueado. Su rostro se había enrojecido como si un calor infernal le estuviera quemando por dentro.
¿Qué… qué podrías decirme que pudiera interesarme? –Le preguntó, tratando de contenerse para no cogerlo por el cuello y asesinarlo con sus propias manos- ¿Vienes a excusarte? ¿A contarme cómo hiciste todo lo que pudiste, pero que no fue lo suficiente para salvarla? ¿Que eran demasiados y que nadie lo habría logrado? ¿Eso vienes a decirme? ¡¿Eso vienes a decirme?!-
Hipo, por favor, tienes que escucharme…-
No –interrumpió, cerrando los ojos- No tengo que escucharte. Lárgate ahora mismo si no quieres que...-
Bien. Me iré –Dijo Marcus preparándose para emprender el vuelo en el dragón de Estoico- Sólo venía a contarte lo que Annie me pidió que te dijera cuando la vi por última vez en el barco.-
Y diciendo esto, jaló de la montura de Tornado y se elevó.
Hipo se estremeció de pena. Y de cólera. No dejaría que ese imbécil se llevara consigo las últimas palabras de Annie, y menos si eran para él. Con la agilidad de un felino, se subió sobre Chimuelo y lo siguió por los aires. Marcus se había alejado con gran rapidez y comenzaba a girar en dirección a la costa norte de la isla.
¡Detente ya! –gritó Hipo- ¡Dímelo!-
Marcus no le hizo caso y continuó con su camino. Sabía que la única forma de hacer que Hipo le escuchara era captar su atención con algo que no pudiera resistir dejar de saber. El muchacho le había sorprendido. Nunca imaginó que fuera más que un alfeñique, debilucho e insignificante. Un niño que no merecía el amor de Annie, pero que finalmente, ella había elegido. Luego comprendió que era algo más que eso. Había sido valiente y le demostró que sería capaz de hacer lo que fuera por su amiga. Hasta le había vencido en el duelo, y fue lo suficientemente misericordioso como para perdonarle la vida. Tal vez, si habría sido digno de ella.
Pero ahora debía concentrarse en hacer que Hipo le siguiera, y hasta el momento, el plan estaba dando resultado. Miró hacia atrás y pudo ver al Furia Nocturna y a su jinete pisándoles los talones.
De acuerdo a lo que Estoico le había dicho, la pequeña playa debía estar muy cerca. Se elevó un poco más para tener una mejor vista.
Vio un espeso bosque flanqueando el precipicio del que el padre de Hipo le había hablado. Luego del farellón debería poder avistar su objetivo.
Redujo la velocidad y comenzó a descender hacia una pequeña playa que se encontraba oculta entre la quebrada y los roqueríos que le rodeaban. Marcus eligió una pequeña meseta protegida por unos cuantos árboles solitarios para aterrizar. Casi al mismo tiempo, Hipo se precipitó a tierra junto a él. Desmontó con rapidez y se acercó a Marcus, sujetando la silla de Tornado para que no pudiera volver a escapar.
Ahora… -le espetó agitado- … ahora me vas a decir lo que Annie quería que supiera.-
Marcus no despegó la vista del horizonte. Tranquilamente, bajó del dragón y se situó al lado de Hipo.
Me dijo… -pronunció haciendo una dramática pausa que impacientó aun más al vikingo.- … me dijo que te esperaría en la pequeña playa del norte.-
El romano apuntó hacia la costa. Hipo no logró procesar lo que estaba escuchando. Dirigió la mirada hacia donde Marcus estaba indicando y divisó a lo lejos a una muchacha de cabello rojizo que salía dificultosamente del agua. Traía el vestido rasgado y estaba notoriamente agotada.
Hipo tardó en asimilar que se trataba de su Annie.
Su Annie…
… con la tela de su toga ceñida al cuerpo y tiritando de frío. Estaba viva.
¡Estaba viva!
El entrenador de dragones sintió cómo las rodillas se le doblaban y el corazón se le desbocaba en el pecho. El hielo que le había atravesado el alma se derretía y podía volver a respirar. Cuando sus piernas volvieron a responderle, quiso correr a estrecharla, pero Marcus lo agarró por su camisa y lo detuvo.
Ahora sí vas a escucharme, payaso. –Dijo con seriedad- Para los romanos que sobrevivieron al ataque, Annie está muerta. Nadie fuera de esta isla debe jamás enterarse que sigue con vida, ¿de acuerdo? Es la única manera en que pueda estar tranquila de ahora en adelante. Nadie volverá a buscarla. Yo me encargaré de decirle al César lo que ocurrió y cómo Craso urdió un plan para secuestrarla. –
Hipo seguía sin poder despegar la vista de Annie. No podía creerlo.
¿Entendiste?-
Sólo se limitó a asentir. Sólo volvió a mirarlo cuando Marcus lo levantó del chalequín de yak.
Y otra cosa más… –añadió amenazante- … vas a jurarme por tu vida que vas a consagrar cada día, cada hora y minuto de tu existencia a hacerla feliz. Que vas a cuidarla y que jamás, ¿me oyes? jamás vas a hacerla sufrir. Si llego enterarme que no has cumplido con tu palabra, vendré desde donde me encuentre y te patearé el trasero hasta que te explote la cabeza. –
Hipo se zafó de las manos de Marcus y negó con la cabeza.
No es necesario que me amenaces. –le dijo- Daría mi vida por Annie si fuera necesario, y creo que eso bien lo sabes. Te doy mi palabra que no será necesario que vuelvas a poner un pie en Berk.-
Más te vale, vikingo.-
El muchacho se alejó corriendo con todas sus fuerzas, en dirección a Annie. No podía esperar para abrazarla, besarla y jamás dejarla ir de nuevo.
Cuando Annie vio a Hipo corriendo hacia ella sonrió como no lo había hecho en días. Por fin la pesadilla había terminado. El muchacho se abalanzo contra ella y la estrechó con todas sus fuerzas.
¡Annie! ¡Annie!- repetía una y otra vez, sin poder creer que la tenía de nuevo entre sus brazos. La besó en la frente con un cariño tan grande que hizo que la chiquilla se estremeciera de amor.- Mi Annie…-
Hola Hipo…- Le dijo al oído.
Cuando logró ordenar sus pensamientos, se separó un poco de ella y miró con devoción esos ojitos verde-miel que tanto había añorado. Se sacó el chaleco y lo puso sobre los hombros de Annie.
¡¿Qué fue lo que pasó?! ¡¿Cómo lograste escapar?! ¿Cómo…? –Las palabras se agolpaban en la cabeza del entrenador como un remolino de viento y fuego.
Cuando Marco fue a rescatarme al barco supimos de inmediato que no sería fácil salir de ahí. Había que hacer algo para estar seguros que nunca volvieran a molestarme. Entonces me dijo que quemaríamos la nave, pero que antes, debía salir de ella por una trampilla que estaba en la bodega. Habían varios toneles de aceite de quemar y muchas botellas de aguardiente. Les prendimos fuego y escapamos justo a tiempo. Él se encargaría de decirles a todos que había muerto en el incendio y así ya nunca regresarían por mí. Luego Marco le explicaría a Estoico y a los demás lo que en realidad había sucedido para que supieran que se trataba de un plan y que me encontraba a salvo.– Annie sonrió finalmente- Le dije a Marco que nadaría hasta la orilla y que te encontraría en la playa del norte.-
El general había cumplido con su promesa. La había traído de vuelta sana y salva, y por eso le estaría eternamente agradecido. Hipo miró hacia donde Marcus se encontraba. Estaba parado junto a Tornado, dando golpecitos en el cuello del animal. Aunque le costara reconocerlo, el poeta adulador le había enseñado una lección ese día, y por siempre la recordaría. El amar a alguien tiene mucho de sacrificio. Cuando se quiere de verdad, la felicidad del otro es más importante que cualquier otra cosa en el mundo, incluso más que la propia. Estrechar a alguien con todas tus fuerzas puede que te haga sentir pleno, pero también puede hacer que las alas de quien amas no se puedan desplegarse. Por mucho dolor que Marcus estuviese sintiendo ahora, habría sido peor cuando se diera cuenta de que Annie nunca sería feliz a su lado, y tal como Hipo le había dicho, habría tenido que vivir con eso por el resto de sus días.
Ahora estaba ahí, tan hermosa como siempre. Esta vez no desperdiciaría ni una sola oportunidad, ni un solo instante. No se perdería de ninguna de sus sonrisas, ninguna de sus miradas. Todo lo que necesitaba para ser feliz estaba ahora frente a él. Nada le volvería a faltar.
Su Hipo… su amado Hipo. Siempre se preguntó si sabría reconocer cuando llegara a enamorarse. Al estar junto a él, sentía que esa era una pregunta que no debía hacerse. Simplemente lo sabía. Amaba cada gesto, cada movimiento del joven vikingo. Amaba verlo reír y amaba cuando le hacía sentir protegida. Amaba el color de su voz y el aroma de su cabello. Amaba su valentía, su tesón, su porfía y su sencillez. Lo amaba, lo amaba, lo amaba…
Cuando estuvo atada al mástil del barco, lo único que podía pensar es que ya jamás volvería a verlo, y eso le quitaba el aliento. Ya nunca podría ver su reflejo en esos ojos tan verdes que tenía, ni escucharía su voz llamándola desde el techo de su cabaña para ir a volar por las mañanas. Nunca volvería a sentirse completamente feliz como cuando surcaba los cielos a su lado ni sentiría su calor al aferrarse de la espalda del muchacho cuando la llevaba a volar sobre Chimuelo. Fue esa sensación de vacío y desasosiego lo que la hizo querer escapar de allí con todas sus fuerzas, y estaba dispuesta a morir intentándolo, porque no habría tenido sentido seguir con vida si no podía compartirla con Hipo. Sí, eso era. Hipo le daba vida, y estar lejos de él era lo mismo que estar muerta.
Un rizo aventurero jugueteaba sobre el rostro de Annie. Como solía hacerlo, Hipo lo removió de su frente con un suave movimiento.
Ahora tendrás que casarte conmigo. – Le dijo Hipo, como si se tratase de una travesura.
La pelirroja puso las manos sobre las caderas y le profirió una mirada de reproche, seguida de una cómplice sonrisa. Hipo le devolvió el mismo gesto.
Creo que tuve suficiente de eso los últimos días, y sobrará para varios años más…- Alzó la vista como si estuviera sacando cuentas- …al menos unos… treinta o cuarenta…-
Gané tu mano limpiamente en un duelo, Annie. Todo Berk está de testigo. Arriesgué mi vida por ti… –
¿Me estás chantajeando, Haddock?- Su sonrisa cómplice se volvió rápidamente amenazadora- ¿Sabes lo que le pasó al último hombre que quiso meterse conmigo? Porque no te creas que vas a hacerme sentir culpable por…-
Hipo la tomó por el rostro y por fin la besó. Eso sería suficiente para que dejara de hablar.
Annie quedó paralizada por un momento, pero cuando cayó en la cuenta de que Hipo estaba besándola, sintió como si estuviera volando. El sólo contacto de su boca le hacía arder la sangre, y parecía como si el corazón se le hubiese detenido por completo. Estaba embriagada de emociones desconocidas, pero tan maravillosas que no le permitían pensar en otra cosa que no fuera el movimiento de los labios de su entrenador de dragones.
Así era como realmente debía sentirse el recibir su primer beso. Y lo recordaría para siempre.
Hipo volvió a sentirse descendiendo en espiral montado en Chimuelo. Con sus dedos recorría los cabellos de Annie como siempre imaginó que lo haría al besarla. Le faltaban manos para poder acariciarla, y un prolongado suspiro escapó desde lo más profundo de su alma. La habría tenido así por el resto de su vida sin que nada más importara. Luego la cogió por la cintura y la acercó hacia su cuerpo, tembloroso y lleno de emociones hasta entonces impensadas por el muchacho. Sentirla por completo… nunca más podría volver a separarse de ella.
Prométeme algo, Annie- Le dijo con los ojos cerrados, mientras unía su frente con la de ella.
¿Qué cosa?-
Nunca más volverás a morirte…-
Annie rió y volvió a besarlo.
Te lo prometo. Pero van a hartarse de mí.-
Nadie podría hartarse de ti. –La miró a los ojos como si se tratase de un tesoro invaluable- Te amo, pequeña.-
Yo también te amo, Hipo.-
Desde la meseta coronada por unos cuantos árboles solitarios, Marcus observaba cómo la que había sido hacía unas cuantas horas su prometida, estaba ahora en brazos del vikingo que había ganado su corazón. Sonrió. Tenía la consciencia tranquila.
Montó a Tornado y se alejó del lugar. Le esperaba un largo viaje de vuelta a Roma, en donde se encargaría de que los traidores que habían sobrevivido recibieran su castigo, y contaría al César del destino de Annie. De ahora en adelante se volvería un fantasma, un espíritu, un recuerdo. De esa forma ya nadie podría hacerle daño. Nunca más.
En Berk, todas las mañanas son frías. Pero ésta en particular había llegado por detrás del horizonte con la tibieza de un día de primavera. La lluvia se había rendido, y parecía como si las negras nubes se hubieran marchado para siempre. Las olas golpeaban la orilla con insistencia, dibujando sinuosos arcos de espuma sobre la arena. El sol asomaba sus rayos con todas sus fuerzas y se había convertido en el testigo silencioso del inicio de un amor que se había fraguado a fuego lento, como tantas espadas que Hipo había visto nacer del más obstinado metal.
Por cierto… -preguntó Hipo cogiendo la mano de Annie mientras volvían a la aldea.- …¿te referías a Craso cuando me dijiste acerca de lo que le había pasado al último hombre que quiso meterse contigo?-
Sí, así es.- Respondió.
¿Qué fue lo que sucedió con él, finalmente?-
Digamos que… - Annie apretó los labios y arqueó las cejas, al igual que Hipo cuando estaba en problemas- … le hice perder la cabeza.-
Hipo se detuvo y la miró estupefacto. Sonrió atónito y abrió los ojos de par en par.
¿Tú…?-
Oh, no, Hipo. De verdad, no querrás saberlo.-
-FIN-
¿Creyeron que terminaba aquí? ¡Pues no! Ya estoy ideando un nuevo episodio para seguir con la historia! Vamos a llamar a algunos personajes de The Rise of the Guardians para sazonar la cosa! Atentos a la llegada de Jack Frost!
