Feliz Navidad a todos. Aquí os traigo un capítulo nuevo. Gracias a todos por los comentarios y por seguir la historia

10.

Ya estamos en Salt Lake City para disputar nuestro primer encuentro. Estoy muy nervioso, como todos. No se salva nadie. Incluso el capitán Wesker, que nunca se deja llevar, parece más serio y callado que de costumbre. Es cierto que desde primera hora esto nos ha parecido una chorrada, pero en fin… órdenes son órdenes.

El vuelo duró aproximadamente dos horas y media. Cuando me bajé del avión, las piernas casi ni me respondían, y eso que procuré dar algunos paseos, bien para ir al servicio o para estirar las piernas. Estuve varias horas con los oídos bastante sensibles. No soporto las altas presiones de los aviones.

Durante el trayecto hemos aprovechado para charlar, jugar a las cartas, bromear… Sorprendentemente, lo único de lo que no hemos hablado ha sido de trabajo. Qué bien sienta no tener que pensar en ello ahora mismo. Aunque lo prefiero a hacer el ridículo jugando a baloncesto.

No sabemos mucho de nuestros rivales. Irons tampoco ha puesto mucho empeño en ello. Cabrón. En el avión no paraba de lanzarme miradas asesinas a las que yo respondía sin contemplaciones. Suerte que en el hotel lo tengo bastante lejos.

Llegamos el viernes por la noche, y sólo nos dio tiempo a soltar el equipaje, cenar algo en un restaurante cercano e irnos a la cama. Este sábado por la mañana hemos estado entrenando y familiarizándonos con las instalaciones. Tampoco se diferencian mucho de las nuestras.

Por la tarde hemos hecho algo de turismo. Durante la semana me dediqué a buscar los sitios obligatorios a visitar. Evidentemente, no vamos a visitarlos todos. Es imposible hacerlo en dos días. El partido es mañana por la mañana, y en cuanto termine, nos vamos, así que me centré en los tres más importantes: Big Cottonwood Canyon, Red Butte Garden y el Capitol Building.

Nos hemos hecho miles de fotos. Algunas, en las que salimos más favorecidos, las he subido a la red. Creo que mis compañeros también han añadido otras tantas. Ya le echaré un vistazo más tarde. Aún sigo impresionado por las vistas del Big Cottonwood Canyon. Naturaleza en estado puro.

El estadio en el que vamos a jugar está junto al del equipo de la NBA, los Utah Jazz, y algunos no hemos dudado ni un segundo en entrar. Yo, de paso, me he comprado el jersey de John Stockton, uno de mis jugadores favoritos. La llevo puesta encima de una camiseta blanca de manga larga.

Hace muchísimo frío, más incluso que en Raccoon. Tengo puesta la calefacción, pero me cuesta entrar en calor. Miro mi reloj de pulsera. Son pasadas las once de la noche. Irons nos ha dado permiso para hacer lo que nos plazca siempre y cuando hayamos dormido lo suficiente.

Casi todos mis compañeros están encerrados en sus habitaciones descansando, preparándose para lo que nos espera mañana. Yo debería hacer lo mismo, pero con este frío y los nervios que siento por el partido, no puedo. Me siento en la cama y me pongo a buscar soluciones.

La habitación es bastante sencilla. La cama, que es de matrimonio por cierto, es muy amplia. Puedo moverme a mi gusto. Es mucho mejor que la que tengo en mi apartamento. Hay un armario donde he guardado la poca ropa que llevo y un cuarto de baño que tiene un jacuzzi.

Lo he probado esta tarde, y es una maravilla. Me dejó completamente relajado. Pero la tranquilidad me duró bien poco cuando recordé dónde estaba y por qué. Me rasco la barbilla distraídamente. No, no me apetece ahora. ¿Y si pongo la tele?

Niego en silencio. Seguro que habrá programas aburridos. ¿Qué puedo hacer entonces? Miro hacia la derecha y veo mi móvil. Se me ocurre algo. ¿Por qué no? Le escribo a Jill. Su última conexión ha sido hace dos minutos, así que perfecto. Me apetece hablar con ella. Estos días apenas hemos tenido tiempo para nosotros.

¿Qué haces?

Me dejo caer sobre la cama y miro al techo. No sé si he hecho bien. El móvil vibra a mi lado y lo cojo. Leo el mensaje con una sonrisa.

Contar ovejitas. Ya voy por quinientas.

Me encanta su sentido del humor. Tiene bromas para todo. Está escribiendo de nuevo.

Es broma. Nada, sólo estaba charlando con una amiga por Facebook.

Empiezo a ponerme nervioso. Quiero verla. Necesito tenerla cerca. Sé que no debería hacer nada más. Si sigo con este juego, me puedo quemar. Sigo leyendo su respuesta sin saber qué hacer. Si le digo que voy a su habitación puede pensar mal, y si le digo que venga, igual. Cierro los ojos e intento dejar de lado aquello.

Te estás metiendo en la boca del lobo, Redfield.

No puedo olvidar tan fácilmente lo que ocurrió en el coche. Lo deseaba tanto… y ella no opuso ninguna resistencia. Joder, ya estoy otra vez. Pensaba que tenía las cosas claras… Tal vez necesite que Jill me lo recuerde. Bien. Cojo el teléfono y escribo.

No puedo coger el sueño. ¿Te importa que vaya a verte y charlamos un rato?

Suspiro aliviado. Fase uno superada. Fase masoquista al máximo. ¿Por qué simplemente no pienso en dos amigos que se encuentran? ¿Es tan difícil? Ella seguro que ya lo ha hecho. Recibo la contestación.

¿Proposición indecente?

Sonrío al leerlo. ¿Ves? Hasta ella te ha calado mejor que tú. Espero que su respuesta suene como espero que sea, una broma. Decido despistarla un poco.

Se lo pediría a Barry, pero tú eres más divertida.

Me quedo un rato observando la pantalla. Pasa un rato y no hay respuesta. Se lo está pensando. Creo que le pasa lo mismo que a mí: no quiere que se vuelva a repetir. Ahora me doy cuenta de mi error. Voy a escribirle que no importa, que intentaré coger el sueño, cuando responde.

Voy para allá.

Mi corazón late a mil por ahora. Ha aceptado. Esto es peligroso. Estamos los dos solos en una habitación de hotel. Vengo preparado. Pero me lo tengo que quitar de la cabeza de una maldita vez. Pegan a la puerta con suavidad. Doy un respingón. Ya está aquí.

Me miro rápidamente en el espejo del cuarto de baño. Me retoco un poco el pelo y voy hacia la puerta. Contengo la respiración y abro. Jill está al otro lado vestida con un pijama rojo. Me echo a un lado y miro el pasillo. No hay moros en la costa. Mejor.

Cierro la puerta sin hacer demasiado ruido y me giro. Está inspeccionando la habitación. Se sienta en la cama y me mira.

-Creo que he triunfado –comenta con una sonrisa -. Mi habitación tiene un balcón, una bañera y un jacuzzi. ¡Flipa!

-¿En serio? –digo intentando parecer interesado. Aunque todo lo que tenga que ver con ella me interesa.

-Ya te digo. Ah, y también tengo una cama doble. Creo que es mejor que la tuya.

Sonríe burlona y me siento a su lado. Casi puedo saborear su dulce olor a jabón y a colonia. Me encanta. Me recuerda a ella.

-Eso es porque no estoy yo –contesto devolviéndole la sonrisa.

Su sonrisa pasa a un gesto neutral. Mierda. Mi piquito de oro vuelve a hacer de las suyas. Sabía que me estaba metiendo en un terreno peligroso. Como siga por este camino voy a conseguir que se enfade de verdad.

-¿Estás nervioso? –me pregunta. La observo. Su rostro ha vuelto más o menos a la normalidad. Menos mal. Creo que me está evitando.

-Un poco, la verdad. Tenemos un buen equipo. Lo haremos bien –veo que se toca distraídamente la muñeca izquierda, donde lleva un pequeño vendaje -. ¿Cómo lo llevas?

No es nada serio. Los médicos dicen que tiene la muñeca un poco inflamada de tanto tirar, pero que se le pasará pronto. También me contó que se quemó el dedo con la tostadora mientras desayunaba.

Cuando le pregunté que cómo le había pasado simplemente se sonrojó. Y eso me dio a pensar que tal vez estaba dándole vueltas a nuestro apasionado beso.

Pero vamos a ver. Cuántas veces lo tengo que decir. No eres el único hombre en su vida. Quizá estaba pensando en otra cosa.

Claro, justo después de esa noche… No cuela.

-El dolor viene y va –responde mirándose la venda -. Pero ya estoy mucho mejor. Espero no tener que tirar mucho con esta mano.

-Y si el capullo de Irons dice lo contrario, le parto la cara.

Reímos unos instantes antes de que nuestro gesto se tuerza al recordar al jefe de policía. Nos ha estado haciendo la vida imposible desde que hemos llegado. Quiere controlarlo todo. No para de repetirnos que tenemos que ganar cueste lo que cueste.

Como si fuera tan fácil… Nosotros intentaremos hacer un digno papel… y ya está. No me van a aumentar el sueldo por ganarlos todos. De pronto, el gesto de Jill se vuelve serio, preocupado. Está pensativa. No me hace falta saber qué está pasando por su cabeza para entender su preocupación.

-Lo harás muy bien mañana –susurro poniéndole una mano en la rodilla con dulzura. Se la acaricio. No me retira la mano. Buena señal.

-No sé Chris… Me preocupa que puedan tomarla conmigo.

-Y para eso estamos nosotros. Para mandar a callar al que ose meterse con nuestra Jill –consigo sacarle una tímida sonrisa.

Nos observamos sin decirnos nada. Me está empezando a recordar a nuestra mágica noche. Deseo besarla, abrazarla, no dejar que se vaya nunca. Intento pensar en otra cosa que desvíe mi atención. La imagen de Irons aparece en mi mente. Niego con la cabeza para espantarlo de mi mente.

La risa de Jill me distrae.

-¿Qué te ocurre? Parece como si te hubieras tragado un gusano o algo de eso… -comenta sin dejar de reír.

Se deja caer en la cama y se retuerce pasándose los brazos cruzados por la altura de las costillas. Me pongo nervioso. Podría aprovechar para tumbarme a su lado, acariciarla, besarla, y llevarla al éxtasis. Suspiro. No tengo remedio. Me acerco a su altura y me tumbo frente a ella.

Jill se incorpora un poco y nuestras caras quedan a pocos centímetros. El corazón me late muy deprisa. Me pide que la bese. Pero espero. Ella simplemente me mira… y veo en sus ojos el mismo deseo que el mío. Brillan de emoción. Están cambiando a azules.

Qué fácil es pillarte, Jill…

¿Y qué pasa si es ella la que da el primer paso? ¿Y si es ella la que me besa? ¿Le seguiría el juego? Posiblemente… pero debo recordar la regla de oro por la que nos regimos: somos compañeros. Entonces, acerca su mano a mi rostro, y lo acaricia. Cierro los ojos. Saboreo el momento.

Sus dedos acarician lentamente mis mejillas, mi barbilla afeitada, mis labios… Esto es demasiado. Mi miembro empieza a pedir guerra. Está tan excitado como yo. Abro los ojos. Miro a Jill. Veo que disfruta. Me desplazo un par de centímetros. Estoy a punto de besarla.

Pero me retiro. Quiero hacerlo… pero no debo. Me he jurado numerosas veces que no puedo seguir con esto si quiero que todo vaya sobre ruedas. Jill aparta su mano con delicadeza. Puedo ver en sus ojos un rastro de decepción. Sé que lo estaba esperando… al igual que yo.

Me separo un poco más hasta quedar prácticamente sentado. La escucho emitir un suspiro. Sí, yo también me maldigo. Pero creo que he hecho lo correcto. No sé cómo hubiera acabado esto si hubiera acabado.

Unos mimitos, unas caricias, unos besos… y puede que algo más.

Debo hacer algo para quitarnos ese sinsabor. Me quedo pensando. Tiro de todo mi repertorio, de las lecturas que he hecho. Recuerdo que metí en mi equipaje algo que quizá me pueda servir. Siempre me gusta ir preparado para la ocasión. Con o sin Jill, lo necesitaba por si las moscas.

El problema es que no sé si va a querer… y lo calientes que nos vamos a quedar cuando termine. No pierdo nada por intentarlo… pero de lo que sí estoy seguro es que no insistiré a la primera que me diga que no.

-Quiero hacerte una proposición –le digo un tanto nervioso, para variar.

-¿Indecente?

Sonrío. Y lo peor es que ella no me detiene los pies. Creo que ése es el problema. Si Jill desde primera hora me hubiera dejado claro que no quiere nada conmigo, no estaría pensando tanto en ella. Pero claro, quizá no existiría este buen rollo que hay entre nosotros.

La miro. Está tranquila, esperando mi respuesta.

-Me gustaría quitarte algo de presión –explico con toda la tranquilidad que me es posible -. Sé que Irons te ha dado la vara con que tienes que echarte el equipo a la espalda porque eres la única base del equipo –Jill asiente con amargura -. Así que… me gustaría… darte un masaje.

Mi propuesta la deja boquiabierta. No sé cómo interpretarlo. ¿Le atrae la idea? ¿Me mandarán a freír espárragos? ¿Me dirá que no es buena idea? Sí es cierto que quiero hacer algo para aliviarle toda la carga que ha puesto Irons en ella. Por el amor de Dios, que los demás vamos a hacer todo lo posible para cubrirle las espaldas.

Sigue en silencio. Creo que no sabe qué decir. Quizá se esté preguntando si sé da masajes. Y la respuesta es… sí. He estado leyendo sobre el tema en libros y en internet. Además, he visto vídeos de expertos que afirman que no es necesario ser un fisioterapeuta para dar un buen masaje.

El masaje es un gran estimulante sexual. A pesar de lo que muchos pueden pensar, me gusta estar al día en lo que se refiere a las mujeres: lo que les gusta, cómo tratar con ellas… todo. Y a mí el masaje me parece una excelente idea.

Y no es el único.

Mi pene sigue tan erecto como al principio. El calor empieza a subir por mi cuerpo al imaginar a Jill tumbada en esa cama mientras le doy un masaje. Qué morbo. Me encantaría vivir esa experiencia. Intento ocultar mi erección todo lo bien que puedo cruzando los rodillas.

-¿Sabes… dar masajes? –me pregunta a media voz. Asiento.

-He leído varios libros de expertos… y también he visto algunos vídeos –me encojo de hombros sin darle demasiada importancia -. He traído en mi equipaje un aceite especial.

Jill arquea una ceja sorprendida. Ahora sí que la estoy dejando totalmente sin palabras. Se nota que me conoce especialmente en el plano laboral. Me gusta tenerlo todo dispuesto y preparado. Y sobre todo, probar, experimentar. El placer no es placer si no se disfruta.

-¿Alguna vez has dado uno?

Niego en silencio.

-Para todo hay una primera vez –sonrío. Se me hace la boca agua al imaginar cómo pueden ser nuestra primera vez. Me empieza a doler el pene de tenerlo tanto tiempo empalmado -. ¿Qué dices?

Estoy muy incómodo. Voy a tener que emplear la táctica de Irons otra vez para tranquilizarme. Cierro los ojos y me lo imagino cagando. La cara de asco que debo poner debe ser mi libro. Aguanto unos instantes más, y mi amigo se tranquiliza un poco. Menos mal.

-Excelente autocontrol –comenta Jill sonriendo. Después de esto voy a necesitar unas cuantas copas para olvidar mis recuerdos -. No sé, Chris, no creo que…

-Te voy a dejar un poco para que lo pienses… -sueno más borde de lo que en realidad quiero aparentar. Lo de Irons me ha traumatizado. Espero que no me afecte en el futuro -. Voy al servicio un momento. Voy a colocar una toalla sobre la cama para que no cojas frío. Y te voy a dejar otras dos toallas para que te cubras las tetas y el culo.

E incomprensiblemente, me sonrojo al nombrar esas dos palabras. ¡Pero si nunca me sonrojo! Mi polla vuelve a animarse un poco. Abro el armario y saco una toalla grande. La tiendo sobre la cama. Entro en el cuarto de baño y cojo dos toallas limpias más pequeñas. Las dejo junto a Jill.

-Te dejo un poco para que lo pienses. Si no quieres, tranquila, te entiendo perfectamente. Yo sé que tampoco esto es lo correcto –digo antes de cerrar la puerta del baño.

Me siento en la tapa del váter y me bajo los pantalones de un tirón. Me quito los calzoncillos y me masturbo como un condenado. Jill, desnuda en la habitación. Dios. Contengo los gemidos de placer para que no me escuche. Subo y bajo mi mano con suavidad al principio, y luego aumento al ritmo.

Cierro los ojos y la imagino. Tumbada en esa calentita cama semidesnuda esperando a que le dé un relajante y sensual masaje. Noto que voy a correrme antes de lo que esperaba. Cojo un poco de papel higiénico y lo pongo en la punta de mi pene. Y me dejo ir segundos después.

Mi entrecortada respiración tarda un poco en volver a la normalidad. Qué liberación. Lo necesitaba después de lo que caliente que estaba al imaginarme todo lo que puede pasar. Pero la cruda realidad cae sobre mí. ¿Y si cuando salgo aún está vestida?

La conozco lo suficiente para saber que, aunque lo intenta igual que yo, cuando te hacen una oferta de este tipo… es difícil resistirse.

Me niego a pensar en el chasco que me puedo llevar. Debo hacerme a la idea de que no va a poder ser. Qué bonito fue mientras duró. Siempre seremos compañeros. Estamos destinados a ellos… y nada puede detenerlo… salvo que nos vayamos por las ramas.

¿De verdad quieres perder tu relación de amistad con Jill por tirarte a la piscina de esta manera?

De ningún modo. He ido demasiado lejos. Voy a salir y a decirle que me disculpe por haber sido tan egoísta y pensar más en nuestro placer que en nuestro deber. Me lavo las manos con jabón y me las seco en una toalla. Me pongo los pantalones y los calzoncillos antes de salir al exterior.

Lo primero que veo es el pijama de Jill tirado en el suelo y unas bragas negras al lado. Me quedo parado en el quicio. Miro a la cama. Y la veo tumbada poca abajo con una toalla puesta encima del culo. Ese espectáculo me está excitando sobradamente. Mi pene empieza a rectarse de nuevo.

-¿Está bien así? –pregunta Jill mirándome. Tardo unos segundos en responder. Está espectacular. La de cosas que voy a hacerle sentir con este masaje… Mmm

-Perfecto –sonrío y camino decidido hacia mi equipaje.

Abro la cremallera con dedos temblorosos y busco mi neceser "de emergencia". Aparto unas cuantas camisetas de la equipación y lo veo abajo del todo. Lo pongo sobre la mesa para que no me vea el contenido: preservativos, lubricante, geles de frío y calor, y un aceite para masajes con esencia de rosa silvestre. Dicen que es afrodisíaco.

Caigo en la cuenta de que no tengo velas. Pero da igual. Ya lo recordaré para otra ocasión. Las velas hubieran dado un toque más íntimo y agradable… Pero en fin… No todo se puede tener. Saco el bote de gel y lo tiro sobre la cama, junto a Jill. Cierro la cremallera del neceser y me detengo frente a Jill. Me quedaría contemplándola eternamente.

-Lo más importante es que estemos a gusto y relajados –digo controlando todos mis impulsos, que me dicen que me deje de chorradas y juegue un poco con ella -. Voy a poner un poco de música Chill –out. Nos ayudará a entrar en un estado óptimo.

Cojo mi móvil y abro el programa que tengo para reproducir música. Busco en la lista de música Chill –Out y elijo una al azar. Una suave música de piano inunda mis oídos. Vaya, es perfecta. Le va a encantar. Su comentario no se hace esperar.

-Adoro la música de piano.

-Lo he hecho por lo mismo.

Coloco el teléfono sobre la mesa de manera que la acústica sea lo medianamente buena. Observo su espaldas, sus curvas… toda su perfección. Me estoy poniendo más caliente por momentos. Como nunca antes. Me encanta probar cosas nuevas… y sobre todo con ella.

-Oye, si sientes más cómoda… puedo desnudarme yo también –la idea endurece mi polla de forma enloquecedora -. Así estaremos al mismo nivel.

Abro el bote y lo dejo en el suelo mientras espero su respuesta. Agacha la cabeza, escondiéndola entre sus brazos estirados. Su reacción no me sorprende demasiado. Sabe que a un hombre todo esto lo pone a mil… y que puede ver algo que le agrade bastante.

-Tú mismo –dice cuando eleva su rostro.

Sonrío y me quito con lentitud la camiseta. Aún no es momento para stripteases. Jill no se pierde un detalle. Sus ojos brillan de emoción. Se están poniendo azules. Bajo la cremallera del pantalón y lo dejo junto a la camiseta. Me quedo en calzoncillos. Es un momento incómodo.

Mi erección está en su máximo apogeo. Sé que no se va a asustar ni a salir corriente, pero para un hombre, su cosa es sagrada. Me agacho rápidamente para coger el aceite y se lo paso a Jill.

-Huélelo.

Jill obedece y se lleva el bote a sus orificios nasales.

-¿Rosas silvestres?

-Exacto. ¿Cómo lo has sabido? –pregunto mientras me devuelve el tarro. Nunca dejará de sorprenderme.

-Hay muchas en New Orleans.

-Ya entiendo… -me sitúo de rodillas sobre ella y me echo un poco del contenido en las manos -. Bueno, allá voy. Si te molesta lo más mínimo me lo dices y paro, ¿vale? –ella asiente.

No hace falta que se recoja el pelo. Al tenerlo corto no me molesta. Tengo acceso a todas y cada una de las zonas permitidas para mí de su cuerpo. Masajeo con los dedos su espalda de arriba abajo un par de veces, sólo con las yemas de los dedos. Noto que se tensa un poco al principio, pero luego vuelve a relajarse.

Su cuerpo empieza a desprender un calor contagioso. El mío también está ardiendo. Procuro no rozar con mi pene ni un centímetro de mi cuerpo. No estoy seguro de que se sienta cómoda. Paso ahora las palmas de mi mano por lo ancho y largo de su espalda.

-Al final compraste la camiseta de Stockton –me dice mientras masajeo la zona baja de su espalda.

-Es uno de mis jugadores favoritos –contesto concentrándome en los movimientos. Estoy tan cerca de sus nalgas… Sólo si bajara un poco más… Pero no, yo le prometí que no iba a hacer nada que ella no quisiera.

-En el equipo, creo que soy como él. Ya sabes, los robos, las asistencias…

-Creo que por eso me gusta verte jugar –sonrío al decirlo. Doy un poco más de intensidad a mis pasadas. Empieza a gemir levemente -. ¿Qué tal?

-En el paraíso.

Vuelvo a sonreír. Lo estoy haciendo de maravilla. Estamos disfrutando de lo lindo. Me centro en sus hombros. Los tiene bastante duros. Pero según he leído, casi todo el mundo los tenemos por las cargas que cogemos: bolsas, mochilas, objetos pesados…

Sus gemidos de placer empiezan a desconcentrarme un poco. Me estiro un poco más para coger sus hombros mejor, y entonces mi pene roza su trasero por encima de la manta. Hago un movimiento brusco con el cuerpo y vuelvo a mi posición original. Qué morbo.

-Sigue así…no te retires… -murmura con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios. ¿He oído bien? ¡No quería que me apartara! ¿Qué está pasando?

Que estamos más calientes que el palo de un churrero.

-Mejor que no… -susurro. Noto que me falta muy poco para eyacular. Debo hacer todos lo posible para aguantar… pero es que aún no he ido con la parte de delante.

Masajeo su cuello con los pulgares y con mucha suavidad. Es una suavidad. Se la ve tan tranquila… Debería hacer esto más a menudo. Esto es puro placer. Me aplico un poco más de aceite en las manos y continúo un poco más por el cuello. Luego, paso por toda su espalda con los puños, y luego con los codos con suavidad.

Ahora viene lo peor. La parte delantera.

-Date la vuelta. Me voy a girar para no mirar –me dio la vuelta tragando saliva con dificultad.

Voy a explotar. Me sale un poco de semen. Mierda. Cojo del bolsillo de mi pantalón un kleenex y me limpio el pene. El problema es que empieza a salir más. Lo limpio todo lo corriendo que puedo. Estoy sudando. Mierda. Tiro el papel disimuladamente a un lado.

-Ya estoy lista –anuncia Jill. Suspiro y me doy la vuelta.

Mi amigo aún no se ha rendido. Es una diosa allí tumbada. La de cosas que podría hacer con ese cuerpo… Creo que me va a empezar a doler otra vez si sigo tanto tiempo empalmado. Ya me he corrido dos veces hoy… y las que quedan. Creo que debo hacer algo al respecto.

-Si no te importa, voy a ponerme el pantalón –digo agachándome para cogerlo. Jill asiente. Sabe lo que me pasa del oficio.

Sonreímos. Vaya nochecita. Quién hubiera imaginado que Salt Lake City iba a ser una ciudad tan interesante… Esta vez me siento a su lado. No creo que esté demasiado bien que me pongo de rodillas encima. Se me corta la respiración. Sólo puedo verle las piernas y el torso… pero vaya imagen.

Me encantaría fantasear con lo que hay debajo de esas toallas…

Cojo el aceite y me lo echo en las manos. Me acerco a sus pies y primero masajeo el derecho. Empieza a moverse como una lagartija. Me divierte.

-En los pies tenemos muchas terminaciones nerviosas… y por eso te da esa sensación de placer –les explico sin detenerme demasiado en las plantas.

Empiezo a subir por las piernas. Con qué calentón voy a terminar la noche. Yo solito me lo he buscado. ¿Y lo que estoy disfrutando ahora? Bueno, estamos. Paso mis dedos por sus hermosas piernas hasta llegar a la toalla. Zona prohibida. Y entonces, me centro en sus costados.

Los masajeo primero con las yemas de los dedos y luego con la mano entera. Aplico la presión exacta para que no resulte doloroso. En los vídeos he aprendido a hacerlo bien.

Sus pechos suben y bajan relajados. Me entran ganas de mandar a la mierda las toallas. El masaje me está saciando en parte, pero no lo suficiente. Luego ya lo arreglaré cuando esté a solas. Y tras jugar rítmicamente con mis dedos por su torso, le doy un suave beso en la mejilla.

-Bueno, pues con esto doy por concluida mi sesión –sonrío mientras me levanto -. ¿Cómo te encuentras?

-Voy a dormir en la gloria.

Río mientras quito la música del móvil. Cojo el papel que tiré al suelo y lo guardo en el bolsillo rápidamente. Meto el aceite en el neceser y lo guardo en mi maleta de viaje.

-Te dejo que vistas tranquila. Voy a lavarme las manos.

Entro en el baño y cierro la puerta corriendo. Va a ser la tercera de la noche. No hace falta que me toque demasiado para que el semen salga. Qué gusto. Pensaba que si no lo echaba iba a reventar. Dios. ¿Qué tía ha hecho que me corra tres veces en menos de veinte minutos? Sólo Jill.

Vuelvo a limpiarme de nuevo mientras veo que mi amigo empieza a relajarse un poco. Menos mal. Necesito un poco de descanso. Ha sido un gran esfuerzo para mí tener tantas erecciones seguidas. Me enjuago las manos sin demasiada prisa y vuelvo a la sala principal.

Jill ha vuelto a ponerse su pijama, y yo aún no me he puesto mi camiseta. A pesar de que estamos en pleno febrero no tengo ni pizca de frío. Es más, estoy demasiado caliente.

-Has debido pasar muchas horas en el gimnasio –apunta Jill observando con admiración mi torso desnudo. Me enorgullezco de ello. Es una de las partes de mi cuerpo que más me gusta.

-Más que con las chicas, seguro.

La escucho reír mientras cojo mi camiseta del suelo. Meto la cabeza por el agujero y noto que unas manos tiran con suavidad hacia abajo. Jill me mira de cerca. Demasiado cerca. Contengo mis impulsos de no volver a repetir lo del coche, pero entonces ella se pone de puntillas y me da un beso en la mejilla.

Me pongo colorado de nuevo. Algunas veces nos hemos dado besos en la mejilla para saludarnos o despedirnos, aunque nada tiene que ver con lo que ha pasado esta noche. Me llevo una mano distraídamente al lugar donde me ha plantado ese beso con el que soñaré parte de la noche.

-Gracias, Chris. Me siento mucho mejor –me confiesa con sinceridad.

-Ya sabía yo que esto era una buena idea –Y tanto -. Ya sabes, la próxima vez te toca a ti.

Le guiño un ojo, y su rostro se queda petrificado. No se lo esperaba. También entraba en los planes. La he cogido por sorpresa. No quiero presionarla, así que hago lo que mejor sé hacer:

-Investiga un poco. Hay muchas webs donde te explican todo lo que necesitas saber. Pero tranquila, esperaré.

No muy convencida con mi propuesta asiente lentamente. Está tan guapa con el pijama… Volvería a la cama con ella ahora mismo. Se gira y se acerca a la puerta. Miro el reloj. ¡Casi las doce! Madre mía. Y el partido es a las doce. Tenemos que dormir ya si queremos estar lo suficientemente despiertos.

-Buenas noches, Chris. Te veo mañana.

-Buenas noches a ti también, Jill –abre la puerta y mira de un lado a otro para comprobar que no hay moros en la costa -. Oye, antes de que te vayas –bajo un poco el tono -. Antes de dormir…pásatelo bien… Ya me entiendes… Te irá bien.

Se me queda mirando unos instantes como diciendo de qué coño estás hablando, pero sé que lo ha pillado al vuelo. Vuelve a mirar al exterior y pone los ojos en blanco.

-Como si tuviera otra opción…

Cierra la puerta mientras sonrío. Bueno, es hora de que yo también lo pasé bien. Recojo las toallas para ponerlas junto a las que he utilizado yo y me fijo que la que he puse debajo está llena de fluidos.

Sonrío ampliamente. Ha sido una experiencia muy gratificante para los dos.