N/A. ¡Holaa! ¿Qué tal, gente? Aquí estoy con un nuevo capítulo. Hoy vengo con prisa porque estoy en plena semana de exámenes, así que tengo una mala noticia para vosotros. Es posible que la semana que viene la actualización tenga que ser el domingo en lugar del sábado. Haré todo lo posible para que no sea así, pero si veis que pasa el sábado y no hay capítulo nuevo, no os alarméis. El domingo lo tendréis sin falta :)

¡Espero que os guste! Fin de la N/A.


—Buenas tardes, señor.

Draco respondió con un gesto desganado al saludo de la atractiva bruja morena que recibía a los pacientes. Sin dedicarle un segundo más de lo necesario, se dirigió a las escaleras que conducían al tercer piso.

Hacía una semana que había visto a Granger en una de sus cafeterías mágicas preferidas. Una semana desde que le había acabado confesando entre gritos de furia el verdadero motivo por el cual asistía al IMEM.

Había esperado compasión. Palabras de disculpa. Intentos de consuelo. Pero no. Granger se había limitado a mirarlo con los labios ligeramente separados y los ojos inmensos, brillantes, con un deje de desconcierto mudo.

Había sido una de las despedidas más extrañas, frías y torpes de toda su vida.

En los días posteriores apenas había podido ver a sus amigos, y por mucho que le jodiera admitirlo, aquel era uno de los principales motivos por los cuales ese domingo se sentía especialmente apático.

Cubierto de negro de los pies a la cabeza, avanzando en silencio por los resplandecientes pasillos de linóleo del Instituto, Malfoy tenía la sensación de que el mundo era un lugar horrible y oscuro que él no merecía.

Una vez en el tercer piso, y mientras se dirigía hacia la puerta del despacho de Tylor, Draco no pudo evitar preguntarse si se cruzaría con Granger ese día. Fijó la mirada en el final del pasillo, allí por donde la bruja solía aparecer todos los domingos más o menos a la misma hora a la que él llegaba. Ralentizó muy levemente el paso, alargó el momento de forma casi inconsciente.

Pero Granger no apareció.

Draco frunció el ceño mientras abría la puerta del despacho sin molestarse en tocar. ¿Dónde cojones se habría metido la sabelotodo?

Como si me importara.

Entró en el despacho quitándose la capucha de la capa y tratando de alejar a Granger de su mente, algo que consiguió al instante al darse cuenta de que Tylor no estaba por ninguna parte.

Se encontraba solo.

Joder.

Resoplando, Draco se apoyó en el marco de la puerta cruzado de brazos. Genial. Como si no tuviera nada mejor que hacer que esperar al estúpido de Brooks. Cogió aire. Alzó la mirada.

Decidió que contaría hasta cien y, si para entonces Tylor no había llegado, se marcharía. Después de todo, no era culpa suya si el sanador no tenía la profesionalidad suficiente como para ser puntual.

Parece que no es tan perfecto, después de todo.

El pensamiento le hizo sonreír con cierta perversidad antes de que comenzara a contar mentalmente.

Pero cuando llegó a cien, Tylor todavía no había aparecido.

—Jodido incompetente —gruñó por lo bajo, saliendo del despacho para cerrar la puerta con un fuerte golpe. Estaba rodeado de inútiles.

Y ya estaba subiéndose de nuevo la capucha cuando una idea se coló en su mente.

¿Y si Granger todavía seguía allí?

El momento de duda lo asaltó por sorpresa y lo dejó inmóvil junto a la puerta del despacho, solo en mitad del pasillo con la mirada perdida.

Una parte de él, minúscula, recóndita, escondida, susurró que aquella era probablemente una de las peores ocurrencias que podría tener.

La otra parte, imperativa, colosal, poderosa, proclamó a voces que las normas y protocolos estaban para ser pisoteados.

Huelga decir cuál de las dos se impuso sobre la otra.

No le llevó mucho encontrar la habitación de la madre de Granger. Todos los cuartos tenían un casillero en la pared, junto a la puerta, donde se encontraban los datos técnicos del paciente que se hallaba en el interior.

El documento que rezaba Jean Granger, 46, Shock por hechizo correspondía a la puerta número 27. Pero de pronto, Draco vaciló.

Aquella parte de él que era un llamado al respeto y a la precaución, esa vocecita que se parecía sospechosamente a una mezcla entre Daphne, Theo y su madre, regresó de nuevo para decirle que no debía hacer eso. Que no era asunto suyo. Que era una violación a la intimidad de los Granger.

Por suerte o por desgracia, Draco era todo un experto en hacer caso omiso a esa voz.

Cuando abrió la puerta, la luminosidad del interior de la habitación lo obligó a parpadear un par de veces. Dentro, una mujer de largos rizos oscuros entre los que se entremezclaban cabellos plateados miraba por la ventana desde una silla situada junto a la ventana. Estaba casi de espaldas a Draco, con las manos sobre el regazo. Muy quieta, muy recta. Totalmente en silencio.

Sentada en el suelo frente a ella y con los brazos apoyados en sus rodillas estaba Granger.

La chica estaba tan abstraída hablando en susurros a su madre que ni siquiera lo escuchó entrar, pero Draco pudo ver el peculiar brillo de las lágrimas en sus ojos. La rabia y el dolor se mezclaban en ese color de miel, húmedo y culpable.

De pronto, Malfoy sintió el peso de lo que acababa de hacer cayendo bruscamente sobre él. Notó que se bloqueaba y que se quedaba ahí, tieso bajo el umbral de la puerta, con una mano en el picaporte y muchas palabras enredadas en la boca.

Finalmente, recuperó el aplomo y enarcó una ceja con arrogancia.

—No sé si puede escucharte, pero si lo hace, tiene que estar verdaderamente deprimida con tanto lloriqueo.

Su voz sonó desdeñosa. Arrastrada. Aburrida. Hermione alzó la vista de golpe y frunció el ceño al verlo, pero no hizo el más mínimo ademan de levantarse o de secarse las lágrimas. Eso molestó profundamente a Draco, quien hubiera asesinado al que hubiera osado perturbar un momento así y descubrirle con los ojos húmedos. Sin embargo, no hubiera sabido decir si el orgullo con el que Hermione alzó la barbilla en su vergonzoso estado la hacía parecer más patética o más fuerte.

—¿Qué demonios haces aquí? —Se veía enfadada pero cansada. Sin energía para luchar. Malfoy arrugó la nariz y entró en la habitación cerrando a sus espaldas, decidido a dejar de ser ignorado y hacerse notar.

—Pasar el rato —respondió evasivamente por el mero placer de molestarla. Para su disgusto, Hermione se limitó a sacudir la cabeza y volverse de nuevo hacia su madre.

—Vete de aquí, Malfoy —murmuró en voz baja—. No estoy de humor para escucharte.

Draco bufó y se cruzó de brazos, atreviéndose a avanzar un paso más para poder mirar de reojo a la señora Granger y apreciar su rostro. Ella seguía de espaldas, completamente inmóvil en su silla con la mirada perdida más allá de la ventana.

Había visto a la madre de Hermione en un par de ocasiones en el Callejón Diagón, pero nunca le había prestado demasiada atención. No se parecía demasiado a su hija, y era radicalmente distinta a su propia madre. Narcissa Malfoy había sido la máxima expresión de la elegancia y la discreción, con su piel pálida, su cuidado cabello rubio, los fríos ojos azules y los carísimos vestidos de tonos claros. Jean Granger, sin embargo, era todo lo contrario. Había algo salvaje en la caída de sus rizos oscuros. Algo estremecedor en el verde boscoso de sus ojos estáticos. Algo peliagudo en la drástica curva de su labio inferior.

Pensándolo mejor, Granger sí se parecía a su madre en algo: ambas compartían esa esencia de peligro ardiente que rodea a las mujeres de temperamento vivo.

Apenas un par de zancadas lo separaban del otro lado de la cama, donde se encontraban Hermione y Jean, pero había algo allí que impedía que Malfoy se acercara. Una fuerza extraña. Una especie de dolor transparente. Una tristeza familiar y ajena al mismo tiempo que llenaba el aire, uniendo a madre e hija y dejándolo a él arrinconado contra la puerta.

—No le haces ningún favor gimoteando a su lado todos los días —espetó con tono desinteresado, como si no le importara lo más mínimo. Hermione siguió en silencio, acariciando con cuidado el dorso de la mano de su madre y mirándola de esa forma tan melancólica. Malfoy cambió el peso de una pierna a otra, cada vez más enfadado por no estar recibiendo la atención que quería—. Pareces idiota, ¿lo sabías? Esto es culpa tuya. ¿Qué mierdas haces lamentándote? ¿Esperas su perdón o algo así?

Por fin, Hermione se levantó. Temblaba de pura rabia, con un amago de sonrisa rota y lacerante colgando de los labios, y apretaba los puños mirándolo con tantísimo dolor que Malfoy pensó que quizás se había excedido.

Ver que por fin se fijaba en él lo enorgullecía, y saber que había logrado hacerle daño le reportó también algún tipo de placer siniestro. Y sin embargo, algo dentro de él se volvió afilado y punzante, como una aguja que le pinchaba los pulmones para sacar todo el aire de su interior.

—Eres un cabrón —dijo Hermione. Ese deje de risa histérica y sarcástica seguía todavía impreso en su boca. Al escuchar su tono astillado, Draco se estremeció. El odio que palpitaba en la voz de la bruja era más real e intenso que nada que Malfoy hubiera sentido en semanas—. Entras aquí sin ningún permiso, ¿para qué? ¿Para decirme algo que ya sé? ¿Para recordarme que soy la responsable de todo esto? ¿Para hacerme daño? —No gritaba. Ni siquiera estaba hablando alto. Pero la fuerza que imprimía en cada palabra era suficiente para conseguir que Draco siguiera callado, perdido en esos ojos tan suaves que en ese momento parecían tan destrozados—. En ese caso te felicito, Malfoy. Enhorabuena. Lo has conseguido. Me has dejado muy claro, por si lo había olvidado, que soy una imbécil. Que he perdido a mi madre, tal vez para siempre, y ha sido todo por mi culpa. ¿Estás satisfecho? Dime, ¿lo estás?

Miedo. Desesperación. Dolor. Ira. Impotencia.

Draco no sabía cómo canalizar todo lo que Hermione le estaba transmitiendo, así que reaccionó de la única forma en que sabía hacerlo.

—No mucho, la verdad. Eres poco interesante. Además, esa felicitación no ha sonado lo suficientemente sincera.

Hermione soltó una risa corta y casi sádica.

—Crees que todo esto es un juego, ¿verdad? Pobre Draco Malfoy, que ya no tiene quien consienta hasta el último de sus caprichos. Alabémosle, adorémosle, perdonemos todas sus ofensas y cada uno de sus errores. Pues te equivocas. Lo siento de veras por lo que le ocurrió a tu madre. Siento que la hayas perdido, igual que lamento que no lo estés llevando bien. Pero no eres el único con problemas. Y haberlo pasado mal no es una justificación para lo que estás haciendo.

—¿Y qué estoy haciendo, si se puede saber?

—¡Esto! —Ambos habían empezado a alzar la voz, y sus tonos rozaban ya los gritos—. ¡Ser un maldito imbécil! ¡No tienes ni idea de por lo que estoy pasando, y no tienes ningún derecho a venir aquí y hacerme daño, Malfoy! ¡Ninguno, ¿lo entiendes?!

—Mi madre está muerta, Granger. La tuya vive. ¿Cómo te atreves a compararlo? —ladró Malfoy con una furia que llevaba semanas entrelazando sus espinas en torno a sus huesos.

—¿Que vive? ¿Que vive? Merlín bendito, Malfoy, ¡mírala! —gritó ella, señalando a su inmóvil madre. La primera lágrima se descolgó de entre las puntas de estrella que formaban sus pestañas empapadas y dibujó un camino de reflejos sobre su mejilla. Cuando Hermione siguió, su voz volvía a ser baja y rota—. No sé si me está escuchando. No sé si sabe que estoy aquí, que vengo todos los días, o si piensa que la hemos dejado sola. Que la hemos abandonado a su suerte. Ni siquiera sé si puede pensar. —Hermione lloraba. Lloraba y hablaba, y Draco escuchaba sin ser capaz de mover un solo músculo, atrapado por la intensidad del sufrimiento de la bruja que se expandía y lo llenaba todo—. No sé si lo pasa mal. Si le duele hasta respirar. Si quiere que la abrace o si prefiere estar sola. No sé si queda algo de mi madre dentro de ella, ni qué decirle a mi padre cada día cuando regreso a casa. No sé si la recuperaré alguna vez. —Hizo una pausa brevísima, como un suspiro. El mundo tembló dentro y fuera de aquellas cuatro paredes cuando Hermione finalizó con un susurro deshecho—. A veces preferiría que estuviera muerta.

Draco sintió que le hervía la sangre. Quiso cerrar los dedos en torno a su cuello y apretar hasta asfixiarla. Fue su turno entonces de reír sin ningún humor.

—Eres tú la que no tiene ni idea, Granger. ¿Preferirías que estuviera muerta? Yo daría lo que fuera por ver a mi madre respirar otra vez. Porque eso significaría que habría esperanza. Por poca que fuera, por insignificante. Por remota. Existiría una mínima posibilidad de que mi madre volviera a mirarme a los ojos. De escuchar su voz, de tenerla a mi lado. Mataría por tener una oportunidad así.

Hermione lo miró con asombro y abrió la boca sin saber bien qué decir, pero Draco sacudió la cabeza y siguió hablando sin darle demasiado tiempo para pensarlo.

—Eres una estúpida. Sabes que es culpa tuya, ¿por qué te hace daño que te lo diga? Asúmelo, Granger. Asúmelo, y sigue adelante. Mientras quede la más nimia esperanza, no te atrevas a decir que preferirías que tu madre estuviera muerta. No te burles así de los que no tenemos otra opción.

El silencio que siguió después fue imposible de medir en el tiempo. Quizás fueron segundos o tal vez minutos, pero mientras duró, ni Draco ni Hermione se movieron lo más mínimo. Siguieron ahí, quietos, evaluándose, juzgándose.

Y entonces, escucharon los pasos.


El apartamento estaba totalmente a oscuras. Silencioso, quieto, pensativo, acompañado solo por el repiqueteo de las gotas contra el cristal de la ventana, Theo bebía de una copa de cristal con los codos apoyados en las rodillas y el pelo revuelto. Su mirada se perdía en las penumbras del salón en la máxima expresión de la preocupación más melancólica.

Fuera empezaba ya a anochecer. El cielo adquiría tintes más oscuros a cada minuto, pero Theo apenas era consciente.

Estaba en problemas, y lo sabía.

Theodore Nott estaba total y perdidamente enamorado. Él, el perfecto intelectual, el apático genio, el más templado estandarte de la fría lógica, había sucumbido a la chispa del amor. Y podía haber ocurrido con muchas personas, pero no.

Había tenido que suceder precisamente con esa persona.

Era mucho más complicado de lo que pudiera parecer al principio. No se trataba solo de que sus amigos no lo sospechaban en absoluto: estaba también el asunto de Draco.

Con Blaise y con Pansy sería más fácil, claro. Ellos también estaban juntos, así que sabían mucho de amor, o de lujuria, o de lo que quiera que fuese que les uniera. Lo entenderían. Lo comprenderían.

Pansy lo miraría con la barbilla alzada y bufaría antes de coger por el brazo a Daphne y arrastrarla a otra habitación, exigiendo una charla de chicas que, a ser posible, incluyera una explicación de por qué no le había contado nada en meses. Blaise, por su parte, soltaría una carcajada nerviosa y lo miraría de hito en hito. "Qué callado te lo tenías, tío", le diría. "No me lo había imaginado para nada. Viniendo de ti y todo eso…", seguiría. Pondría esa cara que ponía siempre que se no sabía si reírse sería una buena o una mala idea. "¡Y Daphne! Nunca pensé que fuera tan buena guardando secretitos. ¡No le dijo nada a Pansy!", exclamaría. Y Theo tendría que explicar que había sido él quien le había pedido que guardara silencio. "No sabía cómo os lo tomaríais", diría después, y por supuesto, Blaise se daría cuenta de cuál era el verdadero problema.

Draco. Siempre Draco. Todo se remitía a Draco.

Cuando eran críos, Theo no se había sentido ni remotamente tentado a entrar a formar parte del grupo de amiguitos del joven Malfoy. Tampoco era como si Nott hubiera sido un chiquillo muy sociable, pero ya desde pequeño había llegado a la conclusión de que Draco era un mocoso consentido, malcriado, arrogante, desagradable, egoísta y con un cierto punto de perversidad nata. El tipo de niño que su padre hubiera querido tener por hijo. El tipo de niño que Theo Nott agradecía de corazón no ser.

El tiempo, sin embargo, había obrado milagros. Si algo había aprendido con Malfoy era a no juzgar demasiado deprisa, pues el paso de los años le había enseñado que el despotismo de Draco escondía muchas inseguridades. Había una mente brillante bajo todo ese sarcasmo. Un humor afilado. Un chico con miedo. Un joven confuso.

Con frecuencia, Theo y él discutían por el mero placer de tener un breve pero estimulante enfrentamiento verbal. La ironía era su mejor espada, y los dos disfrutaban afilándola de vez en cuando. Pero ahí no acababa todo.

Aunque su constante mal genio y su agresiva prepotencia pudieran señalar lo contrario, Draco era un buen amigo. Leal como pocos, extraordinariamente sincero cuando las cosas se ponían serias. Capaz de hacer cualquier cosa por alguien a quien apreciaba, aunque él jamás lo admitiría. Mucho, muchísimo más perceptivo de lo que pudiera parecer a simple vista.

No, definitivamente Theo no le tenía ningún miedo. Pero lo conocía mejor de lo que él mismo pensaba, y sabía que no se lo tomaría tan bien como los demás.

Daphne había dicho que Draco no tenía absolutamente ninguna razón para sentirse traicionado. Theo sabía que se equivocaba. Malfoy sí tenía razones para reaccionar de la peor forma posible. Y si Theo se resistía a contárselo era, precisamente, porque sabía que sería demasiado contraproducente.

Aquel era el peor momento posible. Solo conseguirían hundirlo de nuevo. Y Theo no podría perdonárselo a sí mismo.

Tan sumido estaba en sus pesarosas cávalas que apenas fue consciente de que alguien estaba tocando el timbre hasta pasados unos instantes. Sorprendido, se levantó dejando la copa en la mesa y dirigiéndose a la entrada.

Cuando abrió la puerta se encontró con un Blaise tembloroso, empapado de pies a cabeza, mirándolo con una seriedad urgente tan extraña en él que hizo que todas las alertas de Theo se encendieran.

—Blaise —murmuró, parpadeando—. ¿Qué pasa?

Zabini sacudió la cabeza un segundo y se mordió nerviosamente el labio inferior antes de responder.

—Es Pansy, Theo —dijo finalmente con un tono de voz que mezclaba ansiedad, temor y emoción—. Pansy está embarazada.


Draco y Hermione seguían inmóviles en la habitación de la señora Granger cuando los pasos del exterior se detuvieron justo frente a la puerta. Alguien dio un par de golpecitos suaves y después abrió con cuidado. Solo entonces pudieron comprobar que el recién llegado era Tylor.

—Sí, suponía que estarías aquí —murmuró por lo bajo el joven sanador, mirando fijamente a Malfoy. Después se volvió hacia Hermione y esbozó una sonrisa de disculpa—. Siento la intrusión. Había perdido a mi paciente y pensé que este sería el lugar más lógico para empezar a buscarle.

—¿Y eso por qué? —siseó Draco. Tylor se volvió hacia él con expresión seria.

—Bueno. He acertado, ¿no?

Malfoy decidió callarse, mirando con odio al sanador. Hermione, por su parte, seguía muy quieta junto a su ausente madre. Sabía que tenía las mejillas surcadas por rastros de lágrimas, pero en ese momento no podía importarle menos. Se sentía dolida. Asustada. Una mezcla de sentimientos contradictorios se enredaban en su interior, y solo uno parecía claro: odiaba a Draco Malfoy. Por ser un insensible. Por aparecer de nuevo en su vida solo para hacerle daño. Por provocarla.

Por tener razón.

—Vámonos, Draco. Aquí molestamos. Es una habitación privada —dijo Tylor. Miró una última vez a Hermione. Había una seriedad extraña en el fondo de su hipnótica mirada. Una comprensión que estuvo cerca de conseguir que ella se sintiera mejor. Después, el sanador dio media vuelta y se marchó sin pararse a comprobar si Draco lo seguía o no.

Lo hizo, claro, pero no sin antes dirigir una última e intensa mirada a Hermione.

Cuando la puerta volvió a cerrarse y la dejó de nuevo a solas con su madre, Hermione calló de rodillas junto a Jean Granger y rompió a llorar.

En esa misma planta, un par de pasillos más allá, Draco entró en el despacho de Tylor con las manos en los bolsillos y la sensación de que ni siquiera el aire le tocaba.

Brooks cerró tras él y se apoyó en la puerta de los brazos cruzados, mirándolo con aire pensativo y un cierto grado de censura.

—No puedes hacer eso, ¿sabes? —dijo finalmente. Draco se volvió hacia él con algo de rabia y los puños apretados.

—Yo no he hecho nada —ladró a la defensiva, pero Tylor chasqueó la boca.

—No lo entiendes. —Sacudió la cabeza y lo miró de nuevo—. Esto no es solo sobre ti, Draco. Hay más personas en el mundo, y te lo creas o no, no giran a tu alrededor. No puedes ir por ahí haciendo daño a todo el que se te cruce por delante.

—¿Por qué? ¿Acaso eso me asegurará que nadie me hará daño a mí? —replicó Draco entre dientes. Tylor suspiró.

—Porque eso te asegurará que al menos algunas personas se quedarán a tu lado.

—No necesito que nadie se quede a mi lado. No quiero lameculos a mi alrededor.

—Estoy hablando de amigos, Draco. De amigos, familia, quizás una pareja. ¿Nunca has pensado que tal vez tu comportamiento acabe separándote de Zabini, de Nott, de Parkinson y de Greengrass? ¿Qué me dices a eso?

Malfoy dudó. Fue solo un segundo, pero ahí estaba: un temblor inconfundible en su mirada gris.

—Ellos no me dejarán.

—Eso no puedes saberlo.

—Y de todas formas, ¿qué cojones tiene que ver todo esto con Granger? Yo no soy amigo suyo.

—No. Pero yo sí lo soy, o al menos me gustaría serlo. De la misma forma en que querría también que me consideraras un amigo. Uno que te dará un voto de confianza, pese a que sé cómo eres. Y precisamente porque quiero que me veas como un amigo, te pediré un favor: deja de joder a Hermione.

Fue como una descarga. Tal vez por el tono tan firme y real de la voz de Tylor. O a lo mejor porque le había pedido que lo considerara un amigo. O por el hecho de que hubiera dicho "joder" (joder, y no molestar o fastidiar). O quizás se debiera a que había llamado Hermione a Granger.

Fuera por lo que fuese, Draco se sintió de pronto infinitamente solo y perdido. Tuvo miedo. Experimentó la repentina urgencia de salir corriendo. Pero en lugar de eso se quedó quieto, clavado en su sitio, mirando a Tylor directamente a sus inquietantes ojos.

—¿Qué crees que diría tu madre si viera cómo eres desde que ella no está? —preguntó Brooks. Draco se estremeció y apartó la vista de golpe, dolido como si le hubieran golpeado directamente en la boca del estómago. Tylor notó su reacción y apretó los labios, enderezándose—. Perdóname. No debí haber dicho eso. Lo siento, ha estado totalmente fuera de lugar. Te dije que no mencionaríamos a tu madre y…

—No, es igual.

—En absoluto. Fue una de las condiciones de la terapia, así que…

—No me has dejado terminar —le cortó Draco, alzando la cabeza y clavando en Tylor una mirada fiera y decidida—. Estoy preparado para hablar de mi madre.


N/A. Uff, uff, uff... Cuánta tensión xD Cada vez se pone más interesante. Draco es un capullo sin sentido alguno por el respeto a la intimidad, pero algo de razón tiene. Y es que, como muchos habéis notado, el personaje más estancado es Hermione. No avanza, no evoluciona. No hace nada más que sentirse culpable. Pero aquí está Draco Malfoy, a quien le encanta gritar verdades dolorosas sin anestesia previa, para espabilarla un poco. Esperemos que eso ayude.

Theo, por su parte, tiene un pequeño problema. Un secreto. Algo relacionado con Daphne, relacionado con Draco y relacionado consigo mismo. ¿Qué será, será...? Y Blaise con su bombazo informativo. Era cuestión de tiempo que Pansy se quedara embarazada xD

Por último, Tylor se ha puesto serio. Le ha hecho una interesante llamada de atención a Draco y le ha advertido de que no tolerará que haga daño a Hermione. Qué personaje más complicado xD Y finalmente, Draco reaccionando. Está preparado para hablar de la muerte de Narcissa. Yo estoy preparada para contároslo. Espero que vosotros lo estéis también para leerlo, porque es la primera escena del próximo capítulo.

He recibido nada menos que 12 reviews. Y en serio, no me lo puedo creer. Ha llegado gente nueva y ha reaparecido gente antigua. Estoy en una nube, de verdad xD 44 favs, 59 follows, y yo solo puedo agradecer infinitamente a todos los que estáis poniendo vuestro granito de arena para que este fic que ya pasa de las 4000 lecturas llegue a los 100 reviews. Como siempre, mi particular agradecimiento a las increíbles personitas que comentaron en el capítulo anterior:

LadyChocolateLover, catweasley, Natsumi No Chiharu, Parejachyca, Ginny Miau, Pauli Jean Malfoy, MrsDarfoy, Lectora en las Sombras, Nuria16, Seremoon, susan-black7 e Isabella876. Gracias, de verdad.

Bueno, pues hasta aquí el capítulo de hoy. ¡Nos vemos la semana que viene con más! Y os aviso: se avecina el drama.

Un abrazo enorme,

MA.B