El rey salió apresuradamente de la tienda. Fuera estaba aguardando el rey Hubert. El pequeño rey no paraba de caminar en círculos, nervioso como era por naturaleza. Junto a él había reducido grupo de soldados, seguramente nombrados como escoltas del monarca. Además Stefan se fijó en que también estaba el joven príncipe, atendiendo como siempre a su montura. Parecía nervioso…No, no sólo eso, pensó Stefan. Estaba furioso, deseando con toda seguridad entrar en acción lo antes posible. Mientras Stefan le observaba, meditaba acerca de si el muchacho estaba preparado para una batalla auténtica. No contó con la lucha contra los esbirros de Maleficent. En aquella ocasión él había tenido ayuda. Allí el joven estaría completamente solo, y Hubert no se podía permitir, al igual que Stefan, perder a su único heredero…
Cuando Hubert le vio, se dirigió hacia él corriendo con sus habituales cortas zancadas y le estrechó la mano efusivamente.
-¡Stefan! –Gritó- Siento mucho que tengamos que vernos en éstas circunstancias…
-De todas maneras –respondió el rey por parecer optimista- hacía bastante que no nos veíamos. Imagino que tus hombres estarán afuera.
-Así es, pero en cuanto lo ordenes se instalarán donde sea. Bueno, ¿qué piensas hacer para tomar ése agujero?
El rey sonrió a su amigo.
-Ven, acompáñame.
Ambos se dispusieron a entrar en la tienda. Philip hizo ademán reseguirles, pero entonces Hubert se giró hacia él.
-Tú encárgate de acomodar a las tropas –ordenó.
Malhumorado, el joven montó su caballo y se alejó a galope tendido sin esperar a los otros miembros del grupo.
El pequeño rey respiró hondo y entró. Cuando atravesó el umbral se encontró de lleno con una mujer a la que nunca había visto en su vida, pero que, sin embargo, tenía algo familiar. Al principio pensó que se trataba de alguna doncella, pero iba demasiado bien vestida para ser una simple criada.
-Te ruego disculpes a mi esposa, pero está completamente agotada. Desde que se llevaron a Aurora casi no ha podido dormir bien, y los preparativos, el viaje y lo demás la han dejado casi sin fuerzas.
Hubert no dijo nada, sino que se quedó mirando a la misteriosa mujer. Ésta ni siquiera le saludó, sino que le miraba directamente a los ojos, erguida, digna, como si el rey fuera una amenaza.
-Oh, se me olvidaba –añadió Stefan- Te presento a mi cuñada, Neriah de Lisieux. Ya te escribí sobre ella.
"Así que al final la ha perdonado", pensó Hubert. Esbozó una pequeña sonrisa cortés.
-Por supuesto. Es un placer, señora.
Ella, por su parte, hizo un amago de sonrisa.
-Sí, lo mismo digo. Stefan –se volvió hacia el rey- si los dos queréis estar solos, me iré.
-Sólo será un momento –respondió el interpelado- Vuelve pasado un rato.
Nada más fueron dichas aquellas palabras la mujer salió. Una vez a solas, Hubert habló:
-Creía que antes la odiabas…
-Rencores fuera, Hubert –respondió Stefan- Y es una máxima que pienso cumplir. De hecho –añadió con una risa- Aprenderla casi me cuesta mi matrimonio. Me ha costado demasiado para no cumplirla.
Nadie habló durante unos momentos. Al final, fue el pequeño rey quien rompió el silencio:
-Bueno, cambiando de tema, ¿qué tienes pensado hacer?
-Llevo –contestó Stefan con un deje de frustración en la voz- días; no, semanas, con el castillo bajo sitio –se dirigió hacia la mesa y desplegó un plano del territorio cercano- Sus líneas de suministros están cortadas. Pero la vía de entrada está fuertemente defendida, además de que es la única manera de entrar. Si éste maldito agujero no estuviera rodeado de precipicios ahora estaría reducido a cenizas. Al principio les di la opción de rendirse, pero los muy bastardos empezaron a disparar a mis mensajeros desde las murallas.
Hubert carraspeó.
-Es peliagudo; si están bien abastecidos pueden resistir ahí durante meses. Pero –añadió- con éste endemoniado calor lo más seguro es que parte de los víveres se corrompan. Además ahora es época de siega. Probablemente para el invierno ya se habrán rendido. Si es así, me temo que esto nos va a llevar demasiado…
Stefan decidió cambiar de tema.
-He visto que has traído a tu hijo…
-Sí –respondió Hubert con orgullo- Cuando el muchacho se enteró de que su prometida había sido secuestrada montó en cólera, y exigió ir a rescatarla de inmediato. No pensaba traérmelo, pero no me ha dejado en paz ni un minuto desde entonces para que lo llevara conmigo.
-Me preocupa.
-¿Por qué ha de hacerlo? Combatió contra un ejército entero, y luego contra un dragón. ¡Esto no será para él más que un paseo! –rió.
-Yo no lo creería así…-murmuró Stefan mientras recordaba a lo que su amigo llamaba "ejército".
Cuando Hubert fue a contestar le interrumpieron unos airados gritos que provenían de fuera. Los dos, intrigados, dejaron de lado su conversación y salieron.
En el exterior una multitud de curiosos formaban un corro alrededor del joven Philip y de Neriah. El príncipe no hacía más que gritar, mientras que la mujer se limitaba a contemplarle con una mirada de burla. Stefan y Hubert se abrieron paso a través de la marea de gente.
-¡Tú! –Gritó Philip- ¡Tú, bruja! ¿Qué estás haciendo aquí? –Como única respuesta, la mujer cerró los ojos. Cuando el joven vio cómo se le acercaban los monarcas, se dirigió directamente a ellos- ¿Qué hace aquí? ¿Cómo es que no está muerta? ¡Yo la maté!
Aparte de los gritos del príncipe se escuchaban murmullos de fondo. Todos los presentes (menos los tres hombres en el centro del círculo que se había trazado en torno a ellos) desconocían la identidad de la mujer.
-¡Maleficent! –Bramó el muchacho- ¡Dime cómo es que sigues viva!
Entonces los murmullos fueron en aumento hasta hacerse gritos. Empezaron a señalarla; ahora la reconocían. Se oyó a alguien bramar "¡bruja!", y pronto aquella palabra era repetida por todos los soldados al unísono. Philip la miraba complacido, con la cabeza bien alta, regocijándose en la humillación de la mujer. Por su parte, los dos reyes intentaban calmar a la multitud como podían, pero sin resultado.
Maleficent iba a explotar de un momento a otro, a pesar de sus intentos por controlarse. "Malditos sean", murmuraba, "Malditos, malditos sean".
Pero en ése preciso instante sintió una mano conocida que cogía la suya propia. Entonces se hizo el silencio más absoluto. Neriah abrió los ojos y allí estaba Fleur, recién levantada, sin arreglarse, pero mostrando una gran dignidad a pesar de todo. Contemplaba con dureza a la multitud, y ellos la miraban a ella con asombro.
Philip no creía lo que estaba viendo. La madre de su prometida cogida de la mano de su más feroz enemiga.
-Escuchadme todos, porque sólo lo diré una vez –dijo secamente- Ésta mujer, a la que vosotros llamáis bruja, es mi hermana, Neriah de Lisieux, y se encuentra bajo la protección directa de mi esposo, el rey. Como alguno de vosotros se atreva siquiera a tocarle un solo cabello de la cabeza –se giró y miró a Philip con los ojos inyectados en sangre- tan sólo uno, le aseguro con adelanto que deseará no haber nacido.
Sin decir más, se abrió paso entre la multitud llevando a Neriah de la mano y, a grandes zancadas, ambas entraron en la tienda del rey.
Acto seguido todos se fueron dispersando. Pero Philip estaba plantado en el sitio, sin atreverse a dar un paso, confuso, avergonzado, con la cabeza gacha. Stefan, completamente rojo de ira, se le acercó.
-Tú ahora te vienes dentro con nosotros, y más te vale que pidas perdón por la burrada que acabas de cometer.
Agarró al joven de la capa y le arrastró hacia la tienda.
