10. Fuego y hielo
Todavía faltaban tres semanas Navidad, pero Tracy ya temía el momento de volver a encontrarse con su padre. Quintus Davies trabajaba en el Ministerio de Magia, en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional y había sido el mejor mago de su promoción. Era un mago poderoso e inteligente, aunque comulgaba con las ideas de Slytherin. Cierto que no soltaba discursos sobre sangre como hacían otros, pero Tracy sabía muy bien de que lado estaba su padre. No dudaba de que lo que frenaba los ideales de su padre, era su mujer. Lysandra Davies, al contrario que su marido, era una mujer afable y con la que se podía dialogar. Ella era sanadora en San Mungo, un trabajo que le venía al pelo. Tracy no sabía cuál iba a ser su futura profesión, era algo en lo que todavía no había pensado.
De momento, se conformaba con terminar sus deberes de Historia de la Magia. Estaba sola en la biblioteca, intentando terminar una aburrida redacción. Se acercaba la hora de la cena, pero Tracy se había propuesto acabar antes de marcharse.
- Hola, Tracy – le saludó una voz familiar – ¿Qué tal?
- Hola, Anthony – le devolvió el saludo, con una sonrisa – Bien, estoy terminando una redacción.
- ¿Historia de la Magia? – observó el título y sonrió – No me extraña que tengas esa cara de aburrimiento.
- ¿Tú qué haces por aquí? – le preguntó, interesada.
- Termino una redacción de Estudio Muggles – sonrió desafiante, como si esperase una contestación – ¿Te importa?
- Soy mestiza – le recordó, sin dejar de sonreír – Como tú.
- Pero al revés – sonrió, sentándose frente a ella – ¿Y cómo le va todo a la chica más guapa de Slytherin?
- Anthony…
- ¡Vamos, Tracy! – se echó a reír – Recuerda que eres mi esposa desde que teníamos cinco años.
- ¡Que gracioso! – Tracy le sacó la lengua, recordando que Anthony había sido su novio en la infancia – Pues me va bien, la verdad, no me puedo quejar.
- Me alegro – miró a su alrededor, asegurándose de que no había ningún Slytherin cerca – Había pensado, que podíamos vernos este fin de semana en Hogsmeade.
- ¿Una cita? – le miró, dudosa.
- Un encuentro de amigos de la infancia – le guiñó el ojo, con complicidad.
- Vale – aceptó, de buen grado – Aunque pensaba que tú y Lisa Turpin salíais juntos.
- No, sale con Eddie Carmichael – negó, con una sonrisa – Solo fuimos juntos al Baile de Navidad, pero nada más.
- Ah – sonrió, complacida ante esa respuesta – Entonces, nos vemos para ir a Hogsmeade.
- ¡Estupendo! – Anthony se levantó, contento – Me voy a cenar. Hasta luego, Tracy Davies.
- Hasta luego, Anthony Goldstein.
Anthony abandonó la biblioteca caminando como si bailase y Tracy se echó a reír. Ella y el ravenclaw eran amigos de la infancia, sus madres eran amigas desde que ingresaron en Hogwarts. El padre de Anthony era un mago hijo de muggles, por lo que ambos tenían en común también ser mestizos. Durante su infancia, pasaron mucho tiempo juntos, y a los cinco años, se "casaron" en el jardín de los Goldstein. Ahora que estaban en Hogwarts no tenían tanta relación, pero solían hablar de vez en cuando. Además, Tracy no era tan tonta como para dejar de lado a un chico tan guapo e inteligente como Anthony.
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Como Draco se había quedado con Pansy en el local de Madame Puddipie, Crabbe y Goyle se encaminaron hacia Honeydukes. Sin duda, aquella era la tienda favorita de los dos amigos, un mundo lleno de dulces del que podían disfrutar. Cada vez que iban allí, llenaban bolsas y bolsas de dulces, que atesoraba como si fuera oro. Mientras Goyle paseaba por la tienda llenando las bolsas, Crabbe contempló la escena que tenía lugar cerca de él. Dos pelirrojos de séptimo, se reían a carcajadas junto a un chico negro de trencitas. A Crabbe le costó identificar que se trataba de los gemelos Weasley y su amigo Lee Jordan. Los tres se dieron cuenta de que el slytherin los miraba.
- ¿Qué tal va todo, Goyle? – le preguntó Fred Weasley, con socarronería.
- Soy Crabbe – murmuró.
- Perdona, Crabbe – Fred sonrió a sus amigos – ¿Comprando algunas golosinas?
- ¿Qué quieres, Weasley? – le preguntó Crabbe, con cara de pocos amigos.
- Verás – intervino George, mientras Lee Jordan le pasaba algo – Habíamos pensado en regalarte algo.
¿A mí? – se extrañó Crabbe – ¿Por qué?
- Pura generosidad – Fred esbozó una sonrisa angelical, poco creíble.
- ¡Mientes, traidor a la sangre! – espetó Crabbe, cada vez más enfadado.
- Uy, que vocabulario más feo, Crabbey – negó Fred, imitando a Umbridge – Vamos a tener que castigarte por hablar así de mal.
- Tienes razón, Fred – George imitó el tono de su gemelo – No podemos permitir que Crabbey se porte así de mal.
- ¡Callaos! – Crabbe sacó la varita – ¡Imbéciles!
-Ay, ay, ay – Fred esbozó una sonrisa maliciosa – Ahora sí que me he enfadado.
- ¿Qué vais a…?
Antes de que pudiera terminar de formular su pregunta, George le lanzó unos polvos a la cara. La primera reacción de Crabbe fue estornudar, pero luego sintió un picor horrible en la cara. Unos enormes granos estaban poblando su rostro, asquerosos granos llenos de pus. Crabbe se tocó la cara y se puso a gritar cuando sintió su rostro lleno de granos. Los que había a su alrededor se empezaron a reír de él, mientras Goyle se había paso entre la gente.
- ¿Qué te ha pasado, Vince? – le pregunto el chico, asustado.
- ¡Esos Weasley! – gritó, rascándose con fiereza los granos – ¡Esos malditos traidores a la sangre!
- ¡Que asco! – los granos de Crabbe supuraban un espeso pus – ¡No hagas eso!
- ¡Volvamos al castillo!
Crabbe salió de la tienda, acompañado de Goyle y las risas de sus compañeros. ¡Aquellos malditos, Weasley! ¡Esos traidores a la sangre pagarían por lo que le habían hecho! El chico estaba harto de que todos aquellos sangre sucias, mestizos y traidores a la sangre, se burlaran de él. No había duda, tenía que hacer algo para remediarlo.
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Blaise había ido a Hogsmeade acompañado de sus compañeros de Slytherin. Sin embargo, al llegar al pueblo, se habían separado. Draco y Pansy se escabulleron sin parar de reírse, Crabbe y Goyle se marcharon a Honeydukes, Daphne y Millicent se marcharon juntas y Tracy había quedado con un chico, no les dijo de quien se trataba. Theo, en su línea habitual, se había quedado en el castillo, concretamente, en la biblioteca. Aunque Blaise casi le había suplicado que fuese, el chico negó. Así que el joven estaba solo en Hogsmeade, algo que venía siendo normal.
Paseaba con las manos en los bolsillos, mirando a su alrededor. Blaise se había acostumbrado a aquella soledad, aunque seguía sin gustarle. No era como Theo, él si disfrutaba de la soledad, para Blaise, había sido impuesta. Era cierto que podría haberse unido a Draco y formar parte de su grupo, pero el rubio le ponía de los nervios. Alguna vez iba con los alumnos de sexto, pero últimamente, se sentía incómodo con ellos. Así que Blaise caminaba solo por Hogsmeade, esperando volver pronto al castillo.
Mientras paseaba cerca de la Casa de los Gritos, algo captó la atención del muchacho. Un grupo de gente se acumulaba en torno a algo o a alguien y se reían a carcajadas. El chico estuvo a punto de pasar de largo, pero su curiosidad pudo con él. Sacó la varita por si acaso y fue hasta ellos, dispuesto a atacar.
- ¿Qué pasa aquí? – gritó, con valentía.
- ¡Otro slytherin! – dijo un chico de Gryffindor, de cuarto curso – Parece que vamos a divertirnos.
- ¿De verdad? – Blaise lo miró con una mueca de desprecio – Me gustaría ver como unos niñatos como vosotros se enfrentan a mí.
- ¡Te vas a enterar! – se encaró uno de ellos – ¡Rictu…!
- ¡Tarantallegra! – encantó a uno de ellos – ¡Petrificus totalus! ¡Diffindo!
Las piernas de un muchacho empezaron a bailar descontroladas, mientras que otro cayó petrificado al suelo. El diffindo rasgó la capa del último de ellos. Este, desencantó a su compañero que bailaba, y entre los dos, cargaron con el petrificado y se marcharon corriendo de allí. Blaise contempló con una sonrisa como se alejaban, y miró a un cuarto chico tendido en el suelo. Vio que llevaba una bufanda de Slytherin, por lo que se acercó a él.
- ¿Te estaban molestando esos de Gryffindor? – le preguntó, mirándole.
- Sí – respondió, sin moverse del suelo.
- ¿Por qué no te levantas, tío? – Blaise le miró extrañado.
- Porque no puedo – el chico emitió un quejido de dolor – Y no me llames tío.
- Perdona – se disculpa, algo indignado – ¿Qué te han hecho?
- Molestarme – el chico seguía con la cabeza girada – ¡Idiotas!
- Espera, te ayudaré.
Blaise guardó la varita en el bolsillo de sus pantalones y ayudó al chico a levantarse, cogiéndole de los brazos. Cuando el chico estuvo en pie, sus ojos y los de Blaise se encontraron. Unos ojos azules muy claros se encontraron con los profundamente negros de Blaise. Por alguna razón, no soltó al chico al instante, se quedó con su cuerpo entre los brazos. Se fijó en sus labios, unos labios muy rojos.
- ¿Estás bien? – le preguntó, con voz muy suave.
- Sí, gracias – le agradeció con una sonrisa – Soy Alexander Jenkins.
- Blaise Zabini – se estrecharon la mano, sin dejar de mirarse – ¿Qué te estaban haciendo esos imbéciles?
- Solo se meten donde no les llaman – dijo Alexander, sacudiéndose la nieve de la capa – Unos imbéciles.
- Avísame si vuelven a molestarte – le dijo Blaise, intentando sonar despreocupado.
- Lo haré – miró al chico, con curiosidad – Iba hacia Las Tres Escobas cuando me pillaron esos imbéciles, ¿te gustaría acompañarme? Lo menos que puedo hacer por mi salvador, es invitarle a una jarra de cerveza de mantequilla caliente.
- Claro – aceptó Blaise, de buen grado.
- Fabuloso.
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El local de Madame Puddipie era, con diferencia, el lugar más cursi de la tierra. Decenas de parejas abarrotaban el local, sentados con las manos entrelazadas e intercambiando apasionados besos. Draco miró con desprecio aquel lugar, sin que Pansy le viera, por supuesto. Dio un sorbo a su café y miró a la chica, que no dejaba de tantear con la mano sobre la mesa para saber si él se la entrelazaba.
- ¿Qué te pasa, Draco? – le preguntó la chica, al ver al chico tan callado.
- Nada – negó, sin mirarla.
- Estás muy callado – la chica intento cogerle la mano, pero él la apartó sin ningún tipo de delicadeza – ¿He hecho algo?
- No, todo lo contrario – se decidió a mirarla finalmente – Hay algo que no has hecho, mejor dicho, que no hemos hecho.
- ¿Qué quieres decir? – le miró intrigada.
- ¡Déjalo!
- No, dímelo, Draco – le pidió la chica, con suplica.
Vale – el chico suspiró y la miró fijamente – Lo de ser novios y todo eso, está muy bien, pero quiero algo más.
- ¿Algo más? – la cara de Pansy se iluminó – ¿Quieres que nos compro…?
- Quiero que nos acostemos – Draco la miró firmemente.
- ¿Acostarnos? – Pansy enrojeció levemente – Draco…
- Sí – asintió, firmemente – ¿Qué pasa?
- Bueno…
- ¿No quieres? – Draco emitió un chasqueo de desprecio – Tendré que buscarme a otra que quiera acostarse conmigo.
- ¡No! – se apresuró a negar Pansy – Solo… me ha sorprendido.
- No debería sorprenderte – negó el chico, echándose hacia atrás – No esperarías que estuviésemos siempre dándonos besitos ¿no?
- Bueno… yo…
- Un hombre tiene sus necesidades ¿sabes? – volvió a acercarse a la chica – Y yo no soy una excepción.
- ¿Y cuándo quieres que lo hagamos? – preguntó Pansy, mordiéndose los labios con nerviosismo.
- Yo podría hacerlo ahora mismo – mintió Draco, con descaro – Pero claro, tú seguramente, tendrás algún rollo de chica.
- No… yo…
- Me voy al castillo – el chico se levantó de repente – Me aburro en este tugurio para cursis.
- Draco…
- ¿Y tú qué? – le miró, con desenfado – ¿Vienes o te quedas?
- Yo…
- Bah, me voy solo – el chico se levantó y sacó unas monedas – Págale a Puddipie.
Draco se abrochó la capa y salió con paso ligero, dejando a Pansy confundida y pensativa. Cuando el chico se encontró en la calle, vio a Montague que iba de la mano con una chica de su clase y a la que metía mano sin ningún tipo de consideración. Desde luego, él no iba a ser menos hombre que él.
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A Daphne le encantaba Tiros Largos, era la única tienda de moda que había en Hogsmeade. Siempre que iban al pueblo, la chica solía arrastrar a Millicent hasta allí para mirar ropa. Sabía que a su amiga no le entusiasmaba del todo la idea, pero siempre la acompañaba.
Se acercaba la Navidad y Daphne ya había hecho sus compras. Sabía que era la única de su familia a la que le entusiasmaba tanto la Navidad, pero no le importaba. Astoria y sus padres estaban muy ocupados con sus libros, sus estudios y demás temas de talante intelectual. Sin embargo, ella era diferente, lo sabía y no le importaba. Sabía que, a pesar de sus diferencias, sus padres y su hermana la querían, y con eso se conformaba.
- ¡Mira que túnica tan bonita! – exclamó la chica, volviéndose hacia Millicent – ¡Es preciosa!
- Es muy bonita – aprobó Millicent, con una sonrisa.
- ¿Cómo crees que me quedará? – la cogió y se la colocó encima del cuerpo.
- Te quedará muy bien, Daphne – le concedió, sin dejar de sonreír – A ti todo te queda bien, rubia.
- Supongo que sí – dejó la túnica y miró a su amiga – Mejor la compraré otro día.
- Como quieras.
- ¿Qué te pasa? – le preguntó, al ver que su amiga no hablaba mucho – ¿Estás bien?
- Sí, claro – asintió, tranquilamente – ¿Y tú?
- ¡Muy bien! – exclamó, dando un pequeño saltito – Pronto será Navidad y tengo muchas ganas de ir a casa a visitar a mis padres.
- Ah, es cierto – murmuró, aburrida – Me alegro de que estés contenta.
Daphne sonrió entusiasmada, pero se dio cuenta de que no parecía demasiado contenta. Había estado muy callada durante todo el día, se limitaba a asentir o negar, o contestar con frases cortas. No sabía que le podía ocurrir a su amiga, no había pasado nada considerable para que estuviese de aquel humor tan extraño.
Salieron de Tiros Largos, bajaron por la calle principal del pueblo, hasta llegar a la puerta de Hogwarts. Las dos amigas subieron hasta su cuarto, con Daphne hablando sin parar de las navidades y Millicent escuchándola en completo silencio. Una vez en el cuarto, Daphne se puso a guardar sus regalos mientras Millicent se sentaba en su cama a observarla.
- ¿No me vas a decir qué te pasa? – le preguntó Daphne, cuando guardó con los regalos – A mí no me engañas, te pasa algo.
- No me pasa nada – volvió a negar.
- ¿Vas a ir a tu casa estas navidades? – le preguntó, interesada.
- No, me quedaré en Hogwarts – respondió, sin mirarla – No me apetecía ir a mi casa.
- ¿Por qué? – la miró con tristeza – Vas a estar muy sola estos días.
- No me importa.
- Yo no quiero que estés sola – se sentó junto a ella y la cogió de las manos – No quiero que pases las navidades sola.
- No pasa nada, Daphne – notaba las caricias de las manos de Daphne en las suyas – Solo son unas fiestas.
- ¿Solo unas…?
- Déjalo, Daphne – le interrumpió, negando con la cabeza – No es para tanto.
- Sí que lo es – esbozó su sonrisa más dulce – ¿Quieres que me quede en Hogwarts estas navidades?
- ¡No! – negó Millicent, levantándose de un salto de la cama – Tú tienes que ir a tu casa, Daphne, ver a tus padres.
- ¡Pero no quiero que tú te quedes sola! – Daphne también se levantó de la cama – Eres mi mejor amiga, Milly, no quiero que estés sola.
- Daphne…
- Yo no quiero que estés sola –Daphne abrazó a su amiga con ternura – No quiero que estés sola en Navidad.
- No pasa nada, rubia – su corazón latía con fuerza por la cercanía de Daphne – Estaré bien.
- Espero que alguien se quede para hacerte compañía – dijo la rubia, separándose de su amiga – Así no estarás tan sola.
- Seguro que sí – miró el reloj – ¿Bajamos a cenar?
- Vale.
Las dos amigas bajaron a la sala común, con Daphne todavía insistiendo acerca de las navidades. A Millicent le complacía la preocupación de Daphne y le conmovía que quisiera quedarse con ella para hacerle compañía. Sin embargo, no podía permitir aquello, aunque lo deseará con todas sus fuerzas.
- En serio, Millicent las navidades son… – la chica vio a Theo, que bajaba del cuarto de los chicos – ¡Hola Theo!
- Hola, Daphne, Millicent – les saludó con una pequeña reverencia – ¿Cómo os ha ido por Hogsmeade?
- ¡Muy bien! – Daphne sonrió entusiasmada – ¡Hemos comprado muchas cosas!
- Me alegro.
- Oye Theo – la chica le miró con interés – ¿A qué tú también pasas las navidades en tu casa? Milly no va y quería convencerla de que fuese, no puede estar sola en unas fechas así.
- Yo tampoco voy a mi casa – negó Theo, sin inmutarse.
- ¡Ah, eso es genial! – Daphne dio un salto de entusiasmo – Bueno, no es que sea genial que no vayas a casa, sino que Milly podrá estar acompañada. ¡Pasaréis las navidades juntos! ¡Me alegro de que ya no estéis solos!
Daphne miró a los dos, y sin decir una palabra, los abrazó a ambos. Tanto Theo como Millicent se sorprendieron mucho por la reacción de la rubia. Theo no sabía donde meterse, se quedó tieso como un palo, sin moverse, hacía años que nadie le abrazaba. Por su parte, Millicent correspondió a aquel abrazo, rodeándola con suavidad de la cintura. Daphne se separó de ellos y sonrió ampliamente.
- ¡Vamos a cenar!
Y Millicent y Theo, uno a cada lado de Daphne, sonrieron de verdad por primera vez aquella tarde. Dos corazones que latían por otro corazón, pero ¿y el de ella? ¿Por quién latía el corazón de Daphne Greengrass?
Notas: Espero que les haya gustado el nuevo capítulo. Para el próximo, voy a enredar un poco con la Adivinación, predicciones de futuro para nuestras serpientes: un gran disgusto para Pansy, un descubrimiento para Blaise, una esperanza para Millicent y un poco de amor para Theo.
