El callejón del armado
Chad habló a Arnulfo sobre la herencia que no deseaban entregarle, también le dio la caja que acaba de recoger explicándole lo que le había pedido la señorita Beatriz. Tras algunos asentimientos, montó su enorme caballo y le aseguró que le alcanzaría más tarde. Chad, mochila al hombro, se apresuró a buscar la estación más cercana para dirigirse al punto de encuentro.
En el laberinto subterráneo había tantas personas como si se tratase de un modelo de hormiguero a escala, cada quien con la seguridad de que su urgencia era mayor a la de los demás.
Poniendo toda su atención en ello, consiguió no equivocarse al hacer el cambio de líneas. Aunque fue largo y sofocante el camino, consiguió salir.
El clima afuera también era caliente, y aún con el mapa le fue un poco complicado orientarse así que debió preguntar un par de veces, pero al cabo de una hora llego hasta un taller de imprenta, en el mostrador había un hombre que parecía hacer una lista de inventario, preguntó por José, y aunque casi aseguraba que no le había puesto demasiada atención, fue a la trastienda por él.
—Tengo que salir — dijo José.
—No te tardes.
—Sí.
José alcanzó una chaqueta de pana y la llevó bajo el brazo, luego tomó un cigarro que su compañero había sacado del bolsillo de su camisa, el acto hizo que ambos se rieran con complicidad aunque el otro lo insultó. Chad supuso que serían amigos pese a la palabra usada y aunque no hubo presentaciones le hizo sentir bien por su primo. Él mismo solo tenía a Ichigo y Orihime, quizás a Ishida en cierta medida, o casualmente a los demás chicos de la escuela, pero antes de ello había estado muy solo. Y la soledad dolía.
—La Peque te dijo ¿No? Ya tienen dos terrenos y la cuenta de ahorros principal ¡Qué necesidad tienen! Siempre es lo mismo — empezó a decir José, el buen humor de la despedida había desaparecido y se notaba molesto, o quizás más concretamente, cansado.
—Yo nunca había estado interesado en eso, me fui con las manos vacías y no me molestó, aunque sé que no había nadie más que yo cuando murió ese día.
José inclinó más la cabeza.
—Yo… lo siento. No sabía que estaba enfermo.
—No lo estuvo por mucho tiempo. Hasta para mi fue muy rápido.
—De todas formas, ahora que lo pienso la casa me quedaba muy cerca de la escuela, tenía que llevar a Mario y Sabino al puesto de mamá a tiempo, a veces nos escapábamos para ir a jugar pero nunca se nos ocurrió ir a verlos.
—Creo que eso ya no importa.
—Ahora si, fuiste tú el único que estuvo con él hasta el final, no pueden quitártela.
— ¿Quitármela?
—La escondí en la casa de una amiga.
Pero no dijo exactamente de qué se trataba, cuando encendió el cigarro supuso que prefería que lo viera en persona. Caminaron rápido, aunque no estaba realmente tan cerca como pensó cuando decidieron ir a pie, al cabo de unos veinte minutos llegaron a una unidad habitacional, el edificio estaba alejado de la entrada principal y era el último piso.
José parecía agitado, tuvo ganas de decirle que tal vez era por su hábito de fumar, pero al final no dijo nada. Llamaron a la puerta y una muchacha morena con el pelo teñido de rubio les abrió.
—Hola, Pepe — dijo ella besando al muchacho en la mejilla —. Pasa ¿Te la vas a llevar? — preguntó apartándose de la puerta para que los otros dos pudieran entrar al departamento.
—No creo, no es fácil moverla — respondió José entrando a la casa —. Él es mi primo, Chad. Ella es Maribel.
—Buenas tardes, disculpe — dijo Chad haciendo una inclinación típicamente japonesa antes de seguir a José.
El piso no era especialmente amplio, después de la pequeña cocina-comedor había una sala estrecha, en cuya esquina estaba una enorme caja de cristal con base de madera. Chad se quedó quieto, emocionado o tal vez nostálgico. La tenue luz de la vela se reflejaba en el cristal iluminando la figura de una virgen católica.
Los ángeles que la coronaban habían perdido mucho de su brillo dorado, pero lejos de verse decadente daba una impresión más espiritual. Recordaba a su abuelo y la devoción que le representaba la imagen a la que siempre mantenía encendida una vela.
La figura le resultaba magnética desde que tenía memoria, con un poder cálido que había atribuido a su naturaleza religiosa, pero en ese momento supo que había algo más. Se acercó despacio poniendo los dedos en el cristal, la energía vibraba suavemente como un ave que se sostiene entre las manos, quitó la presilla y la puerta se abrió despacio, entonces pudo sentir con más fuerza la energía que emanaba era real por completo, sin duda era una de las reliquias.
Cerró la puerta de nuevo.
—No sabía que te la había dejado hasta que se le salió a mi mamá, anoche cuando no regresaste, dijo que esperaba que te marcharas pronto para poder ponerla en venta.
José seguía molesto, se dejó caer en el sillón contiguo con las manos en la cabeza.
—Lamento mucho que después de tanto tiempo de que no hayas venido, te encuentres con lo peor de la familia. Esta virgen era tan importante para el abuelo, y ella solo piensa en cuánto dinero puede ganar.
—No te preocupes. No es tu culpa.
Hubo un largo rato de silencio.
— ¿Se quedan a comer? Ya casi termino — preguntó la muchacha decidida a romper el momento incómodo.
Chad iba a declinar pero José se apresuró a decir que sí, y sin esperarlo a él, ella fue de regreso a la cocina. La mesa quedó arreglada en un par de vueltas, con manteles individuales de tela, los tres lugares tenían servidos el plato de sopa y a un lado había puesto el plato extendido con pollo y ensalada.
Comieron en silencio, aunque la anfitriona trató de calmar los ánimos con comentarios amenos de temas en común, al menos de ella con José porque no tenía mucha idea de cómo incluir a su primo. Habiendo terminado, José le dio las gracias, no solo por la comida, si no por todo y le preguntó si podía seguir cuidando de la imagen en lo que resolvían cómo la llevaría Chad, o qué haría si no podía llevársela a Japón. Ella asintió y le dijo a Chad que podía ir cuando quisiera, aunque José no estuviera con él.
—Yo tengo que regresar al trabajo. Te llamo después.
Los dos muchachos dejaron el departamento.
—Debo ver a alguien más — dijo Chad en cuanto vio a Arnulfo apostado a la entrada del edificio. José solo se despidió y se fue en la dirección contraria.
—Efectivamente, está en la otra herencia. Puedo sacarla pero…
No quería simplemente entregarla a la señorita Beatriz, José había pasado por muchos problemas para no dejarla con su familia y tal como lo había dicho, era una posesión muy preciada para su abuelo. Él no era especialmente devoto, así que el significado era más emocional que religioso, pero no quería entregarla a un desconocido solo porque le dio un argumento que implicaba el equilibrio del mundo espiritual.
—Yo… necesito solo un momento, yo no esperaba… no…
Arnulfo inclinó la cabeza un poco.
—Estaré por aquí, le recuerdo que está bajo mi cuidado.
Chad asintió y empezó a caminar. Parecía una decisión sencilla considerando su falta de afinidad por la religión de su abuelo, pero mientras más lo pensaba, más difícil era decidir. Su tía quería dinero y muy seguramente la señorita Beatriz desmantelaría la imagen para sacar la fuente del poder. En los dos casos podía sentir la tristeza que le causaría a su abuelo.
La tercera opción era llevársela a Japón, por conflictivo que pudiera ser el transporte.
Caminó sin rumbo, no le preocupaba perderse, mientras encontrara una estación del metro podría regresar o eso pensaba. Se frotó el rostro y tomó asiento en el escalón de un edificio, a la sombra del sol que se ocultaba, notando entonces que había estado andando por muchas horas. No le había parecido tanto, aunque después de recorrer el Seireitei a todo lo largo y ancho, lo que caminara después sería nada.
Con la noche el clima refrescó considerablemente, no se sentía con ánimos para regresar a la casa de su tía especialmente sabiéndose no grato, y tampoco sabía a qué hora regresaba José del trabajo para aminorar la sensación, sin contar que tenía que llamar a su jefe para extender un poco su permiso.
Dejó salir un suspiro.
— ¿Por qué te fuiste tan pronto? — susurró.
La primera lámpara se encendió. No podía pasar la noche en la calle.
Fue caminando poco más consciente de su entorno. Las casa antiguas, con su apariencia de abandono daban la impresión de caerse sobre él. Las hierbas que crecían entre las tablas que sellaban las ventanas estaban marchitas y la pintura de los muros tan agrietada que se podía ver el material de construcción. Supo por eso que en ese bloque todo estaba deshabitado.
Escuchó un sollozo dentro de uno de los edificios y los vellos de su brazo se erizaron. Un remolino de energía familiar se hizo presente e ignorando los carteles de precaución rompió una de las puertas de hierro oxidado. La madera que clausuraba el acceso detrás de las puertas, pese a ser vieja, también era gruesa y pesada pero cedió con un estallido que hizo temblar los viejos muros.
El interior ya no podía considerarse como tal, la mayor parte del techo se había vencido y la vegetación crecía sin control en lo que debió ser el vestíbulo, las habitaciones superiores ya no existían, solo quedaba el rastro de la loza que dividía los dos pisos como un pequeño trozo adherido a los muros.
Aún así, colgando de lo que debió ser el balcón, vio un cuerpo meciéndose. El fantasma, reinterpretando el momento de su muerte, era el de un caballero que usaba armadura de un color blanco brillante, llevaba puesta la celada por lo que no podía ver su rostro, pero era eso lo que daba al llanto un efecto de eco, llevaba también una espada y un puñal enfundados que iban en su cintura.
La imagen se empezaba a distorsionar y la energía se enrareció más. Supo que iba a convertirse en un Hollow, así que levantó su brazo de gigante. En ese momento solo ocuparía un poco de energía, pero antes de que pudiera conectar el golpe lo que en un principio era un débil reiatsu se convirtió en un torbellino, puso el brazo al frente para evitar el golpe directo.
La espada no le causó daño, pero la fuerza del impacto le hizo retroceder.
El caballero era más grande de lo que en un principio parecía, agitaba la espada con furia. No comprendía de dónde había sacado tanta energía o por qué le estaba atacando. Murmuraba algo, pero la celada no le dejaba entender claramente.
Lanzó un puñetazo y consiguió quebrar gran parte de la armadura, el caballero quedó tendido sobre el suelo con la cara hacia el cielo, Chad se acercó, vio sus ojos azules llorosos.
—Perdona nuestras ofensas — susurró —, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…
Los cascos de los caballos marchando a toda prisa a su encuentro se escucharon en medio de la noche.
— ¡¿Qué ha sucedido?! — pregunto Arnulfo entrando a la casona.
—No lo sé.
El caballero lloraba con más sentimiento y Arnulfo se arrodilló a su lado sosteniéndole entre sus brazos.
—Oh, mi señor en pena, cuatro siglos se ha rehusado a recibir los permisos para poner a descansar su alma ¿Qué hizo tan terrible en vida, que lo tiene apesadumbrado? ¿Y por qué ahora levanta su espada, por siglos envainada, contra este joven?
—Suplico su perdón, aunque no lo merezco, las almas se arremolinarán ante usted para traer desgracias, los he escuchado mientras hacía mi penitencia. Saben, no quién es usted, sino lo que es…
— ¿Pero de qué habla? — replicó Arnulfo angustiado — ¡Eso no se ha discutido más que con los capitanes!
—Cuide su espalda, mi buen caballero, mi pecado es solo uno de los que se levantarán.
Siguió rezando mientras su cuerpo se retorcía, entre lágrimas. Arnulfo sacó su propia espada.
—No puedo detenerlo, necesito al sacerdote, solo puedo ganar tiempo.
Palpó con la punta de los dedos el nacimiento de la cadena casi extinta, luego clavó la cuchilla en su pecho, hubo un grito y el alma desapareció estremeciendo las ruinas de la casa.
—No aparecerá sino hasta dentro de algunas horas, espero que tiempo suficiente para ir ante consejo de las Santísimas Órdenes. Esto es grave, a quienes hacen penitencia, como él, se les coloca cera para retrasar su caída mientras consiguen reunir méritos para que se les otorguen los permisos y el descanso de su alma, este caballero no debía de caer aún, alguien ha cortado su cadena y en su desesperación le ha atacado. Ya lo ha dicho él, no será el último.
Chad guardó silencio habiendo considerado como oportuno el no haberse precipitado a entregar a la señorita Beatriz la virgen que le heredara su abuelo. Ya habían tenido una conversación privada sobre él sin él.
Los secretos no le gustaban.
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