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Intenté no tropezar con los diminutos escalones al salir de la biblioteca. Tenía aproximadamente veinte segundos para correr al otro extremo del campus y llegar a tiempo a clase. Durante las primeras cinco semanas en California había aprendido que existen dos tipos de maestros en la universidad: aquellos a los que no les interesa si entras o no a clase, y aquellos que no te dejan entrar si te pasas un minuto después de la hora de inicio. Literalmente un minuto.

Y ahora iba con uno de los segundos maestros. El señor Rogers era ya grande de edad y un apasionado instructor de la disciplina. Había sido criado en una muy estricta educación luego de que sus padres sobrevivieran la Segunda Guerra Mundial. O eso nos había dicho, aunque se rumoraba que no era cierto. Lo cierto era que yo iba tarde y en el momento en que mi celular timbró adentro de mi mochila pegué un susto y la carpeta que llevaba en las manos se me cayó abriéndose y algunas hojas comenzaron a volar.

— ¡Mierda! —maldije con todas mis fuerzas ya sin preocuparme por llegar a tiempo—. ¡Bueno! —respondí la llamada de malhumor mientras levantaba mis cosas.

— ¿Kari? ¿Estás bien? —la voz de Yolei al otro lado de la línea me hizo dar un vuelco al corazón y me senté sobre el fresco pasto recién cortado.

— ¡Yolei! ¿Cómo estás?

— Perfectamente bien. ¡Italia es hermoso! Kari no tienes idea de la manera en que éste país representa la arquitectura. Una escultura de dos personas teniendo sexo nunca se había visto tan romántica y sin morbo como aquí. Y el gelato… —y así transcurrieron unos minutos en los que dejé que mi amiga descargara la emoción que había acumulado en esas semanas mientras sonreía al escucharla e imaginarme los escenarios que me describía. Por un instante sentí envidia y me dieron ganas de coger un vuelo e irme a vivir con ella allá—. Lo siento, ya hablé mucho —dijo riendo antes de darle un trago a alguna bebida—. Pero dime ¿a ti cómo te va?

— Pues… —me vi tirada en el pasto. Muchachos pasando a mi alrededor sin siquiera percatarse de mi presencia. El cielo soleado, el clima cálido, la cultura consumista que era palpable en el aire y de la que, con pena admitía, ya me había enamorado—. Aún no termino de adaptarme a la manera que llevan aquí las clases. La gente es fría y grosera cuando les pregunto por cierto edificio o alguna calle. Cada quien vive en su mundo con sus problemas sin meterse ni preguntarte siquiera cómo amaneciste. Pero aunque suene loco, eso es lo que hace California tan atractiva.

— Vaya. Quién diría que la pequeña Kari ya es toda una americana —me eché a reír y me levanté para ir a sentarme a una banca.

— Pues no he de negar que ahora tomo más café y los fines de semana es de ley ir a una fiesta o un bar y beber cerveza.

— ¿Y te has acostado con alguien allá? —sentí mis mejillas arder y voltee a mi alrededor sintiendo una ligera preocupación de que alguien hubiera escuchado eso aunque bien sabía que no podían escuchar nuestra conversación y si acaso alguien lo hacía, posiblemente ni le interesara el tema.

— No —musité con pesar. Haber dejado a Alex me había costado más de lo que me imaginaba. No había día y noche en que no pensara en él. En que mi cuerpo lo añorara.

— Ya llegará alguien, ¿no? Después de todo si algo caracteriza a los americanos es la manera liberal y descuidada que tienen de hacer las cosas.

— Sí, supongo.

— Oh, Kari, tengo que irme. ¿Platicamos por Skype el domingo? —sonreí sintiendo una pesada carga en el pecho.

— Claro. Cuídate mucho. Me encantó platicar contigo.

— ¡A mí también! Y ya no pierdas tiempo estudiando y ve métete a la cama de algún rubio de buen parecer —me eché a reír mientras un par de lágrimas escurrían por mis mejillas.

— Lo haré. ¡Nos vemos! —sin dar respuesta, la llamada se cortó.

Me levanté suspirando nostálgica. Aunque platicáramos a diario por cualquier medio de comunicación, la vida en la universidad no era la misma sin Yolei ni Davis ni Cody. Llevaba más de un mes comiendo sola, yendo a la playa sola, sin amigos reales excepto aquellos que bajo los efectos de la marihuana o alguna otra droga me invitaban a su grupito en las fiestas.

Me dirigí nuevamente a la biblioteca para esperar dos horas antes de mi siguiente clase.


Sumaban 245 las personas fallecidas debido a la gripe misteriosa que había brotado hacía unos meses. Si bien, aunque el estado de California se había declarado libre de la enfermedad, había personas portando mascarillas por la calle. Aunque no parecía la gran cosa, cada vez que hablaba con Tai me recordaba que fuera prudente y no comiera cosas de la calle y me bañara regularmente para evitar que los gérmenes se me pegaran. A decir verdad me causaba mucha risa cuando decía esto último.

Lo curioso del asunto es que sólo 3 hombres se habían visto afectados. La mayoría eran mujeres que se hallaban en edad fértil así que se tenía la idea de que alguno de los tantos conservadores que se les ponía a la comida rápida tenía que ver con eso, pero, dado que aquella enfermedad no era exclusiva de Estados Unidos, era difícil asegurarlo.

Llegué a mi dormitorio, que para buena fortuna no tenía que compartir con nadie más, y encendí la cafetera para prepararme un café. Apenas me había quitado la blusa cuando mi celular comenzó a sonar. Era Cassidy, una compañera que asistía conmigo a clase de Escritura Moderna y con quien comía cada martes en In-n-Out.

— ¿Hola?

— ¡Kari! ¿Qué haces?

— Mmm —miré a mi alrededor la cama destendida, esperándome para ir a brazos de Morfeo y el chillido de la cafetera lista—. Nada, ¿por qué?

— ¡Genial! Pasaremos por ti en una hora. ¡Noche de fiesta! —acompañó éste último grito con una exclamación de emoción y tuve que alejarme el celular del oído para que no fuera a dañarme el tímpano.

— Pero…

— Te marco cuando esté fuera de tu edificio.

Y así sin más, cortó la llamada.

Me miré en el espejo. Aunque no tenía ganas de salir, mi cuerpo pedía a gritos ser tocado por un hombre e ir de fiesta a un club no parecía una mala idea para conseguirlo, ¿no?

Make me feel de Galantis & East Young resonaba por el club y a cada bit la música parecía prenderse más haciéndonos saltar y movernos como si no hubiera mañana. El vestido negro que llevaba se me levantaba pero ya estaba lo suficientemente sumida bajo los efectos de la cerveza y la marihuana que no me importaba acomodármelo. La música parecía tener un efecto sedante en mí. Podía sentir como si las ondas sonoras penetraran mis poros hasta inmiscuirse en mis venas y andar por el torrente sanguíneo recorriendo todo mi cuerpo, alterando cada célula para que se moviera y provocara a las demás a hacer lo mismo.

Oficialmente me había enamorado del arte de bailar.

Y entre golpes, sudor, calambres y mil sensaciones alguien me jaló del brazo y de no ser porque me atrapó casi caigo al piso.

— ¿Alex? —sonreí al verlo y me eché a su cuello abrazándolo con fuerza—. Espera, ¿eres tú? ¿No estoy imaginándolo? —él sonrió y tomó mis mejillas entre sus manos para besarme apasionadamente—. ¡Eres tú! —exclamé abrazándolo nuevamente.

— Quería sorprenderte —dijo gritando pero apenas y lo escuché. Hice un ademán para que saliéramos y él me tomó la mano y me arrastró a la parte trasera del club. El aire frío me golpeó el rostro haciendo que las sustancias ingeridas se activaran en mí… si es que eso era posible.

— ¿Cómo…? ¿Cuándo…?

— Volví ayer y quería sorprenderte. Cuando me contaste de Cassidy me puse en contacto con ella y me dijo que te traería aquí —arquee una ceja mientras un montón de ideas cruzaban por mi mente.

— ¿Cassidy?

— Te extrañé mucho —sin más se acercó a besarme. Sus manos fueron a parar a mi cintura hasta bajar a mi entrepierna. Sin darme cuenta me empujó hasta que mi espalda fue a dar contra la fría pared de concreto. Él estaba excitado y yo un poquito más.

Vamos a mi dormitorio —susurré en su oído antes de morder sus labios.


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