Digimon no nos pertenece y escribimos esta historia sin fines de lucro.
Actividad organizada en el Topic Sorato, Mejor Topic de Parejas del Foro Proyecto 1-8.
Volcán de harina
Por SkuAg
Yamato se detuvo, impelido por una fuerza superior a su sentimiento de apuro y de ubicación espacio-temporal. Guiado por su nariz, casi sin reparar en lo que estaba haciendo, caminó hasta una panadería francesa recientemente abierta.
En otras circunstancias hubiera pensado en que lo que estaba haciendo era de mala educación, y en que sin dudas Sora lo regañaría si lo viera. Hubiera pensado, también, que no le gustaría que sus hijos aprendieran de su ejemplo en este caso, sino mejor de sus palabras: no apoyen las manos en las vidrieras, niños, y mucho menos la nariz. Mancharán el vidrio y algún empleado deberá dejar sus tareas para limpiar esa suciedad que, informal, instintiva, inmadura, un adulto ha causado.
Sacudió la cabeza sonriendo levemente, ¡si lo vieran…!
Dentro del local, una joven panadera desordenaba los macaron para que no coincidieran los colores. Decidido, entró a comprar algunos. A Sora le gustaban y los niños disfrutarían de esa comida tan colorida y con apariencia de juguete.
Mientras indicaba los que quería (uno de cada color), se permitió observar los pain au chocolat que acababan de sacar del horno. El chocolate derritiéndose a los lados, el brillo del almíbar color ocre… resistió, sin embargo, el impulso de llevarse algunos también.
Lo que no logró resistir fueron los recuerdos.
Natsuko preparaba postres franceses todos los fines de semana. Durante la semana bromeaba con Takeru y Yamato, los hacía portarse bien con la promesa de cocinar lo que quisieran. Y si se portaban mal, la bestia de Gévaudan vendría a comérselos por ellos.
Años le llevó a Yamato enterarse de que, si la bestia hubiera venido, no se habría comido los postres, sino a ellos. Pasado el inicial enojo con su madre por no haberles enseñado la leyenda francesa como correspondía, Yamato tomó la enseñanza: no asustar a sus hijos con monstruos inexistentes, porque los monstruos existen. Y sus niños tendrían que enfrentarse a ellos toda la vida.
Hiroaki también debía cumplir si quería aprovechar las excelentes dotes para la boulangerie de su mujer. Si no llegaba para la cena, no había postre ni panificación para él.
Hiroaki no llegaba, y Natsuko cumplía. Takeru siempre se las arreglaba para hacerle llegar algún dulce, igualmente. Pero Yamato, que fue dado a la observación e introspección desde pequeño, notaba el rictus serio de su madre y los ojos arrepentidos de Hiroaki. La semana siguiente, sin embargo, la escena se repetía.
A veces Natsuko alegaba estar enormemente cansada, y juraba no poder mover un dedo para cocinar. Yamato y Takeru, que se habían portado bien, empujaban a su madre y reclamaban su recompensa por ser buenos niños; alguna vez incluso la amenazaron con llamar a la bestia para que se hiciera cargo de los ingredientes, o algo así. En retrospectiva, Yamato entendía que esa era tan solo un juego de su madre, una manera de lograr que ellos pusieran manos a la obra y la ayudaran a cocinar. Conocimientos que le vendrían bien más adelante, cuando sus padres se separaran y fuera él quien debiera esperar a su padre durante horas.
―¿También llevará algunos pain au chocolat? ―preguntó la vendedora. Yamato negó con la cabeza.
―Lo siento, lucen muy bien. Pero hoy no lo haré. ―Abonó, avergonzado por haber sido atrapado con los ojos en la masa.
Abandonó el local, pero fue incapaz de alejarse del olor a chocolate y a hojaldre.
La mayoría de sus amigos no sabía cocinar cuando fueron al Digimundo por primera vez. Yamato entendió que su madre, además de amorosa, había sido práctica. Mientras les enseñaba a disolver levadura en leche y ellos peleaban por formar el "volcán" de harina dentro del cual insertarían los demás elementos de la masa, Natsuko no solo estaba pasando tiempo con ellos, también les estaba enseñando independencia. Ella, seguramente, sabía mucho antes de admitírselo que algún día esa familia se separaría.
Siempre había sido una buena juzgadora de caracteres, su madre. Siempre lo decía Hiroaki:
―Me siento seguro de que su madre se encargue de realizar entrevistas a políticos y empresarios inescrupulosos ―decía―, porque confío en sus instintos y en su sexto sentido. Ella nunca se equivoca en lo que a personas se refiere.
Natsuko sonreía, llena de amor, cuando lo escuchaba alabarla de esa manera. Tal vez para ella había sido importante contar con el apoyo profesional de su marido, tal vez por eso había abandonado la televisora cuando se divorciaron. Para demostrarle a sus empleadores, a su ex marido o tal vez a sí misma, que la independencia con la que la criaron y con la que crio a sus hijos aún estaba viva en ella.
¿Habían sido las llegadas tardías de Hiroaki las que habían motivado el final de esa relación, o tal vez Natsuko se había visto a si misma bajo la sombra para siempre de un marido más reconocido y, aparentemente, más talentoso?
Una mezcla de las dos, o una mezcla de un montón de cosas.
Luego de armar el volcán de harina, Takeru y Yamato se alternaban para unir los ingredientes hasta formar una masa compacta. Natsuko la envolvía en plástico y lo ponía en la heladera durante varias horas. Si Hiroaki estaba, aprovechaba la pausa para leerles, ya que por las noches solía regresar cuando ellos dormían. Si no hacía mucho frío, los cuatro bajaban a jugar en el parque cercano.
Hiroaki y Natsuko los habían dejado lastimarse, tanto física como, más adelante, emocionalmente. Él daría la vida por evitar que Mayumi y Kotaro sufrieran, pero sabía que no podría evitarles todo el sufrimiento que les esperaba. Por eso, tal vez, como adulto era capaz de agradecer y no repudiar la manera en que sus papás los habían criado.
Una vez retirada la masa de la heladera, era hora de amasarla hasta formar un rombo. Hiroaki era el mejor en eso; perfeccionista, no dejaba coma sin revisar en sus artículos, ni harina sin tocar en la masa. Pero si él no estaba, era Natsuko la encargada de darle forma, mientras Yamato y Takeru se ensuciaban o se comían a escondidas los pedazos de masa que sobraban. ¡Cuántas indigestiones se habían agarrado!
Se sintió un tonto, como adulto, sentado frente a la panadería, sonriendo con su bolsa de papel entre las manos. Fue, sin embargo, incapaz de levantarse.
También a la manteca había que darle forma, para que no se desbordara (ese era el papel del chocolate). Se formaba un cuadrado que se ubicaba en el centro del rombo de masa; luego, se unía la mezcla como si fuera un sobre. Esa era tarea de los dos, Yamato porque tenía más fuerza que Takeru (¡que ocurrencia, si no era más que un niño!), y Takeru porque se divertía. La parte siguiente era la más difícil, y Natsuko se encargaba de ella: consistía en doblar y seguir doblando la masa, de forma casi aritmética. Yamato recordaba pensar que, si no fuera por esa instancia, él y Takeru podrían arreglárselas para cocinar solos. Natsuko era fundamental para preparar pain au chocolat, y tal vez por eso cuarenta años después Yamato aún se negaba a comerlos.
Colocado el bastón de chocolate en el medio y cortada la masa, era hora de dejar reposar hasta el día siguiente, cuando se despertarían entre aromas a chocolate derretido y tarareos en la cocina. El desayuno de los domingos, por suerte, siempre fue en familia. Y Yamato creía que la boulangerie francesa era responsable.
Se paró, decidido a volver a casa y convidar a los suyos esos macarons. No había vuelto a comer pain au chocolat, ni siquiera en sus viajes a Francia. Tal vez temía que, de hacerlo, su familia explotara como un volcán de harina, en una desordenada nieve blanca que ensuciaba, pero no mojaba.
Mientras se marchaba, Yamato fue consciente de que de sus padres no solo atesoraba recuerdos y aprendizajes que de adulto consideraba infalibles, sino que también guardaba miedos, incluso traumas, podría llamárselos. Sora no era su madre, y él… bien, lo suyo no era exactamente llegar tarde a casa, sino ausentarse durante largas estadías. Pero ni Sora reclamaba ni sus niños lo desconocían por eso.
Resistió, sin embargo, las ganas de volver a la panadería francesa a comprar esos dulces que le encantaban. Sora, hábil para los postres, seguro se las arreglaría para cocinarlos el sábado… tal vez hasta podrían llamar a Natsuko y cocinar juntas.
Su familia no sería un volcán de harina.
FIN
Aclaraciones idiomáticas:
Boulangerie: Panadería en francés
Pain au chocolat: Pequeños croissants rellenos de chocolate.
Macaron: Galleta francesa cuya masa se hace con almendras; el relleno es variable y también sus colores.
Bestia de Gévaudan: Animal que en el siglo XVIII atemorizaba a los franceses.
