LUCY
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La risa de Bokuto se volvió estridente a medida que lograba esquivar las flechas una tras otra estando en movimiento. Estaba sudando como un cerdo en el horno luego de las últimas diez vueltas, pero había un punto que probar. Kuroo estaba cansándose de manera desastrosa, llevaban toda la noche entrenando y simplemente no había logrado dispararle al objetivo. Podía ser en parte que Kuroo mismo le había mostrado a Bokuto como esquivar una flecha, pero era otro tanto que, aunque no quisiera admitirlo, el bicolor era bueno al correr.

Cuando aventó el arco y las flechas al piso, Bokuto dio una voltereta en el aire con su risa tonta, antes de aguantar el impacto de la espada de Kuroo con la suya. Sus cejas se crisparon en una mueca burlona por la creciente ira en su jefe. Bokuto empujó con toda su fuerza haciendo que las venas en la frente de Kuroo se saltaran antes de que lo enviara hacia atrás con un empujón y ambos cayeran el piso, por esa noche ambos se retiraron y sólo entonces Bokuto encontró su oportunidad de oro frente al jefe. Se acercó sigiloso por detrás y le colgó un brazo en los hombros dejándolo secarse la cara del sudor.

—¿Entonces, Tetsurou? ¿Cómo es que conoces al rey tan bien?

—Sabía que esto iba a pasar.

Kuroo rueda los ojos inconformes con los acontecimientos y se sienta en uno de los pilares de piedra más cercanos. Bokuto se acerca a él y cruza sus brazos sobre el pecho para observarlo con atención. Kuroo no puede negar que, es cierto, su relación con Oikawa levanta dudas dentro de todo el reino. Sabe que algún día alguien que no sea él tendrá que saberlo y, maldición, rogaba porque ese día no llegara tan pronto. Pero allí estaba; y francamente prefería que lo supiera Bokuto a otra persona.

—El rey Johsai estaba jodidamente loco. —Bokuto se sentó a su lado intentando recordar—. Éramos unos niños apenas cuando todo ocurrió frente a nuestros ojos. El rey profanó a una de las vírgenes y ella quedó embarazada de dos niños…

Ella murió en el parto y la hermana de Oikawa pereció a los días de haber nacido; ambos eran unos niños preciosos pero enfermizos. El rey mantuvo a Oikawa a su lado porque debía dejar una descendencia para que continuara el liderazgo del trono. Oikawa era demasiado pequeño para entender lo que pasaba a su alrededor. Él sólo buscaba un hálito de vida al cuál aferrarse. Los años transcurrían con Oikawa practicando todas las artes que su padre le exigía, hasta que se volvió el mejor. Hasta que aprendió de los siete pecados y de las siete cortes. Hasta que fue mejor que su padre y el rey temió del niño que había formado: uno que no necesitaba de nadie para ser el mejor. Uno que no lo necesitaba al mando. Y entonces, cuando sólo tenía doce años lo vendió al mercado de esclavos en la bahía.

Oikawa pasó muchos años confinado a un lugar que no era su hogar, un lugar donde también lo repudiaban por su condición diferente; porque papá lo había despreciado y mamá los había abandonado mucho antes de que él pudiera siquiera conocerla. Porque tuvo una hermana, pero ella nunca volvió a su lado y en la bahía de los esclavos no había nada más que agua fría y hogazas de pan que no lo llenaban y jamás lo harían vivir. Aunque aprendió de todas las artes y de todos los tipos de lucha nunca los utilizó, incluso cuando sus poderes despertaron y estos desembocaron en una bruma de placer silencioso. Incluso en ese momento en que los demás lo adoraban por su tacto aterciopelado.

Y luego el día llegó. El rey había ordenado la rebelión de las casas en contra de los nuevos artefactos mundanos que pretendían acabar con la estirpe; fui senador de la corte de la ira desde el momento de mi nacimiento, pues mi fuerza era mayor a la de cualquier otro demonio y no pasaron muchos años antes me pusieran al frente en el pelotón de fusilamiento. Era de noche cuando estábamos descansando camuflados entre los humanos para descubrir donde atacarían más tarde.

Y ella se apareció.

La una mujer de cabellos rubios de nombre Lucy, quien me invitó a su casa de muñecas. Acepté porque quería una cama caliente donde pasar la noche, y cuando ingresamos en los cuartuchos malolientes que se caían a pedazos sólo pude observarlo allí. Había crecido tanto de cuando yo lo observaba en las salas de los palacios porque mi padre había servido al rey Johsai y yo lo acompañaba… era ese mismo rostro de porcelana y esos mismos ojos rojizos con nariz respingada y labios abultados. Todo él con su piel cuidada y era bruma de olor dulce que identifiqué rápidamente.

Era un demonio de la lujuria.

Era el más peligroso que había visto, por el poder que desprendía.

Lucy me dijo esa noche que esperaba que no le molestaran esa clase de chicas, pero ella era su mejor atendiente y me aseguraría que volvería por ella. Tooru me había tomado de la mano y me condujo a su habitación; tenía una gran cama de sábanas negras y era muy grande, quizá la más grande ese lugar de mala muerte. Él se giró a verme desde que subimos las escaleras y yo finalmente pude verlo: llevaba un conjunto de lencería con florecillas de bordado muy hermosas que cubrían apenas sus partes pudendas. Las bragas creaban la ilusión de ser una verdadera mujer y los encajes del sostén lo unían en V sobre el cuello que estaba cubierto también. Sobre este llevaba una especie de capa larga, que caía en una cola de tela vaporosa y se alzaba sobre el cuello y la cabeza como el capullo de una flor. La tela se movía cuando él caminaba, pero lucía como los ornamentos para una reina, lleno de encajes y telas sedosas unidas a su cuerpo un cinto de cuero que le partía la cintura y lo mantenía todo en su lugar.

Oikawa acarició mis mejillas con ternura, y yo sentí la tela suave sobre mi piel, pues estaba conectado por una especie de mangas largas que se mantenían sujetas por anillos en los dedos medios del demonio. Perecí en el estupor de ver la carne descubierta y al mismo tiempo tan discreto con las largas botas negras de cuero que se ceñían a sus piernas largas y formadas. Él me hizo sentarme en una silla que simulaba un trono a los pies de la cama y entonces se sentó sobre mis piernas. Dejó que mis dedos acariciaran sus labios núbiles. Y que continuara el recorrido a mi antojo. Sólo quité los excedentes, ese par de capas que utilizaba no me dejaban observar con atención la piel de porcelana cubierta por los bordados y los encajes.

Cayeron al piso y a ninguno de los dos pudo importarle menos. Oikawa me miraba como si estuviera observando las verdades del mundo y él era toda una adoración que quería tener a mi lado y dejar que hiciera conmigo lo que quisiera. Se movió lento para bajarse de mis piernas y caminó de espaldas a mí para treparse en la cama y gatear en ella hasta el centro. —Puedo robar, puedo matar… Puedo hacer todo por ti. —su voz sonó como seda oscura en mis oídos y un escalofrío me recorrió por completo cuando lo observé arquearse y vi más allá de lo que podía manejar. Sus caderas se respingaron en las alturas y luego se irguió, mirándome sobre el hombro descubierto—: Sólo necesitas pedirlo y lo haré por ti.

Quise ocultar mi creciente emoción, me paré a los pies de la cama, le pedí que se diera la vuelta y quedara bocarriba en la cama; le pedí que alzara una pierna y comenzara a desprenderse la bota. Yo no podía ver su expresión más que sus piernas en el aire y la piel que se iba descubriendo, fue una y luego la otra cuando se perdieron en algún lado de la habitación. —Puedo darte un buen momento o puedo ser la pesadilla de alguien más… —le pedí que se quedara así, descalzo con la lencería puesta y entonces trepé en la cama. Lo giré en su propio lugar y me encontré a mí mismo adorándolo de la manera más profana posible.

—¿No me recuerdas, Tooru?

Él se asustó, de que yo supiera su nombre. Sin embargo, continué besando su cuello y tocando con mis manos toda la piel sobre la tela hasta llegar a ese lugar oculto en sus piernas. Él se estiró como un gato en la cama y le pedí que no se callara, que me dejara escuchar durante toda la noche esos sonidos que salían de sus labios sin pena. Esa noche le susurré las peores crueldades del destino mientras profanaba ese cuerpo núbil también, fue muy tarde cuando me di cuenta de que lo había quebrado por completo y las lágrimas caían pétreas por su rostro.

Fue un muy tarde cuando le dije que lo llevaría conmigo de vuelta al mundo que merecía y me encargaría que el mundo lo adorara de la manera que yo lo hacía. La codicia y la necesidad bulló dentro de su cuerpo esa noche y cuando nos unimos experimenté un placer como nunca antes: era como sentir lo que yo sentía y a la vez sentir cómo él se sentía conmigo dentro de él, dónde era que le gustaba que lo tocara, las palabras que le gustaba oír y donde le gustaba que yo lo besara.

Regresé cada noche a su lado luego de esa noche durante otro año más hasta que finalmente logré convencer a Lucy de que me lo diera; la mujer fue soberbia naturalmente y me pidió seis barrotes de oro por él. Yo los hurté sin importarme nada, tenía qué tenerlo a mi lado. Y entonces cuando lo presenté en el palacio luego de ser escoltado desde la entrada. Parecía que las memorias habían golpeado a Oikawa como una locomotora pues observó con pánico mal contenido a su progenitor…

Kuroo se estiró en su lugar antes de levantarse y encogerse de hombros.

—¿Algún día sabré por qué asesinaste al rey?

Bokuto lo observó y él le extendió una mano para que se levantara.

—Seguro, cuando me ganes en una pelea cuerpo a cuerpo.

Algún día lo olvidaría, cuando estuviera listo para dejar a Oikawa tal vez.