CAPÍTULO 9
CUANDO colgó el teléfono, Herms se dio una ducha y estuvo pensando un buen rato en lo que le había dicho su madre acerca de la casa y de Draco. ¿Qué significaba todo aquello? Gracias a la generosidad de su marido, la casa y el negocio de su familia estaban a salvo. Claramente era una noticia estupenda y Herms se sentía mucho mejor porque ya no tenía que preocuparse tanto por sus padres.
Al principio, Draco le había hecho creer que en un mes sus padres iban a perderlo todo, incluyendo la casa y su negocio, si ella no aceptaba volver con él. ¿Qué le habría hecho cambiar de idea? ¿Sólo que ella decidiese quedarse con él y siguiese siendo su esposa? Quizás para que siguiese compartiendo su misma cama hasta concebir a su hijo: Estaba clarísimo. Pero aun así... Herms no se podía explicar aquella generosidad tan inesperada, especialmente teniendo en cuenta que él era un tipo sin corazón dispuesto a utilizar cualquier medio para conseguir lo que quería.
No conseguía explicarse aquel gesto hacia sus padres, que al fin y al cabo para él no eran más que una familia de campesinos sin recursos. Draco había invertido una generosa suma de dinero para salvar sus padres del horrible problema económico al que se enfrentaban. En una situación parecida, cualquier otro empresario con una actitud filantrópica hubiese ayudado sus padres, pero hubiese puesto la propiedad a su nombre como si fuera una más de sus inversiones económicas. Pero Draco había ido mucho más allá. Su generosidad había forzado a Herms a admitir que no era un hombre tan malo como ella había pensado.
¿Podría ser que ella lo hubiese prejuzgado también en otros aspectos de la relación? ¿Qué tendría que decir de su relación con Pansy? Él la había colmado de atenciones, pero quizás porque Pansy ya formara parte de la familia. La tía Bellatrix la había considerado parte de la familia desde su nacimiento. En cierto sentido, Draco no había tenido ninguna otra opción más que aceptarla porque la familia lo era todo para él.
Herms lo entendía perfectamente porque él cuidaba de todos lo que consideraba cercanos o miembros de la familia. Un ejemplo evidente era la manera en la que se había hecho cargo de los problemas de sus suegros.
Sin embargo, todo eso no podía explicar por qué había confirmado su amor por la mujer el día que lo había sorprendido hablando por teléfono, ni que se hubiese ido tan rápidamente con ella. Además, desde que había vuelto con él, Draco había desaparecido con su amada durante una semana entera antes de llevarla a aquella isla desierta.
A pesar del hecho de que él no lo hubiese confirmado y ni siquiera hubiese mencionado la llamada que había recibido aquella misma tarde, su tono de voz había sido íntimo. Quizás hubiese estado hablando con Pansy para informarla sobre aquel embarazo que tanto habían deseado. La conversación con Pansy la noche de la fiesta acerca del matrimonio de conveniencia organizado para obtener un heredero no era el producto de sus fantasías.
Herms se vistió y bajó en busca de Draco, pensando una vez más que no habría tenido que seguir el consejo de Amanda de no contarle su conversación con Pansy. Había sido demasiado orgullosa como para decirle lo que sospechaba de la relación entre ellos en cuanto había vuelto a Grecia, y en aquel momento, parecía demasiado tarde para enfrentarse a él. Draco le había dicho categóricamente que no quería saber cuál había sido la razón de su fuga. No la habría escuchado y, conociendo su orgullo masculino, podía entender por qué. Ella, al abandonarlo, lo había rechazado y su ego estaba profundamente herido. Ya no quería saber nada del pasado, sólo quería volver a empezar desde cero. ¿Qué pasaría después del nacimiento del niño?
—Vamos a parar aquí. No tienes que cansarte.
Días atrás, Herms lo había acusado de estar demasiado encima de ella, de ser demasiado protector. Y él, haciendo una mueca, había tenido que admitir que era verdad. Pero no podía evitarlo. Le importaba demasiado el embarazo y pensaba que tenía la obligación de cuidarla y mimarla.
Cuando llegaron a su lugar favorito de la isla, Draco puso la cesta del picnic sobre la hierba. Era una zona llana rodeada de olivos, al lado de una cascada. Draco siguió con la mirada los movimientos de su esposa mientras ella se acercaba un poco más al agua clara de la poza. Herms llevaba una bonita falda de color azul y color crema que dejaba al descubierto sus piernas bronceadas. Draco adoraba mirarla. Su deseo se despertaba con sólo mirarla. Aquella última semana habían disfrutado muchísimo el uno del otro. Todo había sido perfecto. Se habían bañado en las pozas de la isla, habían paseado todos los días y habían tenido un sexo fantástico.
Sin embargo, Herms parecía triste. Draco echaba de menos su risa contagiosa, y sus ojos parecían melancólicos. Él todavía los recordaba alegres y llenos de vida cuando la había conocido. Aunque estuviese preocupado, no quería abordar la cuestión frontalmente. No estaba preparado para escuchar su respuesta. Ya sabía cuál iba a ser.
Herms había querido el divorcio pero, en aquel momento, con el niño en camino, no quería barajar aquella opción. Draco tenía que seguir viviendo con la duda de si ella habría estado dispuesta a sacrificar su matrimonio en nombre de la libertad y de un relativo bienestar económico garantizado por un acuerdo de separación. Dadas las circunstancias, tenían el deber de proporcionar al futuro bebé una estabilidad emocional y afectiva y una familia. Así tenía que ser y así sería. Fin de la historia. El futuro del bebé, el suyo y el de Herms eran las únicas cosas realmente importantes.
Draco se acercó a Herms, que estaba arrodillada al lado de la poza con las manos en el agua fría, en un intento por alejar aquellos pensamientos negativos de su mente. Mientras se le acercaba ella levantó la cabeza, lo miró por debajo del sombrero que él la había forzado a ponerse y le sonrió. Aquella sonrisa le tocó el corazón...
—El agua está estupenda... ¡y bastante fría!
El corazón de Draco dio un vuelco mientras el aliento le faltó por unos instantes. Tenía un poco de sudor sobre del labio superior. Sus ojos tenían un color chocolate intenso y perfecto. Era la mujer más atractiva que había visto en su vida.
Herms tomó un poco de agua entre sus manos y se la echó a la cara para refrescarse. Luego, se levantó e irguió la cabeza. Las gotas relucientes de agua se resbalaron entre los pechos. Su sensualidad natural volvía loco a Draco.
Instintivamente, las manos de él se pusieron encima de los hombros de Herms para evitar que se cayese. Pudo oír el pequeño murmullo que salió de los labios entreabiertos de ella, y la excitación tensó su cuerpo masculino. Aquellos labios parecían prometer pasión. Una pasión que ninguno de los dos podía controlar. Bajó la cabeza y le dio un beso en la boca advirtiendo la inmediata respuesta del cuerpo de ella. Con los labios siguió el recorrido de las gotas de agua y la besó entre los suaves pechos. Luego, la acarició delicadamente con las manos. El deseo que sentía por ella era muy intenso; pero sabiendo que llevaba en el vientre a su hijo, intentaba ser más gentil.
Se tumbaron sobre el césped. Draco sintió cómo el cuerpo de ella se acercaba al suyo con impaciencia mientras él lentamente le quitaba la ropa y contemplaba cómo el deseo se apoderaba de ella. El cuerpo de Herms temblaba bajo sus caricias y Draco le acarició aquellos pechos divinos. Sus manos bajaron hacia la curva sensual de su abdomen apoyándose por fin en su vello púbico. Las piernas de Herms lo recibieron entreabiertas. Draco perdió el control y susurró su nombre con ternura, mientras la penetraba.
Herms no hubiese sabido decir cuánto tiempo habían pasado haciendo el amor. Después, Draco se acurrucó entre sus brazos y la miró con una sonrisa de satisfacción que le iluminaba la cara. Seguro que ella también tenía la misma expresión en la suya. Siempre había sido así. Sólo habían tenido que tocarse para que aquel deseo salvaje se apoderara de ellos.
Herms estaba absorta en sus pensamientos mientras Draco se vestía con su usual rapidez.
—Nos hemos olvidado del picnic. Xanthe se pondrá muy triste si volvemos a casa sin haber comido nada —dijo él con los ojos sonrientes mientras ella enrojecía—. Vístete, amor mío, mientras yo lo voy preparando todo.
La brisa acariciaba la piel desnuda de Herms. Podía sentir la frescura de la hierba bajo su cuerpo mientras lo miraba alejarse para dirigirse hacía la pradera donde habían dejado la cesta con la comida. Ya lo echaba de menos. Un dolor demasiado familiar se apoderó de su corazón. La ausencia de Draco todavía le causaba un gran dolor. Cuando estaba con él, cerca de él haciendo cosas, dando un paseo, nadando o simplemente de la mano, parecía olvidarse de todo. Incluso podía llegar a pensar que él quería sinceramente arreglar el matrimonio tanto como ella y sólo en nombre del amor.
Hacer el amor con él no tenía nada que ver con un deseo animal primitivo. O por lo menos así era para ella. Sentía una pasión incontenible hacia él, pero también ternura, un sentimiento de cercanía y un vínculo que ya no se podía romper...
Sin embargo, cada vez que estaba sola, separada de él, aunque fuesen sólo unos minutos, empezaba a dudar de nuevo de sus sentimientos y de los de él. Al principio de aquella semana, Herms había decidido entregarse a él completamente porque así Draco no albergaría ninguna sospecha acerca de su verdadero plan. Herms pensaba volver a Atenas y escapar desde allí. Además, ya sabía que pasara lo que pasara, su familia estaría a salvo. Por lo tanto, nada podría detenerla.
Desde que habían llegado allí, cada hora había sido un tormento para ella y Herms se había arrepentido mucho de la decisión que había tomado. Había sido una elección racional, una decisión tomada con la cabeza, pero su corazón cada vez estaba más atrapado. Necesitaba estar con él para siempre.
Se dio cuenta de que Draco había extendido la manta roja sobre el suelo y había puesto la comida sobre ella. Se levantó y, a pesar de que habían decidido no volver a hablar del asunto, Herms fue consciente de que tenía que enfrentarse a él directamente y contarle lo que Pansy le había dicho la noche de la fiesta. Probablemente Draco lo negaría todo, especialmente en aquel momento, en que ella estaba embarazada, pero tenía que hacerlo por su propio bien. Por fin él también averiguaría cuáles habían sido las verdaderas razones de su fuga.
—¡Ven, tortuguita! Tú no tienes hambre, pero el bebé sí...
El corazón de Herms dio un vuelco mientras contemplaba aquella sonrisa mágica. Draco estaba medio desnudo todavía y su piel palida era una tentación enorme para ella. No podía resistirse al deseo de tocarlo. Como siempre, su sensualidad tenía el poder de desorientarla, pero aquella vez Herms sabía que tenía que hablarle claramente y decirle la verdad. Pero tenía que hacerlo muy despacio, en el momento oportuno. Tenía que contarle todo, dejar que aquel nudo de tensión que se le había formado en el pecho, se soltara. No podía acusarlo de nada porque lo único que conseguiría sería una reacción de abierta hostilidad. Tenía que hacerlo con mucho cuidado.
Draco notó cómo, otra vez, los ojos de Herms habían adoptado un aire triste mientras se sentaba a su lado en la pradera. Con calma y paciencia quizás... Lo que tenía que hacer era concentrarse en el lado positivo de su matrimonio. Tenía que olvidarse de todas las demás cosas.
—¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí? —preguntó ella mientras tomaba unas hojas de parra rellenas de arroz.
—¿Estás ya aburrida? —contestó él con una nota de ansiedad en la voz.
—No, en absoluto. Sólo quería saberlo. Me gusta mucho este lugar —dijo Herms mientras tomaba unos trozos de queso sin mirarlo.
—Dos semanas más, querida. Luego vamos a volver para preparar las habitaciones del niño y buscarte un buen ginecólogo. ¿Qué te parece?
Mientras lo miraba, Herms advirtió una sensación rara que casi la asustó por su intensidad. Le parecía guapísimo con aquella mirada dorada y esos labios tan sensuales. «Sólo dos semanas», pensó ella con tristeza... Draco abrió el termo y llenó los dos vasos.
—La isla está llena de limones. Yiannis los vende en tierra firme y Xanthe prepara la mejor limonada que he tomado nunca. ¡Pruébala! —le pasó un vaso y sugirió un brindis—. Por nuestro hijo. Por una vida larga y feliz.
«Quiere este hijo más que nada en el mundo», pensó Herms mientras saboreaba el refresco.
—Me siento muy feliz por el niño que me vas a dar, cariño —dijo mientras le acariciaba con una mano el vientre—. ¿Te acuerdas de que hablamos de nuestro deseo de tener hijos antes de casarnos?
Claro que sí. Ella lo recordaba perfectamente. Él lo había intentado todo sólo para descubrir si ella realmente iba a tener un hijo con él. Herms se sintió como una idiota recordando cómo él la había seducido, haciéndole perder su sentido práctico, para obtener la respuesta que quería. ¡Claro que deseaba tener hijos con él! ¡Más de uno! Si le hubiese dicho que no deseaba ser madre, aquel matrimonio no habría sido celebrado. Él habría desaparecido como una nube de humo. ¿Habría sido así? Ella esperaba que no, pero no podía estar segura.
—Tengo que decirte que me gustaría tener más de un hijo. Pero no me corre prisa. Cuando era pequeño, muchas veces soñé con que tenía varios hermanos y hermanas. Me habría gustado tener una gran familia —dijo con sinceridad—. Supongo que eso explica por qué me gustaría tener unos cuantos niños, ¿verdad? Pero, amor mío, te juro que no voy a presionarte. A mí me gustaría darte por lo menos tres hijos, pero eres tú la que tiene que decidir. Si sólo quieres tener uno, entonces este bebé será el único. Te lo prometo.
