–Nico, ven un momento que te diga una cosa –el aludido se sobresaltó, sentado en el césped frente al lago. Intentó levantarse, pero su novio se adelantó a él, tirándole al suelo e inmovilizándole lo mejor que pudo. Lo peor de ser un médico con las habilidades de Apolo era que podía encontrar fácilmente aquellos puntos que le debilitasen, por lo que el moreno no pudo resistirse durante mucho tiempo.

–¡Will, no! ¡Te he dicho que no! –comenzó a retorcerse debajo de él, mientras el otro le quitó la camiseta como pudo. Las manos del médico recorrían rápidamente los músculos del menor, tocaba su cuerpo con ojo crítico expandiendo por su piel un líquido viscoso y blancuzco.

Esta actividad no pasó desapercibida por el nuevo director del Campamento. Zeus había tenido la genial idea de reemplazar al señor D por el señor… Por el surfero ese. Servía de castigo, no poder salir en cincuenta años para absolutamente nada y sin tener a su querida oráculo.

Aunque desde luego no era ni de lejos el castigo que su padre deseaba para él. A Apolo le gustaba eso y dejar de tener hijos durante 50 años tampoco estaba tan mal… de momento, al menos. Cuando vio a uno de sus numerosos hijos forcejeando con el chiquillo al que había recogido con 10 años, no pudo evitar que la curiosidad le invadiese. Es decir, sabía que eran novios, pero… ¿qué estaban haciendo en medio del camino?

Cuando vio el motivo de los forcejeos se enfadó. Si su queridísimo padre no le hubiese restringido sus poderes hubiese dado un buen escarmiento a su queridísimo hijo.

–William J. Solace, ¿qué narices te crees que estás haciendo?.

Este no respondió, pero el dios pudo sentir que estaba mirando mal al moreno. Will resopló, si quería hacerlo sin que les viese su padre era por algo.

–Me da igual lo que diga, padre. El sol es perjudicial para alguien tan pálido –dejó el bote de protector solar en el suelo a su lado y miró a su progenitor– Tú lo sabes mejor que nadie, que para algo eres el dios del Astro Rey.

–¡Estás traicionando a tu padre! –acusó Apolo. Por suerte, no pudo seguir gritándole pues unos campistas llegaron a avisarle sobre que los turistas romanos acababan de llegar.

En pos de establecer una relación fuerte y amistosa con el Campamento Júpiter, habían decidido hacer intercambios de campamento. Había muchas actividades programadas, entre ellas el discurso de bienvenida del dios.

Una vez Nico y Will dejaron de pelear, pudieron sentarse tranquilamente el uno al lado del otro, aunque el mejor intentaba quitarse crema de la barba. Ah, sí, se había dejado barba. ¿Por qué? Sólo para fastidiar a su novio, al que apenas le salían dos pelos mal colocados.

Will apoyó la cabeza en el hombro del italiano, restregando su mejilla contra la barba de tres días del otro. Estaba más cariñoso que nunca últimamente porque le encantaba la sensación de cosquillas que le hacía sentir los pelillos cortos que tenía repartidos por las mejillas.

–¿Te siguen llamando Barbanegra? –preguntó con los ojos fijos en el agua y el movimiento rítmico de la superficie.

–Ni me lo recuerdes. En qué hora dejé que Percy y tu padre se juntaran. Si por separado tienen lo suyo, cuando se juntan…

Will levantó un poco la cabeza, concentrado ya en otra cuestión. Examinó por millonésima vez la cicatriz que tenía el otro en el hombro, por culpa de Lycaon. Estaba ya curada casi por completo, pero no podía evitar los malos pensamientos que cruzaban su mente.

–Sigo sin entender que tuvieras tanta suerte de sobrevivir a esto.

–Will, sabes que mi padre…

–Aún así, Nico. Hay ciertas cosas a las que no se sobrevive, y una de ellas es a ese monstruo. Aún si escapas de él, y a pesar de que su mordedura no es venenosa, es de las más infecciosas por culpa de su saliva. Tenías un nido de virus que podrían haberte matado y aún así… Tu padre estaba disputando consigo mismo por culpa de sus identidades… –lo decía como si fuera a convencer a Nico de que tendría que haber muerto. Él desde luego no necesitaba que le convencieran, había sentido las consecuencias de la mordedura.

Era el mismo Will el que le había dicho que seguramente sería eso lo que le hacía tan de repente débil ante los viajes de sombra. Aún así, nunca le había preocupado morir, estaba más pendiente de que no le pasara nada a sus compañeros y que la estatua llegase al Campamento. Demasiadas vidas dependían de esa misión, ¿por qué iba a preocuparse por la suya propia?

–Sigo sin encontrarle regalo a Annabeth, por cierto. A menos que quiera una Borbie y un Kont, no tengo ni idea…

–Puzzles y legos. –Will estaba conteniendo seriamente la risa. BORBIE Y KONT. ¿Quienes eran ellos? Seguro que hacían juergas en su Monsión. Su novio, el que había nacido en los años treinta, no salía de McDonalds y las Mythomagic por muy moderno que se creyese a veces.

–¿Qué? ¿De qué te ríes? –él realmente no entendía lo raro de la situación.

–¡Will! –le llamaron a lo lejos. En el camino hacia las casetas había tres hijos de Apolo. Uno de ellos llevaba una bola, cosa que hizo que Nico se pusiera aún más pálido de lo normal. No, no, no, no, no. Eso no. Intentó lanzarles una mirada aterradora, pero todos los hijos del sol parecían inmunes a él.

–Mi gente me necesita –se levantó, mucho más serio y grave de lo que había estado en toda la tarde. Su novio odiaba profundamente cuando se ponía tan dramático

–Will no. Te quedas sin besos hasta que cumplas ochenta años. –sabía que sus amenazas no iban a servir. Ese juego le había dado fuerte, ese juego hacía que se olvidara de todo y de todos. Incluso de él, su novio.

–Sigues sin entender el juego –le miró, con algo de pena– si no hago esto hoy, si pierdo esta partida… perderé toda mi vida. Tengo que conseguir una batalla para no rendirme nunca.

–¿Eres consciente de que estás hablando de la Petanca? Por los dioses, Will. Es un juego de viejos. Te lo dice el que nació hace ochenta años. Ni siquiera el casino loto tenía petanca.

El rubio se despidió con un beso del menor. Tenía una batalla por librar.